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Conclusión de ‘La increíble tendencia del ser humano a minusvalorar su felicidad’, de Chesterton

Dice Enrique Gª-Máiquez que cada aforismo de GK es como un holograma de su pensamiento. La ‘Introducción’ a El acusado -que ayer analizábamos en su primera parte– es una síntesis de su pensamiento y de su obra. Cualquiera que desee introducirse en el pensamiento de Chesterton, debería empezar por ella, que es precisamente uno de sus primeros ensayos.

El juicio final, de Miguel Ángel

El juicio final, de Miguel Ángel

Suele hablarse del pesimista como de un hombre en rebelión. Pero no es así. En primer lugar, porque hace falta cierta alegría para permanecer en rebelión. Y, en segundo lugar, porque el pesimismo apela al lado más débil de cada uno, y el pesimista, por tanto, regenta un negocio tan ruidoso como el de un tabernero. La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, el que por lo general vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como es el de convencer a los demás de lo buenos que son.

En el Chestertonblog hemos mostrado cómo GK aplicaba una frase parecida a Dickens: El verdadero gran hombre es el que hace que todo humano se sienta grande. Es un criterio de rebeldía: no es suficiente no aceptar las cosas que no están bien: es necesario un impulso benéfico en los demás. Este criterio lo cumple GK a la perfección, te hace sentir mejor de lo que eras antes de leerlo: aprendes, pasas un rato agradable y te infunde una confianza y una tranquilidad en uno mismo y en la especie humana, aunque sea planteando cosas tan terribles como las que afirma en esta entrada, porque introduce siempre un punto de esperanza, a pesar de los pesares, como sigue diciendo:

Se ha demostrado más de un centenar de veces que si verdaderamente queremos enfurecer incluso mortalmente a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios. Conviene recordar que Jesucristo no fue crucificado por nada que dijera sobre Dios, sino por el cargo de haber dicho que un hombre podía derribar y reconstruir el Templo en tres días. Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley, han sido optimistas. Se han indignado no ante la maldad de la existencia, sino ante la lentitud de los hombres en comprender su bondad. El profeta que es lapidado no es un alborotador ni un pendenciero. Es simplemente un amante rechazado. Sufre un no correspondido amor por todas las cosas en general.

Aparece otro de los grandes temas de GK, nuevamente a caballo entre la antropología y la psicología: el estudio de las actitudes: optimismo y pesimismo serán dos de sus vocablos más utilizados a lo largo de toda la existencia. Su sentido analítico y filosófico le conducirá siempre a fijarse no sólo en lo que dice la gente, sino desde dónde lo dice, cuál es su postura ante la realidad de la que trata en su texto, o en su conversación: y siempre será una señal de la sensatez que veremos en seguida.
Surge la mención de la revolución. En Ortodoxia, GK muestra su simpatía por los revolucionarios. Pero una cosa es estudiar el pasado y otra comprobar los horrores del presente revolucionario: en Esbozo de sensatez (1927) señalará varias veces que es mejor cambiar las cosas poco a poco que a través de una revolución, porque ya se sabe lo que ha hecho la Revolución soviética y no querrá que lo mismo ocurra en Inglaterra.
Y vuelve la ortodoxia: para GK es inconcebible que los seres humanos rechacen el mejor mensaje que se les puede hacer: decirles que son hijos de Dios. Quizá no lo comprenden, quizá no lo quieren comprender. Pero para él resulta sorprendente: según relatan sus biógrafos (cf. Pierce, Seco, Ward), GK resultaba divertido entre sus colegas cuando hablaba de estas cosas… hasta que se dieron cuenta de que iba en serio, y entonces muchos comenzaron a desconcertarse, y él a sentirse aún más a gusto, polemizando con ellos. La paradoja es que –siendo librepensador, como lo fue- fue tan libre que quiso abrazar la única fe que los librepensadores tienen prohibido aceptar: la de declararse hijos de Dios. Y esto nos conduce por tanto a otra paradoja: aceptando esos dogmas exteriores, Chesterton fue precisamente él mismo, y cumplió su propio criterio, como vimos en la entrada de ayer.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.

Ahora se entremezclan el GK filósofo -que considera bien y mal- con el sociólogo del conocimiento y la cultura, que se detiene en la forma en la que las ideas se difunden y arraigan en la sociedad. En seguida lo explicará mejor, pero ver cómo se construye una forma de percibir el mundo –particularmente la Modernidad, como hemos señalado- contraria a la realidad de las cosas buenas que contiene le resulta tan desconcertante que lo marcará para siempre. Ya se iban formando sus mimbres de profeta y caballero, pero asentadas sobre unas sólidas bases analíticas, construidas con sus poderosas dotes intelectuales: nada que ver con el profeta callejero que se puede ver en algunas ciudades norteamericanas. Cada frase de Chesterton, cada ironía, cada chestertonada o paradoja, unirá una intuición peculiar con una fuerte dosis de razonamiento.

Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie, ni siquiera un lunático, podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno; pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo. Habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.

Aparece aquí otro de los elementos esenciales del método de Chesterton: la absoluta necesidad de la comparación para comprender y comprendernos. El mundo moderno –y esto es sociología del conocimiento otra vez- tiene tal idea de dominio, control y perfección que lo que no se ajuste a eso, será considerado un desastre: es un mundo de expectativas frustradas: todo tiene que ser perfecto. Podríamos poner decenas de ejemplos de la vida cotidiana personal o del funcionamiento de las grandes o pequeñas estructuras sociales y políticas. La consecuencia ya la sabemos: el pesimismo ha echado raíces en nuestra cultura, por lo que paradójicamente tienen que circular continuamente los mensajes que nos recuerdan que estamos hechos para la felicidad –ver Twitter-, aunque sin fundamento alguno, pues el  verdadero -ser hijos de Dios- ya ha sido rechazado.
Por la misma razón, Chesterton se pondrá a estudiar historia y hacer un continuo ir y venir del pasado al presente para ayudar a comprendernos mejor. Surge otro perfil de GK: quizá nunca fue un historiador convencional –un buscador de evidencias del pasado- pero sí fue un magnífico intérprete de la historia, como comprobamos en El hombre eterno o Breve historia de Inglaterra.

Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.

Si hay un concepto nuclear en el pensamiento de Chesterton es el de sensatez: el día que describamos lo que GK entendía por sensatez –sanity, quizá más expresiva en inglés- tendremos sin duda que acudir a esta Introducción, recomponiéndola, pero no cabe duda que expresiones como la anterior –derribar de una patada la escalera por la que acabamos de subir– o la siguiente –tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar– revelan la inquietud que Chesterton siente ante los errores que sus contemporáneos están cometiendo y han cometido a lo largo de los siglos.

Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.

Y es que la Modernidad se afana en el progreso por el progreso, por el adelanto en sí mismo: sabemos que Freud afirmaba que era necesario ‘matar al padre’ –en sentido simbólico, lógicamente- pero ese negar la bondad de lo que nos precede nos conduce a nuestra actual orfandad y despiste. Para evitarlo, Chesterton se complicó absolutamente la vida, a través de sus empresas periodísticas: enseñó a razonar y a ver el mundo con ojos de niño, mostró que el pasado no es tan terrible como nuestros intelectuales afirman, nos señaló la sensatez y la importancia del hogar y la amistad. Fue profeta porque amaba al mundo y a los hombres. Y así, descubrió su vocación:

Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado cuando los mundanos desprecian el mundo; que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

Más punta a ‘Ciencia y religión’, del rebelde Chesterton

El texto que publicábamos entero el otro día era tan rico que un primer análisis ya ocupaba el espacio de una entrada. Nos queda la parte más interesante, en mi opinión, en la que GK critica el limitado alcance que la ciencia puede llegar a tener en el conjunto de creencias de una persona, por lo que enuncia un principio general: Un hombre puede ser cristiano hasta el fin del mundo por la simple razón que un hombre podría haber sido ateo desde el principio del mundo.

Han existido ateos –de manera reducida, ciertamente- en todas las sociedades, mayoritariamente religiosas. Lo que a GK le llama profundamente la atención es que mucha gente de hoy se dedique a proclamar la no-existencia de Dios basándose precisamente en el conocimiento científico, que está ligado a la materia.

Para empezar, Chesterton se reconoce claramente materialista, si por tal se entiende que vivimos en la materia, que somos materia: El materialismo de las cosas está claramente en ellas, no se requiere nada de ciencia para encontrarlo. La ciencia investiga para conocer mejor los procesos, pero Chesterton se asombra de la capacidad de algunos ‘científicos’ para traspasar su ámbito propio: Un hombre que ha vivido y amado muere y los gusanos lo devoran. Eso es materialismo, si gustan. Eso es ateísmo, si gustan. Si la humanidad ha tenido fe a pesar de eso, puede creer a pesar de cualquier cosa. Pero por qué los hombres pierden aun más la esperanza al conocer los nombres de los gusanos que los devoran o los nombres de las partes que se comen… es difícil descubrirlo para una mente reflexiva.

Y plantea algunas preguntas, con su fina ironía y buen humor habitual: ¿Qué quieren decir las personas cuando dicen que la ciencia ha alterado su perspectiva del pecado? ¿Qué tipo de punto de vista del pecado podían haber tenido antes de que la ciencia lo alterara? ¿Acaso pensaban que era algo para comer? Cuando la gente dice que la ciencia ha sacudido su fe en la inmortalidad, ¿qué quieren decir? ¿Pensaban que la inmortalidad era un gas? Por supuesto que la verdad es que la ciencia no ha introducido principio nuevo alguno al asunto.

Chesterton es consciente del cambio de planteamiento vital de muchas personas y que ese cambio se achaca a la ciencia, pero sabe que en realidad está en otro lugar. Hay que buscar por otros derroteros, menos relacionados con las ‘demostraciones científicas’ y más con los ‘postulados’ del mundo moderno, que henchidos de optimismo, conducen al más triste pesimismo, como él experimentó personalmente. Los argumentos se desarrollan en Ortodoxia, Herejes, El hombre eterno... Con un poco de tiempo, iremos montándolos en el Chestertonblog.

Hoy sí terminamos con unas palabras de GK y su agudo sentido crítico: para la persona que conserva la sensatez –el sentido común- las cosas están claras y la ciencia no crea ningún problema, la cosa es más bien al revés. Y ojo a estas palabras, porque con ellas el rebelde Chesterton abandera a quienes no queremos reducirnos a un montón de polvo: Mi objeción principal a estos revolucionarios semi-científicos es que no son revolucionarios en absoluto. Son el partido de la obviedad. No sacuden a la religión: parece que la religión los sacude a ellos. Sólo pueden responder la gran paradoja repitiendo una perogrullada.

Chesterton, autor de aforismos, por García-Máiquez

Hemos comenzado en el Chestertonblog una serie de perfiles de GK, del que sólo hemos elaborado el de periodista. Preparábamos otro cuando nos hemos topado con este artículo de Enrique García-Máiquez en Nueva Revista, que analiza la vertiente tan conocida de Chesterton, autor -sobrevenido- de aforismos. Basta seguir algunos hastags de Twitter para darse cuenta que Chesterton es uno de los grandes en esa red: se diría que está hecho para los 140 caracteres, retuiteado hasta la saciedad.

Cúpula del Panteón de Roma. Freepic.es

Cúpula del Panteón de Roma. Freepic.es

Recomiendo vivamente leer el texto de García-Máiquez, que nos hace pasar de las pequeñas citas de GK a sus grandes ideas. Por si alguien no tiene tiempo, entresaco alguna cosa. La primera paradoja es que Chesterton jamás se dedicó a escribir pensamientos breves, sino que éstos brotaban espontáneamente en todas y cualquiera de sus obras, pues tenía el don de unir ideas con brillantez de expresión, más allá de los juegos de palabras o las sutiles ironías. Como él mismo dijo en su Autobiografía, «nunca he tomado en serio mis libros, pero tomo muy en serio mis opiniones«.

La difusión de sus citas supone tal ‘estallido atómico’ que Gª-Máiquez se pregunta si no puede suceder que esta expansión en ‘miles de trozos de metralla’ suponga un descuartizamiento de su pensamiento. Y su respuesta es que no, porque todas las frases brillantes de GK proceden del mismo lugar. Y es que –citando a Alfonso Reyes, y ésta es la segunda paradoja- Chesterton, el prolífico autor de aforismos, es hombre de una sola idea: «disimula toda una filosofía sistemática, monótona, cien veces repetida con palabras y pasajes muy semejantes a través de todos sus libros». Y tiene razón: es como el niño de Ortodoxia (Cap.4) que no se cansa de decir ‘¡Que lo haga otra vez!’ (esto es mío, pero no he podido evitar incluirlo). La respuesta es que se apoya sobre una totalidad que proporciona una magnífica unidad a todo lo que dice. Gª-Máiquez ofrece una hermosa metáfora, «si esa idea única que lo cubre todo adquiere la forma de una cúpula, es una cúpula romana», vinculada a su convicción de la ortodoxia como lo única capaz de dar una «explicación coherente de todo y ser fieles al fondo de alegría cósmica que él percibía en la existencia».

Dice Gª-Máiquez que en esa totalidad se aprehende su visión del universo y se desactiva la posibilidad de hacer decir cualquier cosa al autor de la cita: «Cada fragmento de Chesterton, por pequeño que sea, funciona como un holograma de la obra completa que se extiende a lo largo de los 36 volúmenes de los Collected Works de Ignatius Press. Sus citas no son simples extractos ni recortes más o menos aleatorios».

Va siendo hora de concluir, con la última paradoja de nuestra serie de hoy: «La capacidad de ver lo mismo que todos de un modo único, crea una mezcla de deslumbramiento y reconocimiento (o de originalidad y lugar común) que da su peculiar sabor a los mejores aforismos chestertonianos, o sea, a todos prácticamente. Y ahí estriba, en la medida en que se pueda desentrañar su misterio, esa condición que tienen de definitivos a la vez que inacabables».

Las reglas del articulista recomiendan acabar con unas palabras de Chesterton, pero no me resisto a concluir con las de uno de sus mejores discípulos, que anima a descubrir en sus libros «la desmesurada anchura de un autor tan afilado».

Chesterton y la magia, y 3: la elección final es cosa de cada uno

Prometí concluir los comentarios al artículo de Ramón Mayrata sobre Chesterton y la magia, porque tras hacernos recorrer las distintas actitudes que existen ante la realidad, nos ayuda a entender por qué Chesterton tomó la suya. Es la base de su perspectiva del asombro, pero no es menos importante que tiene repercusiones en la totalidad de la vida. Lo veíamos ayer y -razonablemente-, Mayrata nos propone el dilema a cada uno de los lectores:
Charles Dickens, inspirador de Chesterton

Charles Dickens, inspirador de Chesterton

«Tolkien (12) descubrió que Chesterton utilizaba el término  «mooreeffoc«, a partir de Dickens (13) para designar  la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto. Chesterton evoca el estupor que le suscitaba de niño la contemplación de un manzano como un manzano, capaz de hacer aparecer sólidas manzanas suspendidas de sus ramas.  La curiosidad universal y el interés por el sentido de las cosas son las actitudes básicas con las que percibe el universo. Alguna vez dijo que una cosa es asombrarse ante un dragón o un grifo, animales inexistentes. Pero otra,  y de muy superior condición, es el maravillarse ante un rinoceronte o una jirafa, animales que existen, aunque tienen todo el aspecto de pertenecer a la fantasíaConfieso que esta frase, leída en El libro del Tabú de Alan Watts (1915-1973), cuando era un adolescente, fue la llave que me condujo hasta Chesterton y la que mejor respondía a la pregunta que se formulaba Watts al inicio de su obra: ¿Qué debe saber una persona joven para estar bien informada sobre la vida?

«¿Porqué –proseguía Watts- entre tantos mundos posibles, esta colosal y aparentemente innecesaria multitud de galaxias en un continuum espacio-tiempo, inexplicablemente curvo, estas miríadas de tubos de distintos tipos, todos jugando locamente a ser individuos, estas innumerables formas de existencia, desde la elegante arquitectura del copo de nieve o de las algas diatomeas hasta el fantástico esplendor del pavo real o del ave del paraíso?» (14)

Sólo existen tres posibilidades: O todo es absurdo o todo tiene sentido o nosotros mismos otorgamos sentido a lo que no lo tiene. Elija el lector. Este dilema  convierte en emocionante nuestra existencia. Porque tenemos  la posibilidad de fracasar, de  optar por un sendero equivocado».

‘Chesterton y la magia’, por Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata (Madrid, 1952) , uno de los grandes conocedores de la historia del ilusionismo. Es además, escritor, periodista, guionista y algunas cosas más. Nos envían el enlace -ojalá nos enviaran más- que contiene un ensayo sobre Chesterton y la magia, que es varias cosas a la vez:

-Una contextualización del ambiente de la magia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, útil para entender películas recientes como ‘El prestigio: el truco final’ o ‘El ilusionista’, precisamente ambientadas en esa época.
-Una estudio sobre Magia, una obrita de teatro que GK escribió en 1913 a instancias de su amigo Bernard Shaw.
-Un análisis de la forma de pensar de Chesterton, o mejor aún, una explicación estupenda de cómo GK nos muestra cómo nuestro conocimiento se va transformando -estropeándose, en parte- al alejarnos de la niñez y su asombrada forma de mirar.

Mayrata se ha documentado bien, pero lo mejor es que -a pesar de destripar la historia de Magia– hace que te entren muchas ganas de leerla -o releerla, si es el caso. Remito al artículo completo, Chesterton y la magia, pero por si alguien no tuviera tiempo de leerlo entero, me permito seleccionar unos párrafos, con citas de la Autobiografía de Chesterton, para abrir el deseo de seguir profundizando. Respeto sus referencias al pie, que hay que encontrar en su propio blog:

«El mago de Chesterton se basa sólo en parte en la observación de magos reales. Por ejemplo hace alusión al juego de la aparición de una pecera con peces de colores que ejecutaba con primor Chung Ling Soo. Pero para Chesterton la creencia en la magia halla su combustible en el paraíso de la infancia, época en la que cualquier cosa es maravilla y el mundo está repleto de milagros. En su Autobiografía (7) relata la primera imagen vista en su niñez: “Lo primero que recuerdo haber visto con mis ojos es un muchacho atravesando a pie un puente. Tenía un bigotito rizado y una actitud de confianza en sí mismo rayana en la jactancia. Llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo brillante reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que Atravesaba surgía en uno los extremos del borde de un peligroso precipicio al pie de unas montañas cuyas cumbres se alzaban majestuosas en la distancia hasta lo más alto de la torre de un castillo con demasiadas almenas. La torre del castillo tenía una ventana por la que asomaba una dama joven. No recuerdo en absoluto su aspecto pero me batiré con cualquiera que niegue su extraordinaria belleza” (8).
El  Chesterton  maduro reconstruye con minuciosa  nitidez  el mundo mágico del Chesterton niño. Una vivencia  medieval y caballeresca improbable en el caso del hijo de un corredor de fincas en el último tercio del siglo XIX en Inglaterra. Lo cierto es que esta imagen tan vívida no pertenecía a la vida sino al teatro. A un teatrillo de juguete construido y manipulado por su padre que se agazapó para siempre en su memoria. Chesterton decía que permanecía “detrás de sus pensamientos revelándole “los bastidores del teatro de las cosas (9).
Y sin embargo no se trata de una ilusión. Está lejos de considerar el mundo real como un teatro a la manera de Calderón.  Disfruta del teatro aún a sabiendas de que es teatro. No se siente engañado al descubrir que el príncipe es un fantoche de cartón o el abismo una brecha entre dos corchos. Justamente lo que le atrae en el cartón, el corcho y la madera es la capacidad de convertirse en otra cosa sin dejar de ser lo que son. Nos basta recordar con qué facilidad transformábamos de niños el palo de una escoba en un caballo. Y no nos sorprendía que, sin solución de continuidad, la escoba volviera a utilizarse  para barrer la habitación.
El niño actúa como si,  pero distingue con toda naturalidad  entre el fingir y el engañar. “Sencillamente –dice Chesterton- porque el niño comprende la naturaleza del arte mucho antes de entender la naturaleza de la argumentación”.  El niño juega a que la bañera es un mar con olas que el mismo provoca. Crea imágenes que prosiguen su existencia en la imaginación. Pero no confunde la realidad con la ficción. Disfruta saltando de una a otra, No muy distinto es el planteamiento de un mago. La magia es yesca para la imaginación. Y en ese sentido tiene razón Juan Tamariz cuando afirma que la Magia prende cuando ese niño revive (10).
Chesterton efectúa una encarnizada defensa de la honestidad con que los niños contemplan el mundo que les rodea. Considera engañosos los términos que utilizamos los adultos para describir su manera de ver las cosas. No me parece que exista la menor sombra de falsedad en la claridad cristalina y la rectitud de la visión infantil de un palacio de hadas, o de un policía del país de las hadas. En un sentido, el niño cree mucho más que eso y, en otro sentido, mucho menos. No creo que el niño se deje engañar; o que por un momento se engañe a sí mismo. Creo que de inmediato establece su derecho directo y divino a disfrutar de la belleza; que se introduce en su propio y legítimo reino de la imaginación, sin retóricas ni preguntas, como surgen después de las falsas moralidades y filosofías, tocando la naturaleza de la mentira y de la verdad (11)».

Chesterton y la ética hacker: ¿cantar en el trabajo?

Las entradas de estos días referidas a la Edad Media están relacionadas con la ética hacker, por cuanto ésta cuestiona hasta el fondo el sentido calvinista del trabajo por el trabajo o el trabajo como dinero, que nace precisamente en el siglo XVI. Por esto, hay varios fragmentos del libro de Pekka Himanen La ética del hacker relacionados con la Edad Media para los que podríamos encontrar cierto parangón en textos de Chesterton, dedicados a las tareas que realizaban y cómo las realizaban nuestros antepasados.

Richard Stallman

Richard Stallman

Uno de ellos está dedicado al placer de cantar colectivamente mientras trabajaban, mientras iban poco a poco sacando adelante sus obligaciones. Pescadores, campesinos, artesanos etc. -como todos vimos en Blancanieves y los siete enanitos– tenían cánticos entre sus tradiciones colectivas que incrementaban la satisfacción. Y Chesterton, que lo asocia al placer de estar juntos realizando las faenas, lo explica en el fantástico ensayo «Gallo que no canta», publicado en español por Renacimiento en Lepanto y otros poemas (2003), traducido espléndidamente -como siempre- por Rice y Gª Máiquez (pp.108-113)Todo esto viene también a cuento de que Pekka Himanen recoge en su libro (p.49-50) la Free Software Song, compuesta y grabada para Internet por Richard Stallman, un controvertido defensor del software libre, que veremos. Pero antes hay que explicar el sentido chestertoniano -en realidad, social- del canto en el trabajo: De repente me pregunté por qué es (si es que es así) absolutamente inaudito que algún oficio o negocio moderno tenga una poesía ritual. […] Si los segadores cantan mientras siegan, ¿por qué no deberían los auditores cantar mientras auditan y los ban­queros mientras banquean? Si hay canciones para cada una de las cosas que hay que hacer en un barco, ¿por qué no hay canciones para cada una de las cosas que hay que hacer en un banco? Mientras el tren de Dover atravesa­ba los huertos de Kent, yo intenté escribir unas cancio­nes apropiadas para los señores que se dedican al comer­cio. Así, los oficinistas de los bancos, en el trabajo de sumar las columnas, podrían comenzar con un atrona­dor coro en alabanza a la suma simple:

¡Ánimo a todos! ¡Fuera pereza! hay muchos cálculos
que realizar. Los astros gritan: —’Dos más dos, cuatro’.
Y aunque reinos y credos caigan, y aunque arruinados
lloremos, y aunque rujan los sofistas…, ¡son cuatro!

(Up my lads, and lift the ledgers, sleep and ease are o’er.
Hear the Stars of Morning shouting: ‘Two and Two are Four’.
Though the creeds and realms are reeling, though the sophists roar,
Though we weep and pawn our watches, Two and Two are Four.)

También, por supuesto, se necesitaría otra canción para tiempos de crisis financiera y coraje, una canción con unos versos más fieros y pavorosos, como un galope de caballos en la noche:

¡Alerta!
El director perdió el timón, el secretario bebe ron,
y la campana a la tripulación reclama en la cubierta
para bregar…
¡Alerta!
De nuestro barco (o entidad financiera) defenderemos los pendones
hasta que la leyenda refiera
que disparó sus cien cañones por banda…,
antes de que se hundiera…

(There’s a run upon the Bank
Stand away!
For the Manager’s a crank and the Secretary drank, and the Upper Tooting Bank
Turns to bay!
Stand close: there is a run
On the Bank.
Of our ship, our royal one, let the ringing legend run, that she fired with every gun
Ere she sank.)

¡Qué bien vienen esos versos para la crisis actual! Si los hubieran tenido en cuenta… Pero -continúa GK- por si los empleados públicos se animasen más aún que los de la empresa privada a entonar cánticos colectivamente, también para ellos compuso su canción, como ésta, para los de la oficina de Correos:

Caen cartas sobre Londres como cae la nevada;
y, como el raudo rayo, se entrega el telegrama.
Son noticias que anuncian la boda de una dama
o que una dulce anciana ha siso asesinada.

CORO (con ritmo enérgico y alegre)
O que una dulce anciana ha sido asesinada.

(O’er London our letters are shaken like snow,
Our wires o’er the world like the thunderbolts go.
The news that may marry a maiden in Sark
Or kill and old lady in Finsbury Park.

CHORUS (with a swing of joy and energy)
Or kill and old lady in Finsbury Park.)

Pero Chesterton es consciente de que sus propuestas no van a tener el éxito que desearía: Al final de mis reflexiones, no he llegado más que al mismo sentimiento subconsciente de mi amigo, el oficinista bancario: hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes.

Ahora es el momento de exponer los versos de Stallman, la Free Software song, una vez que comprendemos el sentido ritual de la misma, al tiempo que nos impregnamos del espíritu animoso y liberador, del empuje social que Chesterton detecta en el hecho de cantar juntos:

Únete a nosotros, comparte el software;
libérate, hacker, libérate.
Únete a nosotros, comparte el software;
libérate, hacker, libérate.
Los avaros amasan mucho dinero;
pues qué bien, hacker, pues qué bien.
Pero no ayudan a su prójimo;
y no puede ser, hacker, no puede ser.
Cuando tengamos bastante software libre
en nuestro poder, hacker, en nuestro poder,
esas necias licencias las tiraremos,
lo vas a ver, hacker, lo vas a ver.
Únete a nosotros, comparte el software;
libérate, hacker, libérate.
Únete a nosotros, comparte el software;
libérate, hacker, libérate.

Join us now and share the software
You’ll be free, hackers, you’ll be free.
Hoarders may get piles of money,
That is true, hackers, that is true.
But they cannot help their neighbors;
That’s not good, hackers, that’s not good.
When we have enough free software
At our call, hackers, at our call,
We’ll throw out those dirty licenses
Ever more, hackers, ever more.
Join us now and share the software;
You’ll be free, hackers, you’ll be free.

Estoy seguro de que estas letrillas no nos animarán a cantar mientras trabajamos, pero, además de hacernos sonreír, nos harán pensar en el sentido de nuestra tarea, individual y colectivo. Para tener la panorámica general de Chesterton, el próximo domingo publicaremos el ensayo completo, pero no me resisto a ofrecer ya las últimas líneas del texto, tan específicamente suyas: Volviendo a casa, pasé por un pequeño edificio de latón perteneciente a alguna agrupación religiosa, que estaba siendo sacudida por un griterío del mismo modo que vibra una trompeta con su propia música. Al menos allí estaban cantando; y yo tuve por un instante una idea que ya había tenido antes: que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado.

Chesterton en la #GrinWeek de la Universidad de Granada

Me han pedido en la desconferencia de la #GrinWeek 2014 de la Universidad de Granada que mostrase a todos por qué Chesterton es un escritor para nuestro tiempo, en cinco minutos. Ésta ha sido más o menos mi exposición:

GrinWeek ugr 3

Cuando Chesterton (1974-1936) quiso ser pintor, con 19 años, entró de lleno en un ambiente decadente, egotista y pesimista, que estuvo a punto de arrastrarlo. Su afición a la narrativa –especialmente, el optimismo de autores como Dickens, Whitman, Browning y otros- le animó a romper con aquello, comprendiendo que cualquier aventura, especialmente la aventura de la vida –para serlo verdaderamente-, está llena de condiciones y limitaciones, al tiempo que debíamos estar profundamente agradecidos por el don de la vida. Acabó dedicándose al periodismo y la literatura.

Chesterton poseía unas dotes extraordinarias para el análisis de cuanto veía, especialmente para advertir las últimas consecuencias tanto de los razonamientos como de las acciones humanas y su relación mutua. Comparó la vida con un misterio, con una especie de cerradura, cuya llave había que encontrar. La llave debía reunir determinadas condiciones: tener la posibilidad de superar el pesimismo, sin caer en el optimismo ingenuo; permitir disfrutar de la vida y de los bienes, sin hacerlos fines en sí mismos; debía ser reconocer en el prójimo a un igual y, por último, debía tener un equilibrio entre todas las facultades del ser humano, que debía vivir en libertad y sensatez, sin obsesionarse con romper limitaciones absurdas, que enriquecían la vida: Como lo suelen hacer los chicos precoces, yo quise adelantarme a mi tiempo; como ellos, quise adelantarme, aunque fuera unos diez minutos, hacia la hora de la verdad. ¡Y todo para descubrir, a la postre, que andaba yo atrasado en unos mil ochocientos años! (Ortodoxia, Cap.1).

Así, encontró que su propuesta existía ya desde hacía XIX siglos: era la respuesta cristiana y –atraído especialmente por el apasionamiento de San Francisco y el sentido común de Santo Tomás, autores que biografiaría más tarde- comenzó su acercamiento al cristianismo, aunque no se hizo católico hasta 1922, con 48 años.

Mientras tanto, desarrolló su filosofía de la sensatez: se dio cuenta de que las tradiciones era depositarias de un sorprendente grado de sentido común, mientras que el mundo moderno exaltaba lo nuevo por lo nuevo, en un afán de cambiarlo todo, que hacía más ricos a los ricos y llenaba la cabeza de la gente corriente de ideales atrayentes pero insensatos –como la confianza en sí mismo (superhombre), el progreso científico que nos traería un nuevo mundo, el crecimiento del Estado que de acuerdo con las grandes empresas creaba un sistema capitalista que establecía para la mayoría una nueva forma de servidumbre en una sociedad salarial, en vez de hacernos propietarios.

Chesterton desconcertaba en el ambiente puritano de su época, por el sentido disfrutador que daba a todo lo que hacía, pero su sentido placer agradecido trascendía el materialismo del carpe diem. Tenía unas cualidades singulares: era muy simpático y divertido, en su trato y en sus escritos, llenos de agudeza en un estilo peculiar; fue siempre muy respetuoso: criticaba rigurosamente las ideas de los demás, sin atacar a las personas. Y no tenía enemigos a pesar de su incorrección política: en su día se hizo famoso criticando el imperialismo británico y defendiendo a los conquistados, pero aún hoy nos recuerda que el divorcio sólo es una superstición que arregla pocas cosas y no nos hace más felices.

Chesterton fue y es querido y admirado por personas de todas las tendencias políticas y sociales y traducido por editoriales de todo signo ideológico. Es muy famoso por sus citas, pero su profundo pensamiento es muy útil para el mundo de hoy, por su capacidad crítica ante los ideales que la sociedad tiene comúnmente aceptados, particularmente un orden social y económico que nos ofrece lujos, pero nos hace dependientes, una ciencia que promete la solución técnica de todos los problemas y un orden cultural que nos tiene entretenidos, mientras nos hace creer que pensamos por nosotros mismos.

A Chesterton le encantaban las paradojas: una de sus ideas principales es que el ser humano siempre está buscando su hogar, pero a veces, para encontrarlo tiene que dar la vuelta al mundo. También es paradójico que sus planteamientos vitales cuadren perfectamente en el contexto de la ética hacker que –comenzando en el mundo de los informáticos- hoy se abre camino entre profesionales de diversos ámbitos: hay que recuperar la pasión, el sentido común, la creatividad la sensatezPara glosar su pensamiento y aprender a pensar como él, se hizo el Chestertonblog.

Mi cita preferida de Chesterton

El hombre que hace una promesa acuerda una cita consigo mismo en algún lugar o fecha lejanos. El peligro está en que no acuda a la cita. Y en los tiempos modernos este terror a uno mismo, a la debilidad y mutabilidad propias, ha crecido peligrosamente y es el verdadero fundamento de la objeción a cualquier tipo de promesa (Una defensa de las promesas precipitadas, El acusado, 04-03; edición Espuela de plata, p.64).

Ésta es una de mis frases favoritas de Chesterton. Me gusta porque habla de unidad de vida, de fidelidad a las propias convicciones, de integridad y… Chesterton fue siempre fiel a sí mismo, que es ser fiel a la verdad que en un momento comprendió, con su cabeza y su corazón. Dedicó el resto de su vida a promover esa verdad, abriendo los ojos a los demás, también sobre sus propia fragilidad e inconsistencia.

GK continúa el texto desarrollando su teoría: Quien hacía una promesa, por absurda que fuera, estaba dando expresión sana y natural a la grandeza de un gran momento. Prometía por ejemplo, encadenar dos montañas, tal vez como símbolo de una gran fe, un gran amor o una gran aspiración. Y por breve que fuera el momento de su determinación, aquel era, como todo gran momento, un momento de inmortalidad (40-05).

Hay una antropología auténtica y original en Chesterton, una comprensión del ser humano, su naturaleza y sus aspiraciones. Me viene a la cabeza abrir un apartado dedicado estudiarla con detalle, pero, ¿acaso no acuñó ya el concepto de sensatez como núcleo y síntesis de su visión del hombre?

Por otra parte, cualquiera suscribiría la fragilidad y variabilidad humanas, pero hablar del terror a uno mismo pone de manifiesto la visión agudísima que GK poseía: aquí, Chesterton se revela igualmente como profeta, y para mostrarlo recojo los dos últimos párrafos del artículo. Si me hubieran preguntado por la fecha de su redacción, hubiera señalado que es un texto reciente que describe la postmodernidad en que vivimos: ese quiero y no puedo, ese estoy y no estoy, esa búsqueda perenne de una satisfacción imposible, dadas las bases sobre las que se ha construido este mundo.

Como hemos dicho, es exactamente esta puer­ta trasera, esta sensación de contar con una retirada tras nosotros, esto es, para nuestra mente, el espíritu esterilizador del placer moderno. En todas partes ha­llamos el persistente y loco intento de obtener placer sin pagar un precio a cambio. Y así, en política, dicen los jingoístas [nacionalistas e imperialistas] modernos: ‘Disfrutemos los placeres del conquistador sin sufrir las penalidades del soldado: sentémonos en los sofás a ser una raza vigorosa’. Así, en religión y moral, dicen los místicos decadentes: ‘Disfrutemos la fragancia de la sagrada pureza sin sufrir las penalidades del autodominio; cantemos alternativamente un himno a Príapo y otro a la Virgen’. Así, en el amor, dice el amante partidario del amor libre: ‘Disfrutemos el esplendor de la entrega sin el peligro del compromiso; veamos si no es posible suicidarnos un ilimitado número de veces.

Pero, categóricamente, podemos decir que no funcionará. Hay momentos emocionantes, sin duda, para el espectador, para el mero aficionado y el esteta; pero hay una emoción que sólo conoce el soldado que lucha por su bandera, el asceta que ayuna por su iluminación, el enamorado que hace su propia elección definitiva. Y es esta autodisciplina transformadora lo que convierte la promesa en algo verdaderamente sensato. Debe haber satisfecho incluso la inmensa hambre del alma de un enamorado o de un poeta saber que a consecuencia de un instante de decisión la cadena colgará durante siglos de los Alpes entre las estrellas y las nieves silenciosas. Todo cuanto nos rodea ahora es la ciudad de los pecados menores, que abunda en puertas traseras y retiradas fáciles, pero, tarde o temprano, con certeza, la imponente llama surgirá del puerto para anunciar que el reinado de los cobardes ha llegado a su fin, y un hombre está quemando sus naves (04-09 y 10).

Sólo quienes sostienen su promesa conocen el verdadero valor de la vida.

Chesterton: ‘Libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad’

Seguimos leyendo a trozos El fanático‘ (1910), para comprender mejor cómo funciona la cabeza del genial Chesterton, al distinguir -en este caso- entre dogmatismo y fanatismo. GK exige a su oponente la argumentación completa: no en vano ése fue siempre su método, llegar a las últimas consecuencias de los argumentos. Aunque hoy verdad y error se consideran tan relativos…  

La verdadera liberalidad consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental.
El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad. Mientras más sólidamente convencido esté un hombre, menos usará frases como: «Ninguna persona culta puede sostener realmente…», o «no puedo comprender cómo el señor Jones puede llegar a afirmar…», seguidas de una opinión muy antigua, moderada y defendible.
Una persona progresista puede opinar lo que le agrade. Yo comprendo perfectamente cómo el señor Jones sostiene esas opiniones maniáticas que sostiene.

Y ésta es la clave:

Si un hombre cree sinceramente que tiene el mapa del laberinto, éste debe mostrar igualmente los buenos y los malos caminos. Debería ser capaz de imaginar el panorama completo de un error, la lógica completa de una falacia. Debe ser capaz de pensarlo, si no es capaz de creerlo.

Chesterton: definiciones de dogma y fanatismo

En una de las últimas entradas –GK en mil palabras– hemos introducido por primera vez en el Chestertonblog una de las palabras más utilizadas por GK y –si se me apura- más queridas por él: la palabra dogma.

Para Chesterton, un dogma –propongo a debate la siguiente definición- es una idea firme y principal, en el sentido de que actúa como principio de las demás, convenientemente razonada y que implica actitudes hacia la realidad para aquél que la sostiene. Él mismo lo explica en algunos textos, por ejemplo, en el artículo El fanático, de 1910 (Los libros y la locura, El buey mudo, n.30), que recogeremos pronto completo y comentado.

Mientras tanto, para abrir boca -y cerrar el año 2013-, basta este fragmento del mismo para mostrar quién es más dogmático –en sentido negativo-, pues la clave está en la distinción entre dogmático y fanático:

Nada más acentuado en esta extraña época nuestra que la combinación de un tacto exquisito y una simpatía por las cosas de gusto y estilo artístico, con una estupidez casi brutal en las cosas que se refieren al pensamiento abstracto. No hay grandes filósofos combativos hoy en día porque nos preocupamos del gusto, y no existe disputa sobre gustos. Un destacado crítico del New Age hizo hace poco una observación sobre mí que me divirtió bastante. Después de decir muchas cosas demasiado elogiosas, pero maravillosamente simpáticas, y de hacer muchas críticas que eran realmente delicadas y exactas, terminaba –hasta donde la memoria me es fiel- con estas sorprendentes palabras: «Pero yo nunca puedo considerar mi igual intelectual a un hombre que cree en algún dogma». Era como ver a un buen escalador alpino caer tres mil metros para dar en el barro.

Porque esta última frase es esa antigua, inocente y rancia cosa que se llama fanatismo: es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. Mi infortunado crítico está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis.

Mi inteligencia es menos fina, pero por lo menos es más libre. Yo puedo ver cinco o seis universos con toda claridad. Puedo ver el universo espiral por el que se arrastra, esperanzadamente, la señora de Besant; puedo ver el mundo de mecanismo relojero a cuyo compás tictaquea tan efectivamente el cerebro del señor McCabe; puedo ver el mundo de pesadillas del señor Hardy, y su Creador cruel y necio como un tonto de pueblo; puedo ver el mundo ilusorio del señor Yeats, una bellísima cortina que cubre sólo oscuridad; y no me cabe duda de que podré ver la filosofía de mi crítico también, si es que alguna vez se llega a dar el trabajo de expresarla en términos inteligentes. Pero como la expresión «cualquiera que cree en cualquier dogma» no significa, para una mente racional, ni más ni menos que «laralarí-larirará«, lamento que por el momento sólo pueda colocarlo [al periodista en cuestión] entre los grandes fanáticos de la historia.