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Una carta del joven Chesterton, enamorado

Al fin he podido conseguir el primero de los volúmenes que Maisie Ward escribió sobre Chesterton. Maisie Ward (1889-1975) fue editora de algunas de sus obras y escribió la primera gran biografía, de la que son deudores todos los trabajos posteriores, con gran cantidad de fuentes primarias, muchas no disponibles de otra manera. Fue publicada en Buenos Aires en castellano en 1947, pero la versión original puede encontrarse en el Project Gutenberg. Como amiga personal de GK y su mujer, y de muchos de sus colegas, Ward pudo tener acceso a gran cantidad de fuentes, especialmente cartas, que nos muestran otra cara de Chesterton. Otra faceta, pero lógicamente, no muy distinta de las que ya conocemos.

Los jóvenes Gilbert y Frances

Los jóvenes Gilbert y Frances

Así que el mejor homenaje a esta obra va a ser la publicación de una carta del propio GK. Y como últimamente tenemos un tono demasiado serio, vamos a mostrar al más genuino Chesterton desde muy joven (1896). Es una misiva -sin fecha, como solía hacer GK- en la que cuenta a la novia de su amigo Waldo d’Avigdor, que está enamorado de Frances Blogg:

Querida Mildred:
Al levantarme esta mañana, lavé cuidadosamente mis botas con agua caliente y embetuné mi cara. Luego, poniéndome el chaqué con grácil facilidad y los faldones delante, bajé a desayunarme y alegremente vertí el café sobre las sardinas y puse el sombrero a cocer en el fuego. Estas actividades le darán una idea de mi estado de ánimo. Mi familia, viéndome salir de la casa por la chimenea y llevarme la rejilla del guardafuegos bajo el brazo, pensaron que alguna cosa preocupaba mi espíritu. Y era cierto.
Amiga mía, estoy comprometido. Sólo lo digo ahora a mis verdaderos amigos, pero no cabe duda de ello. La pregunta que surge en seguida es ¿con quién estoy comprometido? He estudiado el problema con gran atención y, por lo que puedo ver, las mejores autoridades indican a Frances Blogg. No creo que exista ninguna duda razonable de que ella es la dama. Es mejor tener ideas claras sobre estas cuestiones secundarias.
Soy demasiado feliz para escribir mucho, pero creí que quizá, recordase usted mi existencia lo bastante para interesarse en el incidente.
Waldo me ha ayudado tanto en esto y en todo, y estoy tan interesado en usted por amor de los dos, que me siento alentado a esperar que subsista nuestra amistad. Si alguna vez he cometido alguna descortesía o necedad, fue por inadvertencia. Siempre deseé complacerla (G.K. Chesterton, por Maisie Ward, p.83-4).

Una clave de Chesterton: llegar a las últimas consecuencias, en el pensamiento y en la vida. El ejemplo de la confesión

Con motivo del 78 aniversario de la muerte de GK hemos publicado un texto –El sentido de mi existencia-, quizá uno de los últimos escritos de su vida, pues concluyó la Autobiografía –es un fragmento del último capítulo, n.16- pocos meses antes de morir.
Al releerlo, para comentar no he podido resistir la tentación de volver a colocar de nuevo algunos fragmentos de los párrafos 13 y 14. No quiero a hacer –como él mismo señala en uno de los subpárrafos suprimidos- una apología del Cristianismo, pues para eso hay otros lugares. Lo que me interesa destacar ahora es cómo GK comprende una determinada verdad y la lleva a sus últimas consecuencias (precisamente lo que en los párrafos siguientes criticará de pesimistas y optimistas: que no fundamentan bien sus argumentos, como él hace). Se puede estar de acuerdo o no, pero es innegable su capacidad por esforzarse en llegar hasta el fondo de lo que tiene entre manos: eso lo hizo rebelde en su tiempo, y lo hará rebelde también ante los conformistas de cualquier tipo, también de su propia religión, especialmente aquellos que ‘no se enteran’ en qué consiste ésta.

Confesonarios en la JMJ de Río de Janeiro, en 2013. Panorama móvil.

Confesonarios en la JMJ de Río de Janeiro, en 2013. Panorama móvil.

Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.
[…]
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (Autobiografía 16, 13-14).

Es frecuente el lenguaje hiperbólico en Chesterton, como este terrible que aparece en la introducción a El acusado: En algunas mesetas infinitas como enormes planicies que hubieran cobrado alturas vertiginosas, pendientes que parecen contradecir la idea de la existencia de algo semejante al nivel y nos hacen advertir que vivimos en un planeta con un techo inclinado, encontraremos, de vez en cuando, valles enteros cubiertos de rocas sueltas y cantos rodados tan enormes como montañas rotas. Todo podría ser una creación experimental destrozada. […] el escenario de la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta mucho más gigantesco que los profetas posteriores como esos peñascos en comparación con simples guijarros. Aquel profeta habría pronunciado unas palabras –unas palabras que resultarían ignominiosas y terribles-, y el mundo, aterrorizado, lo habría enterrado bajo un desierto de piedras (El acusado, 1-01).
Pero, ¿de qué otra manera se puede expresar el misterio inefable que significa comprender que –por medio de la confesión- uno vuelve a tener cinco minutos de edad, tener cinco años, perder el miedo a los errores cometidos y volver a ser un nuevo experimento del Creador, a cuya semejanza estamos hechos?

Galería

Presentación del libro «Pensar con Chesterton»

Esta galería contiene 13 fotos.

Puesto que anunciamos la presentación del libro Pensar con Chesterton, ahora nos hacemos eco del éxito de la misma, reblogueando la entrada del Colegio Mayor Albalat, de Valencia, donde tuvo lugar, con un salón de actos lleno, como puede verse … Sigue leyendo

Chesterton: ‘El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

Hoy 14 de junio, se cumplen 78 años del fallecimiento de Chesterton. Tocaba publicar un texto de GK, y hemos pensado que el mejor que podríamos seleccionar es la segunda parte del cap.16 de su propia Autobiografía (Acantilado, 2003, traducción de Olivia de Miguel), en el que responde a las preguntas con las que se inicia el libro: si el primer capítulo se llama El hombre de la llave dorada, el último es El Dios de la llave dorada.
Como hemos publicado ya, GK veía la vida como un enigma de detectives, y de hecho, la primera parte está dedicada a las novelas de detectives, concretamente a su encuentro con el sacerdote John O’Connor, y cómo le serviría de inspiración para la creación del famoso Padre Brown. La resolución de su enigma está en la segunda parte y nos vamos a limitar a ella. Como sigue siendo aún bastante extensa y puede a su vez dividirse en dos con naturalidad, nos quedaremos hoy con la primera parte –párrafos 13-21, a los que nos hemos permitido el mismo titulo con que a entrada-; la parte final –párrafos 22-30, “teología del diente de león y filosofía realista”- aparecerá el fin de semana que viene.
Dado que es un texto muy largo, lo publicamos con los criterios que venimos aplicando en el Chestertonblog, para servir de guía al lector menos avisado: si es demasiado extenso, colocamos subtítulos; los inmensos párrafos de GK son a su vez subdivididos, pero se puede observar la estructura inicial porque hay un espacio añadido. Y en cuanto a la traducción –aunque es razonablemente buena-, se modifica cuando se considera que aún se puede entender mejor el sentido original de la expresión. Si alguien quiere –como siempre- confrontarla, aquí está la versión bilingüe completa (Cap. 16, párr.13-30).

Dandelion grande

Esta foto, en la que una niña ofrece una flor a GK, es conocida como ‘The Dandelion’, el ‘Diente de león’. www.gkc.org.uk

16.2 El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

16.2.1 La confesión y el poder comenzar de nuevo
Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.

No estoy defendiendo aquí doctrinas como la del sacramento de la penitencia, ni tampoco la doctrina igualmente asombrosa del amor de Dios al hombre. No estoy escribiendo un libro de controversia religiosa, de los que ya he escrito varios y probablemente, si amigos y parientes no me lo impiden violentamente, escriba algunos más. Aquí estoy ocupado en la malsana y degradante tarea de contar la historia de mi vida, y sólo tengo que exponer los efectos reales que estas doctrinas tuvieron en mis propios sentimientos y actos.
Dada la naturaleza de esta tarea, me interesa especialmente el hecho de que estas doctrinas parecen aglutinar toda mi vida desde el principio como ninguna otra doctrina podría hacerlo. Y sobre todo, solucionan simultáneamente mis dos problemas: el de mi felicidad infantil y el de mis cavilaciones juveniles. Han influido en una idea que –espero que no resulte pomposo decirlo- es la idea principal de mi vida; no diré que es la doctrina que he enseñado siempre, pero es la que siempre me hubiera gustado enseñar. Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido.
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don  tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo.

Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo. Empecé defendiendo los buzones de correos y los rojos ómnibus victorianos –aunque fueran feos- y he acabado por denunciar la publicidad moderna o las películas americanas –aunque sean bonitas.
Lo que intentaba decir entonces es lo mismo que intento decir ahora. Incluso la más profunda revolución religiosa sólo ha logrado confirmarme en el deseo de decirlo, porque, desde luego, jamás vi las dos caras de esta sencilla verdad formuladas juntas en ningún sitio hasta que abrí el ‘Penny Catechism’[1] y leí las siguientes palabras: “Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación”.

16.2.2 El asombroso diente de león

Diente de león. Sample text

Diente de león. Feepik.es

Empecé a buscar a tientas esa verdad en mi adolescencia, y lo hice por el lado equivocado, por el confín de la tierra más alejado de la esperanza puramente sobrenatural. Pero tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación.
Por tomar un fragmento que venga al caso, en mi primer libro de poemas juvenil, me preguntaba yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber logrado la recompensa de contemplar un diente de león. Ahora sería fácil datar la frase valiéndose de ciertos detalles -si el asunto mereciera la pena, aunque fuera para un comentarista- o averiguar cómo podía haberse formulado posteriormente de otra manera. No creo en la reencarnación, si es que creí en ella alguna vez, y desde que tengo jardín (porque no puedo decir desde que soy jardinero), me he dado cuenta mejor que antes de lo perjudiciales que son las malas hierbas.[2]
Pero en esencia, lo que dije del diente de león es exactamente lo que diría sobre el girasol, el sol o la gloria que, como dijo el poeta, es más brillante que el sol. El único modo de disfrutar hasta de una mala hierba es sentirse indigno incluso de una mala hierba. Pero hay dos maneras de quejarse de la mala hierba o de la flor. Una es la que estaba de moda en mi juventud y otra la que está de moda en mi madurez. No sólo ambas son erróneas, sino que lo son porque la misma cosa sigue siendo verdad. Los pesimistas de mi adolescencia, confrontados con el diente de león, decían con Swinburne:

Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño.

Y por eso los maldije, los pateé y monté un espectáculo tremendo: me convertí en el adalid del Diente de León y me coroné con un exuberante diente de león.
Pero hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos. En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”,[3] decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?”
Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación.

16.2.3 Humildad y agradecimiento, pesimismo y optimismo
Este es el principio que yo mantenía cuando a Mr. Max Beerbohm le parecía un optimista, y este es el principio que sigo manteniendo cuando a Mr. Gordon Selfridge, sin duda, debo parecerle un pesimista. El objetivo de la vida es la capacidad de apreciar: no tiene sentido no apreciar las cosas como tampoco tiene ningún sentido tener más cosas, si tienes menos capacidad de apreciarlas.
Originalmente dije que una farola de barrio, de color verde guisante, era mejor que la falta de luz o a la falta de vida, y que si era una farola solitaria, podíamos ver mejor su luz contra el fondo oscuro. Sin embargo, al decadente de mi época juvenil, le angustiaba tanto ese hecho que querría colgarse de la farola, apagar su luz y dejar que todo se sumiera en la oscuridad original. El millonario moderno se me acerca corriendo por la calle para decirme que es un optimista y que tiene dos millones y medio de farolas nuevas, todas pintadas, ya no de aquel verde guisante victoriano, sino de un futurista cromo amarillo y azul eléctrico, y que piensa plantarlas por todo el mundo en tales cantidades que nadie se dará cuenta de su existencia, especialmente, porque todas serán exactamente iguales.
Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista. Una farola puede ser significativa aunque sea fea, pero él no hace que la farola sea significativa, sino que la convierte en algo insignificante.

En resumen, me parece que poco importa si un hombre está descontento en nombre del pesimismo o del progreso, si su descontento paraliza su capacidad para apreciar lo que tiene. Lo realmente difícil para el hombre no es disfrutar de las farolas o los paisajes, ni disfrutar del diente de león o de las chuletas, sino disfrutar del placer. Mantener la capacidad de degustar realmente lo que le gusta: ése es el problema práctico que el filósofo tiene que resolver.
Y me parecía al principio, como me parece al final, que los pesimistas y los optimistas del mundo moderno han confundido y enturbiado este asunto, por haber dejado a un lado el antiguo concepto de humildad y agradecimiento por lo inmerecido. Este asunto es mucho más importante que mis opiniones, pero, de hecho, fue al seguir ese tenue hilo de fantasía sobre la gratitud –tan sutil como esos abuelos de diente de león que se soplan al hilo de la brisa como vilanos de cardo- como llegué finalmente a tener una opinión que es más que una opinión. Tal vez sea la única opinión que es realmente más que una opinión.

Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo. El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra.

Porque nadie más se especializa, en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida.
Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor.

Los hombres se coronan de flores y presumen de ellas; o duermen en un lecho de flores y las olvidan; o las nombran y numeran con objeto de cultivar una super-flor para la Exposición Internacional de Flores. Pero por otro lado, pisotean las flores como una estampida de búfalos; o las desarraigan como un pueril mimetismo de la crueldad de la naturaleza; o las arrancan con los dientes para demostrar que son iluminados pesimistas filosóficos. Sin embargo, respecto al problema original con el que empecé, el mayor aprecio imaginativo de la flor que fuera posible, ellos no hacen nada, salvo disparates; ignoran los hechos más elementales de la naturaleza humana, y al trabajar sin pies ni cabeza en todas las direcciones, todos sin excepción se equivocan en su trabajo.
Desde la época a la que me refiero, el mundo ha empeorado todavía más en este aspecto. Se ha enseñado a toda una generación a decir tonterías a voz en grito sobre su “derecho a la vida”, “derecho a la experiencia” y “derecho a la felicidad”. Los lúcidos pensadores que hablan de este modo, en general, acaban la enumeración de todos estos extraordinarios derechos diciendo que no existe el bien y el mal. En ese caso, es algo difícil especular de dónde puedan proceder esos derechos.
Pero yo al menos me inclinaba cada vez más hacia esa vieja filosofía que sostenía que sus verdaderos derechos tenían el mismo origen que el diente de león y que ellos jamás podrían valorar ninguno de los dos si no reconocían su fuente de procedencia. Y en ese sentido último, el hombre no creado, el hombre nonato, no tiene derecho siquiera a ver el diente de león, porque él no podría haber creado ni el diente de león ni la vista.

[1] Las raíces del ‘Catecismo de la doctrina cristiana’ se remontan al siglo XVI. Fue redactado por los disidentes anglocatólicos (English Catholic Recusants) exiliados en el norte de Francia. Cientos de generaciones de escolares ingleses lo han conocido como ‘Penny Catechism’ [Nota de Olivia de Miguel].
[2]Aunque la tradición de este conocido fragmento rodee de un cierto halo al diente de león, el propio GK nos recuerda que no deja de ser una mala hierba.
[3] Paráfrasis del Salmo 8, 5.

Bernard Shaw habla de Chesterton

Shaw, Belloc -que actuó como moderador- y GK en 1923, antes de comenzar el debate '¿Estamos de acuerdo?'

Shaw, Belloc -que actuó como moderador- y Chesterton en 1923, antes de comenzar el debate ‘¿Estamos de acuerdo?’ Deathbycivilisation.blogspot.com

El otro día, con motivo de la presentación del libro Pensar con Chesterton, ofrecíamos un fragmento del debate de 1923 entre Chesterton y Bernard Shaw, en el que, con tono humorístico, Chesterton rebatía parcialmente la idea de propiedad de Shaw. Ese debate está caracterizado por un rasgo, que también marcó la vida de Shaw con respecto a GK: el convencimiento de que en el fondo los dos defendían lo mismo. Se admiraban mutuamente y de manera verdaderamente sincera, pero como es evidente, tal grado de coincidencia no era verdadero. Ya que ‘hemos abierto el debate’ ofrecemos hoy el inicio del mismo, a cargo de Shaw, que constituye una especie un retrato mutuo, en el que –como era de esperar- destacará los paralelismos, amén de alguna discrepancia. Obsérvese la actitud de fondo tan diferente, ante la vida y la escritura del genial escritor irlandés, que dos años después recibiría el premio Nobel:

“Mr. Belloc, damas, caballeros, he de decir que nuestro tema de esta tarde ‘¿Estamos de acuerdo?’, ha sido idea de Mr. Chesterton. Algunos de ustedes podrán preguntarse con razón de qué vamos a discutir si, en efecto, estamos de acuerdo. Pero sospecho que no les importará mucho sobre qué discutamos siempre que logremos entretenerles conversando a nuestro estilo característico.

“La razón de todo esto, aunque quizá no la conozcan –me corresponde a mí decirlo-, es que Mr. Chesterton y yo somos dos locos. En lugar de ejercer alguna profesión honrada y respetable y comportarnos como cualquier ciudadano corriente, ambos vamos por el mundo poseídos por un extraño don de lenguas –que, en mi caso, está prácticamente reducido al inglés- y exponiendo toda clase de opiniones extraordinarias sin ningún motivo en particular.

“Mr. Chesterton se dedica a decir e imprimir las mentiras más extravagantes. Toma incidentes ordinarios de la vida humana –lugares comunes de la vida de la clase media- y les confiere perfiles monstruosos, extraños y gigantescos. Llena los jardines suburbanos de asesinatos imposibles, y no sólo inventa esos asesinatos, sino que también consigue descubrir al asesino que jamás los cometió. En cuanto a mí, suelo hacer muy a menudo el mismo tipo de cosas. Divulgo mentiras en forma de obras teatrales; pero en tanto que Mr. Chesterton toma los hechos que ustedes creen ordinarios y los vuelve gigantescos y colosales para revelar su esencial carácter milagroso, yo me inclino más bien a tomar estas cosas en su más absoluta normalidad e introducir en ellas una serie de ideas extravagantes, que escandalizan al aficionado al teatro ordinario y lo hacen salir preguntándose si lleva toda su vida en sus cabales o yo sigo aún en los míos.

“Alguien va a ver una de mis obras y se sienta junto a su mujer. Se dice en la escena alguna cosa aparentemente ordinaria, y entonces ella se vuelve al marido y le pregunta: “¡Aja! ¿Qué me dices tú de eso?”. Dos minutos después, se dice otra cosa aparentemente ordinaria, y entonces es el hombre el que se vuelve a su mujer y le pregunta: “¡Aja! ¿Qué me dices tú de eso?” ¿Acaso no es curioso que podamos ir por ahí haciendo estas cosas y que no sólo se nos permita hacerlas, sino que, además, se nos admire en gran parte por ellas? Por mi parte, podría decir que, en los últimos años, casi he llegado a ser venerado por dedicarme a esta clase de cosas.

“Obviamente, estamos locos; y por locos seríamos venerados en Oriente. “Escuchemos atentamente a estos hombres, pero no olvidemos que son locos”, dice la sabiduría oriental. En este país, sin embargo, decimos: “Escuchemos a estos tipos tan divertidos. Están perfectamente cuerdos; lo que, obviamente, no es nuestro caso”.

[En ese momento entra gente en la sala y el discurso se interrumpe; seguimos el hilo principal]

“Estaba refiriéndome a la distinta y curiosa consideración que reciben los locos en Oriente y en este país. Pero esto me llevaba a la conclusión de que importan muy poco sus diferencias. Todos muestran anomalías de toda índole debidas a sus circunstancias personales, a su formación, a sus conocimientos e ignorancias. Pero si los escuchamos atentamente y descubrimos que, en determinados asuntos, están de acuerdo, entonces tenemos alguna fundada razón para suponer que ahí aparece el espíritu de la época para ofrecernos un mensaje inspirado. Apartemos todas sus contradicciones y concentremos nuestra atención en aquello en lo que los locos se muestran de acuerdo; entonces estaremos escuchando la voz de la revelación.

“Así, pues, harán bien esta noche en escucharnos atentamente, pues es muy probable que lo que nos impele a estos discursos no sea algo personal e individual, sino alguna conclusión a la que la humanidad toda se va aproximando por medio de la razón o de la inspiración. El mero hecho de que Mr. Chesterton y yo estemos de acuerdo en cualquier asunto en absoluto debe ser impedimento para que lo discutamos apasionadamente, pues creo que aquellos que me refutan muy a menudo sostienen las mismas ideas que yo trato de expresar. No sé si ello se debe a que las libertades que me tomo les molestan o a que las palabras que utilizo o mis giros mentales no son de su agrado; pero lo cierto es que son ellos quienes con más frecuencia me rebaten”. (¿Estamos de acuerdo?, Ediciones Renacimiento, pp.25-31).

Agradecimientos, premios y reconocimientos al Chestertonblog

Desde hace algunos meses hemos recibido algunas nominaciones a distintos premios del mundo de los blogs: por lo menos me acuerdo de Aquileana, Phrontisterion y Desluzia (puede que haya alguno más, espero me disculpe si no lo menciono). Aunque creo que los he agradecido personalmente, al final he decidido realizar una entrada para agradecerlo públicamente y a nuestra mi vez transmitir este reconocimiento. Si no lo he hecho antes es porque -además de estar muy centrados en Chesterton- no tengo tiempo suficiente ni sigo tantos blogs como para llegar a todos. También he visto que hay varias reglas, que tomo de uno de los premios, el último recibido.

Versatile blogger

Reglas del Versatil Blog Award:
1. Mostrar el concurso en el blog
2. Anunciar el concurso con una entrada y agradecer al blogger que te nominó
3. Nominar a 15 blogs
4. Poner un enlace a los blogs nominados y comunicárselo con un comentario
5. Comentar 3 cosas sobre ti.

Considero que las tres cosas que voy a comentar de mí corresponden al blog entero, en el que participamos varios autores. Así que he buscado esos rasgos comunes, que parten de la afición por Chesterton, y no temo equivocarme al señalarlas como rasgos colectivos compartidos:

1.- Nos gusta leer -a Chesterton es más que evidente-, escribir, dialogar, pensar, acerca de un mundo que está más vivo que nunca: aun que no todo sea bueno, habrá que ver lo que sale de estos tiempos: las crisis siempre son oportunidades.
2.- Nos gusta reunirnos para tomar unas cervezas o unos vinos -es conocida la famosa frase de GK: Dios nos ha dado el borgoña para que se lo agradezcamos bebiéndolo con moderación– porque pensamos que el sentido de la vida es social y no individual.
3.- Hemos aprendido de GK que la fuente de nuestro optimismo no es lo contrario del pesimismo, sino que -por usar la terminología del propio Chesterton- el Espíritu es el dueño y creador de la materia, con la que se divierte jugando. Ése Espíritu nos ha hecho libres y por tanto nos anima a implicarnos en los problemas de nuestro tiempo, también en camaradería con los que no piensan como nosotros, tal y como siempre hizo el propio Chesterton y narra sin igual en la fantástica novela El hombre que fue jueves.

Al hacer la lista he descubierto que sí sigo más de 15 blogs, por lo que al final ha habido que dejar a varios fuera: como en los concursos de belleza, todos son estupendos, pero las plazas son limitadas. Lo que voy a hacer es señalar genéricamente por qué considero que merecen el premio (algunos lo hacen por varias cosas a la vez). Y, lógicamente, no voy a nominar a los que ya recibieron los premios y me los pasaron a mí. Los blogs nominados son:

Por su capacidad de transmitir fuerza, energía, alegría y fe en sus mensajes, que hacen pensar:

http://pensarporlibre.blogspot.com.es/
http://yerbasdeinfanteria.wordpress.com/
http://jesuscotta.blogspot.com.es/: Las noches de mis días
http://alvarcam.wordpress.com/: Nómadas
http://padreteo.wordpress.com/

Por su rigor profesional en su ámbito específico:

http://padres-profesores-alumnos.blogspot.com.es/
http://alfonsomendiz.blogspot.com.es/: Publicidad con valores
http://inavukic.com/: Croatia, the war and the future
http://jackmoreno.wordpress.com/

Por su creatividad, estilo u originalidad

http://libeasler.wordpress.com/
http://7paresdekatiuskas.wordpress.com/
http://palomamzs.wordpress.com/: El blog de una empleada doméstica
http://casapomelo.wordpress.com/
http://sperezm.wordpress.com/: Bloc de notas
http://elsantoral.wordpress.com/: Magnificum santorum

Presentación de ‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera

Hace unos días reseñábamos en el Chestertonblog Pensar con Chesterton, la excelente obra de nuestro colaborador Tomás Baviera. Ahora tenemos el placer de anunciar su presentación pública en el Colegio Mayor Albalat de Valencia el martes 10 de junio:

Presentacion Baviera en Albalat

La dirección de Albalat es Primado Reig, 167, telf. 963 607 512, y por si acaso, el email: albalat@albalat.net. Desde aquí, animamos a todos los lectores que puedan acercarse a participar en la que sin duda será una magnífica velada chestertoniana.

A GK le encantaban los debates públicos, que eran considerados entonces auténticos entretenimientos -además de ocasiones de aprender- entre otras cosas porque cine y televisión aún no habían comenzado su andadura. Dar conferencias o debatir -habitualmente en salones o teatros- suponía además una forma extra de lograr unos ingresos para los intelectuales de la época que -como suele ser habitual (y probablemente deba ser así)- no suelen ser los mejor pagados. Es famoso su debate con G. Bernard Shaw, ¿Estamos de acuerdo? (1923, publicado en el 28), sobre la propiedad privada, del que pronto hablaremos en el Chestertonblog. Como muestra, daremos un botón. Habla GK, en respuesta a Shaw:

De toda la confusión de desconcertantes falacias que Mr. Shaw acaba de ofrecernos, prefiero empezar por la más simple. Cuando Mr. Shaw se abstiene de golpearme en la cabeza con su paraguas, el verdadero motivo -aparte de su auténtica bondad, que lo lleva a respetar a la más humilde de las criaturas de Dios- no es que no posea la propiedad de su paraguas, sino que no posee la propiedad de mi cabeza. Y dado que yo aún me hallo en posesión de este órgano imperfecto, procederé a la refutación de alguna otra de sus falacias (¿Estamos de acuerdo? Ed. Renacimiento, pp.65-66).

Aunque GK no esté físicamente presente el martes en la presentación del libro sobre sus obras, disfrutará con la refutación de algunas de las falacias del pensamiento moderno, mientras se estimula a la rebeldía frente al acomodamiento vital e intelectual de nuestro tiempo.

El alegre estilo de Chesterton, según Alberto Manguel

Alberto Manguel. Web personal.

Alberto Manguel. Web personal.

“Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete y, como ha señalado Christopher Morley, “sus juegos de palabras a menudo conducían a un auténtico juego de pensamientos”. Hay algo rico y detallado, colorido y ruidoso en su escritura. La supuesta sobriedad británica no encajaba con él, ni en el vestir —su capa amplia y flotante, su sombrero raído con forma de molde de budín y sus gnómicos quevedos le daban aspecto de personaje de pantomima—, ni en sus palabras —se ocupaba de retorcer y darle vueltas a las frases hasta que se extendían como una viña en flor, bifurcándose en varias direcciones con tropical entusiasmo, y florecían en varias ideas al mismo tiempo—. Escribía y leía con la pasión que pone un glotón en comer y beber, aunque probablemente con mayor deleite, y no parece haber conocido jamás los sufrimientos del escribidor inclinado sobre la página en blanco de Mallarmé, ni la angustia del erudito rodeado de tornos polvorientos” (p.11).

Con estas palabras comienza el Prólogo con el que Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) abre la que es probablemente la mejor selección de artículos de Chesterton en español: Correr tras el propio sombrero y otros ensayos (Acantilado, 2005; traducción de Miguel Temprano). Datado en París el 21.04.1996, este texto constituye otra excelente presentación de nuestro autor, un breve e intenso ensayo en el que Manguel nos cuenta brevemente la vida de GK, sus opiniones, su forma de ser y de vivir, desde su hacer cotidiano a sus relaciones con sus grandes amigos, vivos o muertos, sobre los que escribió centenares de páginas. Como había que seleccionar, he optado por dos párrafos que expresan extraordinariamente bien el estilo de Chesterton:

“En la antigua disputa entre forma y contenido, o entre sentido y sonido, Chesterton se mantuvo a medio camino. Tan sólo siguió en parte a Lewis Carroll, que había advertido: “ocúpate del sentido y los sonidos se ocuparán de sí mismos”. Chesterton creía que, si se escogía bien, el sentido podía aprovechar los efectos del sonido y elevarse ilimitado desde el entrechocar de los címbalos retóricos del oxímoron y la paradoja, de la hipérbole y la metonimia. Chesterton tendía a estar más de acuerdo con Pope, quien en cierta ocasión comparó a los seguidores del mero sonido con esa gente que acude a la iglesia “no por la doctrina, sino por la música” (An Essay on Criticism, 1771). Chesterton amaba la música de las palabras, pero era consciente de su limitada capacidad para significar algo; fuese cual fuese la doctrina que anunciasen debía ser incompleta por necesidad, simples relámpagos fortuitos más que destellos de verdad. En su estudio sobre el pintor Watts escribió: Es evidente que toda religión y toda filosofía necesitan basarse en la presunción de la autoridad o exactitud de algo. Pero podemos preguntarnos si no es más sensato y satisfactorio fundar nuestra fe en la infalibilidad del Papa, o en la infalibilidad del Libro del Mormón, que en este sorprendente dogma moderno de la infalibilidad del lenguaje humano. Cada vez que alguien le dice a otro: «Dinos sencillamente lo que piensas», está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje; es decir, está dando por sentado que hay un esquema perfecto de expresión verbal para todos los estados de ánimo e intenciones de las personas. Cada vez que alguien le dice a otro: «Prueba eso que dices; defiende tu fe», está dando por sentado que el hombre tiene una palabra para cada realidad de la tierra, o del cielo, o del infierno. Sabe que el alma tiene matices más desconcertantes e indescriptibles que los colores de un bosque en otoño; sabe que en el mundo hay crímenes que nunca han sido condenados y virtudes que nunca han sido bautizadas. Pero aun así cree seriamente que todas y cada una de esas cosas, en todos sus tonos y semitonos, en todas sus mezclas y uniones, pueden representarse exactamente con un arbitrario sistema de gritos y gruñidos. Cree que un simple y civilizado corredor de bolsa puede extraer de su interior sonidos que denoten todos los misterios de la memoria y todas las agonías del deseo. Paradójicamente, con palabras como éstas, escritas contra el poder de las palabras, Chesterton aumenta la confianza del lector en ese mismo poder que cuestiona” (pp.16-17).

¿Sabías cómo Tomás de Aquino desafió a toda la aristocracia de su tiempo? Chesterton narra su desconocida historia

Seguimos con la biografía de Sto. Tomás, sobre la que ya hemos hecho alguna entrada. Como siempre, GK es magistral en la contextualización de los acontecimientos, hasta el punto –y esto podría extenderse como un principio de su método intelectual- que no se pueden separar los personajes concretos que estudia de los tiempos en los que viven: me atrevería a asegurar que para Chesterton los tiempos son tan protagonistas como los individuos, y forma parte de su don especial mostrarnos cómo encajan.

Tomás puro ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser dominico. Taringa.net

Tomás pudo ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser un sencillo fraile dominico. Taringa.net

Tomás de Aquino era pariente de Federico II Hohenstaufen (1194-1250), Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, pertenecía a la aristocracia de la Europa de su tiempo. Una Europa que todavía recibía el nombre de Cristiandad, y en la que las contradicciones eran tan frecuentes que nuestra mente moderna y lineal ha optado por simplificar en símbolo del oscurantismo (que siempre va seguido de la palabra… medieval, claro), olvidando todas las luces que brillaron, algunas con tanta intensidad que todavía iluminan hoy:

Tomás de Aquino, de una manera extraña y algo simbólica, surgió justo en el centro del mundo civilizado de su tiempo, en el nudo central de las potencias que entonces controlaban la Cristiandad. […] Nació en la púrpura, casi literalmente en la cenefa de la púrpura imperial, porque el Sacro Emperador Romano era primo suyo. Habría podido blasonar su escudo con la mitad de los reinos de Europa, si no hubiera tirado el escudo a la basura. Era italiano, francés, alemán y europeo, en todos los sentidos. […] Pero conviene recordar que vivió en la Era Internacional en un mundo que era internacional en un sentido del que ningún libro moderno, ningún hombre moderno, pueden dar idea (02-01 y 02).

En el cap.2º, El abad fugitivo, GK nos muestra la familia de Tomás –dispuesta a secundar los deseos del Emperador- arrasando la abadía benedictina de Montecassino, por haberse mostrado ‘demasiado’ próxima al Papa, como por otra parte, era lógico. Pero una época tan compleja no veía extraño que Tomás, el benjamín del conde Landulfo de Aquino, que había expresado su deseo de dedicarse al servicio de Dios, fuera a su vez propuesto poco después –como noble que era- para ser abad del propio Montecassino. Y entonces descubrimos la fuerza de voluntad del joven Tomás:

En la medida en que podemos seguir unos hechos algo oscuros y controvertidos, parece que el joven Tomás de Aquino se presentó un buen día en el castillo de su padre y anunció con gran calma haberse hecho fraile mendicante de la nueva orden fundada por el español Domingo. Fue como si el primogénito del señor se presentara en su casa y alegremente informara a la familia de haberse casado con una gitana; como si el heredero de una casa ducal tory declarase que al día siguiente se iba a la ‘marcha del hambre’ organizada por presuntos comunistas.
Gracias a esta circunstancia –como ya se ha señalado- podemos calibrar bastante bien el abismo que separa el monacato antiguo del nuevo, y el terremoto que fue la revolución dominicana y franciscana. Había parecido que Tomás quería ser monje: silenciosamente se le abrieron las puertas, y se allanaron las largas avenidas de la abadía, se tendió hasta la alfombra –por así decirlo- para conducirle hasta el trono de abad mitrado. Pero dijo que quería ser fraile y la familia se le echó encima como una manada de fieras: sus hermanos le persiguieron por los caminos, quisieron arrancarle el hábito de los hombros, y finalmente le encerraron en un torreón como a un lunático.

No es fácil rastrear el curso de esta furiosa disputa familiar, y cómo pudo finalmente pasar contra la tenacidad del joven fraile. Según algunos relatos, la desaprobación de su madre duró poco, y ella se puso de su lado; pero no sólo sus parientes se enzarzaron. Podríamos decir que la clase central gobernante de Europa, compuesta en parte por su familia, se alborotó a cuenta del deplorable muchacho. Hasta se le pidió al Papa que interviniera con tacto y, en determinado momento se propuso que se le permitiera a Tomás vestir el hábito dominicano, siempre que actuara como abad de la abadía benedictina. Para muchos habría sido un prudente compromiso, pero a la estrecha mente medieval de Tomás de Aquino no le gustó nada. Insistió tajantemente en que quería ser dominico en la Orden Dominicana y no en un baile de disfraces, y la diplomática propuesta se abandonó.

Tomás de Aquino quería ser fraile. Fue un hecho escandaloso para sus contemporáneos, y aún para nosotros no deja de ser un hecho enigmático. Ese deseo, limitado literal y estrictamente a esa declaración, fue la única cosa práctica a la que su voluntad se aferró con diamantina obstinación hasta su muerte. No quería ser abad, no quería ser monje, no quería ser ni siquiera prior ni cabeza de su confraternidad, no quería ser fraile eminente ni importante: quería ser fraile. Es como si Napoleón se hubiera empeñado en ser soldado raso toda su vida.
Algo había dentro de aquel caballero corpulento, tranquilo, cultivado y bastante académico, que no se sentiría satisfecho hasta verse declarado y certificado mendicante por proclamación autorizada y pronunciamiento oficial irreversible. El caso era tanto más interesante porque –aunque cumpliera con su deber centuplicado- no tenía nada de mendicante ni era probable que fuera un buen mendicante. De suyo no había en su manera de ser nada de vagabundo, como en sus grandes precursores: ni había nacido con algo de ministril errante como San Francisco, ni con algo de misionero andariego como Santo Domingo.
Pero insistió en someterse a ordenanzas militares para hacer aquellas cosas al dictado de otros, llegada la ocasión. Se le puede comparar con algunos de los aristócratas más magnánimos que se han alistado en ejércitos revolucionarios, o con algunos de los mejores poetas y eruditos que se ofrecieron voluntarios como soldados rasos en la Gran Guerra.
Algo del coraje y la congruencia de Domingo y Francisco había apelado a su profundo sentido de la justicia y –aunque siguiera siendo una persona muy razonable y hasta diplomática- jamás permitió que nada quebrantase la férrea inmutabilidad de aquella única decisión de su juventud, ni se dejó apartar de su alta y encumbrada ambición de ocupar el lugar más bajo
(02, 12-14).

‘Chesterton o el atletismo visual’, de Juan Lamillar

Juan Lamillar, autor del prólogo de 'Enormes minucias', de Chesterton

Juan Lamillar, autor del prólogo de ‘Enormes minucias’, de Chesterton. Foto: El correo de Andalucía

Juan Lamillar es un poeta y escritor español nacido en Sevilla en 1957. Es autor del prólogo a la edición de Enormes minucias que realizó Espuela de Plata en 2011, el texto que ofrecemos esta semana a nuestros lectores: GK Chesterton o el atletismo visual. Es un texto breve -en mi opinión demasiado ‘pegado’ al contenido del libro-, algunos de cuyos 39 artículos comenta o anticipa. La parte más personal es la primera, de la que bien vale la pena reproducir algunos párrafos:

“Uno de los principios de Chesterton es que el mundo podría no existir y el hecho de que exista ya es maravilloso. Un buen comienzo, pues, para instalarse en esa jovial maravilla inabarcable: la perplejidad que produce la vida emana de haber en ella demasiadas cosas interesantes como para que podamos interesarnos debidamente en ninguna de ellas, nos dirá en uno de los artículos (El secreto del tren) de este volumen.
Ese continuo asombro no suponía conformismo alguno y no le impidió mantener y argumentar unas firmes posturas. Combatió incesantemente los que él consideraba errores modernos, el racionalismo y el cientifismo, con buenas dosis de sus personales antídotos: la fe y el sentido común.
En muchas de sus campañas y reivindicaciones Chesterton aparece como un solitario frente a la mayoría. Singular y heterodoxo en su defensa de la ortodoxia, nunca se permitía tomarse a broma sus creencias. En una época en que se interesó por el ocultismo y el espiritismo, él era el único de los asistentes a las sesiones que creía en el demonio” (pp.9-10).

Como se ve, Lamillar capta bien el sentir de GK. Y lo expresa mejor aún cuando justifica el título que le ha dado a su texto introductorio:

“En el artículo que da título al volumen (Enormes minucias), un hada transforma a dos niños: a uno, lo convierte en gigante; a otro, en pigmeo. El gigante (y aquí hay una alusión a los exóticos escritos de Kipling) puede atravesar océanos y cruzar continentes. El pigmeo, sin embargo, puede ver lo extraordinario en lo ordinario. Así, en estas cuatro decenas de artículos, como en los centenares que le seguirían, Chesterton nos invita, nos exige más bien, a ejercitar la vista hasta descubrir lo asombroso escondido en lo cotidiano. Nos invita a convertirnos en ‘atletas visuales’. Deberíamos, pues, tras estas lecciones, intentar escribir ensayos sobre un gato callejero o una nube de color» (p.14).

La propuesta final de Lamillar que se la apliquen poetas y escritores. La mayoría nos conformamos con disfrutar leyendo a Chesterton, pues con él sabemos que en el mundo nunca escasearán los milagros, sólo el asombro (Enormes minucias, p.23).