Comentarios de Chesterton al Via Crucis, y 3: el misterio del sufrimiento de Dios

Concluimos la selección de fragmentos de El camino de la Cruz, el comentario que Chesterton realizó sobre la obra del artista anglo-galés Frank Brangwyn (1867-1956) -del que reproducimos también algunas imágenes- con la conclusión del propio Chesterton al ensayo. Las próximas líneas -sin embargo- están situadas a mediados del texto: las reproducimos ahora para que se entienda bien qué quiere decir Chesterton cuando se pregunta por la cuestión de fondo, para expresar que en todo esto hay un enigma que ha de resolverse mediante un principio más profundo, y que depende del misterio fundamental de la unión entre lo divino y lo humano constituyendo la totalidad de este inmenso tema. El tema de la tragedia griega es la división entre Dios y el hombre. El tema de la tragedia de los Evangelios es, por el contrario, la unión de Dios y el hombre. Y sus efectos inmediatos son más trágicos. Fin de la cita.

Brangwyn Viacrucis 11

Si alguna persona de nuestra época dijera: ‘Insiste usted demasiado en los sufrimientos padecidos por Jesús de Nazaret’, resultaría lógico responder: ‘Quizás pudiera ser demasiado para el sufrimiento de Jesús de Nazaret, pero no es demasiado para el sufrimiento de Jesucristo’. Si su teoría fuera cierta, que Jesús no fuera tan sólo un ser humano sino casi un accidente histórico, entonces tal vez hubiéramos hecho un lamento demasiado prolongado sobre semejante accidente. Pero si nuestra teoría es verdadera, es decir, que no se trató de un accidente sino de la agonía divina que exigía la restauración del mundo, entonces no es en modo alguno ilógico que tal lamento (y tal júbilo) dure hasta el final de los tiempos. El escéptico, que es también el sentimental, se enreda en este juego de argumentaciones. Se limita a decir que si la Pasión fue lo que él cree que fue, estamos muy equivocados al tratarla como pensamos que fue.

Brangwyn Viacrucis 12

Ciertamente, si Cristo no poseyera la esencia de la omnipotencia, no tendría sentido señalar la paradoja de su impotencia. Pero no estamos dispuestos a admitir nuestro error, sencillamente porque nuestra versión de la historia es la única que tiene sentido. Es totalmente cierto que ha habido una insistencia verdaderamente terrible sobre ese punto, cosa que nos parece muy comprensible. Se ha puesto mucha energía en ello; en resaltar el tema de la corona de espinas y en el martilleo de los clavos. Pero no nos vamos a unir a la opinión de ese crítico que se queja por tales detalles sin molestarse en ir al fondo de la cuestión. Este libro no es más que el último testimonio del hecho de que la misma repetición y realidad del tema depende del dogma que algunos considerarían muy dudoso, o de los detalles que para algunos serían sumamente morbosos. Pero para hechos tan fundamentales, tanto en el plano místico como en el material, semejantes imágenes de la Pasión se han ido borrando desde hace mucho tiempo bajo la capa del polvo o de la despreocupación proporcionada por una interpretación que ahora parece obsoleta.

Brangwyn Viacrucis 13

En todos los siglos, tanto en el presente como en los futuros, la Pasión es lo que fue entonces, en el instante en que tuvo lugar; algo que asombró a la gente; algo que sigue constituyendo una tragedia para la gente; un crimen de la gente, y también un consuelo para la gente; pero nunca un simple suceso que tuvo lugar en un tiempo determinado y ya muy lejano. Y su vitalidad procede precisamente de aquello que sus enemigos consideraron un escándalo; de su dogmatismo y de su horror. Sigue viva porque encierra la historia asombrosa del Creador que sufre y se afana con su Creación. Y porque el hecho más elevado que uno pueda imaginar está pasando en esos momentos por el punto más bajo de la curva del cosmos. Y sigue viva porque las ráfagas huracanadas procedentes de aquellas negras nubes de muerte se han transformado en un viento de vida eterna que recorre el mundo; un viento que despierta y que da vida a todas las cosas.

Comentarios de Chesterton al Via Crucis, 2: realismo, crueldad, desafío

Continuamos la selección de fragmentos de El camino de la Cruz, el comentario que Chesterton realizó sobre la obra del artista anglo-galés Frank Brangwyn (1867-1956), del que reproducimos también las imágenes correspondientes.

Hay en la expresión de cada pasión humana, o en la carencia de esa pasión, algo que nos habla de un gran error o incluso de un crimen; como si se quisiera enfatizar con ello la profunda idea de que todo hombre mantiene su propia lucha con Dios. Tomemos, como ejemplo, uno o dos casos que podemos apreciar en los cuadros: observemos el contraste existente entre los dos rostros más sobresalientes que aparecen en la primera secuencia de la caída de Cristo bajo la cruz. El del viejo fariseo que, dominado por una malvada emoción, farfulla burlas llenas de odio al recién caído; y al otro lado de la escena, el rostro alargado, serio, paciente, inexpresivo del soldado que se inclina para levantar la cruz; frío, insensible, sin que en su rostro se muestre el menor signo de crueldad; haciendo simplemente su trabajo; con la expresión que podría tener cualquier cansado trabajador que se inclinase sobre el tajo. O nótese la deliciosa actitud reverencial de los dos niños que aparecen en la Octava estación, que se comportan inexplicablemente como si se encontraran rezando en una iglesia. Toda esta variopinta multitud realza de forma especial la figura central. Y es probablemente toda esa emotividad la que la dota de mayor fuerza y diferencia.

Comentarios de Chesterton al Via Crucis de Brangwyn

Comentarios de Chesterton al Via Crucis de Brangwyn

Si la descripción de la Pasión de Jesucristo no es el relato de algo real, tuvo que existir en los territorios gobernados por el emperador Tiberio un magnífico novelista que fuera, entre otras cosas, un hombre dotado de un estilo realista sumamente moderno. Creo que eso es algo improbable. Porque pienso que si hubiera habido un novelista así, tan singularmente realista, hubiera preferido escribir otro tipo de obra, animado por un legítimo espíritu crematístico, en lugar de escribir algo falso que sólo ofrecería perspectivas dramáticas. Oímos hablar en nuestros días con mucha frecuencia de un realismo al que aparentemente se elogia calificándolo de implacable. En mi caso no puedo decir que en temas de gusto personal me sienta mucho más atraído por la crueldad, como virtud de los nove listas alemanes, que por los millonarios americanos. Pero si en algún caso el realismo pudiera llamarse cruel o implacable, y la crueldad se pudiera considerar correcta, se la podría encontrar precisamente en el relato de las injurias e injusticias cometidas a lo largo de las estaciones del Vía Crucis. […] Detalles como las repetidas caídas bajo el peso de la Cruz poseen el suficiente horror de una humillación inhumana como para que un novelista moderno pudiera escribir sobre los campos de concentración para demostrar la inexistencia de Dios, en lugar de escribir para demostrar que un Dios así amaba al mundo. Mediante esta tragedia de torturas, a lo largo de esta ‘Procesión de una muerte prolongada’, para utilizar la expresión de uno de nuestros más queridos poetas modernos, Brangwyn se ha introducido de lleno en la vieja y dramática tradición del agotamiento y la derrota. Llega casi a exagerar, si es posible una exageración, la paradoja de la impotencia de la omnipotencia y del desamparo de la esperanza universal. Cristo se nos muestra una y otra vez como un árbol abatido, como una columna desplomada, anónimo en ese Su rostro que ya se vuelve hacia la nada y la noche. Y, sin embargo, a mí me parece que todo ello construye un cuadro en el que Cristo alza su cabeza, mira por encima de su hombro, y en sus ojos se aprecia el brillo del desafío y, casi, de la ira. Y que una de esas miradas está dirigida a las mujeres de Jerusalén que lloran por él.

Brangwyn Viacrucis 8

Chesterton llama la atención sobre los niños orando y la mirada de Jesús

Chesterton: Comentarios al Via Crucis de Frank Brangwyn 1: rostros de Jesús y de las mujeres

A modo de apéndice ilustrado al libro Por qué soy católicoque acabamos de reseñar-, se incluye una serie de grabados del artista anglo-galés Frank Brangwyn (1867-1956) que representan las catorce estaciones del Via Crucis, es decir, El camino de la cruz, que es el título del ensayo de Chesterton que acompaña a las imágenes (Ed. El buey mudo, pp.687-704). No es un texto de carácter religioso, sino más bien crítica artística, centrado en el tratamiento del tema, con palabras del propio GK. La fuerza de los dibujos –a lápiz, monocromos- le impresiona mucho y reflexiona sobre ella, contextualizando y relacionando –como siempre en nuestro autor- con otras tradiciones y autores. La Semana Santa es una ocasión propicia para ofrecer este texto; por ser excesivamente largo, en vez de ofrecerlo entero en el blog, hemos optado por ofrecer el enlace al texto y recoger los comentarios a algunas escenas de Brangwyn. El inicio, no obstante, es de lo más expresivo sobre su opinión general acerca de la obra:

En esta serie de dibujos, uno de los genios modernos más viriles, famoso en todos los aspectos por la intensidad de su pincel y su colorido no sólo rico sino intenso, ha acometido de forma muy personal una serie de temas que muchos podrían asociar con un cierto tipo de la prístina severidad propia de los Primitivos; es decir, con una impresionante austeridad y renuncia y con los secretos de un dolor más que humano. […] Los artistas más originales son aquellos que parten de una tradición; y en el caso de Brangwyn parte en gran medida de la tradición de los pintores flamencos; su obra está llena de esa peculiar plenitud, de ese algo que podría llamarse exuberancia cristiana, que impregna totalmente las ciudades libres de la Holanda católica.

El Via Crucis de Brangwyn , comentado por Chesterton

El Via Crucis de Brangwyn , comentado por Chesterton

Andrea Mantegna pintó el rostro muy delicado de un Cristo ensombrecido y sin barba, un tanto parecido al que, según la tradición, tuvo Juan el Bautista en su juventud. Yo he querido pensar algunas veces que tal experimento hubiera podido generar una tradición alternativa haciendo hincapié en el aspecto del Salvador de la humanidad. Brangwyn ha concebido un tipo que puede resultar un tanto curioso; las facciones del rostro conforman lo que se podría entender por el tipo aquilino. Algunos pueden aducir que eso es bastante realista por adecuarse al tipo semítico; pero aunque la idea tal vez fuera acertada no puedo aceptarla, dado que no observo el mismo tratamiento racial en el resto de las figuras humanas, especialmente en las que forman las multitudes de Jerusalén. Estos rostros muestran, como ya he dicho, una gran variedad de formas: si bien el efecto, por lo general, adopta los trazos de lo que podría ser una muchedumbre medieval flamenca. Los rostros que aparecen en los cuadros son muy variados; son tipos que podríamos encontrarnos en cualquier parte, en el metro o en el tren.

Brangwyn Viacrucis 8

La imagen de las mujeres llorosas impresionará al espectador; o, al menos en cierta medida, al espectador superficial. Y es precisamente aquí, pienso yo, en donde el valor de esa variedad de retratos, en los que el lápiz del artista refleja la multiplicidad de los rostros de la muchedumbre, en donde se encuentran los efectos más delicados y originales.
Aquí se encuentra ese curioso grupo de plañideras, esas madres y jóvenes llorosas de la ciudad santa. No quiero decir que muchas de ellas, incluso la mayoría, no fueran totalmente sinceras en su piedad hacia la víctima desgraciada que marcha hacia la muerte. Lo que quiero decir es que hay una serie de sombras y gradaciones, incluso en esa sinceridad; y que en ciertos casos tal sinceridad se halla mezclada con la curiosidad, y hasta se hunde en la vulgaridad.
Una de las ancianas que aparecen al fondo se nos muestra verdaderamente desolada. Se trata tan solo de un rostro visto a medias en la penumbra, oculto por las figuras que se hallan en primer plano. Pero creo saber todo sobre esa mujer. Es casi igual a lo que le sucedía a aquella dueña de Margate a la que se le partía de dolor su corazón de oro.
Vemos a una mujer más joven con un aire de curiosa emoción, tiene los ojos entornados y se aprecia el indicio de una lágrima en una de sus comisuras; pero no puedo dejar de pensar qué se estará preguntando sobre esta escena de la Crucifixión.
Otra mujer, probablemente una madre sensible, carga con su hijito en brazos, cumpliendo con su tarea diaria en ese día tan especial; aunque yo diría que lo que se ha propuesto en ese momento es que su hijo pueda ver lo que está sucediendo.
Detrás, y un poco aparte, puede verse, trazada a grandes rasgos, otra mujer que también parece una dama, pero no llego a descubrir si su expresión revela un sentimiento trágico o tan sólo digno.
Y a medida que voy estudiando esta abigarrada multitud voy formándome una impresión colectiva, aunque no sé si es la impresión que quiero formarme de ellos o no. Toda esta gente está observando a un hombre que va a ser crucificado. La mayoría sienten realmente lástima por este pobre ser sin esperanza, pues todos ellos están convencidos de que, en el fondo, eso es lo que es: un pobre ser sin la menor esperanza. Lo saben por las noticias que tienen, y saben que las autoridades no van a hacer nada en el asunto. Así que no sólo no pueden imaginarse que no haya para él la menor esperanza, y menos aún hacerse una idea de lo que está viviendo. Porque son personas decentes que no pueden negar que es un asunto triste el que ese hombre muera mientras ellos seguirán viviendo bien protegidos e, incluso, prósperamente. Y es justamente hacia ellos hacia los que la víctima vuelve su mirada con una repentina y lancinante ira.

Chesterton: ‘¿En qué clase de católico se convirtió?’

Portada de Chesterton: 'Por qué soy católico', de El buey mudo, 2010.

Portada de Chesterton: ‘Por qué soy católico’, de El buey mudo, 2010.

La conversión es el comienzo de una activa, fructífera, progresiva y venturosa vida para el intelecto. La importante pregunta que hay que hacer a Chesterton (y a todos los conversos) no es: ¿Por qué se hizo católico?, sino, más bien: ¿En qué clase de católico se convirtió?” Estas palabras corresponden al prólogo de Por qué soy católico, el libro que la editorial El Buey mudo publicó en 2010 con las obras que Chesterton dedicó expresamente a su conversión al catolicismo o directamente relacionadas con ella y que corresponden a su vez al volumen 3º de las obras completas de GK Chesterton, publicadas por Ignatius Press (San Francisco): A donde todos los caminos conducen (1922), La Iglesia católica y la conversión (1927), ¿Por qué soy católico? (1926), La cuestión: Por qué soy católico (1929, a veces traducido como ‘La cosa’ -Espuela de plata, 2010-) y El manantial y la ciénaga (1935, también traducido como ‘El pozo y los charcos’): son recopilaciones de artículos sobre ‘el tema’, que lógicamente tenía que aparecer en los medios de comunicación de una forma u otra. Cierra el volumen El camino de la Cruz, un breve texto de crítica artística a las escenas de un Viacrucis dibujadas por un amigo de GK pintor.

La Semana Santa es una buena ocasión para publicar esta Introducción en el blog –quizá la misma de Ignatius Press- en la sección correspondiente a estudios en español y presentarla aquí brevemente.

Lo que más me gusta de este estudio previo de James J. Thompson Jr. es su estilo ‘cuestionador’, que ya hemos podido vislumbrar. Aunque -como es lógico- contextualiza la recepción en la Iglesia católica de GK en 1922, nos prepara para lo que vamos a leer de una manera original: haciéndose una serie de preguntas, a las que Chesterton responderá en el texto. Selecciono dos o tres párrafos de la Introducción, que me parecen significativos del estilo, basados precisamente en textos del propio GK:

“En 1926, cuatro años después de su conversión al catolicismo, Chesterton escribió en La Iglesia católica y la conversión que la Iglesia es una casa con cientos de puertas, y no hay dos hombres que entren en ella por la misma. Hubiera podido decir mil o diez mil, o infinitas puertas, pues la experiencia vivida por cada converso es única. ¿Qué es lo que marca mejor a la Iglesia Universal? Pues que ofrece a toda persona lo que más necesita y que no puede conseguirse en ninguna otra parte.

“¿Significa esto que los conversos son personas de una individualidad quisquillosa, que se complacen tan sólo en alimentar sus propios gustos y predilecciones y que no muestran nada en común con todos aquellos que entran por puertas diferentes a la suya? ¿Comparten aquellos que buscan un modelo de moral autoritaria alguna cosa con el resto de los creyentes que reclaman una liturgia mayestática? ¿Se encierran en un silencio distanciador aquellos para los que la fe evoca una respuesta emocional que estremece el alma, aislándose de aquellos otros conversos que llegan a la Iglesia porque ésta logra consagrar su racionalidad? ¿Se apartan quienes admiran al catolicismo por ser el guardián de las tradiciones de aquellos otros nuevos católicos que encuentran en la Iglesia una fuente de renovación? ¿Es la Iglesia una auténtica comunidad de creyentes o, por el contrario, es tan sólo una especie de paraguas bajo el que tratan de guarecerse un conjunto de individuos elitistas?”

Thompson nos prepara para lo que vamos a leer, las respuestas de GK a la hecho de ser católico. Pero si nos fijamos bien en las preguntas, hacen referencia no sólo a la fe o a los dogmas, sino a la vida de los creyentes: este libro está lleno de anotaciones históricas y sociológicas sobre lo que ha significado ser católico en su tiempo, pero también a lo largo de los siglos y cómo la fe influye de maneras diversas en la vida social y personal. El Chesterton que más nos gusta, el que continuamente analiza el mundo a su alrededor, está muy presente en estos volúmenes y quizá más adelante presentemos algunos artículos de este libro.

Pero la clave -claramente-  no es la sociología: “Para Chesterton hay dos razones fundamentales que pueden llevar a una persona a la conversión: La primera es que se crea que en ella [en la fe católica] anida una verdad firme y objetiva, una verdad que no depende de la personal creencia para existir. Otra razón puede ser que [la persona] aspire a liberarse de sus pecados. Estas son las razones por las que Chesterton se hizo católico, y que deben constituir el fundamento de quien tome la decisión de entrar en la Iglesia. Sin ellas, afirmaba Chesterton, el individuo puede decir que es católico, pero se está engañando”.

Chesterton da otra vez en el clavo: naturaleza genuina frente a exceso institucional.

Continuamos recogiendo algunas críticas (, , ) del bibliotecario Herne -reconvertido en rey medieval- al mundo de hoy, que muestra la perspectiva sociológica de Chesterton (El regreso de Don Quijote, 1927). Al enterarse del intento de encerrar en un manicomio a un técnico y artista sabio que ha desarrollado una teoría sobre la ceguera de sus contemporáneos para ver el color del mundo, Herne vuelve a proporcionarnos otro retrato de nuestro mundo, esta vez centrado en el excesivo peso de las instituciones en la vida social, que no sólo es compatible con una sociedad de individuos, sino que es su contrapeso necesario: al deshacerse los lazos sociales básicos, tan sólo quedan el individuo y el Estado, y éste ha de tomar sobre sí las necesidades que la persona sola no puede hacer frente. El resultado lo estamos viviendo, en lo positivo y lo negativo: un complejísimo ‘sistema’ o maquinaria social que nos proporciona grandes posibilidades, pero que abarca casi todos los aspectos de la vida y nos somete a él sin apenas darnos cuenta. En condiciones de normalidad, todo parece ir bien; pero en cuanto algo sale del estándar, puede ser considerado patológico y el Estado interviene con sus controles. Si uno se fija bien, aquí están recogidas cuarenta años antes, las críticas de Mayo del 68 a la sociedad establecida. Los que hayan visto Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin, también reconocerán la crítica a la maquinaria y a los ‘internamientos institucionales’:

'Tiempos modernos' de Chaplin (1936): Capitalismo y Estado se hacen cargo del individuo

‘Tiempos modernos’ de Chaplin (1936): Capitalismo y Estado se hacen cargo del individuo. Todocolección.net

¿Cuándo se vio que todo un ejército se movilizase para arrancar a una hija de su padre, es este caso un viejo mendigo? Ya podían los reyes atravesar las aldeas a caballo arrojando monedas o maldiciones, pero jamás se entretuvieron en desmembrar laboriosamente, trozo a trozo, a una pequeña familia, traspasando con la más lenta de las agonías el pobre corazón humano que se alimenta de cariño. Incluso reyes hubo que sirvieron a mendigos, y eso que se trataba de mendigos leprosos. Y otros malvados que ensartaron a los mendigos en su lanza y los cocearon con su caballo, per a los que recordaron con terror en la hora de su muerte dejándoles en dote una buena suma para misas y obras de caridad. No, en la Edad media no se encadenaba al anciano sólo por ser ciego, como se ha hecho hoy con este anciano por su teoría de la ceguera cromática. ¡Esa es la telaraña de miseria y de angustia que hemos tejido sobre el común de los humanos!, porque -¡el cielo nos valga!- somos demasiado humanos, demasiados liberales y demasiados filantrópicos para soportar el humano gobierno de un rey.

¿Nos acusaréis entonces de soñar con el regreso a lo naturalmente genuino? ¿Nos acusaréis si tenemos la fantasía que el ser humano dejaría de construir esas máquinas con sólo que nosotros renunciásemos a tratarlo como a una máquina? ¿Qué otra cosa intenta decirnos Braintree [el revolucionario] sino que somos sentimentales y que lo ignoramos todo sobre la ciencia, la sociología, la economía, o eso que difícilmente podría ser juzgado de ciencia lógica y objetiva, una ciencia que arranca al anciano de aquellos a los que ama como si fuese un leproso? Permítasenos decir a John Braintree que no ignoramos esa ciencia. Digámosle que sabemos ya demasiado de esa ciencia. Digámosle a la cara que tenemos demasiada ciencia, demasiada ilustración, demasiada educación, demasiado orden social, demasiado de esa trampa humana que se llama burocracia y de ese rayo de muerte que es la experiencia. (El regreso de Don Quijote, Cátedra, 2010, p.388).

Chesterton: valor y honor contemplados desde otra época

El protagonista de El regreso de Don Quijote, el bibliotecario Herne, que ha asumido el papel de un rey medieval, sigue juzgando en la entrada de hoy ( y ) nuestra conducta y palabras. Es la forma elegida por Chesterton para ayudar a comprendernos:

La figura de Ricardo Corazón de León es el ejemplo constante de El regreso de Don Quijote, de Chesterton

La figura de Ricardo Corazón de León es el ejemplo constante de El regreso de Don Quijote, de Chesterton. Foto: Wikipedia.

Nuestro espíritu es el de esa edad en que la presa del soberano, el jabalí o el corzo, podía volverse rugiendo hacia él y despedazar al cazador. Es decir, un mundo en el que se respetaba a los enemigos incluso cuando se trataba meramente de bestias salvajes. Conozco a John Braintree y sé que es el hombre más valiente de este mundo. ¿Cómo seremos capaces de defender el propio ideal si despreciamos al que lucha por el suyo? Ande, vaya y mátelo si puede, pero si lo que sucede es lo contrario, que es él quien finalmente le da muerte, quiero decirle que quedaría usted más honrado en la muerte que con esas palabras que acaban de ganarle el deshonor.
Fue un instante de estupor e ilusión perfectas. Herne había hablado de modo espontáneo, según lo sentía, y sin embargo, el efecto había sido el de una reencarnación. Exactamente como lo habría hecho el propio Rey Ricardo Corazón de León si hubiera tenido que censurar a un cortesano que hubiese osado motejar de cobarde a Saladino[1].

Spoiler:
Como otras veces, si alguien prefiere quedarse con su interpretación, que no siga leyendo. Pero en el Chestertonblog damos la nuestra al menos en un par de aspectos:

Primero, el reconocimiento del contrario y de su ideal es el reconocimiento del valor del propio ideal: cuando uno tiene un ideal verdadero lo primero que hace es ver el mérito, el honor y el valor del contrario… porque sabe lo que vale lo suyo. Dado que en nuestra época la violencia ocupa un lugar secundario, las luchas se han convertido en lucha política o en lucha dialéctica, en guerra de frases, en las que todo parece valer, con tal de desacreditar al otro y a sus argumentos, y alzarse con el triunfo. De hecho, apenas hay debate hoy, y en las cuestiones disputadas se funciona más con slóganes que con ideas. Como muestra un botón: nulo debate sobre la propuesta de reforma de ley del aborto en España. Tan sólo un eslogan se ha alzado, el de quienes consideran que es un recorte de derechos de la mujer. No más discusión: sin datos, sin problemas latentes, ni propuestas de soluciones por parte de políticos de un lado y de otro: el apasionante debate entre los bienes y los derechos aplastado por las imágenes de  las chicas de Femen, y sin contraargumentos ni más apoyos del propio partido que pretende la reforma, ni si quiera debate interno dentro del mismo. Sólo si gusta o no gusta, y lo que más poder consiga, eso se impondrá.
En segundo lugar, la pérdida de la valentía del líder, que ya no se expone en primera persona, como los reyes medievales o los antiguos, que estaban al frente de su ejército: Ricardo y Saladino, Alejandro y Darío. En ausencia de violencia, los que mandan se parapetan con contratos blindados. La lucha por la igualdad es una batalla que hay que pelear continuamente, en nuevos terrenos o de nuevas formas, porque si no, sucede lo que está pasando una vez más: los más débiles vuelven a cargar con el peso de la crisis económica. Sólo un dato: según numerosas fuentes, el consumo de bienes de lujo es el único sector de la economía que ha crecido durante estos años.

Mañana, un nuevo ejemplo.

[1]Saladino y Ricardo Corazón de León son los protagonistas de la Tercera Cruzada: Ricardo no consigue conquistar Jerusalén, defendida por el primero.

‘La falacia del éxito’, de Chesterton

El sueño del éxito ha conquistado nuestras mentes

El deseo de triunfar ha conquistado nuestras mentes. Becodospoetas.com.br

La lectura de GK que proponemos esta semana está incluida en All things considered (Methuen, 1908, Cap.3). Como otras veces, hemos contado con la estupenda traducción de Carlos D. Villamayor, de modo que es la primera vez que este texto se vierte al castellano. Probablemente sea de los textos más claros de GK, y más adecuados para nuestra época de afanes de triunfos, o quizá -ante la crisis- de fracasos. La versión bilingüe también está disponible. Los personajes citados por Chesterton están enlazados con Wikipedia para que uno pueda hacerse una idea de la clase de personas que eran propuestas como modelo, quizá bastante similares a algunas de hoy día.

Ha aparecido en nuestra época una peculiar clase de libros y artículos que sincera y solemnemente pienso pueden ser llamados los más tontos entre los hombres. Son mucho más salvajes que los romances de caballería más salvajes y mucho más aburridos que el tratado religioso más aburrido. Es más, los romances de caballería al menos eran sobre caballerosidad y los tratados religiosos sobre religión.
Pero estas cosas son sobre nada, son sobre eso que es llamado Éxito. En cada estante y en cada revista puedes encontrar escritos que le dicen a la gente cómo tener éxito. Son libros que le muestran a la gente cómo tener éxito en todo; están escritos por hombres que no pueden ni tener éxito escribiendo libros.
Claro que, para empezar, no hay tal cosa como el éxito. O, si lo quieres poner así, no hay nada que no tenga éxito. Que algo tiene éxito sólo quiere decir que algo es: un millonario es exitoso siendo un millonario y un burro es exitoso siendo un burro. Cualquier hombre vivo ha tenido éxito viviendo, cualquier hombre muerto puede haber tenido éxito cometiendo suicidio. Pero, pasando de la mala lógica y la mala filosofía de la frase, podemos tomarla, como lo hacen estos escritores, en el sentido ordinario de éxito en obtener dinero o posición social.
Estos escritores aseguran decirle al hombre ordinario cómo puede tener éxito en su oficio o especulación: cómo, si es un constructor, puede tener éxito como constructor; cómo, si es corredor de bolsa, puede tener éxito como corredor de bolsa. Aseguran mostrarle cómo, si tiene una tienda de abarrotes, se puede volver dueño de un yate deportivo; cómo, si es un periodista de quinta, se puede volver uno de primera; y cómo, si es un judío alemán, se puede volver anglosajón. Es una propuesta concreta y de negocios y realmente pienso que la gente que compra estos libros –si es que hay gente que los compra- tiene el derecho moral, si no legal, de pedir que le devuelvan su dinero. Nadie se atrevería a publicar un libro sobre electricidad que literalmente no dijera nada sobre electricidad, así como nadie publicaría un artículo de botánica que muestre que el autor no sabe qué parte de la planta crece bajo tierra. Sin embargo nuestro mundo moderno está lleno de libros sobre éxito y sobre gente exitosa que literalmente no contiene ninguna clase de idea y escasamente alguna clase de sentido.

Es perfectamente obvio que en cualquier ocupación decente, tal como colocar ladrillos o escribir libros, hay sólo dos modos, en cualquier sentido especial, de tener éxito. Uno es haciendo un muy buen trabajo, el otro es haciendo trampa y ambos son demasiado simples como para requerir cualquier explicación literaria. Si vas por el salto de altura, entonces salta más alto que nadie o consigue fingir que lo has hecho. Si quieres tener éxito en el whist, entonces sé un buen jugador de whist o juega con cartas marcadas.
Puedes querer un libro sobre saltar, puedes querer un libro sobre whist; puedes querer un libro sobre hacer trampa en el whist. Pero no puedes querer un libro sobre el éxito. Especialmente no puedes querer un libro sobre éxito como los cientos que puedes encontrar en el mercado. Puedes querer saltar o jugar cartas pero no quieres leer declaraciones vagas en el sentido de que saltar es saltar o que los juegos son ganados por ganadores. Si estos escritores, por ejemplo, dijeran cualquier cosa sobre tener éxito al saltar sería algo como esto: “El saltador debe tener un objetivo delante. Debe definitivamente desear saltar más alto que los otros hombres en la misma competencia. No debe dejar que débiles sentimientos de piedad lo prevengan de ‘hacerlo lo mejor que pueda’. Debe recordar que una competición de salto es claramente competitiva y que, como Darwin ha gloriosamente comprobado, LOS MÁS DÉBILES PIERDEN”. Eso es lo que el libro diría y sería muy útil, sin duda, si se leyera con voz grave y tensa a un joven a punto de hacer el salto de altura.
O supongamos que en el curso de sus divagaciones intelectuales el filósofo del éxito tocara nuestro otro ejemplo, jugar cartas, entonces su consejo vigorizante sería: “Al jugar cartas es muy necesario evitar el error, comúnmente hecho por humanistas sensibles, de permitirle a tu oponente que gane la partida. Hay que ‘ir a ganar’. Los días de idealismo y superstición han acabado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, ahora ha sido definitivamente probado que –en un juego donde dos juegan- SI UNO NO GANA, EL OTRO LO HARÁ’. Es muy emocionante, claro, pero confieso que si yo estuviera jugando a las cartas, preferiría tener algún decente librito que me dijera las reglas del juego.
Más allá de las reglas del juego, todo es cuestión de talento o deshonestidad, y yo me comprometeré a proporcionar lo uno o lo otro; cuál de los dos, no me toca a mí decirlo.

Ojeando una revista popular encontré un ejemplo raro y divertido. Hay un artículo titulado ‘El instinto que hace rica a la gente’. Está ilustrado con un formidable retrato de Lord Rothschild. Hay muchos métodos definitivos, honestos y deshonestos, que hacen rica a la gente, pero el único ‘instinto’ que conozco es el instinto que el cristianismo teológico describe como el ‘pecado de avaricia’. Esto, sin embargo, queda fuera del tema que tratamos.
Quisiera citar los siguientes exquisitos párrafos como una pieza del típico consejo para tener éxito. Es tan práctica que deja muy poca duda de cuál debe ser nuestro siguiente paso:

“El nombre de Vanderbilt es sinónimo con la riqueza ganada por la empresa moderna. ‘Cornelius’, el fundador de la familia, fue el primero de los grandes magnates americanos del comercio. Empezó como el hijo de un pobre granjero, terminó veinte veces millonario.
“Tenía el instinto para hacer dinero. Aprovechaba sus oportunidades, las oportunidades que le fueron dadas por la aplicación de la máquina de vapor en el tráfico marítimo y por el nacimiento de la máquina de ferrocarril en los adinerados pero poco desarrollados Estados Unidos de América y consecuentemente amasó una fortuna inmensa.
“Es obvio, claro, que no todos podemos seguir los pasos de este gran monarca del ferrocarril. Las oportunidades precisas que le tocaron a él no nos tocan a nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero, aunque sea así, de todas formas, en nuestra propia esfera y nuestras propias circunstancias, ‘podemos’ seguir sus métodos generales; podemos aprovechar nuestras oportunidades y darnos una buena oportunidad de conseguir riquezas”.

En tales expresiones extrañas vemos claramente lo que está al fondo de todos estos artículos y libros. No son meros negocios, ni siquiera mero cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El escritor de este pasaje realmente no tenía la más remota idea de cómo ganó Vanderbilt su dinero, ni de cómo nadie más gana el suyo.
Ciertamente, concluye sus comentarios proponiendo algún plan pero no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente deseaba postrarse ante el misterio de un millonario, pues cuando en verdad adoramos cualquier cosa, amamos no sólo su claridad sino su obscuridad. Nos deleitamos en su misma invisibilidad. Así, por ejemplo, cuando un hombre está enamorado de una mujer siente un gusto especial por el hecho de que una mujer es irracional. Así, nuevamente, el poeta piadoso, al celebrar a su creador, siente un gusto especial en decir que Dios trabaja de manera misteriosa.
Ahora bien, el escritor del pasaje que acabo de citar no parece tener nada que ver con un dios y –juzgando su extrema impracticabilidad- no creo que alguna vez haya estado realmente enamorado de una mujer. Pero a lo que sí adora –a Vanderbilt- lo trata exactamente de esta forma mística. Realmente se deleita en el hecho de que su deidad Vanderbilt mantiene algo secreto. Y esto llena su alma de un tipo de éxtasis de astucia, un éxtasis de superchería, de manera que pretende decirle a la multitud aquel terrible secreto que él mismo no conoce.

Hablando del instinto que hace rica a la gente, el mismo escritor comenta:
“En otros tiempos su existencia era bien entendida. Los griegos lo englobaron en la historia de Midas, del ‘Toque de Oro’. He aquí un hombre que transformaba en oro todo lo que tocaban sus manos. Su vida un progreso entre riquezas. Hacía un metal precioso de todo lo que se interponía en su camino. ‘Una leyenda tonta’, dicen los sabihondos de la época victoriana. ‘Una verdad’, decimos los de hoy. Todos conocemos personas así. Siempre estamos encontrando o leyendo de personas que vuelven oro todo lo que tocan. El éxito sigue sus mismos pasos. El camino de su vida lleva infaliblemente hacia arriba. No pueden fallar”.

Sin embargo, desafortunadamente, Midas podía fallar y lo hizo. Su camino no lo llevo infaliblemente hacia arriba. Se murió de hambre porque siempre que tocaba pan o un sándwich de jamón lo convertía en oro. Esta es toda la cuestión de la historia, aunque el autor lo disimula delicadamente, escribiendo un retrato tan próximo de Lord Rothschild.
Los viejos cuentos de la humanidad son, ciertamente, indescriptiblemente sabios, mas no los debemos expurgar en el interés del señor Vanderbilt. No debemos poner al Rey Midas como un ejemplo de éxito, fue un fracaso de un tipo inusualmente doloroso. Además, tenía orejas de burro y, además –como la mayoría de personas prominentes y acaudaladas- se esforzaba en ocultarlo. Era su peluquero –si recuerdo bien- quien tenía que tratar de manera confidencial esta peculiaridad. Y su peluquero –en lugar de comportarse como un emprendedor de la escuela del éxito-a-toda-costa y tratar de chantajear al Rey Midas- fue y le susurró esta espléndida pieza de escándalo social a los pusilánimes, quienes lo disfrutaron enormemente. Se dice que ellos también lo susurraron a donde lo llevara el viento.
Miro reverentemente al retrato de Lord Rotchschild, leo reverentemente sobre las hazañas del señor Vanderbilt. Sé que no puedo volver todo lo que toco en oro pero también sé que nunca lo he intentado, teniendo una preferencia por otras sustancias, como la hierba y el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han tenido éxito en algo, que efectivamente han superado a alguien; sé que son reyes en una manera en que ningún hombre antes de ellos ha sido rey, que crean mercados y cruzan continentes. Sin embargo siempre me parece que hay algún hecho doméstico que esconden y a veces me parece escuchar en el viento las risas y los susurros de los pusilánimes.

Por lo menos esperemos vivir para ver estos libros absurdos sobre el éxito tratados con la burla y descuido que se merecen. No le enseñan a la gente a ser exitosa, le enseñan a ser pedante.  Difunden un tipo de poesía maligna sobre lo frívolo, lo mundano. Los puritanos siempre denuncian libros que incitan a la lujuria, ¿qué diremos de libros que incitan a las más viles pasiones de la avaricia y el orgullo?
Hace cien años teníamos el ideal del ‘Aprendiz Trabajador’: se le decía a los niños que mediante ahorro y trabajo serían Alcaldes. Esto era erróneo, pero era varonil y tenía un mínimo de verdad moral.
En nuestra sociedad, la templanza no ayudará a un hombre pobre a enriquecerse pero puede ayudarle a respetarse. Un buen trabajo no lo hará rico, pero lo puede hacer un buen trabajador. El Aprendiz Trabajador ascendió a través de unas pocas virtudes, por lo demás estrechas… pero virtudes. ¿Pero qué diremos del evangelio predicado al ‘Nuevo Aprendiz Trabajador’, el aprendiz que no asciende por sus virtudes, sino abiertamente por sus vicios?

Chesterton: La familia necesita un hogar

En esta entrada quiero comentar la parte restante de La casa completa, y completar así lo que escribimos ayer sobre la naturaleza humana. ¿Por qué se llama así un artículo sobre la sexualidad humana? Volvemos a ver en acción al GK sociólogo, en su mejor capacidad de relacionar cosas: porque la propiedad del hogar –el núcleo de la vida para Chesterton, como sabemos- es garantía de la vida familiar. ¿Cómo llega a esta conclusión?

Chesterton considera que el sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta.

Verdaderamente son hermosas estas palabras, una auténtica definición de familia. Chesterton reconoce que son tiempos difíciles para la familia, porque hay quien prefiere otra opción, más ‘liberal’: es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas.

Chesterton nos ofrece aquí dos maravillosas chestertonadas, esas metáforas que sólo él es capaz de imaginar: lunas de miel sin boda, puertas sin casa detrás. Es el espíritu del tiempo, reconoce, y achaca al materialismo y al propio capitalismo la crisis de la familia, es decir, la crisis de quienes se sienten liberados del sexo para ser realmente dependientes de él, porque no son capaces de construir sobre él.

Además, a nosotros nos preocupa y mucho […] no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno.

En el Chestertonblog ha aparecido numerosas veces la idea de que el capitalismo es proletarismo y nos despoja de la propiedad. Desde luego, el primer capitalismo lo fue, hasta que en el siglo XX se corrigieron algunos errores y surgió una clase media de propietarios de sus hogares, pero ahora vuelve a verse el mismo –y quizá verdadero- rostro: el drama de los desahucios que se vive en España con motivo de la crisis es una expresión perfecta de lo que quiere transmitir Chesterton, y vemos cómo las dificultades económicas afectan a las relaciones familiares, tanto como puede hacerlo la propia sexualidad. Relaciones externas –económicas, con la sociedad-, relaciones internas –sexualidad y otras relaciones afectivas y de organización- construyen la familia, en contextos siempre difíciles: No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está […] Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces.

Peleemos para que todos tengan su hogar, y recuperemos la sensatez, dispuestos los primeros a superar las dificultades que entraña la vida familiar, repitiendo las hermosas palabras de GK: adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. Es mucho lo que está en juego, también en medio de las dificultades económicas.

Chesterton: si el hombre no tiene naturaleza, rechazamos los derechos humanos, justificamos la explotación.

El primer análisis de La casa completa pasa por una reflexión sobre la naturaleza humana. Recordemos que el artículo comenzaba polemizando con H.G. Wells. Volvamos sobre el párrafo inicial y consideremos –como GK nos ha enseñado a hacer- las consecuencias, que el mismo Chesterton comienza a esbozar:

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí.

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí. Fotografía: Kame island.com

Un reciente artículo suyo en el Sunday Express dedicado a negar que el hombre exista como un tipo fijo (o, todavía más, que exista en absoluto) tiene un aspecto particular que es especialmente antagonista de la visión que ofrecemos nosotros. Es obvio, por supuesto, que la noción entera del hombre como un mero tipo de transición, disolviéndose de una figura en otra como una nube, está en contra de nuestro plan de justicia social.
Todos los seres humanos desean una sociedad humana que pueda ser un hogar; un hogar que se acomode al ser humano como un sombrero se acomoda a su cabeza. Pero no se consigue nada entrevistando a cien sombrereros, y probándose mil sombreros, si la cabeza está siempre hinchándose y retorciéndose y haciéndose diferentes figuras, como el humo al salir de una chimenea. Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago. Y no hace falta decir que quienes desean no hacer caso de las necesidades de los seres humanos estarán más que contentos al oír hablar de esa mutabilidad de sus necesidades.
El hombre que quiere alimentar a su servidor con picado de forraje estará encantado al oír que el servidor puede estar ya convirtiéndose en una criatura tan vegetariana como una vaca. El hombre que quiere alimentar a su servidor con carroña se pondrá feliz al oír que ya se está de hecho haciendo tan omnívoro como un cuervo.

El debate se enmarca en el contexto de la filosofía del siglo XIX, cuando Marx niega que exista una naturaleza permanente del hombre, y Nietzsche proclama al superhombre que se hace a sí mismo, como expresión de su voluntad de poder, frente a la moral del esclavo. Ambos planteamientos se opondrían a la filosofía clásica, particularmente aristotélico-tomista, y es interesante por el punto al que nos ha traído hoy, como ya vio agudamente nuestro autor. Veamos algunas cuestiones:

1. Si el hombre no es constante –no existe una ‘esencia humana’-, el iusnaturalismo -o derecho natural- carece de base, no sólo como categoría jurídica, sino también deja sin fundamento toda la teoría de los derechos humanos, que vendrían a ser algo meramente pactado. Por eso, se podría discrepar de ellos todo lo que se quisiera, como de hecho sucede cuando se habla de ‘derechos humanos musulmanes’: en cuestión de derechos humanos no caben etiquetas, como es lógico.

2. Si el hombre no es constante, no podremos saber qué necesita –Chesterton recurre aquí a su querida figura: la primera necesidad del ser humano es el hogar- y por tanto, en cada momento podemos proponer una cosa distinta. O dicho de otra manera, nunca sabremos qué necesita, porque siempre está cambiando de naturaleza y de necesidades. Otra cosa es que el contexto social cambie y –sobre todo en una sociedad compleja- el mundo se llene de oportunidades y de situaciones a las que habrá que aprender a hacerle frente. La idea de la esencia humana es justamente la guía precisa para discriminar esas situaciones: las que nos conducen a algún lugar verdaderamente bueno, o las que pueden acabar por destruirnos. No me resisto a repetir la chestertonada: Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago.
3. Si el hombre no es constante, unos cambian antes que otros: son efectivamente los poderosos –quienes creen serlo, simplemente por ciertas ventajas que les ha proporcionado la naturaleza o la sociedad- considerarán que evolucionan hacia una raza superior, mientras que los demás han de conformarse con lo que tienen: el forraje de la vaca, o cualquier carroña, como el cuervo. Recientes películas de ciencia ficción -distopías como Elysium o Los juegos del hambre– plantean esta cuestión, que cierra el círculo y nos lleva otra vez al punto primero de los derechos humanos.

Chesterton: así somos vistos desde otro tiempo: eufemismo y veracidad

Ayer nos quedamos hablando del cambio continuo como elemento constitutivo de nuestra sociedad. Hoy seguimos con la crítica de Herne -en El regreso de Don Quijote-, exactamente en el mismo punto del diálogo sobre la Edad Media en que lo dejamos. Habla Braintree, el sindicalista amante del progreso, de un progreso justo, no tanto del gusto capitalista:

-Pues yo sí le entiendo -contestó violento Braintree- y le digo que está en un grave error. Mr. Herne, ¿de verdad se cree todo ese misticismo? ¿cómo puede decir que la vieja sociedad era más juiciosa?
-Esa vieja sociedad era al menos veraz. Ustedes, en cambio, viven atrapados en una maraña de mentiras -respondió Herne. Y no puedo negar que fuese una sociedad imperfecta o decir que no estuviese marcada por el dolor. Pero llamaba a la imperfección y al esfuerzo por su propio nombre. Usted mismo acaba de decirlo: esa sociedad la componían déspotas y vasallos. Cierto. Pero no faltan hoy las injusticias o la coacción, y nadie se atreve a hablar de eso en cristiano. Podemos defender cualquier cosa, a condición de que la llamemos por otro nombre (El regreso de Don Quijote, Cátedra, p.340).
Y a continuación, comenzando por el rey –tenemos un rey, pero que quede claro que no tiene derecho alguno a ser rey-, Chesterton comienza a repasar las instituciones de su tiempo y a lo que se dedican: lo contrario de lo que predican.
Lo primero que se nos viene a la cabeza es George Orwell y la transformación del lenguaje en la sociedad del Gran Hermano. Pero ya que ayer dimos un tono académico a la entrada, hoy vamos a centrarnos en el vocabulario de los políticos de hoy, empezando por los eufemismos ‘interrupción voluntaria del embarazo’ y ‘salud reproductiva’, que no están incluidos en esta lista, porque son políticamente incorrectos:

Eufemismos políticos:

Eufemismos de carácter económico y político. Curioseadores.blogspot.com.es