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Chesterton retrata a dos ‘revolucionarios’: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís.

Cualquiera que pretenda analizar la habilidad de Chesterton para establecer comparaciones y paralelismos debe estudiar el primer capítulo de la obra dedicada a Santo Tomás de Aquino (1933), pues está enteramente dedicado a las comparaciones: entre San Francisco –sobre el que ya había escrito otro libro en 1923- y Sto. Tomás: primero en qué se parecen y luego en qué se diferencian. Luego, entre la Edad Media y la nuestra. Y para concluir, las semejanzas y diferencias entre los dos fundadores de las grandes órdenes mendicantes: San Francisco y el español  Sto. Domingo de Guzmán.
Vamos a quedarnos ahora tan sólo con el contraste que GK plantea ente los dos protagonistas de sus libros, San Francisco y Santo Tomás (Apdos 01-03 del capítulo -que se puede leer completo aquí). Es un fragmento que no resisto a copiar entero, lleno de ‘chestertonadas’, esas típicas figuras o imágenes brillantes tan originales, que sólo podrían salir de la bulliciosa mente de GK. Pero la simpatía, la capacidad de observación, la agudeza en la comprensión de los caracteres y el ambiente social, son realmente fascinantes:

Los son hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar -si es posible- el vívido retrato que que Chesterton hace de ellos.

Los hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar el vivo retrato que que Chesterton hace de ellos. Catedralesgoticas.es

Se puede hacer un esbozo de San Francisco; de Santo Tomás sólo se podría hacer un plano, como el plano de una ciudad laberíntica. Y sin embargo, en cierto sentido, encajaría en un libro mucho mayor o mucho más pequeño: lo que realmente sabemos de su vida se podría despachar bastante bien en pocas páginas, porque no desapareció, como San Francisco, bajo un chaparrón de anécdotas personales y leyendas populares; lo que sabemos –o podríamos saber, o en su día podríamos tener la suerte de descubrir- acerca de su obra, probablemente llenará todavía más bibliotecas en el futuro de las que ha llenado en el pasado.
Fue posible dibujar a San Francisco en silueta, pero con Santo Tomás todo depende de cómo se rellene la silueta. En cierto modo, hasta es medieval iluminar una miniatura del Poverello [de Asís], que hasta en el título lleva un diminutivo. Pero hacer un resumen o digesto, como los de la prensa, del Buey Mudo de Sicilia es algo que sobrepasa a todos los experimentos de digestión de un buey en una taza [divertida alusión al invento del caldo de carne concentrado].
Esperemos que sea posible hacer un bosquejo de biografía, ahora que cualquiera parece capaz de escribir un bosquejo de la historia o un bosquejo de cualquier cosa. Sólo que –en el caso presente- el bosquejo es todo un bosque.  El hábito capaz de contener al colosal fraile no está entre las tallas disponibles.

He dicho que estos retratos sólo pueden serlo en silueta. Pero el contraste es tan llamativo, que aun si realmente viéramos a las dos figuras humanas en silueta, asomando por la cresta del monte con sus hábitos fraileros, ese contraste nos parecería hasta cómico. Sería como ver, aun en la lejanía, las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza, o de Falstaff y maese Slender.
San Francisco era un hombrecito flaco y vivaracho; delgado como un hilo y vibrante como la cuerda de un arco; y en sus movimientos, como la flecha que el arco dispara. Toda su vida fue una serie de carreras y zambullidas: salir corriendo tras el mendigo, lanzarse desnudo al bosque, tirarse al barco desconocido, precipitarse a la tienda del sultán y ofrecerse a arrojarse al fuego. En apariencia debió ser como el fino esqueleto de una parda hoja otoñal bailando eternamente en el viento –aunque, en realidad, el viento era él-.

Santo Tomás era un hombre como un toro: grueso, lento y callado; muy tranquilo y magnánimo, pero no muy sociable; tímido, dejando aparte la humildad de la santidad; y abstraído, dejando aparte sus ocasionales y cuidadosamente ocultadas experiencias de trance o éxtasis.
San Francisco era tan fogoso y nervioso que los eclesiásticos que visitó sin avisar le tomaron por loco. Santo Tomás era tan imperturbable que los doctores de las escuelas a las que asistió regularmente le tomaron por zote. De hecho era ese tipo de estudiante no infrecuente que prefiere pasar por zote a permitir que otros zotes más activos o animados invadan sus sueños.
Este contraste externo se extiende a casi todos los aspectos de una y otra personalidad. La paradoja de San Francisco fue que, amando con pasión la poesía, tuviera cierta desconfianza hacia los libros. Fue el hecho sobresaliente de Santo Tomás que amó los libros y vivió de libros: vivió la vida del clérigo o estudiante de los Cuentos de Canterbury, y prefería poseer cien libros de Aristóteles y su filosofía a cuantas riquezas pudiera ofrecerle el mundo. Cuando le preguntaron qué era lo que más agradecía a Dios, respondió con sencillez: “Haber entendido todas las páginas que he leído”.
San Francisco era muy vívido en sus poemas y bastante inconcreto en sus documentos. Santo Tomás dedicó su vida entera a documentar sistemas enteros de letras paganas y cristianas. Y de vez en cuando escribió un himno, como quien se va de vacaciones.
Veían el mismo problema desde ángulos distintos: la sencillez y la sutileza. San Francisco pensaba que bastaría con abrir su corazón a los mahometanos para que se convencieran de no adorar a Mahoma. Santo Tomás se estrujó el cerebro con toda suerte de distinciones y deducciones sutilísimas sobre el Absoluto o el Accidente, únicamente para evitar que se entendiera mal a Aristóteles.
San Francisco era hijo de un comerciante, de un tratante de clase media, y aunque toda su vida fue una rebelión contra la vida mercantil de su padre, retuvo de todos modos algo de esa celeridad y adaptabilidad social que hacen que el mercado zumbe como una colmena. Con toda su afición a los verdes campos, no crecía la hierba bajo sus pies, como se suele decir. Era lo que los millonarios y los gánsteres americanos llaman un ‘alambre vivo’. Es característico de los modernos mecanicistas que, incluso cuando tratan de imaginar algo vivo, sólo se les ocurra una metáfora mecánica de algo muerto: se puede ser un gusano vivo, pero no un alambre vivo. San Francisco habría concedido de muy buen grado ser un gusano, pero un gusano bien vivo. El mayor de los enemigos del ideal de moverse para lucrarse, había renunciado ciertamente a lucrarse, pero nunca dejó de moverse.
Santo Tomás, por el contrario, provenía de un mundo en el que podría haber disfrutado del ocio, y siguió siendo uno de esos hombres cuyo trabajo tiene algo de la tranquilidad del ocio. Fue trabajador incansable, pero nadie le habría podido tomar por un trajinante. Había en él ese algo indefinible que distingue a los que trabajan no teniendo que trabajar, pues era por nacimiento caballero de alto linaje, y esa tranquilidad puede conservarse como hábito, aunque no tenga motivo. Pero en él sólo se expresaba en sus elementos más amables; por ejemplo, posiblemente había algo de ella en su cortesía y su paciencia naturales.
Cada santo es hombre antes de ser santo, y se puede ser santo siendo cualquier clase o especie de hombre; y la mayoría de nosotros elegirá entre estos diferentes tipos con arreglo a sus diferentes gustos. Confieso que, así como la gloria romántica de San Francisco no ha perdido nada de su atractivo para mí, en los últimos años he llegado a sentir casi el mismo afecto –o en algunos aspectos, incluso más- por este hombre que habitó inconscientemente un gran corazón y una gran cabeza como el que hereda una gran mansión y ejerce en ella una hospitalidad igualmente generosa, aunque un poco distraída. Hay momentos en que San Francisco -el hombre menos mundano que jamás hubo en el mundo- me resulta casi demasiado eficiente.

El capítulo, una vez que ha mostrado los distintos que son, continúa estableciendo las similitudes que les dieron ese carácter revolucionario o innovador, que brevemente resumo en dos: que ambos fueron enamorados de Jesucristo y –oh, sorpresa para el educado en los convencionalismos-, que libraron al mundo medieval del espiritualismo, creando las bases de nuestra moderna civilización.

140 cumpleaños de Chesterton, un hombre necesario

Iglesia de St. George, en Kensington, donde Chesterton fue bautizado

Iglesia de St. George, en Kensington, donde Chesterton fue bautizado. Fotografía de Martin James. Flickr.com

Mañana, 29 de mayo, se cumplen 140 años del nacimiento en Londres de Gilbert Keith Chesterton, el autor al que está dedicado este blog. He sido invitado, a través de Twitter, a la 4ª ruta o ‘peregrinación’ anual que se viene haciendo en verano, visitando algunos lugares emblemáticos de su vida: se empieza en el templo anglicano de St. George en Kensington, donde GK fue bautizado, y se concluye en Beaconsfield, junto a su tumba. Es una buena caminata, 27 millas. No podré asistir este año -y no por falta de ganas- pero desde aquí animamos a todos a realizar esa experiencia, el día 30 de julio: incluso daríamos la oportunidad de contarla en el Chestertonblog.

Los organizadores de este evento lo denominan ‘pilgrimage’, literalmente peregrinación. Yo no sé si Chesterton es santo o no en el sentido que le da la Iglesia católica: el tiempo y los expertos lo dirán. Estoy convencido que GK fue un hombre extraordinario, de fe y de virtudes, y de un intelecto prodigioso, no simplemente un periodista más, no un escritor al uso más. Mi propia experiencia pasa por salir de un bache intelectual y anímico gracias a sus obras, al sano optimismo que destilan, que hace que los problemas adquieran su verdadera dimensión, y sepamos que el bien triunfa, no porque ‘tenga que ser así’ -como ‘creen’ sin base algunos modernos progresistas- sino porque el Espíritu, que nos ha creado, cuida de nosotros.

Decía que no sé si GK es santo o no, pero sí sé que fue algo más que ‘buena gente’, expresión usual que apenas distingue al héroe del que simplemente no es mala persona. GK fue un personaje extraordinario, porque luchó toda su vida (utilizando la conocida expresión de Bertold Brech) por difundir su ideal, arriesgando la salud y la hacienda, yendo contra corriente en empresas culturales que le sobrepasaban, pero comprendía que eran necesarias.

Hoy podría buscar citas de muchos autores, pero me voy a quedar con una del propio GK, y que conste que probablemente no le gustaría verla aplicada a él mismo. Si algo sabemos los chestertonianos es que afirmaba de otros determinadas cualidades que los lectores reconocemos como características de él mismo, empezando por la genial y paternal figura de Domingo (en El hombre que fue Jueves). El texto en cuestión se encuentra en Santo Tomás de Aquino:

El santo es medicina porque es antídoto. Por eso el santo es mártir con frecuencia: equivocadamente se le considera veneno porque es antídoto. Generalmente se le encuentra devolviendo la salud al mundo por el procedimiento de exagerar lo que el mundo desprecia, que no es siempre el mismo elemento en todas las épocas. Cada generación busca a su santo por instinto, que no es lo que la gente quiere, sino lo que la gente necesita.
Sin duda consiste en esto el significado muy mal interpretado de aquellas palabras dichas a los primeros santos: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt, 5, 13) que movieron al ex Káiser a declarar con toda solemnidad que sus carnosos alemanes eran la sal de la tierra. Con eso, tan sólo decía que eran lo más carnoso de la tierra, y por lo tanto lo mejor.
Pero si la sal sazona y conserva la carne, no es porque se parezca a la carne, sino porque no se le parece en nada. Cristo no dijo a sus apóstoles que ellos fueran sólo personas excelentes, o las únicas personas excelentes, sino que fueran personas excepcionales, personas permanentemente incongruentes e incompatibles. Este pasaje sobre la sal de la tierra es verdaderamente tan fuerte y mordiente y picante como el sabor de la sal. Por ser personas excepcionales, no deben perder su calidad excepcional. “Si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará?” es una pregunta mucho más aguda que todas las lamentaciones por el precio de la mejor carne (cap.1-05).

Se puede ser creyente o no, pero cualquiera en su sano juicio entiende que personas así son necesarias, porque realizan una importante función social. Y GK, con toda su simpatía, distingue en el texto dos cualidades distintas:
-ser personas excepcionales: somos muchos -y de todas las tendencias- los que estamos convencidos de que GK verdaderamente lo fue.
exagerar lo que el mundo desprecia […] que no es lo que la gente quiere, sino lo que la gente necesita: aplicado a GK, voy a señalar dos rasgos que hoy hacen mucha falta. En primer lugar, la sensatez o sentido común, es decir, el equilibrio entre lo emocional, lo material –su capacidad de disfrute está ampliamente acreditada- y lo racional –pocos razonan tan sensatamente-. En segundo lugar, quiero destacar que su búsqueda de la verdad y defensa de su ideal va siempre acompañada por el respeto al contrincante, irónico pero sin cinismo, consecuencia de su caridad, su buen humor y una alegría que tenía sus raíces más profundas en el conocimiento de su pequeñez (menuda paradoja) y el agradecimiento por el don común de la vida.

El sándwich del Padre Brown

Algunas manifestaciones de impotencia resultan tiernas, sobre todo si están expresadas con belleza. Lo descubrí al leer a d´Ors, que acaba uno de sus poemas con ese melancólico

«y todo para nada: para acabar sabiendo
lo que siempre he sabido: que los versos más míos
los han escrito siempre otros poetas».

Eso le pasa al poeta, que vuela persiguiendo palabras, y nos pasa también a los lectores que recorremos a pie la prosa. Ya hay mucho y bueno que ha sido dicho. ¿Queda, pues, algo que añadir? Intuyo que sí, pero a veces esa intuición se diluye… y desaparece.

"Dudo que ninguna verdad pueda contarse si no es en una parábola"

«Dudo que ninguna verdad pueda contarse si no es en una parábola»

Lo anterior viene a cuento de un artículo sobre nuestro querido Padre Brown. En 2011, con motivo del primer centenario de la aparición de los relatos del genial cura de Norfolk, Ian Boyd dio una conferencia que luego publicó The Chesterton Review en español bajo el título ‘Las parábolas del Padre Brown’.

Boyd explica que estos relatos de Chesterton tienen «poco contenido religioso obvio» -no como sucede en otras obras de GKC, como, por ejemplo, Ortodoxia o El hombre eterno, que son trabajos evidentemente ‘religiosos’-; que estos relatos son «historias terrenales con significado celestial», y que, en fin, existe en ellos un significado más profundo que hace de esa historias algo más que un cuento policial. Ese significado más profundo es el «sentido religioso». Boyd lo explica así:

«El fin de los cuentos policiales siempre ha sido ser una distracción de las preocupaciones de la vida cotidiana. En lo que a este objetivo respecta, las historias de Chesterton fracasan. Como dijo Ronald Knox, el lector tiene motivos para quejarse de que Chesterton introduce de contrabando en sus historias las mismas preocupaciones que el lector está tratando de olvidar. En palabras de Knox, en estas historias hay—por así decirlo— ‘demasiado relleno en el sándwich'» (p.70).

Estoy de acuerdo con Boyd, y lo he comprobado al leer El martillo de Dios, uno de los relatos que conforman El candor del Padre Brown.

La presentación de dos de los protagonistas del relato (los hermanos Bohun) no tiene desperdicio. Uno de ellos (Wilfred) es un reverendo piadoso. El otro (Norman) es un coronel festivo, ni mucho menos devoto y que confiesa que siempre coge el sombrero y la mujer que tiene más cerca. El primero gusta de la soledad y de la oración secreta (a menudo lo encontraban arrodillado no ante el altar, sino en lugares más peculiares, en las criptas, en la galería o incluso en el campanario); el segundo, prefiere las copas en ‘El jabalí azul’ y una desmedida persecución del placer.

La tranquilidad del pueblecito se ve alterada por un asesinato. Sólo puedo (o, más bien, debo) decir eso. Poco importa ahora, de todos modos, quién muere, de quién se sospecha (no hay verdadero cuento policial sin un puñado de personajes razonablemente sospechosos) y, en fin, quién y por qué perpetró el crimen. El «demasiado relleno en el sándwich» viene por otro lado. El Padre Brown vuelve a sorprender por su objetivo y por su método.

El Padre Brown no soluciona los casos para, sin más, presentar al culpable ante la Policía. Eso está bien para Sherlock Holmes, por ejemplo, o para otros sabuesos de su estilo. El Padre Brown no es así; él quiere más. El Padre Brown quiere la conversión del delincuente (¡que se lo pregunten a su amigo Flambeau!). Al Padre Brown no le sirve la desaparición del criminal confeso. Quiere que el criminal confeso reviva, que se rehaga. Por eso evita, por ejemplo, el suicidio del asesino. Él no es un hombre de acción, pero, llegado el caso, interviene con prontitud. Así pasa en El martillo de Dios:

[X, el culpable] pasó una pierna por encima del parapeto, y al instante el Padre Brown le sujetó por el cuello del abrigo.
-Por esa puerta no -le advirtió amablemente-, esa puerta conduce al Infierno.

No se puede hacer mejor el bien, y hacerlo, además, con una elegancia más inglesa (le advirtió «amablemente»). Nada es brusco en el Padre Brown.

Ese objetivo no se consigue de cualquier modo. El fin alumbra el método. El Padre Brown no utiliza sofisticados instrumentos, cachivaches originalísimos o máquinas de última generación. La verdadera nueva tecnología es el uso de la razón y el conocimiento del alma humana (pasiones, inquietudes, zozobras varias). Horas de confesionario y de oración. Horas de silencio que superan la tiranía de cualquier medio técnico. En El martillo de Dios, el culpable no sale de su asombro y se desespera:

-¿Cómo sabe usted todo eso? -gritó-. ¿Acaso es usted un demonio?
-Soy un hombre -respondió gravemente el Padre Brown-, y por tanto tengo todos los demonios en mi corazón.

Una página después, el desesperado asesino se entrega a la Policía. El relato no dice más, porque no hace falta. La confesión del asesino propicia un arranque de arrepentimiento y presumimos un principio de conversión.

No es extraño, pues, que cada una de las apariciones de este párroco discreto vayan mucho más allá del mero entretenimiento. El mal no tiene por qué persistir. Todos podemos cambiar; siempre estamos a tiempo. No hay maldad sin remedio. El propio Padre Brown reconoce que tiene todos los demonios en su corazón.

En relatos así, Chesterton introduce de contrabando las cuestiones que en verdad importan y que constituyen el relleno de nuestras vidas. Estas historias tienen, por tanto, mucha miga. El sándwich del Padre Brown no se come de un solo bocado.

‘Paradojas de vida’ de Chesterton: el valor es ‘desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino’

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en 'Textos sobre G.K.Chesterton', Univ. Ramón Llull, 2005.

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en Pau Romeva: ‘Textos sobre G.K.Chesterton’, Univ. Ramón Llull, 2005.

Pasan los días sin profundizar sobre ese excelente texto de GK en el que nuestro autor planteaba que existen paradojas de vida y paradojas de muerte. Recordemos uno de sus magníficos párrafos, con su chestertonada llena de imaginación:

Hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas. Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas
 (párrafo 05).

Sobre esto escribió Pau Romeva (1892-1968), un intelectual catalán traductor de sus obras a su lengua, y autor del estudio introductorio de las obras completas que Plaza & Janés comenzó a editar a partir de 1968 (Tomo I). En él –en sintonía con la visión del propio GK- se afirma:

“La paradoja es una constante tentación para Chesterton. Muchos miran la paradoja con disgusto, como un juego poco serio. Pero la paradoja no es siempre un puro malabarismo intelectual; muchas veces, lejos de ser un juego para deslumbrar, es un chispazo para iluminar; es el resultado de una visión aguda de las cosas ordinarias que la hace parecer extrañas. La paradoja existe en la realidad misma de muchas cosas. Y a menudo, las paradojas de Chesterton tienen este carácter: no son suyas, sino de la realidad: y la verdad de ésta se insinúa en nuestro espíritu mientras la pluma del escritor parece complacerse en el absurdo y la contradicción. […] Después de leer a Chesterton, no podemos verlo todo como antes. Ideas y prejuicios que hemos estado repitiendo como cosa de cajón nos aparecen como necesitados de enmienda y ampliación. Nuestra visión anterior de cosas, hecho y fenómenos familiares nos parece pobre e incompleta. El mundo, como un paisaje que acaba de lanzar la lluvia, nos ofrece colores y detalles que no habíamos observado nunca (Romeva, Textos sobre G.K. Chesterton, reunidos por Silvia Coll-Vinent, Universidad Ramón Llull, 2005, pp.118-9).

El propio Pau Romeva seleccionó para ilustrar esto un fragmento de GK, en un artículo suyo, “Les paradoxes de Chesterton”, publicado originalmente en El Matí (24.06.1936) como necrológica de nuestro autor, fallecido 10 días antes (pp.97-99 de la selección citada). Pertenece a Ortodoxia (Cap.06), y es desde luego, un magnífico ejemplo de paradoja de vida:

El paganismo declaró que la virtud consistía en un equilibrio; el cristianismo, que consistía en un conflicto: en el choque de dos pasiones opuestas en apariencia. En realidad, tal contradicción no existe, pero ambos extremos son de tal naturaleza, que no se les puede captar simultáneamente.
Volvamos por un momento a nuestra parábola del mártir y el suicida, y analicemos su respectiva bravura. No hay cualidad que –como ésta- haya hecho divagar y enredarse tanto a los simples racionalistas: el valor es casi una contradicción en los términos, puesto que significa un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición de morir. ‘El que pierda su alma, la salvará’ [Mateo, 16,26] no es una fantasía mística para los santos y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses: se le debiera imprimir en las guías alpinas y en las cartillas militares.
Esta paradoja es todo el principio del valor, aun del valor demasiado terreno o brutal. Un hombre aislado en el mar podrá salvar su vida, si sabe arriesgarla al naufragio, y sólo puede escapar de la muerte penetrando constantemente más y más en ella. Un soldado interceptado por el enemigo necesita –para poder abrirse paso- combinar un intenso anhelo de vivir con un extraordinario desdén a la muerte: no le bastará agarrarse a la vida, porque que en tal caso morirá cobardemente; tampoco le bastará resolverse a morir, porque morirá como suicida. Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia hacia ella: ha de desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino.
No creo que ningún filósofo haya expuesto con bastante lucidez este enigma, ni tampoco creo haberlo conseguido yo. Pero el cristianismo ha hecho más: ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas del suicida y del héroe, destacando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería, el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un auténtico ‘mapa del tesoro’ (incluye la llave)

'Pensar con Chesterton', de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

Acabo de leer el libro que Tomás Baviera –un ingeniero del mundo de las organizaciones colaborador del Chestertonblog– acaba de publicar sobre Chesterton: ‘Pensar con Chesterton. Fe, razón y alegría’ (Ciudad Nueva, Madrid, 2014, 310p.) muestra el fino análisis de un autor que no sólo ha comprendido bien el pensamiento del maestro sino que se ha esforzado –interés que compartimos en este blog- por hacer que los demás lo comprendan. Y lo hace con una soltura y una sencillez envidiables para los que nos dedicamos al mundo de la escritura, sea académica o casi…

El objetivo del libro es mostrar la alegría de Chesterton, consecuencia de su filosofía de vida y su manera de razonar, que le condujeron a la plenitud de la fe. Como se explica en el libro, la crisis que Chesterton y su forma de solucionarla le llevaron por derroteros originales: en vez de deprimirse, reconoció en el hecho de existir un auténtico don y, por tanto, descubrió la alegría de vivir. Existen misterios que –como si fueran una cerradura- sólo una forma de pensar –una llave- es capaz de desvelar: esa llave es el cristianismo, porque su doctrina viene a encajar perfectamente en el esquema de lo que es la vida, es decir en la cerradura.

Sabemos que Chesterton fue educado superficialmente en el unitarianismo religioso, y luego fue ‘librepensador’, como la mayoría de sus contemporáneos; con 20 años vivió una profunda crisis personal que le llevó a reaccionar de manera muy original: tuvo la sensatez de establecer las condiciones que debía tener una verdadera filosofía de la vida que empezara por reconocer el don de la vida, y comenzó a buscar: liberalismo, materialismo, cientifismo, socialismo… Pasó por todas estas corrientes sin encontrar la verdad. Y como todas tienen en común la crítica al cristianismo… comenzó a leer el Evangelio y otros libros cristianos, para darse cuenta –como él mismo dice- que su filosofía había sido inventada 19 siglos antes: aunque no se hizo católico hasta los 48 años, su mente era católica desde principios del siglo XX, en torno a los 25 años. Fue tan libre de pensamiento que aceptó el cristianismo cuando todo su entorno social –bastante antireligioso- lo consideraba una cuestión anticuada, ya superada.

Como se plantea correctamente en el libro, el mundo moderno ha desarrollado unos hábitos de pensamiento, una lógica propia que –más que chocar contra la tradición católica (y uso la palabra tradición en su mejor y más amplio sentido: valores, formas de pensar, costumbres, etc.)- la vuelven difícilmente comprensible  en sus auténticos términos al hombre o la mujer de hoy.

Pero Chesterton –que venía completamente del mundo moderno- fue capaz de argumentar para sus contemporáneos (y para nosotros) en sus propios términos y desde su propio punto de vista, porque él lo había vivido primero. A esto, se añadía un estilo peculiar, una finísima ironía y una agudeza sin parangón. Por su sensibilidad, Chesterton comprendió mejor que nadie el profundo pesimismo, el nihilismo que se esconde en la lógica moderna –aparentemente optimista y favorable al progreso, que ofrece una emancipación, una liberación, que termina por ser una falsa promesa y hacer al hombre más triste: el siglo XX es una buena expresión de ese mundo, y la desigualdad creciente que vivimos había sido predicha por Chesterton hace más de 90 años junto a otros errores teóricos.

Fe, razón y alegría es el subtítulo del libro: Tomás Baviera glosa en él las dos principales obras en las que Chesterton muestra su visión del cristianismo, primero en el plano personal –capaz de llenar a los seres humanos de asombro, alegría y gratitud: Ortodoxia– y en el plano social, mostrando la singularidad del cristianismo, al desmontar las falsas creencias que entonces y hoy se han difundido sobre el mismo: El hombre eterno. Baviera da a cada una de las dos partes del libro un título adecuado a su contenido: GK, el prisionero que escapó de la caverna; GK, el periodista de la historia: brillantes metáforas –buen discípulo de Chesterton- que expresan sintéticamente una rica argumentación en torno al método y estilo de GK, tratando de configurar un mapa que permita desenvolverse tanto en las áridas –aunque variadas- llanuras de la lógica moderna como en las magníficas –pero complejas- cumbres de Chesterton: metáforas, comparaciones, ironías, paradojas, ejemplos de época, frases brillantes, digresiones…

Era necesario un libro como éste, por la misma razón que el Chestertonblog empezó a funcionar: no sólo hacen falta mejores traducciones de Chesterton, sino mejores explicaciones de Chesterton que –actuando como glosas o notas al pie- permitan al lector llegar al fondo de uno de los pensadores más originales y audaces del siglo XX. Pero ojo, este libro no es un fin en sí mismo, sino que es un mero instrumento. Como dice el propio Tomás Baviera: “más que un mapa para llegar a una cima, este libro tiene vocación de mapa para hallar un tesoro” (p.38). E incluye la llave, puedo añadir yo, que lo he leído.

Hilaire Belloc y el verdadero país de Chesterton

Hilaire Belloc

Hilaire Belloc

Antonio L. Guzmán, amable seguidor del Chestertonblog desde México nos envía –con un grande y sincero agradecimiento por nuestra parte- el Prólogo que la editorial Porrúa utilizó para la selección de ensayos de GK publicada en 1996 (pp.IX-XXXVI). Está escrito –nada más y nada menos- por Hilaire Belloc (1870-1953), uno de los mejores amigos y colaboradores de Chesterton durante toda su vida. Este extenso texto –no sabemos exactamente su origen- es de 1940, y una versión reducida fue publicada en la selección de Conlon (G.K. Chesterton. A Half Century of Views. Oxford, 1987, pp.39-45): ‘Sobre el lugar de GK Chesterton en las letras inglesas’.

Belloc y Chesterton eran grandes amigos, y el primero –de padre francés y madre inglesa- tuvo mucho que ver no sólo en la conversión al catolicismo del segundo, sino también en su formación histórica, pues Chesterton –como sabemos- no estudió en la Universidad: como el mismo Belloc dice en el texto, mejor que fuera así, porque se habría deformado indefectiblemente. Hilaire Belloc se casó con Elodie Hogan, con la que tuvo cinco hijos, pero pronto enviudó. Estas circunstancias, el fallecimiento de un hijo suyo en cada una de las dos guerras mundiales, unidas a su intenso trabajo y su actividad política y social a favor del distributismo –el sistema social que defendía junto al propio Chesterton-, hicieron de él un carácter más bien triste y reservado. Es conocido por sus libros de historia (Las cruzadas, El Estado servil), por su defensa del Cristianismo (“La fe es Europa y Europa es la fe”) y sobre todo, por su amistad con Chesterton. A pesar de pertenecer a una religión minoritaria, Belloc –como GK- fue muy reconocido en la Inglaterra de su tiempo, por sus obras y su implicación política en pro una Inglaterra mejor.

El texto que nos ocupa hace honor a su título: es realmente la reflexión de Belloc sobre el lugar que ocupará Chesterton en las letras inglesas. Pero empieza con una serie de características de GK, que recuerdan un tanto los perfiles que señaló Borges y hemos comentado en una entrada del blog: patriota inglés, precisión en el pensamiento, capacidad para la comparación, capacidad para el análisis histórico y sobre todo literario, su caridad, su aceptación de la fe cristiana, entendida no sólo como la culminación de sus creencias, sino el centro que vivifica toda su filosofía. Haremos varias entradas sobre estos aspectos.

Es un texto que un experto en Chesterton debe conocer, por venir de quien viene y por captar extraordinariamente bien el carácter de la obra intelectual y humana de Chesterton. Hoy nos vamos a quedar con la misma preocupación que expresa Belloc: el lugar de GK en el mundo intelectual: en el Chestertonblog también nos hemos planteado dónde estará Chesterton al cabo de los siglos –véase algunos perfiles-. Para eso, hemos de comenzar con el sentido de la actividad intelectual de GK: “Un efecto de la precisión de pensamiento única y excepcional de Chesterton es la satisfacción peculiar que sus escritos ofrecen a los hombre de hábito o instinto filosófico. Uso la palabra filosófico para significar la búsqueda de la verdad con la esperanza razonable de encontrarla, no la despreciable irresolución de opiniones” (p.XVIII). Con estas palabras, Belloc reconoce la postmodernidad intelectual pre-existente en su tiempo.

Para Belloc, uno de los aspectos más importantes de Chesterton está relacionado con su capacidad de análisis de la literatura inglesa: “Su influencia en la explicación a ingleses de la literatura inglesa fue grande, aunque constantemente frustrada. Fue en ello maestro que debió haber conducido, pero a quien no se le permitió conducir. De cualquier manera, fue maestro al que se escuchó más que si hubiera empleado la misma energía y adquirido el mismo conocimiento en historia. En eso veo su principal ventaja y desventaja para la adquisición de fama futura permanente” (p.XXVI). Nuevamente encontramos la ambivalencia de la obra de Chesterton: fue y no fue un montón de cosas: maestro sin cargo de tal, por los méritos de sus aportaciones, pero tan abierto a tantos temas que constituye una posición de desventaja. Casi al final del texto, Belloc considera que lo que sea de Chesterton no dependerá de él, sino de su país: “su país puede estar declinando y ser incapaz de aprender la gran lección” (p.XXXIV).

En este punto, me pregunto acerca del verdadero país de Chesterton. Por supuesto, Inglaterra; pero GK pertenece también a otro país, a otra tierra: es la tierra y el hogar del hombre corriente, porque Chesterton “defendió al hombre del pueblo y su libertad; en consecuencia defendió la institución de la propiedad […] Apreció por supuesto –como debiera hacerlo todo el mundo-, la inmensa dificultad que representa para el restablecimiento de la sociedad un medio social como el nuestro: proletario, limitado cada vez más por una plutocracia cada vez más reducida. Chesterton entendió que el arma que debía emplearse contra esa situación mortal era una influencia continua sobre el individuo, mediante la ilustración y el ejemplo. […] Pero un fin temporal de esa naturaleza –como todos los fines externos mundanos- debe tener su raíz en un espíritu interior. Sólo una filosofía puede producir la acción política, y una filosofía sólo es vital cuando es el alma de una religión” (pp.X-XI).

No podemos saber qué harán los ingleses con Chesterton, pero ya sabemos que son muchos quienes encuentran en él ese hálito vital que insufla alegría y sensatez, capacidad de razonar y de amar: Chesterton siempre contará con el apoyo de hombres y mujeres corrientes de todas partes del mundo, que lo sostendrán en el lugar que merece.

Chesterton: La filosofía es para el hombre corriente, 2: rastrear el origen del propio pensamiento

La primera parte del ensayo El restablecimiento de la filosofía se dedica a considerar las consecuencias sociales de la ausencia de filosofía, es decir, el favorecimiento de los más ricos y poderosos, puesto que se carece de argumentación sólida para ponerles freno.

Para GK -frente al cientifismo materialista- la filosofía sienta las bases para una adecuada comprensión del mundo y del ser humano

Para Chesterton, la filosofía sienta las bases para una adecuada comprensión del mundo y el hombre, frente al cientifismo materialista.

La segunda parte del argumento (párrafos 05-10) es algo más complicada. El punto de partida es que todo lo que tenemos ha sido pensado por alguien, seamos conscientes o no: El hombre siempre sufre la influencia de alguna clase de pensamientos, los propios o los de algún otro; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados a partir de desacreditadas leyendas o de rumores no verificados; pero siempre algo con la sombra de un sistema de valores y una razón para su preferencia (05).

Es lo que se llama cultura o civilización, y actúa como filtro para considerar las realidades que nos rodean. Sin embargo, las corrientes filosóficas subyacentes son raramente examinadas por los hombres corrientes, que prefieren llamarse librepensadores o modernos, cuando en realidad utilizan ese pensamiento subyacente sin capacidad crítica. GK ha nuevamente en esta segunda parte –como antes lo hizo en la primera con las ideas del hombre práctico (ver original)- un análisis de la filosofía dominante, que viene a decir que todo es una repetición mecánica de causas y consecuencias inmediatas, sin dejar espacio a una voluntad superior, creadora de ese juego de causas y consecuencias –y por tanto que pueda alterarlo ocasionalmente, como sería el caso de los milagros.

Éstas son las tesis principales de Chesterton en el ensayo:
-Nadie trata de llegar al fondo, de la cuestión, la moda se impone sin verdadero espíritu crítico: Lo que realmente le ocurre al hombre moderno es que no conoce siquiera su propia filosofía, sino sólo su propia fraseología (09). Eso lo sabe GK por experiencia, porque se atrevió a enfrentarse a la cultura dominante en su tiempo, como mostró en Herejes y en Ortodoxia.
-Pensar en términos de una voluntad superior o un espíritu creador no es menos inteligente, porque la explicación de los hechos naturales no agota la explicación de la realidad, por más que los materialistas se empeñen. Hay muchas posturas que no son materialistas y no son menos inteligentes:

No es una negación de inteligencia sostener un concepto coherente y lógico en un mundo tan misterioso: No es una negación de inteligencia creer que toda experiencia es un sueño. No es signo de falta de inteligencia creer que es una ilusión, como creen ciertos budistas; y mucho menos creer que es un producto de una voluntad creadora, tal como creen los cristianos (10).

La clave está en comprender la naturaleza de los hechos: pero esta ‘naturaleza’ no es un concepto físico, sino metafísico, es decir, está más allá de lo que piensa la ciencia, y precisa la filosofía. En realidad esto está aceptado implícitamente por nuestra cultura: sabemos que los humanos somos átomos y materia, pero también que somos algo más que átomos y materia, lo que nos confiere una especial dignidad: es la base de los derechos humanos, y no se deduce de la ciencia, sino de la filosofía.

La conclusión del artículo es una magnífica chestertonada, poniendo de relieve otro mito de nuestro tiempo: Siempre nos dicen que los hombres ya no deberían estar divididos de un modo tan abrupto por sus distintas religiones. Como paso inmediato en el progreso, es mucho más urgente que estén divididos más clara y abruptamente por distintas filosofías (10).

Alba Rico: Chesterton, un ‘monstruo’ que ríe

Santiago Alba Rico. Foto: La jiribilla

Santiago Alba Rico. Foto: La Jiribilla

Recogemos hoy la segunda entrada al texto de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003) que la semana pasada colgamos en la página de estudios en español. Como señalamos, Alba Rico se distancia en la visión cristiana de Chesterton, pero si en la entrada anterior admira su lucidez ante la modernidad, los fragmentos que hoy publicamos son un mini ensayo sobre la risa de Chesterton. Vale la pena leerlo: no es chistoso, sino profundo y divertido, porque está escrito al estilo del Maestro.

«Un hombre que amaba, al mismo tiempo, los cuentos y las paradojas y que era ‘inglés’ no podía dejar de sentirse atraído por el cristianismo y más aún por su versión católica: una religión de vírgenes que paren, de monoteísmos trinos y de dioses que se encarnan para morir en la cruz (y cuya sangre hay que beberse y cuya carne hay que comerse en una espe­cie de taberna sin derecho de admisión). El cristianismo de Chesterton es tan sensato que uno sospecha de él, pero no de la sensatez. Leyendo Ortodoxia a uno le vienen ganas de creer como leyendo Gargantua a uno le vienen ganas de crecer. Chesterton concibe el cristianismo como la prolongación natural que vendría a completar el paganismo y, en este sentido, la modernidad no señalaría sino una trágica ruptura con los dos. Es así: frente a dos verdades contradictorias (el mundo y Dios) los grie­gos habrían tomado sólo la primera; el cristianismo habría cogido las dos verdades y la contradicción juntas; la modernidad, por su parte, tan racional ella, para evitar incurrir en contradicción, se habría deshe­cho de ambas. […] Los griegos vivieron en un mundo alegre y en un universo triste; los orientales en un universo alegre, pero en un mun­do triste; los cristianos viven en un mundo alegre y en un universo alegre. Los modernos, por su parte, son tristes en todas partes.

La tradición es la democracia de los muertos. Como todos los reac­cionarios que le precedieron (De Maistre, De Bonald o Burke), Chester­ton vuelve la cabeza hacia la religión y hacia el pasado. Pero esta visión suya de la tradición, que choca con la superstición progresista de la modernidad, protesta no menos contra la gazmoñería nostálgica de los que defienden mal el Antiguo Régimen. Al contrario que el modelo de De Maistre o De Bonald —o el solemne y pomposo de Chateaubriand—, la propuesta de Chesterton no está regida por el orden, la jerarquía y el san­to temor religioso que baja púdicamente los ojos ante los placeres y los señores ‘naturales’. Como los islamistas de hoy, que tanto le hubiesen horrorizado, Chesterton sólo reconoce ‘majestad’ a Dios (y a veces no tanta como para no imaginárselo como a un niño que todas las mañanas pide al sol: hazlo de nuevo, sin cansarse jamás del ‘truco’ de la aurora). El cristianismo de Chesterton es jocundo, goliárdico, rabelesiano, saltarín, risueño, un poco palurdo y bastante irreverente; el pasado que anticipa, como la cosa al mismo tiempo más vieja y más nueva del mundo, es el de un curioso universo en el que sólo la familia lleva ya siglos haciendo realidad todos los sueños anarquistas, las tabernas aseguran una especie de comunismo inalcanzable para los gobiernos y la más pe­queña comunidad de vecinos es más grande, más libre, más alegre, más democrática y hasta más lujosa que todas las falsas anchuras del cosmopolitismo.

Bueno, quizás Chesterton no tenía razón. Quizás el cristianismo es tan sombrío y cinchador como lo he vivido yo. Quizás el pasado fue siempre igual de malo que el presente. Quizás Chesterton era sencillamente un monstruo. Era sin duda un monstruo: una de esas bestias mitológicas, mitad camionero mitad filósofo, que sólo existen ‘de hecho’. Porque hace falta ser un monstruo para reírse a mandíbula batiente y con los dos pul­mones abiertos de par en par como lo hizo él. Uno se ríe de las cosas que ‘importan’, es decir, de las que no podemos comprender, de las que des­bordan y revelan nuestra pequeñez: la tormenta, el sexo, la multitud, la música, o cualquier otra forma de milagro. Pero nos reímos también de los que no comprenden, de aquello o aquellos que desbordamos y que revelan públicamente por eso nuestra grandeza. En este sentido la risa es una afirmación de superioridad y hasta de legitimidad por contraste, tal y como la ‘blandura’ de una naranja ‘legitima’ de algún modo la dure­za de un cuchillo. Mediante la risa nos manifestamos vencidos por lo que es más grande que nosotros; pero mediante la risa vencemos a los que son más pequeños o menos fuertes. Las víctimas están particularmente expuestas por su ‘seriedad’; además de matarlas, podemos burlarnos de ellas y quizás lo que las hace vulnerables, lo que nos autoriza —o tien­ta— a matarlas es precisamente que son ‘risibles’. Por eso el cristianismo siempre sospechó de la risa como cosa del demonio. Puede que sufrir una injusticia, como quería Sócrates, sea mejor que cometerla, pero es siempre mucho menos ‘divertido’. Resignados o no. todos estamos de acuerdo en que el poder, la inteligencia y el pecado son más alegres: la risa pertenece al mundo de Voltaire, del Marqués de Sade o de Nerón. Pero esto es precisamente lo que Chesterton no aceptaba. Chesterton es el pri­mero, el único, que demuestra que lo contrario también es posible. ¿Puede alguien reírse de los poderosos por su poder, de los pecadores por sus pecados, de los rebeldes por su desprecio de los mansuetos? ¿Puede al­guien, por ejemplo, reírse de Nietzsche y su faústica transvaloración de todos los valores? Sólo él. […]

Todas las paradojas de la obra de Chesterton se funden y se levantan en esa, de carácter literario, inscrita en la biología misma de su estilo; a partir de ese estilo, el autor de Ortodoxia construyó —y no sólo ima­ginó— un mundo inédito, invertido, en el que las vírgenes se ríen de los libertinos, los padres de familia, de los solteros, los sedentarios, de los viajeros y en el que, en definitiva, la virtud se ríe del vicio, la debilidad se ríe de la fuerza y la subordinación se ríe a carcajadas del poder. Y éste es el criterio último de autoridad en el que reposa la irrefutabilidad de los argumentos de Chesterton: pues si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad, puede reírse del poder, la virtud y la debilidad ‘tienen razón’. Si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad puede reírse del poder, entonces la virtud y la debilidad son humana (y no sólo moralmente) ‘su­periores’.

Al igual que otros reaccionarios (De Maistre o Schmitt) Chesterton entendió muy bien la modernidad capitalista y nos proporcionó argu­mentos contra ella. Pero, al contrario que todos los otros reaccionarios, Chesterton nos hace reír. Una amiga muy inteligente me decía hace poco que Chesterton corrige a los ateos obligándoles a introducir en sus vidas el milagro y corrige a los místicos obligándoles a tener en cuenta el paga­nismo. ¿Fue un reaccionario? Si es bueno leer a los reaccionarios contra las aporías de la Ilustración, es bueno leer a Chesterton contra las melan­colías de todos los fanáticos».

Alba Rico: Chesterton representa la ‘revuelta del hombre corriente’

Santiago Alba Rico

Santiago Alba Rico

El texto que esta semana incorporamos a los estudios en español es de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003). Fue un número dedicado a ‘la inquietante lucidez del pensamiento reaccionario’ –por parte de una publicación que se considera de izquierdas-, y por tanto, no podía faltar un texto sobre GK, escrito por uno de quienes han escrito algunas de las cosas más interesantes sobre él. Hemos decidido seleccionar fragmentos para un par de entradas, que nos muestran algunos puntos de vista de Alba Rico sobre GK: constituye una atractiva aportación crítica con la modernidad, pero también marcada –como sucede siempre con las cuestiones religiosas e ideológicas- por la experiencia personal del autor del texto, honesto en sus afirmaciones. Como siempre, están en cursiva las palabras de Chesterton. He aquí la primera selección:

“¿Es Chesterton un pensador reaccionario? Chesterton es sobre todo dos cosas: un anticapitalista que ama los cuentos y un católico tradicionalista que detesta las convenciones. No soportaba las injusticias y no soportaba las estupideces y trató de demostrar que la injusticia es siempre el resultado, o la exigencia, de alguna tontería compartida. […]

Chesterton no fue nunca un moralista y sí, muchas veces, un revolucionario intratable –aunque siempre jocundo- a punto de alargar la mano hacia la empuñadura de la espada. Buscaba ‘hechos’ por todas partes, incluso en los cuentos, y cuando encontraba uno podía remover cielo y tierra, sin reparar en obstáculos ni respetar palacios, a partir de él. Por eso su pensamiento teológico es inseparable de su vocación política. Es justamente famosa, por ejemplo, esa inducción que, en Lo que está mal en el mundo, le lleva desde ‘el pelo de una niña’ al menos tan lejos como a un bolchevique el concepto de ‘relaciones de producción’ o de ‘lucha de clases’: Empiezo con el cabello de una niña. Sé que eso al menos es algo bueno. Y enseguida: Con el pelo rojo de una rapazuela traviesa de las cloacas prenderé fuego a toda la civilización moderna. En medio, el razonamiento es impecable: Cuando una niña quiere llevar el pelo largo, tiene que tenerlo limpio; como tiene que tenerlo limpio, no tendrá que tener una casa sucia; como no tiene que tener una casa sucia, tendrá que tener una madre libre y llena de tiempo; como tiene que tener una madre libre, no tendrá que tener un arrendatario que es un usurero; como no tendrá que existir un arrendatario que es un usurero, tendrá que haber una redistribución de la propiedad; como tendrá que haber una redistribución de la propiedad, habrá una revolución.

El pelo de una niña… o la cerveza. Éstas son las cosas que la razón debe proteger. En una novelita poco conocida en España, La hostería volante, un proscrito hace rodar por toda Inglaterra, huyendo de la justicia, el último barril de cerveza de la isla después de que un decreto gubernamental haya ordenado el cierre de todas las tabernas en nombre del ecu­menismo y el entendimiento entre las culturas. Allí donde el fugitivo se para y abre la espita, enseguida cristaliza una sociedad en miniatura, como una perla alrededor de un grano de arena. Chesterton era inglés y amaba la cerveza, es cierto, pero sólo un pésimo lector pretendería que está tratando de defender una ‘costumbre nacional’ o un ‘gusto perso­nal’ del asalto de una razón más alta o más humana. Todo lo contrario: lo que Chesterton busca demostrar novelescamente es que el ecumenismo limita el mundo, es provinciano, localista y, por lo tanto, inhumano. Ningún autor es más universal que Dickens, hasta el punto de que hasta los más refinados pedantes pueden entenderlo, según la expresión de Chesterton; y lo es precisamente por algo que tiene que ver con los abo­minables ponches y estofados de carne que Pickwick trasiega en las posa­das, enfrente de la chimenea. Cuando Chesterton defiende la cerveza de­fiende en realidad las tabernas y cuando defiende las tabernas defiende en realidad algo mucho más universal y razonable que el ecumenismo y la razón: defiende la sociabilidad. El ecumenismo separa a los hombres; la cerveza los une.

La modernidad –que Chesterton apenas distingue del capitalismo- es sobre todo una nueva persecución del Hombre Común y la única libertad que ha reportado, y sólo a algunos hombres, es la libertad para fundar una secta. El Rey del Acero, el Rey del Petróleo, el Rey del Puerto han sustituido al Rey de los cuentos (lo que necesitamos, como lo comprendieron los antiguos, no es un político que sea a la vez hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo), en la peor forma de ‘oligarquía’ que haya conocido la historia: porque es la única que, so pretexto de humanizar, educar y emancipar a los hombres, les ha privado de las relaciones en las que se reconocían humanos, de los medios materiales con que se educaban a sí mismos y de los espacios en los que se sentían libres, tres territorios en los que ni los más feroces de los tiranos se habían atrevido jamás a penetrar. Chesterton odiaba el capitalismo por tres motivos: porque era feo, porque era injusto y porque era necio. […] El capitalismo, además, obligó al hombre común a dejar su oficio y su herramienta para fabricar veinte décimas partes de un alfiler en lugar de un alfiler completo, dio libertad a los ricos para ser más ricos concediendo generosamente a los pobres el permiso para ser más pobres e hizo ‘progresar’ rápidamente toda la riqueza de los hombres hacia las manos de los seis habitantes más inescrupulosos del planeta. Pero el capitalismo, sobre todo, es necio.

Chesterton, decíamos, era un anticapitalista que amaba los cuentos y un tradicionalista católico que odiaba las convenciones. ¿Qué son los cuentos? Las reservas indias de los ‘hechos’. ¿Cuál es el mayor convencionalismo? La rebeldía. Eso es algo, en efecto, que ha hecho todo el mundo, y de la misma manera, a una determinada edad, y la modernidad no ha hecho sino generalizar y prolongar su propia manera en una especie de eterna adolescencia. En el relato más arriba citado, Conversión de un anarquista, el protagonista se convierte a las excelencias del matrimonio religioso después de oír a los contertulios del libérrimo club defender precisamente las mismas cosas que él pensaba: pero es que las defendían mal. Desde el punto de vista intelectual, la modernidad se caracteriza por esta paradoja que sacaba de quicio a Chesterton y que él identificaba con la forma más ridícula —y más exacta— de dogma: la de un montón de gente diciendo al mismo tiempo las mismas cosas que todos sus con­temporáneos para distinguirse de ellos. Es fácil imaginar cuánto hubiese horrorizado a nuestro autor la expresión acendrada, meteorológica y extrema de esta ilusión de distinción: la publicidad televisiva (todas esas pequeñas sectas disputándose a muerte la exclusividad de un someti­miento común). Y Chesterton, en algún sentido, tenía razón sugiriendo como más sensata la paradoja inversa: si hay que distinguirse de los demás, hagámoslo –diantres- para parecernos a todo el mundo. No hay nada más convencional, acomodaticio, funcional e integrador que la rebeldía moderna” (Alba Rico: ‘Chesterton, la revuelta del hombre común‘, pp-26-29).

Un Domingo de Pascua en la vida de Chesterton

El pasado jueves presentamos la Introducción de J. Thompson al volumen Por qué soy católico (El buey mudo, 2010). En ese texto, su autor relata un acontecimiento ocurrido en la vida Chesterton tal día como hoy, un Domingo de Pascua de 1920. Que sean sus palabras que las que narren lo sucedido:

La Madonna escondida de Rafael

La Madonna escondida de Rafael. Blogs.publico.es

“Describir la senda que Chesterton recorrió desde su posición de librepensador Victoriano de su juventud hasta su entrada en el catolicismo en 1922 significaría la composición de su biografía espiritual, libro que todavía está por escribir. De todos modos, esa historia puede bosquejarse. En los primeros años del siglo XX había encontrado refugio en la Iglesia anglicana y, más concretamente, en el anglo-catolicismo que se enorgullece de preservar la auténtica fe católica, en oposición a la perversión que significa Roma. Pero Chesterton no se sintió cómodo durante mucho tiempo en esa especie de camino intermedio; más de diez años antes de abrazar el catolicismo romano se dio cuenta de lo inadecuado del compromiso del anglo-catolicismo. Las razones que le obligaron a retrasar durante tanto tiempo dar el paso definitivo a Roma siguen siendo un misterio, aunque varios autores atribuyen esta demora a su reticencia a crear una separación entre él y su esposa, que seguía siendo por entonces muy fiel a la Iglesia anglicana.
“Sin embargo, una necesidad urgente obligó a Chesterton a seguir adelante.
“Indiscutiblemente era un hombre dividido, en el que tanto su mente como su corazón le empujaban a Roma, mientras que la lealtad a su mujer le exigía obedecer a Canterbury. Uno no puede dejar de pensar en ese momento crucial, en ese instante de crisis en el que se sentía obligado a llevar a cabo un acto que ya no podía rechazarse. Ese momento aparece en algún pasaje de El manantial y la ciénaga que ilustra el leitmotiv de su viaje espiritual. En la rica y bella textura de sus palabras sale a la luz ese grito exultante de gozo, de agradecimiento y alivio.
“En 1920, al regreso de un viaje a Tierra Santa, los Chesterton desembarcaron en Brindisi, el puerto del Adriático que se encuentra en la costa meridional de Italia. Allí, el domingo de Pascua, una revelación iluminó la conciencia de Chesterton, irradiando con su luz refulgente la Verdad implacable. Recordando más tarde este hecho, escribió:

Los hombres necesitan una imagen clara y bien perfilada, una imagen que les defina de forma instantánea lo que distingue al catolicismo de lo que dice ser cristiano o que, incluso, es cristiano en cierto sentido. Ahora apenas puedo recordar un tiempo en el que la imagen de Nuestra Señora no se alzase en mi mente de forma completamente definida al mencionar o pensar en todas estas cosas. Yo me sentía muy alejado de todas ellas y, posteriormente, tuve muchas dudas; más tarde disputé con todo el mundo, incluso conmigo mismo, por su culpa; porque ésa es una de las condiciones que se producen antes de la conversión. Pero tanto si esa imagen era muy lejana, o bien oscura y misteriosa, constituía un escándalo para mis contemporáneos, o un desafío para mí mismo. Nunca llegué a dudar de que esa figura era la figura de la fe; […] Y cuando, finalmente, logré ver lo que era más noble que mi destino, el más libre y fuerte de todos mis actos de libertad, fue frente a una pequeña y dorada imagen suya en el puerto de Brindisi, momento en el que prometí lo que habría de hacer si llegaba a regresar a mi país.

“Para Chesterton, como para todos los que entran en la Iglesia, la conversión significa un comienzo, no una culminación” J. Thompson. Introducción a Por qué soy católico, El buey mudo, p.16-17).