Archivo mensual: febrero 2014

Destripando ‘Ciencia y religión’ de Chesterton

Como siempre, comentamos los textos de GK que publicamos -ayer fue Ciencia y religión– para sacarle algo más del jugo posible. No hace falta decir Chesterton es un gran partidario de la ciencia, pero no podía sufrir la mala ciencia, porque implica un mal razonamiento, una mala lógica, de la que el libro que critica parece estar plagado.

Para empezar, no sé si a alguien más le habrá llamado la atención eso de que la ciencia es como una simple suma: o es infalible o es falsa. Por supuesto, no está hablando de matemáticas, las únicas ciencias exactas. Lo que yo entiendo –y puedo muy bien estar equivocado- es que la ciencia no es un conocimiento teórico, sin más, sino que acaba siendo práctico, al aplicarlo. De hecho, buena parte del debate teórico de la postmodernidad está basado en la posibilidad o no de justificar la ciencia: hemos oído hablar del teorema de incompletitud de Gödel y de los sistemas autorreferenciales y otros territorios pantanosos para mí, de los que sólo sé decir que al final el conocimiento científico está siempre entre paréntesis, es decir, aceptado mientras no se demuestre que es falso. Lo asombroso de esto es que el propio Chesterton se plantea estas cuestiones en el capítulo 3º o 4º de Ortodoxia, cuestiones que tienen que ver con el falsacionismo de Popper y… bueno, ya me voy otra vez. Al final, la ciencia aceptada es la que funciona en forma de técnica, y punto. Ojalá alguien pueda arrojar más luz y más claridad sobre este asunto. Aquí me paro.

Otro punto a destacar se refiere a la religión de la que cada uno habla: quizá alguna religión bestial y oscura en la que fueron criados y de la que yo ni siquiera he escuchado, o deben estar hablando de alguna radiante y cegadora visión de Dios que han encontrado, de la que no he oído. Porque resulta que la experiencia de cada uno con la religión es tan variada, y lo que entendemos por ella tan diverso, que alguna vez he estado de acuerdo con la postura de personas antirreligiosas cuando me han explicado cómo entienden o cómo han vivido ellos la religión. Hoy se lleva criticar al cristianismo –que no al Islam- sin tener la más mínima idea del mismo, ni de los gigantes que lo han construido, como si fueran inventos novelísticos. El problema se hace más agudo por tanto, porque la gente cree que sabe de lo que habla.

Los autores del libro que GK critica parecen estar obsesionados con la culpa: existe una visión antropológica que insiste en que el cristianismo gira en torno a la culpa. Otras teorías –de Rousseau a Freud, pasando por Nietzsche- serían más ‘amigables’ con el ser humano. Son los que viven del dogma de ‘una elevación incesante en la escala del ser’ para el hombre. Pero no hace falta recordar los desastres del siglo XX para demostrar la existencia del mal en el corazón humano: todos tenemos la experiencia de la maldad en nuestro interior… o somos medio idiotas.

Antifragil portada

Otro tema interesante del texto –que será recurrente en el desarrollo de la primera parte de El hombre eterno, es el de la ‘ausencia de pruebas como prueba de ausencia’: Porque la ciencia no ha encontrado algo que obviamente no podía encontrar, entonces algo completamente diferente –el sentido psicológico del mal- es falso. Uno de mis escritores favoritos, Nassim Nicholas Taleb –famoso por El cisne negro-, insiste en esto en su último libro, Antifrágil. No he encontrado referencias a Chesterton en Taleb, pero estoy seguro de que se llevarían bien, porque ambos son muy críticos e irónicos con la casta intelectual dominante y el conocimiento que generan, en lugar de la sabiduría popular.

Más cosas, para otro día.

‘Ciencia y religión’: Un poco más de rigor, por favor. Firmado, Chesterton

Tenemos el honor de incluir, por primera vez en el Chestertonblog, una estupenda traducción de un texto de Chesterton, que nos ha sido enviada por Carlos D. Villamayor, para nuestra sección de textos completos de los domingos. Pertenece a All things considered (1908), y no existe -que yo sepa- traducción al castellano, por lo que el texto sería una primicia que ofrecemos en el blog.

Es una irónica y aguda llamada al rigor lógico y metodológico, una de las obsesiones -si puede llamarse así- de nuestro escritor a algunos fragmentos de un libro. Desde luego, GK no pretende resolverlo todo en 1000 palabras, tan sólo algún detalle que le llama la atención. Lo asombroso, es que aún hoy hay divulgadores -y algunos muy populares- que comparten las ‘conclusiones’ que GK critica en este texto.

Ciencia y religión

Estos días se nos acusa de atacar a la ciencia porque queremos que sea científica. Seguramente no hay ninguna falta de respeto en decirle a nuestro doctor que es nuestro doctor, no nuestro sacerdote, ni nuestra esposa o nosotros mismos. No es tarea del doctor decir que debemos ir a la costa; es asunto suyo decir que habrá ciertas consecuencias en nuestra salud si vamos a la costa. Después de eso, obviamente, nos toca decidir a nosotros.

La ciencia es como una simple suma: o es infalible o es falsa. Mezclar ciencia y filosofía sólo produce una filosofía que ha perdido todo su valor ideal y una ciencia que ha perdido todo valor práctico. Quiero que mi médico de cabecera me diga si éste u otro alimento me matará. Le toca a mi filósofo de cabecera decirme si debo morir.

Me disculpo por afirmar todas estas verdades tan obvias. Pero la verdad es que acabo de leer un grueso folleto escrito por un grupo de hombres altamente inteligentes que parecen nunca haber escuchado ninguna de estas verdades en sus vidas.

Los que detestan al inofensivo escritor de esta columna se limitan generalmente -en un último éxtasis de cólera- a llamarlo ‘brillante’; lo que en nuestro periodismo hace mucho que se volvió una mera expresión de desprecio. Pero me temo que incluso esta desdeñosa frase me honra demasiado. Cada vez me convenzo más y más de que sufro, no de una impertinencia llamativa, sino de una simplicidad que bordea la imbecilidad. Pienso más y más que debo ser muy torpe y que todos los demás en el mundo moderno deben ser muy listos.

Acabo de leer esta importante recopilación que me ha enviado un grupo de hombres por quienes tengo un alto respeto, llamada ‘Nueva Teología y Religión Aplicada’. Y es literalmente cierto que he leído columnas enteras sin saber de qué estaban hablando. O deben estar hablando sobre alguna religión bestial y oscura en la que fueron criados y de la que yo ni siquiera he escuchado, o deben estar hablando de alguna radiante y cegadora visión de Dios que han encontrado, de la que no he oído, tan esplendorosa que enreda su lógica y confunde su habla. El mejor ejemplo que puedo citar está conectado con la cuestión del asunto de la ciencia en la Tierra, de la que acabo de hablar. Las siguientes palabras están firmadas por un hombre cuya inteligencia respeto, pero no entiendo ni pies ni cabeza de ellas:

“Cuando la ciencia moderna declaró que en el proceso cósmico no había ningún evento histórico correspondiente a una Caída, sino que contaba, al contrario, la historia de una elevación incesante en la escala del ser, fue bastante claro que el esquema paulino –quiero decir los procesos argumentativos del esquema de salvación de San Pablo– había perdido su mismo fundamento; ¿o acaso no era ese fundamento la depravación total de la raza humana, heredada de sus primeros padres?… Pero ahora que ya no había Caída; no había depravación total, o peligro inminente de perdición sin fin; y yéndose la base, siguió la superestructura.”

Está escrito con seriedad y excelente uso del lenguaje; debe significar algo. ¿Pero qué puede significar? ¿Cómo podría la ciencia probar que el hombre no está depravado? No se abre con bisturí a un hombre para encontrar sus pecados. No se le hierve hasta que expide los inconfundibles vapores verdes de la depravación. ¿Cómo podría la ciencia encontrar cualquier rastro de una caída moral? ¿Qué rastros esperaba encontrar el escritor? ¿Esperaba encontrar una Eva fósil con una manzana fósil en su interior? ¿Suponía que la historia le guardaría el esqueleto completo de Adán junto a una descolorida hoja de parra?

Todo el párrafo citado es simplemente una serie de frases inconsecuentes, todas ciertamente falsas por ellas mismas y todas ciertamente irrelevantes entre ellas. La ciencia nunca dijo que no podía haber una Caída. Podrían haber sido diez Caídas, una encima de la otra y sería bastante consistente con todo lo que sabemos por la ciencia. La humanidad podría haber empeorado moralmente por millones de siglos y esto de ninguna manera habría contradicho el principio de la Evolución. Los hombres de ciencia (no lunáticos delirantes) nunca han dicho que hubo ‘una elevación incesante en la escala del ser’, puesto que una elevación incesante significaría una elevación sin recaídas ni fallas y la evolución física está llena de recaídas y fallas.

Ciertamente ha habido algunas caídas físicas; podría haber cualquier cantidad de caídas morales. Así que, como he dicho, estoy honestamente desconcertado en cuanto al significado de pasajes como éstos, en los que la persona avanzada escribe que porque los geólogos no saben nada de la Caída, entonces cualquier doctrina sobre depravación es falsa. Porque la ciencia no ha encontrado algo que obviamente no podía encontrar, entonces algo completamente diferente –el sentido psicológico del mal- es falso.

Se podría resumir, abrupta pero exactamente, el argumento del escritor de una manera como ésta: “No hemos encontrado los huesos del Arcángel Gabriel, quien probablemente no tenía huesos; por lo tanto los niños, por ellos mismos, no serán egoístas”. Para mí es tan descabellado como si un hombre dijera: “El fontanero no encuentra nada malo en nuestro piano, así que supongo que mi esposa me ama”.

No voy a entrar aquí en detalle sobre la doctrina real del pecado original o sobre la versión probablemente falsa de ella que la Nueva Teología llama “doctrina de la depravación”. Pero fuera lo que fuese la peor doctrina de la depravación, era un producto de una convicción espiritual; no tenía nada que ver con orígenes físicos remotos.

Los hombres pensaban que la humanidad era malvada porque ellos mismos se sentían malvados. Si un hombre se siente malvado, no veo por qué de repente debería sentirse bueno porque alguien le dice que sus ancestros tenían cola. Por todo lo que sabemos, la pureza e inocencia básicas del hombre pudieron haberse perdido con su cola.

Lo único que sabemos sobre esa pureza e inocencia básicas es que no las tenemos. Nada puede ser, en el más estricto sentido de la palabra, más cómico que comparar algo tan vago como las conjeturas hechas por antropólogos sobre el hombre primitivo, contra algo tan sólido como el sentido humano del pecado. Por su misma naturaleza, la evidencia del Edén es algo que uno no puede encontrar. Por su misma naturaleza, la evidencia del pecado es algo que uno no puede evitar encontrar.

Algunas afirmaciones las rechazo, otras no las entiendo. Si un hombre dice, “pienso que la raza humana estaría mejor si se abstuviera totalmente de bebidas alcohólicas,” entiendo bien lo que quiere decir y cómo su posición podría ser defendida. Si un hombre dice, “deseo abolir la cerveza porque soy un hombre de moderación”, su comentario no me transmite significado alguno. Es como decir “deseo acabar con las carreteras porque soy un caminante moderado”. Si un hombre dice, “no soy Trinitario”, lo entiendo. Pero si dice (como una señora me dijo una vez), “creo en el Espíritu Santo en un sentido espiritual”, me voy confundido. ¿En qué otro sentido podría uno creer en el Espíritu Santo?

Y lamento decir que este folleto de puntos de vista religiosos progresistas está lleno observaciones desconcertantes de ese tipo. ¿Qué quieren decir las personas cuando dicen que la ciencia ha alterado su perspectiva del pecado? ¿Qué tipo de punto de vista del pecado podían haber tenido antes de que la ciencia lo alterara? ¿Acaso pensaban que era algo para comer? Cuando la gente dice que la ciencia ha sacudido su fe en la inmortalidad, ¿qué quieren decir? ¿Pensaban que la inmortalidad era un gas?

Por supuesto que la verdad es que la ciencia no ha introducido principio nuevo alguno al asunto. Un hombre puede ser cristiano hasta el fin del mundo por la simple razón que un hombre podría haber sido ateo desde el principio del mundo.

El materialismo de las cosas está claramente en ellas, no se requiere nada de ciencia para encontrarlo. Un hombre que ha vivido y amado muere y los gusanos lo devoran. Eso es materialismo, si gustan. Eso es ateísmo, si gustan. Si la humanidad ha tenido fe a pesar de eso, puede creer a pesar de cualquier cosa. Pero por qué los hombres pierden aun más la esperanza al conocer los nombres de los gusanos que los devoran o los nombres de las partes que se comen… es difícil descubrirlo para una mente reflexiva.

Mi objeción principal a estos revolucionarios semi-científicos es que no son revolucionarios en absoluto. Son el partido de la obviedad. No sacuden a la religión: parece que la religión los sacude a ellos. Sólo pueden responder la gran paradoja repitiendo una perogrullada.

Hemos analizado y glosado este texto en otras dos entradas: ‘destripándolo‘ y sacándole más punta.

¿Escribió Chesterton sobre el aborto? Un argumento original

Realmente, no lo sé. No he leído todo lo que GK escribió, y si en algún momento leí algo al respecto, no lo recuerdo. Pero me parece que la actualidad del tema en España bien merece una reflexión chestertoniana. No sería coherente, sabiendo que Chesterton siempre se involucró en las cuestiones de su tiempo.

Desde luego, la cuestión del aborto no era un tema de actualidad en la época de Chesterton. Así que me he dirigido a un libro –que aún no hemos podido tratar en el Chestertonblog- que GK dedicó a una cuestión muy próxima y que tuvo su momento candente en los años 20 del siglo XX:  La eugenesia y otras desgracias, publicada por Espuela de Plata en 2012, de la que ofrecemos la recensión de Bienvenidos a la fiesta. Como sabemos, la eugenesia es un conjunto teorías y de prácticas orientadas a la mejora de la especie humana, que desecha a los individuos de menor ‘calidad’, despreciando su dignidad. Difundida a finales del siglo XIX y justificada científicamente por la teoría de la evolución, Estados Unidos y Suecia tuvieron leyes avanzadas que por fortuna fueron pronto abolidas. La intervención de Chesterton y sus colegas hicieron que las leyes británicas fueran las más moderadas del entorno.

Pues bien, en ese libro he encontrado una reflexión  que además nos ayuda a comprender mejor el problema: El que no ama a su esposa a quien ve, ¿cómo podrá amar al hijo a quien no ha visto? (p.115). Y entonces he acudido al Instituto Nacional de Estadística español y he encontrado unos datos suficientemente expresivos de la realidad actual que -más allá de la permisividad de las leyes- se mueve a razón de 100.000 rupturas anuales desde hace mucho tiempo:

Grafico evolucion divorcio en España 2002-2011

Como otras veces, la agudeza sociológica de Chesterton -su capacidad de establecer relaciones entre cuestiones que no son directamente evidentes para la mayoría- da en el clavo de lleno, ayudando a comprender el fenómeno actual.

Versos de Chesterton para el Día de los Enamorados

Eestrellas para Nocturno

No sé desde cuándo San Valentín es el patrón de los enamorados. Pero si aún no tuviéramos un personaje que simbolizase el amor entre un hombre y una mujer, tendríamos que proclamar a Chesterton, que desde siempre estuvo maravillosamente enamorado de Frances, a la que dedicó esta poesía: 

NOCTURNO
LAS estrellas, ¡millones de ellas!, brillan
y nadie más que Dios sabe su número.
Pero una sola, ¡ella!, fue escogida
aun antes de nacer para mí sólo.
Cómo puede encontrar alguien su amor
y no volverse loco?

AT NIGHT
HOW many millions stars there be,
That only God hath numbered;
But this one only chosen for me
In time before her face was fled.
Shall not one mortal man alive
Hold up his head?

Los versos están tomados de Lepanto (Renacimiento, 2003, pp.62-3), y la traducción es de Enrique García-Máiquez.

El Chestertonblog, entre los proyectos de GrinUGR

Logo de GrinUGR

GrinUGR es un ‘Co-laboratorio sobre culturas digitales en ciencias sociales y humanidades’, dedicado a la investigación y el intercambio de experiencias relacionadas con la mutua implicación existente entre las humanidades y las nuevas tecnologías. Invitamos a visitar su web, pulsando en el enlace del logotipo.

Es un fantástico lugar de encuentro, multi e interdisciplinar, en el que se dan encuentro decenas proyectos, de investigadores y de centros, que, bajo los auspicios de la Universidad de Granada, tratan de encontrar nuevos caminos de colaboración entre los antiguos saberes. Por eso, en GrinUGR se recogen experiencias valiosas, capaces de hacer nuevas aportaciones a la cultura de nuestra época, y no sólo en lo referido al ámbito digital, que sería una manifestación más de la misma, sino en los modos en que la sociedad queda configurada por las nuevas de relación social.

Proyecto Chestertonblog en GrinUGR

Ya hemos mencionado varias veces la ética hacker en el Chestertonblog –que estuvo presente en la GrinWeek 2014– y lo seguiremos haciendo, porque da para mucho más. Pienso que Chesterton –que en su momento fue un apasionado de los recién nacidos aeroplanos- disfrutaría con las nuevas tecnologías de la información. Por supuesto, no sería un ingenuo admirador de las mismas por lo que tienen de progreso; al contrario, se divertiría con ellas –como lo hizo con los coches, el teléfono y otros inventos de su época- y buscaría -como siempre- la forma de utilizarlas para mejorar la sociedad. Probablemente compondría una poesía, buscando su lado más divertido, quizá algo parecido a esta balada, dedicada a lo grandioso y desconcertante, como las TIC. Se encuentra en Los países de colores  (Valdemar, 2010, pp.124-125, y ha sido traducida por Óscar Palmer:

Balada de lo grotesco

Siempre fui amigo del elefante,
nunca le he causado pena alguna;
aunque monstruoso y con el poder de desgarrar
se dejó alimentar por los dedos de Eva,
es sabio pero no pretende engañar,
es amable incluso en su carrera más desbocada;
pero aun así debo decir, con su permiso,
que tiene una forma decididamente extraña.

Era ligero como un penique que gastar,
era delgado como una flecha que clavar,
podía alzarme sobre el extremo de una caña de pescar
con compostura, pero siempre alerta;
pero el Tiempo, que vuela para robar
los soles y las lunas del año,
me ha otorgado una forma diferente,
y esa forma es decididamente extraña.

Me siento orgulloso del mundo mientras paseo,
qué colinas pudo la omnipotencia levantar,
considero el matiz azul del cielo
una considerable hazaña a lograr
pero pensando en el Cosmos, imaginando
el universo, sistema y esfera,
debo decir, con la mano en el pecho,
que su forma es decididamente extraña.

ENVOI
Príncipe, Príncipe, ¿qué es eso que veo
aparecer por encima de vuestro cuello?
Decís que es vuestro rostro, según creéis,
…su forma es decididamente extraña.

La divertida crítica de Chesterton a tecnócratas y urbanistas

Limehouse en la actualidad

Limehouse en la actualidad

Seguimos trabajando en el Club Chesterton de Granada la obra Esbozo de sensatez, sobre la propuesta distributista. La propiedad repartida –los medios de producción distribuidos- implicaría que más gente viviría en el campo, aspecto al que Chesterton dedica varios capítulos del libro, lo que implica mostrar cierto contraste con las ciudades. Su crítica incluye un fuerte ataque a los planificadores urbanos que deciden que la gente –que llegaba entonces en masa desde el campo- debía instalarse en alojamientos verticales con características prediseñadas. Leer el fragmento de la crítica a lo que entonces se hizo en Limehouse –hoy un barrio del East End de Londres- es un disfrute, por la grandísima ironía que GK despliega en el texto. Pero es además un ataque a los planificadores tecnocráticos, que no supieron valorar que la gente necesitaba elementos que mantuvieran vínculos con el campo del que provenían… y, según GK, al que podrían volver si se dieran las condiciones adecuadas:

La disputa sobre los arrabales de Limehouse  era el modelo de guía del problema… si es que podemos llamar modelo de guía a algo que no guía y sobre lo cual sólo un loco modelaría algo.
Los habitantes de los barrios bajos dicen verdadera y decididamente que prefieren sus casuchas a los bloques de apartamentos que se les proporcionan como alternativa de las casuchas. Y las prefieren, se afirma, porque las casas viejas tenían al fondo corrales donde podían dedicarse “a sus hobbies de pájaros y a la cría de gallinas”. Cuando se les ofrecieron otras oportunidades, sobre un plan de asignación, tuvieron la espantosa depravación de decir que les gustaba tener cercas alrededor de sus corrales privados. Tan terrible y abrumador es el torrente rojo del comunismo cuando entra en ebullición en los cerebros de las clases trabajadoras.
Desde luego, es concebible que sea necesario, durante alguna convulsión violenta, que las casas de la gente se apilen una sobre otra en forma de torres de apartamentos. Y así también podría ser necesario que los hombres treparan sobre los hombros de otros hombres durante un diluvio o para salir de una grieta abierta por un terremoto. Y lógicamente es concebible, y hasta matemáticamente exacto, que disminuiríamos las muchedumbres de las calles de Londres si pudiéramos acomodar a los hombres verticalmente, en vez de horizontalmente. Si solamente hubiera algún medio por el cual un hombre pudiera caminar con otro hombre de pie encima de él, y otro sobre éste y así sucesivamente, se ahorrarían muchos empujones. Los hombres se colocan de este modo en las pruebas de acrobacia, y es claro que tales acrobacias podrían hacerse obligatorias en todas las escuelas.
Es una imagen que me agrada mucho… como imagen. Espero ver (en mi afición al arte por el arte) semejante torre viviente moviéndose majestuosamente a lo largo de la avenida del Strand. Me agrada pensar en un tiempo de verdadera organización social, cuando todos los empleados de los señores Boodle & Bunkham  ya no aparezcan en la forma desordenada y dispersa en que lo hacen actualmente, cada uno desde su pequeña villa suburbana. Ni siquiera marcharían, como en la etapa inmediata e intermedia del Estado Servil, en una columna de filas bien formadas, desde el dormitorio de una parte de Londres hasta el emporio de la otra. No. Ante mí surge una visión más noble que llega hasta las alturas del mismo cielo: una pagoda tambaleante de empleados, cada uno en equilibrio sobre otro, se mueve a lo largo de la calle, haciendo tal vez demostraciones acrobáticas en el aire a medida que avanza, para mostrar la perfecta disciplina de su maquinaria social. Todo eso sería muy impresionante; y, entre otras cosas, realmente economizaría espacio.
Pero si uno de los hombres cercanos a la punta de esa torre movediza dijera que esperaba poder volver a visitar la tierra algún día, simpatizaría con su sentido del destierro. Si dijera que para el hombre lo natural es caminar sobre la tierra, yo estaría de acuerdo con su escuela filosófica. Si dijera que es muy difícil cuidar pollos en esa postura acrobática y a esa altura, yo pensaría que su dificultad es una dificultad verdadera. En principio podría responderse que el amor a los pájaros sería más adecuado a la percha tan etérea, pero en la práctica esos pájaros serían pájaros muy caprichosos. Por último, si ese hombre dijera que cuidar gallinas ponedoras es una tarea social digna y estimable más estimable y digna que servir a los señores Boodle & Bunkham con la más perfecta disciplina y organización, yo estaría de acuerdo con ese sentimiento por encima de todo lo demás. (Esbozo de sensatez, 10-06 y 07).

Como se ve, el contraste entre los empleados comerciales e industriales frente a los elementos de la vida campesina es constante y veremos algún otro ejemplo. Pero además, hay una cosa que es muy característica de Chesterton: su grandísima consideración del hombre corriente, como ya hemos dicho algunas veces, hasta el punto de considerar sus puntos de vista como una auténtica escuela filosófica, en contraste con la pretensión habitual de los intelectuales y más todavía, en este caso particular, los tecnócratas del Estado moderno, a los que define como esa multitud de personas despreciables por importunar a los pobres con fingida ciencia y tiranía mezquina (ES 10-12).

‘Mooreeffoc’: Una lección de Dickens a Chesterton

En el artículo de Ramón Mayrata que comentábamos el otro día aparecía brevemente explicada la expresión mooreeffoc¸que era utilizada por Dickens “para designar la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto”. Una de las cosas más bonitas de los estudios intelectuales es encontrar las fuentes de los genios y sabios, que no lo son menos por no haber descubierto esas ideas brillantes: al contrario, se engrandecen al darse cuenta de su naturaleza y sacarles todo el partido posible, como hizo GK en este caso con la expresión de Dickens.

Mooreeffoc

No obstante, una expresión tan curiosa merecía un poco más de interés por nuestra parte, y hemos encontrado -en el antiguo blog de la American Chesterton Society, hoy de un estilo diferente- un excelente post a cargo de Nancy Brown que lo explica, y es una delicia leerlo entero. Dejo pues a los lectores con el original y reproduzco a continuación el fragmento de Charles Dickens (Pretextos, 2002, p.39-40), en el que el propio GK interpreta la expresión:

Todo el secreto de ese realismo fantasmagórico, gracias al cual pudo Dickens dotar de vida cualquier rincón sombrío o anodino de Londres está aquí: En las descripciones de Dickens hay detalles –una ventana, una verja, el ojo de la cerradura de una puerta- que cobran una vida demoníaca. Las cosas parecen más reales de lo que realmente son. De cierto que tal grado de realismo no existe en la realidad; es el realismo insostenible de un sueño. Un realismo así sólo se logra cuando uno entra por entre las cosas llevando consigo sus propios sueños; jamás cuando se va hacia ella, bien abiertos los ojos, para observarlas mejor. El propio Dickens nos da un ejemplo insuperable de cómo, en momentos de distracción, esa suprarrealidad minuciosa iba formándose en él. Entre los cafés a que a veces se acogía en aquellos días de desolación, menciona uno en St Martin’s Lane “del que sólo recuerdo que estaba cerca de la Iglesia, y que tenía en la puerta pintado, sobre un cristal en óvalo, COFFEE ROOM dirigido hacia la calle. Cada vez que me encuentro ahora en algún café de muy diferente clase, pero donde haya una inscripción en el cristal, y la leo desde dentro, del revés, MOOREEFFOC (como a menudo hacía entonces, en la desmayada ausencia de mis ensoñaciones), siento que me da un vuelco el corazón”. Esas sílabas locas MOOREEFFOC, puede servir de lema de un realismo efectivo; son la piedra angular donde se asienta su primer principio, e principio según el cual lo más fantástico de todo es, a menudo, el hecho más preciso. Y Dickens aplicó ese realismo mágico, como de danza de duendes, por doquier. Su obra vive con la vida de los objetos inanimados. La fecha de encima de la puerta se pone a bailar sobre Mr Grewgious; el llamador hace muecas a Mr. Scrooge; desde el fresco del techo, el romano señala a Mr. Tulkinhorn; y a Tom Smart le mira de reojo el viejo sillón. Todo estos hechos son ‘mooreeffócicos’; si uno los ves, es porque no los mira.

¡Uf! Es una lección difícil ver las cosas con ojos ‘mooreeffócicos’, como Chesterton aprendió a hacer. Es mucho más fácil aplicar el ‘antiguo-lema-moderno’ Carpe diem, que agota en sí mismo el instante, en vez de remitir a una verdad más profunda.

Descifrando el ‘Gallo que no canta’: utilidad del método comparativo de Chesterton

Comienza nuestro texto de GK de ayer con una comparación entre las representaciones artísticas de la Edad Media y las de la Grecia clásica: Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos. […] Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto. (Párrafo 01).

Escultura del Partenón

Escultura del Partenón

Sin embargo, los artistas medievales disfrutaban de su arte popular, que llevaba a la gente un mensaje de proximidad y familiaridad: Un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en pie­dra. A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la facha­da de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una col­mena colosal (Párrafo 01).

Hasta aquí no hago más que seguir a Chesterton. Pero lo que me interesa es estudiar la razón del juego de contrastar a unos y otros. ¿Qué tiene de particular? se me preguntará: es la forma que tiene Chesterton de construir el artículo, ¿no? Claro que necesita construir el artículo, pero su interés es el conocimiento del mundo moderno, y para eso compara ambas civilizaciones… que en realidad son tres. A GK no le interesa saber por qué Apolo apoya la mano en la pierna o el currante medieval se inclina para caber en el diminuto espacio del capitel de piedra. A Chesterton le interesa nuestra propia civilización, y busca referencias para mostrar lo que hemos perdido al intentar parecernos más al mundo de los dioses griegos que al de los humildes y alegres trabajadores medievales.

No he logrado encontrar un ensayo en el GK plantea que hoy sólo se baila de manera profesional o semiprofesional, y que la gente no lo hace en público porque ha desarrollado un sentimiento de vergüenza, justificado como que sólo los artistas deben hacer ciertas cosas, para hacerlas bien. Nos vemos a nosotros mismos tan cerca de los personajes griegos casi divinos que hemos perdido la sencillez, quizá revestida de relevancia social. Como dice GK, no se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. […] hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres (Párrafo 09).

La conclusión de Chesterton ya la sabemos: al oír gente cantando en una iglesia considera que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado, según una antigua tradición, pues los refugiados en el templo eran inviolables. Es curioso que el discurso ilustrado acerca de la emancipación y la libertad siga vigente, dándole la razón a GK. Lo que me resulta llamativo es que los referentes somos nosotros mismos. ¿Quién nos persigue? Chesterton no enuncia la paradoja, pero está ahí presente: nuestros propios ideales de plenitud y autodesarrollo  nos encierran en horizonte limitado y nos aíslan de los demás.

‘Gallo que no canta…’, por Chesterton, sobre el trabajo en el mundo moderno

Prometí hace unos días -al hablar de la ética hacker y el trabajo– que el domingo aparecería el ensayo completo de ‘Gallo que no canta…’, sobre el trabajo en el mundo de hoy. Se ha discutido mucho durante el siglo sobre el tema del trabajo y del ocio, sobre cuál sería el elemento más característico de nuestra época. Lo que no se ha debatido tanto es la cuestión del por qué del trabajo y del sentido del mismo, aunque todos lo pensamos alguna vez, pues es fuente de nuestra identidad.

Capitel románico con hombres trabajando

Capitel románico con hombres trabajando

En este texto, de fuerte contenido humorístico, GK acaba empieza en la Edad Media holandesa, retrocede a la Grecia clásica, se sube a la barca de los pescadores y acaba llegando a casa, sin dejar de pasar por los bancos o la oficina de correos: todo muy propio de su estilo. Fue publicado en 1908 y está recogido en Lepando y otros poemas (Renacimiento, 2003, pp.102-117), y está traducido por Aurora Rice y Enrique García-Máiquez. Si quieres, como siempre, puedes acceder a la versión bilingüe.

Gallo que no canta…

En mi última mañana en la costa de Holanda, cuando sabía que en unas horas estaría en Inglaterra, me fijé en uno de los relieves góticos que abundan en Flandes. No sé si era muy antiguo, aunque desde luego estaba deteriorado e indescifrable y ciertamente era del estilo y de la tradición de la alta Edad Media. Parecía representar hombres doblándose (por no decir retorciéndose) sobre determinados oficios elemen¬tales. Unos parecían ser marineros cazando cabos; otros, creo, estaban segando; otros estaban vertiendo enérgicamente algo de un sitio a otro. Esto es totalmente característico de las pinturas y los relieves de principios del siglo XIII, quizá la época más puramente vigorosa de toda la historia.

Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos.

Pero si algo les gustaba a los medievales era representar a la gente haciendo algo: dedicados a la caza o a la cetrería o remando en un barco o pisando la uva o haciendo zapatos o cocinando en una cacerola. Quicquid agunt homines votum timor ira voluptas. (Cito de memoria.) La Edad Media está llena de ese espíritu en todos sus monumentos y manuscritos. Chaucer lo conserva en su jovial insistencia en el tipo de oficio y labor de cada personaje.

Era la primera y la más joven resurrección de Europa, el tiempo en el que el orden social se estaba fortaleciendo pero sin haberse vuelto todavía opresivo, el tiempo en el que la fe religiosa era fuerte pero aún no se había exasperado.

Por este motivo, el efecto de los relieves griegos es totalmente diferente al de los góticos. Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto.

Pero un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en piedra.

A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la fachada de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una colmena colosal.

Pero estas figuras en particular presentaban una peculiaridad sobre la cual yo no podía estar seguro. Las cabezas que se conservaban eran muy curiosas, y me parecía que tenían la boca abierta. No sé si significaba algo o era un accidente propio de un arte primerizo; pero, mientras reflexionaba, caí en la cuenta de que el canto estaba relacionado con muchas de las tareas ahí representadas, de que existían canciones para segadores cuando siegan y canciones para marineros cuando cazan los cabos.

Todavía estaba pensando en este problema, cuando, recorriendo el muelle de Ostende, escuché a unos marineros articulando un grito medido a la vez que trabajaban. Recordé que los marineros todavía cantan a coro mientras trabajan y cantan, incluso, distintas canciones según qué faena estén haciendo. Y un poco después, terminada mi travesía marítima, la contemplación de los hombres trabajando en los campos ingleses, me recordó de nuevo que todavía hay canciones de siega y canciones para otras muchas labores del campo.

Y de repente me pregunté por qué es (si es que es así) absolutamente inaudito que algún oficio o negocio moderno tenga una poesía ritual. ¿Cómo llegó la gente a cantar poemas toscos mientras recogía ciertos frutos o cazaba ciertos cabos, y por qué nadie hace lo propio mientras produce las cosas de hoy? ¿Por qué un periódico moderno nunca es editado por gente que cante a coro? ¿Por qué los tenderos cantan tan poco, si es que lo hacen alguna vez?

Si los segadores cantan mientras siegan, ¿por qué no deberían los auditores cantar mientras auditan y los banqueros mientras banquean? Si hay canciones para cada una de las cosas que hay que hacer en un barco, ¿por qué no hay canciones para cada una de las cosas que hay que hacer en un banco? Mientras el tren de Dover atravesaba los huertos de Kent, yo intenté escribir unas canciones apropiadas para los señores que se dedican al comercio. Así, los oficinistas de los bancos, en el trabajo de sumar las columnas, podrían comenzar con un atronador coro en alabanza a la suma simple.

¡Ánimo a todos! ¡Fuera pereza! hay muchos cálculos
que realizar. Los astros gritan: —’Dos más dos, cuatro’.
Y aunque reinos y credos caigan, y aunque arruinados
lloremos, y aunque rujan los sofistas…, ¡son cuatro!

También, por supuesto, se necesitaría otra canción para tiempos de crisis financiera y coraje, una canción con unos versos más fieros y pavorosos, como un galope de caballos en la noche:

¡Alerta!
El director perdió el timón, el secretario bebe ron,
y la campana a la tripulación reclama en la cubierta
para bregar…
¡Alerta!
De nuestro barco (o entidad financiera) defenderemos los pendones
hasta que la leyenda refiera
que disparó sus cien cañones por banda…,
antes de que se hundiera…

Al entrar en la nube de Londres, me encontré con un amigo que, precisamente, trabaja en un banco, y sometí a su consideración el uso por parte de sus colegas de estas mis sugerencias poéticas. No se mostró muy ilu¬sionado con el asunto. No era –me aseguró- que des¬preciase los versos ni que lamentase en ningún sentido su tosquedad. No; era más bien un algo indefinible en el ambiente en que vivimos que hace espiritualmente muy difícil que en los bancos se cante. Y creo que mi amigo debe de tener razón, aunque el asunto es muy misterioso. Además, creo que de de haber algún error en las pre-visiones de los socialistas, porque ellos le echan la culpa de todas nuestras aflicciones no a un tono moral, sino al caos de la empresa privada. Pues bien, los bancos son privados; pero el Servicio de Correos es público: en con-secuencia, debería esperarse que, conforme a su naturaleza, Correos acogiera con entusiasmo la idea colectivista de un coro. Imagínense mi sorpresa cuando la señora que atiende la oficina de correos de mi barrio , al animarla yo a cantar, rechazó la idea de una manera mucho más fría que el oficinista bancario. Es más, ella parecía estar considerablemente más depresiva que él. Por si alguien pudiera suponer que esto era efecto directo de los versos, considero justo decir que el «Himno del Servicio de Correos» decía así:

Caen cartas sobre Londres como cae la nevada;
y, como el raudo rayo, se entrega el telegrama.
Son noticias que anuncian la boda de una dama
o que una dulce anciana ha siso asesinada.
CORO (con ritmo enérgico y alegre)
O que una dulce anciana ha sido asesinada.

Y cuanto más pensaba sobre el asunto, más tristemente seguro estaba de que las cosas más típicamente modernas no pueden ser hechas cantando a coro. Uno no podría ser un financiero importante y cantar, porque la esencia de un financiero importante es estarse callado. Ni si quiera se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. Nadie se imagina un coro de prestamistas. Todo el mundo conoce la historia de aquel cuerpo de voluntarios formado por abogados que, cuando el coronel en el campo de batalla ordenó: “¡Carguen!”, dijeron al unísono: “Son seis chelines con ocho peniques”. Los hombres pueden contar mientras cargan militarmente, pero no si cargan en sentido crematístico.

Y al final de mis reflexiones, no he llegado más que al mismo sentimiento subconsciente de mi amigo, el oficinista bancario: hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres. Volviendo a casa, pasé por un pequeño edificio de latón perteneciente a alguna agrupación religiosa, que estaba siendo sacudida por un griterío del mismo modo que vibra una trompeta con su propia música. Al menos allí estaban cantando; y yo tuve por un instante una idea que ya había tenido antes: que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado.

¿Etapas en los escritos de Chesterton?

Al incrementar nuestra colección de prólogos y escritos en castellano, hemos advertido que la edición del estupendo El hombre corriente carece de prólogo, pero tiene una contraportada de Abelardo Linares -el hombre del millón de librosautor de la excelente versión- que puede hacer sus veces porque suscita cuestiones especialmente relevantes con respecto a Chesterton. Es un texto breve pero de los más intensos que haya sobre nuestro autor, y la recojo a continuación:

Abelardo Linares

Abelardo Linares

“Suele escribirse que el Chesterton más divertido y discutidor fue el juvenil y primero, el de antes de su conversión al catolicismo. Equivocadamente. Chesterton fue Chesterton desde el principio, pero también hasta final. Así lo demuestra El hombre corriente (1936), el último de sus libros, o al menos el último del que corrigió pruebas, y que apareció unos pocos días después de su muerte. Y también uno de los más combativos y retadores, e incluso puede que el más quijotesco entre los suyos, por su afán en arremeter contra los molinos de la modernidad; de la modernidad entendida como un molino de viento. Chesterton defiende o ataca en estas páginas al hombre corriente, el nudismo, la vulgaridad, los grandes tontos, nuestra idea del progreso o de la educación, el patriotismo… y nos dice cosas como que existen dos tipos de vándalos: los antiguos, que destruían edificios; y los modernos, que los construyen.
Existen multitud de malentendidos literarios respecto a Chesterton pero (a diferencia de lo que pasa con los escritores de moda) todos en contra de Chesterton. Muchos no leerán nunca a Chesterton porque piensan (es un decir) que fue un escritor de derechas, un amable conformista. Algunos lo seguimos leyendo porque sentimos que tras la máscara de su humorismo se ocultaba un rebelde y que muchas de sus rebeldías siguen aún vivas”.

Tiene pues, dos ideas principales:
1. Que GK es un rebelde y un quijote, que se merece un montón de comentarios.
2. El mito de que el Chesterton más divertido es el de la primera época, antes de su conversión, que el mismo prologuista deja claro que es erróneo.

Yo mismo sostengo –y trataré de mostrar en las páginas –perdón, en las entradas- de este blog, que más que hablar de dos etapas, habría que hablar de tres. Pero ahora me centraré en un posible origen de esa división en dos partes.

No sé si hay reputados autores que sostengan este criterio. Puede deberse en parte a lo escrito por Ada Jones en Los Chestertons (Renacimiento, 2006, pp.104-105). Desde luego, Ada no sólo es una excelente escritora, sino que tiene el don de hacer que parezca verosímil todo lo que cuenta y como lo cuenta. Puesto que es un documento existente, voy a recogerlo a continuación, pero precisa una interpretación: hay que leer el texto de Aidan MacKey en Chesterton de pie (Ver reseña en el Chestertonblog) para entender el arrogante carácter de Ada, que se sentía poseedora de la única verdad verdadera:

“Siempre he sostenido que lo más vital en la obra de Gilbert fue escrito en la época anterior a su ida a Beaconsfield. [Gilbert y Frances se trasladaron de Londres a Beaconsfield, Buckinghamshire, en otoño de 1908] Vivirá, creo yo, como un poeta más que como un filósofo, y su fama futura se cimentará en aquellas soberbias fantasías The Napoleon of Notting Hill, The Man who was Thursday y The Ball and the Cross. Lepanto debe seguramente subsistir, con algunos de sus poemas líricos, como The Donkey, con su inmortal sentido de la visión y de la atracción, juntamente con parte de The White Horse. Pero estas obras datan de sus días de Fleet Street, donde The White Horse fue primeramente concebido; recuerdo la tarde en que nos expuso a Cecil y a mí la idea.
Compárese luego la osadía, la agudeza, el indestructible sabor de The Defendant y de otros volúmenes de sus primeros ensayos, con la monotonía de The Thing, donde siempre me parece que está arguyendo consigo mismo. Las paradojas que como vivaces conejillos solían antes saltar de su pluma mágica, brotaban ahora cansadas, casi automáticas, tan parecidas unas a otras que se hacían pesadas. Sólo alguna que otra vez, desde que se mudó al ‘dormitorio’, volvió a encontrar su antiguo ‘élan’, como en Magic y en su Life of R.L. Stevenson, ocasiones en que parece poseído por el regocijo de colegial que ha descubierto una nueva puerta por donde escaparse de su encierro.
Gilbert siguió siendo siempre un adolescente, pero su inquieta imaginación no estuvo nunca embotada hasta que la barrera de Beaconsfield le separó de sus semejantes en mentalidad y de sus amigos. Después que se cerró la puerta, durante años se quedó recluido en sí mismo. Esto hizo más difícil el excitar sus facultades para la lucha”.

El tercer párrafo muestra lo contradictorio del texto de Ada Jones, pues si algo caracteriza a Chesterton, fue el haber sido un luchador hasta los últimos días de su vida, como vemos en su constante implicación social y especialmente al hacerse cargo de las empresas periodísticas de su difunto hermano Cecil, que le supuso un grandísimo esfuerzo. En mi opinión, es cierto que cambia un poco el estilo y los temas, como mostraré, pero sólo en cierta manera superficial. Y sobre todo, GK nunca dejó de ser el rebelde que nos dice Abelardo Linares. Si no fuera así, no tendría sentido el Chestertonblog.