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Leyeron a Chesterton y…

En los ásperos años 60 del siglo pasado, una pareja de novios, casi a diario, se dan cita en un bar. Granada eterna y sus bares. Bar pobre, escaso y no exento de romanticismo. Iluminado por una ‘cegatona’ luz de bombilla OSRAM: inversión, por metátesis, de un avergonzado apellido Ramos. Contra el frío serrano, se pelea un antiguo y singular chubesqui. La barra está servida por un cetrino mozo de los Montes Orientales. La concurrencia del local la forma un conjunto de paisanos de poca y de mucha  monta. Las bebidas se acompañan de parcas tapas. Tapas de ‘peleilla’.

Tablereo Parchis antiguo

La pareja charla y charla. Mientras, el tiempo corre a galope tendido. Los estudios y las salidas profesionales. Asuntos de interés que discurren en la abstracción del lenguaje con todo su vivo significado. Junto a ellos, los novios admiran, una tarde y otra más, la presencia de un bien avenido matrimonio que parece cimentar su concordia marital en interminables e infinitas partidas de parchís, jugadas sobre una no siempre vista y elegante mesa con tablero de formica.

Los enamorados y su raro carácter universitario contrastan con las personas que pululan por el local. Raros que hablan de cosas raras: periodo magdaleniense, capturas fluviales, hexámetro latino, cánones estéticos del siglo de Pericles, Appendix Probi de la monja Egeria, pensamiento de Bossuet, etc.

No obstante, es época de –en palabras de Simon-Garfunkel- ‘aguas turbulentas’. La confusión anima en nuestros estudiantes, conversaciones de itinerantes que los llevan de Pompeya a Nôtre Dame de Paris, de Ortega a Althuser, de Scaligero a Chomsky, de Papini a Camus… Por caminos tortuosos, plagados de obstáculos, que se unen al impulso propio de los jóvenes –potros que van sin freno-. Y se hacen imprescindibles ciertas cautelas, porque en ocasiones la búsqueda carece de meta. Así, porque la Providencia quiere, estos émulos de ‘Los novios’ manzonianos, encuentran los textos de un señor gordo y alto. Mejor, enorme… e inglés. Además, su nombre tiene sabor a cigarrillo: tabaco rubio de Virginia o, al menos de Inglaterra. Su nombre, Gilbert K. CHESTERTON. (Se cuenta la anécdota de alguien que llegó a un estanco pidiendo un paquete de cigarrillos “Chesterton”).

La obra de Chesterton se abre a los ojos enamorados de la enamorada pareja. Chesterton, poco a poco, como un roedor impenitente, va penetrando en las mentes y los corazones de sus nuevos lectores. Las charlas, conversaciones y discusiones en torno a un personaje, una situación, una paradoja, un  pensamiento o una forma de decir, suplen a otros temas de conversación. El vecino matrimonio sigue amándose en su sempiterno juego de parchís a dobles fichas.  A los jóvenes les interesa lo que se publica de GKC. Por aquel entonces y por lo general, se dan al mercado pocas y mal traducidas obras de Chesterton, con la excepción de algunas, como por ejemplo las del filólogo mejicano Alfonso Reyes.

Si hoy puede sorprender que se lea la obra de Chesterton, en aquella época, cuyo ambiente editorial no la favorecía precisamente, y era impensable llegar al punto de humor, amor y fe que asoma en cualquier esquina de sus páginas. Al leer a GKC, unos lectores lo acogen como un escritor cómico, otros como un elegante inglés acostumbrado a ser educado, refinado y diletante en lo tocante a literatura y arte e, incluso, con algún resabio del antiguo spleen romántico. Todas son, para nuestros jóvenes, interpretaciones erradas, equívocas. Desde sus primeros contactos con la obra de Chesterton, aprecian la fuerza y el  impulso ascendente de su mensaje. Captan como se produce en la pluma de Chesterton, la armónica reunión del mundo real, el campo del ensueño y la serena y pacífica lucha por la verdad. De modo que, tras cerrar las tapas de sus libros, nuestros lectores, embelesados, apoyan la cara en las manos y reflexionan en las palabras de salvación de su autor.

En aquellas fechas hubo editoriales que, a pesar de las malas traducciones, introdujeron en colecciones económicas la literatura que en el mundo se escribía: C. Gheorghiu, S. Hamsum, M. Van der Meer, P. Loti, G. Greene, T. Mann, W. Saroyan, R. Tagore, W. Faulkner… G. Bernanos… y Chesterton. Las ediciones de las obras de GKC se repetían en torno a varios títulos: El hombre que fue jueves, Ortodoxia, El hombre que sabía demasiado, Las paradojas de Mr. Pond y El candor del P. Brown. El resto de la obra de Chesterton era menos accesible. Se hacía difícil, por ejemplo, conseguir un libro de La taberna errante, El hombre eterno, etc.

La pareja de novios seguía en el bar, donde seguía jugando al parchís el matrimonio bien avenido, y me contaron que cuando había algún asunto arduo o de costosa inteligencia, acudían bien a Ortodoxia o a El hombre que fue jueves. Posteriormente, tuve la satisfacción de conocer que en estadísticas de librerías daban a El hombre que fue jueves fue una de las novelas más leídas y, además, por el público joven. Aquello me pareció una aventura equinoccial, pero hacia la felicidad y no hacia la barbarie y la locura, como la del pobre Lope de Aguirre.

Repensar con Chesterton (y N. Carr) los efectos de las máquinas en nuestras vidas

Portada de Superficiales, de Nicholas Carr (Taurus, 2011)

Portada de Superficiales, de Nicholas Carr (Taurus, 2011)

Hace tiempo que no tratamos en el Chestertonblog los temas sociales de Esbozo de sensatez y aún hay materiales para rato. La lectura de ‘Superficiales. Qué está haciendo Internet con nuestras mentes’, de Nicholas Carr (Taurus, 2011) profundiza considerablemente en la relación entre el hombre y la máquina y es plenamente coincidente con los textos de GK referidos a los efectos en las personas (Carr se queda en las consecuencias sociales e individuales del plano psicológico, pero no entra en la cuestión de la desigualdad y la proletarización, el capitalismo y la plutocracia dominantes).

Para Chesterton, las máquinas han fascinado a los seres humanos, con su mito del progreso, pero sus efectos perversos apenas se comprenden. Afirma en La fábula de la máquina (Cap.13 de Esbozo de sensatez): Me parece tan materialista condenarse por una máquina como salvarse por una máquina. Me parece tan idólatra blasfemar de ella como adorarla (13-02). Y más adelante: La forma mejor y más breve de decirlo es que en vez de ser la máquina un gigante frente al cual el hombre es un pigmeo, debemos al menos invertir las proporciones, de modo que el hombre sea el gigante y la máquina su juguete. Aceptada esta idea, no tenemos ninguna razón para negar que pueda ser un juguete legítimo y alentador. En ese sentido no importaría que cada niño fuera un maquinista o (todavía mejor) cada maquinista un niño (13-08).

Casi 100 años después de GK y con mucha más experiencia y estudios sobre la materia, veamos algunos ejemplos tomados del libro de Carr:

“Cuando el carpintero toma en su mano un martillo, sólo puede usar esa mano para hacer lo que puede hacer un martillo. La mano se convierte en una herramienta de meter y sacar clavos. Cuando el soldado se lleva los binoculares a los ojos, puede ver sólo aquello que los lentes le permitan ver. Su campo de visión se alarga, pero él se vuelve ciego a lo que tiene más cerca. La experiencia de Nietzsche con su máquina de escribir constituye un ejemplo particularmente bueno de la manera en que las tecnologías ejercen su influencia sobre nosotros: el filósofo no sólo había llegado a imaginar que su máquina de escribir era algo ‘como yo’; también sentía estar convirtiéndose él en una cosa como ella, que su máquina de escribir estaba conformando sus pensamientos. […]
Toda herramienta impone limitaciones, aunque también abra posibilidades. Cuanto más la usemos, más nos amoldaremos a su forma y función. Eso explica por qué, después de trabajar con un procesador de textos durante cierto tiempo, empecé a perder mi facilidad para escribir y corregir a mano. Mi experiencia, según averigüé después, no tenía nada de raro. “La gente que siempre escribe a ordenador a menudo se ve perdida cuando tiene que escribir a mano”, informa Norman Doidge.[…]
Marshall McLuhan elucidaba las formas en que nuestras tecnologías nos fortalecen a la vez que nos debilitan. En uno de los pasajes más perceptivos, aunque menos comentados, de ‘Comprender los medios de comunicación’, McLuhan escribió que nuestras herramientas acaban por ‘adormecer’ cualquiera de las partes de nuestro cuerpo que ‘amplifican’. Cuando extendemos una parte de nosotros mismos de forma artificial, también nos distanciamos de la parte así amplificada y de sus funciones naturales. […]
El precio que pagamos por asumir los poderes de la tecnología es la alienación, un peaje que puede salimos particularmente caro en el caso de nuestras tecnologías intelectuales. Las herramientas de la mente amplifican y a la vez adormecen las más íntimas y humanas de nuestras capacidades naturales: las de la razón, la percepción, la memoria, la emoción. El reloj mecánico, por muchas bendiciones que otorgara, nos apartó del flujo natural del tiempo. Cuando Lewis Mumford describió cómo los relojes modernos habían ayudado a “crear la creencia en un mundo independiente hecho de secuencias matemáticamente mensurables”, también subrayó que, en consecuencia, los relojes “habían desvinculado el tiempo de los acontecimientos humanos”. Weizenbaum, basándose en el razonamiento de Mumford, argumentaba que la concepción del mundo surgida de los instrumentos de medida del tiempo “era y sigue siendo una versión empobrecida de la anterior, ya que se basa en un rechazo de las experiencias directas que formaban la base y de hecho constituían la vieja realidad” (Carr, 2011, pp.251-3).

Cartel de 'Tiempos modernos', de Chaplin. Wikipedia.

Cartel de ‘Tiempos modernos’, de Chaplin. Wikipedia.

La solución es clara para Chesterton. En el capítulo 15 –El hombre libre y el automóvil Ford– insiste nuevamente en las consecuencias del maquinismo para las personas y la sociedad: la dependencia que crean, la monotonía para los trabajadores en serie –pensemos en ‘Tiempos modernos’, de Charles Chaplin-, y la desigualdad que fomentan, un sistema clasista que beneficia a los plutócratas. Por eso, su solución pasa primero por volver a un sistema de pequeña propiedad campesina y, en el ámbito industrial, por la propiedad compartida de las máquinas: Es de importancia vital crear la experiencia de la pequeña propiedad, la psicología de la pequeña propiedad, la clase de hombre que sea pequeño propietario. (15-02).

Por lo tanto, en este compromiso inmediato con la maquinaria, me inclino a inferir que está muy bien usar las máquinas en la medida en que originen una psicología que pueda despreciar las máquinas; pero no si crean una psicología que las respete. El automóvil Ford es un ejemplo excelente de esta cuestión, aún mejor que el otro ejemplo que he puesto del suministro de electricidad a pequeños talleres. Si poseer un coche Ford significa regocijarse con el coche Ford, es bastante triste que no nos lleve más allá de Tooting o el regocijo por un tranvía de Tooting [población al sur de Londres].
Pero si poseer un coche Ford significa gozar de un campo de cereales o tréboles, en un paisaje nuevo y una atmósfera libre, puede ser el principio de muchas cosas. Puede ser, por ejemplo, el final del auto y el principio de una casita de campo. De modo que casi podríamos decir que el triunfo final del señor Ford no consiste en que el hombre suba al coche, sino en que su entusiasmo caiga fuera del coche. Que encuentre en alguna parte, en rincones remotos y campestres a los que normalmente no hubiera llegado, esa perfecta combinación y equilibrio de setos, árboles y praderas ante cuya presencia cualquier máquina moderna aparece de pronto como un absurdo… y más aún, como un absurdo anticuado.
Probablemente ese hombre feliz, habiendo hallado el lugar de su verdadero hogar, procederá gozosamente a destrozar el auto con un gran martillo, dando por primera vez verdadero uso a sus pedazos de hierro y destinándolos  a utensilios de cocina o herramientas de jardín. Eso es usar un instrumento científico en la forma que corresponde, porque es usarlo como instrumento. El hombre ha usado la maquinaria moderna para escapar de la sociedad moderna, y la inteligencia ensalza al instante la razón y rectitud de semejante conducta
. (Esbozo de sensatez, 15-07).

¿Chesterton en Harvard? Si, aplicado a la teoría de las organizaciones

Vivimos en un mundo de organizaciones. A GK no le preocupaba tanto la presencia de las organizaciones en nuestra sociedad como el hecho de estar vinculadas a los ‘acumuladores de poder y de dinero’: políticos y capitalistas. Uno de los más importantes sociólogos, Max Weber (1864-1920) definió su presencia entre nosotros como la ‘jaula de hierro’, y es cierto que ya no podemos vivir sin ellas, para bien y para mal.

Las organizaciones están jerárquicamente establecidas, pero sociólogos como Peter Blau (1918-2002) advirtieron el papel tan importante que juegan las relaciones sociales informales en su seno, pues constituyen una especie de lubricante que permite su funcionamiento –que nunca será perfecto- más allá de objetivos y reglas formalmente establecidos. Autores como Geert Hofstede (1928-) estudió distintos criterios y formas de hacer las cosas en las diferentes culturas empresariales, o incluso en los países y grandes entornos de civilización.

Como la importancia de las organizaciones sigue creciendo, los expertos profundizan más y más. Hoy traemos al Chestertonblog la conferencia impartida en Harvard por Tomás Baviera, vicepresidente del Institute for Ethics in Comunications and Organizations, IECO, y colaborador nuestro.

Su intervención trata sobre ‘La lógica del don en las organizaciones’, en el contexto de un seminario internacional llevado a cabo en la Universidad de Harvard sobre ‘Motivación y confianza en las organizaciones’. Como puede verse, las cuestiones de las relaciones humanas son cada vez más importantes. ¿Cómo establecer fundamentos humanistas en ellas, en lugar de los habituales criterios de eficacia y rentabilidad que dominan los ‘recursos’ humanos?

Tomás Baviera reflexiona sobre algunos de estos principios humanistas en su discurso: lo oiremos hablar de Aristóteles y de Michael Sandel, pero también de Óscar Wilde, Miguel Hernández o Dostoievski. Y por supuesto, de Chesterton. Hablará de la benevolencia y la reciprocidad, hablará de la belleza y el bien, del don y la generosidad, y por tanto del hecho de reconocer lo que recibimos: aquí entra GK, del que oiremos hablar a partir del minuto 7 de la grabación. Si John Henry Newman (1801-1890) acuñó la expresión ‘Gramática del asentimiento’ como título de uno de sus libros, Chesterton propuso aplicarlo a San Francisco de Asís , de esta manera:

Con este espíritu acabado y pleno debemos volvernos a san Francisco: con espíritu de ac­ción de gracias por cuanto hizo. Por encima de todo el Santo fue un donador y buscó sobre todo el me­jor don que llamamos dar las gracias. Si otro hombre grande escribió una Gramática del asentimiento, de san Francisco bien se podría decir que suya fue la gramá­tica de la aceptación, la gramática de la gratitud. San Francisco entendió hasta su profundidad más inson­dable la teoría de la acción de gracias, cuya hondura es un abismo sin fondo (Capítulo 10 de la biografía San Francisco de Asís, párrafo 09).

Alba Rico: Chesterton, un ‘monstruo’ que ríe

Santiago Alba Rico. Foto: La jiribilla

Santiago Alba Rico. Foto: La Jiribilla

Recogemos hoy la segunda entrada al texto de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003) que la semana pasada colgamos en la página de estudios en español. Como señalamos, Alba Rico se distancia en la visión cristiana de Chesterton, pero si en la entrada anterior admira su lucidez ante la modernidad, los fragmentos que hoy publicamos son un mini ensayo sobre la risa de Chesterton. Vale la pena leerlo: no es chistoso, sino profundo y divertido, porque está escrito al estilo del Maestro.

«Un hombre que amaba, al mismo tiempo, los cuentos y las paradojas y que era ‘inglés’ no podía dejar de sentirse atraído por el cristianismo y más aún por su versión católica: una religión de vírgenes que paren, de monoteísmos trinos y de dioses que se encarnan para morir en la cruz (y cuya sangre hay que beberse y cuya carne hay que comerse en una espe­cie de taberna sin derecho de admisión). El cristianismo de Chesterton es tan sensato que uno sospecha de él, pero no de la sensatez. Leyendo Ortodoxia a uno le vienen ganas de creer como leyendo Gargantua a uno le vienen ganas de crecer. Chesterton concibe el cristianismo como la prolongación natural que vendría a completar el paganismo y, en este sentido, la modernidad no señalaría sino una trágica ruptura con los dos. Es así: frente a dos verdades contradictorias (el mundo y Dios) los grie­gos habrían tomado sólo la primera; el cristianismo habría cogido las dos verdades y la contradicción juntas; la modernidad, por su parte, tan racional ella, para evitar incurrir en contradicción, se habría deshe­cho de ambas. […] Los griegos vivieron en un mundo alegre y en un universo triste; los orientales en un universo alegre, pero en un mun­do triste; los cristianos viven en un mundo alegre y en un universo alegre. Los modernos, por su parte, son tristes en todas partes.

La tradición es la democracia de los muertos. Como todos los reac­cionarios que le precedieron (De Maistre, De Bonald o Burke), Chester­ton vuelve la cabeza hacia la religión y hacia el pasado. Pero esta visión suya de la tradición, que choca con la superstición progresista de la modernidad, protesta no menos contra la gazmoñería nostálgica de los que defienden mal el Antiguo Régimen. Al contrario que el modelo de De Maistre o De Bonald —o el solemne y pomposo de Chateaubriand—, la propuesta de Chesterton no está regida por el orden, la jerarquía y el san­to temor religioso que baja púdicamente los ojos ante los placeres y los señores ‘naturales’. Como los islamistas de hoy, que tanto le hubiesen horrorizado, Chesterton sólo reconoce ‘majestad’ a Dios (y a veces no tanta como para no imaginárselo como a un niño que todas las mañanas pide al sol: hazlo de nuevo, sin cansarse jamás del ‘truco’ de la aurora). El cristianismo de Chesterton es jocundo, goliárdico, rabelesiano, saltarín, risueño, un poco palurdo y bastante irreverente; el pasado que anticipa, como la cosa al mismo tiempo más vieja y más nueva del mundo, es el de un curioso universo en el que sólo la familia lleva ya siglos haciendo realidad todos los sueños anarquistas, las tabernas aseguran una especie de comunismo inalcanzable para los gobiernos y la más pe­queña comunidad de vecinos es más grande, más libre, más alegre, más democrática y hasta más lujosa que todas las falsas anchuras del cosmopolitismo.

Bueno, quizás Chesterton no tenía razón. Quizás el cristianismo es tan sombrío y cinchador como lo he vivido yo. Quizás el pasado fue siempre igual de malo que el presente. Quizás Chesterton era sencillamente un monstruo. Era sin duda un monstruo: una de esas bestias mitológicas, mitad camionero mitad filósofo, que sólo existen ‘de hecho’. Porque hace falta ser un monstruo para reírse a mandíbula batiente y con los dos pul­mones abiertos de par en par como lo hizo él. Uno se ríe de las cosas que ‘importan’, es decir, de las que no podemos comprender, de las que des­bordan y revelan nuestra pequeñez: la tormenta, el sexo, la multitud, la música, o cualquier otra forma de milagro. Pero nos reímos también de los que no comprenden, de aquello o aquellos que desbordamos y que revelan públicamente por eso nuestra grandeza. En este sentido la risa es una afirmación de superioridad y hasta de legitimidad por contraste, tal y como la ‘blandura’ de una naranja ‘legitima’ de algún modo la dure­za de un cuchillo. Mediante la risa nos manifestamos vencidos por lo que es más grande que nosotros; pero mediante la risa vencemos a los que son más pequeños o menos fuertes. Las víctimas están particularmente expuestas por su ‘seriedad’; además de matarlas, podemos burlarnos de ellas y quizás lo que las hace vulnerables, lo que nos autoriza —o tien­ta— a matarlas es precisamente que son ‘risibles’. Por eso el cristianismo siempre sospechó de la risa como cosa del demonio. Puede que sufrir una injusticia, como quería Sócrates, sea mejor que cometerla, pero es siempre mucho menos ‘divertido’. Resignados o no. todos estamos de acuerdo en que el poder, la inteligencia y el pecado son más alegres: la risa pertenece al mundo de Voltaire, del Marqués de Sade o de Nerón. Pero esto es precisamente lo que Chesterton no aceptaba. Chesterton es el pri­mero, el único, que demuestra que lo contrario también es posible. ¿Puede alguien reírse de los poderosos por su poder, de los pecadores por sus pecados, de los rebeldes por su desprecio de los mansuetos? ¿Puede al­guien, por ejemplo, reírse de Nietzsche y su faústica transvaloración de todos los valores? Sólo él. […]

Todas las paradojas de la obra de Chesterton se funden y se levantan en esa, de carácter literario, inscrita en la biología misma de su estilo; a partir de ese estilo, el autor de Ortodoxia construyó —y no sólo ima­ginó— un mundo inédito, invertido, en el que las vírgenes se ríen de los libertinos, los padres de familia, de los solteros, los sedentarios, de los viajeros y en el que, en definitiva, la virtud se ríe del vicio, la debilidad se ríe de la fuerza y la subordinación se ríe a carcajadas del poder. Y éste es el criterio último de autoridad en el que reposa la irrefutabilidad de los argumentos de Chesterton: pues si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad, puede reírse del poder, la virtud y la debilidad ‘tienen razón’. Si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad puede reírse del poder, entonces la virtud y la debilidad son humana (y no sólo moralmente) ‘su­periores’.

Al igual que otros reaccionarios (De Maistre o Schmitt) Chesterton entendió muy bien la modernidad capitalista y nos proporcionó argu­mentos contra ella. Pero, al contrario que todos los otros reaccionarios, Chesterton nos hace reír. Una amiga muy inteligente me decía hace poco que Chesterton corrige a los ateos obligándoles a introducir en sus vidas el milagro y corrige a los místicos obligándoles a tener en cuenta el paga­nismo. ¿Fue un reaccionario? Si es bueno leer a los reaccionarios contra las aporías de la Ilustración, es bueno leer a Chesterton contra las melan­colías de todos los fanáticos».

Alba Rico: Chesterton representa la ‘revuelta del hombre corriente’

Santiago Alba Rico

Santiago Alba Rico

El texto que esta semana incorporamos a los estudios en español es de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003). Fue un número dedicado a ‘la inquietante lucidez del pensamiento reaccionario’ –por parte de una publicación que se considera de izquierdas-, y por tanto, no podía faltar un texto sobre GK, escrito por uno de quienes han escrito algunas de las cosas más interesantes sobre él. Hemos decidido seleccionar fragmentos para un par de entradas, que nos muestran algunos puntos de vista de Alba Rico sobre GK: constituye una atractiva aportación crítica con la modernidad, pero también marcada –como sucede siempre con las cuestiones religiosas e ideológicas- por la experiencia personal del autor del texto, honesto en sus afirmaciones. Como siempre, están en cursiva las palabras de Chesterton. He aquí la primera selección:

“¿Es Chesterton un pensador reaccionario? Chesterton es sobre todo dos cosas: un anticapitalista que ama los cuentos y un católico tradicionalista que detesta las convenciones. No soportaba las injusticias y no soportaba las estupideces y trató de demostrar que la injusticia es siempre el resultado, o la exigencia, de alguna tontería compartida. […]

Chesterton no fue nunca un moralista y sí, muchas veces, un revolucionario intratable –aunque siempre jocundo- a punto de alargar la mano hacia la empuñadura de la espada. Buscaba ‘hechos’ por todas partes, incluso en los cuentos, y cuando encontraba uno podía remover cielo y tierra, sin reparar en obstáculos ni respetar palacios, a partir de él. Por eso su pensamiento teológico es inseparable de su vocación política. Es justamente famosa, por ejemplo, esa inducción que, en Lo que está mal en el mundo, le lleva desde ‘el pelo de una niña’ al menos tan lejos como a un bolchevique el concepto de ‘relaciones de producción’ o de ‘lucha de clases’: Empiezo con el cabello de una niña. Sé que eso al menos es algo bueno. Y enseguida: Con el pelo rojo de una rapazuela traviesa de las cloacas prenderé fuego a toda la civilización moderna. En medio, el razonamiento es impecable: Cuando una niña quiere llevar el pelo largo, tiene que tenerlo limpio; como tiene que tenerlo limpio, no tendrá que tener una casa sucia; como no tiene que tener una casa sucia, tendrá que tener una madre libre y llena de tiempo; como tiene que tener una madre libre, no tendrá que tener un arrendatario que es un usurero; como no tendrá que existir un arrendatario que es un usurero, tendrá que haber una redistribución de la propiedad; como tendrá que haber una redistribución de la propiedad, habrá una revolución.

El pelo de una niña… o la cerveza. Éstas son las cosas que la razón debe proteger. En una novelita poco conocida en España, La hostería volante, un proscrito hace rodar por toda Inglaterra, huyendo de la justicia, el último barril de cerveza de la isla después de que un decreto gubernamental haya ordenado el cierre de todas las tabernas en nombre del ecu­menismo y el entendimiento entre las culturas. Allí donde el fugitivo se para y abre la espita, enseguida cristaliza una sociedad en miniatura, como una perla alrededor de un grano de arena. Chesterton era inglés y amaba la cerveza, es cierto, pero sólo un pésimo lector pretendería que está tratando de defender una ‘costumbre nacional’ o un ‘gusto perso­nal’ del asalto de una razón más alta o más humana. Todo lo contrario: lo que Chesterton busca demostrar novelescamente es que el ecumenismo limita el mundo, es provinciano, localista y, por lo tanto, inhumano. Ningún autor es más universal que Dickens, hasta el punto de que hasta los más refinados pedantes pueden entenderlo, según la expresión de Chesterton; y lo es precisamente por algo que tiene que ver con los abo­minables ponches y estofados de carne que Pickwick trasiega en las posa­das, enfrente de la chimenea. Cuando Chesterton defiende la cerveza de­fiende en realidad las tabernas y cuando defiende las tabernas defiende en realidad algo mucho más universal y razonable que el ecumenismo y la razón: defiende la sociabilidad. El ecumenismo separa a los hombres; la cerveza los une.

La modernidad –que Chesterton apenas distingue del capitalismo- es sobre todo una nueva persecución del Hombre Común y la única libertad que ha reportado, y sólo a algunos hombres, es la libertad para fundar una secta. El Rey del Acero, el Rey del Petróleo, el Rey del Puerto han sustituido al Rey de los cuentos (lo que necesitamos, como lo comprendieron los antiguos, no es un político que sea a la vez hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo), en la peor forma de ‘oligarquía’ que haya conocido la historia: porque es la única que, so pretexto de humanizar, educar y emancipar a los hombres, les ha privado de las relaciones en las que se reconocían humanos, de los medios materiales con que se educaban a sí mismos y de los espacios en los que se sentían libres, tres territorios en los que ni los más feroces de los tiranos se habían atrevido jamás a penetrar. Chesterton odiaba el capitalismo por tres motivos: porque era feo, porque era injusto y porque era necio. […] El capitalismo, además, obligó al hombre común a dejar su oficio y su herramienta para fabricar veinte décimas partes de un alfiler en lugar de un alfiler completo, dio libertad a los ricos para ser más ricos concediendo generosamente a los pobres el permiso para ser más pobres e hizo ‘progresar’ rápidamente toda la riqueza de los hombres hacia las manos de los seis habitantes más inescrupulosos del planeta. Pero el capitalismo, sobre todo, es necio.

Chesterton, decíamos, era un anticapitalista que amaba los cuentos y un tradicionalista católico que odiaba las convenciones. ¿Qué son los cuentos? Las reservas indias de los ‘hechos’. ¿Cuál es el mayor convencionalismo? La rebeldía. Eso es algo, en efecto, que ha hecho todo el mundo, y de la misma manera, a una determinada edad, y la modernidad no ha hecho sino generalizar y prolongar su propia manera en una especie de eterna adolescencia. En el relato más arriba citado, Conversión de un anarquista, el protagonista se convierte a las excelencias del matrimonio religioso después de oír a los contertulios del libérrimo club defender precisamente las mismas cosas que él pensaba: pero es que las defendían mal. Desde el punto de vista intelectual, la modernidad se caracteriza por esta paradoja que sacaba de quicio a Chesterton y que él identificaba con la forma más ridícula —y más exacta— de dogma: la de un montón de gente diciendo al mismo tiempo las mismas cosas que todos sus con­temporáneos para distinguirse de ellos. Es fácil imaginar cuánto hubiese horrorizado a nuestro autor la expresión acendrada, meteorológica y extrema de esta ilusión de distinción: la publicidad televisiva (todas esas pequeñas sectas disputándose a muerte la exclusividad de un someti­miento común). Y Chesterton, en algún sentido, tenía razón sugiriendo como más sensata la paradoja inversa: si hay que distinguirse de los demás, hagámoslo –diantres- para parecernos a todo el mundo. No hay nada más convencional, acomodaticio, funcional e integrador que la rebeldía moderna” (Alba Rico: ‘Chesterton, la revuelta del hombre común‘, pp-26-29).

Chesterton en ‘El acusado’: burla de las convenciones e incorrección política

Portada de 'The Defendant', de Chesterton, en la edición de 1903

‘The Defendant’, de Chesterton

Para entender a Chesterton es fundamental leer su Introducción a El acusado -The Defendant, literalmente, el demandado- que  al publicarla en el blog hemos titulado ‘La increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad’, además de comentarla en dos ocasiones: y .

Hoy añadimos a nuestra sección de estudios en castellano sobre GK el ‘Prólogo’ de Manuel Moreno Alonso, profesor de la Universidad de Sevilla, con la que se abre la edición de El acusado que publicó Espuela de Plata en 2012. Tiene dos partes: la de carácter más general es más convencional, pero la primera -centrada en la obra que prologa- tiene mucho interés, al destacar el contexto de recepción del libro. La obra apareció en 1901, pero se reeditó en 1903, con un nuevo capítulo, En defensa de una nueva edición del propio GK, que suscitó -según Moreno Alonso- “las consabidas críticas lanzadas contra su autor por su absoluta inmoralidad, al desalentar el progreso y disfrazar escándalos mediante su ofensivo optimismo. Pese a lo cual, Chesterton desenmascaró como nadie la superstición de lo progresista con el despliegue de un ingenio que algunas veces ha sido comparado con el que poseyeron de forma implacable Voltaire o Diderot para denostar las creencias tradicionales. Pues, dotado como pocos para la burla, lo mismo se burló de profetas y superhombres que de artistas de vanguardia o de teólogos de progreso. Hasta el punto de que años después, él mismo comentaría que nunca lamentó  haberse posicionado contra la pedantería de los sistemas y contra la arrogancia de los técnicos”, p.14.

Moreno Alonso –que insiste en la defensa chestertoniana del hombre corriente frente al que se considera superior- nos prepara para lo que vamos a encontrar, por tanto: “un asunto este sobre el que, en el caso presente, será el propio lector actual a quien corresponda tener en su mano el veredicto, en defensa del presente libro, un libro que en su tiempo fue acusado de escandaloso e inmoral. Y no precisamente por un pasaje bien querido de su autor –que hoy, lo mismo que ayer podemos hacer nuestro-, según el cual pueden encontrarse diamantes en el cubo de la basura. A lo que es necesario agregar una segunda parte que el autor añadió, y que igualmente tiene, cuando menos, plena actualidad: El diamante es fácil de encontrar en el cubo de la basura. Lo difícil es encontrarlo en el salón”, p.10.

Chesterton: la capacidad de contemplación de un hombre sencillo

“Chesterton fue un hombre contemplativo y esta cualidad podía captarse de inmediato en sus conferencias, dictadas a modo de reflexión en voz alta, como recién emergidas de la intimidad y al compás del hacerse el propio pensamiento, en el mismo instante de darse ante el público” (p.11).

Chesterton: El regreso de Don Quijote

Chesterton: El regreso de Don Quijote

Estas hermosas palabras de Pilar Vega corresponden a su magnífica Introducción  a El regreso de Don Quijote (Ediciones Cátedra, 2005, pp.7-180) que esta semana hemos colocado en nuestra sección de artículos y estudios en español. Como se ve por la extensión, no es meramente un prólogo sino todo un profundo estudio, dividido en dos partes:

-La primera es una introducción general a Chesterton: su vida y su obra. Tiene una particularidad muy interesante y es que utiliza como base una amplísima bibliografía, que, además de las obras consagradas, incluye artículos de la Chesterton Review así como la obra colectiva del cincuentenario de la muerte de Chesterton, editado por D.J. Conlon y publicado en Oxford University Press en 1987

-La segunda parte está centrada en la obra que precede, y tiene a su vez dos partes muy interesantes: la propiamente introductoria a la obra de Chesterton y un apartado previo dedicado a la relevancia de Cervantes y el Quijote en Inglaterra, que contextualiza adecuadamente el relato de GK.

El texto es tan magnífico que he optado por ofrecer sólo una pincelada sobre esta faceta tan personal de nuestro querido Chesterton: “Hablaba desde la primera persona, comunicando sus impresiones íntimas, sus experiencias y juicios, en un estilo siempre inmediato, confidencial, de relación directa con el oyente” (p.11). Esa misma sensación producen sus escritos. Y como la experiencia bloguera demuestra, no se puede terminar una entrada sin unas palabras de GK que corroboren lo anterior, seleccionadas entre las que ella misma recoge, esta vez de El Napoleón de Notting Hill (Pretextos, p.27), pero que merecerían quedar bien grabadas en nuestras cabezas:

Si miras una cosa novecientas noventa y nueve veces, estarás perfectamente a salvo; si la miras una milésima vez, te expondrás al espantoso peligro de verla por vez primera.

Sto Tomás de Aquino de Chesterton: un ‘aperitivo’ de la edad Media.

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

“Sepa el lector que no se enfrenta aquí con un libro de filosofía técnica, si por tal cosa se entiende un tratado académico preocupado por el matiz riguroso y la documentación refinada. Este Santo Tomás de Aquino es un ensayo que contiene, en su fondo, mucho trabajo de preparación y que no desdice, ni mucho menos, de los estudios científicos. Sin embargo, como suele suceder con Chesterton, su pretensión no es más que la de pintar un cuadro para que el lector -cualquier lector culto- pueda hacerse cargo del sabor de la empresa intelectual (es decir, universal) del filósofo y teólogo al que sus compañeros de estudios zaherían con el mote de Buey mudo”.

Así finaliza el prólogo que acabamos de recibir en el Chestertonblog –y añadir a la sección de estudios en español-. Se trata de la edición de Homo Legens de 2009, traducida por María Luisa Balseiro Fernández- Campoamor, con prólogo y notas de José J. Escandell. Se diría que estas palabras producen un verdadero efecto aperitivo, hasta el punto que será la lectura del Club Chesterton de Granada durante los próximos meses, para preparar nuestra propia edición anotada –tal como ahora hacemos con Esbozo de Sensatez-.

El realismo filosófico y la falta de rigor en el pensamiento –dos de las principales carencias de nuestro tiempo- pueden ser desarrolladas con la ayuda de esta obra. Ya dedicamos una entrada al origen del libro en el blog y ahora damos un paso más. Como dice el prologuista, “Chesterton concibe este Santo Tomás de Aquino como un libro en conexión con su San Francisco de Asís. Se trata de personajes casi contemporáneos que navegan con el mismo rumbo pero en naves completamente diferentes. Aunque solo sea por el aspecto físico: uno es un italiano flacucho y menudo, y el otro es un italiano gordo y enorme. Pero es que son dos avatares de lo mismo”.

Y es que “Para Chesterton, la Edad Media tiene unas características irrepetibles y envidiables en numerosos aspectos. […] ¿Acaso es imposible encontrar en el pasado valores que echamos en falta en el presente? Y si tal cosa sucede, ¿no se deben convertir esos tiempos pasados, en ese simple y concreto punto, en objeto de deseo? Lo contrario, sin duda, es puro engreimiento. Es de esas ideas que a Chesterton más ganas le daban de contender, que lo moderno es, por definición, mejor que lo pasado. ¿Por qué el ser más jóvenes nos convierte en mejores?”

Escandell acierta en su diagnóstico sobre el tiempo presente, pues “nos enfrentamos a una abierta pretensión de reescritura del pasado que se propone, en realidad, hacer del pasado algo odioso y negativo, porque es solo el presente lo que el hombre debe aceptar. La ceguera histórica de hace unos años, quizás ingenua en ocasiones, ha derivado en abierta guerra y decidida mutilación y mentira. ¿Qué tiene que ver la Grecia de las películas actuales con la Grecia auténtica? Chesterton es maestro en la resistencia al nuevo orden mundial, al pensamiento socialmente correcto, a la mentira progresista (sea de derechas o de izquierdas, sea política, cultural o religiosa). Y este Santo Tomás de Aquino es, en relación con nuestra culpable ceguera histórica, un maravilloso punto de resistencia”.

Sabemos que Chesterton leyó a Santo Tomás  toda su vida, y que fue una de sus influencias más importantes. Si pretendemos pensar como Chesterton lo hizo, tendremos que recurrir necesariamente a esta obra, máxime cuando sabemos que ha sido considerada por autores como Gilson o Maritain, una de las mejores obras sobre el Aquinate.

“Chesterton es un enamorado de lo natural, en la más rotunda convicción de que la religión verdadera no puede sino confirmar lo bueno del mundo y convertido en algo aún más bueno. Esta es una estupenda razón para leer a Chesterton, en cuyas páginas el lector atento encuentra un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo. La lectura de este libro no deja indiferente.”

Chesterton y Tolkien: más sobre ‘Mooreffoc’ y la fantasía

Hace un tiempo explicábamos cómo GK había descubierto y utilizado el término Mooreffoc, inventado por Dickens. En el blog de la American Chesterton Society, Nancy Brown

JRR Tolkien

JRR Tolkien

recoge unas palabras de Tolkien (1892-1973), referidas a Chesterton y al tipo de fantasía que promueve. Hemos traducido el texto -aunque existe versión en español a la que no tenía acceso- y lo recogemos para mostrar una distinción interesante, porque inicialmente parece que Tolkien critica a Chesterton. He aquí el fragmento:

«Los cuentos de hadas no son el único medio de recuperación o profilaxis contra las pérdidas. La humildad es suficiente. Y -especialmente para los humildes- existe el Mooreeffoc o la fantasía chestertoniana.
Aunque Mooreeffoc es una palabra fantástica, podría verse escrita en cualquier pueblo de esta tierra. Significa ‘Coffe-Room’ –cafetería- escrito en el cristal y visto desde el interior del local. Así fue visto por Dickens un oscuro día de Londres, y así fue utilizado por Chesterton para denotar la rareza de las cosas que se han hecho triviales, cuando se ven de repente de un nuevo ángulo. Es una clase de ‘fantasía’ bastante saludable para la mayoría de la gente y sobre la que nunca escaseará material, aunque –en mi opinión- su poder es limitado, pues su única virtud se limita a la recuperación de la frescura en la visión de las cosas.
La palabra Mooreeffoc puede hacer que de repente nos demos cuenta de que Inglaterra es un país totalmente extraño, perdido en alguna remota época pasada vislumbrada por la historia, o en algún extraño y oscuro futuro –al que sólo llegamos con una máquina del tiempo- para ver su increíble rareza, los intereses de sus habitantes y sus costumbres y hábitos de alimentación. Pero no puede hacer más que eso: actuar como un telescopio del tiempo centrado en un solo lugar.
La fantasía creativa, que trata principalmente de hacer otra cosa, de crear algo nuevo, puede abrir tu cofre del tesoro y dejar que todas las cosas bajo llave vuelen como pájaros que salen de su jaula. Todas las gemas se convierten en flores o llamas: quedas advertido de que todo lo que tenías (o sabías) es peligroso y potente, y no está realmente encadenado, sino libre y salvaje, al menos, no más de lo que estás tú.
Los elementos ‘fantásticos’ en verso y en prosa de otros tipos, incluso cuando sólo sean ocasionales o decorativos, ayudan a esta función. Pero no tan a fondo como un cuento de hadas, algo construido sobre o alrededor de la fantasía, en el que la fantasía es el núcleo. La fantasía se crea fuera del mundo primario, pero un buen artesano ama su material, y tiene un conocimiento y sentimiento hacia el barro, la piedra y la madera que sólo la creatividad de puede proporcionar».
(J.R.R. Tolkien, «On Fairy Stories» in Tree and Leaf 77-78)

Efectivamente, Mooreffoc sirve para ver nuestro entorno de otra forma, enriquecedora. Pero  Chesterton, que tanto amó los cuentos de hadas y tanta influencia tuvieron en él -como queda de manifiesto en Ortodoxia-, desarrolló igualmente el segundo tipo de fantasía: basta pensar en El hombre que fue jueves, o La taberna errante para ver cómo combina esos elementos de barro, piedra y madera para crear formas nuevas y sugerentes.
Para nuestra moderna vida ajetreada, tanto valen una como otra. Podemos leer una buena novela o ver una gran película: es un encuentro con la fantasía verdaderamente creativa, la que gusta a Tolkien. Pero tras un rato agradable volvemos a la normalidad, y entonces el Mooreffoc cobra protagonismo, porque cualquier instante nos da la posibilidad de recordar aquellas palabras de Chesterton que veíamos en la Introducción a El acusado: Lo más probable es que aún sigamos en el Edén: sólo son nuestros ojos los que han cambiado.

Chesterton, autor de aforismos, por García-Máiquez

Hemos comenzado en el Chestertonblog una serie de perfiles de GK, del que sólo hemos elaborado el de periodista. Preparábamos otro cuando nos hemos topado con este artículo de Enrique García-Máiquez en Nueva Revista, que analiza la vertiente tan conocida de Chesterton, autor -sobrevenido- de aforismos. Basta seguir algunos hastags de Twitter para darse cuenta que Chesterton es uno de los grandes en esa red: se diría que está hecho para los 140 caracteres, retuiteado hasta la saciedad.

Cúpula del Panteón de Roma. Freepic.es

Cúpula del Panteón de Roma. Freepic.es

Recomiendo vivamente leer el texto de García-Máiquez, que nos hace pasar de las pequeñas citas de GK a sus grandes ideas. Por si alguien no tiene tiempo, entresaco alguna cosa. La primera paradoja es que Chesterton jamás se dedicó a escribir pensamientos breves, sino que éstos brotaban espontáneamente en todas y cualquiera de sus obras, pues tenía el don de unir ideas con brillantez de expresión, más allá de los juegos de palabras o las sutiles ironías. Como él mismo dijo en su Autobiografía, «nunca he tomado en serio mis libros, pero tomo muy en serio mis opiniones«.

La difusión de sus citas supone tal ‘estallido atómico’ que Gª-Máiquez se pregunta si no puede suceder que esta expansión en ‘miles de trozos de metralla’ suponga un descuartizamiento de su pensamiento. Y su respuesta es que no, porque todas las frases brillantes de GK proceden del mismo lugar. Y es que –citando a Alfonso Reyes, y ésta es la segunda paradoja- Chesterton, el prolífico autor de aforismos, es hombre de una sola idea: «disimula toda una filosofía sistemática, monótona, cien veces repetida con palabras y pasajes muy semejantes a través de todos sus libros». Y tiene razón: es como el niño de Ortodoxia (Cap.4) que no se cansa de decir ‘¡Que lo haga otra vez!’ (esto es mío, pero no he podido evitar incluirlo). La respuesta es que se apoya sobre una totalidad que proporciona una magnífica unidad a todo lo que dice. Gª-Máiquez ofrece una hermosa metáfora, «si esa idea única que lo cubre todo adquiere la forma de una cúpula, es una cúpula romana», vinculada a su convicción de la ortodoxia como lo única capaz de dar una «explicación coherente de todo y ser fieles al fondo de alegría cósmica que él percibía en la existencia».

Dice Gª-Máiquez que en esa totalidad se aprehende su visión del universo y se desactiva la posibilidad de hacer decir cualquier cosa al autor de la cita: «Cada fragmento de Chesterton, por pequeño que sea, funciona como un holograma de la obra completa que se extiende a lo largo de los 36 volúmenes de los Collected Works de Ignatius Press. Sus citas no son simples extractos ni recortes más o menos aleatorios».

Va siendo hora de concluir, con la última paradoja de nuestra serie de hoy: «La capacidad de ver lo mismo que todos de un modo único, crea una mezcla de deslumbramiento y reconocimiento (o de originalidad y lugar común) que da su peculiar sabor a los mejores aforismos chestertonianos, o sea, a todos prácticamente. Y ahí estriba, en la medida en que se pueda desentrañar su misterio, esa condición que tienen de definitivos a la vez que inacabables».

Las reglas del articulista recomiendan acabar con unas palabras de Chesterton, pero no me resisto a concluir con las de uno de sus mejores discípulos, que anima a descubrir en sus libros «la desmesurada anchura de un autor tan afilado».