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Chesterton: La familia necesita un hogar

En esta entrada quiero comentar la parte restante de La casa completa, y completar así lo que escribimos ayer sobre la naturaleza humana. ¿Por qué se llama así un artículo sobre la sexualidad humana? Volvemos a ver en acción al GK sociólogo, en su mejor capacidad de relacionar cosas: porque la propiedad del hogar –el núcleo de la vida para Chesterton, como sabemos- es garantía de la vida familiar. ¿Cómo llega a esta conclusión?

Chesterton considera que el sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta.

Verdaderamente son hermosas estas palabras, una auténtica definición de familia. Chesterton reconoce que son tiempos difíciles para la familia, porque hay quien prefiere otra opción, más ‘liberal’: es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas.

Chesterton nos ofrece aquí dos maravillosas chestertonadas, esas metáforas que sólo él es capaz de imaginar: lunas de miel sin boda, puertas sin casa detrás. Es el espíritu del tiempo, reconoce, y achaca al materialismo y al propio capitalismo la crisis de la familia, es decir, la crisis de quienes se sienten liberados del sexo para ser realmente dependientes de él, porque no son capaces de construir sobre él.

Además, a nosotros nos preocupa y mucho […] no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno.

En el Chestertonblog ha aparecido numerosas veces la idea de que el capitalismo es proletarismo y nos despoja de la propiedad. Desde luego, el primer capitalismo lo fue, hasta que en el siglo XX se corrigieron algunos errores y surgió una clase media de propietarios de sus hogares, pero ahora vuelve a verse el mismo –y quizá verdadero- rostro: el drama de los desahucios que se vive en España con motivo de la crisis es una expresión perfecta de lo que quiere transmitir Chesterton, y vemos cómo las dificultades económicas afectan a las relaciones familiares, tanto como puede hacerlo la propia sexualidad. Relaciones externas –económicas, con la sociedad-, relaciones internas –sexualidad y otras relaciones afectivas y de organización- construyen la familia, en contextos siempre difíciles: No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está […] Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces.

Peleemos para que todos tengan su hogar, y recuperemos la sensatez, dispuestos los primeros a superar las dificultades que entraña la vida familiar, repitiendo las hermosas palabras de GK: adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. Es mucho lo que está en juego, también en medio de las dificultades económicas.

Chesterton: El lugar común como elemento de distorsión

Chesterton, nuevo Quijote, es un ‘desfacedor de entuertos’, aunque sean  lingüísticos y conduzcan a la estupidez. Son entuertos producidos por la mala intención semántica de los líderes de este mundo. Y, por ello, cuando a nuestro autor se le pone a tiro un lugar común, vestido de frase interesante al oído y el bolsillo del  individuo o clase que la utilizan, G.K.C. dispara. Destroza la frase insulsa, en pura semántica,  con la sonrisa en los labios, con razón, lentamente, casi con quietud vehemente. Es el momento en que nos sorprende, nos convence y nos deja la paz. En el capítulo XII del Esbozo de sensatez, titulado ‘La rueda del destino’, encontramos algunas frases que destacamos:
Ha llegado para quedarse.
No podemos vivir sin máquinas.
El fin comercial del trabajo de las máquinas.

Cadillac

Cadillac. Foto: Gdefon

Ha llegado para quedarse es frase estúpida muy usada por algunos o muchos progresistas ‘a la violeta’. En cuanto que el progresista, todos lo días, de forma reaccionaria, adquiere la última novedad o alcanza su inteligencia, se encuentra en ‘la cumbre de toda buena fortuna’. ¡Espíritu snob! Se hace de lo nuevo impensadamente, aunque por su perversidad, a veces, no tenga sentido el quedarse. A más de sustituir los gustos por otros, a veces también, cuando menos dudosos.

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Con juegos juegos de palabras no se juega con Chesterton. Porque acepta el envite y gana. Le sirve el análisis pragmático de la frase ‘La torre Eiffel ha llegado para quedarse’ para que G.K.C. ‘se  quede’ con el lector: con su estilo paródico desarma la maquinaria publicitaria de la frase, que tiene por objeto avalar lo novedoso, con desprecio de lo tradicional. Hagamos un inciso, para preguntarnos –a contrariis- y reflexionar sobre el aserto planteado por Marinetti (1876-1944, fundador del movimiento futurista): “Es más bello un cadillac que la Victoria de Samotracia”. Creo que no cabe discusión alguna con aquellos a los que los dos elementos de la comparación les gusta MÁS. Fin del inciso.

Es cierto que en el mundo en que vivimos, estamos -más que menos- supeditados a las máquinas. Pero llegar a afirmar que No podemos vivir sin las máquinas, como dicen los jóvenes y desde el punto de vista antropológico, es una ‘pasada’. A dicha frase, con Chesterton, podemos contraponer todas aquellas que pueden derivar de la obligación que tiene el hombre de ser feliz. Dice Chesterton: La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta y marchar a pie si le agrada más. Aún así, su sentido de la realidad -algo reñido con el concepto al uso de utopía- al afirmar que La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro, nos aconseja que no nos compliquemos la vida con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que las máquinas.

Y como no, la frase eufemística: El fin comercial del trabajo de las máquinas, para obviar hablar de los rendimientos y ganancias y plusvalías, etc. Rendimientos mensurables pecuniariamente y que no comparten ni reparten los propietarios de aquellas. Pues, en caso contrario se anularía esa diosecilla muy venerada por muchos propietarios: la concentración.

En fin, convenzámonos tras estas ‘logomaquias’ de que nuestro hablar sea sí,sí; no, no. Y en ese momento, se habrá evitado el regodeo insano del tabú, y nos habremos alejado de los melindres y el almibaramiento pueril del merodeo, del rodeo que no ataja la realidad o, lo que es peor, la verdad.

Chesterton: ‘La felicidad es un maestro duro’

Volvemos hoy a comentar algunos párrafos de Esbozo de sentatez (‘La rueda del destino‘, 12-05), con la peculiaridad de hallar a un Chesterton que habla de la felicidad, cuestión que raramente aborda de manera directa. El contexto general –como todo el libro- es la organización socio-económica de nuestra vida, y en particular, la reflexión sobre las máquinas:

La meta de la política humana es la felicidad humana. Para los que tienen ciertas creencias, está condicionada por la esperanza de una felicidad mayor, que aquélla no debe poner en peligro. Pero la felicidad, la alegría del corazón del hombre, es la prueba secular y la prueba real. […] No hay ley lógica ni natural ni ninguna otra que nos obligue a preferir otra cosa.

En esto estamos todos de acuerdo, pero en seguida Chesterton alza su voz contra la tendencia dominante: No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices.

La idea de fondo es que el maquinismo conlleva desarrollismo y éste, el afán por tener más, por llegar antes, más lejos y mejor. Chesterton nos advierte de que es un espejismo, y que estar sometidos al mundo industrial -como hemos recogido ya antes en varias entradas- puede ser una maldición, aunque sea una maldición maravillosa, práctica y productiva.

El aviso de Chesterton puede parecer exagerado, pero en 1980, los psicolingüístas Lakoff y Johnson, plantearon en Metaphors we live by, ‘metáforas por las que vivimos’ (edición española Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, 1986) que el lenguaje cotidiano está cargado de esos adverbios -antes, más mejor- que introducen tensiones en nuestra vida: un sentido de la competencia entre las personas y entre nosotros mismos que no sólo dificultan la comprensión de la realidad, sino que la encaminan en una determinada dirección. Si lo pensamos bien, igual que las máquinas, cada vez que recibimos un mensaje con un ‘sé feliz’ o ‘disfruta más de la vida’, en cierto modo aplica el mismo principio de la productividad a una faceta de nuestra vida, cuando la felicidad es en realidad una consecuencia del resto de nuestras actividades, y no un acto voluntario: no hay nadie más infeliz que el que continuamente cuestiona su felicidad. (Paradoja: la causa de esta reflexión sobre la felicidad es el deseo de que seamos más felices…)

La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no hay obligación de ir más deprisa. […] La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro. Nos dice que no nos compliquemos con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que la máquina.

Sin embargo, las categorías de nuestra sociedad se han vuelto cuantitativas, lo que significa que –desde arriba, tanto política como económicamente- todo se mide según las reglas del antes, más y mejor, expresadas en crecimiento económico, PIB y renta per cápita, haciendo fines de lo que sólo son medios. A Chesterton, nuevamente, no le importa ir contracorriente: Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los hacemos más pobres, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas -en el sentido de cambiarles simplemente la vida- sin incrementarles su gusto por ella (Esbozo de sensatez, 12-06).

Chesteron: la verdad sobre los periódicos y la publicidad

Tenemos cambios en la prensa española. Algún director deja de serlo, algún redactor comenzará a ser director. Igual puede comenzar a ser sincero con algunos temas sobre los que hasta ahora su ‘posición de influencia’ le impedía decir la verdad. ¿O no? En teoría, los medios están para contar lo que pasa, pero hay cuestiones que son tabú en los medios.

Chesterton colaboró durante casi toda su vida en esta publicación semanal

Chesterton colaboró durante casi toda su vida en esta publicación semanal

Por ejemplo, la que cuenta Chesterton -en el contexto de su crítica al sistema de acumulación capitalista- al comienzo del capítulo 5º de Esbozo de sensatez, que reproducimos a continuación:

Dos veces en mi vida me ha dicho un director literalmente que no se atrevía a imprimir lo que yo había escrito porque ofendería a los que publicaban anuncios en su periódico.
La presencia de semejante presión existe en todas partes bajo una forma más silenciosa y sutil. Pero tengo gran respeto por la franqueza de este particular director, porque evidentemente era casi la máxima franqueza posible para el director de una importante revista semanal: dijo la verdad acerca de la falsedad que tenía que decir.
En ambas ocasiones me negó libertad de expresión porque decía yo que las tiendas que ponían más anuncios y las grandes tiendas eran en realidad peores que las pequeñas tiendas. Puede resultar interesante señalar que ésta es una de las cosas que ahora le está prohibido decir a un hombre; quizás la única cosa que le está prohibido decir.
Si se hubiera tratado de un ataque al Gobierno se hubiera tolerado.
Si hubiese sido un ataque a Dios hubiera sido respetuosa y atinadamente aplaudido.
Si se hubiera tratado de injuriar el matrimonio, o el patriotismo, o la honestidad pública, me hubieran anunciado en los titulares y se me hubiera permitido extenderme en los suplementos del domingo.
Pero no es probable que un gran periódico ataque a la gran tienda, puesto que él mismo es (a su modo) una gran tienda y cada vez más un monumento al monopolio.

El dinero es para el hombre y no el hombre para el dinero

A finales del siglo XIX, con la aparición del liberalismo y del socialismo, del capitalismo salvaje y de los movimientos obreros, se puede dar por finalizada la sociedad tradicional. Al par, las nuevas libertades son un coladero para peligros “con nuevas formas de injusticias y de esclavitud” (Juan Pablo II, Centesimus annus).

Ante esta nueva concepción de la sociedad, en el Reino Unido, GK Chesterton es uno de los pensadores que reacciona contra la visión mercantilista del hombre en su relación con el capital y el trabajo. El trabajo y el capital entran en un profundo conflicto que da lugar a la “cuestión social”. Y ello, porque el trabajo, desposeído de la dignidad humana el asalariado, se convierte en mercancía, que es comprada por el capital, no sólo para el desarrollo necesario personal y de la empresa, sino para ir, en otras muchas ocasiones, hacia un enloquecido consumismo que, cuando mejor, se invierte en bienes superfluos; o, en su forma más grosera, da cauce a las más viles y abyectas pasiones.

La experiencia ideológica de GKC, previa a su conversión a las “razones” del Espíritu, le hizo conocer de primera mano, la deriva totalitaria que suponía tanto el liberalismo como el socialismo. Proféticamente advertía cuáles serían las consecuencias que iban a engendrarse con esas actitudes. Unas consecuencias que aún están presentes en nuestros días, ¡y de qué manera! Esta sociedad degradada que ha dado paso a estatus nuevo que supone la desaparición de la sociedad tradicional, dio, también lugar a una sociedad de clases, porque la Revolución Industrial fraccionó la sociedad y dejó al proletariado en una situación de miseria y de explotación.

El planteamiento político, social y económico de Chesterton, llamado  distributismo, quiere dar racionalidad al yoísmo romántico más grosero, productor del materialismo individualista y colectivista. Conscientes de la influencia de la economía liberal individualista de la Revolución Francesa, de la Escuela fisiocrática, de los desarrollos teóricos de Smith, Ricardo, Bastiat y otros autores, Hillaire Belloc  junto con Chesterton, Artur Penty y el P. Vincent McNabb comunicaron que el trabajador puede ser propietario y, además, puede estar representado en su empresa, para mejorar sus condiciones de trabajo. Al compás de lo dimanado por la Rerun novarum (León XIII, 1891)el distributismo genera un marco teórico, algunas de cuyas bases -por su importancia- enunciamos:

1.- Propiedad privada familiar real. A fin de que en todo lo que pueda el individuo y la familia ser suficiente, no se inmiscuya ninguna instancia superior. Teniendo como objetivo una cierta autosuficiencia.

2.- Subsidiaridad. En dos sentidos: a) el individuo y la familia ha de ser socorrido, en lo que no sea suficiente, por instancias medias y superiores; b) con renuncia de la conciencia capitalista, no sólo se debe satisfacer a la propia familia, sino además contribuir a las necesidades de todas las familias de la comunidad.

Con Frederick D. Wilhemsem compartimos su sentir, manifestado en El problema de Occidente y los cristianos: “Sólo una política sana y prudente puede resolver este problema creando un ambiente propicio para la restauración de la propiedad en la sociedad”.

Y una vez más nos dejamos llevar por este hombre tranquilo de acción que fue Chesterton.

Chesterton y el capitalismo: precisión conceptual… con ironía

No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir (Esbozo de sensatez, 01-05).

Probablemente, esta frase de Chesterton hay que leerla varias veces antes de comprenderla bien del todo: no pasemos por encima de ella como una chestertonada más. Vamos a explicarla en su contexto, para mostrar una cosa que todavía ha aparecido poco en el Chestertonblog: el rigor metodológico en el pensamiento de GK, a veces empañado por la ironía, que es lo que hace compleja frase.

Ya llevamos muchas entradas estudiando la visión crítica que GK tenía del capitalismo: pincha en la etiqueta economía o en las páginas dedicadas a Esbozo de sensatez, si quieres saber más. Su propuesta era el distributismoesto es, la distribución de los medios de producción entre la gente, el reparto del capital y de las posesiones, en contra de una sociedad asalariada: al capitalismo lo llamaba proletarismo. En el primer capítulo del libro muestra que realmente existieron sociedades de hombres libres y propietarios: en la Edad Media, aunque hoy nos parezca increíble. Hoy recogemos dos fragmentos. Primero, el inicio de ese capítulo, en el que -con otra chestertonada muy suya- critica las soluciones modernas al problema de la subsistencia humana, estableciendo diferencias conceptuales:

Es evidente que el carterista es un defensor de la empresa privada. Pero quizá sería exagerado decir que el carterista es un defensor de la propiedad privada.
Lo característico del capitalismo y del mercantilismo, según su desarrollo reciente, es que en realidad predicaron la extensión de los negocios más que la preservación de las posesiones. En el mejor de los casos han tratado de adornar al carterista con algunas de las virtudes del pirata.
Lo característico del comunismo es que reforma al carterista prohibiendo los bolsillos (Esbozo de sensatez, 01-01).

El segundo texto insiste en la necesidad de definir y llamar a las cosas por su nombre, en vez de engatusar a la gente con definiciones a medias. Por cuestiones como ésta se abrió el Chestertonblog: porque GK enseña a pensar a fondo y no aceptar la realidad dada. El fragmento está precedido por la frase inicial, que repito para que se entienda mejor:

No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir.

Me es del todo indiferente el término comparado con la significación. No me importa si nombro una cosa u otra con esta simple palabra impresa que empieza con ‘c’, en tanto que se aplique a una cosa y no a otra. No tengo inconveniente en usar un término tan arbitrariamente como se usa un signo matemático, con tal de que sea aceptado como signo matemático. No tengo inconveniente en llamar ‘x’ a la propiedad y al capitalismo ‘y’, con tal de que nadie piense que es necesario decir x=y. Y no tengo inconveniente en decir gato en vez de capitalismo y perro en lugar de distributismo, con tal de que la gente comprenda que ambas cosas son lo bastante diferentes como para reñir como el perro y el gato.
La propuesta de una mayor distribución del capital sigue siendo la misma, llamémosla como la llamemos, o en cualquier forma que llamemos la presente y notoria oposición a ella. Es lo mismo afirmarla diciendo que hay demasiado capitalismo en un sentido o demasiado poco capitalismo en otro. Y en realidad resulta bastante pedante decir que el uso del capital debe ser capitalista.
Con igual justicia podríamos decir que todo lo social debe ser socialista, que el socialismo puede identificarse con una velada social o con un banquete. Lo cual, siento decirlo, no es verdad (Esbozo de sensatez, 01-05).

Así vemos nosotros lo que Chesterton intuyó sobre la concentración capitalista

Supongo que antes o después acabaremos en el Chestertonblog haciendo referencia a noticias de actualidad, aunque me resisto a ir más allá de cuestiones generales. Estos días ha circulado por Internet una imagen impactante, que da la razón a Chesterton cuando señalaba en Esbozo de sensatez que era falso que el capitalismo fuera amigo de la propiedad privada, pues su esencia es la concentración en pocas manos. La imagen no parece de mucha calidad, pero si se pulsa sobre ella para ponerla a pantalla completa, se distinguen con nitidez los nombres principales y los logotipos del resto: centenares de marcas que la gente percibe como diferentes pertenecen en realidad a tan sólo 10 empresas:

Las-10-marcas-mas-poderosas

Y ésta es la definición de capitalismo que proporciona GK: Cuando digo capitalismo, por lo común quiero decir algo que puede formularse así: ‘Aquella organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo’ (Esbozo de sensatez, 01-04). A Chesterton le gustaba a veces llamarlo proletarismo. Y no deja de ser significativo que en el capítulo 8º del libro, en el párrafo 10, el propio Chesterton hiciera referencia a William Hesketh Lever (1851-1925, primer Vizconde de Leverhulme), magnate de la industria del jabón, mecenas y fundador de empresas que después se convertirían en la célebre Unilever, presente en este diagrama. Cuando se conocen las dimensiones estos imperios económicos, se entiende mejor lo que Chesterton quiere decir sobre el monopolio y que hemos recogido ya (Esbozo de sensatez, cap.8).

Guía de lectura de ‘Esbozo de sensatez’, de Chesterton

Esbozo de sensatez (The Outline of Sanity, 1927) -dedicada a la crítica del capitalismo y a la propuesta de una sociedad alternativa- es una obra compleja, tanto por la naturaleza de la materia como por el modo en que se formó, reunión artículos del GK’s Weekly. En el Chestertonblog estamos publicando algunas de las ideas y propuestas de Chesterton -que pueden encontrarse haciendo click en la nube de tags (Esbozo de sensatez)-, pero ya podemos ofrecer aquí una guía para entender la compleja estructura del libro y hacerse una idea más cabal de su propuesta.

El objetivo de GK en Esbozo de sensatez no es sólo la crítica de la sociedad capitalista en sus distintas manifestaciones –monopolios, proletariado, plutocracia, grandes comercios, fábricas, desigualdad social, etc.-, sino la propuesta de una sociedad más justa, donde la propiedad de los medios de producción esté distribuida adecuadamente, para que cada uno pueda vivir sin depender de las organizaciones, sin una estructura de empleo por cuenta ajena o servil -palabra acuñada por su amigo Hillaire Belloc-. En esto consiste la sensatez de la que se habla en el título del libro.

En realidad,  fiel a su estilo, Chesterton no es desordenado -porque sabe lo que quiere y cómo conducirnos a su objetivo, sino más bien desorganizado: el resultado, sintéticamente, es que en su discurso, se entremezcla continuamente la crítica del sistema económico que tenemos, lo que se puede hacer para arreglarlo y la defensa del distributismo en un ambiente hostil al mismo.

No sólo tenemos un sistema económico de efectos perversos, sino que éste está reforzado por un conjunto de expertos economistas de los que se hacen eco los medios de comunicación –que también son empresas que necesitan ganar dinero. Esto ha creado un ambiente proclive a la riqueza y la acumulación, manifestado en el apoyo a las grandes empresas por parte del Estado y de la mayoría social. De hecho, es lo que ocurre hoy: puesto que las grandes empresas aportan mucho dinero a las cifras macroeconómicas, se consideran imprescindibles para el desarrollo de un país, sin considerar los efectos negativos de la concentración de propiedad y poder. De ahí que resulte –ya en tiempos de Chesterton- muy difícil imaginar un desarrollo social sin esas grandes estructuras que –con el apoyo del Estado y la difusión de las falacias de los economistas- parecen ser la única forma de sacar adelante la sociedad.

Chesterton arremete contra este sistema capitalista –y contra el socialismo, que supone igualmente la privación de la propiedad para la gente corriente- y los defensores del mismo, que además se han vuelto muy críticos con la propuesta distributista de Chesterton y sus compañeros. Así, es preciso luchar contra el sistema, contra sus propios críticos y contra la mentalidad extendida entre la gente.

También es consciente de que hay dos formas de actuar en contra de este sistema: la primera es desde el propio Estado, a través de la ley –cosa que parece ya difícil-. Pero la segunda -que la gente apoye la pequeña propiedad- sería viable si de verdad quisieran, puesto que el consumo es libre y voluntario. Chesterton propone medidas negativas –como detener la concentración de la propiedad- y medidas positivas –favorecer los autónomos y pequeños propietarios, para evitar la polarización en dos clases sociales-.

Pero la gente no parece verlo factible. Por eso, cuando GK propone medidas, repite que si se advirtiera que se pueden hacer cambios y combatir al capitalismo, la gente se animaría a seguir avanzando en el sistema. Aunque insiste continuamente, es evidente que en este tema la gente no le hizo mucho caso. Así, Chesterton critica de la gente que prefiera un sistema servil a un sistema de propietarios:

Cuando se tuviera una cantidad considerable de pequeños propietarios, de hombres con la psicología y la filosofía de la pequeña propiedad, entonces se podría empezar a hablarles de algo más parecido a un acuerdo general justo sobre sus propios planes; algo más parecido a una tierra adecuada para vivir los cristianosSe les puede hacer comprender -al contrario que a plutócratas y proletarios- por qué no debe existir la máquina si no es al servicio del hombre, por qué las cosas que nosotros mismos producimos son queridas como hijos nuestros, y por qué podemos pagar demasiado caro el lujo, con la pérdida de la libertad. (ES, 07-04).

Esta misma entrada ha sido colocada en el Chestertonblog como la página Crítica de GK al capitalismo.

Chesterton: defensa de la propiedad privada justa

Las ambivalencias del lenguaje otorgan a esta expresión un doble sentido: relativo a la justicia –en este caso, justicia social-, y a la cantidad justa de propiedad para salir adelante –que fue siempre la propuesta de Chesterton. Sus críticas a los monopolistas y capitalistas son tremendas: hay que leer el octavo capítulo de Esbozo de la cordura para darse cuenta hasta qué punto Chesterton está verdaderamente enfadado –cosa difícil de encontrar en otros escritos suyos- con la realidad de los capitalistas:

Prácticamente la mitad de los recursos aceptados mediante los cuales se forma ahora una gran empresa han sido considerados criminales en alguna comunidad del pasado, y podrían serlo en una comunidad del futuro.

GK hace dos comparaciones para los crímenes económicos: primero, ironiza con las novelas de detectives: ¿se pueden investigar los asesinatos y no los robos financieros? Segundo, considera conspiradores a los capitalistas, pues, aunque sean pocos, están alterando de hecho el orden social:

Yo hubiera juzgado todas estas conspiraciones como se juzga una conspiración para derrocar el Estado o matar al rey. […] No tendremos verdadero sentido cívico hasta que volvamos a darnos cuenta de que la conspiración de tres ciudadanos contra un ciudadano es un crimen, tanto como la conspiración de un ciudadano contra otros tres.
Con otras palabras, la propiedad privada debería estar protegida contra el crimen público, así como el orden público está protegido contra el juicio privado.
Pero la propiedad privada debería estar protegida contra cosas mucho mayores que ladrones y carteristas. Necesita protección contra las conspiraciones de toda una plutocracia.
Necesita defensa contra los ricos, que ahora son los gobernantes que deberían defenderla. Quizás no resulte difícil explicar por qué no la defienden.

Y una vez que ha dicho esto, plantea por qué la gente corriente no hace más cosas para frenar el capitalismo –de lo que da una amplia lista, que veremos otro día-. Chesterton propone dos explicaciones:

La primera, que nadie toma en serio, o ni siquiera piensa en tomar en serio, la idea de que ricos y pobres son iguales ante la ley, y por tanto, se les pueden poner cortapisas en defensa de los derechos de la pequeña propiedad: No pueden imaginar que el intento de acaparamiento o, a decir verdad, cualquier actividad de los ricos, caiga en el dominio del derecho criminal. La actual crisis económica ha despertado un interés por estas cuestiones en España, y hay varios casos de grandes empresas y bancos objeto de investigación judicial. Pero podemos apostar que cuando la crisis pase, y cierta prosperidad vuelva a nuestros bolsillos, nadie se acordará de los plutócratas. Y ésta es la segunda razón: la mayoría de la gente sigue sin hacer nada para cambiar las cosas en el capitalismo, porque está cómoda en este sistema.

Si para lograr justicia quisieran arriesgar la mitad de lo que ya han arriesgado para alcanzar la corrupción, si para hacer algo bello se afanaran la mitad de lo que se han afanado para que todo sea feo, si hubieran servido a su Dios como han servido a su rey cerdo y a su rey petróleo, el triunfo de toda nuestra democracia distributiva miraría al mundo como uno de sus llamativos anuncios y rascaría el cielo como una de sus extravagantes torres.

Estas palabras de Chesterton -que siempre defendió la sensatez de la gente corriente- resultan sorprendentes: jamás había leído en él semejante acusación de idolatría referida al público lector.

Crítica de Chesterton a la aceptación ingenua del capitalismo

Los juegos de palabras impiden traducir perfectamente los párrafos que siguen, que son antológicos. Pertenecen a Esbozo de sensatez -que tiene varias páginas en el Chestertonblog- y el libro más confuso y desordenado de GK, por lo que es muy poco estudiado, aunque merece la pena desmenuzarlo en estos tiempos de crisis económica, para comprender cómo Chesterton había comprendido algunos mecanismos del funcionamiento de la sociedad capitalista.

En la entrada de hoy –con los párrafos 1-3 del capítulo 8º, Algunos aspectos de la gran empresa–  voy a cambiar el orden de presentación habitual: primero lo voy a comentar, para concluir con el texto de GK, ya que es imprescindible conocer antes el juego de palabras para entender su fina ironía. Hay que añadir que Chesterton critica inicialmente al mundo conservador inglés, pero por extensión, podría aplicarse a los cristianos que no han sabido comprender la naturaleza del sistema económico que se venía encima y, por extensión, al conjunto de la bienpensante clase media occidental. No se trata de connivencia, sino de ingenuidad: como dice GK, de falta de pensamiento, puesto que en seguida lo veremos criticar al poder y a los plutócratas, que sí saben lo que tienen entre manos.

El argumento gira en torno a las palabras que GK atribuye al clérigo anglicano, jugando con la expresión trust (confianza): la propiedad es un don que Dios nos confía: es decir, la propiedad es un trust. Para cuando el clérigo se quiere dar cuenta, efectivamente, la propiedad es un trust (empresarial), y por tanto, la propiedad está en manos del trust, en su afán de acaparamiento.

Lo mejor es el análisis de sociología del conocimiento: cómo el argumento se expande con la connivencia del poder -que GK no se corta en criticar- hasta convertirse en una auténtica trampa: el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella. ¿Habla Chesterton de nosotros?

Para leerlo en versión original, junto a la española, acudir a la página correspondiente del Chestertonblog. Ahora, es el turno de GK:

La mayoría de nosotros ha encontrado en la literatura y hasta en la vida real cierto tipo de viejo caballero, a menudo representado por un anciano clérigo. Es esa clase de hombre que tiene horror a los socialistas sin tener idea precisa de lo que son. Es el hombre de quien los demás dicen que tiene buenas intenciones, con lo que quieren decir que no tiene ninguna. Pero esta opinión es algo injusta con este tipo social. En realidad es algo más que bienintencionado; podríamos ir más lejos y decir que probablemente sería recto… si pensara alguna vez. Sus principios probablemente serían bastante firmes si realmente se aplicaran; su ignorancia práctica es lo que le impide conocer el mundo al cual serían aplicables. Tal vez piense realmente bien, sólo que no tiene noción de lo que está mal. Los que han escuchado a este viejo caballero saben que acostumbra a suavizar su severo repudio por los misteriosos socialistas diciendo que, claro está, es deber cristiano hacer buen uso de nuestra riqueza, recordar que la propiedad es un cargo que nos confía la Providencia para el bien de los demás y de nosotros mismos. Aunque a menos que el viejo caballero sea suficientemente viejo para ser modernista, es posible que algún día se nos hagan una o dos preguntas acerca del abuso de tal cargo.
Ahora bien, todo esto, hasta aquí, es perfectamente cierto, pero resulta que ilustra de modo curioso la inocencia extraña y hasta pavorosa del viejo caballero. Hasta la frase que usa cuando dice que la propiedad es una responsabilidad que nos confía la Providencia –cuando se pronuncia en el mundo circundante- toma carácter de equívoco tremendo y aterrador: su frasecita patética resuena con cien ecos rugientes que la repiten una y otra vez como la risa de cien demonios en el infierno: ‘La propiedad es un trust’.
Ahora podré exponer más convenientemente lo que quise decir en esta primera parte, tomando este tipo de viejo y simpático clérigo conservador y examinando la forma curiosa en que primeramente se lo ha pillado desprevenido, para luego darle en la cabeza. Lo primero que hemos tenido que explicarle es ese horrible equívoco sobre la confianza. Mientras él ha estado gritando contra ladrones imaginarios a quienes llama socialistas, ha sido atrapado y arrebatado realmente por verdaderos ladrones que todavía no podía ni siquiera imaginar. Porque las pandillas de jugadores que forman los monopolios son en realidad pandillas de ladrones, en el sentido de que tienen menos conciencia que cualquiera de esa responsabilidad individual de los dones individuales de Dios que el viejo caballero llama acertadamente deber cristiano. Mientras él ha estado entretejiendo palabras en el aire acerca de ideales que no vienen al caso, ha caído en una red tejida con las palabras y conceptos exactamente opuestos: impersonales, irresponsables, irreligiosos. Las fuerzas monetarias que lo rodean están más lejos que ninguna otra cosa de la idea doméstica de posesión con la cual, para hacerle justicia, empezó él mismo. De modo que cuando todavía balbucea débilmente: ‘La propiedad es una prueba de confianza (trust)’, respondemos firmemente: ‘Un trust no es propiedad’.
Y ahora llego a lo realmente extraordinario del viejo caballero. Quiero decir que llego al hecho más extraño del tipo convencional o conservador de la sociedad inglesa moderna. Y es el hecho de que la misma sociedad que empezó diciendo que no existía tal peligro que evitar, ahora dice que es imposible evitar el peligro. Toda nuestra comunidad capitalista ha dado un gran paso desde el optimismo extremo hasta el extremo pesimismo. Empezaron diciendo que en este país no podría haber ningún trust, pero han terminado diciendo que en esta época no puede haber nada más que trusts.
Y con ese procedimiento de llamar imposible el lunes a lo que el martes llaman inevitable, han salvado dos veces la vida al gran jugador o ladrón: la primera vez, llamándolo monstruo fabuloso, y la segunda llamándolo fatalidad todopoderosa. Hace doce años, cuando yo hablaba de los trust, la gente decía: ‘En Inglaterra no hay ningún trust’. Ahora, cuando hablo de ello, la misma gente dice: ‘Pero, ¿cómo se propone hacer que Inglaterra salga de los trust?’. Hablan como si los trust siempre hubieran formado parte de la Constitución inglesa, por no decir del sistema solar.
En suma, el equívoco y la palabra con los cuales inicié este artículo han resultado exacta e irónicamente verdaderos. Al pobre clérigo viejo se lo hace hablar como si el Trust, con mayúscula, fuera algo que le ha otorgado la Providencia. Se lo obliga a abandonar todo lo que originariamente quería decir con su forma curiosa de individualismo cristiano, y a reconciliarse rápidamente con algo que se asemeja más a una especie de colectivismo plutocrático. Está empezando a comprender, de una manera que lo deja algo perplejo, que ahora debe decir que el monopolio, y no solamente la propiedad privada, es parte de la naturaleza de las cosas. Le han echado la red mientras dormía, porque nunca pensó en nada parecido a una red; porque hubiera negado hasta la posibilidad de que alguien tejiera semejante red. Pero ahora el pobre caballero tiene que empezar a hablar como si hubiera nacido dentro de la red. Quizás, como digo, le hayan dado un golpe en la cabeza; tal vez, como dicen sus enemigos, siempre estuvo un poquito mal de la cabeza. Pero, de cualquier modo, ahora que su cabeza está en la trampa, o en la red, predicará con frecuencia sobre la imposibilidad de escapar de lazos y redes tejidos o hilados por la rueda del destino. En una palabra, quiero señalar que el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella.