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Comentarios de Chesterton al Via Crucis, 2: realismo, crueldad, desafío

Continuamos la selección de fragmentos de El camino de la Cruz, el comentario que Chesterton realizó sobre la obra del artista anglo-galés Frank Brangwyn (1867-1956), del que reproducimos también las imágenes correspondientes.

Hay en la expresión de cada pasión humana, o en la carencia de esa pasión, algo que nos habla de un gran error o incluso de un crimen; como si se quisiera enfatizar con ello la profunda idea de que todo hombre mantiene su propia lucha con Dios. Tomemos, como ejemplo, uno o dos casos que podemos apreciar en los cuadros: observemos el contraste existente entre los dos rostros más sobresalientes que aparecen en la primera secuencia de la caída de Cristo bajo la cruz. El del viejo fariseo que, dominado por una malvada emoción, farfulla burlas llenas de odio al recién caído; y al otro lado de la escena, el rostro alargado, serio, paciente, inexpresivo del soldado que se inclina para levantar la cruz; frío, insensible, sin que en su rostro se muestre el menor signo de crueldad; haciendo simplemente su trabajo; con la expresión que podría tener cualquier cansado trabajador que se inclinase sobre el tajo. O nótese la deliciosa actitud reverencial de los dos niños que aparecen en la Octava estación, que se comportan inexplicablemente como si se encontraran rezando en una iglesia. Toda esta variopinta multitud realza de forma especial la figura central. Y es probablemente toda esa emotividad la que la dota de mayor fuerza y diferencia.

Comentarios de Chesterton al Via Crucis de Brangwyn

Comentarios de Chesterton al Via Crucis de Brangwyn

Si la descripción de la Pasión de Jesucristo no es el relato de algo real, tuvo que existir en los territorios gobernados por el emperador Tiberio un magnífico novelista que fuera, entre otras cosas, un hombre dotado de un estilo realista sumamente moderno. Creo que eso es algo improbable. Porque pienso que si hubiera habido un novelista así, tan singularmente realista, hubiera preferido escribir otro tipo de obra, animado por un legítimo espíritu crematístico, en lugar de escribir algo falso que sólo ofrecería perspectivas dramáticas. Oímos hablar en nuestros días con mucha frecuencia de un realismo al que aparentemente se elogia calificándolo de implacable. En mi caso no puedo decir que en temas de gusto personal me sienta mucho más atraído por la crueldad, como virtud de los nove listas alemanes, que por los millonarios americanos. Pero si en algún caso el realismo pudiera llamarse cruel o implacable, y la crueldad se pudiera considerar correcta, se la podría encontrar precisamente en el relato de las injurias e injusticias cometidas a lo largo de las estaciones del Vía Crucis. […] Detalles como las repetidas caídas bajo el peso de la Cruz poseen el suficiente horror de una humillación inhumana como para que un novelista moderno pudiera escribir sobre los campos de concentración para demostrar la inexistencia de Dios, en lugar de escribir para demostrar que un Dios así amaba al mundo. Mediante esta tragedia de torturas, a lo largo de esta ‘Procesión de una muerte prolongada’, para utilizar la expresión de uno de nuestros más queridos poetas modernos, Brangwyn se ha introducido de lleno en la vieja y dramática tradición del agotamiento y la derrota. Llega casi a exagerar, si es posible una exageración, la paradoja de la impotencia de la omnipotencia y del desamparo de la esperanza universal. Cristo se nos muestra una y otra vez como un árbol abatido, como una columna desplomada, anónimo en ese Su rostro que ya se vuelve hacia la nada y la noche. Y, sin embargo, a mí me parece que todo ello construye un cuadro en el que Cristo alza su cabeza, mira por encima de su hombro, y en sus ojos se aprecia el brillo del desafío y, casi, de la ira. Y que una de esas miradas está dirigida a las mujeres de Jerusalén que lloran por él.

Brangwyn Viacrucis 8

Chesterton llama la atención sobre los niños orando y la mirada de Jesús

Chesterton: Comentarios al Via Crucis de Frank Brangwyn 1: rostros de Jesús y de las mujeres

A modo de apéndice ilustrado al libro Por qué soy católicoque acabamos de reseñar-, se incluye una serie de grabados del artista anglo-galés Frank Brangwyn (1867-1956) que representan las catorce estaciones del Via Crucis, es decir, El camino de la cruz, que es el título del ensayo de Chesterton que acompaña a las imágenes (Ed. El buey mudo, pp.687-704). No es un texto de carácter religioso, sino más bien crítica artística, centrado en el tratamiento del tema, con palabras del propio GK. La fuerza de los dibujos –a lápiz, monocromos- le impresiona mucho y reflexiona sobre ella, contextualizando y relacionando –como siempre en nuestro autor- con otras tradiciones y autores. La Semana Santa es una ocasión propicia para ofrecer este texto; por ser excesivamente largo, en vez de ofrecerlo entero en el blog, hemos optado por ofrecer el enlace al texto y recoger los comentarios a algunas escenas de Brangwyn. El inicio, no obstante, es de lo más expresivo sobre su opinión general acerca de la obra:

En esta serie de dibujos, uno de los genios modernos más viriles, famoso en todos los aspectos por la intensidad de su pincel y su colorido no sólo rico sino intenso, ha acometido de forma muy personal una serie de temas que muchos podrían asociar con un cierto tipo de la prístina severidad propia de los Primitivos; es decir, con una impresionante austeridad y renuncia y con los secretos de un dolor más que humano. […] Los artistas más originales son aquellos que parten de una tradición; y en el caso de Brangwyn parte en gran medida de la tradición de los pintores flamencos; su obra está llena de esa peculiar plenitud, de ese algo que podría llamarse exuberancia cristiana, que impregna totalmente las ciudades libres de la Holanda católica.

El Via Crucis de Brangwyn , comentado por Chesterton

El Via Crucis de Brangwyn , comentado por Chesterton

Andrea Mantegna pintó el rostro muy delicado de un Cristo ensombrecido y sin barba, un tanto parecido al que, según la tradición, tuvo Juan el Bautista en su juventud. Yo he querido pensar algunas veces que tal experimento hubiera podido generar una tradición alternativa haciendo hincapié en el aspecto del Salvador de la humanidad. Brangwyn ha concebido un tipo que puede resultar un tanto curioso; las facciones del rostro conforman lo que se podría entender por el tipo aquilino. Algunos pueden aducir que eso es bastante realista por adecuarse al tipo semítico; pero aunque la idea tal vez fuera acertada no puedo aceptarla, dado que no observo el mismo tratamiento racial en el resto de las figuras humanas, especialmente en las que forman las multitudes de Jerusalén. Estos rostros muestran, como ya he dicho, una gran variedad de formas: si bien el efecto, por lo general, adopta los trazos de lo que podría ser una muchedumbre medieval flamenca. Los rostros que aparecen en los cuadros son muy variados; son tipos que podríamos encontrarnos en cualquier parte, en el metro o en el tren.

Brangwyn Viacrucis 8

La imagen de las mujeres llorosas impresionará al espectador; o, al menos en cierta medida, al espectador superficial. Y es precisamente aquí, pienso yo, en donde el valor de esa variedad de retratos, en los que el lápiz del artista refleja la multiplicidad de los rostros de la muchedumbre, en donde se encuentran los efectos más delicados y originales.
Aquí se encuentra ese curioso grupo de plañideras, esas madres y jóvenes llorosas de la ciudad santa. No quiero decir que muchas de ellas, incluso la mayoría, no fueran totalmente sinceras en su piedad hacia la víctima desgraciada que marcha hacia la muerte. Lo que quiero decir es que hay una serie de sombras y gradaciones, incluso en esa sinceridad; y que en ciertos casos tal sinceridad se halla mezclada con la curiosidad, y hasta se hunde en la vulgaridad.
Una de las ancianas que aparecen al fondo se nos muestra verdaderamente desolada. Se trata tan solo de un rostro visto a medias en la penumbra, oculto por las figuras que se hallan en primer plano. Pero creo saber todo sobre esa mujer. Es casi igual a lo que le sucedía a aquella dueña de Margate a la que se le partía de dolor su corazón de oro.
Vemos a una mujer más joven con un aire de curiosa emoción, tiene los ojos entornados y se aprecia el indicio de una lágrima en una de sus comisuras; pero no puedo dejar de pensar qué se estará preguntando sobre esta escena de la Crucifixión.
Otra mujer, probablemente una madre sensible, carga con su hijito en brazos, cumpliendo con su tarea diaria en ese día tan especial; aunque yo diría que lo que se ha propuesto en ese momento es que su hijo pueda ver lo que está sucediendo.
Detrás, y un poco aparte, puede verse, trazada a grandes rasgos, otra mujer que también parece una dama, pero no llego a descubrir si su expresión revela un sentimiento trágico o tan sólo digno.
Y a medida que voy estudiando esta abigarrada multitud voy formándome una impresión colectiva, aunque no sé si es la impresión que quiero formarme de ellos o no. Toda esta gente está observando a un hombre que va a ser crucificado. La mayoría sienten realmente lástima por este pobre ser sin esperanza, pues todos ellos están convencidos de que, en el fondo, eso es lo que es: un pobre ser sin la menor esperanza. Lo saben por las noticias que tienen, y saben que las autoridades no van a hacer nada en el asunto. Así que no sólo no pueden imaginarse que no haya para él la menor esperanza, y menos aún hacerse una idea de lo que está viviendo. Porque son personas decentes que no pueden negar que es un asunto triste el que ese hombre muera mientras ellos seguirán viviendo bien protegidos e, incluso, prósperamente. Y es justamente hacia ellos hacia los que la víctima vuelve su mirada con una repentina y lancinante ira.

Chesterton: ‘¿En qué clase de católico se convirtió?’

Portada de Chesterton: 'Por qué soy católico', de El buey mudo, 2010.

Portada de Chesterton: ‘Por qué soy católico’, de El buey mudo, 2010.

La conversión es el comienzo de una activa, fructífera, progresiva y venturosa vida para el intelecto. La importante pregunta que hay que hacer a Chesterton (y a todos los conversos) no es: ¿Por qué se hizo católico?, sino, más bien: ¿En qué clase de católico se convirtió?” Estas palabras corresponden al prólogo de Por qué soy católico, el libro que la editorial El Buey mudo publicó en 2010 con las obras que Chesterton dedicó expresamente a su conversión al catolicismo o directamente relacionadas con ella y que corresponden a su vez al volumen 3º de las obras completas de GK Chesterton, publicadas por Ignatius Press (San Francisco): A donde todos los caminos conducen (1922), La Iglesia católica y la conversión (1927), ¿Por qué soy católico? (1926), La cuestión: Por qué soy católico (1929, a veces traducido como ‘La cosa’ -Espuela de plata, 2010-) y El manantial y la ciénaga (1935, también traducido como ‘El pozo y los charcos’): son recopilaciones de artículos sobre ‘el tema’, que lógicamente tenía que aparecer en los medios de comunicación de una forma u otra. Cierra el volumen El camino de la Cruz, un breve texto de crítica artística a las escenas de un Viacrucis dibujadas por un amigo de GK pintor.

La Semana Santa es una buena ocasión para publicar esta Introducción en el blog –quizá la misma de Ignatius Press- en la sección correspondiente a estudios en español y presentarla aquí brevemente.

Lo que más me gusta de este estudio previo de James J. Thompson Jr. es su estilo ‘cuestionador’, que ya hemos podido vislumbrar. Aunque -como es lógico- contextualiza la recepción en la Iglesia católica de GK en 1922, nos prepara para lo que vamos a leer de una manera original: haciéndose una serie de preguntas, a las que Chesterton responderá en el texto. Selecciono dos o tres párrafos de la Introducción, que me parecen significativos del estilo, basados precisamente en textos del propio GK:

“En 1926, cuatro años después de su conversión al catolicismo, Chesterton escribió en La Iglesia católica y la conversión que la Iglesia es una casa con cientos de puertas, y no hay dos hombres que entren en ella por la misma. Hubiera podido decir mil o diez mil, o infinitas puertas, pues la experiencia vivida por cada converso es única. ¿Qué es lo que marca mejor a la Iglesia Universal? Pues que ofrece a toda persona lo que más necesita y que no puede conseguirse en ninguna otra parte.

“¿Significa esto que los conversos son personas de una individualidad quisquillosa, que se complacen tan sólo en alimentar sus propios gustos y predilecciones y que no muestran nada en común con todos aquellos que entran por puertas diferentes a la suya? ¿Comparten aquellos que buscan un modelo de moral autoritaria alguna cosa con el resto de los creyentes que reclaman una liturgia mayestática? ¿Se encierran en un silencio distanciador aquellos para los que la fe evoca una respuesta emocional que estremece el alma, aislándose de aquellos otros conversos que llegan a la Iglesia porque ésta logra consagrar su racionalidad? ¿Se apartan quienes admiran al catolicismo por ser el guardián de las tradiciones de aquellos otros nuevos católicos que encuentran en la Iglesia una fuente de renovación? ¿Es la Iglesia una auténtica comunidad de creyentes o, por el contrario, es tan sólo una especie de paraguas bajo el que tratan de guarecerse un conjunto de individuos elitistas?”

Thompson nos prepara para lo que vamos a leer, las respuestas de GK a la hecho de ser católico. Pero si nos fijamos bien en las preguntas, hacen referencia no sólo a la fe o a los dogmas, sino a la vida de los creyentes: este libro está lleno de anotaciones históricas y sociológicas sobre lo que ha significado ser católico en su tiempo, pero también a lo largo de los siglos y cómo la fe influye de maneras diversas en la vida social y personal. El Chesterton que más nos gusta, el que continuamente analiza el mundo a su alrededor, está muy presente en estos volúmenes y quizá más adelante presentemos algunos artículos de este libro.

Pero la clave -claramente-  no es la sociología: “Para Chesterton hay dos razones fundamentales que pueden llevar a una persona a la conversión: La primera es que se crea que en ella [en la fe católica] anida una verdad firme y objetiva, una verdad que no depende de la personal creencia para existir. Otra razón puede ser que [la persona] aspire a liberarse de sus pecados. Estas son las razones por las que Chesterton se hizo católico, y que deben constituir el fundamento de quien tome la decisión de entrar en la Iglesia. Sin ellas, afirmaba Chesterton, el individuo puede decir que es católico, pero se está engañando”.

‘La falacia del éxito’, de Chesterton

El sueño del éxito ha conquistado nuestras mentes

El deseo de triunfar ha conquistado nuestras mentes. Becodospoetas.com.br

La lectura de GK que proponemos esta semana está incluida en All things considered (Methuen, 1908, Cap.3). Como otras veces, hemos contado con la estupenda traducción de Carlos D. Villamayor, de modo que es la primera vez que este texto se vierte al castellano. Probablemente sea de los textos más claros de GK, y más adecuados para nuestra época de afanes de triunfos, o quizá -ante la crisis- de fracasos. La versión bilingüe también está disponible. Los personajes citados por Chesterton están enlazados con Wikipedia para que uno pueda hacerse una idea de la clase de personas que eran propuestas como modelo, quizá bastante similares a algunas de hoy día.

Ha aparecido en nuestra época una peculiar clase de libros y artículos que sincera y solemnemente pienso pueden ser llamados los más tontos entre los hombres. Son mucho más salvajes que los romances de caballería más salvajes y mucho más aburridos que el tratado religioso más aburrido. Es más, los romances de caballería al menos eran sobre caballerosidad y los tratados religiosos sobre religión.
Pero estas cosas son sobre nada, son sobre eso que es llamado Éxito. En cada estante y en cada revista puedes encontrar escritos que le dicen a la gente cómo tener éxito. Son libros que le muestran a la gente cómo tener éxito en todo; están escritos por hombres que no pueden ni tener éxito escribiendo libros.
Claro que, para empezar, no hay tal cosa como el éxito. O, si lo quieres poner así, no hay nada que no tenga éxito. Que algo tiene éxito sólo quiere decir que algo es: un millonario es exitoso siendo un millonario y un burro es exitoso siendo un burro. Cualquier hombre vivo ha tenido éxito viviendo, cualquier hombre muerto puede haber tenido éxito cometiendo suicidio. Pero, pasando de la mala lógica y la mala filosofía de la frase, podemos tomarla, como lo hacen estos escritores, en el sentido ordinario de éxito en obtener dinero o posición social.
Estos escritores aseguran decirle al hombre ordinario cómo puede tener éxito en su oficio o especulación: cómo, si es un constructor, puede tener éxito como constructor; cómo, si es corredor de bolsa, puede tener éxito como corredor de bolsa. Aseguran mostrarle cómo, si tiene una tienda de abarrotes, se puede volver dueño de un yate deportivo; cómo, si es un periodista de quinta, se puede volver uno de primera; y cómo, si es un judío alemán, se puede volver anglosajón. Es una propuesta concreta y de negocios y realmente pienso que la gente que compra estos libros –si es que hay gente que los compra- tiene el derecho moral, si no legal, de pedir que le devuelvan su dinero. Nadie se atrevería a publicar un libro sobre electricidad que literalmente no dijera nada sobre electricidad, así como nadie publicaría un artículo de botánica que muestre que el autor no sabe qué parte de la planta crece bajo tierra. Sin embargo nuestro mundo moderno está lleno de libros sobre éxito y sobre gente exitosa que literalmente no contiene ninguna clase de idea y escasamente alguna clase de sentido.

Es perfectamente obvio que en cualquier ocupación decente, tal como colocar ladrillos o escribir libros, hay sólo dos modos, en cualquier sentido especial, de tener éxito. Uno es haciendo un muy buen trabajo, el otro es haciendo trampa y ambos son demasiado simples como para requerir cualquier explicación literaria. Si vas por el salto de altura, entonces salta más alto que nadie o consigue fingir que lo has hecho. Si quieres tener éxito en el whist, entonces sé un buen jugador de whist o juega con cartas marcadas.
Puedes querer un libro sobre saltar, puedes querer un libro sobre whist; puedes querer un libro sobre hacer trampa en el whist. Pero no puedes querer un libro sobre el éxito. Especialmente no puedes querer un libro sobre éxito como los cientos que puedes encontrar en el mercado. Puedes querer saltar o jugar cartas pero no quieres leer declaraciones vagas en el sentido de que saltar es saltar o que los juegos son ganados por ganadores. Si estos escritores, por ejemplo, dijeran cualquier cosa sobre tener éxito al saltar sería algo como esto: “El saltador debe tener un objetivo delante. Debe definitivamente desear saltar más alto que los otros hombres en la misma competencia. No debe dejar que débiles sentimientos de piedad lo prevengan de ‘hacerlo lo mejor que pueda’. Debe recordar que una competición de salto es claramente competitiva y que, como Darwin ha gloriosamente comprobado, LOS MÁS DÉBILES PIERDEN”. Eso es lo que el libro diría y sería muy útil, sin duda, si se leyera con voz grave y tensa a un joven a punto de hacer el salto de altura.
O supongamos que en el curso de sus divagaciones intelectuales el filósofo del éxito tocara nuestro otro ejemplo, jugar cartas, entonces su consejo vigorizante sería: “Al jugar cartas es muy necesario evitar el error, comúnmente hecho por humanistas sensibles, de permitirle a tu oponente que gane la partida. Hay que ‘ir a ganar’. Los días de idealismo y superstición han acabado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, ahora ha sido definitivamente probado que –en un juego donde dos juegan- SI UNO NO GANA, EL OTRO LO HARÁ’. Es muy emocionante, claro, pero confieso que si yo estuviera jugando a las cartas, preferiría tener algún decente librito que me dijera las reglas del juego.
Más allá de las reglas del juego, todo es cuestión de talento o deshonestidad, y yo me comprometeré a proporcionar lo uno o lo otro; cuál de los dos, no me toca a mí decirlo.

Ojeando una revista popular encontré un ejemplo raro y divertido. Hay un artículo titulado ‘El instinto que hace rica a la gente’. Está ilustrado con un formidable retrato de Lord Rothschild. Hay muchos métodos definitivos, honestos y deshonestos, que hacen rica a la gente, pero el único ‘instinto’ que conozco es el instinto que el cristianismo teológico describe como el ‘pecado de avaricia’. Esto, sin embargo, queda fuera del tema que tratamos.
Quisiera citar los siguientes exquisitos párrafos como una pieza del típico consejo para tener éxito. Es tan práctica que deja muy poca duda de cuál debe ser nuestro siguiente paso:

“El nombre de Vanderbilt es sinónimo con la riqueza ganada por la empresa moderna. ‘Cornelius’, el fundador de la familia, fue el primero de los grandes magnates americanos del comercio. Empezó como el hijo de un pobre granjero, terminó veinte veces millonario.
“Tenía el instinto para hacer dinero. Aprovechaba sus oportunidades, las oportunidades que le fueron dadas por la aplicación de la máquina de vapor en el tráfico marítimo y por el nacimiento de la máquina de ferrocarril en los adinerados pero poco desarrollados Estados Unidos de América y consecuentemente amasó una fortuna inmensa.
“Es obvio, claro, que no todos podemos seguir los pasos de este gran monarca del ferrocarril. Las oportunidades precisas que le tocaron a él no nos tocan a nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero, aunque sea así, de todas formas, en nuestra propia esfera y nuestras propias circunstancias, ‘podemos’ seguir sus métodos generales; podemos aprovechar nuestras oportunidades y darnos una buena oportunidad de conseguir riquezas”.

En tales expresiones extrañas vemos claramente lo que está al fondo de todos estos artículos y libros. No son meros negocios, ni siquiera mero cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El escritor de este pasaje realmente no tenía la más remota idea de cómo ganó Vanderbilt su dinero, ni de cómo nadie más gana el suyo.
Ciertamente, concluye sus comentarios proponiendo algún plan pero no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente deseaba postrarse ante el misterio de un millonario, pues cuando en verdad adoramos cualquier cosa, amamos no sólo su claridad sino su obscuridad. Nos deleitamos en su misma invisibilidad. Así, por ejemplo, cuando un hombre está enamorado de una mujer siente un gusto especial por el hecho de que una mujer es irracional. Así, nuevamente, el poeta piadoso, al celebrar a su creador, siente un gusto especial en decir que Dios trabaja de manera misteriosa.
Ahora bien, el escritor del pasaje que acabo de citar no parece tener nada que ver con un dios y –juzgando su extrema impracticabilidad- no creo que alguna vez haya estado realmente enamorado de una mujer. Pero a lo que sí adora –a Vanderbilt- lo trata exactamente de esta forma mística. Realmente se deleita en el hecho de que su deidad Vanderbilt mantiene algo secreto. Y esto llena su alma de un tipo de éxtasis de astucia, un éxtasis de superchería, de manera que pretende decirle a la multitud aquel terrible secreto que él mismo no conoce.

Hablando del instinto que hace rica a la gente, el mismo escritor comenta:
“En otros tiempos su existencia era bien entendida. Los griegos lo englobaron en la historia de Midas, del ‘Toque de Oro’. He aquí un hombre que transformaba en oro todo lo que tocaban sus manos. Su vida un progreso entre riquezas. Hacía un metal precioso de todo lo que se interponía en su camino. ‘Una leyenda tonta’, dicen los sabihondos de la época victoriana. ‘Una verdad’, decimos los de hoy. Todos conocemos personas así. Siempre estamos encontrando o leyendo de personas que vuelven oro todo lo que tocan. El éxito sigue sus mismos pasos. El camino de su vida lleva infaliblemente hacia arriba. No pueden fallar”.

Sin embargo, desafortunadamente, Midas podía fallar y lo hizo. Su camino no lo llevo infaliblemente hacia arriba. Se murió de hambre porque siempre que tocaba pan o un sándwich de jamón lo convertía en oro. Esta es toda la cuestión de la historia, aunque el autor lo disimula delicadamente, escribiendo un retrato tan próximo de Lord Rothschild.
Los viejos cuentos de la humanidad son, ciertamente, indescriptiblemente sabios, mas no los debemos expurgar en el interés del señor Vanderbilt. No debemos poner al Rey Midas como un ejemplo de éxito, fue un fracaso de un tipo inusualmente doloroso. Además, tenía orejas de burro y, además –como la mayoría de personas prominentes y acaudaladas- se esforzaba en ocultarlo. Era su peluquero –si recuerdo bien- quien tenía que tratar de manera confidencial esta peculiaridad. Y su peluquero –en lugar de comportarse como un emprendedor de la escuela del éxito-a-toda-costa y tratar de chantajear al Rey Midas- fue y le susurró esta espléndida pieza de escándalo social a los pusilánimes, quienes lo disfrutaron enormemente. Se dice que ellos también lo susurraron a donde lo llevara el viento.
Miro reverentemente al retrato de Lord Rotchschild, leo reverentemente sobre las hazañas del señor Vanderbilt. Sé que no puedo volver todo lo que toco en oro pero también sé que nunca lo he intentado, teniendo una preferencia por otras sustancias, como la hierba y el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han tenido éxito en algo, que efectivamente han superado a alguien; sé que son reyes en una manera en que ningún hombre antes de ellos ha sido rey, que crean mercados y cruzan continentes. Sin embargo siempre me parece que hay algún hecho doméstico que esconden y a veces me parece escuchar en el viento las risas y los susurros de los pusilánimes.

Por lo menos esperemos vivir para ver estos libros absurdos sobre el éxito tratados con la burla y descuido que se merecen. No le enseñan a la gente a ser exitosa, le enseñan a ser pedante.  Difunden un tipo de poesía maligna sobre lo frívolo, lo mundano. Los puritanos siempre denuncian libros que incitan a la lujuria, ¿qué diremos de libros que incitan a las más viles pasiones de la avaricia y el orgullo?
Hace cien años teníamos el ideal del ‘Aprendiz Trabajador’: se le decía a los niños que mediante ahorro y trabajo serían Alcaldes. Esto era erróneo, pero era varonil y tenía un mínimo de verdad moral.
En nuestra sociedad, la templanza no ayudará a un hombre pobre a enriquecerse pero puede ayudarle a respetarse. Un buen trabajo no lo hará rico, pero lo puede hacer un buen trabajador. El Aprendiz Trabajador ascendió a través de unas pocas virtudes, por lo demás estrechas… pero virtudes. ¿Pero qué diremos del evangelio predicado al ‘Nuevo Aprendiz Trabajador’, el aprendiz que no asciende por sus virtudes, sino abiertamente por sus vicios?

Chesterton en ‘El acusado’: burla de las convenciones e incorrección política

Portada de 'The Defendant', de Chesterton, en la edición de 1903

‘The Defendant’, de Chesterton

Para entender a Chesterton es fundamental leer su Introducción a El acusado -The Defendant, literalmente, el demandado- que  al publicarla en el blog hemos titulado ‘La increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad’, además de comentarla en dos ocasiones: y .

Hoy añadimos a nuestra sección de estudios en castellano sobre GK el ‘Prólogo’ de Manuel Moreno Alonso, profesor de la Universidad de Sevilla, con la que se abre la edición de El acusado que publicó Espuela de Plata en 2012. Tiene dos partes: la de carácter más general es más convencional, pero la primera -centrada en la obra que prologa- tiene mucho interés, al destacar el contexto de recepción del libro. La obra apareció en 1901, pero se reeditó en 1903, con un nuevo capítulo, En defensa de una nueva edición del propio GK, que suscitó -según Moreno Alonso- “las consabidas críticas lanzadas contra su autor por su absoluta inmoralidad, al desalentar el progreso y disfrazar escándalos mediante su ofensivo optimismo. Pese a lo cual, Chesterton desenmascaró como nadie la superstición de lo progresista con el despliegue de un ingenio que algunas veces ha sido comparado con el que poseyeron de forma implacable Voltaire o Diderot para denostar las creencias tradicionales. Pues, dotado como pocos para la burla, lo mismo se burló de profetas y superhombres que de artistas de vanguardia o de teólogos de progreso. Hasta el punto de que años después, él mismo comentaría que nunca lamentó  haberse posicionado contra la pedantería de los sistemas y contra la arrogancia de los técnicos”, p.14.

Moreno Alonso –que insiste en la defensa chestertoniana del hombre corriente frente al que se considera superior- nos prepara para lo que vamos a encontrar, por tanto: “un asunto este sobre el que, en el caso presente, será el propio lector actual a quien corresponda tener en su mano el veredicto, en defensa del presente libro, un libro que en su tiempo fue acusado de escandaloso e inmoral. Y no precisamente por un pasaje bien querido de su autor –que hoy, lo mismo que ayer podemos hacer nuestro-, según el cual pueden encontrarse diamantes en el cubo de la basura. A lo que es necesario agregar una segunda parte que el autor añadió, y que igualmente tiene, cuando menos, plena actualidad: El diamante es fácil de encontrar en el cubo de la basura. Lo difícil es encontrarlo en el salón”, p.10.

Chesterton, los colores como expresión de la libertad creadora

El sábado publicamos Los países de colores, un texto que me resulta fascinante, por la densidad de aspectos que podemos descubrir relativos a la forma de entender el mundo que tiene Chesterton. Ésta es mi interpretación:

Chesterton: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta. Atardecer en La Paz, Bolivia. Pedro Szekely.

Chesterton: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta. Atardecer en La Paz, Bolivia. Pedro Szekely.

-El Mago proporciona tanto los materiales como la orden de hacerse el mundo a su gusto. Recuérdese la frase de Ortodoxia: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta (cap.7). El chico que ha pintado es el mismo Chesterton, colocando los colores y advirtiendo las relaciones entre ellos, hablando de su proceso de maduración.
-El mundo creado representa también la obra de quienes llegaron antes que nosotros, realizada con más o menos cabeza, según su comprensión de la realidad. Es decir, la realidad que está ante nosotros es obra nuestra, y es maravillosa, aunque no seamos capaces de verla siempre así. La idea de hacerse un mundo al propio gusto con las herramientas a su disposición es la idea de la vida humana en general, que la Modernidad sitúa esta posibilidad –con la razón como instrumento principal- en el centro de su universo conceptual. En cualquier caso, el libre albedrío, la posibilidad de tomar decisiones –y verse o vernos afectados por sus consecuencias-, es uno de los temas centrales para Chesterton.
-La combinación de colores es por tanto el resultado de nuestra labor. Supone la experiencia de haber utilizado antes las pinturas, lo que significa hacerlo con las precauciones adecuadas. Por ejemplo, si abusamos de un color puede estropear la estampa en su conjunto, y los colores más fuertes –los que más resaltan- han de ser utilizados con prudencia y moderación, so pena de echarlo todo a perder.
-Así, encontramos la paradoja de hacer uno mismo el mundo que ya estaba hecho de antemano, asumirlo como propio y perfeccionarlo con nuestra tarea. La metáfora global es la del piloto náutico inglés que Chesterton glosará en Ortodoxia y en El hombre eterno: la de quien descubre un mundo que ya estaba descubierto –no sólo conocido, sino familiar-, y abre los ojos a la realidad circundante, asumiéndola y perfeccionándola.

Para mí esto es muy interesante: veo al autor del relato volviéndose consciente de que está dentro de otro relato de dimensiones cósmicas. Ésa es la metáfora de la trascendencia, considerada uno de los puntos clave de la obra de Chesterton, que tan estupendamente glosa al concluir el capítulo 4 de Ortodoxia: la existencia de un creador que establece las condiciones y el sentido de este mundo de contornos anticuados que nos ha tocado vivir, y que se muestra ante nosotros con la fuerza de un milagro, milagro que manifiesta la potencia del espíritu sobre la materia (cap.8).

En mi opinión, es el acto de crear, es decir, de la creación artística –la obra de arte en general: pintura, poesía, literatura, etc.- lo que lleva a Chesterton a pensar en la trascendencia, en la necesidad de una inteligencia creadora… que esté en el origen de todo, además proporcionarle personalmente la posibilidad de ser continuador de esa magnífica potencia: es consciente de ser un pequeño dios que puede crear mundos, engarzados en mundo más grande creado por un Dios infinitamente más grande, o también realizarlos en su contra. Ahí está la libertad, la razón, el amor. Todo lo que nos hace buenos y sensatos –la sanity, la mente saludable, el sentido común- son cualidades que alguien diseñó para nosotros, como nosotros diseñamos los colores de nuestro paisaje. Y a esto dedica Chesterton su inteligencia por entero.

‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton. Pero, ¿qué acertijo?

El texto original de Chesterton de esta semana es un breve ensayo que procede de El hombre corriente (Espuela de plata, 2013, pp.75-79), y la traducción es de Abelardo Linares. Como sabemos, ésta recopilación póstuma es la última que GK llegó a revisar personalmente, y este artículo particularmente tiene el tono sereno del recuerdo, pero la frescura de su ironía y su paradoja.

Chesterton: la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación'.

Chesterton: ‘La verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación’. Foto: Personaliza tu papel pintado.

Hace un infinito número de años, cuando yo era la debilidad mayor de la oficina de un editor, recuerdo que ese establecimiento publicó cierto libro de filosofía modernísima; una obra que explicaba en forma elaborada y evolucionista, todo y nada; una obra de la Nueva Teología. Se titulaba ‘El gran problema resuelto’ o algo así. A los pocos días de estar en la calle, el libro obtuvo un inesperado éxito. Los libreros nos pedían datos sobre él, los viajantes venían y preguntaban por él, hasta el público común se agolpaba en la puerta y enviaba a los más arrojados a hacer preguntas.

Hasta al editor le pareció extraordinaria esta popularidad; a mí (que me había zambullido en la obra cuando podía haber estado haciendo otra cosa) me resultó absolutamente increíble.

Al cabo de un tiempo, sin embargo, una vez que examinaron ‘El gran problema resuelto’, se resolvió el problema menor. Descubrimos que la gente lo estaba comprando creyendo que era una novela policiaca. No los culpo por su deseo y mucho menos por su desilusión. Debe haberlos exasperado (a mí me hubiera enfurecido abrir un libro con la esperanza de encontrar una novela entretenida, benévola, humana, sobre un hombre asesinado en un armario, y encontrarse en cambio con un montón de mala y aburrida filosofía sobre el progreso ascendente y la moral más pura. Yo preferiría leer cualquier libro de detectives antes que ese otro libro. Prefiero pasar el tiempo tratando de descubrir por qué está muerto un hombre muerto antes que ir comprendiendo lentamente por qué cierto filósofo no estuvo vivo jamás.

Pero este pequeño incidente me impresionó como símbolo de lo que realmente está mal en la moderna religión popular. ¿Por qué una obra de teología moderna es menos arrebatadora, menos alarmante para el alma que un libro de tonta ficción detectivesca? ¿Por qué un libro de teología moderna arrebata y alarma menos el alma que una obra de teología antigua? Cuando aquellos infortunados clientes compraron El gran problema resuelto, tal vez fuera inevitable que sintieran desairadamente enfriado y abatido su ánimo; tal vez ninguna obra filosófica puede ser realmente tan buena como una buena novela policial. Pero de todos modos, no era en absoluto obligatorio que existiera semejante abismo entre ellas. La gente necesita no sentir que ha pagado por la clase de libro más emocionante del mundo y que consiguió, tan sólo, la clase de libro menos emocionante. Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés.

Un hombre llamado Smith sale a dar un paseo y se detiene en una librería donde ve un libro titulado El gran problema resuelto. Si Smith descubre que este libro resuelve un problema criminal, queda fascinado. Si Smith descubre que resuelve un problema de ajedrez, se siente interesado. Si Smith descubre que soluciona el problema del último número de ‘Answers’, se siente genuinamente animado. Pero si Smith descubre que soluciona el problema de Smith, que explica las piedras bajo sus pies y las estrellas sobre su cabeza, que le dice de pronto por qué le gusta el ajedrez y las novelas de detectives o cualquier otra cosa; si, como digo, Smith descubre que el libro explica a Smith… entonces nos dicen que lo encuentra aburrido. Tal vez sea un prejuicio democrático, pero no me lo creo. Creo que a Smith le gustan más los problemas de ajedrez modernos que los modernos problemas filosóficos por la sencilla razón de que son mejores. Creo que prefiere una moderna novela de detectives a una religión moderna simplemente porque existen algunas buenas novelas de detectives modernas y ninguna buena religión moderna. En suma, compra El gran problema resuelto como novela policial porque sabe que en una novela policial, de un modo u otro, se resolverá el gran problema. Y no lo compra como libro de filosofía moderna porque sabe que en un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa. Aquellos remotos amigos míos compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, pero lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo.

Aquel olvidado libro puede considerarse como modelo de toda la nueva literatura teológica. Lo malo de ella no es que pretenda establecer la paradoja de Dios, sino que se propone establecer la paradoja de Dios como una perogrullada. Podemos o no podemos ser capaces de resolver el secreto divino; pero al menos no podemos permitir que se evapore; si alguna vez llegamos a conocerlo, será algo inconfundible, matará o curará. El judaísmo, con su oscura sublimidad, decía que si un hombre viese a Dios, moriría. El cristianismo conjetura que (por una fatalidad catastrófica) si ve a Dios vivirá para siempre. Pero suceda una u otra cosa, será algo decisivo e indudable. Un hombre puede morir después de ver a Dios; pero por lo menos no se sentirá más o menos indispuesto, ni tendrá que beber alguna medicina y llamar al médico. Si alguno de nosotros alguna vez lee el acertijo, lo leerá en brutal negro y resplandeciente blanco, exactamente igual que lo leería en una novela barata de detectives. Y si alguna vez encuentra la solución, sabremos que la solución es la correcta.

Sin duda en todas las religiones reales ha existido esta calidad drástica y oscura. La común novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; demuestra el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se exalta será humillado.

Los escritos de las grandes religiones son tan terriblemente teatrales que Bernard Shaw dijo no hace mucho que el relato de la Crucifixión en los Evangelios era demasiado dramático para ser cierto. Lo que resulta bastante característico de la filosofía política fabiana que nunca vivió en el corazón de ninguna política heroica. La historia de Danton y Robespierre (para tomar un ejemplo accidental), con sus ‘discursos’, ‘bravura eterna’, ‘Si hacemos esto los hombres jamás olvidarán nuestros nombres’, ‘La sangre de Danton os ahoga’, ‘Existe un Dios’, demuestra lo que los hombres dicen. Esas cosas fueron dichas, y dichas repentinamente, porque el corazón del hombre estaba elevado. Cuando un hombre está en su máximo se halla en un estado indescriptible; dice la verdad o muere.

No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora. Pero aun en nuestra tranquila vida creo que podemos sentir la gran realidad que alienta en el fondo de toda religión. Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa.

Sto Tomás de Aquino de Chesterton: un ‘aperitivo’ de la edad Media.

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

“Sepa el lector que no se enfrenta aquí con un libro de filosofía técnica, si por tal cosa se entiende un tratado académico preocupado por el matiz riguroso y la documentación refinada. Este Santo Tomás de Aquino es un ensayo que contiene, en su fondo, mucho trabajo de preparación y que no desdice, ni mucho menos, de los estudios científicos. Sin embargo, como suele suceder con Chesterton, su pretensión no es más que la de pintar un cuadro para que el lector -cualquier lector culto- pueda hacerse cargo del sabor de la empresa intelectual (es decir, universal) del filósofo y teólogo al que sus compañeros de estudios zaherían con el mote de Buey mudo”.

Así finaliza el prólogo que acabamos de recibir en el Chestertonblog –y añadir a la sección de estudios en español-. Se trata de la edición de Homo Legens de 2009, traducida por María Luisa Balseiro Fernández- Campoamor, con prólogo y notas de José J. Escandell. Se diría que estas palabras producen un verdadero efecto aperitivo, hasta el punto que será la lectura del Club Chesterton de Granada durante los próximos meses, para preparar nuestra propia edición anotada –tal como ahora hacemos con Esbozo de Sensatez-.

El realismo filosófico y la falta de rigor en el pensamiento –dos de las principales carencias de nuestro tiempo- pueden ser desarrolladas con la ayuda de esta obra. Ya dedicamos una entrada al origen del libro en el blog y ahora damos un paso más. Como dice el prologuista, “Chesterton concibe este Santo Tomás de Aquino como un libro en conexión con su San Francisco de Asís. Se trata de personajes casi contemporáneos que navegan con el mismo rumbo pero en naves completamente diferentes. Aunque solo sea por el aspecto físico: uno es un italiano flacucho y menudo, y el otro es un italiano gordo y enorme. Pero es que son dos avatares de lo mismo”.

Y es que “Para Chesterton, la Edad Media tiene unas características irrepetibles y envidiables en numerosos aspectos. […] ¿Acaso es imposible encontrar en el pasado valores que echamos en falta en el presente? Y si tal cosa sucede, ¿no se deben convertir esos tiempos pasados, en ese simple y concreto punto, en objeto de deseo? Lo contrario, sin duda, es puro engreimiento. Es de esas ideas que a Chesterton más ganas le daban de contender, que lo moderno es, por definición, mejor que lo pasado. ¿Por qué el ser más jóvenes nos convierte en mejores?”

Escandell acierta en su diagnóstico sobre el tiempo presente, pues “nos enfrentamos a una abierta pretensión de reescritura del pasado que se propone, en realidad, hacer del pasado algo odioso y negativo, porque es solo el presente lo que el hombre debe aceptar. La ceguera histórica de hace unos años, quizás ingenua en ocasiones, ha derivado en abierta guerra y decidida mutilación y mentira. ¿Qué tiene que ver la Grecia de las películas actuales con la Grecia auténtica? Chesterton es maestro en la resistencia al nuevo orden mundial, al pensamiento socialmente correcto, a la mentira progresista (sea de derechas o de izquierdas, sea política, cultural o religiosa). Y este Santo Tomás de Aquino es, en relación con nuestra culpable ceguera histórica, un maravilloso punto de resistencia”.

Sabemos que Chesterton leyó a Santo Tomás  toda su vida, y que fue una de sus influencias más importantes. Si pretendemos pensar como Chesterton lo hizo, tendremos que recurrir necesariamente a esta obra, máxime cuando sabemos que ha sido considerada por autores como Gilson o Maritain, una de las mejores obras sobre el Aquinate.

“Chesterton es un enamorado de lo natural, en la más rotunda convicción de que la religión verdadera no puede sino confirmar lo bueno del mundo y convertido en algo aún más bueno. Esta es una estupenda razón para leer a Chesterton, en cuyas páginas el lector atento encuentra un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo. La lectura de este libro no deja indiferente.”

‘Civilización y progreso’, de Chesterton

Hoy ofrecemos un texto de Chesterton procedente de la recopilación Cómo escribir relatos policíacos, publicada por Acantilado (2011, Cap.6º, pp. 33-37). La traducción es de Miguel Temprano, experto traductor de GK. Originalmente, apareció en el Illustrated London News, el 30.11.1912. Es un texto muy interesante porque muestra tres características importantes de Chesterton:

Herbert Spencer (Wikipedia)

Herbert Spencer (Foto Wikipedia)

1. Como cuestión de fondo, la idea de que la vida está en nuestras manos, y hemos de saber qué dirección tiene y dónde queremos llegar -frente al abstracto progreso.
2. Presenta a un Chesterton polemista que discute con los intelectuales de su época, tratando de profundizar en el sentido de su discurso y por tanto, de lo que está en juego: es un buen ejemplo del método de Chesterton, que podríamos denominar circular.
3. Como cuestión de estilo, es quizá uno de los textos imaginativos y –por lo mismo- más barrocos de nuestro autor, y también de los más divertidos. Por eso, hemos optado por colocar unos ladillos antes de cada ‘apartado’ que, al facilitar la lectura, ayuden a situarse en cada momento y no perder el hilo.

1ª definición de civilización

Creo que fue Herbert Spencer quien definió el progreso como el avance de lo simple hacia lo complejo. Es una de las cuatro o cinco peores definiciones de la historia, tanto desde el punto de la verdad impersonal como en cuanto a su aplicación personal.

El progreso, en el único sentido útil para la gente sensata, equivale sólo a un éxito humano, y es evidente que el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple. Cuando un matemático se sienta a resolver un problema aspira a dejarlo menos complejo de como lo encontró. El colono que se esfuerza por convertir una jungla en una granja combate, hacha en mano, la complejidad de la jungla. Si recurrimos a jueces para aplicar la ley es porque se trata de disputas muy enrevesadas y es preciso simplificarlas. No digo que siempre se consiga, pero ésa es la idea. Llamamos al médico para eliminar algo que él mismo llama a menudo “una complicación”. Por lo general, el médico verdaderamente competente ve ante él algo que no entiende y deja tras él algo que todo el mundo comprende: la salud.

Ejemplos de su tesis: de lo complejo a lo simple

El verdadero genio técnico triunfa cuando logra hacerse innecesario. Sólo el charlatán trata de volverse indispensable.

El peluquero, por alguna oscura razón, pretende a menudo ser un charlatán, y lo mismo hace el detective, sobre todo cuando se cuela en una novela. Pero, si dejamos a un lado la exuberante prosopopeya de ambas profesiones para fijarnos en su propósito original, es posible aplicar la misma idea. El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística.

Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados. En lo que se refiere a la pelambrera, es tan inflexible como el estoico. -Quizá haya quien diga que recuerda al gran estoico romano que dijo: ‘Habrá sido oportuna esta despedida’. 

Lo mismo ocurre con el gran detective, un tipo muy por debajo del dandi e infinitamente inferior a un artista como el peluquero. El atractivo del detective y de la curiosidad que despiertan las novelas detectivescas es que, aunque empiezan con algo tan apasionado y confuso como un crimen, todas se esfuerzan por terminar con algo tan obvio y desapasionado como la ley. Quienes, como yo mismo, hayan buscado buenos relatos detectivescos igual que un dipsómano busca la bebida, saben que ahí radica la auténtica diferencia entre el cuento legible e ilegible. Un mal relato de misterio se va haciendo más y más misterioso; uno bueno, es misterioso y cada vez lo va siendo menos. Una pisada, una flor extraña, un telegrama cifrado y un sombrero de copa aplastado nos intrigan no porque no tengan nada que ver, sino porque el autor tiene la obligación implícita de relacionarlos. Lo que nos intriga no es lo inexplicable, sino la explicación que todavía no hemos oído. Eso que llamamos arte o progreso: el avance de lo complejo hacia lo simple. 

La simplicidad es ambivalente

Por supuesto, la gente puede simplificar bien o mal. El ‘coaffeur’, con sus cepillos y sus tónicos, puede dejar el pelo liso y brillante para quien guste de llevarlo así, o, con los mismos cepillos y tónicos, causar una calvicie total, ciertamente una condición clara y desenmarañada para cualquiera. Es igual que cuando los detectives de la policía no consiguen imaginar un relato detectivesco creíble y terminan arrestando al primer desdichado que se cruza en su camino; sería injusto negar la simplicidad de dicha acción.

Esta segunda simplicidad, la simplicidad de la oscuridad, vuelve a ser una desdicha para Herbert Spencer, que era el sabio más calvo que jamás se ha visto, en todos los sentidos de la palabra. Si el progreso y la civilización son un avance nacido de la simplicidad, ciertamente él fue una reacción contra la barbarie. Los filósofos medievales a quienes tanto despreciaba pecaron a veces de excesivamente complicados. El ciertamente pecó por su excesiva crudeza.

Conozco a una señora, que combina la cultura heredada y el talento natural en un grado fuera de lo común, que, al hojear un libro de santo Tomás de Aquino, dio con un capítulo titulado ‘La simplicidad de Dios’ y pensó que sería un buen punto de partida. Poco después cerró el libro diciendo: “Caramba, si ésta es la simplicidad de Dios, quisiera saber en qué consiste su complejidad”. Y es cierto que los medievales comprimían tanto sus pensamientos que apenas les quedaba sitio para explicar lo que significaban y menos aún para adornarlos. Eran mejores científicos que Huxley, pero no tan buenos periodistas. Ni tan buenos literatos.

2ª definición de civilización

Pero sigo inclinándome a recurrir a la pregunta que planteé la semana pasada, relativa a qué son en realidad el progreso y la civilización. Entonces sugerí una definición y, transcurrida una semana, sigue pareciéndome correcta. Dije que la civilización era la capacidad de volver a la normalidad. No es la capacidad de pasar de lo simple a lo complejo, aunque lo dijera Herbert Spencer. Ni tampoco la de pasar de lo complejo a lo simple, aunque lo haya dicho yo.

Es la capacidad de pasar a lo que se quiera cuando se quiera. La civilización es aquello que puede ser tan simple como se quiera sin perder la civilización y que puede ser tan civilizado como le plazca sin perder la simplicidad. No es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte.

La civilización no es un desarrollo. Es una decisión. Es la gente decidida la que se ha vuelto civilizada; es la gente indecisa, también conocida como escéptica, o los idealistas dubitativos los que han seguido siendo bárbaros.

¿Qué ocurre hoy?

Esa silenciosa anarquía que consume nuestra sociedad puede definirse así: una incapacidad de comprender que la excepción confirma la regla.

Que uno tenga vacaciones implica que trabaja; que un loco sea irresponsable implica que la gente es responsable; que uno llame al médico cuando está enfermo implica que no lo necesita cuando está sano; que se rebele contra la autoridad constituida implica que quiere constituir otra autoridad, y que vaya a la guerra implica que quiere firmar la paz. No es ni mucho menos necesario que la anarquía surja desde abajo, de la turba de los descontentos. Un gobierno puede ser anarquista, y una turba autoritaria. En nuestro caso, la anarquía es peor entre las clases dirigentes: su legislación se ha convertido en una especie de experimentalismo estúpido y confuso.

Estamos haciendo, como si fuesen meros tics nerviosos, cosas a las que nuestros padres recurrían sólo como remedios desesperados. Nuestros antepasados recurrían a las levas porque Napoleón estaba en Boulogne o Irlanda en armas contra ellos. Pero nosotros hemos caído en una especie de militarismo pacifista y mentecato: una idea nebulosa de que los patronos deben convertir a los empleados en reservistas, sin pararse a pensar si no los estarán convirtiendo en soldados.

No alcanzamos a entender que incluso los atajos deberían llevarnos a la carretera principal.

Primer análisis de ‘La increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad’, de Chesterton

Cuanto más leo la Introducción a El Acusado, más me asombro de su profundidad. Dicen que existen textos seminales, es decir, que contienen en potencia toda la obra de un autor, y éste desde luego lo es. Abandono por ahora mi intención inicial de glosar aquí el perfil de GK como profeta para mostrar la riqueza del texto. Divido el análisis en dos entradas, que aun así serán largas, porque la única manera que se me ocurre de hacerlo es alternar comentarios a los párrafos.

La historia de Adán y Eva, por Miguel Ángel

La historia de Adán y Eva, por Miguel Ángel

En algunas mesetas infinitas como enormes planicies que hubieran cobrado alturas vertiginosas, pendientes que parecen contradecir la idea de la existencia de algo semejante al nivel y nos hacen advertir que vivimos en un planeta con un techo inclinado, encontraremos, de vez en cuando, valles enteros cubiertos de rocas sueltas y cantos rodados tan enormes como montañas rotas. Todo podría ser una creación experimental destrozada. Y a menudo es difícil creer que tales residuos cósmicos puedan haber sido reunidos más que por la mano del hombre.
La imaginación más templada y cockney ve el lugar como el escenario de alguna guerra de gigantes. Y para mí siempre se ha asociado a una idea recurrente e instintiva: el escenario de la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta mucho más gigantesco que los profetas posteriores como esos peñascos en comparación con simples guijarros. Aquel profeta habría pronunciado unas palabras –unas palabras que resultarían ignominiosas y terribles-, y el mundo, aterrorizado, lo habría enterrado bajo un desierto de piedras. El lugar sería el monumento de un antiguo terror.

El primero en hacer su aparición en escena es el Chesterton poeta, poeta en el sentido más amplio de la palabra: creador de imágenes y representaciones, que no se limita a una mera descripción del paisaje. Muy en su estilo exagerado y lleno de imaginación, ve en este planeta de techo inclinado los restos de una lapidación monumental –un antiguo terror-: la destrucción de un hombre, en un contexto de creación experimental destrozada. A través de estas expresiones poéticas, vemos ya su interpretación del mundo, que plasmará después en El hombre que fue jueves: la terrible lucha entre los seres humanos por vivir la vida, por descubrir su sentido, y que nos divide continuamente, aunque no seamos capaces de darnos cuenta de que estamos en el mismo bando.

Si continuáramos la fantasía, sin embargo, sería más difícil imaginar qué horrible anuncio o demencial representación del universo exigió aquella salvaje persecución, qué sensacional pensamiento secreto yace enterrado bajo esas piedras brutales. Pues en nuestro tiempo la blasfemia se ha desgastado. El pesimismo ahora es, evidentemente, como siempre fuera en esencia, más banal que la piedad. La irreverencia es ahora, más que afectada, meramente convencional. Maldecir a Dios es el Ejercicio 1 que figura en el manual de la poesía menor. E indudablemente no fueron esas pueriles solemnidades la causa de la lapidación de nuestro profeta imaginario en la mañana del mundo.

Ya apareció el GK sociólogo, el GK analítico y crítico con la modernidad: el desprecio a la religión, la banalidad del pesimismo, su tristeza intrínseca y generalizada… que encuentra su regusto en la maldición de lo sagrado. Pero igualmente encontramos al Chesterton más ingenioso: la verdadera causa del ajusticiamiento del poeta no pudo ser esa pueril solemnidad. Quizá esto escandalice a algunos bienpensantes tradicionales y guste a los políticamente correctos de hoy. Pero la clave de esta primera chestertonada se dirige a un pecado mucho más profundo: la incapacidad que tiene el ser humano de saber quién es y qué es lo que le rodea.

Si pesásemos el asunto en la impecable balanza de la imaginación, si tuviésemos en cuenta la verdadera pauta de la humanidad, nos parecería lo más probable que hubiera sido lapidado por decir que la hierba era verde y que los pájaros cantaban en primavera; pues desde el principio la misión de todos los profetas no ha sido tanto mostrarnos los cielos o los infiernos como, ante todo, mostrarnos la tierra. La religión ha tenido que proporcionarnos el más extraño y de mayor alcance de todos los telescopios –el telescopio a través del cual podemos ver la estrella que habitamos-. Para la mente y los ojos del hombre común, este mundo se halla tan perdido como el Edén o la Atlántida sumergida.

De pronto, Chesterton menciona la religión. Podría no hacerlo, pero es difícil encontrar un profeta sin un credo. El marxismo fue un credo: de ninguna otra forma pudo llegar a mover la voluntad de tanta gente. El laicismo antirreligioso actual actúa también como un credo: una convicción profunda con una cosmovisión que se considera en posesión de la verdad… o de la paradójica ‘absoluta imposibilidad de la verdad’, y que sólo puede existir en una sociedad postcristiana, pues como el mismo GK planteó El hombre eterno, sólo el cristianismo tuvo ese carácter militante entre las religiones antiguas. Pero me resisto a entrar en los profetas modernos…
Encontramos también ya una de sus paradojas: la religión es el telescopio a través del cual podemos ver la estrella que habitamos: es preciso irse muy lejos -ver las cosas con los ojos de Dios- para llegar a comprender nuestra propia realidad.
Sin embargo, lo más interesante es desarrollar la doble perspectiva rebelde de Chesterton: con los que no pueden soportar la religión y con los bienpensantes que tienen una idea fija de lo que ésta supone, marco estrecho que limita igualmente su pensamiento. Chesterton jamás fue conservador, al menos ni en sentido sociopolítico ni en sentido cultural: siempre fue él mismo, y tuvo la inteligencia y la valentía de reconocer el mérito de la ortodoxia sin ceñirse a lo ya establecido, sino extrayendo de la misma visiones nuevas y sugerentes.

Una extraña ley recorre la historia humana, y consiste en que los hombres siempre tienden a minusvalorar lo que les rodea, a minusvalorar su felicidad, a minusvalorarse a sí mismos. El gran pecado de la humanidad, el que la caída de Adán simboliza, es esta tendencia no a la soberbia, sino a una extraña y horrible humildad.

Y ahora nos encontramos con una nueva faceta de Chesterton, que no sé muy bien cómo calificar, si antropólogo o psicólogo (más centrado en los procesos mentales). Quizá las cosas a la vez, en este caso. Desde luego, GK irá construyendo una antropología desde el principio –basta pensar en ese otro texto esencial que es Nostalgia del hogar, anterior aún a éste. La chestertonada vuelve a hacer su aparición: tanto la cultura griega –mitos de Prometeo, de la caja de Pandora- como la cristiana –el relato de Adán y Eva- nos enseñan que el principio de nuestros males estuvo en el deseo de ser como dioses. El mundo moderno, que comienza en el Renacimiento y se expande en los siglos XIX y XX, constituye la materialización de ese afán: ser nuestros propios dueños, controlarlo todo, dominarlo todo.
Pero GK tiene el atrevimiento de sugerir que es al contrario: nuestro pecado es por exceso, sino por defecto, pues no sabemos valorar lo que nos rodea: en nuestra osadía, no somos capaces ni de valorarnos adecuadamente a nosotros mismos. Chesterton arremeterá en Ortodoxia contra el hombre que confía en sí mismo, paradigma del ser humano moderno. Nada más lejos de la realidad e incluso de su propia conveniencia, porque hay una realidad más grande FUERA de nosotros mismos que dentro, y que hemos de saber apreciar:

Este es el gran pecado, el pecado por el que el pez se olvida del mar, el buey se olvida del prado, el oficinista se olvida de la ciudad y cada hombre, al olvidar su propio entorno, en el sentido más completo y literal, se olvida a sí mismo. Este es el verdadero pecado de Adán, y se trata de un pecado espiritual. Es extraño que muchos hombres verdaderamente espirituales, como el general Gordon, se hayan pasado las horas especulando sobre la exacta ubicación del Jardín del Edén, pues lo más probable es que aún sigamos en el Edén. Sólo son nuestros ojos los que han cambiado.