En los ásperos años 60 del siglo pasado, una pareja de novios, casi a diario, se dan cita en un bar. Granada eterna y sus bares. Bar pobre, escaso y no exento de romanticismo. Iluminado por una ‘cegatona’ luz de bombilla OSRAM: inversión, por metátesis, de un avergonzado apellido Ramos. Contra el frío serrano, se pelea un antiguo y singular chubesqui. La barra está servida por un cetrino mozo de los Montes Orientales. La concurrencia del local la forma un conjunto de paisanos de poca y de mucha monta. Las bebidas se acompañan de parcas tapas. Tapas de ‘peleilla’.
La pareja charla y charla. Mientras, el tiempo corre a galope tendido. Los estudios y las salidas profesionales. Asuntos de interés que discurren en la abstracción del lenguaje con todo su vivo significado. Junto a ellos, los novios admiran, una tarde y otra más, la presencia de un bien avenido matrimonio que parece cimentar su concordia marital en interminables e infinitas partidas de parchís, jugadas sobre una no siempre vista y elegante mesa con tablero de formica.
Los enamorados y su raro carácter universitario contrastan con las personas que pululan por el local. Raros que hablan de cosas raras: periodo magdaleniense, capturas fluviales, hexámetro latino, cánones estéticos del siglo de Pericles, Appendix Probi de la monja Egeria, pensamiento de Bossuet, etc.
No obstante, es época de –en palabras de Simon-Garfunkel- ‘aguas turbulentas’. La confusión anima en nuestros estudiantes, conversaciones de itinerantes que los llevan de Pompeya a Nôtre Dame de Paris, de Ortega a Althuser, de Scaligero a Chomsky, de Papini a Camus… Por caminos tortuosos, plagados de obstáculos, que se unen al impulso propio de los jóvenes –potros que van sin freno-. Y se hacen imprescindibles ciertas cautelas, porque en ocasiones la búsqueda carece de meta. Así, porque la Providencia quiere, estos émulos de ‘Los novios’ manzonianos, encuentran los textos de un señor gordo y alto. Mejor, enorme… e inglés. Además, su nombre tiene sabor a cigarrillo: tabaco rubio de Virginia o, al menos de Inglaterra. Su nombre, Gilbert K. CHESTERTON. (Se cuenta la anécdota de alguien que llegó a un estanco pidiendo un paquete de cigarrillos “Chesterton”).
La obra de Chesterton se abre a los ojos enamorados de la enamorada pareja. Chesterton, poco a poco, como un roedor impenitente, va penetrando en las mentes y los corazones de sus nuevos lectores. Las charlas, conversaciones y discusiones en torno a un personaje, una situación, una paradoja, un pensamiento o una forma de decir, suplen a otros temas de conversación. El vecino matrimonio sigue amándose en su sempiterno juego de parchís a dobles fichas. A los jóvenes les interesa lo que se publica de GKC. Por aquel entonces y por lo general, se dan al mercado pocas y mal traducidas obras de Chesterton, con la excepción de algunas, como por ejemplo las del filólogo mejicano Alfonso Reyes.
Si hoy puede sorprender que se lea la obra de Chesterton, en aquella época, cuyo ambiente editorial no la favorecía precisamente, y era impensable llegar al punto de humor, amor y fe que asoma en cualquier esquina de sus páginas. Al leer a GKC, unos lectores lo acogen como un escritor cómico, otros como un elegante inglés acostumbrado a ser educado, refinado y diletante en lo tocante a literatura y arte e, incluso, con algún resabio del antiguo spleen romántico. Todas son, para nuestros jóvenes, interpretaciones erradas, equívocas. Desde sus primeros contactos con la obra de Chesterton, aprecian la fuerza y el impulso ascendente de su mensaje. Captan como se produce en la pluma de Chesterton, la armónica reunión del mundo real, el campo del ensueño y la serena y pacífica lucha por la verdad. De modo que, tras cerrar las tapas de sus libros, nuestros lectores, embelesados, apoyan la cara en las manos y reflexionan en las palabras de salvación de su autor.
En aquellas fechas hubo editoriales que, a pesar de las malas traducciones, introdujeron en colecciones económicas la literatura que en el mundo se escribía: C. Gheorghiu, S. Hamsum, M. Van der Meer, P. Loti, G. Greene, T. Mann, W. Saroyan, R. Tagore, W. Faulkner… G. Bernanos… y Chesterton. Las ediciones de las obras de GKC se repetían en torno a varios títulos: El hombre que fue jueves, Ortodoxia, El hombre que sabía demasiado, Las paradojas de Mr. Pond y El candor del P. Brown. El resto de la obra de Chesterton era menos accesible. Se hacía difícil, por ejemplo, conseguir un libro de La taberna errante, El hombre eterno, etc.
La pareja de novios seguía en el bar, donde seguía jugando al parchís el matrimonio bien avenido, y me contaron que cuando había algún asunto arduo o de costosa inteligencia, acudían bien a Ortodoxia o a El hombre que fue jueves. Posteriormente, tuve la satisfacción de conocer que en estadísticas de librerías daban a El hombre que fue jueves fue una de las novelas más leídas y, además, por el público joven. Aquello me pareció una aventura equinoccial, pero hacia la felicidad y no hacia la barbarie y la locura, como la del pobre Lope de Aguirre.











