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Chesterton y la verdadera aventura: promover un ideal social

Hoy volvemos a Esbozo de sensatez, el libro que estamos estudiando en el Club Chesterton de Granada, con un párrafo verdaderamente extraordinario. Los que seguimos habitualmente a Chesterton sabemos tiene debilidad por la crítica a los ‘progresistas’ y a los ‘hombres prácticos’ (ya desde Herejes y Ortodoxia…). Hoy recogemos el último apartado del capítulo 17 de Esbozo de sensatez, que nos hace pasar un rato extraordinario, divirtiendo mientras nos hace pensar con su clarividencia del mundo actual. El contexto es la difusión del distributismo –una sociedad de propietarios- inspirándose en los pioneros de Canadá, que supieron fundar sólidas comunidades campesinas. Parecerán extemporáneas las expresiones relativas a fundar imperios, pero todos sabemos que GK no era en absoluto imperialista: se trata de referirse al ideal de establecerse y extender el propio ideal. Sin embargo, la modernidad ha modificado difuminado los ideales, a favor del cambio continuo y la vivencia de emociones. Dejemos que lo explique el propio Chesterton:

Alonso Morales, Venezuela. Pintura moderna al óleo

Autor: Alonzo Morales, Venezuela. Pintura al óleo moderna

El problema práctico es la meta. El concepto de pionero ha decaído, como el concepto de progresista, y por la misma razón. La gente podía seguir hablando de progreso mientras no estuviera pensando puramente en el progreso. Los progresistas poseían en realidad alguna noción del fin del progreso. Hasta el pionero más práctico tenía una idea vaga e indefinida de lo que quería.
Los progresistas confiaban en la tendencia de su época, porque creían, o al menos habían creído en un cuerpo de doctrinas democráticas que suponían un proceso de establecimiento. Y los pioneros o fundadores de imperios estaban llenos de esperanza y de valor porque, para hacerles justicia, la mayoría de ellos creían –al menos en forma confusa- que la bandera que llevaban simbolizaba la ley y la libertad y una civilización más perfecta.
Por tanto, buscaban algo y no buscaban puramente por buscar. Pensaban subconscientemente en el final del viaje y no en un viaje sin fin. No sólo se estaban abriendo paso a través de una selva, sino que estaban construyendo ciudades. Conocían más o menos el estilo arquitectónico de sus futuras construcciones, y creían sinceramente que era el mejor estilo del mundo.
El espíritu de aventura ha fracasado porque se ha dejado en manos de los aventureros. La aventura por la aventura se convirtió en algo como el arte por el arte. Los que habían perdido todo sentido de fin, perdieron todo sentido del arte y aun de lo accidental.
Ha llegado el momento de volver a vivificar, a afirmar el objeto del progreso político o la aventura colonial en todos los campos, pero especialmente en el nuestro. Incluso si pintamos la meta del peregrinaje como una especie de paraíso campesino, esto será mucho más práctico que emprender un peregrinaje sin meta. Pero es todavía más práctico insistir en que no queremos insistir sólo en lo que se llaman cualidades del pionero, que no queremos presentar solamente las virtudes que logran una aventura. Queremos que los hombres piensen no sólo en el lugar que tendrían interés en hallar, sino en el lugar en donde les agradaría quedarse.
Aquellos que quieren sólo hacer revivir las esperanzas sociales del siglo XIX no deben ofrecer una esperanza sin fin, sino la esperanza de un fin. Aquellos que deseen continuar la construcción de la antigua idea colonial deben dejar de decirnos que la Iglesia del Imperio se apoya enteramente en una piedra que rueda. Porque es un pecado contra la razón decir a los hombres que es mejor viajar llenos de esperanza que llegar; cuando llegan a creerlo, nunca más vuelven a viajar con esperanza (Esbozo de sensatez, 17-15).

Chesterton: así somos, vistos desde otro tiempo: la obsesión por el cambio

El punto central de El regreso de Don Quijote tiene lugar cuando el bibliotecario Herne ha decidido no cambiarse de ropa tras la representación teatral, y continuar vistiendo su atuendo medieval, como explicábamos el otro día. Se ha metido tanto en el personaje, que ve nuestro mundo desde otra perspectiva. En los párrafos que incluyo hoy se expresan una realidad importante sobre nuestra sociedad, que comento al final del texto de Chesterton:

-Pero oiga -increpó Archer- ¿es que no va a cambiarse ‘de una vez’?
Quizá fue esa frase, repetida por sexta vez, la que acabó de volver loco al bibliotecario de Seawood. Herne se giró en redondo para mirarle con fijeza y dio un grito que retumbó por el jardín.
-¡No! ¡No voy a cambiarme! ¡No volveré a cambiarme jamás!
Y echándole una mirada salvaje prosiguió:
-Eso es lo que ustedes aman, el cambio. Por eso viven para el cambio. Lo que es yo, no volveré a cambiarme. Es por esa locura suya del cambio, lo único que les importa, por lo que han fracasado. Ya tuvieron su oportunidad, cuando la sociedad era sencilla, juiciosa, apegada al terruño que les había dado el ser… Pero la perdieron; y si alguna vez volvieran a recuperarla les faltaría el suficiente sentido común para aprovecharla. De manera que no volveré jamás a cambiarme.
-No tengo la menor idea de lo que haya querido decir -observó Archer con el aire de quien ha intentado hablar con una animal irracional, o por lo menos con un niño de pecho (El regreso de Don Quijote, Cátedra, p.339).

Chesterton critica nuestra  obsesión por el cambio

Chesterton critica nuestra
obsesión por el cambio. Foto: luismiguelmanene.com

Un siglo después de estos párrafos, un profesor francés (Roger Pol Droit, en Occidente explicado a todo el mundo, Paidós, 2010), al enumerar los rasgos que constituyen la sociedad occidental, entiende que uno de los tres elementos más importantes de nuestro mundo actual es la obsesión por lo nuevo, es decir, por el cambio: lo vemos fomentado por los gobiernos, a través políticas públicas orientadas a la innovación y desarrollo para competir en el entorno internacional. La razón es evidente: la empresa necesita la innovación para adelantar a la competencia, en esta carrera sin fin. Y la consecuencia la vemos todos los días en los bienes de consumo, que cambian continuamente: ya no es sólo el mundo de la moda en el vestido el que se renueva sin cesar, sino la tecnología, los alimentos, los electrodomésticos, el mobiliario…
En el mundo intelectual sucede lo mismo: no se busca lo verdadero o lo bueno, sino lo original, lo que dice ‘algo nuevo’, porque en seguida nos hemos cansado de lo de ayer, esa novedad que era la última maravilla.
Un sociólogo de fama internacional, Richard Sennett –La cultura del nuevo capitalismo, Anagrama, 2006-, plantea cómo las empresas -aunque funcionen bien- han de dar señales de cambio continuo para mantener contentos a sus accionistas. Y lo peor de todo es que la Administración pública se ha contagiado de este mismo ‘espíritu’- y continuamente se realizan reorganizaciones, que tienen como principal finalidad latente no tanto mejorar las cosas, sino dar señales al resto de la sociedad de que ‘nos estamos adaptando a los tiempos’. El mejor ejemplo es el ‘Plan Bolonia’, que afecta a toda la Universidad europea.
Todo esto recuerda las palabras del clásico Lampedusa: ‘Cambiarlo todo para que todo siga igual’: buscando lo nuevo, no buscamos lo verdadero, y por tanto, volvemos al punto de partida, sin posibilidad de salir del círculo vicioso en que nos ha colocado la Modernidad.
Mañana continuaremos con otra crítica de Chesterton-Herne al mundo de hoy.

Chesterton: Nuestro buen humor, imprescindible para cambiar la sociedad

Adolfo Suárez, un importante protagonista del cambio social en España

Adolfo Suárez, un importante protagonista del cambio social en España. El Mundo.es

Vivimos tiempos de crisis económica, política y social, expresada en el descontento y el desánimo. Mientras los políticos convencionales critican o alaban las políticas convencionales, algunos se movilizan en nuevas organizaciones políticas y los ciudadanos tomamos conciencia de que quizá estamos antes nuevos tiempos que podrían suponer nuevas oportunidades. Quizá las oportunidades deberían ser más radicales todavía, como proponía Chesterton, insistiendo en el distributismo y en el retorno de la propiedad frente a un Estado en el que la mayoría trabaja a sueldo de las grandes empresas o de la administración.

Pero aprovecho la coyuntura actual para la entrada de hoy, cuando se celebra en España el funeral de Estado por quien se considera uno de los principales artífices de la transición, el expresidente Adolfo Suárez (1932-2014), recientemente fallecido. De su imagen siempre me ha llamado especialmente la atención su sonrisa, pues siempre fue un hombre sano (en sentido chestertoniano) y de buen humor, a pesar de las dificultades. Esto me lleva algunas reflexiones, basadas en textos de Chesterton en Esbozo de sensatez, en el capítulo 3, La posibilidad de recuperación, en las que -como siempre- se manifestará a contracorriente.

En ese texto, GK expresa su confianza en la gente normal y corriente, previniendo contra la excesiva concentración de poder y de control, como parte de su diagnóstico: Todos los esquemas de concentración colectiva llevan consigo la característica de controlar al hombre, incluso cuando es libre; si se quiere, de controlarlo para mantenerlo libre. Tienen idea de que el hombre no será envenenado si hay un médico de pie detrás de su silla a la hora de la comida para controlar lo que se come y se bebe (08). ¡Qué realidad tan familiar expresan estas últimas palabras! Los políticos actuales son gestores de un complejo engranaje o maquinaria, que es quizá la que hay que modificar, alcanzando un sano equilibrio.

Por eso tengo esperanzas en ese sentido: creo que el fracaso ha sido un fracaso de la maquinaria y no de los hombres. Y, como acabo de explicar, estoy del todo de acuerdo en que es muy diferente dejar el trabajo para el hombre que hacer un plan para la máquina (09). Ahí está la clave: quizá esperamos un líder que nos saque adelante y –aun siendo necesario- no es condición suficiente: De modo que si para empezar se me dice ‘Usted no cree que el socialismo o que un capitalismo reformado vayan a salvar a Inglaterra; pero, ¿cree realmente que el distributismo salvará a Inglaterra?’, contesto: ‘No; creo que los que salvarán a Inglaterra serán los ingleses, si empiezan a tener media oportunidad’ (08).

Y continúa Chesterton: No me interesa mucho esa especie de virtud americana que ahora llaman a veces optimismo. […] Pero sí siento, en los hechos de este caso particular, que hay una razón para prevenir a la gente contra una exhibición demasiado apresurada de pesimismo y contra el orgullo de la impotencia (09). Es increíble la fuerza esta afirmación de Chesterton: el orgullo de la impotencia, para pensar una y mil veces, hasta que comprendamos bien qué significa. Por eso, GK continúa su discurso en dos líneas diferentes pero complementarias: por una parte, las cosas que hay que hacer; por otra, las actitudes necesarias que hemos de interiorizar, insistiéndonos en la paradoja:

Pido a todos que piensen, libre y abiertamente, si no puede llevarse a cabo algo en el estilo de lo aquí indicado, aunque sea diferente en los detalles. Porque es una cuestión del modo de ver de los hombres. La situación es demasiado seria como para que los hombres estén en otro estado de ánimo que no sea el buen humor (09).

Chesterton contra el ‘ya es demasiado tarde’

Chesterton: Nunca es demasiado tarde para la oportunidad de vivir

Chesterton y la oportunidad de vivir:  Nunca es demasiado tarde. Gifs animados

Encontré ayer en El regreso de Don Quijote (Cátedra, 2005, p.262, cap.6) unas palabras que me hicieron retroceder a cuando tenía 20 años, cuando leí el libro  Confesiones de un pequeño filósofo del escritor español Azorín (1873-1967), escrito cuando tenía poco más de treinta años. Entonces se me quedó grabado –porque yo lo sentía igual- que él siempre vivía con la terrible sensación de ‘ya es tarde’. A lo largo de mi vida, he encontrado a otras muchas personas que lo perciben igual.
Como sucede en sus novelas, Chesterton reflexiona a través de sus personajes. Michael Herne, el protagonista –incluso cuando todavía no sabe que lo es, y quizá precisamente por eso-, cuestiona el comentario de
 ’Monkey’ Murrel. Es la línea de nuestro autor: la filosofía que le interesa –como a Azorín- es la de la vida cotidiana, la que nos afecta a cada uno de nosotros:

Me gustaría saber de qué estamos hablando cuando pronunciamos esa frase que se oye a veces: es demasiado tarde. Porque en ocasiones suena completamente cierta y otras absolutamente falsa. O siempre es demasiado tarde o nunca demasiado pronto. Es como si juzgásemos que sólo en el medio estamos a salvo del realismo o de la ilusión. Sí, todos nos equivocamos, y suele decirse que el hombre que jamás ha cometido un error es el que nunca ha hecho nada. Sin embargo, ¿cree usted que el hombre debería sentirse satisfecho cuando sabe que ha cometido un error y se resigna a no hacer nada más? ¿Cree que podríamos morir en paz habiendo perdido la oportunidad de vivir?

Me encanta este Chesterton vitalista, no un vitalista pagano –que aprovecha el momento o lo pierde irremediablemente- sino poseedor de un vitalismo de plenitud: estamos hechos para algo, para llegar a algún sitio –aunque sea estar en este mismo sitio-, pues también con GK hemos aprendido a ver con otros ojos (la estrategia Mooreffoc). GK cita particularmente el caso del arrepentimiento -quizá pedir perdón, quizá volver a comenzar de nuevo. Pero nunca es demasiado tarde para las cosas buenas.
Concluyo con lo que él mismo denominaba su paradoja: Si merece la pena hacer algo, merece la pena hacerlo mal (Las paradojas de Mr. Pond, explicado enMás sobre paradojas y chestertonadas).

‘Mooreeffoc’: Una lección de Dickens a Chesterton

En el artículo de Ramón Mayrata que comentábamos el otro día aparecía brevemente explicada la expresión mooreeffoc¸que era utilizada por Dickens «para designar la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto». Una de las cosas más bonitas de los estudios intelectuales es encontrar las fuentes de los genios y sabios, que no lo son menos por no haber descubierto esas ideas brillantes: al contrario, se engrandecen al darse cuenta de su naturaleza y sacarles todo el partido posible, como hizo GK en este caso con la expresión de Dickens.

Mooreeffoc

No obstante, una expresión tan curiosa merecía un poco más de interés por nuestra parte, y hemos encontrado -en el antiguo blog de la American Chesterton Society, hoy de un estilo diferente- un excelente post a cargo de Nancy Brown que lo explica, y es una delicia leerlo entero. Dejo pues a los lectores con el original y reproduzco a continuación el fragmento de Charles Dickens (Pretextos, 2002, p.39-40), en el que el propio GK interpreta la expresión:

Todo el secreto de ese realismo fantasmagórico, gracias al cual pudo Dickens dotar de vida cualquier rincón sombrío o anodino de Londres está aquí: En las descripciones de Dickens hay detalles –una ventana, una verja, el ojo de la cerradura de una puerta- que cobran una vida demoníaca. Las cosas parecen más reales de lo que realmente son. De cierto que tal grado de realismo no existe en la realidad; es el realismo insostenible de un sueño. Un realismo así sólo se logra cuando uno entra por entre las cosas llevando consigo sus propios sueños; jamás cuando se va hacia ella, bien abiertos los ojos, para observarlas mejor. El propio Dickens nos da un ejemplo insuperable de cómo, en momentos de distracción, esa suprarrealidad minuciosa iba formándose en él. Entre los cafés a que a veces se acogía en aquellos días de desolación, menciona uno en St Martin’s Lane «del que sólo recuerdo que estaba cerca de la Iglesia, y que tenía en la puerta pintado, sobre un cristal en óvalo, COFFEE ROOM dirigido hacia la calle. Cada vez que me encuentro ahora en algún café de muy diferente clase, pero donde haya una inscripción en el cristal, y la leo desde dentro, del revés, MOOREEFFOC (como a menudo hacía entonces, en la desmayada ausencia de mis ensoñaciones), siento que me da un vuelco el corazón». Esas sílabas locas MOOREEFFOC, puede servir de lema de un realismo efectivo; son la piedra angular donde se asienta su primer principio, e principio según el cual lo más fantástico de todo es, a menudo, el hecho más preciso. Y Dickens aplicó ese realismo mágico, como de danza de duendes, por doquier. Su obra vive con la vida de los objetos inanimados. La fecha de encima de la puerta se pone a bailar sobre Mr Grewgious; el llamador hace muecas a Mr. Scrooge; desde el fresco del techo, el romano señala a Mr. Tulkinhorn; y a Tom Smart le mira de reojo el viejo sillón. Todo estos hechos son ‘mooreeffócicos’; si uno los ves, es porque no los mira.

¡Uf! Es una lección difícil ver las cosas con ojos ‘mooreeffócicos’, como Chesterton aprendió a hacer. Es mucho más fácil aplicar el ‘antiguo-lema-moderno’ Carpe diem, que agota en sí mismo el instante, en vez de remitir a una verdad más profunda.

Descifrando el ‘Gallo que no canta’: utilidad del método comparativo de Chesterton

Comienza nuestro texto de GK de ayer con una comparación entre las representaciones artísticas de la Edad Media y las de la Grecia clásica: Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos. […] Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto. (Párrafo 01).

Escultura del Partenón

Escultura del Partenón

Sin embargo, los artistas medievales disfrutaban de su arte popular, que llevaba a la gente un mensaje de proximidad y familiaridad: Un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en pie­dra. A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la facha­da de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una col­mena colosal (Párrafo 01).

Hasta aquí no hago más que seguir a Chesterton. Pero lo que me interesa es estudiar la razón del juego de contrastar a unos y otros. ¿Qué tiene de particular? se me preguntará: es la forma que tiene Chesterton de construir el artículo, ¿no? Claro que necesita construir el artículo, pero su interés es el conocimiento del mundo moderno, y para eso compara ambas civilizaciones… que en realidad son tres. A GK no le interesa saber por qué Apolo apoya la mano en la pierna o el currante medieval se inclina para caber en el diminuto espacio del capitel de piedra. A Chesterton le interesa nuestra propia civilización, y busca referencias para mostrar lo que hemos perdido al intentar parecernos más al mundo de los dioses griegos que al de los humildes y alegres trabajadores medievales.

No he logrado encontrar un ensayo en el GK plantea que hoy sólo se baila de manera profesional o semiprofesional, y que la gente no lo hace en público porque ha desarrollado un sentimiento de vergüenza, justificado como que sólo los artistas deben hacer ciertas cosas, para hacerlas bien. Nos vemos a nosotros mismos tan cerca de los personajes griegos casi divinos que hemos perdido la sencillez, quizá revestida de relevancia social. Como dice GK, no se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. […] hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres (Párrafo 09).

La conclusión de Chesterton ya la sabemos: al oír gente cantando en una iglesia considera que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado, según una antigua tradición, pues los refugiados en el templo eran inviolables. Es curioso que el discurso ilustrado acerca de la emancipación y la libertad siga vigente, dándole la razón a GK. Lo que me resulta llamativo es que los referentes somos nosotros mismos. ¿Quién nos persigue? Chesterton no enuncia la paradoja, pero está ahí presente: nuestros propios ideales de plenitud y autodesarrollo  nos encierran en horizonte limitado y nos aíslan de los demás.

Relato ‘Nostalgia del hogar’, de Chesterton

Lo prometido es deuda. A continuación, el relato de Chesterton ‘Nostalgia de casa’, presentado ayer, en versión de española de Marta Torres. Pero si alguien desea acceder a la versión bilingüe, puede hacerlo en ‘Homesick at home’.

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mis­mo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.
White Wynd había nacido y crecido, se había casa­do y convertido en padre de familia en la Granja Whi­te junto al río. El río la rodeaba por tres lados como si fuera un castillo: en el cuarto estaban las cuadras y más allá la huerta y más allá un huerto de frutales y más allá una tapia y más allá un camino y más allá un pinar y más allá un trigal y más allá laderas que se juntaban con el cielo, y más allá… pero no vamos a enumerar el mundo entero, por mucho que nos tiente. White Wynd no había conocido más hogar que éste. Para él sus muros eran el mundo y su techo el cielo.
Por eso fue tan extraño lo que hizo.
En los últimos años apenas cruzaba la puerta. Y a medida que aumentaba su desidia le aumentaba el de­sasosiego: estaba a disgusto consigo mismo y con los demás. Se sentía, en cierta extraña manera, hastiado de cada instante y ávido del siguiente.
Se le había endurecido y agriado el corazón para con la esposa y los hijos a los que veía a diario, aunque eran cinco de los rostros más bondadosos del mundo. Recordaba, en destellos, los días de sudor y de lucha por el pan en que, al llegar a casa al atardecer, la paja de la techumbre ardía de oro como si hubiese ángeles allí. Pero lo recordaba como se recuerda un sueño.
Ahora le parecía que podía ver otros hogares, pero no el suyo. Éste era meramente una casa. El prosaísmo había hecho presa en él: le había sellado los ojos y ta­pado los oídos.
Finalmente algo aconteció en su corazón: un vol­cán, un terremoto, un eclipse, un amanecer, un dilu­vio, un apocalipsis. Podríamos acumular palabras des­comunales, pero no nos acercaríamos nunca. Ochocientas veces había irrumpido la claridad del día en la cocina desnuda donde la pequeña familia se sentaba a desayunar al otro lado de la huerta. Y a la ochocientas una el padre se detuvo con la taza que es­taba pasando en la mano.
–Ese trigal verde que se ve por la ventana –dijo so­ñolientamente-, relumbra con el sol. No sé por qué… me recuerda un campo que hay más allá de mi hogar.
¿De tu hogar? —chilló su esposa—. Tu hogar es éste.
White Wynd se levantó, y pareció que llenaba la estancia. Alargó la mano y cogió un bastón. La alargó de nuevo y cogió un sombrero. De ambos objetos se levantaron nubes de polvo.
–Padre –exclamó un niño-, ¿adónde vas?
–A casa –replicó.
–¿Qué quieres decir? Ésta es tu casa. ¿A qué casa vas?
A la Granja White junto al río.
—Es ésta.
Los estaba mirando tranquilamente cuando su hija mayor le vio la cara.
¡Ah, se ha vuelto loco! –exclamó, y se cubrió la cara con las manos.
–Te pareces un poco a mi hija mayor –observó el padre con severidad-. Pero no tienes la mirada, no, no esa mirada que es una bienvenida después de una jor­nada de trabajo.
–Señora –continuó volviéndose hacia su atónita es­posa con ceremoniosa cortesía-, le agradezco su hos­pitalidad, pero me temo que he abusado de ella dema­siado tiempo. Y mi casa…
–¡Padre , padre, por favor, respóndeme! ¿No es ésta tu casa?
El anciano movió vagamente el bastón.
Las vigas están llenas de telarañas y las paredes es­tán manchadas de humedad. Las puertas me aprisio­nan, las vigas me aplastan. Hay mezquindades y dis­putas y resquemores ahí detrás de las rejas polvorientas en que he estado dormitando demasiado tiempo. Aunque el fuego brama y la puerta está abierta. Hay comida y ropa, agua y fuego y todas las artes y miste­rios del amor allá en el fin del mundo, en la casa donde nací. Hay descanso para los pies cansados en el suelo alfombrado, y para el corazón hambriento en los ros­tros puros.
–¿Dónde, dónde?
En la Granja White junto al río.
Y traspuso la puerta, y el sol le dio en la cara.
Y los demás moradores de la Granja White perma­necieron mirándose los unos a los otros.
White Wynd estaba detenido en el puente de tron­cos que cruzaba el río con el mundo a sus pies. Y una fuerte ráfaga de viento vino del otro límite del cielo (una tierra de oros pálidos y maravillosos) y lo alcanzó. Puede que algunos sepan lo que es para un hombre ese primer viento fuera de casa. A éste le pare­ció que Dios le había tirado del cabello hacia atrás y lo había besado en la frente.
Se había sentido hastiado de descansar, sin saber que el remedio entero estaba en el sol y el viento y en su propio cuerpo. Ahora casi creía que llevaba puestas las botas de siete leguas.
Iba a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada cadena de montañas. La buscó como buscamos todos el país de las hadas, en cada vuelta del camino. Únicamente en una dirección no la buscaba nunca, y era en la que, sólo mil yardas atrás, se levantaba la Granja White, con la techumbre de paja y las paredes encaladas brillando contra el azul ventoso de la mañana.
Observó las matas de diente de león y los grillos y se dio cuenta de que era gigantesco. Somos muy dados a considerarnos montañas. Lo mismo son todas las co­sas infinitamente grandes e infinitamente pequeñas. Se estiró como un crucificado en una inmensidad inabarcable.
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas.
¿Habéis salido alguna vez a pasear?
* * * * *
El relato del viaje de White Wynd podría ser una epopeya. Se lo tragaron por las grandes ciudades y fue olvidado: pero salió por el otro lado. Trabajó en las canteras y en los muelles país tras país. Como un alma transmigrante, vivió una sucesión de existencias: una partida de vagabundos, una cuadrilla de obreros, una dotación de marineros, un grupo de pescadores, lo consideraron el último acontecimiento de sus vidas, el hombre alto y delgado de ojos como dos estrellas, las estrellas de un antiguo designio.
Pero jamás se apartó de la línea que circunda el globo.
Un atardecer dorado de verano, sin embargo, se topó con lo más extraño de todos sus viajes. Subía pe­nosamente una loma oscura que lo ocultaba todo, como la misma cúpula de la tierra. De pronto lo invadió un extraño sentimiento. Se volvió a mirar hacia la vasta extensión de hierba para ver si había alguna linde, porque se sentía como el que acaba de cruzar la frontera del país de los elfos. Con un carillón de pasiones nuevas repicándole en la cabeza, asaltado por recuerdos confusos, llegó a lo alto de la colina.
El sol poniente irradiaba un resplandor universal. Entre el hombre y él, allá abajo en los campos, había lo que parecía a sus ojos anegados una nube blanca. No, era un palacio de mármol. No, era la Granja White junto al río.
Había llegado al fin del mundo. Cada lugar de la tierra es principio o fin, según el corazón del hombre. Ésa es la ventaja de vivir en un esferoide achatado por los polos.
Estaba atardeciendo. La loma herbosa en la que es­taba se volvió dorada. Tuvo la sensación de que se ha­llaba en medio de fuego en vez de hierba. Estaba tan quieto que los pájaros se posaron en su bastón.

Granja White 2
Toda la tierra y su esplendor parecían celebrar el regreso al hogar del lunático. Los pájaros que volaban hacia sus nidos lo conocían, la Naturaleza misma esta­ba en su secreto: era el hombre que había ido de un lu­gar al mismo lugar.
Pero se apoyaba con cansancio en su bastón. En­tonces alzó la voz una vez más:
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tener­los doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la espe­ranza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies.
Descendió por la ladera y se adentró en el pinar. A través de los árboles pudo ver la roja y dorada puesta de sol posándose en los blancos edificios de la granja y en las verdes ramas de los manzanos. Ahora era su ho­gar. Pero no pudo serlo hasta que se fue de él y hubo regresado. Ahora él era el Hijo Pródigo.
Salió del pinar y cruzó el camino. Saltó la tapia baja y se metió por entre los frutales, atravesó el huerto y pasó los establos. Y en el patio empedrado vio a su es­posa que sacaba agua.

Chesterton: presentación de ‘Nostalgia del hogar’

Ayer hablábamos de la fidelidad de Chesterton a sí mismo. En El hombre eterno (1925), hace referencia a un antiguo relato suyo. Había sido escrito en 1896, cuando GK tenía tan sólo 22 años, justo tras superar la fase más crítica de su vida, y comenzar a verlo todo de otra manera. De forma poética, Chesterton expresa su solución al problema de la vida del hombre, que será una idea central en toda su filosofía: la intuición –argumentada mil veces después- de que nuestra vida no es sino la búsqueda del hogar. Es la forma que GK da a la idea del viaje que sería la vida humana –ya en la Odisea aparece esta idea- o expresada en términos  más modernos, para encontrarse con uno mismo. En Ortodoxia explicaría por qué nunca terminamos de sentirnos bien: nuestro viaje -nuestra casa- no concluye en esta tierra.

El relato que nos ocupa –Homesick at home– fue publicado –que yo sepa- por primera vez en The coloured lands, de manera póstuma, en 1938, por Sheed & Ward. Existen tres versiones en español:

-Rialp, El amor o la fuerza del sino, 1993. Traducción de Álvaro de Silva.
-Valdemar, Fábulas y cuentos, 2000. Traducción de Marta Torres.
-Valdemar, Los países de colores, 2010. Traducción de Óscar Palmer.

Como no podía elegirlas todas, he escogido la de Marta Torres, aunque considero que el título más fiel a la idea de Chesterton es el de Óscar Palmer: Añoranza del hogar estando en casa, que va mucho más allá de las tres palabras originales. He modificado el título en la entrada, porque me parece que el más adecuado es Nostalgia del hogar.

¿Cómo ofrecerlo? De dos formas.
-La primera en edición bilingüe, como otros muchos textos de GK, enlazando  desde aquí a Nostalgia de casa.
-La segunda, completo en la entrada de mañana domingo, ocasión propicia para disponer de más tiempo, con el texto ya presentado. Para abrir boca dos fragmentos. Primero, el inicio:

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mismo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.

Granja White 1

Y luego, las consideraciones del protagonista a mitad de camino, que reflejan la forma de mirar de GK tras salir de su fase crítica, pero también la visión de la humanidad entera en el transcurso de los siglos, en ese estilo que hace grande a Chesterton:

–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas
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La vuelta al mundo de Manu Leguineche

Ha fallecido el periodista español Manuel Leguineche (1941-2014) a los 72 años.

Manu Leguineche

Busco en algunos medios: «La obra de Manu es inmensa, en sus libros, que son fascinantes, y sus crónicas. Todo ello lo reflejó en El camino más corto, la aventura de la aventura, de salir de una España de estrechas miras a un mundo que palpitaba y se desbordaba. Contó todas las guerras. Recibió todos los premios. Llevó en su corazón el Hotel Continental de Saigón.  Fue el relato implacable del siglo XX» (Hechos de hoy).

El camino más corto (1978, descatalogado) relata la aventura extraordinaria de unos jóvenes que decidieron dar la vuelta al mundo al coche. El diario El País cita estas palabras suyas de 2007: “Me apasiona el mundo. Siempre tuve esa necesidad de fuga. Conocí a otras gentes, otros mundos, otras maneras de ser; por eso decía que el camino más corto para conocerse a uno mismo es dar la vuelta al mundo». Automáticamente vienen a nuestra mente esas palabras de Chesterton en El hombre eterno (01-01): Hay dos formas de llegar a casa. La primera de ellas consiste en permanecer allí. La segunda, en dar la vuelta al mundo hasta volver al punto de partida. No he encontrado ninguna referencia de Leguineche a Chesterton, pero el eco de nuestro maestro es más que evidente: volver a casa, conocerse a uno mismo: siempre la idea de viaje, tan vieja como la vida del ser humano, y tan familiar para nosotros en forma de novela desde la Odisea. La vida como aventura.

Radio Televisión Española, para quien para la que Leguineche trabajó muchos años, ha destacado tanto su empeño en la corresponsalía de guerra como su independencia, lo que me recuerda otras palabras de GK: Los peligros, recompensas, castigos y realizaciones de una aventura han de ser reales, o la aventura no sería más que una engañosa y desalentadora pesadilla. (Ortodoxia, conclusión del capítulo 7). Sigamos, pues, nuestro camino.

Crítica de Chesterton a la aceptación ingenua del capitalismo

Los juegos de palabras impiden traducir perfectamente los párrafos que siguen, que son antológicos. Pertenecen a Esbozo de sensatez -que tiene varias páginas en el Chestertonblog- y el libro más confuso y desordenado de GK, por lo que es muy poco estudiado, aunque merece la pena desmenuzarlo en estos tiempos de crisis económica, para comprender cómo Chesterton había comprendido algunos mecanismos del funcionamiento de la sociedad capitalista.

En la entrada de hoy –con los párrafos 1-3 del capítulo 8º, Algunos aspectos de la gran empresa–  voy a cambiar el orden de presentación habitual: primero lo voy a comentar, para concluir con el texto de GK, ya que es imprescindible conocer antes el juego de palabras para entender su fina ironía. Hay que añadir que Chesterton critica inicialmente al mundo conservador inglés, pero por extensión, podría aplicarse a los cristianos que no han sabido comprender la naturaleza del sistema económico que se venía encima y, por extensión, al conjunto de la bienpensante clase media occidental. No se trata de connivencia, sino de ingenuidad: como dice GK, de falta de pensamiento, puesto que en seguida lo veremos criticar al poder y a los plutócratas, que sí saben lo que tienen entre manos.

El argumento gira en torno a las palabras que GK atribuye al clérigo anglicano, jugando con la expresión trust (confianza): la propiedad es un don que Dios nos confía: es decir, la propiedad es un trust. Para cuando el clérigo se quiere dar cuenta, efectivamente, la propiedad es un trust (empresarial), y por tanto, la propiedad está en manos del trust, en su afán de acaparamiento.

Lo mejor es el análisis de sociología del conocimiento: cómo el argumento se expande con la connivencia del poder -que GK no se corta en criticar- hasta convertirse en una auténtica trampa: el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella. ¿Habla Chesterton de nosotros?

Para leerlo en versión original, junto a la española, acudir a la página correspondiente del Chestertonblog. Ahora, es el turno de GK:

La mayoría de nosotros ha encontrado en la literatura y hasta en la vida real cierto tipo de viejo caballero, a menudo representado por un anciano clérigo. Es esa clase de hombre que tiene horror a los socialistas sin tener idea precisa de lo que son. Es el hombre de quien los demás dicen que tiene buenas intenciones, con lo que quieren decir que no tiene ninguna. Pero esta opinión es algo injusta con este tipo social. En realidad es algo más que bienintencionado; podríamos ir más lejos y decir que probablemente sería recto… si pensara alguna vez. Sus principios probablemente serían bastante firmes si realmente se aplicaran; su ignorancia práctica es lo que le impide conocer el mundo al cual serían aplicables. Tal vez piense realmente bien, sólo que no tiene noción de lo que está mal. Los que han escuchado a este viejo caballero saben que acostumbra a suavizar su severo repudio por los misteriosos socialistas diciendo que, claro está, es deber cristiano hacer buen uso de nuestra riqueza, recordar que la propiedad es un cargo que nos confía la Providencia para el bien de los demás y de nosotros mismos. Aunque a menos que el viejo caballero sea suficientemente viejo para ser modernista, es posible que algún día se nos hagan una o dos preguntas acerca del abuso de tal cargo.
Ahora bien, todo esto, hasta aquí, es perfectamente cierto, pero resulta que ilustra de modo curioso la inocencia extraña y hasta pavorosa del viejo caballero. Hasta la frase que usa cuando dice que la propiedad es una responsabilidad que nos confía la Providencia –cuando se pronuncia en el mundo circundante- toma carácter de equívoco tremendo y aterrador: su frasecita patética resuena con cien ecos rugientes que la repiten una y otra vez como la risa de cien demonios en el infierno: ‘La propiedad es un trust’.
Ahora podré exponer más convenientemente lo que quise decir en esta primera parte, tomando este tipo de viejo y simpático clérigo conservador y examinando la forma curiosa en que primeramente se lo ha pillado desprevenido, para luego darle en la cabeza. Lo primero que hemos tenido que explicarle es ese horrible equívoco sobre la confianza. Mientras él ha estado gritando contra ladrones imaginarios a quienes llama socialistas, ha sido atrapado y arrebatado realmente por verdaderos ladrones que todavía no podía ni siquiera imaginar. Porque las pandillas de jugadores que forman los monopolios son en realidad pandillas de ladrones, en el sentido de que tienen menos conciencia que cualquiera de esa responsabilidad individual de los dones individuales de Dios que el viejo caballero llama acertadamente deber cristiano. Mientras él ha estado entretejiendo palabras en el aire acerca de ideales que no vienen al caso, ha caído en una red tejida con las palabras y conceptos exactamente opuestos: impersonales, irresponsables, irreligiosos. Las fuerzas monetarias que lo rodean están más lejos que ninguna otra cosa de la idea doméstica de posesión con la cual, para hacerle justicia, empezó él mismo. De modo que cuando todavía balbucea débilmente: ‘La propiedad es una prueba de confianza (trust)’, respondemos firmemente: ‘Un trust no es propiedad’.
Y ahora llego a lo realmente extraordinario del viejo caballero. Quiero decir que llego al hecho más extraño del tipo convencional o conservador de la sociedad inglesa moderna. Y es el hecho de que la misma sociedad que empezó diciendo que no existía tal peligro que evitar, ahora dice que es imposible evitar el peligro. Toda nuestra comunidad capitalista ha dado un gran paso desde el optimismo extremo hasta el extremo pesimismo. Empezaron diciendo que en este país no podría haber ningún trust, pero han terminado diciendo que en esta época no puede haber nada más que trusts.
Y con ese procedimiento de llamar imposible el lunes a lo que el martes llaman inevitable, han salvado dos veces la vida al gran jugador o ladrón: la primera vez, llamándolo monstruo fabuloso, y la segunda llamándolo fatalidad todopoderosa. Hace doce años, cuando yo hablaba de los trust, la gente decía: ‘En Inglaterra no hay ningún trust’. Ahora, cuando hablo de ello, la misma gente dice: ‘Pero, ¿cómo se propone hacer que Inglaterra salga de los trust?’. Hablan como si los trust siempre hubieran formado parte de la Constitución inglesa, por no decir del sistema solar.
En suma, el equívoco y la palabra con los cuales inicié este artículo han resultado exacta e irónicamente verdaderos. Al pobre clérigo viejo se lo hace hablar como si el Trust, con mayúscula, fuera algo que le ha otorgado la Providencia. Se lo obliga a abandonar todo lo que originariamente quería decir con su forma curiosa de individualismo cristiano, y a reconciliarse rápidamente con algo que se asemeja más a una especie de colectivismo plutocrático. Está empezando a comprender, de una manera que lo deja algo perplejo, que ahora debe decir que el monopolio, y no solamente la propiedad privada, es parte de la naturaleza de las cosas. Le han echado la red mientras dormía, porque nunca pensó en nada parecido a una red; porque hubiera negado hasta la posibilidad de que alguien tejiera semejante red. Pero ahora el pobre caballero tiene que empezar a hablar como si hubiera nacido dentro de la red. Quizás, como digo, le hayan dado un golpe en la cabeza; tal vez, como dicen sus enemigos, siempre estuvo un poquito mal de la cabeza. Pero, de cualquier modo, ahora que su cabeza está en la trampa, o en la red, predicará con frecuencia sobre la imposibilidad de escapar de lazos y redes tejidos o hilados por la rueda del destino. En una palabra, quiero señalar que el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella.