Caza de amor

 

 

“¡Si tú supieras quién es el que te dice “dame de beber”!, tú serías quien le pedirías a él, y él te daría un agua que te quitaría la sed para siempre.”

(Juan, 4,10)

 

 

            Merodeando en el intrincado bosque de la conciencia, donde el alma se desnuda palmariamente y aparece el ansia de eternidad, y la ponzoña de nuestras conscientes/inconscientes memorias, recreo una infancia feliz, de colores y esperanza por la inocencia. El anhelo de redención se abre como la corola de una flor a la perdurabilidad. Y olvida la culpa. Y todo ello impulsado por la Voz Creadora a la que ya no quiero ser desobediente nunca jamás. No obstante, la culpa, que por doquier   asedia con implacabilidad demoniaca, la Voz con carrera veloz defiende a sus ovejas con  su perdón. Yo lo acepto y dejo de ser noche.

 

En estas reflexiones andaba, cuando me vino a las mientes la existencia de un excelso poema que busqué, encontré y clasifiqué; para ahora mirar, leer y saborear: “El lebrel del cielo”.

 

            La concepción teocéntrica se mece, armónicamente, en esta ilustre oda en la abundancia de imágenes, la policromía de las voces y la reiteración de símbolos, como si una visión de Dios se hubiera quedado plasmada en el límpido papel. Su autor bohemio y religioso, niño y hombre baqueteado, eremita enfermo, y enfermo iluminado en la contemplación, nos requiere, para sugerirnos una contestación de entrega

 

a la persecución que, Dios como un perro de caza, nos ofrece a fin de alcanzar la salvación. (Transmutando el texto, podríamos decir que  Dios tras un amoroso lance nos da caza.)

El autor de este místico poema es Francis Thompson. Ya hemos hablado del atrevido símil, referido a Dios Amor: “perro de caza”. En el poema, Dios se muestra como un pordiosero de amor que insiste en la  persecución del hombre en su huida, pues el hombre, creado por Dios es para Dios, y Este no se cansa en la búsqueda de las ovejas perdidas, aunque su misión le conduzca a dar al hombre hasta su último aliento.

 

Elogiado por autores como W.B. Yeast y Chesterton  e influyente poeta en las obras de Tolkien y Jules Supervielle,   sitúa el poema en el contexto en el que la multiplicidad de credos se ve infestada por algo tan moderno como “la cuestión semántica”, en la que lo blanco se denomina negro e impuro a lo puro. Así G.K.Chesterton dice: “Lo que queríamos significar al decir que El Lebrel del Cielo es un verdadero poema religioso, es simplemente que no tendría sentido si fuéramos a suponer que se refiere a esas abstracciones modernas o a cualquier cosa que no sea un Creador personal en relación con una criatura personal.” (El lebrel del cielo, inserto en el libro de ensayos El hombre corriente. Espuela de plata. Sevilla. 2013)

 

Extrayendo de todo lo relatado acerca del asunto de esta oda, podemos sintetizar el tema en “Dios –el sabueso del Cielo- da a la caza – alma que huye- alcance– la salvación… y, al final, la UNIO.

 

Para darnos una idea, y con el recuerdo de la mística cetrería, añado como colofón algunos de los últimos versos de la oda de Francis Thompson:

 

 

Now of that long pursuit

Comes on at hand the bruit;

That voice  is round me like a bursting sea:

And is thy earth so marred,

Shattered in shard on shard?

Lo, all things fly thee, for thou fliest Me!

(Ya la persecución está lograda,/ Y la Voz como un mar en torno fluye:/ -¿Crees que la tierra gime destrozada? Todo te huye, porque tú me huyes.)

 

Strange, piteous,futile thing!

Wherefore should any set these love apart?

Seeing mone but I makes much of naught (He said),

And human love needs human meriting:

How hast thou merited

Of all man´s clotted clay the dingiest clot?

Alack, thou knowest not

How little worthy of any to love thou art!

Whom wilt thou find to love ignoble thee,

Save Me, save only Me?

All which I took from thee I did but take,

Not for thy harms,

But just that thou might´st seek it in My arms.

(¡Extraña, fútil cosa, miserable!/ dime, ¿cómo podrías ser amada?;/ ¿no he hecho ya demasiado de tu nada/ para hacerte sin mérito, aceptable?/ Pizca de barro, ¿acaso tú no sabes/ cuán poco amor te cabe?/ ¿Quién hallarás que te ame? Solamente / yo, que cuanto te pido te he quitado,/ para que me lo pidas de prestado/ y lo dé misericordiosamente.)

 

All which thy child´s mistake

Francies as lost, I have stored for thee at home:

Rise, clasp My hand, and come!

Halts by me that footfall:

Is my gloom, after all,

Shade of his hand, outstretched caressingly?

“Ah, fondest, blindest, weakest,

I am the Whom thou sleekest!

Thou dravest love from thee, who dravest Me”

(Lo que tú crees perdido está en mi casa/ levántate, toma mi mano y pasa./ Los Pasos se han quedado junto al vano./ Acaso ¡oh tú, tiniebla que me ofusca/ seas sólo la sombra de Su mano!/ “Oh loco, ciego, enfermo que te abrasas,/ pues buscas el amor, a mí me buscas,/ y lo rechazas cuando me rechazas.”) Traducciones de Carlos A. Sáenz

 

 

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Una respuesta a “

  1. La verdad es que estos comentarios hacen mas agil y comprensiva la lectura de algunos artículos de el libro que ahora estamos comentando, El hombre corriente. Gracias por la entrada.

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