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Conclusión de ‘La increíble tendencia del ser humano a minusvalorar su felicidad’, de Chesterton

Dice Enrique Gª-Máiquez que cada aforismo de GK es como un holograma de su pensamiento. La ‘Introducción’ a El acusado -que ayer analizábamos en su primera parte– es una síntesis de su pensamiento y de su obra. Cualquiera que desee introducirse en el pensamiento de Chesterton, debería empezar por ella, que es precisamente uno de sus primeros ensayos.

El juicio final, de Miguel Ángel

El juicio final, de Miguel Ángel

Suele hablarse del pesimista como de un hombre en rebelión. Pero no es así. En primer lugar, porque hace falta cierta alegría para permanecer en rebelión. Y, en segundo lugar, porque el pesimismo apela al lado más débil de cada uno, y el pesimista, por tanto, regenta un negocio tan ruidoso como el de un tabernero. La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, el que por lo general vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como es el de convencer a los demás de lo buenos que son.

En el Chestertonblog hemos mostrado cómo GK aplicaba una frase parecida a Dickens: El verdadero gran hombre es el que hace que todo humano se sienta grande. Es un criterio de rebeldía: no es suficiente no aceptar las cosas que no están bien: es necesario un impulso benéfico en los demás. Este criterio lo cumple GK a la perfección, te hace sentir mejor de lo que eras antes de leerlo: aprendes, pasas un rato agradable y te infunde una confianza y una tranquilidad en uno mismo y en la especie humana, aunque sea planteando cosas tan terribles como las que afirma en esta entrada, porque introduce siempre un punto de esperanza, a pesar de los pesares, como sigue diciendo:

Se ha demostrado más de un centenar de veces que si verdaderamente queremos enfurecer incluso mortalmente a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios. Conviene recordar que Jesucristo no fue crucificado por nada que dijera sobre Dios, sino por el cargo de haber dicho que un hombre podía derribar y reconstruir el Templo en tres días. Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley, han sido optimistas. Se han indignado no ante la maldad de la existencia, sino ante la lentitud de los hombres en comprender su bondad. El profeta que es lapidado no es un alborotador ni un pendenciero. Es simplemente un amante rechazado. Sufre un no correspondido amor por todas las cosas en general.

Aparece otro de los grandes temas de GK, nuevamente a caballo entre la antropología y la psicología: el estudio de las actitudes: optimismo y pesimismo serán dos de sus vocablos más utilizados a lo largo de toda la existencia. Su sentido analítico y filosófico le conducirá siempre a fijarse no sólo en lo que dice la gente, sino desde dónde lo dice, cuál es su postura ante la realidad de la que trata en su texto, o en su conversación: y siempre será una señal de la sensatez que veremos en seguida.
Surge la mención de la revolución. En Ortodoxia, GK muestra su simpatía por los revolucionarios. Pero una cosa es estudiar el pasado y otra comprobar los horrores del presente revolucionario: en Esbozo de sensatez (1927) señalará varias veces que es mejor cambiar las cosas poco a poco que a través de una revolución, porque ya se sabe lo que ha hecho la Revolución soviética y no querrá que lo mismo ocurra en Inglaterra.
Y vuelve la ortodoxia: para GK es inconcebible que los seres humanos rechacen el mejor mensaje que se les puede hacer: decirles que son hijos de Dios. Quizá no lo comprenden, quizá no lo quieren comprender. Pero para él resulta sorprendente: según relatan sus biógrafos (cf. Pierce, Seco, Ward), GK resultaba divertido entre sus colegas cuando hablaba de estas cosas… hasta que se dieron cuenta de que iba en serio, y entonces muchos comenzaron a desconcertarse, y él a sentirse aún más a gusto, polemizando con ellos. La paradoja es que –siendo librepensador, como lo fue- fue tan libre que quiso abrazar la única fe que los librepensadores tienen prohibido aceptar: la de declararse hijos de Dios. Y esto nos conduce por tanto a otra paradoja: aceptando esos dogmas exteriores, Chesterton fue precisamente él mismo, y cumplió su propio criterio, como vimos en la entrada de ayer.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.

Ahora se entremezclan el GK filósofo -que considera bien y mal- con el sociólogo del conocimiento y la cultura, que se detiene en la forma en la que las ideas se difunden y arraigan en la sociedad. En seguida lo explicará mejor, pero ver cómo se construye una forma de percibir el mundo –particularmente la Modernidad, como hemos señalado- contraria a la realidad de las cosas buenas que contiene le resulta tan desconcertante que lo marcará para siempre. Ya se iban formando sus mimbres de profeta y caballero, pero asentadas sobre unas sólidas bases analíticas, construidas con sus poderosas dotes intelectuales: nada que ver con el profeta callejero que se puede ver en algunas ciudades norteamericanas. Cada frase de Chesterton, cada ironía, cada chestertonada o paradoja, unirá una intuición peculiar con una fuerte dosis de razonamiento.

Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie, ni siquiera un lunático, podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno; pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo. Habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.

Aparece aquí otro de los elementos esenciales del método de Chesterton: la absoluta necesidad de la comparación para comprender y comprendernos. El mundo moderno –y esto es sociología del conocimiento otra vez- tiene tal idea de dominio, control y perfección que lo que no se ajuste a eso, será considerado un desastre: es un mundo de expectativas frustradas: todo tiene que ser perfecto. Podríamos poner decenas de ejemplos de la vida cotidiana personal o del funcionamiento de las grandes o pequeñas estructuras sociales y políticas. La consecuencia ya la sabemos: el pesimismo ha echado raíces en nuestra cultura, por lo que paradójicamente tienen que circular continuamente los mensajes que nos recuerdan que estamos hechos para la felicidad –ver Twitter-, aunque sin fundamento alguno, pues el  verdadero -ser hijos de Dios- ya ha sido rechazado.
Por la misma razón, Chesterton se pondrá a estudiar historia y hacer un continuo ir y venir del pasado al presente para ayudar a comprendernos mejor. Surge otro perfil de GK: quizá nunca fue un historiador convencional –un buscador de evidencias del pasado- pero sí fue un magnífico intérprete de la historia, como comprobamos en El hombre eterno o Breve historia de Inglaterra.

Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.

Si hay un concepto nuclear en el pensamiento de Chesterton es el de sensatez: el día que describamos lo que GK entendía por sensatez –sanity, quizá más expresiva en inglés- tendremos sin duda que acudir a esta Introducción, recomponiéndola, pero no cabe duda que expresiones como la anterior –derribar de una patada la escalera por la que acabamos de subir– o la siguiente –tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar– revelan la inquietud que Chesterton siente ante los errores que sus contemporáneos están cometiendo y han cometido a lo largo de los siglos.

Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.

Y es que la Modernidad se afana en el progreso por el progreso, por el adelanto en sí mismo: sabemos que Freud afirmaba que era necesario ‘matar al padre’ –en sentido simbólico, lógicamente- pero ese negar la bondad de lo que nos precede nos conduce a nuestra actual orfandad y despiste. Para evitarlo, Chesterton se complicó absolutamente la vida, a través de sus empresas periodísticas: enseñó a razonar y a ver el mundo con ojos de niño, mostró que el pasado no es tan terrible como nuestros intelectuales afirman, nos señaló la sensatez y la importancia del hogar y la amistad. Fue profeta porque amaba al mundo y a los hombres. Y así, descubrió su vocación:

Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado cuando los mundanos desprecian el mundo; que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

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A vueltas con el estilo de Chesterton

Entender, conocer, comprender. Aún más, amar. Esto es lo que  hace Chesterton con la palabra. Al leerlo, nos sentimos acompañados, comprendidos, estimados profundamente. Su lectura -además y sobre todo- tiene la cualidad feliz de elevarnos. De llevarnos más allá, desde el cuento o la anécdota a lo misterioso. Y, finalmente se nos muestra, más que un enamorado del saber, un amoroso seguidor del Creador. Por todo ello, G.K. Chesterton, disfrutando y sufriendo la belleza y, a la vez, la dureza, la impenetrabilidad e imperfección de la palabra, acomete el intento de decir, de decirse y de decirnos.

Moisés de Miguel Ángel. Domuspucelae.blogospot.com

Moisés de Miguel Ángel. Domuspucelae.blogospot.com

Es el intento humano de aprehender lo sublime. El autor es consciente de que renunciar al empeño, es cobardía, bajeza y acción ajena al buscador de la verdad. Chesterton al enfrentarse al objeto de sus textos, utiliza un registro común o estándar de lengua; si bien, pronto cae en la cuenta de la insuficiencia del mismo y en ese punto -a pesar de que el registro se encuentre adelgazado por la normativa de la composición clásica y culta- insufla a sus escritos toda suerte de figuras retóricas, más o menos cargadas de barroquismo (hiperbaton, quiasmo, anadiplosis, anáfora, paronomasia, etc.). No obstante, nuestro autor, en no pocas ocasiones, parece quedar agotado al contemplar la inexactitud de la palabra. Retomando el estilo y la pluma, Chesterton recala en aquellos desvíos formales que pretenden adentrarse en la cara oculta de la correspondencia verdad-palabra. Surge, en este momento, la lucidad de la ironía y de la paradoja. Con estos instrumentos, ¿alcanza GKC la exacta acomodación de la palabra a su referente? Pienso que no; aunque logra algo que sólo pertenece a las inteligencias altas: rompe el lugar común e insustancial, la dislocada frase hecha, el refrán zafio y, lo más notable, desalienta la estupidez.

Entonces, ¿queda nuestro autor satisfecho de la expresión literaria de sus textos? Por humildad, sí. Autocríticamente, creo que la desazón de saber que es mejorable, le lleva a entablar una lucha encarnizada contra la expresión, como fiel hijo de su tiempo. Sí, no es una lucha por la expresión (Fidelino de Figueredo), sino una lucha contra la expresión. La palabra es un material marmóreo al que hay que romper con el martillo y burilar y cincelar y lijar y pulir, para que al final el Moisés de San Pietro in Vinculis nos embelesemos con su grandiosidad y, al par, nos hable con aquella escultura inigualada que no es Moisés ni tampoco aquella pieza recogió del Sinaí las Tablas. Igual, la palabra. Aquí nos vienen a la memoria San Juan de la Cruz y Fr. Luis de León. Aquí la voz de Verlaine ante la angustia de significar, nos habla:

De la musique encore et toujours!
Que ton vers soit la chose envolée
Qu´en sent qui fuit d´une âme en allée
vers  d´autres cieux a d´autres amours.

Tras el esfuerzo me atrevo a pensar en un Chesterton orando con un verso similar al de nuestro Juan Ramón Jiménez:

Señor, dame el nombre exacto de las cosas

Perfiles de Chesterton

 GK Como me gustaria ser  GK Como soy

 Dos perfiles de GK -el real y el ideal-, por él mismo. Reproducidos en Los países de colores (Valdemar)

Tenemos la idea de ofrecer en el Chestertonblog un conjunto de perfiles de Chesterton. De momento, ha aparecido de manera más o menos elaborada el de periodista -tal como Chesterton se definió a sí mismo en numerosas ocasiones- y el de autor de aforismos. La idea sería construir una página permanente que presente esa panorámica y estén disponibles en cualquier momento a cualquier llegado al blog. 

Un perfil es una línea o conjunto de líneas que esbozan una idea: no es un retrato completo, pero permite una aproximación. Es un planteamiento similar al que propone el propio Chesterton en Esbozo de sensatez, a cuyo análisis introductorio remitimos. Cuando uno piensa en los perfiles de Chesterton, éstos se pueden dividir en claramente en dos clases bien diferenciadas.

1.- Aquellos perfiles cuya realidad no se puede negar, de la misma forma que –en el plano físico- nadie, ni siquiera él mismo –que se autocaricaturizó mil veces- podría negar que era un tipo grandote y más bien torpe de movimientos.
2.- Los perfiles que denomino ‘paradójicos’, que se refieren sobre todo a determinados perfiles académicos: filósofo, sociólogo, antropólogo, psicólogo o incluso profeta. Reunió rasgos que permitían incluirlo como tal, pero también otros muchos otros que impedían que esas señas de identidad se le ajustaran perfectamente. Si su cuerpo era grande y no cualquier prenda le sentaba bien –por eso acabó utilizando esa especie de capa española grande y generosa-, su mente era más grande todavía. Se entenderá mejor cuando describa los ejemplos que glosaremos poco a poco. 

Mi colega Ricardo Duque, profesor de Sociología en la Universidad de Sevilla, insiste siempre en que los universitarios vivimos bajo el ‘síndrome de Rumpelstinkin’ –el famoso enano saltarín-. Tiene toda la razón, porque necesitamos poner nombres a las cosas, distinguir y separar, clasificar y ordenar. Quizá no debería preocuparme tanto por este problema, y aceptar como dice Dale Ahlquist, uno de los mayores expertos: “Nunca se ha resaltado lo suficiente que Chesterton fue un pensador completo. Por esto supone tal reto para el mundo moderno. Hemos llegado a preferir el pensamiento incompleto y las cosas fragmentadas. De esa forma, no tenemos que pensar en nuestras contradicciones; por eso, no nos preocupa que nuestro trabajo contradiga nuestros ideales o que nuestras ideas políticas contradigan nuestra fe, porque mantenemos cada una de ellas en compartimentos estancos. Pero Chesterton fue verdaderamente consecuente” (GK Chesterton, El apóstol del sentido común. Voz de Papel, 2006, p.24).

Sin embargo, una cosa es considerar el pensamiento de Chesterton y otra no poder dejar de ver las múltiples facetas de su gigante figura. La tarea no es fácil, porque la realidad se resiste, es ambivalente. Nada mejor que unas palabras del propio GK en El hombre que fue jueves: a propósito he procurado que no fueran sobre él mismo, para mostrar cómo él veía a los demás: son los ‘perfiles’ de los habitantes de Saffron Park, donde comienza la novela: Aquel joven –los cabellos largos y castaños, la cara insolente- si no era un poeta, era ya un poema. Aquel anciano, aquel venerable charlatán de la barba blanca y enmarañada, del sombrero negro y desgarbado, no sería un filósofo ciertamente, pero era todo un asunto de filosofía. Aquel sujeto, científico –calva de cascarón de huevo, y el pescuezo muy flaco y largo-, claro es que no tenía derecho a los muchos humos que gastaba: no había logrado, por ejemplo, ningún descubrimiento biológico, pero ¿qué hallazgo biológico más singular que el de su interesante persona?” (El hombre que fue Jueves, Ed. El País, 2003, pp.9-10. Traducción de Alfonso Reyes).

Presentación de ‘El acusado’, de Chesterton

El primer libro de ensayos de Chesterton es de 1901 y se llamó El acusado (The defendant, publicado en España por Espuela de Plata, 2012), una selección de 16 artículos publicados en The Speaker -el medio que lo hizo saltar a la fama- con el hilo común –ya suena muy chestertoniano- de defender lo GK consideraba amenazado o desprestigiado.

Portada de la edición de 1901

Portada de la edición de 1901

Mañana domingo publicaremos la introducción a la primera edición. Aunque las primeras ediciones suelen ser las más cotizadas por los coleccionistas, en este caso se da más valor a la segunda, de 1903, porque Chesterton añadió una Defensa de una nueva edición que completó la pieza para siempre en sus 18 ensayos definitivos.

En el libro se defienden las novelas baratas, las promesas arriesgadas –que ya apareció en el blog-, los esqueletos, las novelas de detectives, la humildad, los planetas, los niños, la jerga, las cosas feas o la publicidad. En suma, un elenco muy característico.

Como dice Luis Daniel González en Bienvenidos a la fiesta, “son un intento de ver la cara positiva de realidades que, con frecuencia, se critican; y, al mismo tiempo, de mostrar cómo, con frecuencia, lo que se critica no es lo que verdaderamente merece ser criticado”. Como siempre, GK toma partido por las cosas populares y débiles, frente a lo snob o la pretendida superioridad: ya aparece ese talante caballeresco que le hace situarse al lado del que más lo necesita. Y esto, por dos razones: la primera por defender esas cosas por sí mismas. Pero también por los demás, es decir, por nosotros, para hacernos ver el valor de las cosas a las que nos hemos acostumbrado y por tanto, dejado de apreciar. Esta explicación se halla en la Introducción que hemos seleccionado.

Hemos comenzado a realizar una serie de perfiles de Chesterton: en el texto de mañana vamos a encontrar dos: el caballero de las causas perdidas –no en vano escribió en 1927 la novela ‘El retorno de D. Quijote”, y el profeta, esa persona perennemente inconformista y mal considerada por los demás: La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, que por lo general vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como es el de convencer a los demás de lo buenos que son. Y para demostrarlo, tomo prestado de nuevo a L.D. González otro fragmento, de Defensa de la heráldica, en el que “habla de lo que se ha perdido con la desaparición del colorido propio de un mundo aristocrático y con la llegada del igualitarismo ramplón, en el que al ciudadano común no se le dice eres tan bueno como el duque de Norfolk sino que, con una fórmula supuestamente más democrática, se le contenta con un el duque de Norfolk no es mejor de lo que tú eres”.

Dicen que los grandes genios han realizado su principal aportación antes de los 26 años, y se pone como ejemplo a Einstein, que tenía esa edad cuando formuló su famosa ecuación de la relatividad. Pues bien: Chesterton tenía 26 cuando –al realizar la recopilación de textos- escribió la Introducción, que considero parte de los textos más importantes de GK. Dale Ahlquist parece opinar lo mismo cuando afirma “Chesterton, como Atenea de la cabeza de Zeus, emergió completamente formado y listo para la batalla. Estos dieciséis ensayos no sólo marcan el tono del resto de ensayos que escribiría, sino que revelan la plenitud de pensamiento de la que haría gala toda su vida”.

Mañana domingo, la IntroducciónEl acusado.

Versos de Chesterton para el Día de los Enamorados

Eestrellas para Nocturno

No sé desde cuándo San Valentín es el patrón de los enamorados. Pero si aún no tuviéramos un personaje que simbolizase el amor entre un hombre y una mujer, tendríamos que proclamar a Chesterton, que desde siempre estuvo maravillosamente enamorado de Frances, a la que dedicó esta poesía: 

NOCTURNO
LAS estrellas, ¡millones de ellas!, brillan
y nadie más que Dios sabe su número.
Pero una sola, ¡ella!, fue escogida
aun antes de nacer para mí sólo.
Cómo puede encontrar alguien su amor
y no volverse loco?

AT NIGHT
HOW many millions stars there be,
That only God hath numbered;
But this one only chosen for me
In time before her face was fled.
Shall not one mortal man alive
Hold up his head?

Los versos están tomados de Lepanto (Renacimiento, 2003, pp.62-3), y la traducción es de Enrique García-Máiquez.

¿Etapas en los escritos de Chesterton?

Al incrementar nuestra colección de prólogos y escritos en castellano, hemos advertido que la edición del estupendo El hombre corriente carece de prólogo, pero tiene una contraportada de Abelardo Linares -el hombre del millón de librosautor de la excelente versión- que puede hacer sus veces porque suscita cuestiones especialmente relevantes con respecto a Chesterton. Es un texto breve pero de los más intensos que haya sobre nuestro autor, y la recojo a continuación:

Abelardo Linares

Abelardo Linares

“Suele escribirse que el Chesterton más divertido y discutidor fue el juvenil y primero, el de antes de su conversión al catolicismo. Equivocadamente. Chesterton fue Chesterton desde el principio, pero también hasta final. Así lo demuestra El hombre corriente (1936), el último de sus libros, o al menos el último del que corrigió pruebas, y que apareció unos pocos días después de su muerte. Y también uno de los más combativos y retadores, e incluso puede que el más quijotesco entre los suyos, por su afán en arremeter contra los molinos de la modernidad; de la modernidad entendida como un molino de viento. Chesterton defiende o ataca en estas páginas al hombre corriente, el nudismo, la vulgaridad, los grandes tontos, nuestra idea del progreso o de la educación, el patriotismo… y nos dice cosas como que existen dos tipos de vándalos: los antiguos, que destruían edificios; y los modernos, que los construyen.
Existen multitud de malentendidos literarios respecto a Chesterton pero (a diferencia de lo que pasa con los escritores de moda) todos en contra de Chesterton. Muchos no leerán nunca a Chesterton porque piensan (es un decir) que fue un escritor de derechas, un amable conformista. Algunos lo seguimos leyendo porque sentimos que tras la máscara de su humorismo se ocultaba un rebelde y que muchas de sus rebeldías siguen aún vivas”.

Tiene pues, dos ideas principales:
1. Que GK es un rebelde y un quijote, que se merece un montón de comentarios.
2. El mito de que el Chesterton más divertido es el de la primera época, antes de su conversión, que el mismo prologuista deja claro que es erróneo.

Yo mismo sostengo –y trataré de mostrar en las páginas –perdón, en las entradas- de este blog, que más que hablar de dos etapas, habría que hablar de tres. Pero ahora me centraré en un posible origen de esa división en dos partes.

No sé si hay reputados autores que sostengan este criterio. Puede deberse en parte a lo escrito por Ada Jones en Los Chestertons (Renacimiento, 2006, pp.104-105). Desde luego, Ada no sólo es una excelente escritora, sino que tiene el don de hacer que parezca verosímil todo lo que cuenta y como lo cuenta. Puesto que es un documento existente, voy a recogerlo a continuación, pero precisa una interpretación: hay que leer el texto de Aidan MacKey en Chesterton de pie (Ver reseña en el Chestertonblog) para entender el arrogante carácter de Ada, que se sentía poseedora de la única verdad verdadera:

“Siempre he sostenido que lo más vital en la obra de Gilbert fue escrito en la época anterior a su ida a Beaconsfield. [Gilbert y Frances se trasladaron de Londres a Beaconsfield, Buckinghamshire, en otoño de 1908] Vivirá, creo yo, como un poeta más que como un filósofo, y su fama futura se cimentará en aquellas soberbias fantasías The Napoleon of Notting Hill, The Man who was Thursday y The Ball and the Cross. Lepanto debe seguramente subsistir, con algunos de sus poemas líricos, como The Donkey, con su inmortal sentido de la visión y de la atracción, juntamente con parte de The White Horse. Pero estas obras datan de sus días de Fleet Street, donde The White Horse fue primeramente concebido; recuerdo la tarde en que nos expuso a Cecil y a mí la idea.
Compárese luego la osadía, la agudeza, el indestructible sabor de The Defendant y de otros volúmenes de sus primeros ensayos, con la monotonía de The Thing, donde siempre me parece que está arguyendo consigo mismo. Las paradojas que como vivaces conejillos solían antes saltar de su pluma mágica, brotaban ahora cansadas, casi automáticas, tan parecidas unas a otras que se hacían pesadas. Sólo alguna que otra vez, desde que se mudó al ‘dormitorio’, volvió a encontrar su antiguo ‘élan’, como en Magic y en su Life of R.L. Stevenson, ocasiones en que parece poseído por el regocijo de colegial que ha descubierto una nueva puerta por donde escaparse de su encierro.
Gilbert siguió siendo siempre un adolescente, pero su inquieta imaginación no estuvo nunca embotada hasta que la barrera de Beaconsfield le separó de sus semejantes en mentalidad y de sus amigos. Después que se cerró la puerta, durante años se quedó recluido en sí mismo. Esto hizo más difícil el excitar sus facultades para la lucha”.

El tercer párrafo muestra lo contradictorio del texto de Ada Jones, pues si algo caracteriza a Chesterton, fue el haber sido un luchador hasta los últimos días de su vida, como vemos en su constante implicación social y especialmente al hacerse cargo de las empresas periodísticas de su difunto hermano Cecil, que le supuso un grandísimo esfuerzo. En mi opinión, es cierto que cambia un poco el estilo y los temas, como mostraré, pero sólo en cierta manera superficial. Y sobre todo, GK nunca dejó de ser el rebelde que nos dice Abelardo Linares. Si no fuera así, no tendría sentido el Chestertonblog.

Chesterton en la #GrinWeek de la Universidad de Granada

Me han pedido en la desconferencia de la #GrinWeek 2014 de la Universidad de Granada que mostrase a todos por qué Chesterton es un escritor para nuestro tiempo, en cinco minutos. Ésta ha sido más o menos mi exposición:

GrinWeek ugr 3

Cuando Chesterton (1974-1936) quiso ser pintor, con 19 años, entró de lleno en un ambiente decadente, egotista y pesimista, que estuvo a punto de arrastrarlo. Su afición a la narrativa –especialmente, el optimismo de autores como Dickens, Whitman, Browning y otros- le animó a romper con aquello, comprendiendo que cualquier aventura, especialmente la aventura de la vida –para serlo verdaderamente-, está llena de condiciones y limitaciones, al tiempo que debíamos estar profundamente agradecidos por el don de la vida. Acabó dedicándose al periodismo y la literatura.

Chesterton poseía unas dotes extraordinarias para el análisis de cuanto veía, especialmente para advertir las últimas consecuencias tanto de los razonamientos como de las acciones humanas y su relación mutua. Comparó la vida con un misterio, con una especie de cerradura, cuya llave había que encontrar. La llave debía reunir determinadas condiciones: tener la posibilidad de superar el pesimismo, sin caer en el optimismo ingenuo; permitir disfrutar de la vida y de los bienes, sin hacerlos fines en sí mismos; debía ser reconocer en el prójimo a un igual y, por último, debía tener un equilibrio entre todas las facultades del ser humano, que debía vivir en libertad y sensatez, sin obsesionarse con romper limitaciones absurdas, que enriquecían la vida: Como lo suelen hacer los chicos precoces, yo quise adelantarme a mi tiempo; como ellos, quise adelantarme, aunque fuera unos diez minutos, hacia la hora de la verdad. ¡Y todo para descubrir, a la postre, que andaba yo atrasado en unos mil ochocientos años! (Ortodoxia, Cap.1).

Así, encontró que su propuesta existía ya desde hacía XIX siglos: era la respuesta cristiana y –atraído especialmente por el apasionamiento de San Francisco y el sentido común de Santo Tomás, autores que biografiaría más tarde- comenzó su acercamiento al cristianismo, aunque no se hizo católico hasta 1922, con 48 años.

Mientras tanto, desarrolló su filosofía de la sensatez: se dio cuenta de que las tradiciones era depositarias de un sorprendente grado de sentido común, mientras que el mundo moderno exaltaba lo nuevo por lo nuevo, en un afán de cambiarlo todo, que hacía más ricos a los ricos y llenaba la cabeza de la gente corriente de ideales atrayentes pero insensatos –como la confianza en sí mismo (superhombre), el progreso científico que nos traería un nuevo mundo, el crecimiento del Estado que de acuerdo con las grandes empresas creaba un sistema capitalista que establecía para la mayoría una nueva forma de servidumbre en una sociedad salarial, en vez de hacernos propietarios.

Chesterton desconcertaba en el ambiente puritano de su época, por el sentido disfrutador que daba a todo lo que hacía, pero su sentido placer agradecido trascendía el materialismo del carpe diem. Tenía unas cualidades singulares: era muy simpático y divertido, en su trato y en sus escritos, llenos de agudeza en un estilo peculiar; fue siempre muy respetuoso: criticaba rigurosamente las ideas de los demás, sin atacar a las personas. Y no tenía enemigos a pesar de su incorrección política: en su día se hizo famoso criticando el imperialismo británico y defendiendo a los conquistados, pero aún hoy nos recuerda que el divorcio sólo es una superstición que arregla pocas cosas y no nos hace más felices.

Chesterton fue y es querido y admirado por personas de todas las tendencias políticas y sociales y traducido por editoriales de todo signo ideológico. Es muy famoso por sus citas, pero su profundo pensamiento es muy útil para el mundo de hoy, por su capacidad crítica ante los ideales que la sociedad tiene comúnmente aceptados, particularmente un orden social y económico que nos ofrece lujos, pero nos hace dependientes, una ciencia que promete la solución técnica de todos los problemas y un orden cultural que nos tiene entretenidos, mientras nos hace creer que pensamos por nosotros mismos.

A Chesterton le encantaban las paradojas: una de sus ideas principales es que el ser humano siempre está buscando su hogar, pero a veces, para encontrarlo tiene que dar la vuelta al mundo. También es paradójico que sus planteamientos vitales cuadren perfectamente en el contexto de la ética hacker que –comenzando en el mundo de los informáticos- hoy se abre camino entre profesionales de diversos ámbitos: hay que recuperar la pasión, el sentido común, la creatividad la sensatezPara glosar su pensamiento y aprender a pensar como él, se hizo el Chestertonblog.

Chesterton a los ojos de otros periodistas

Para concluir el perfil de Chesterton como periodista (partes 1ª -su propia versión-  y 2ª -su curriculum-) reunimos unos cuantos testimonios que manifiestan cómo le vieron algunos de sus coetáneos. Vamos a comenzar con WR Titterton, que conoció a GK mucho antes de trabajar con él: de hecho, Chesterton le nombró director del GK’s Weekly y desempeñó este cargo durante varios años. Dice Titterton: “Gardiner era un buen director [del Daily News] […] porque lanzó a GKC a una serie de artículos dominicales que tuvieron el efecto de doblas las ventas del News en las ediciones en que aparecían, colaboración que duró muchos años. Es más esos artículos fueron el comienzo de una controversia, continuada por Chesterton en muchos periódicos, reseñas y libros hasta el día de su muerte, que ha tenido y tiene más efecto sobre el pensamiento e incluso sobre los hechos que ningún otro elemento periodístico sobre nuestro tiempo”, (2011, p.37). Titterton -que se refiere a la tensión entre patriotismo e imperialismo- sigue así:

“Los progresistas estaban interesados en lo que veían, equivocadamente, como una campaña antibélica (era algo muy distinto: una campaña en contra de la guerra de los Boers), y durante algún tiempo intentaron reclamar a GKC como uno de los suyos. Pero él procedió a desorientarlos, luego a irritarlos y por último a cabrearlos, al defender al hombre de la calle contra el experto, al hombre de la calle y su derecho a sus propias costumbres, al hombre de la calle contras el Estado, y sobre todo al hombre de la calle y su derecho a gobernar a su propia familia y ser dueño de su propiedad. Era una doctrina extraña, viniendo de un demócrata. Peor aún, si es posible: predicaba el catolicismo, la guerra y la cerveza” (pp.37-38).

Pasemos ahora a Luis Ignacio Seco (p.165), que comienza citando a Maisie Ward: “‘No he conocido a nadie que trabajase tantas horas y con el espíritu en tal tensión como Chesterton’. Un periodista americano recogía con preocupación la misma idea en un artículo publicado en el Chicago Evening Post: ‘Es casi imposible abrir un periódico sin que contenga algo suyo –artículo, comentario crítico, poema o dibujo- y su nombre es ya más familiar que el de Bernard Shaw… Si continúa a ese tren de producción acabará por gastarse o romperse… Es una lástima que un hombre tan bueno se consuma tan temerariamente… Sus amigos y editores deberían ponerse de acuerdo para contenerle… No hacen a menudo hombres como Chesterton'”.

Para concluir, lo haremos con una cita extraída de la biografía de Pearce (p.596), procedente del libro de David Matthew Catholicism in England 1535-1935 (Londres, 1938, pp.238-239) aunque el texto apenas menciona la cuestión religiosa: “Con Chesterton surge un pensador católico verdaderamente inglés, una personalidad completamente independiente, un escritor con un cierto toque dickensiano, un renacimiento genuino del idealismo y de los sentimientos ingleses, así como la gran pasión por la justicia que encuentra siempre en este país una audiencia abrumadora, comprensiva y pacífica. El torrente de felices ocurrencias y las paradojas revelan el profundo sentido del humor inglés; la honda comprensión del hombre de la calle le sirvió de ayuda en su búsqueda de la justicia”.

Chesterton periodista, 2: su ‘curriculum vitae’

Al comenzar el perfil de GK como periodista se ha dado una imagen irónica y superficial del mismo, y desde luego insuficiente. Si en la primera entrada, parecía que Chesterton bromeaba y no se identificaba con la profesión, Ahora vamos a profundizar un poco en la tarea de mostrar su inmensa labor como periodista.

Quizá la única aclaración necesaria –sincronización temporal- es que a principios del siglo XX periodista era quien trabajaba en una publicación periódica, en alguna de las distintas tareas. Algo parecido a lo que sucede con otra expresión que también utiliza mucho Chesterton, la de publicista -que estoy está ceñida al ámbito de la publicidad-, y entonces se refería a quien ofrece al público determinada información, de naturaleza diversa.

Chesterton comenzó publicando sus poemas en diversas publicaciones, como el Outlook y el Speaker -ya antes de comenzar el siglo XX- y que fue el primero en contratarlo como colaborador. Había dejado los estudios de dibujo en la Slade School y comenzaba a ganarse la vida realizando reseñas para diversas publicaciones, como también haría en el Bookman.

El Speaker lo lanzaría a la fama, al tomar partido en contra de la guerra de los boers. En 1901, sería contratado por un diario de mayor entidad, el Daily News, donde colaboraría hasta 1913. A mediados de la primera década de del siglo XX lo encontramos colaborando en el TP’s Weekly y en Open Review. También participa en la famosa controversia con Blatchford, director de The Clarion, en las páginas de ese periódico, por supuesto. En esos años comenzó igualmente a trabajar en el diario que editaba su hermano Cecil, The New Age, el periódico de la sociedad fabiana (antecedente del actual Partido Laborista inglés).

El director de The Illustrates London News, al comprender la valía de Chesterton -y a pesar de tener una línea de opinión muy diferente- lo contrató para un artículo semanal, dejándolo plena libertad para colaborar con quien quisiera, y con la única condición de no hablar de política ni de religión, temas que por supuesto aparecieron, gracias al peculiar estilo y agudeza de Chesterton. Estas colaboraciones no se interrumpieron nunca, salvo un breve período de enfermedad de GK, dando origen a varias colecciones de ensayos y a otros muchos que se han reunido en tres o cuatro tomos de los Collected Works que edita Ignatius Press (de los 34 existentes).

En busca de una mayor independencia y capacidad crítica, Cecil Chesterton fundó en 1911 con Hillaire Belloc The Eye Witness, que dirigió hasta su partida al frente francés durante la primera guerra mundial, en la que fallecería. Chesterton sintió la necesidad de continuar la labor reformadora de su hermano y acabó asumiendo la dirección del periódico hasta 1923, momento en que fue imposible sostenerlo. Pero para compensar su desaparición, y continuar influyendo en la sociedad, decidió en 1924 abrir una nueva publicación, el GK’s Weekly, cuya historia se detalla en otro lugar del Chestertonblog, y que no impidió colaboraciones en otros lugares.

Probablemente fueron otras muchas las colaboraciones que GK realizó para los medios de comunicación de su tiempo -además de las charlas en la BBC-. Éstos datos -sin referencias exhaustivas- proceden de las biografías de Pearce y Seco.

Como la entrada se está extendiendo mucho, dejamos para un último post los comentarios de algunos colaboradores. Pero -aunque GK ironizara sobre su trabajo como periodista- no se le puede negar que lo fue, y de primera categoría.

Chesterton, periodista 1: el ‘periodista eterno’

Iniciamos con esta entrada una serie sobre los distintos perfiles de Chesterton, a sabiendas de que encaja en todos y que ninguno le cuadra perfectamente. La ocasión próxima está en la inclusión en el Chestertonblog (en la página de artículos y prólogos) del prólogo de García-Máiquez a La cosa (Espuela de plata, 2010), llamado El periodista eterno

La idea principal de ese texto es que GK poseía la felicidad y el don de la risa porque su fe le hacía trascender la inmediatez de la vida y los sucesos cotidianos. Dice García-Máiquez: “Chesterton, que hoy por hoy es uno de los más vivos referentes en el debate de las ideas, no se definía como filósofo, ni tampoco como crítico ni como poeta, ni como autor teatral ni como novelista), sino como un jolly journalist. Pero este alegre periodista ha conseguido algo que se diría contradictorio con la naturaleza misma del periodismo. Incluso nombrando de vez en cuando asuntos o personajes de entonces -tan de pasada que puede prescindirse de esas menciones sin que haya quebranto o a las que basta una escueta nota a pie de página-, incluso pagando ese peaje al periodismo y a la actualidad, Chesterton ha sobrevivido al paso del tiempo, o mejor dicho, lo ha trascendido. Entre sus innumerables paradojas está él mismo, periodista eterno” (p.9).

Algo de sus inicios en el periodismo recogimos en la entrada El rey de Fleet Street: Su biógrafo L.I. Seco dice que GK no comprendió nunca por qué había caído con tan buena estrella en Fleet Street: “todos le habían advertido que el secreto consistía en escribir para cada periódico lo más adecuado a su línea de opinión y él había hecho exactamente lo contrario, descubriendo los cafés franceses y las catedrales católicas a los lectores del nada conformista Daily News y defendiendo ante la parroquia laborista del viejo Clarion la teología medieval”.

Más tarde, en el Weekend Review (20.XII.1930), GK definiría irónicamente al periodista como una persona que no entiende nada más que de escribir sobre todo aquello que no entiende. (Chesternitions, p.63). Verdaderamente la idea del jolly journalist refleja bien el espíritu y la alegría de nuestro Chesterton.

Otras dos entradas continúan el tema de GK, periodista:
Su curriculum como periodista.
Chesterton a los ojos de otros periodistas.