Archivo de la etiqueta: Sensatez

‘La falacia del éxito’, de Chesterton

El sueño del éxito ha conquistado nuestras mentes

El deseo de triunfar ha conquistado nuestras mentes. Becodospoetas.com.br

La lectura de GK que proponemos esta semana está incluida en All things considered (Methuen, 1908, Cap.3). Como otras veces, hemos contado con la estupenda traducción de Carlos D. Villamayor, de modo que es la primera vez que este texto se vierte al castellano. Probablemente sea de los textos más claros de GK, y más adecuados para nuestra época de afanes de triunfos, o quizá -ante la crisis- de fracasos. La versión bilingüe también está disponible. Los personajes citados por Chesterton están enlazados con Wikipedia para que uno pueda hacerse una idea de la clase de personas que eran propuestas como modelo, quizá bastante similares a algunas de hoy día.

Ha aparecido en nuestra época una peculiar clase de libros y artículos que sincera y solemnemente pienso pueden ser llamados los más tontos entre los hombres. Son mucho más salvajes que los romances de caballería más salvajes y mucho más aburridos que el tratado religioso más aburrido. Es más, los romances de caballería al menos eran sobre caballerosidad y los tratados religiosos sobre religión.
Pero estas cosas son sobre nada, son sobre eso que es llamado Éxito. En cada estante y en cada revista puedes encontrar escritos que le dicen a la gente cómo tener éxito. Son libros que le muestran a la gente cómo tener éxito en todo; están escritos por hombres que no pueden ni tener éxito escribiendo libros.
Claro que, para empezar, no hay tal cosa como el éxito. O, si lo quieres poner así, no hay nada que no tenga éxito. Que algo tiene éxito sólo quiere decir que algo es: un millonario es exitoso siendo un millonario y un burro es exitoso siendo un burro. Cualquier hombre vivo ha tenido éxito viviendo, cualquier hombre muerto puede haber tenido éxito cometiendo suicidio. Pero, pasando de la mala lógica y la mala filosofía de la frase, podemos tomarla, como lo hacen estos escritores, en el sentido ordinario de éxito en obtener dinero o posición social.
Estos escritores aseguran decirle al hombre ordinario cómo puede tener éxito en su oficio o especulación: cómo, si es un constructor, puede tener éxito como constructor; cómo, si es corredor de bolsa, puede tener éxito como corredor de bolsa. Aseguran mostrarle cómo, si tiene una tienda de abarrotes, se puede volver dueño de un yate deportivo; cómo, si es un periodista de quinta, se puede volver uno de primera; y cómo, si es un judío alemán, se puede volver anglosajón. Es una propuesta concreta y de negocios y realmente pienso que la gente que compra estos libros –si es que hay gente que los compra- tiene el derecho moral, si no legal, de pedir que le devuelvan su dinero. Nadie se atrevería a publicar un libro sobre electricidad que literalmente no dijera nada sobre electricidad, así como nadie publicaría un artículo de botánica que muestre que el autor no sabe qué parte de la planta crece bajo tierra. Sin embargo nuestro mundo moderno está lleno de libros sobre éxito y sobre gente exitosa que literalmente no contiene ninguna clase de idea y escasamente alguna clase de sentido.

Es perfectamente obvio que en cualquier ocupación decente, tal como colocar ladrillos o escribir libros, hay sólo dos modos, en cualquier sentido especial, de tener éxito. Uno es haciendo un muy buen trabajo, el otro es haciendo trampa y ambos son demasiado simples como para requerir cualquier explicación literaria. Si vas por el salto de altura, entonces salta más alto que nadie o consigue fingir que lo has hecho. Si quieres tener éxito en el whist, entonces sé un buen jugador de whist o juega con cartas marcadas.
Puedes querer un libro sobre saltar, puedes querer un libro sobre whist; puedes querer un libro sobre hacer trampa en el whist. Pero no puedes querer un libro sobre el éxito. Especialmente no puedes querer un libro sobre éxito como los cientos que puedes encontrar en el mercado. Puedes querer saltar o jugar cartas pero no quieres leer declaraciones vagas en el sentido de que saltar es saltar o que los juegos son ganados por ganadores. Si estos escritores, por ejemplo, dijeran cualquier cosa sobre tener éxito al saltar sería algo como esto: “El saltador debe tener un objetivo delante. Debe definitivamente desear saltar más alto que los otros hombres en la misma competencia. No debe dejar que débiles sentimientos de piedad lo prevengan de ‘hacerlo lo mejor que pueda’. Debe recordar que una competición de salto es claramente competitiva y que, como Darwin ha gloriosamente comprobado, LOS MÁS DÉBILES PIERDEN”. Eso es lo que el libro diría y sería muy útil, sin duda, si se leyera con voz grave y tensa a un joven a punto de hacer el salto de altura.
O supongamos que en el curso de sus divagaciones intelectuales el filósofo del éxito tocara nuestro otro ejemplo, jugar cartas, entonces su consejo vigorizante sería: “Al jugar cartas es muy necesario evitar el error, comúnmente hecho por humanistas sensibles, de permitirle a tu oponente que gane la partida. Hay que ‘ir a ganar’. Los días de idealismo y superstición han acabado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, ahora ha sido definitivamente probado que –en un juego donde dos juegan- SI UNO NO GANA, EL OTRO LO HARÁ’. Es muy emocionante, claro, pero confieso que si yo estuviera jugando a las cartas, preferiría tener algún decente librito que me dijera las reglas del juego.
Más allá de las reglas del juego, todo es cuestión de talento o deshonestidad, y yo me comprometeré a proporcionar lo uno o lo otro; cuál de los dos, no me toca a mí decirlo.

Ojeando una revista popular encontré un ejemplo raro y divertido. Hay un artículo titulado ‘El instinto que hace rica a la gente’. Está ilustrado con un formidable retrato de Lord Rothschild. Hay muchos métodos definitivos, honestos y deshonestos, que hacen rica a la gente, pero el único ‘instinto’ que conozco es el instinto que el cristianismo teológico describe como el ‘pecado de avaricia’. Esto, sin embargo, queda fuera del tema que tratamos.
Quisiera citar los siguientes exquisitos párrafos como una pieza del típico consejo para tener éxito. Es tan práctica que deja muy poca duda de cuál debe ser nuestro siguiente paso:

“El nombre de Vanderbilt es sinónimo con la riqueza ganada por la empresa moderna. ‘Cornelius’, el fundador de la familia, fue el primero de los grandes magnates americanos del comercio. Empezó como el hijo de un pobre granjero, terminó veinte veces millonario.
“Tenía el instinto para hacer dinero. Aprovechaba sus oportunidades, las oportunidades que le fueron dadas por la aplicación de la máquina de vapor en el tráfico marítimo y por el nacimiento de la máquina de ferrocarril en los adinerados pero poco desarrollados Estados Unidos de América y consecuentemente amasó una fortuna inmensa.
“Es obvio, claro, que no todos podemos seguir los pasos de este gran monarca del ferrocarril. Las oportunidades precisas que le tocaron a él no nos tocan a nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero, aunque sea así, de todas formas, en nuestra propia esfera y nuestras propias circunstancias, ‘podemos’ seguir sus métodos generales; podemos aprovechar nuestras oportunidades y darnos una buena oportunidad de conseguir riquezas”.

En tales expresiones extrañas vemos claramente lo que está al fondo de todos estos artículos y libros. No son meros negocios, ni siquiera mero cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El escritor de este pasaje realmente no tenía la más remota idea de cómo ganó Vanderbilt su dinero, ni de cómo nadie más gana el suyo.
Ciertamente, concluye sus comentarios proponiendo algún plan pero no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente deseaba postrarse ante el misterio de un millonario, pues cuando en verdad adoramos cualquier cosa, amamos no sólo su claridad sino su obscuridad. Nos deleitamos en su misma invisibilidad. Así, por ejemplo, cuando un hombre está enamorado de una mujer siente un gusto especial por el hecho de que una mujer es irracional. Así, nuevamente, el poeta piadoso, al celebrar a su creador, siente un gusto especial en decir que Dios trabaja de manera misteriosa.
Ahora bien, el escritor del pasaje que acabo de citar no parece tener nada que ver con un dios y –juzgando su extrema impracticabilidad- no creo que alguna vez haya estado realmente enamorado de una mujer. Pero a lo que sí adora –a Vanderbilt- lo trata exactamente de esta forma mística. Realmente se deleita en el hecho de que su deidad Vanderbilt mantiene algo secreto. Y esto llena su alma de un tipo de éxtasis de astucia, un éxtasis de superchería, de manera que pretende decirle a la multitud aquel terrible secreto que él mismo no conoce.

Hablando del instinto que hace rica a la gente, el mismo escritor comenta:
“En otros tiempos su existencia era bien entendida. Los griegos lo englobaron en la historia de Midas, del ‘Toque de Oro’. He aquí un hombre que transformaba en oro todo lo que tocaban sus manos. Su vida un progreso entre riquezas. Hacía un metal precioso de todo lo que se interponía en su camino. ‘Una leyenda tonta’, dicen los sabihondos de la época victoriana. ‘Una verdad’, decimos los de hoy. Todos conocemos personas así. Siempre estamos encontrando o leyendo de personas que vuelven oro todo lo que tocan. El éxito sigue sus mismos pasos. El camino de su vida lleva infaliblemente hacia arriba. No pueden fallar”.

Sin embargo, desafortunadamente, Midas podía fallar y lo hizo. Su camino no lo llevo infaliblemente hacia arriba. Se murió de hambre porque siempre que tocaba pan o un sándwich de jamón lo convertía en oro. Esta es toda la cuestión de la historia, aunque el autor lo disimula delicadamente, escribiendo un retrato tan próximo de Lord Rothschild.
Los viejos cuentos de la humanidad son, ciertamente, indescriptiblemente sabios, mas no los debemos expurgar en el interés del señor Vanderbilt. No debemos poner al Rey Midas como un ejemplo de éxito, fue un fracaso de un tipo inusualmente doloroso. Además, tenía orejas de burro y, además –como la mayoría de personas prominentes y acaudaladas- se esforzaba en ocultarlo. Era su peluquero –si recuerdo bien- quien tenía que tratar de manera confidencial esta peculiaridad. Y su peluquero –en lugar de comportarse como un emprendedor de la escuela del éxito-a-toda-costa y tratar de chantajear al Rey Midas- fue y le susurró esta espléndida pieza de escándalo social a los pusilánimes, quienes lo disfrutaron enormemente. Se dice que ellos también lo susurraron a donde lo llevara el viento.
Miro reverentemente al retrato de Lord Rotchschild, leo reverentemente sobre las hazañas del señor Vanderbilt. Sé que no puedo volver todo lo que toco en oro pero también sé que nunca lo he intentado, teniendo una preferencia por otras sustancias, como la hierba y el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han tenido éxito en algo, que efectivamente han superado a alguien; sé que son reyes en una manera en que ningún hombre antes de ellos ha sido rey, que crean mercados y cruzan continentes. Sin embargo siempre me parece que hay algún hecho doméstico que esconden y a veces me parece escuchar en el viento las risas y los susurros de los pusilánimes.

Por lo menos esperemos vivir para ver estos libros absurdos sobre el éxito tratados con la burla y descuido que se merecen. No le enseñan a la gente a ser exitosa, le enseñan a ser pedante.  Difunden un tipo de poesía maligna sobre lo frívolo, lo mundano. Los puritanos siempre denuncian libros que incitan a la lujuria, ¿qué diremos de libros que incitan a las más viles pasiones de la avaricia y el orgullo?
Hace cien años teníamos el ideal del ‘Aprendiz Trabajador’: se le decía a los niños que mediante ahorro y trabajo serían Alcaldes. Esto era erróneo, pero era varonil y tenía un mínimo de verdad moral.
En nuestra sociedad, la templanza no ayudará a un hombre pobre a enriquecerse pero puede ayudarle a respetarse. Un buen trabajo no lo hará rico, pero lo puede hacer un buen trabajador. El Aprendiz Trabajador ascendió a través de unas pocas virtudes, por lo demás estrechas… pero virtudes. ¿Pero qué diremos del evangelio predicado al ‘Nuevo Aprendiz Trabajador’, el aprendiz que no asciende por sus virtudes, sino abiertamente por sus vicios?

Chesterton: La familia necesita un hogar

En esta entrada quiero comentar la parte restante de La casa completa, y completar así lo que escribimos ayer sobre la naturaleza humana. ¿Por qué se llama así un artículo sobre la sexualidad humana? Volvemos a ver en acción al GK sociólogo, en su mejor capacidad de relacionar cosas: porque la propiedad del hogar –el núcleo de la vida para Chesterton, como sabemos- es garantía de la vida familiar. ¿Cómo llega a esta conclusión?

Chesterton considera que el sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta.

Verdaderamente son hermosas estas palabras, una auténtica definición de familia. Chesterton reconoce que son tiempos difíciles para la familia, porque hay quien prefiere otra opción, más ‘liberal’: es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas.

Chesterton nos ofrece aquí dos maravillosas chestertonadas, esas metáforas que sólo él es capaz de imaginar: lunas de miel sin boda, puertas sin casa detrás. Es el espíritu del tiempo, reconoce, y achaca al materialismo y al propio capitalismo la crisis de la familia, es decir, la crisis de quienes se sienten liberados del sexo para ser realmente dependientes de él, porque no son capaces de construir sobre él.

Además, a nosotros nos preocupa y mucho […] no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno.

En el Chestertonblog ha aparecido numerosas veces la idea de que el capitalismo es proletarismo y nos despoja de la propiedad. Desde luego, el primer capitalismo lo fue, hasta que en el siglo XX se corrigieron algunos errores y surgió una clase media de propietarios de sus hogares, pero ahora vuelve a verse el mismo –y quizá verdadero- rostro: el drama de los desahucios que se vive en España con motivo de la crisis es una expresión perfecta de lo que quiere transmitir Chesterton, y vemos cómo las dificultades económicas afectan a las relaciones familiares, tanto como puede hacerlo la propia sexualidad. Relaciones externas –económicas, con la sociedad-, relaciones internas –sexualidad y otras relaciones afectivas y de organización- construyen la familia, en contextos siempre difíciles: No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está […] Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces.

Peleemos para que todos tengan su hogar, y recuperemos la sensatez, dispuestos los primeros a superar las dificultades que entraña la vida familiar, repitiendo las hermosas palabras de GK: adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. Es mucho lo que está en juego, también en medio de las dificultades económicas.

Chesterton defiende otra vez lo medieval: capuchas y ojivas, héroes y santos.

Nota: esta entrada estaba preparada justo cuando nos enteramos del fallecimiento del ilustre medievalista Jacques Le Goff (1924-2014), que trató -igual que Chesterton- de romper mitos asociados a la Edad Media. Sirva este texto de homenaje al gran historiador.

Tras representar a Ricardo Corazón de León en una obra de teatro, Michael Herne –en El retorno de Don Quijote, de 1927, Edición de Cátedra, 2005, pp.335-338)- se ha metido tanto en su personaje que ha decidido mantener la vestimenta que ‘hace’ al personaje. Todos le insisten en que no es lo apropiado, pero él defiende su comportamiento con sólidos argumentos:

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

–Dígame, ¿qué es lo que hace usted cada mañana? –preguntó en el mismo tono de suavidad-. Se levanta, se lava.
–Está bien –concedió Braintree- estoy dispuesto a confesar que me dejo llevar por los convencionalismos.
Pero el otro continuaba con su tema:
–Se pone una camisa, coge después una tira de no sé qué tela y se la ata al cuello con un complicado nudo que sujetan ojales y alfileres. No contento con eso, coge otra tira larga del mismo tejido, del color que le parece más sugestivo, y la enlaza con la anterior desarrollando una complicada espiral de acuerdo a la naturaleza del nudo seleccionado. Y eso lo hace cada mañana, y lo hará toda la vida, y jamás se habrá parado a pensar que pueda hacerse otra cosa como, por ejemplo, clamar a Dios mientras uno se rasga las vestiduras como hacían los antiguos profetas. Y todo esto lo hace por la sencilla razón de que a esa misma hora la mayoría de sus semejantes se encuentran misteriosamente ocupados en una operación idéntica. Y nunca se le ha ocurrido pensar que tal vez se trate de una molestia excesiva y que valdría la pena quejarse de esta práctica. No, es lo que se ha hecho siempre. Y luego dice usted que es un revolucionario y se jacta de llevar una corbata roja.
—Hay algo de verdad en lo que dice —concedió Braintree- ¿pero no querrá hacerme creer que por eso no encuentra maldita la hora en que abandonar su fantástico atavío?
—¿Y por qué le parece mi atavío fantástico? —preguntó a su vez Heme-. Para empezar es mucho más sencillo que el suyo. No hay más que meterlo por la cabeza, y ya está. Pero además tiene otras ventajas que no se descubren hasta que uno no lo lleva puesto por lo menos un día entero. Por ejemplo —y miró al cielo con el ceño fruncido- ya puede llover, nevar, o soplar el viento todo lo fuerte que quiera. ¿Qué haría usted? Correr a la casa para regresar con toda una parafernalia de objetos con los que proteger a esta dama: quizá un horrible e inmenso paraguas que le obligaría a caminar tras ella como detrás del baldaquino del emperador de la China. O quizá toda una colección de impermeables y trajes para la lluvia. Y, sin embargo, con este clima la mayor parte de las veces lo que vendría bien es cubrirse así —y Herne se echó encima la capucha que le colgaba sobre los hombros- y mientras, seguir formando parte de la liga de los ‘Sin sombrero’. ¿Sabe? —añadió bajando la voz- hay algo placentero en eso de llevar capucha. No me sorprendería que de ahí proviniese el nombre del gran héroe medieval, Robin Hood [que significa literalmente, ‘la capucha de Robin’].
Olive Ashley miraba distraídamente a través del valle ondulante cómo el horizonte del paisaje se difuminaba en la neblina brillante del atardecer, y no parecía atenta a la charla. Pero, de pronto, pareció volver en sí. El sonido de aquella palabra había logrado traspasar su ensueño.
—¿Qué quiere decir con eso de que la capucha es un símbolo? —preguntó.
—¿Alguna vez ha mirado el paisaje a través de un arco sin pensar que era tan hermoso como un paraíso perdido? —preguntó a su vez Herne-. El cuadro lo es por razón del marco… el marco delimita y permite que algo pueda ser contemplado. ¿Cuándo comprenderemos que este mundo no es un vano infinito, una ventana en el muro de la nada infinita? Llevando esta capucha llevo conmigo una ventana y puedo decirme a mí mismo: este es el mundo que vio Francisco de Asís y si lo amó tanto fue porque era limitado. La capucha hace el mismo papel de la ventana gótica.
Olive miró a Braintree de reojo y le dijo:
—¿Te acuerdas de lo que dijo Monkey? No, claro —rectificó- fue justo antes de que tú llegases.
—Antes de que yo llegase —repitió Braintree momentáneamente dudoso.
—Antes de que llegases el primer día —respondió ella enrojeciendo y mirando de nuevo al horizonte-. Dijo que seguramente de haber nacido en la Edad Media habría tenido que asomarse a la iglesia mirando por un ventanuco como hacían los leprosos.
—Claro. Una ventana típicamente medieval —añadió Braintree algo avinagrado.
El rostro de aquel hombre disfrazado de personaje medieval llameó súbitamente, casi retando a la batalla.
—¿Quién me mostrará un rey? —rugió- ¿un rey moderno que reine por la gracia de Dios y que vaya a rozarse con los leprosos de los hospitales como lo hizo S. Luis?
—No seré yo quien pague tal tributo para que un rey llegue a reinar —contestó despectivamente Braintree.
Pero el otro insistía:
—Pues hábleme de un líder tan genuinamente popular como S. Francisco. Si ahora viese a un leproso cruzando el césped, ¿sería capaz de correr a su encuentro y abrazarlo?
—Haría lo que cualquiera de nosotros —le defendió Olive-, puede que más.
—Tiene razón —dijo Heme, reportándose-. Ninguno haríamos algo semejante… y eso es lo que el mundo necesita: déspotas y demagogos como aquéllos.
Lentamente, Braintree levantó la cabeza para observarle con atención.
—Como aquéllos —repitió- y frunció más el ceño.

Chesterton: relato ‘Los países de colores’

Prometí a un ilustre bloguero, Ajaytao -sin duda el más amante de los colores, del que tomo prestada la hermosa fotografía, con todo cariño- que publicaríamos en el Chestertonblog uno de mis relatos favoritos de Chesterton, Los países de colores, que es un relato de 1912 publicado póstumamente en 1938 (Sheed & Ward) en una selección que lleva precisamente el mismo título. En España ha sido publicado por Valdemar (2010, traducción de Óscar Palmer), y ya hemos hecho más de una mención a este libro y a este relato, pues me parece clave para entender a GK.

También lo dedico a Aquileana, porque este relato no es solamente un ejemplo de la ‘otra forma de mirar’ que Chesterton trataba de enseñar –el efecto Mooreffoc, también explicado-, sino que trata también de su ‘visión constructivista’ de la vida -de la que hemos hablado alguna vez-, tanto social como individualmente, expresado a través de la utilización de los colores. Para no alargar excesivamente la entrada, el texto estará solamente en castellano, pero para Ajaytao y los que deseen consultar la versión original, pueden hacerlo en este enlace: The coloured lands bilingüe. Pero entre corchetes, aclaro algunos juegos de palabras que utiliza Chesterton, para enriquecer el relato, y que son imposibles de traducir. Por último, quiero agradecer a Carlos Villamayor que nos haya enviado una versión inglesa para poder ofrecer el relato, como nos gusta, en los dos idiomas.

Los países de colores

Érase una vez un niño pequeño que se llamaba Tommy. En realidad se llamaba Tobías Theodore; el primero porque era un nombre tradicional en la familia y el segundo porque era un nombre completamente nuevo en el vecindario. Es de esperar que sus padres se hubieran puesto de acuerdo para llamarle Tommy, después de haberle llamado Tobías Theodore, movidos por un natural deseo de mantenerlo en secreto. En cualquier caso, si os parece, nosotros le llamaremos Tommy. En los cuentos siempre se asume que Tommy debe de ser un nombre habitual para un niño; igual que siempre se asume que Tomkins debe de ser un nombre habitual para un hombre. Pero en realidad yo no conozco a muchos niños que se llamen Tommy. Y no conozco a ningún hombre llamado Tomkins. ¿Y usted? ¿Alguien, quizá? Ésa, en cualquier caso, sería una investigación demasiado ardua.
Una tarde de mucho calor, Tommy salió a sentarse en el prado frente a la granja que su padre y su madre habían comprado en el campo. La granja tenía una pared encalada y, en aquel momento, a Tommy le pareció excesivamente desnuda. El cielo de verano era de un azul vacuo, que en aquel momento le pareció excesivamente vacuo. La amarilla y mortecina techumbre de paja le pareció excesivamente mortecina y excelsamente polvorienta; y la hilera de macetas con flores rojas que se extendía frente a él le pareció irritantemente recta, de tal modo que le entraron ganas de derribar unas cuantas como si fueran bolos. Incluso la hierba que le rodeaba le impelía únicamente a arrancarla a violentos puñados; casi como si fuera lo suficientemente malévolo como para desear que fuera el pelo de su hermana. Sólo que él no tenía hermana; ni hermanos tampoco. Era hijo único y en aquel preciso momento un hijo que se sentía solo, que no es exactamente lo mismo. Pues Tommy, en aquella tarde calurosa y vacía, era presa de ese estado de ánimo en el que la gente adulta se recoge para escribir libros en los que exponen su punto de vista del mundo, y relatos sobre la vida de casado, y obras de teatro acerca de los grandes problemas de los tiempos modernos. Tommy, como sólo tenía diez años, no era capaz de causar perjuicio a tamaña y tan atractiva escala, de modo que continuó arrancando briznas de hierba como si fueran los verdes pelos de una imaginaria e irritante hermana, hasta que le sorprendió un movimiento y ruido de pasos a su espalda, a un lado del jardín, lejos de la puerta de entrada.
Dirigiéndose hacia él, vio a un joven de apariencia bastante extraña que llevaba puestas unas gafas azules. Vestía un traje de un gris tan claro que casi parecía blanco bajo la enérgica luz del sol; y tenía el pelo largo y suelto, de un rubio tan débil o sutil que prácticamente podría haber sido tan blanco como su ropa. Llevaba un sombrero de paja grande y flexible para protegerse del sol y, presumiblemente con el mismo propósito, hacía girar con la mano izquierda una sombrilla japonesa de un verde tan brillante como el de un pavo real. Tommy no tenía ni idea de cómo había llegado a aquel lado del jardín pero lo más probable le parecía que hubiera saltado por encima del seto.
Lo único que dijo el desconocido, en un tono completamente casual y familiar, fue:
—¿Estás triste? [en inglés, ‘got the blues?’]
Tommy no respondió y quizá no le entendió; pero el extraño joven procedió con gran compostura a quitarse sus gafas azules.
—Las gafas azules son un extraño remedio para la tristeza  —dijo alegremente—. Pero de todos modos mira a través de ellas durante un minuto.
Tommy se sintió impelido por una ligera curiosidad y miró a través de las gafas; ciertamente había algo raro y peculiar en la decoloración de todo lo que le rodeaba: las rosas rojas negras y la pared blanca azul, y la hierba de un verde azulado como las plumas de un pavo real.
—Parece un mundo nuevo, ¿verdad? —dijo el desconocido—. ¿No te gustaría vagar por un mundo azul de vez en cuando? [GK utiliza la intraducible expresión inglesa ‘once in a blue moon’]
—Sí —dijo Tommy, y se quitó las gafas con un aire tirando a desconcertado. Luego su expresión cambió por una de sorpresa, pues el extraordinario joven se había puesto otro par de gafas y esta vez eran rojas.
—Pruébate éstas —dijo afable—. Éstas, supongo yo, son unas gafas revolucionarias. Algunas personas llaman a esto mirar a través de unas gafas con los cristales pintados de rosa. Otros lo llaman verlo todo rojo.
Tommy se probó las gafas y se vio sobrecogido por el efecto; parecía como si todo el mundo estuviera en llamas. El cielo era de un morado resplandeciente o más bien ardiente y las rosas más que rojas parecían al rojo vivo. Se quitó las gafas casi alarmado, sólo para percatarse de que el imperturbable rostro del joven estaba ahora adornado con unas gafas amarillas. Para cuando éstas hubieron sido sustituidas por unas gafas verdes, Tommy pensó que había estado contemplando cuatro paisajes completamente distintos.
—Y así —dijo el joven— te gustaría viajar por un país de tu color favorito. Yo mismo lo hice una vez.
Tommy le contemplaba con los ojos como platos.
—¿Quién eres? —preguntó de sopetón.
—No estoy seguro —respondió el otro—. Pero me da a mí que soy tu hermano largo tiempo perdido.
—Pero yo no tengo ningún hermano —objetó Tommy.
—Eso sólo te demuestra el largo tiempo que llevo perdido —replicó su notable familiar—. Pero te aseguro que antes de que consiguieran perderme, también yo vivía en esta casa.
—¿Cuando eras pequeño como yo? —preguntó Tommy con reavivado interés.
—Sí —dijo el desconocido con seriedad—. Cuando era pequeño y muy como tú. También yo solía sentarme sobre el césped a pensar qué hacer con mi cuerpo. También yo acababa harto del muro blanco e inamovible. También yo acababa harto incluso del hermoso cielo azul. También yo pensaba que la paja sólo era paja y deseaba que las rosas no se alzaran en fila.
—Caramba, ¿y cómo sabes que así es como me siento yo? —preguntó el chiquillo, bastante asustado.
—Caramba, pues porque también yo me siento así —replicó el otro con una sonrisa.
Después, tras una pausa, prosiguió.
—Y también yo pensaba que todo podría parecer diferente si los colores fueran distintos; si pudiera vagar sobre caminos azules entre campos azules y seguir caminando hasta que todo fuera azul. Y un Mago que era amigo mío hizo realidad mi deseo; y me encontré paseando por bosques de enormes flores azules como espuelas de caballero y lupinos gigantescos, con sólo ocasionales destellos de un cielo azul claro extendiéndose sobre un mar de azul oscuro. En los árboles anidaban los arrendajos azules y martines pescadores de un azul brillante. Por desgracia, también estaban habitados por babuinos azules.
—¿No había gente en ese país? —preguntó Tommy.
El viajero hizo una pausa para reflexionar durante un momento; a continuación asintió y dijo:
—Sí. Pero, por supuesto, allá donde haya gente siempre hay problemas. Sería demasiado pedir que todos los habitantes del País Azul se llevaran bien entre ellos. Naturalmente, había un regimiento de asalto llamado los Azules Prusianos. Por desgracia, también había una brigada seminaval muy enérgica llamada los Ultramarinos Franceses. Puedes imaginar las consecuencias.
Hizo otra pausa y a continuación prosiguió:
—Conocí a una persona que me causó una honda impresión. Me topé con ella en un espacio de grandes jardines en forma de luna creciente, y en el centro, sobre un lindero de eucaliptos, se alzaba un enorme y reluciente domo azul, como la Mezquita dé Omar. Y oí una voz atronadora y terrible que parecía zarandear los árboles; y de entre ellos surgió un hombre tremendamente alto, con una corona de enormes zafiros alrededor de su turbante; y su barba era bastante azul. No hará falta aclarar que se trataba de Barbazul.
—Debiste pasar mucho miedo —dijo el chiquillo.
—Quizá al principio —respondió el desconocido—, pero llegué a la conclusión de que Barbazul no es tan negro, o quizá tan azul, como lo pintan. Tuve una charla confidencial con él y la verdad es que también hay que comprender su punto de vista. Viviendo donde vivía, naturalmente tuvo que casarse con esposas que eran medias-azules todas ellas.
—¿Qué son las medias-azules?
—Es natural que no lo sepas —replicó el otro—. Si lo hicieras, simpatizarías más con Barbazul. Eran damas que se pasaban el día leyendo libros. A veces incluso los leían en voz alta.
—¿Qué tipo de libros?
—Almanaques [en inglés, ‘blue books’ libros azules], por supuesto —respondió el viajante—. El único tipo de libro que tienen permitido allí. Ése fue el motivo de que decidiera marcharme. Con la ayuda de mi amigo el Mago obtuve un pasaporte para cruzar la frontera, que era vaga y sombría, como el fino borde entre dos colores del arco iris. Sentí que estaba cruzando sobre mares y prados con los colores de un pavo real y que el mundo se iba volviendo verde y más verde hasta que supe que estaba en el País Verde. Podrías pensar que allí las cosas estarían más tranquilas, y así era, hasta cierto punto. El punto llegó cuando conocí al celebrado Hombre Verde, cuyo nombre ha sido adoptado por numerosas y excelentes tabernas. Y luego también resulta que siempre hay ciertas limitaciones en los trabajos y oficios de aquellos preciosos y armoniosos paisajes. ¿Alguna vez has vivido en un país en el que todos sus habitantes fueran verduleros? No lo creo. Después de todo, me pregunté, ¿por qué deberían ser verdes todos los tenderos [en inglés, se dice ‘greengrocer’]?  De repente me entraron las ganas de ver un tendero amarillo. Vi alzarse frente a mí la imagen resplandeciente de un tendero rojo. Fue más o menos entonces cuando entré flotando imperceptiblemente en el País Amarillo; pero no me quedé mucho tiempo. Al principio me pareció espléndido; una escena radiante de girasoles y coronas de oro; pero pronto descubrí que estaba prácticamente abarrotado de Fiebre Amarilla y de Prensa Amarilla obsesionada con el Peligro Amarillo. De los tres, mis preferencias se decantaban por la Fiebre Amarilla; pero ni siquiera de ella conseguí extraer paz o felicidad. De modo que atravesé un resplandor anaranjado hasta llegar al País Rojo, y allí fue donde descubrí la verdad del asunto.
—¿Qué fue lo que descubriste? —preguntó Tommy, escuchando con mucha más atención.
—Quizá hayas oído —dijo el joven— una expresión muy vulgar acerca de pintar la ciudad de rojo. Es más probable que hayas oído la misma idea expresada de forma más refinada por parte de un poeta muy erudito que escribió acerca de una ciudad roja como las rosas, mitad de antigua que el tiempo . Bueno, ¿pues sabes? Es curioso, pero en una ciudad roja como las rosas resulta prácticamente imposible ver las rosas. Todo es demasiado rojo. Tus ojos acaban cansándose hasta tal punto que bien podría ser todo marrón. Tras haber paseado durante diez minutos sobre hierba roja bajo un cielo escarlata y entre árboles escarlatas, grité en voz alta: “Oh, qué gran error!” Y no pronto hube dicho esto, la visión roja se desvaneció por completo; y me encontré de repente en un lugar completamente distinto; y frente a mí estaba mi viejo amigo el Mago, cuyo rostro y larga y enrollada barba eran de una especie de color incoloro, como el mármol, pero cuyo ojos tenían un cegador brillo incoloro como el de los diamantes.
“Bueno —dijo—, no pareces fácil de complacer. Si no eres capaz de tolerar ninguno de estos países y ninguno de estos colores, más te valdrá hacerte tu propio país”. Entonces miré a mi alrededor para observar el lugar al que me había llevado; y bien curioso que era. Hacia el horizonte se extendían varias cordilleras montañosas, en capas de diferentes colores; se diría que las nubes del atardecer se hubieran solidificado, como en un mapa geológico gigantesco. Y las faldas de las colinas estaban atrincheradas y huecas como grandes canteras; y creo que comprendí sin que nadie me lo dijera que aquél era el lugar original del que provenían todos los colores, como la caja de ceras de la creación. Pero lo más curioso de todo fue que justo delante de mí había una enorme grieta entre las colinas que dejaba pasar una luz del blanco más puro. Al menos en ocasiones pensé que era blanco y en otras una especie de muro hecho de luz congelada o de aire, y en otras una especie de tanque o torre de agua cristalina; en cualquier caso lo curioso era que si echabas encima un puñado de tierra de color, se quedaba allí donde lo hubieras lanzado, como un pájaro planeando en el cielo. Y entonces el Mago me dijo, con cierta impaciencia, que me hiciera un mundo acorde a mis gustos, pues ya estaba harto de oírme quejarme por todo.
»Así que me puse a trabajar con mucho cuidado; primero acumulando gran cantidad de azul, porque pensé que haría destacar una especie de cuadrado de blanco en el medio; y luego se me ocurrió que un reborde de una especie de oro añejo quedaría bien encima del blanco; y desparramé un poco de verde por la parte de abajo. En cuanto al rojo, ya había descubierto su secreto. Si quieres aprovecharlo al máximo has de utilizar muy poco. Así que sólo dispuse una hilera de pequeñas manchas de rojo brillante encima del blanco y justo sobre el verde; y a medida que iba trabajando los detalles, poco a poco me fui dando cuenta de lo que estaba haciendo, que es algo que muy poca gente descubre jamás en este mundo. Descubrí que había recreado, fragmento a fragmento, precisamente el cuadro que tenemos aquí frente a nosotros. Había hecho esa granja blanca con el techo de paja y el cielo veraniego tras ella y ese césped verde por delante; y la hilera de flores rojas tal y como la estás viendo ahora mismo. Y así es como acabaron ahí. Pensé que podría interesarte saberlo.Habiendo dicho esto, se volvió con tanta celeridad que Tommy no tuvo tiempo de volverse para verle saltar sobre el seto, pues se había quedado mirando fijamente la granja con un brillo nuevo en la mirada.

Chesterton: El cristianismo es como las novelas de detectives

Aún podemos sacar más punta al texto original de GK de la semana pasada, Descifrando el acertijo, que ya hemos comentado una vez, considerando las relaciones entre el hombre y la sociedad. Una tesis principal del texto es que nuestra vida es como un acertijo, como un caso de detectives, y que mientras la filosofía contemporánea fracasa en su intento de resolver el enigma, son las religiones las que pueden dar la clave (El hombre corriente, cap.11, apdo. 06):

Juicio final en San Apolinar de Rávena. Foto: Wikipedia

Mosaico del juicio final en San Apolinar de Rávena (S.VI). Foto: Wikipedia

Aquel olvidado libro puede considerarse como modelo de toda la nueva literatura teológica. Lo malo de ella no es que pretenda establecer la paradoja de Dios, sino que se propone establecer la paradoja de Dios como una perogrullada.

Quizá sea ésta una característica del pensamiento moderno, lineal, cartesiano… pero la cosa es mucho más compleja: Podemos o no podemos ser capaces de resolver el secreto divino; pero al menos no podemos permitir que se evapore; si alguna vez llegamos a conocerlo, será algo inconfundible, matará o curará. El judaísmo, con su oscura sublimidad, decía que si un hombre viese a Dios, moriría. El cristianismo conjetura que (por una fatalidad catastrófica) si ve a Dios vivirá para siempre.

Pero suceda una u otra cosa, será algo decisivo e indudable. Un hombre puede morir después de ver a Dios; pero por lo menos no se sentirá más o menos indispuesto, ni tendrá que beber alguna medicina y llamar al médico. Si alguno de nosotros alguna vez lee el acertijo, lo leerá en brutal negro y resplandeciente blanco, exactamente igual que lo leería en una novela barata de detectives. Y si alguna vez encuentra la solución, sabremos que la solución es la correcta

Y ahora es cuando expone la curiosa comparación que da título a esta entrada del Chestertonblog:

Sin duda en todas las religiones reales ha existido esta calidad drástica y oscura. La común novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; demuestra el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se exalta será humillado.

Chesterton traspasa en estos párrafos el acertijo del destino individual para situarse en el plano cósmico, en el juicio universal, profetizado por Jesús (Juan 5, 28-29). Los seres humanos constantemente emitimos juicios: consideramos perversas a algunas personas, héroes a otras, indiferentes y vulgares a la mayoría. Pero ándese con ojo aquél que se considera ‘bueno’, porque ese día… ese día la sorpresa será brutal.

Hombre y sociedad en ‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton.

El ensayo que hemos publicado este fin de semana expresa de una manera estupenda una doble realidad en las habilidades de GK:
-su comprensión de las relaciones existentes entre el hombre y la sociedad
-su justa combinación entre sociología y psicología.
Cuando planteo las relaciones entre el hombre y la sociedad quiero expresar que los hombres somos hijos de nuestro tiempo y estamos sometidos a sus vicisitudes. Esto es un lugar común, de lo que se trata –lógicamente- es ver cómo lo plantea Chesterton: Primero el problema de fondo:

Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa  (09).

Pero resulta que este tema ha perdido el interés de la gente: Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés (04). Chesterton proporciona dos explicaciones sociales a los comportamientos individuales:

La primera es que un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa (05). Es una explicación social, porque el pensamiento moderno es débil y poco profundo: todos pretenden –como el autor de ‘El gran problema resuelto’ (el libro que constituye el pretexto del ensayo), tener la solución de la vida, por lo que cada uno enmienda la plana al anterior: para los intelectuales es un juego entretenido -y muchos hasta viven de eso-, pero obviamente no llega a ninguna parte.

La segunda explicación tiene también lo que los sociólogos llamamos ‘carácter estructural’: No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora (09).

La vida individual en este ambiente –otra palabra muy querida a nuestro GK sociólogo- es obvia: los que compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, […] lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo (05).

Chesterton siempre tiene fe en el ser humano.

‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton. Pero, ¿qué acertijo?

El texto original de Chesterton de esta semana es un breve ensayo que procede de El hombre corriente (Espuela de plata, 2013, pp.75-79), y la traducción es de Abelardo Linares. Como sabemos, ésta recopilación póstuma es la última que GK llegó a revisar personalmente, y este artículo particularmente tiene el tono sereno del recuerdo, pero la frescura de su ironía y su paradoja.

Chesterton: la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación'.

Chesterton: ‘La verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación’. Foto: Personaliza tu papel pintado.

Hace un infinito número de años, cuando yo era la debilidad mayor de la oficina de un editor, recuerdo que ese establecimiento publicó cierto libro de filosofía modernísima; una obra que explicaba en forma elaborada y evolucionista, todo y nada; una obra de la Nueva Teología. Se titulaba ‘El gran problema resuelto’ o algo así. A los pocos días de estar en la calle, el libro obtuvo un inesperado éxito. Los libreros nos pedían datos sobre él, los viajantes venían y preguntaban por él, hasta el público común se agolpaba en la puerta y enviaba a los más arrojados a hacer preguntas.

Hasta al editor le pareció extraordinaria esta popularidad; a mí (que me había zambullido en la obra cuando podía haber estado haciendo otra cosa) me resultó absolutamente increíble.

Al cabo de un tiempo, sin embargo, una vez que examinaron ‘El gran problema resuelto’, se resolvió el problema menor. Descubrimos que la gente lo estaba comprando creyendo que era una novela policiaca. No los culpo por su deseo y mucho menos por su desilusión. Debe haberlos exasperado (a mí me hubiera enfurecido abrir un libro con la esperanza de encontrar una novela entretenida, benévola, humana, sobre un hombre asesinado en un armario, y encontrarse en cambio con un montón de mala y aburrida filosofía sobre el progreso ascendente y la moral más pura. Yo preferiría leer cualquier libro de detectives antes que ese otro libro. Prefiero pasar el tiempo tratando de descubrir por qué está muerto un hombre muerto antes que ir comprendiendo lentamente por qué cierto filósofo no estuvo vivo jamás.

Pero este pequeño incidente me impresionó como símbolo de lo que realmente está mal en la moderna religión popular. ¿Por qué una obra de teología moderna es menos arrebatadora, menos alarmante para el alma que un libro de tonta ficción detectivesca? ¿Por qué un libro de teología moderna arrebata y alarma menos el alma que una obra de teología antigua? Cuando aquellos infortunados clientes compraron El gran problema resuelto, tal vez fuera inevitable que sintieran desairadamente enfriado y abatido su ánimo; tal vez ninguna obra filosófica puede ser realmente tan buena como una buena novela policial. Pero de todos modos, no era en absoluto obligatorio que existiera semejante abismo entre ellas. La gente necesita no sentir que ha pagado por la clase de libro más emocionante del mundo y que consiguió, tan sólo, la clase de libro menos emocionante. Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés.

Un hombre llamado Smith sale a dar un paseo y se detiene en una librería donde ve un libro titulado El gran problema resuelto. Si Smith descubre que este libro resuelve un problema criminal, queda fascinado. Si Smith descubre que resuelve un problema de ajedrez, se siente interesado. Si Smith descubre que soluciona el problema del último número de ‘Answers’, se siente genuinamente animado. Pero si Smith descubre que soluciona el problema de Smith, que explica las piedras bajo sus pies y las estrellas sobre su cabeza, que le dice de pronto por qué le gusta el ajedrez y las novelas de detectives o cualquier otra cosa; si, como digo, Smith descubre que el libro explica a Smith… entonces nos dicen que lo encuentra aburrido. Tal vez sea un prejuicio democrático, pero no me lo creo. Creo que a Smith le gustan más los problemas de ajedrez modernos que los modernos problemas filosóficos por la sencilla razón de que son mejores. Creo que prefiere una moderna novela de detectives a una religión moderna simplemente porque existen algunas buenas novelas de detectives modernas y ninguna buena religión moderna. En suma, compra El gran problema resuelto como novela policial porque sabe que en una novela policial, de un modo u otro, se resolverá el gran problema. Y no lo compra como libro de filosofía moderna porque sabe que en un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa. Aquellos remotos amigos míos compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, pero lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo.

Aquel olvidado libro puede considerarse como modelo de toda la nueva literatura teológica. Lo malo de ella no es que pretenda establecer la paradoja de Dios, sino que se propone establecer la paradoja de Dios como una perogrullada. Podemos o no podemos ser capaces de resolver el secreto divino; pero al menos no podemos permitir que se evapore; si alguna vez llegamos a conocerlo, será algo inconfundible, matará o curará. El judaísmo, con su oscura sublimidad, decía que si un hombre viese a Dios, moriría. El cristianismo conjetura que (por una fatalidad catastrófica) si ve a Dios vivirá para siempre. Pero suceda una u otra cosa, será algo decisivo e indudable. Un hombre puede morir después de ver a Dios; pero por lo menos no se sentirá más o menos indispuesto, ni tendrá que beber alguna medicina y llamar al médico. Si alguno de nosotros alguna vez lee el acertijo, lo leerá en brutal negro y resplandeciente blanco, exactamente igual que lo leería en una novela barata de detectives. Y si alguna vez encuentra la solución, sabremos que la solución es la correcta.

Sin duda en todas las religiones reales ha existido esta calidad drástica y oscura. La común novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; demuestra el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se exalta será humillado.

Los escritos de las grandes religiones son tan terriblemente teatrales que Bernard Shaw dijo no hace mucho que el relato de la Crucifixión en los Evangelios era demasiado dramático para ser cierto. Lo que resulta bastante característico de la filosofía política fabiana que nunca vivió en el corazón de ninguna política heroica. La historia de Danton y Robespierre (para tomar un ejemplo accidental), con sus ‘discursos’, ‘bravura eterna’, ‘Si hacemos esto los hombres jamás olvidarán nuestros nombres’, ‘La sangre de Danton os ahoga’, ‘Existe un Dios’, demuestra lo que los hombres dicen. Esas cosas fueron dichas, y dichas repentinamente, porque el corazón del hombre estaba elevado. Cuando un hombre está en su máximo se halla en un estado indescriptible; dice la verdad o muere.

No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora. Pero aun en nuestra tranquila vida creo que podemos sentir la gran realidad que alienta en el fondo de toda religión. Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa.

Chesterton contra el ‘ya es demasiado tarde’

Chesterton: Nunca es demasiado tarde para la oportunidad de vivir

Chesterton y la oportunidad de vivir:  Nunca es demasiado tarde. Gifs animados

Encontré ayer en El regreso de Don Quijote (Cátedra, 2005, p.262, cap.6) unas palabras que me hicieron retroceder a cuando tenía 20 años, cuando leí el libro  Confesiones de un pequeño filósofo del escritor español Azorín (1873-1967), escrito cuando tenía poco más de treinta años. Entonces se me quedó grabado –porque yo lo sentía igual- que él siempre vivía con la terrible sensación de ‘ya es tarde’. A lo largo de mi vida, he encontrado a otras muchas personas que lo perciben igual.
Como sucede en sus novelas, Chesterton reflexiona a través de sus personajes. Michael Herne, el protagonista –incluso cuando todavía no sabe que lo es, y quizá precisamente por eso-, cuestiona el comentario de
 ’Monkey’ Murrel. Es la línea de nuestro autor: la filosofía que le interesa –como a Azorín- es la de la vida cotidiana, la que nos afecta a cada uno de nosotros:

Me gustaría saber de qué estamos hablando cuando pronunciamos esa frase que se oye a veces: es demasiado tarde. Porque en ocasiones suena completamente cierta y otras absolutamente falsa. O siempre es demasiado tarde o nunca demasiado pronto. Es como si juzgásemos que sólo en el medio estamos a salvo del realismo o de la ilusión. Sí, todos nos equivocamos, y suele decirse que el hombre que jamás ha cometido un error es el que nunca ha hecho nada. Sin embargo, ¿cree usted que el hombre debería sentirse satisfecho cuando sabe que ha cometido un error y se resigna a no hacer nada más? ¿Cree que podríamos morir en paz habiendo perdido la oportunidad de vivir?

Me encanta este Chesterton vitalista, no un vitalista pagano –que aprovecha el momento o lo pierde irremediablemente- sino poseedor de un vitalismo de plenitud: estamos hechos para algo, para llegar a algún sitio –aunque sea estar en este mismo sitio-, pues también con GK hemos aprendido a ver con otros ojos (la estrategia Mooreffoc). GK cita particularmente el caso del arrepentimiento -quizá pedir perdón, quizá volver a comenzar de nuevo. Pero nunca es demasiado tarde para las cosas buenas.
Concluyo con lo que él mismo denominaba su paradoja: Si merece la pena hacer algo, merece la pena hacerlo mal (Las paradojas de Mr. Pond, explicado enMás sobre paradojas y chestertonadas).

Chesterton: ‘La felicidad es un maestro duro’

Volvemos hoy a comentar algunos párrafos de Esbozo de sentatez (‘La rueda del destino‘, 12-05), con la peculiaridad de hallar a un Chesterton que habla de la felicidad, cuestión que raramente aborda de manera directa. El contexto general –como todo el libro- es la organización socio-económica de nuestra vida, y en particular, la reflexión sobre las máquinas:

La meta de la política humana es la felicidad humana. Para los que tienen ciertas creencias, está condicionada por la esperanza de una felicidad mayor, que aquélla no debe poner en peligro. Pero la felicidad, la alegría del corazón del hombre, es la prueba secular y la prueba real. […] No hay ley lógica ni natural ni ninguna otra que nos obligue a preferir otra cosa.

En esto estamos todos de acuerdo, pero en seguida Chesterton alza su voz contra la tendencia dominante: No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices.

La idea de fondo es que el maquinismo conlleva desarrollismo y éste, el afán por tener más, por llegar antes, más lejos y mejor. Chesterton nos advierte de que es un espejismo, y que estar sometidos al mundo industrial -como hemos recogido ya antes en varias entradas- puede ser una maldición, aunque sea una maldición maravillosa, práctica y productiva.

El aviso de Chesterton puede parecer exagerado, pero en 1980, los psicolingüístas Lakoff y Johnson, plantearon en Metaphors we live by, ‘metáforas por las que vivimos’ (edición española Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, 1986) que el lenguaje cotidiano está cargado de esos adverbios -antes, más mejor- que introducen tensiones en nuestra vida: un sentido de la competencia entre las personas y entre nosotros mismos que no sólo dificultan la comprensión de la realidad, sino que la encaminan en una determinada dirección. Si lo pensamos bien, igual que las máquinas, cada vez que recibimos un mensaje con un ‘sé feliz’ o ‘disfruta más de la vida’, en cierto modo aplica el mismo principio de la productividad a una faceta de nuestra vida, cuando la felicidad es en realidad una consecuencia del resto de nuestras actividades, y no un acto voluntario: no hay nadie más infeliz que el que continuamente cuestiona su felicidad. (Paradoja: la causa de esta reflexión sobre la felicidad es el deseo de que seamos más felices…)

La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no hay obligación de ir más deprisa. […] La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro. Nos dice que no nos compliquemos con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que la máquina.

Sin embargo, las categorías de nuestra sociedad se han vuelto cuantitativas, lo que significa que –desde arriba, tanto política como económicamente- todo se mide según las reglas del antes, más y mejor, expresadas en crecimiento económico, PIB y renta per cápita, haciendo fines de lo que sólo son medios. A Chesterton, nuevamente, no le importa ir contracorriente: Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los hacemos más pobres, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas -en el sentido de cambiarles simplemente la vida- sin incrementarles su gusto por ella (Esbozo de sensatez, 12-06).

Chesterton y la deriva de la razón contemporánea

Tiene razón la entrada El valor de pensar por uno mismo –que comenta el ensayo El error de la imparcialidad-: y ése es el gran problema al que nos enfrentamos: cómo ser capaces de pensar por uno mismo? Desde luego, Chesterton fue capaz de hacerlo, tan libre como para llevar la contraria a todo su ambiente intelectual. Hoy, una y otra vez la gente moderna insiste en que no hay que dejarse llevar por dogmas –pues serían verdades ‘pensadas por otros’-; hay que pensar por uno mismo. Lo que en el mundo de hoy equivale a aceptar que nos machacan los medios de comunicación o la ideología con la que más nos identificamos. Hace unos días circulaba un ‘tuit’ que decía que para la vieja izquierda, la homosexualidad era una evidencia palmaria de la degradación de la burguesía, mientras que para la nueva izquierda es una cuestión de derechos fundamentales. Mi mala cabeza me impide recordar en qué lugar de Chesterton leí que el que no tiene verdades fijas –los terroríficos ‘dogmas’- tiene modas, que por fortuna ‘ayudan a pensar por uno mismo’.

Sin embargo, esta realidad no es sino una más de las situaciones contradictorias a las que nos ha conducido el mundo moderno. Los ilustrados –particularmente, Kant (1724-1804) estaban convencidos de que la Razón –así, con mayúscula- acabaría con muchas de las tradiciones y supersticiones –a veces vinculadas con la religión, es cierto- que se han acumulado en la historia de la humanidad.

Apolo Belvedere -Wikipedia

Apolo Belvedere -Wikipedia

Sin embargo, lo que la modernidad ha hecho es establecer un nuevo mecanismo para la ‘racionalidad’, según la cual cada sistema ha de avanzar sobre el anterior, destruyéndolo: el afán destructor está en todas partes, no sólo en cuestiones de pensamiento. Hablando del sistema de Tolstoi (1828-1910) –que quiso reformar el mundo basándolo en la simplicidad de vida-, Chesterton glosa esta derivación de la modernidad y las actitudes que genera (eso sí, sin poder evitar la ironía): Cada sistema busca ser aún más fundamental que el que lo había precedido; cada uno busca, en sentido literal, minar el anterior. En el arte, por ejemplo, la concepción clásica del hombre como el Apolo de Belvedere fue atacada primero por los realistas, quienes afirmaban que el hombre, como hecho de la historia natural, era una criatura de cabellos incoloros y rostro pecoso. Luego vinieron los impresionistas, quienes fueron aún más lejos y afirmaron que para sus ojos físicos –que eran los únicos seguros- el hombre era una criatura de cabellos color púrpura y rostro gris. Y siguieron los simbolistas, quienes dijeron que para sus almas –que eran lo único seguro- el hombre era una criatura de cabellos verdes y rostro azul.

Todos los grandes autores de nuestro tiempo representan de una forma u otra ese intento de restablecer la comunicación con lo elemental o, como a veces se ha expresado de un modo más falaz e inexacto, de un regreso a la naturaleza (Tipos diversos, Espuela de plata, 2011, p.72).

Ante semejante proceso destructivo, la sensatez de GK nos recuerda –en el mismo texto El error de la imparcialidad– ciertos criterios que olvidamos demasiado frecuentemente en esta sociedad mediáticamente dirigida: Si existe una clase de hombres a los que la historia ha comprobado especial y supinamente capaces de equivocarse en todas direcciones, es la clase de los hombres muy intelectuales. Prefiero siempre guiarme por la masa de la humanidad: por eso soy demócrata.

Me resulta fácil imaginar la dentera de más de un ‘intelectual’ al leer esto.