Archivo de la categoría: Sensatez

Mi cita preferida de Chesterton

El hombre que hace una promesa acuerda una cita consigo mismo en algún lugar o fecha lejanos. El peligro está en que no acuda a la cita. Y en los tiempos modernos este terror a uno mismo, a la debilidad y mutabilidad propias, ha crecido peligrosamente y es el verdadero fundamento de la objeción a cualquier tipo de promesa (Una defensa de las promesas precipitadas, El acusado, 04-03; edición Espuela de plata, p.64).

Ésta es una de mis frases favoritas de Chesterton. Me gusta porque habla de unidad de vida, de fidelidad a las propias convicciones, de integridad y… Chesterton fue siempre fiel a sí mismo, que es ser fiel a la verdad que en un momento comprendió, con su cabeza y su corazón. Dedicó el resto de su vida a promover esa verdad, abriendo los ojos a los demás, también sobre sus propia fragilidad e inconsistencia.

GK continúa el texto desarrollando su teoría: Quien hacía una promesa, por absurda que fuera, estaba dando expresión sana y natural a la grandeza de un gran momento. Prometía por ejemplo, encadenar dos montañas, tal vez como símbolo de una gran fe, un gran amor o una gran aspiración. Y por breve que fuera el momento de su determinación, aquel era, como todo gran momento, un momento de inmortalidad (40-05).

Hay una antropología auténtica y original en Chesterton, una comprensión del ser humano, su naturaleza y sus aspiraciones. Me viene a la cabeza abrir un apartado dedicado estudiarla con detalle, pero, ¿acaso no acuñó ya el concepto de sensatez como núcleo y síntesis de su visión del hombre?

Por otra parte, cualquiera suscribiría la fragilidad y variabilidad humanas, pero hablar del terror a uno mismo pone de manifiesto la visión agudísima que GK poseía: aquí, Chesterton se revela igualmente como profeta, y para mostrarlo recojo los dos últimos párrafos del artículo. Si me hubieran preguntado por la fecha de su redacción, hubiera señalado que es un texto reciente que describe la postmodernidad en que vivimos: ese quiero y no puedo, ese estoy y no estoy, esa búsqueda perenne de una satisfacción imposible, dadas las bases sobre las que se ha construido este mundo.

Como hemos dicho, es exactamente esta puer­ta trasera, esta sensación de contar con una retirada tras nosotros, esto es, para nuestra mente, el espíritu esterilizador del placer moderno. En todas partes ha­llamos el persistente y loco intento de obtener placer sin pagar un precio a cambio. Y así, en política, dicen los jingoístas [nacionalistas e imperialistas] modernos: ‘Disfrutemos los placeres del conquistador sin sufrir las penalidades del soldado: sentémonos en los sofás a ser una raza vigorosa’. Así, en religión y moral, dicen los místicos decadentes: ‘Disfrutemos la fragancia de la sagrada pureza sin sufrir las penalidades del autodominio; cantemos alternativamente un himno a Príapo y otro a la Virgen’. Así, en el amor, dice el amante partidario del amor libre: ‘Disfrutemos el esplendor de la entrega sin el peligro del compromiso; veamos si no es posible suicidarnos un ilimitado número de veces.

Pero, categóricamente, podemos decir que no funcionará. Hay momentos emocionantes, sin duda, para el espectador, para el mero aficionado y el esteta; pero hay una emoción que sólo conoce el soldado que lucha por su bandera, el asceta que ayuna por su iluminación, el enamorado que hace su propia elección definitiva. Y es esta autodisciplina transformadora lo que convierte la promesa en algo verdaderamente sensato. Debe haber satisfecho incluso la inmensa hambre del alma de un enamorado o de un poeta saber que a consecuencia de un instante de decisión la cadena colgará durante siglos de los Alpes entre las estrellas y las nieves silenciosas. Todo cuanto nos rodea ahora es la ciudad de los pecados menores, que abunda en puertas traseras y retiradas fáciles, pero, tarde o temprano, con certeza, la imponente llama surgirá del puerto para anunciar que el reinado de los cobardes ha llegado a su fin, y un hombre está quemando sus naves (04-09 y 10).

Sólo quienes sostienen su promesa conocen el verdadero valor de la vida.

Chesterton: Importancia de las actitudes ante las creencias propias y ajenas

Concluimos el análisis de El fanático, de 1910. Recojo primero el fragmento de Chesterton y luego planteo las cuestiones más relevantes, sobre las que llevamos hablando dos días.

Todo comenzó al explorar el concepto de dogma que tiene Chesterton. Nos gusta pensar que no somos dogmáticos ni fanáticos, que los dogmas están restringidos al ámbito de la religión. Pero es una falsa creencia, como demuestra GK cuando relaciona las convicciones propias, las ajenas, y la actitud con la que nos enfrentamos a ambas:

El fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la alternativa de una proposición.
No tiene nada que ver con la creencia en la proposición misma.

Un hombre puede estar suficientemente seguro de algo como para dejarse quemar por ello, o para dar guerra a todo el mundo, y sin embargo no estar ni un milímetro más cerca de ser fanático.
Es fanático solamente cuando no puede comprender que su dogma es un dogma, aunque sea verdad. La persecución puede ser inmoral, pero no es necesariamente irracional; el perseguidor puede comprender con el intelecto los errores que ahuyenta con su lanza.
No es fanatismo, por ejemplo tratar al Corán como sobrenatural. Pero es fanatismo tratar al Corán como natural, como evidente para cualquiera y común a todos. No es fanatismo de parte de un cristiano considerar a los chinos como paganos. Su fanatismo empieza, más bien, cuando insiste en mirarlos como cristianos.
Una de las formas de fanatismo más de moda es la que se demuestra en la exhibición de explicaciones fantásticas y triviales sobre cosas que no necesitan de ninguna explicación. Estamos sumidos en esta tierra nebulosa del prejuicio, por ejemplo, cuando decimos que un hombre se vuelve ateo porque quiere ir de francachela, o que un hombre se hace católico porque los curas lo han atrapado, o que un hombre se convierte en socialista porque envidia a los ricos. Pues todas estas explicaciones remotas y al azar demuestran que nunca hemos visto, como un diagrama claro, la verdadera explicación: que el ateísmo, el catolicismo y el socialismo son todas filosofías muy plausibles.

Spoiler:

Dogma es la creencia a la que uno no está dispuesto a renunciar, sea del tipo que sea, y aunque procede del ámbito religioso, nuestro mundo está tan poblado de dogmas como supuestamente lo estuvo la Edad Media.

Y esto lo sabemos por la cantidad de fanáticos que existen en nuestra sociedad, que se llama a sí misma tolerante, pero no puede entender el modo de pensar de los demás, porque ha naturalizado de tal manera las propias creencias -sean religiosas, políticas, o de cualquier otro tipo- que las demás han dejado de ser si quiera verosímiles. Es decir, puede que la religión sea una fuente de fanatismo, pero no tiene por qué serlo, y desde luego no es la única. (Aunque los crímenes cometidos en nombre de la verdad sean crímenes, como el mismo Chesterton no tiene empacho en reconocer).

Así pues, el error del fanático –en primer lugar- es el de ser incapaz de pensar en otros sistemas de pensamientos como posibles, o racionales, o válidos: en esto Chesterton se muestra un gran sociólogo del conocimiento. Y esto afecta, cómo no, a los fanáticos religiosos, pero también a los antirreligiosos y a los que proclaman que les da igual.

El segundo error del fanático es no ser capaz de argumentar sobre los propios puntos de vista, sino desacreditar al otro como dogmático. Y esto casa bien con el mundo de hoy: puesto que las batallas de nuestro tiempo son dialécticas, es suficiente repetir eslóganes –más aún en las redes sociales, que apenas dan para pensar y argumentar. Y lo que quizá en otro tiempo fueron la espada o el fusil, hoy es la etiqueta: el arma más difundida.

Concluiré con el ejemplo personal de Chesterton, que jamás tuvo enemigos, porque practicaba con su ejemplo lo que proponía: argumentaba y respetaba al mismo tiempo y con la misma fuerza: lo primero, eran las personas. Y por fortuna, existen muchas personas como él en el mundo de hoy, con quien es un placer debatir.

El texto completo de El fanático –sin su versión inglesa, que no he podido encontrar- está ya colocado en la sección Otros textos de GK.

Chesterton: ‘Libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad’

Seguimos leyendo a trozos El fanático‘ (1910), para comprender mejor cómo funciona la cabeza del genial Chesterton, al distinguir -en este caso- entre dogmatismo y fanatismo. GK exige a su oponente la argumentación completa: no en vano ése fue siempre su método, llegar a las últimas consecuencias de los argumentos. Aunque hoy verdad y error se consideran tan relativos…  

La verdadera liberalidad consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental.
El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad. Mientras más sólidamente convencido esté un hombre, menos usará frases como: «Ninguna persona culta puede sostener realmente…», o «no puedo comprender cómo el señor Jones puede llegar a afirmar…», seguidas de una opinión muy antigua, moderada y defendible.
Una persona progresista puede opinar lo que le agrade. Yo comprendo perfectamente cómo el señor Jones sostiene esas opiniones maniáticas que sostiene.

Y ésta es la clave:

Si un hombre cree sinceramente que tiene el mapa del laberinto, éste debe mostrar igualmente los buenos y los malos caminos. Debería ser capaz de imaginar el panorama completo de un error, la lógica completa de una falacia. Debe ser capaz de pensarlo, si no es capaz de creerlo.

Chesterton: definiciones de dogma y fanatismo

En una de las últimas entradas –GK en mil palabras– hemos introducido por primera vez en el Chestertonblog una de las palabras más utilizadas por GK y –si se me apura- más queridas por él: la palabra dogma.

Para Chesterton, un dogma –propongo a debate la siguiente definición- es una idea firme y principal, en el sentido de que actúa como principio de las demás, convenientemente razonada y que implica actitudes hacia la realidad para aquél que la sostiene. Él mismo lo explica en algunos textos, por ejemplo, en el artículo El fanático, de 1910 (Los libros y la locura, El buey mudo, n.30), que recogeremos pronto completo y comentado.

Mientras tanto, para abrir boca -y cerrar el año 2013-, basta este fragmento del mismo para mostrar quién es más dogmático –en sentido negativo-, pues la clave está en la distinción entre dogmático y fanático:

Nada más acentuado en esta extraña época nuestra que la combinación de un tacto exquisito y una simpatía por las cosas de gusto y estilo artístico, con una estupidez casi brutal en las cosas que se refieren al pensamiento abstracto. No hay grandes filósofos combativos hoy en día porque nos preocupamos del gusto, y no existe disputa sobre gustos. Un destacado crítico del New Age hizo hace poco una observación sobre mí que me divirtió bastante. Después de decir muchas cosas demasiado elogiosas, pero maravillosamente simpáticas, y de hacer muchas críticas que eran realmente delicadas y exactas, terminaba –hasta donde la memoria me es fiel- con estas sorprendentes palabras: «Pero yo nunca puedo considerar mi igual intelectual a un hombre que cree en algún dogma». Era como ver a un buen escalador alpino caer tres mil metros para dar en el barro.

Porque esta última frase es esa antigua, inocente y rancia cosa que se llama fanatismo: es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. Mi infortunado crítico está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis.

Mi inteligencia es menos fina, pero por lo menos es más libre. Yo puedo ver cinco o seis universos con toda claridad. Puedo ver el universo espiral por el que se arrastra, esperanzadamente, la señora de Besant; puedo ver el mundo de mecanismo relojero a cuyo compás tictaquea tan efectivamente el cerebro del señor McCabe; puedo ver el mundo de pesadillas del señor Hardy, y su Creador cruel y necio como un tonto de pueblo; puedo ver el mundo ilusorio del señor Yeats, una bellísima cortina que cubre sólo oscuridad; y no me cabe duda de que podré ver la filosofía de mi crítico también, si es que alguna vez se llega a dar el trabajo de expresarla en términos inteligentes. Pero como la expresión «cualquiera que cree en cualquier dogma» no significa, para una mente racional, ni más ni menos que «laralarí-larirará«, lamento que por el momento sólo pueda colocarlo [al periodista en cuestión] entre los grandes fanáticos de la historia.

Chesterton en mil palabras

GK Chesterton nació en 1874 en una familia londinense de clase media. Quiso ser pintor, pero la literatura lo atrajo con mayor fuerza y a eso se dedicó toda su vida. Tuvo una cultura amplísima y escribió 80 libros y miles de artículos. Estuvo casado con Frances Blogg, aunque no tuvieron hijos.

Equivocadamente etiquetado como conservador, su método es esencialmente moderno y original: tras una crisis de juventud, estableció unas condiciones y un ideal para la vida humana, al que siempre fue fiel. Cuando se dio cuenta que ya existía, propuesto por el cristianismo, comenzó su acercamiento al mismo, aunque hasta 1922 no se hizo católico. Chesterton escribe desde una perspectiva cristiana: los dogmas no son una jaula, sino que marcan un camino hacia la verdad y la plenitud; de hecho, todos tenemos dogmas, más o menos inconscientes. Pero sus argumentos no son teológicos, sino basados en la razón, la experiencia y la historia, y en defensa de la sensatezsanity, en inglés- ante el alocado mundo moderno, al que sin embargo amaba, implicándose profundamente en su transformación a través de sus escritos y sus empresas periodísticas.

El punto de partida de GK es el asombro por la existencia, pues podríamos no ser. Hay un mundo real –o una realidad- ahí fuera que –a pesar de sus contradicciones- es esencialmente bueno y hermoso, y por tanto hay que estar alegres y llenos de agradecimiento.

Pero ni el mundo, ni la existencia personal ni la colectiva están resueltas, en el sentido de comprenderlas perfectamente. Son un misterio –o conjunto de misterios- que tenemos que desentrañar. Por eso, a GK le gustan tanto las novelas de detectives, y por lo mismo, es un poco –o un mucho- filósofo (por su método y su profundidad) y un poco –o un mucho- sociólogo (por la agudeza de su análisis social). La razón es un instrumento para conocer el mundo, pero sólo uno más: el arte, la imaginación, el misticismo, la experiencia de la vida… son otras tantas herramientas imprescindibles. Como el mundo moderno sólo confía en ella, genera comportamientos o ideas más o menos irracionales o cuando menos, poco racionales. Por lo mismo, Chesterton es profundamente enemigo del sentimentalismo, la contrapartida del racionalismo.

El hombre –hoy diríamos ser humano– necesita por tanto una visión completa de la vida. Su ideal de vida es el del hombre corriente, no el modelo que proponen o llevan a cabo ni los ricos ni los intelectuales: esto es importante, porque el mundo moderno, dirigido racionalmente por los poderosos -material o intelectualmente- es un engendro «poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas» (Ortodoxia, 03-02).

El ser humano anda siempre en busca de un hogar: algunos lo tienen más claro, pero otros buscan y buscan, aunque lo tengan tan cerca que no lo ven: al fin y al cabo, cada uno tiene que resolver su misterio –él lo hizo a los 22 años-: los seres humanos tenemos la libertad –»Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta» (Los países de colores, cap.7)- para elegir nuestras ideas y configurar nuestra vida. El papel de la mujer en el desarrollo de la familia es para Chesterton tan importante que su forma de hablar sobre ella puede malinterpretarse si nos limitamos a la literalidad de las palabras. Esto es así porque nuestro tiempo da mayor valor a una forma de entender lo público, más que a lo privado. Sin embargo, el ámbito de la amistad y las relaciones sociales es más verdadero y más gratificante: familia, amigos, vecinos, constituyen esa ampliación del hogar que genera el patriotismo –que no nacionalismo.

Para que todo el mundo tenga un hogar en condiciones, es preciso que la propiedad esté adecuadamente repartida. Capitalismo y socialismo reducen la propiedad de los hombres al tender al monopolio (sea en manos privadas, sea estatales), y así propone un sistema alternativo a ambos: el distributismo, en el que el papel del Estado es subsidiario y los seres humanos tratan de resolver sus problemas en lugar de abandonarlos en manos del mercado, políticos y técnicos especialistas.

En el ambiente cientifista del mundo moderno –con su reducción del hombre a mera naturaleza-, la cuestión del modo de conocer, percibir e interpretar de la gente es una de las que más atraen a GK, que se asombra paradójicamente del desprecio de lo dado por supuesto –las pequeñas maravillas cotidianas- y de cómo las personas tienden a valorar más determinadas situaciones extraordinarias. Su alegre vitalismo de la vida corriente es opuesto al del superhombre nietzscheano tanto como al carpe diem materialista. La virtud por excelencia del hombre es la sensatez, que nos hace saber estar ante la vida y el mundo.

La idea de progreso –tan querida al mundo moderno- es irónicamente criticada por GK: es tan falsa como tendencia como creencia, y confunde nuestra percepción –comprobado en la crisis económica de 2008-, ya que todo es relativo a los ideales que se poseen y dirigen nuestra acción. Optimismo (moderno) y pesimismo (postmoderno) son dos conceptos recurrentemente criticados en los escritos de GK: tienen que ver con la forma de ver y de organizar el mundo.

Su estilo y su método no se pueden separar: Alarmas y digresiones, Enormes minucias… conviven y se alternan en sus brillantes escritos. Se le considera maestro de la paradoja, pero es sólo un recurso de exposición: su verdadero método es siempre tratar de llegar al fondo de argumentos y comportamientos, para mostrar los errores que nos alejan de la sensatez. De hecho, hubo una época –la cristiandad medieval, tan denostada hoy día como sinónimo de retraso y oscurantismo- en la que el ideal pudo acercarse a la realidad, pero el poder de los reyes y los poderosos acabó con esas condiciones, creando Estados ambiciosos e imperialistas, que hoy nos parecen lo más natural del mundo y que la globalización ya está modificando, pues son meras construcciones humanas.

Chesterton se implicó toda su vida porque conservó el espíritu del ideal caballeresco y no dejó de luchar por las aparentes causas perdidas: «Quien hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distante»: hay que ser fiel al ideal y esforzarse ilusionadamente hasta el final, como hizo de hecho hasta el momento de su muerte en 1936.

Las paradojas de la Navidad y su necesaria reforma

La Navidad está construida sobre una paradoja hermosa e intencional: que el nacimiento del que no tuvo casa para nacer sea celebrado en todas las casas. Pero hay otro tipo de paradoja no es intencional y ciertamente no es nada hermosa: está muy mal que no podamos desenredar del todo la tragedia de la pobreza. Está muy mal que el nacimiento del que no tuvo casa para nacer, celebrado en el hogar y en el altar, vaya a veces sincronizado con la muerte de gentes sin hogar en asilos y en barrios pobres. Pero no hace falta que nos regocijemos en esta universal agitación que cae sobre ricos y pobres de igual manera; y me parece que en este asunto necesitamos una reforma de la Navidad moderna. (El espíritu de la Navidad, en La cosa, 35-04; traducción de Álvaro de Silva). 

El problema de los desahucios, la cantidad de gente que vive en la calle, los homeless, contrasta con la riqueza desbordante de las modernas costumbres en la mayoría de los hogares. Puede que la actual crisis económica modere nuestros hábitos o formas de celebrarla. ¿La vemos como algo pasajero? ¿Pensamos de verdad en un cambio interior que nos haga cuestionar nuestros hábitos de una vez por todas? Nuestras costumbres existían ya en tiempos de Chesterton, consciente de la dificultad de encontrar el auténtico espíritu de la Navidad: La complejidad moderna de la sociedad de consumo devora el corazón de algo, dejando al mismo tiempo el cascarón pintado. Me refiero al sistema elaborado en exceso de la dependecia en comprar y vender, y por tanto, en el bullebulle, y en consecuencia, el descuido de las cosas nuevas que se podrían hacer según la vieja Navidad (El espíritu de la Navidad, 01).

Queda en manos de cada cual responder a este reto que nos lanza Chesterton para esta Navidad.

Chesterton y las canciones de taberna

Hoy se publica la noticia de que el municipio madrileño de Torrelodones organiza un concurso de cantos de taberna: es el pretexto ideal para recoger unos versos muy famosos de Chesterton: Agua y vino, la canción de Noé.

Antes hay que hablar brevemente de la novela La taberna errante y de Wine, water and song  -pues que yo sepa, no está traducido como tal. La novela fue escrita en 1914, y también se ha traducido al castellano como La hostería volante, a causa de su título original, The flying inn. Como su nombre indica, trata de unos amigos que –ante unas supuestas leyes prohicionistas en Inglaterra- recorren la campiña en un carro con un barril de ron y un queso, generando contextos adecuados para cantar: son las poesías que GK reuniría en el volumen mencionado para la versión teatral-musical de La taberna errante. El contexto imaginado -con su contenido profético y de lucha entusiasmada y llena de buen humor- cuadra con eso de que combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión,  según cita Luis Daniel González en su reseña del libro.

Así, lo más importante de estos temas es la alegría y la sociabilidad desbordante que GK muestra tanto en su planteamiento de fondo como en los versos, que son realmente divertidos. GK disfrutaba de la cerveza y el vino en compañía. En algún lugar dice algo parecido a ‘bebe para disfrutar con los amigos, no para ahogar las penas en soledad’, y también son muy conocidas sus palabras: hemos de agradecer a Dios la buena cerveza y el borgoña, no abusando de su bebida (Ortodoxia, Cap.4).

Y ahora, mis versos favoritos de GK, la canción del Noé, en los dos idiomas. La versión española es la traducción –una auténtica labor de equipo- de La taberna errante realizada por Acuarela en 2004, aunque hay otra versión este lugar, junto a otras poesías de GK. Se pierden las fabulosas palabras del estribillo, pero el resultado final resume el espíritu y la sonoridad original, y es extraordinario:

Vino y Agua

A Noé dentro del arca se le vació el vientre de pena;
asóse un avestruz, frióse una ballena,
y a guisa de entremeses, zampóse un palomino.
Mas antes y después, su néctar requería
y con la copa en alto, así decir solía:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino.

El cielo se venía abajo hecho raudales:
los astros palpitaban en turbios barrizales,
quizá ya se apagaban los fuegos infernales.
El pico más enhiesto rindióse a su sino…
Noé, a pesar de todo, sereno y sin temor
alzaba a Dios los ojos, rezando con fervor:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino.

Noé pecó y nosotros también hemos pecado,
por eso el cielo justo castigo nos ha dado
y el monstruo Antialcoholismo se ha desencadenado
¡Ay, ese no poder, ni con dinero en mano,
beber zumo de viña ni zumo de manzano!
¿A quién se le ocurrió, tamaño desatino?
¡Bah! ¡Qué más da! ¡Volvamos la espalda a los pedantes!
y con la copa en alto, digamos como antes:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino.

Wine and Water

OLD Noah he had an ostrich farm and fowls on the largest scale,
He ate his egg with a ladle in an egg-cup big as a pail,
And the soup he took was Elephant Soup and the fish he took was Whale,
But they all were small to the cellar he took when he set out to sail,
And Noah he often said to his wife when he sat down to dine,
“I don’t care where the water goes if it doesn’t get into the wine.”

The cataract of the cliff of heaven fell blinding off the brink
As if it would wash the stars away as suds go down a sink,
The seven heavens came roaring down for the throats of hell to drink,
And Noah he cocked his eye and said, “It looks like rain, I think,
The water has drowned the Matterhorn as deep as a Mendip mine,
But I don’t care where the water goes if it doesn’t get into the wine.”

But Noah he sinned, and we have sinned; on tipsy feet we trod,
Till a great big black teetotaller was sent to us for a rod,
And you can’t get wine at a P.S.A., or chapel, or Eisteddfod,
For the Curse of Water has come again because of the wrath of God,
And water is on the Bishop’s board and the Higher Thinker’s shrine,
But I don’t care where the water goes if it doesn’t get into the wine.

 

Chesterton y Shrek, en ‘Felices para siempre’

La familiaridad con GK agudiza la sensibilidad en su misma dirección: ése es nuestro objetivo: aprender a mirar con sus ojos. El otro día vimos en casa Shrek 4: Felices para siempre, un poco por cariño al personaje, un poco complacer a los miembros más jóvenes de la familia. Desde luego, supera con creces la 3ª de la serie, la única floja. Los guionistas se estrujan las neuronas y vuelven a hacer una peli digna del Shrek más genuino: en medio del caos familiar, Shrek echa de menos cuando era un auténtico ogro que ejercía de ogro. Casado y con tres hijos, las cosas ‘ya no están en su sitio’, y firma con Rumpelstinkin un contrato peculiar: volver a la ciénaga por un día, a cambio de…

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

¿Qué tiene que ver Shrek con Chesterton? Felices para siempre es otra expresión de la añoranza del hogar. Refleja muy bien la búsqueda del propio sitio que realizamos en este mundo, aunque para eso haya que dar la vuelta al mundo:

Estaba regresando a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada barrera montañosa. La buscaba tal y como los demás buscamos el país de las hadas, tras cada curva del camino. Sólo hubo una dirección en la que nunca la buscó, y ésa era precisamente, a tan sólo un kilómetro a sus espaldas, donde se alzaba la Granja White, reluciente con su paja y sus paredes encaladas bajo el racheado azul de la mañana (Añoranza del hogar estando en casa, Los países de colores, p.251).

Ésa es una de las ideas centrales de GK, y es relativamente frecuente en el cine de hoy, porque es realmente uno los problemas más ligados a nuestro modo de ser y nuestro modo de estar en la vida moderna, a nuestra identidad, que nos obliga a estar siempre en camino, a ser peregrinos de nosotros mismos.

El cochero extraordinario, y 3: estilo, método y filosofía de GK

El relato de El cochero extraordinario no se va de mi cabeza: de cómo el despiste de un cochero puede hacer sacudir los cimientos del mundo saca GK un conjunto de reflexiones, que -consciente de mi reiteración- enumero a continuación, pues deseo profundizar en voz alta en la manera de trabajar de Chesterton.

Está claro que es su modo de expresar su filosofía, la filosofía. No es exactamente el de Platón y Sócrates… pero tiene un aire, quizá interrumpido o demasiado adornado por los elementos poéticos y narrativos. Pero en este ensayo-relato ha debido quedar claro que estamos hechos para tener respuestas, pues la actitud de búsqueda es temporal, mientras encontramos el camino de la verdad a través de la realidad de las cosas, que nos conduce a algunas conclusiones. Si no llegamos a cerrar la boca sobre algo sólido, estaríamos perdiendo el tiempo:

-Es contradictorio decir que es intelectualmente imposible tener certidumbre.
-El problema de los escépticos parece ser el futuro, pero la verdadera cuestión mira al pasado: ¿Qué era la certeza? ¿Estaba alguien seguro de alguna cosa?. ¿Qué es ‘hace un minuto’, racionalmente considerado, sino una tradición y una imagen? Esta reflexión es brillante, no sólo plantea el problema del tiempo vivido, sino que se introduce en cuestiones de teoría del conocimiento y psicología.
-La solución está en tanto en la voluntad –no quiero ser un lunático– como en la experiencia –le repetí que en realidad le había alquilado en la esquina de Leicester Square-. Esto es una interpelación para todos: ¿qué camino queremos elegir? ¿sabemos de verdad qué caminos hay ante nosotros?

No creo que con estas reflexiones consiga hacer que GK entre en la academia como tal filósofo; Tan sólo quiero conseguir mi viejo objetivo: descubrir y aprender el método de GK: ver en cada momento la enorme repercusión de la minucia que tengo delante, y mostrarla a otras personas.

Otra cosa es que no he querido utilizar la clásica expresión de fondo y forma, sino método, estilo y filosofía. Quizá es una metodología provisional de trabajo, pero nos permite distinguir:

  • Cómo funciona su mente.
  • Qué ideas tiene.
  • La manera que tiene de exponerlas.

El cochero extraordinario, 2

Nos quedamos el otro día con la boca cerrada, tras apresar un buen filete de metafísica chestertoniana, y tras el almuerzo con los mejores amigos de Chesterton, en una discusión sobre la posibilidad o no de la existencia de certezas, sobre todo, con la paradójica certeza de la inexistencia de certezas. Nos preparábamos así para encontrarnos con El cochero extraordinario, cuyo texto completo –incluyendo la versión inglesa- puede encontrarse en la página Textos de GK. Continuamos por tanto, con el texto (Enormes minucias, cap.V):

Bueno, pues cuando la discusión llegó a su término, o por lo menos cuando la dimos por terminada (porque terminar no terminaría nunca), salí a la calle con uno de mis compañeros, que en la confusión y relativa demencia de unas elecciones generales había, no se sabía cómo, resultado elegido miembro del Parlamento, y fui con él en un cab desde la esquina de Leicester Square hasta la entrada reservada a los miembros de la Cámara de los Comunes, donde la policía me recibió con tolerancia perfectamente desacostumbrada. Si el policía supuso que mi amigo era mi loquero, o si supuso que era yo el loquero de mi amigo, es una discusión entre nosotros que dura todavía.

Es indispensable guardar en esta narración la más extremada exactitud en los detalles. Después de dejar a mi amigo en la Cámara, continué en el cab unos cuantos cientos de yardas hasta una oficina en Victoria Street, donde tenía que hacer una visita. Luego salí y ofrecí al cochero una cantidad mayor de la correspondiente según tarifa. La miró, pero no con hosca duda y general disposición de comprobar si estaba bien, que no es cosa inaudita entre cocheros normales. Pero aquel no era un cochero normal, quizá no era ni siquiera un cochero humano. Miró las monedas con asombro apagado e infantil, con toda evidencia auténtico.

—¿Se da cuenta, señor –dijo–, de que solamente me da un chelín y ocho peniques?
Manifesté, no sin cierta sorpresa, que sí, que lo sabía.
—¿Y no sabe, señor –dijo del modo más amable, razonable, suplicante–, no sabe que esa no es la tarifa desde Euston?
—¿Euston? –repetí vagamente, porque la palabra me sonaba en aquel momento como me hubiera sonado ‘China’ o ‘Arabia’–. ¿Qué diablos tiene que ver aquí Euston?
—Usted tomó el coche precisamente a la salida de la estación de Euston –empezó el hombre a decir con precisión asombrosa–, y luego usted me dijo…
—Pero, ¡por el Tártaro tenebroso!, ¿qué está usted diciendo? –dije con cristiana paciencia–. Yo tomé el coche en la esquina sudeste de Leicester Square.
—¿Leicester Square? –exclamó, perdiéndose en una catarata de desprecio–; ¡si no hemos estado en todo el día cerca de Leicester Square! Usted tomó el coche a la salida de la estación de Euston y me dijo…
—¿Está usted loco, o lo estoy yo? –pregunté con científica calma.

Miré al cochero. Ningún otro, habitualmente falto de honradez, hubiera pensado en intentar una mentira tan sólida, tan colosal, tan original. Y aquel hombre no era un cochero falto de honradez. Si alguna vez un rostro humano fue tranquilo y sencillo y humilde, y tuvo grandes ojos azules protuberantes como los de una rana; si alguna vez (para no hacerme pesado) un rostro humano fue cuanto un rostro humano debe ser, ese era el rostro de aquel quejoso y respetuoso cochero. Miré arriba y abajo de la calle, parecía estar cayendo sobre ella un crepúsculo anormalmente oscuro. Y durante un instante, la añeja pesadilla del escéptico tocó con sus dedos mis nervios más sensibles. ¿Qué era la certeza? ¿Estaba alguien seguro de alguna cosa? ¡Hay que ver los surcos monótonos en que se eternizan los escépticos que andan preguntando si tenemos una vida futura…! La cuestión realmente emocionante para el auténtico escepticismo es si tenemos una vida pasada. ¿Qué es ‘hace un minuto’, racionalmente considerado, sino una tradición y una imagen? La oscuridad se acentuaba. El cochero me dio tranquilamente los más complicados detalles de los ademanes, las palabras, el complejo pero consistente conjunto de actos que habían sido los míos desde aquella memorable ocasión en que yo alquilé el coche a la salida de la estación de Euston. ¿Cómo podría yo saber (dirían mis amigos escépticos) que yo no le había alquilado a la salida de Euston? Yo me aferraba con firmeza a mi aseveración; él estaba igualmente firme aferrado a la suya. Era palmariamente tan honrado como yo y miembro, además, de una profesión mucho más respetable. En aquel momento el universo y las estrellas se separaron el grueso de un cabello de su equilibrio y los cimientos de la tierra se conmovieron. Pero por la misma razón que creo en beber vino, por la misma razón que creo en el libre albedrío, por la misma razón que creo en el carácter fijo de la virtud, razón que no puede expresarse sino diciendo que no quiero ser un lunático, continué creyendo que aquel honrado cochero se equivocaba; y le repetí que en realidad le había alquilado en la esquina de Leicester Square. Él comenzó con la misma evidente y ponderada sinceridad:

—Usted alquiló el coche en la salida de la estación de Euston, y dijo usted…
En aquel momento se produjo en sus facciones una especie de temerosa transfiguración de vívido asombro, como si le hubieran encendido por dentro como una lámpara.
—Hombre, le pido perdón, señor —dijo—. Le pido perdón. Le pido perdón. Usted alquiló el coche en Leicester Square. Ahora me acuerdo. Le pido perdón.

Y sin más, aquel asombroso cochero hizo sonar su látigo con un agudo chasquido y el coche arrancó. Todo lo transcrito es estrictamente verdad, lo juro ante el estandarte de San Jorge.

* * *

Dirigí la mirada hacia el extraño cochero mientras iba desapareciendo a lo lejos entre la niebla. No sé si estuve en lo cierto al imaginar que, a pesar de lo honrado de su cara, había algo ultraterreno y demoníaco en él visto de espaldas. Quizás había sido enviado para tentarme y apartarme de mi adhesión a aquellos sensatos principios, a aquella certidumbre que había yo defendido poco antes. En todo caso me produce satisfacción recordar que mi sentido de la realidad, aunque titubeó por un instante, había permanecido enhiesto.

Spoiler-Destripe, para los que les gusta analizar y releer las cosas de GK:

-Lo mejor de estos párrafos es que es la narración de una situación, que nos desconcierta –como tantas otras situaciones de GK- hasta que llegamos al final, y entendemos dónde -y sobre todo, cómo– nos quería conducir Chesterton.
-Aparecen las típicas digresiones de GK, como los comentarios sobre el amigo parlamentario y el loquero.
-Y está el diálogo con el cochero mismo, del que varias veces se plantean dudas sobre su naturaleza, un hálito de misterio: Pero aquel no era un cochero normal, quizá no era ni siquiera un cochero humano.
-Poesía y filosofía aparecen entremezcladas (con frase lapidaria incluida, a la que quito la cursiva): Miré arriba y abajo de la calle, parecía estar cayendo sobre ella un crepúsculo anormalmente oscuro. Y durante un instante, la añeja pesadilla del escéptico tocó con sus dedos mis nervios más sensibles. ¿Qué era la certeza? ¿Estaba alguien seguro de alguna cosa? ¡Hay que ver los surcos monótonos en que se eternizan los escépticos que andan preguntando si tenemos una vida futura…! La cuestión realmente emocionante para el auténtico escepticismo es si tenemos una vida pasada. ¿Qué es ‘hace un minuto’, racionalmente considerado, sino una tradición y una pintura? La oscuridad se acentuaba.
-Vuelve el meollo del problema: primero en el restaurante, ahora en mitad de la calle, hablando con un hombre de la calle: ¿podemos estar seguros de algo? Chesterton quiere -hay un acto de voluntad- aferrarse a la tradición de la filosofía realista: porque lo ha vivido, porque sus sentidos no le engañan –en contra de la tradición racionalista e idealista, desde Descartes a hoy, pasando por Kant-.
-Pero la duda que GK siente se expresa de modo terrible, hiperbólico, muy de su estilo: En aquel momento, el universo y las estrellas se separaron de su equilibrio el grueso de un cabello y los cimientos de la tierra se conmovieron. ¿No es eso lo que se sentimos cuando un gran problema de cualquier índole nos agobia? La sensibilidad de GK le hace comprender todo lo que está en juego.
-Chesterton se mantiene firme en su postura (y sólo cuando escribo esto -pues antes me pasó desapercibido- comprendo la importancia de la actitud de firmeza, que permite al cochero caer en la cuenta de que estaba en el error: es la actitud que Chesterton sostendría toda su vida, sirviendo de apoyo para muchos otros que vendríamos después): que no quiero ser un lunático.

-Y la maravillosa conclusión, que al atar finalmente todos los cabos –y asentar los planetas de nuevo sobre sus órbitas-, te hacen exclamar ‘¡éste es mi Chesterton de siempre!’: Dirigí la mirada hacia el extraño cochero mientras iba desapareciendo a lo lejos entre la niebla. No sé si estuve en lo cierto al imaginar que, a pesar de lo honrado de su cara, había algo ultraterreno y demoníaco en él visto de espaldas. Quizás había sido enviado para tentarme y apartarme de mi adhesión a aquellos sensatos principios, a aquella certidumbre que había yo defendido poco antes. En todo caso me produce satisfacción recordar que mi sentido de la realidad, aunque titubeó por un instante, había permanecido enhiesto.