Las formas de vida idóneas son idóneas para todas las formas de vida. Ahora bien, nunca hay que imponerlas estatalmente, es decir, «ni socialista ni capitalistamente». En todo caso, hay que dar un gran margen a la libertad, lo cual no supone el olvido o descarte de la bondad del sistema de formas de vida idónea.
No se debe perder de vista jamás la existencia de unos principios y los objetivos de referido sistema. Tener muy clara la finalidad del sistema. Por ello, debemos hacernos todos con la virtud de la paciencia, que nos permitirá llevar a cabo mejor las percepciones de las diferencias; y, consecuentemente, actuar conforme a las distintas intensidades, velocidades y perfecciones de diferente grado. El amable rigor del sentido común nos situará y hará situar a cada persona en su profesión o quehacer. Finalmente, conscientes de nuestras herencias recibidas -monasterios románicos, incluidos- pero con amplitud de miras, aceptar y adaptar los avances de las nuevas tecnologías.
Esta nota será mejor captada si leemos las propias palabras de G.K. Chesterton, en el bellísimo colofón del capítulo IV de la 1ª parte de Esbozo de sensatez (párrafo 04-13):
«Sabe cuál es su principal propósito, pero -como no es tonto de nacimiento- no cree que pueda lograrlo en todas partes con la misma intensidad, ni de manera igualmente pura, sin mezcla con otra suerte de cosas.
El jardinero no relegará las capuchinas a la huerta porque se sepa que alguna gente extraña las come. Ni se clasificará como flor una hortaliza porque se llame coliflor.
De modo que no excluiríamos de nuestro jardín social toda máquina moderna, así como tampoco excluiríamos todo monasterio medieval.
Y por cierto que la parábola es harto apropiada, porque ésta es la clave de juicio humano elemental que los hombres no perdieron nunca hasta que perdieron sus jardines: así como ese juicio superior que es más que humano se perdió con un jardín hace mucho tiempo.

