Chesterton, entre ‘Regreso a Howards End’ y la literatura actual

Regreso a Howards End es una película de James Ivory, galardonada con tres Óscars en 1992 y protagonizada por unos magníficos Anthony Hopkins y Emma Thompson. La película lleva a la gran pantalla la novela del mismo nombre de E.M. Forster (1879-1970). Las críticas la describen como formalmente excelente aunque con cierta falta de sentimiento. Al relacionar esta película con GK quiero destacar un par de cosas, que quizá también hubieran llamado la atención de Chesterton.

Regreso a Howards End

Regreso a Howards End

La primera es la magnífica descripción de la sociedad aristocrática de los primeros decenios del siglo XX –la Inglaterra eduardiana-, en la que Wilcox-Hopkins representa al capitalista despiadado, que sólo piensa en el beneficio personal, que hace circular rumores que afectan gravemente a otras personas, cuyas consecuencias le son indiferentes: como si cada uno fuera realmente el único responsable de su vida, lo que es fácil de decir cuando las cosas  van bien. Wilcox-Hopkins –no es mala persona, tan sólo vive según su ‘fe’ capitalista- piensa siempre en ganar y, como diría Chesterton, en acumular: empresas, dinero y posesiones, al tiempo que critica a Wells y Shaw, amigos y antiguos colegas socialistas de Chesterton. Por cierto, el propio GK fue despedido del Daily News, cuyo dueño era George Cadbury -efectivamente, el del chocolate, filántropo y capitalista- por arremeter contra este grupo social.

El otro detalle pertenece a la categoría de esos gazapos que se cuelan y acaban por echar a perder la siembra de sensatez que crece lentamente en la mayoría de las personas. En un momento determinado, Wilcox-Hopkins alaba la cultura de su esposa, que está leyendo un libro de ‘teosofía‘, la moda intelectual en aquella época y como tal moda, perfectamente olvidada hoy día.

Y he recordado un fragmento de Una defensa de las novelas baratas, de El acusado (Espuela de plata, p.57-58) en el que también aparece la doble moral de los ricos, esta vez aplicada a la literatura. Los ricos critican las novelas sencillas y sentimentales, de buenos y malos, y considerándolas inspiradoras de todos los delitos que cometen los pobres. Pero es la literatura moderna de los cultos y no la de los incultos la que es declarada y agresivamente criminal. Libros que recomiendan la disipación y el pesimismo, ante los cuales el recadero del espíritu elevado se estremecería, descansan sobre las mesas de todos nuestros salones. Si el más sucio de los propietarios de los más sucios puestos de libros de Whitechapel se atreviera a exponer en el suyo obras que, como éstas, verdaderamente recomendaran la poligamia o el suicidio, sus existencias serían de inmediato confiscadas por la policía. Ese tipo de libros son nuestro lujo particular.
Y con una hipocresía tan ridícula que casi carece de parangón en la historia, nosotros juzgamos a los jóvenes de los barrios bajos por su inmoralidad, al mismo tiempo que discutimos (con ambiguos catedráticos alemanes) si la moral posee la menor validez. Al mismo tiempo que maldecimos las novelas baratas por alentar el robo de la propiedad, promovemos la idea de que toda propiedad es un robo. Al mismo tiempo que las acusamos (bastante injustamente) de obscenidad e indecencia, leemos alegremente filosofías que exaltan la obscenidad y la indecencia. Al mismo tiempo que arremetemos contra ellas por animar a los jóvenes a destruir la vida, discutimos si la vida es digna de ser preservada
.

Por distinciones como ésta, al describir tan fantásticamente bien el contexto intelectual y literario de su época y la nuestra –y especialmente el doble espíritu de las clases dominantes- Chesterton merece un puesto de honor en la sociología: Ahora entendemos que cualquier culebrón –con sus defectos, pero también con sus virtudes- vale más que casi toda la prestigiosa y nihilista narrativa actual.

Chesterton y la deriva de la razón contemporánea

Tiene razón la entrada El valor de pensar por uno mismo –que comenta el ensayo El error de la imparcialidad-: y ése es el gran problema al que nos enfrentamos: cómo ser capaces de pensar por uno mismo? Desde luego, Chesterton fue capaz de hacerlo, tan libre como para llevar la contraria a todo su ambiente intelectual. Hoy, una y otra vez la gente moderna insiste en que no hay que dejarse llevar por dogmas –pues serían verdades ‘pensadas por otros’-; hay que pensar por uno mismo. Lo que en el mundo de hoy equivale a aceptar que nos machacan los medios de comunicación o la ideología con la que más nos identificamos. Hace unos días circulaba un ‘tuit’ que decía que para la vieja izquierda, la homosexualidad era una evidencia palmaria de la degradación de la burguesía, mientras que para la nueva izquierda es una cuestión de derechos fundamentales. Mi mala cabeza me impide recordar en qué lugar de Chesterton leí que el que no tiene verdades fijas –los terroríficos ‘dogmas’- tiene modas, que por fortuna ‘ayudan a pensar por uno mismo’.

Sin embargo, esta realidad no es sino una más de las situaciones contradictorias a las que nos ha conducido el mundo moderno. Los ilustrados –particularmente, Kant (1724-1804) estaban convencidos de que la Razón –así, con mayúscula- acabaría con muchas de las tradiciones y supersticiones –a veces vinculadas con la religión, es cierto- que se han acumulado en la historia de la humanidad.

Apolo Belvedere -Wikipedia

Apolo Belvedere -Wikipedia

Sin embargo, lo que la modernidad ha hecho es establecer un nuevo mecanismo para la ‘racionalidad’, según la cual cada sistema ha de avanzar sobre el anterior, destruyéndolo: el afán destructor está en todas partes, no sólo en cuestiones de pensamiento. Hablando del sistema de Tolstoi (1828-1910) –que quiso reformar el mundo basándolo en la simplicidad de vida-, Chesterton glosa esta derivación de la modernidad y las actitudes que genera (eso sí, sin poder evitar la ironía): Cada sistema busca ser aún más fundamental que el que lo había precedido; cada uno busca, en sentido literal, minar el anterior. En el arte, por ejemplo, la concepción clásica del hombre como el Apolo de Belvedere fue atacada primero por los realistas, quienes afirmaban que el hombre, como hecho de la historia natural, era una criatura de cabellos incoloros y rostro pecoso. Luego vinieron los impresionistas, quienes fueron aún más lejos y afirmaron que para sus ojos físicos –que eran los únicos seguros- el hombre era una criatura de cabellos color púrpura y rostro gris. Y siguieron los simbolistas, quienes dijeron que para sus almas –que eran lo único seguro- el hombre era una criatura de cabellos verdes y rostro azul.

Todos los grandes autores de nuestro tiempo representan de una forma u otra ese intento de restablecer la comunicación con lo elemental o, como a veces se ha expresado de un modo más falaz e inexacto, de un regreso a la naturaleza (Tipos diversos, Espuela de plata, 2011, p.72).

Ante semejante proceso destructivo, la sensatez de GK nos recuerda –en el mismo texto El error de la imparcialidad– ciertos criterios que olvidamos demasiado frecuentemente en esta sociedad mediáticamente dirigida: Si existe una clase de hombres a los que la historia ha comprobado especial y supinamente capaces de equivocarse en todas direcciones, es la clase de los hombres muy intelectuales. Prefiero siempre guiarme por la masa de la humanidad: por eso soy demócrata.

Me resulta fácil imaginar la dentera de más de un ‘intelectual’ al leer esto.

Chesterton: el valor de pensar por uno mismo

Tengo el honor de escribir para el Chestertonblog comentando el ensayo publicado ayer: El error de la imparcialidad.

Hoy en día se nos pide aproximarnos a ideas y sucesos, entre otras cosas, ‘sin prejuicios’: completamente ‘imparciales’, pero esta demanda ignora la realidad del ser humano, quien en cualquier momento existe en conjunto con su pasado, experiencia y conocimiento. No somos una hoja en blanco; es imposible hacer juicios desde un vacío. Ésta es la idea que Chesterton critica y él mismo observa que la consecuencia lógica de la obsesión con la imparcialidad resulta en tener como jueces a personas sin relación alguna con nuestro mundo. Sin duda aquellos amantes de la ‘imparcialidad’ preferirían tener esquimales juzgando sus asuntos, lo cual, si no imposible, es impráctico.

Fotografía procedente de http://www.dreamstime.com

Mas al atacar esa ‘imparcialidad’, lo que Chesterton está haciendo es lo que hizo una y otra vez durante su vida: defender el pensamiento y la razón. Formarse una opinión temporal, una opinión de tipo etéreo y abstracto, al conocer los detalles de un caso es muestra de que la persona piensa y se involucra. Como él dice: Lo que la gente llama imparcialidad puede ser simplemente indiferencia y lo que la gente llama parcialidad puede ser simplemente actividad mental. Y como escribió en The Speaker (15.12.1900): Imparcialidad es un nombre arrogante para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.

Para entender esta defensa es importante ver el elemento aristotélico en Chesterton. Para él, las cosas tienden a un fin y el fin, el objeto, de la razón, el telos del pensamiento, es llegar a una conclusión. Por esto considera absurdo el rechazar a una persona que piensa, que razona, sólo porque se haya esforzado por alcanzar el objeto de su razonamiento. Como él mismo aclara, decimos que el jurado no es un jurado porque ha llegado a un veredicto. Decimos que el juez no es un juez porque juzga.

De este modo, Chesterton critica la mentalidad que valora la imparcialidad como indecisión, como un rechazo a las conclusiones, y dice: En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a alguna conclusión, y que un hombre es de algún modo retirado de la lista de jueces justos porque ha llegado a una conclusión.

Sin restarle nada a Chesterton, me animo a decir que en nuestros días se rechazan las conclusiones porque una vez que se llega a una conclusión se rechazan todas las demás y esto ‘es injusto’ para esas conclusiones.

La persona que piensa anda a través de un campo, o mejor dicho un bosque oscuro, y puede terminar en cualquier lado. Newman y Huxley son ejemplos dados por Chesterton. Pero mientras uno siga pensando, se puede cambiar el rumbo. Dice Chesterton, hablando de un juicio, que el hombre que se tomó la molestia de hacer deducciones a partir de los informes policíacos, sería probablemente el hombre que se tomaría la molestia de deducir más y diferentes cosas de la evidencia. El hombre que tuvo el buen juicio de formarse una opinión sería el hombre que tendría el buen juicio de alterarla. Es decir, si alguien se ha atrevido a andar en alguna dirección, puede desandar lo andado y llegar a otro lado (lo que me recuerda a su invitación a no pensar como máquinas).

El propósito del pensamiento es llegar a algún lado y aunque es posible llegar a diferentes conclusiones, el ser humano tiene la libertad de elegir su rumbo. Pero es necesario que primero uno se anime a caminar.

Chesterton provoca de nuevo: ‘El error de la imparcialidad’

Publicamos -en versión completa, y traducido para nuestro blog por Carlos D. Villamayor Ledesma- un ensayo aún no traducido al español de All Things Considered (Methuen, 1908, cap.25). Como es habitual, en el Chestertonblog, ofrecemos también la posibilidad de acceder a la versión bilingüe.

El rechazo del jurado a llegar a un acuerdo en el caso Thaw  [un caso de asesinato en 1907, que recibió el calificativo de ‘juicio del siglo’] es ciertamente una secuela entretenida al cuidado frenético -y hasta fantástico- con el que fue seleccionado. Miembros del jurado fueron apartados por razones que sólo parecen tener alguna remota relación al caso, y que no podemos concebir que le supongan algún prejuicio real a cualquier ser humano.
Puede ser cuestionado si la exagerada teoría de imparcialidad en un árbitro o jurado no puede ser llevada tan lejos que resulte más injusta que la parcialidad misma. Lo que la gente llama imparcialidad puede ser simplemente indiferencia y lo que la gente llama parcialidad puede ser simplemente actividad mental. A veces se objeta a un jurado, por ejemplo, que se haya formado alguna opinión de un caso a primera vista: si se le puede forzar mediante un fuerte interrogatorio a admitir que se ha formado tal opinión, entonces se le considera claramente inadecuado para llevar a cabo la indagación. Seguramente esto es erróneo. Si su prejuicio es uno de interés, clase, credo o propaganda, entonces eso claramente muestra que no es un juez imparcial. Pero el simple hecho que se formase alguna impresión temporal de los hechos hasta donde los conoce no prueba que no es un juez imparcial: sólo prueba que no es un tonto de sangre fría.

Si vamos por la calle tomando a todos los jurados que no se hayan formado opiniones y dejando a todos los que las hayan formado, parece muy probable que sólo tendremos éxito en tomar a los jurados estúpidos y dejar a los que piensan. Mientras la opinión formada sea de este tipo etéreo y abstracto, mientras no haya sospecha de un prejuicio o motivo establecido, podremos considerarla no sólo una promesa de capacidad, sino una promesa de justicia. El hombre que se tomó la molestia de hacer deducciones a partir de los informes policíacos, sería probablemente el hombre que se tomaría la molestia de deducir más y diferentes cosas de la evidencia. El hombre que tuvo el buen juicio de formarse una opinión sería el hombre que tendría el buen juicio de alterarla.

Vale la pena fijarse por un momento en este aspecto menor del asunto porque el error sobre la imparcialidad y la justicia no está de manera alguna limitado a la cuestión criminal. En asuntos mucho más importantes se asume que el agnóstico es imparcial, cuando el agnóstico es meramente ignorante. La consecuencia lógica de la minuciosidad sobre el jurado del caso Thaw es que el caso debería ser juzgado por esquimales, o por hotentotes, o por salvajes de las Islas Caníbales: por alguna clase de gente que no pudiera tener interés alguno en las partes, y aún más, ningún interés concebible en el caso. La perfección pura y brillante de la imparcialidad sería alcanzada por personas que no sólo no tenían una opinión antes de que escucharan el caso, sino que además no tenían una opinión después de escucharlo.
En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la misma suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a ninguna conclusión, y de algún modo es retirado de la lista de jueces justos el que ha llegado a una conclusión. Se asume que el escéptico no tiene prejuicios cuando tiene un prejuicio muy obvio a favor del escepticismo.
Recuerdo cuando discutí con un joven y honesto ateo que estaba bastante sorprendido por mi cuestionamiento de algunas suposiciones que eran santidades absolutas para él –tales como la proposición sin comprobar de la independencia de la materia y la muy improbable proposición de su poder para crear la mente- y al final recurrió a la siguiente pregunta, que realizó con un honorable celo de desafío e indignación: “Pues bien, ¿puede mencionar a cualquier gran intelectual, de ciencia o filosofía, que aceptara lo milagroso?” Respondí: «Con gusto: Descartes, el Dr. Johnson, Newton, Faraday, Newman, Gladstone, Pasteur, Browning, Brunetiere, tantos como gustes”. A lo que el admirable e idealista joven hizo esta asombrosa respuesta: “Oh, claro que tenían que aceptarlo: eran cristianos».
Primero me retó a encontrar un cisne negro y luego descartó todos mis cisnes por ser negros. El hecho de que todos esos grandes intelectos hubieran llegado a la perspectiva cristiana era de un modo u otro una prueba de que no eran grandes intelectos o de que no habían llegado a esa perspectiva. El argumento quedó entonces de una forma encantadoramente conveniente: «Todos los hombres que cuentan han llegado a mi conclusión, pero si llegan a tu conclusión, no cuentan».

No parecía ocurrírsele a tales polemistas que si el cardenal Newman era realmente un hombre de intelecto, el hecho de se uniera a una religión dogmática probaba tanto como el hecho de que el profesor Huxley, otro hombre de intelecto, concluyera que no podría unirse a una religión dogmática.  Es decir, admito alegremente que ambos modos prueban muy poco.
Si existe una clase de hombres a los que la historia ha comprobado especial y supinamente capaces de equivocarse en todas direcciones, es la clase de los hombres muy intelectuales. Prefiero siempre guiarme por la masa de la humanidad, por eso soy demócrata. Pero sea cual sea la verdad sobre la inteligencia excepcional y las masas, es manifiestamente irrazonable que hombres inteligentes deban estar divididos por el absurdo principio moderno de tomar a todo hombre listo que no puede tomar una decisión como un juez imparcial, y tomar a todo hombre listo que puede tomar una decisión como un fanático servil.
Tal como están las cosas, consideramos como una objeción positiva que quien razona se haya puesto de un lado o del otro. En otras palabras, consideramos como objeción positiva a alguien  que se haya esforzado por alcanzar el objeto de su razonamiento. Llamamos intolerante o esclavo del dogma a un hombre porque ha pensado detenidamente hasta llegar a una conclusión definitiva. Decimos que el jurado no es un jurado porque ha llegado a un veredicto. Decimos que el juez no es un juez porque juzga. Decimos que un creyente sincero no tiene derecho a votar, simplemente porque ya ha votado.

Chesterton y Tolkien: más sobre ‘Mooreffoc’ y la fantasía

Hace un tiempo explicábamos cómo GK había descubierto y utilizado el término Mooreffoc, inventado por Dickens. En el blog de la American Chesterton Society, Nancy Brown

JRR Tolkien

JRR Tolkien

recoge unas palabras de Tolkien (1892-1973), referidas a Chesterton y al tipo de fantasía que promueve. Hemos traducido el texto -aunque existe versión en español a la que no tenía acceso- y lo recogemos para mostrar una distinción interesante, porque inicialmente parece que Tolkien critica a Chesterton. He aquí el fragmento:

«Los cuentos de hadas no son el único medio de recuperación o profilaxis contra las pérdidas. La humildad es suficiente. Y -especialmente para los humildes- existe el Mooreeffoc o la fantasía chestertoniana.
Aunque Mooreeffoc es una palabra fantástica, podría verse escrita en cualquier pueblo de esta tierra. Significa ‘Coffe-Room’ –cafetería- escrito en el cristal y visto desde el interior del local. Así fue visto por Dickens un oscuro día de Londres, y así fue utilizado por Chesterton para denotar la rareza de las cosas que se han hecho triviales, cuando se ven de repente de un nuevo ángulo. Es una clase de ‘fantasía’ bastante saludable para la mayoría de la gente y sobre la que nunca escaseará material, aunque –en mi opinión- su poder es limitado, pues su única virtud se limita a la recuperación de la frescura en la visión de las cosas.
La palabra Mooreeffoc puede hacer que de repente nos demos cuenta de que Inglaterra es un país totalmente extraño, perdido en alguna remota época pasada vislumbrada por la historia, o en algún extraño y oscuro futuro –al que sólo llegamos con una máquina del tiempo- para ver su increíble rareza, los intereses de sus habitantes y sus costumbres y hábitos de alimentación. Pero no puede hacer más que eso: actuar como un telescopio del tiempo centrado en un solo lugar.
La fantasía creativa, que trata principalmente de hacer otra cosa, de crear algo nuevo, puede abrir tu cofre del tesoro y dejar que todas las cosas bajo llave vuelen como pájaros que salen de su jaula. Todas las gemas se convierten en flores o llamas: quedas advertido de que todo lo que tenías (o sabías) es peligroso y potente, y no está realmente encadenado, sino libre y salvaje, al menos, no más de lo que estás tú.
Los elementos ‘fantásticos’ en verso y en prosa de otros tipos, incluso cuando sólo sean ocasionales o decorativos, ayudan a esta función. Pero no tan a fondo como un cuento de hadas, algo construido sobre o alrededor de la fantasía, en el que la fantasía es el núcleo. La fantasía se crea fuera del mundo primario, pero un buen artesano ama su material, y tiene un conocimiento y sentimiento hacia el barro, la piedra y la madera que sólo la creatividad de puede proporcionar».
(J.R.R. Tolkien, «On Fairy Stories» in Tree and Leaf 77-78)

Efectivamente, Mooreffoc sirve para ver nuestro entorno de otra forma, enriquecedora. Pero  Chesterton, que tanto amó los cuentos de hadas y tanta influencia tuvieron en él -como queda de manifiesto en Ortodoxia-, desarrolló igualmente el segundo tipo de fantasía: basta pensar en El hombre que fue jueves, o La taberna errante para ver cómo combina esos elementos de barro, piedra y madera para crear formas nuevas y sugerentes.
Para nuestra moderna vida ajetreada, tanto valen una como otra. Podemos leer una buena novela o ver una gran película: es un encuentro con la fantasía verdaderamente creativa, la que gusta a Tolkien. Pero tras un rato agradable volvemos a la normalidad, y entonces el Mooreffoc cobra protagonismo, porque cualquier instante nos da la posibilidad de recordar aquellas palabras de Chesterton que veíamos en la Introducción a El acusado: Lo más probable es que aún sigamos en el Edén: sólo son nuestros ojos los que han cambiado.

Conclusión de ‘La increíble tendencia del ser humano a minusvalorar su felicidad’, de Chesterton

Dice Enrique Gª-Máiquez que cada aforismo de GK es como un holograma de su pensamiento. La ‘Introducción’ a El acusado -que ayer analizábamos en su primera parte– es una síntesis de su pensamiento y de su obra. Cualquiera que desee introducirse en el pensamiento de Chesterton, debería empezar por ella, que es precisamente uno de sus primeros ensayos.

El juicio final, de Miguel Ángel

El juicio final, de Miguel Ángel

Suele hablarse del pesimista como de un hombre en rebelión. Pero no es así. En primer lugar, porque hace falta cierta alegría para permanecer en rebelión. Y, en segundo lugar, porque el pesimismo apela al lado más débil de cada uno, y el pesimista, por tanto, regenta un negocio tan ruidoso como el de un tabernero. La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, el que por lo general vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como es el de convencer a los demás de lo buenos que son.

En el Chestertonblog hemos mostrado cómo GK aplicaba una frase parecida a Dickens: El verdadero gran hombre es el que hace que todo humano se sienta grande. Es un criterio de rebeldía: no es suficiente no aceptar las cosas que no están bien: es necesario un impulso benéfico en los demás. Este criterio lo cumple GK a la perfección, te hace sentir mejor de lo que eras antes de leerlo: aprendes, pasas un rato agradable y te infunde una confianza y una tranquilidad en uno mismo y en la especie humana, aunque sea planteando cosas tan terribles como las que afirma en esta entrada, porque introduce siempre un punto de esperanza, a pesar de los pesares, como sigue diciendo:

Se ha demostrado más de un centenar de veces que si verdaderamente queremos enfurecer incluso mortalmente a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios. Conviene recordar que Jesucristo no fue crucificado por nada que dijera sobre Dios, sino por el cargo de haber dicho que un hombre podía derribar y reconstruir el Templo en tres días. Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley, han sido optimistas. Se han indignado no ante la maldad de la existencia, sino ante la lentitud de los hombres en comprender su bondad. El profeta que es lapidado no es un alborotador ni un pendenciero. Es simplemente un amante rechazado. Sufre un no correspondido amor por todas las cosas en general.

Aparece otro de los grandes temas de GK, nuevamente a caballo entre la antropología y la psicología: el estudio de las actitudes: optimismo y pesimismo serán dos de sus vocablos más utilizados a lo largo de toda la existencia. Su sentido analítico y filosófico le conducirá siempre a fijarse no sólo en lo que dice la gente, sino desde dónde lo dice, cuál es su postura ante la realidad de la que trata en su texto, o en su conversación: y siempre será una señal de la sensatez que veremos en seguida.
Surge la mención de la revolución. En Ortodoxia, GK muestra su simpatía por los revolucionarios. Pero una cosa es estudiar el pasado y otra comprobar los horrores del presente revolucionario: en Esbozo de sensatez (1927) señalará varias veces que es mejor cambiar las cosas poco a poco que a través de una revolución, porque ya se sabe lo que ha hecho la Revolución soviética y no querrá que lo mismo ocurra en Inglaterra.
Y vuelve la ortodoxia: para GK es inconcebible que los seres humanos rechacen el mejor mensaje que se les puede hacer: decirles que son hijos de Dios. Quizá no lo comprenden, quizá no lo quieren comprender. Pero para él resulta sorprendente: según relatan sus biógrafos (cf. Pierce, Seco, Ward), GK resultaba divertido entre sus colegas cuando hablaba de estas cosas… hasta que se dieron cuenta de que iba en serio, y entonces muchos comenzaron a desconcertarse, y él a sentirse aún más a gusto, polemizando con ellos. La paradoja es que –siendo librepensador, como lo fue- fue tan libre que quiso abrazar la única fe que los librepensadores tienen prohibido aceptar: la de declararse hijos de Dios. Y esto nos conduce por tanto a otra paradoja: aceptando esos dogmas exteriores, Chesterton fue precisamente él mismo, y cumplió su propio criterio, como vimos en la entrada de ayer.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.

Ahora se entremezclan el GK filósofo -que considera bien y mal- con el sociólogo del conocimiento y la cultura, que se detiene en la forma en la que las ideas se difunden y arraigan en la sociedad. En seguida lo explicará mejor, pero ver cómo se construye una forma de percibir el mundo –particularmente la Modernidad, como hemos señalado- contraria a la realidad de las cosas buenas que contiene le resulta tan desconcertante que lo marcará para siempre. Ya se iban formando sus mimbres de profeta y caballero, pero asentadas sobre unas sólidas bases analíticas, construidas con sus poderosas dotes intelectuales: nada que ver con el profeta callejero que se puede ver en algunas ciudades norteamericanas. Cada frase de Chesterton, cada ironía, cada chestertonada o paradoja, unirá una intuición peculiar con una fuerte dosis de razonamiento.

Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie, ni siquiera un lunático, podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno; pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo. Habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.

Aparece aquí otro de los elementos esenciales del método de Chesterton: la absoluta necesidad de la comparación para comprender y comprendernos. El mundo moderno –y esto es sociología del conocimiento otra vez- tiene tal idea de dominio, control y perfección que lo que no se ajuste a eso, será considerado un desastre: es un mundo de expectativas frustradas: todo tiene que ser perfecto. Podríamos poner decenas de ejemplos de la vida cotidiana personal o del funcionamiento de las grandes o pequeñas estructuras sociales y políticas. La consecuencia ya la sabemos: el pesimismo ha echado raíces en nuestra cultura, por lo que paradójicamente tienen que circular continuamente los mensajes que nos recuerdan que estamos hechos para la felicidad –ver Twitter-, aunque sin fundamento alguno, pues el  verdadero -ser hijos de Dios- ya ha sido rechazado.
Por la misma razón, Chesterton se pondrá a estudiar historia y hacer un continuo ir y venir del pasado al presente para ayudar a comprendernos mejor. Surge otro perfil de GK: quizá nunca fue un historiador convencional –un buscador de evidencias del pasado- pero sí fue un magnífico intérprete de la historia, como comprobamos en El hombre eterno o Breve historia de Inglaterra.

Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.

Si hay un concepto nuclear en el pensamiento de Chesterton es el de sensatez: el día que describamos lo que GK entendía por sensatez –sanity, quizá más expresiva en inglés- tendremos sin duda que acudir a esta Introducción, recomponiéndola, pero no cabe duda que expresiones como la anterior –derribar de una patada la escalera por la que acabamos de subir– o la siguiente –tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar– revelan la inquietud que Chesterton siente ante los errores que sus contemporáneos están cometiendo y han cometido a lo largo de los siglos.

Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.

Y es que la Modernidad se afana en el progreso por el progreso, por el adelanto en sí mismo: sabemos que Freud afirmaba que era necesario ‘matar al padre’ –en sentido simbólico, lógicamente- pero ese negar la bondad de lo que nos precede nos conduce a nuestra actual orfandad y despiste. Para evitarlo, Chesterton se complicó absolutamente la vida, a través de sus empresas periodísticas: enseñó a razonar y a ver el mundo con ojos de niño, mostró que el pasado no es tan terrible como nuestros intelectuales afirman, nos señaló la sensatez y la importancia del hogar y la amistad. Fue profeta porque amaba al mundo y a los hombres. Y así, descubrió su vocación:

Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado cuando los mundanos desprecian el mundo; que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

Primer análisis de ‘La increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad’, de Chesterton

Cuanto más leo la Introducción a El Acusado, más me asombro de su profundidad. Dicen que existen textos seminales, es decir, que contienen en potencia toda la obra de un autor, y éste desde luego lo es. Abandono por ahora mi intención inicial de glosar aquí el perfil de GK como profeta para mostrar la riqueza del texto. Divido el análisis en dos entradas, que aun así serán largas, porque la única manera que se me ocurre de hacerlo es alternar comentarios a los párrafos.

La historia de Adán y Eva, por Miguel Ángel

La historia de Adán y Eva, por Miguel Ángel

En algunas mesetas infinitas como enormes planicies que hubieran cobrado alturas vertiginosas, pendientes que parecen contradecir la idea de la existencia de algo semejante al nivel y nos hacen advertir que vivimos en un planeta con un techo inclinado, encontraremos, de vez en cuando, valles enteros cubiertos de rocas sueltas y cantos rodados tan enormes como montañas rotas. Todo podría ser una creación experimental destrozada. Y a menudo es difícil creer que tales residuos cósmicos puedan haber sido reunidos más que por la mano del hombre.
La imaginación más templada y cockney ve el lugar como el escenario de alguna guerra de gigantes. Y para mí siempre se ha asociado a una idea recurrente e instintiva: el escenario de la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta mucho más gigantesco que los profetas posteriores como esos peñascos en comparación con simples guijarros. Aquel profeta habría pronunciado unas palabras –unas palabras que resultarían ignominiosas y terribles-, y el mundo, aterrorizado, lo habría enterrado bajo un desierto de piedras. El lugar sería el monumento de un antiguo terror.

El primero en hacer su aparición en escena es el Chesterton poeta, poeta en el sentido más amplio de la palabra: creador de imágenes y representaciones, que no se limita a una mera descripción del paisaje. Muy en su estilo exagerado y lleno de imaginación, ve en este planeta de techo inclinado los restos de una lapidación monumental –un antiguo terror-: la destrucción de un hombre, en un contexto de creación experimental destrozada. A través de estas expresiones poéticas, vemos ya su interpretación del mundo, que plasmará después en El hombre que fue jueves: la terrible lucha entre los seres humanos por vivir la vida, por descubrir su sentido, y que nos divide continuamente, aunque no seamos capaces de darnos cuenta de que estamos en el mismo bando.

Si continuáramos la fantasía, sin embargo, sería más difícil imaginar qué horrible anuncio o demencial representación del universo exigió aquella salvaje persecución, qué sensacional pensamiento secreto yace enterrado bajo esas piedras brutales. Pues en nuestro tiempo la blasfemia se ha desgastado. El pesimismo ahora es, evidentemente, como siempre fuera en esencia, más banal que la piedad. La irreverencia es ahora, más que afectada, meramente convencional. Maldecir a Dios es el Ejercicio 1 que figura en el manual de la poesía menor. E indudablemente no fueron esas pueriles solemnidades la causa de la lapidación de nuestro profeta imaginario en la mañana del mundo.

Ya apareció el GK sociólogo, el GK analítico y crítico con la modernidad: el desprecio a la religión, la banalidad del pesimismo, su tristeza intrínseca y generalizada… que encuentra su regusto en la maldición de lo sagrado. Pero igualmente encontramos al Chesterton más ingenioso: la verdadera causa del ajusticiamiento del poeta no pudo ser esa pueril solemnidad. Quizá esto escandalice a algunos bienpensantes tradicionales y guste a los políticamente correctos de hoy. Pero la clave de esta primera chestertonada se dirige a un pecado mucho más profundo: la incapacidad que tiene el ser humano de saber quién es y qué es lo que le rodea.

Si pesásemos el asunto en la impecable balanza de la imaginación, si tuviésemos en cuenta la verdadera pauta de la humanidad, nos parecería lo más probable que hubiera sido lapidado por decir que la hierba era verde y que los pájaros cantaban en primavera; pues desde el principio la misión de todos los profetas no ha sido tanto mostrarnos los cielos o los infiernos como, ante todo, mostrarnos la tierra. La religión ha tenido que proporcionarnos el más extraño y de mayor alcance de todos los telescopios –el telescopio a través del cual podemos ver la estrella que habitamos-. Para la mente y los ojos del hombre común, este mundo se halla tan perdido como el Edén o la Atlántida sumergida.

De pronto, Chesterton menciona la religión. Podría no hacerlo, pero es difícil encontrar un profeta sin un credo. El marxismo fue un credo: de ninguna otra forma pudo llegar a mover la voluntad de tanta gente. El laicismo antirreligioso actual actúa también como un credo: una convicción profunda con una cosmovisión que se considera en posesión de la verdad… o de la paradójica ‘absoluta imposibilidad de la verdad’, y que sólo puede existir en una sociedad postcristiana, pues como el mismo GK planteó El hombre eterno, sólo el cristianismo tuvo ese carácter militante entre las religiones antiguas. Pero me resisto a entrar en los profetas modernos…
Encontramos también ya una de sus paradojas: la religión es el telescopio a través del cual podemos ver la estrella que habitamos: es preciso irse muy lejos -ver las cosas con los ojos de Dios- para llegar a comprender nuestra propia realidad.
Sin embargo, lo más interesante es desarrollar la doble perspectiva rebelde de Chesterton: con los que no pueden soportar la religión y con los bienpensantes que tienen una idea fija de lo que ésta supone, marco estrecho que limita igualmente su pensamiento. Chesterton jamás fue conservador, al menos ni en sentido sociopolítico ni en sentido cultural: siempre fue él mismo, y tuvo la inteligencia y la valentía de reconocer el mérito de la ortodoxia sin ceñirse a lo ya establecido, sino extrayendo de la misma visiones nuevas y sugerentes.

Una extraña ley recorre la historia humana, y consiste en que los hombres siempre tienden a minusvalorar lo que les rodea, a minusvalorar su felicidad, a minusvalorarse a sí mismos. El gran pecado de la humanidad, el que la caída de Adán simboliza, es esta tendencia no a la soberbia, sino a una extraña y horrible humildad.

Y ahora nos encontramos con una nueva faceta de Chesterton, que no sé muy bien cómo calificar, si antropólogo o psicólogo (más centrado en los procesos mentales). Quizá las cosas a la vez, en este caso. Desde luego, GK irá construyendo una antropología desde el principio –basta pensar en ese otro texto esencial que es Nostalgia del hogar, anterior aún a éste. La chestertonada vuelve a hacer su aparición: tanto la cultura griega –mitos de Prometeo, de la caja de Pandora- como la cristiana –el relato de Adán y Eva- nos enseñan que el principio de nuestros males estuvo en el deseo de ser como dioses. El mundo moderno, que comienza en el Renacimiento y se expande en los siglos XIX y XX, constituye la materialización de ese afán: ser nuestros propios dueños, controlarlo todo, dominarlo todo.
Pero GK tiene el atrevimiento de sugerir que es al contrario: nuestro pecado es por exceso, sino por defecto, pues no sabemos valorar lo que nos rodea: en nuestra osadía, no somos capaces ni de valorarnos adecuadamente a nosotros mismos. Chesterton arremeterá en Ortodoxia contra el hombre que confía en sí mismo, paradigma del ser humano moderno. Nada más lejos de la realidad e incluso de su propia conveniencia, porque hay una realidad más grande FUERA de nosotros mismos que dentro, y que hemos de saber apreciar:

Este es el gran pecado, el pecado por el que el pez se olvida del mar, el buey se olvida del prado, el oficinista se olvida de la ciudad y cada hombre, al olvidar su propio entorno, en el sentido más completo y literal, se olvida a sí mismo. Este es el verdadero pecado de Adán, y se trata de un pecado espiritual. Es extraño que muchos hombres verdaderamente espirituales, como el general Gordon, se hayan pasado las horas especulando sobre la exacta ubicación del Jardín del Edén, pues lo más probable es que aún sigamos en el Edén. Sólo son nuestros ojos los que han cambiado.

A vueltas con el estilo de Chesterton

Entender, conocer, comprender. Aún más, amar. Esto es lo que  hace Chesterton con la palabra. Al leerlo, nos sentimos acompañados, comprendidos, estimados profundamente. Su lectura -además y sobre todo- tiene la cualidad feliz de elevarnos. De llevarnos más allá, desde el cuento o la anécdota a lo misterioso. Y, finalmente se nos muestra, más que un enamorado del saber, un amoroso seguidor del Creador. Por todo ello, G.K. Chesterton, disfrutando y sufriendo la belleza y, a la vez, la dureza, la impenetrabilidad e imperfección de la palabra, acomete el intento de decir, de decirse y de decirnos.

Moisés de Miguel Ángel. Domuspucelae.blogospot.com

Moisés de Miguel Ángel. Domuspucelae.blogospot.com

Es el intento humano de aprehender lo sublime. El autor es consciente de que renunciar al empeño, es cobardía, bajeza y acción ajena al buscador de la verdad. Chesterton al enfrentarse al objeto de sus textos, utiliza un registro común o estándar de lengua; si bien, pronto cae en la cuenta de la insuficiencia del mismo y en ese punto -a pesar de que el registro se encuentre adelgazado por la normativa de la composición clásica y culta- insufla a sus escritos toda suerte de figuras retóricas, más o menos cargadas de barroquismo (hiperbaton, quiasmo, anadiplosis, anáfora, paronomasia, etc.). No obstante, nuestro autor, en no pocas ocasiones, parece quedar agotado al contemplar la inexactitud de la palabra. Retomando el estilo y la pluma, Chesterton recala en aquellos desvíos formales que pretenden adentrarse en la cara oculta de la correspondencia verdad-palabra. Surge, en este momento, la lucidad de la ironía y de la paradoja. Con estos instrumentos, ¿alcanza GKC la exacta acomodación de la palabra a su referente? Pienso que no; aunque logra algo que sólo pertenece a las inteligencias altas: rompe el lugar común e insustancial, la dislocada frase hecha, el refrán zafio y, lo más notable, desalienta la estupidez.

Entonces, ¿queda nuestro autor satisfecho de la expresión literaria de sus textos? Por humildad, sí. Autocríticamente, creo que la desazón de saber que es mejorable, le lleva a entablar una lucha encarnizada contra la expresión, como fiel hijo de su tiempo. Sí, no es una lucha por la expresión (Fidelino de Figueredo), sino una lucha contra la expresión. La palabra es un material marmóreo al que hay que romper con el martillo y burilar y cincelar y lijar y pulir, para que al final el Moisés de San Pietro in Vinculis nos embelesemos con su grandiosidad y, al par, nos hable con aquella escultura inigualada que no es Moisés ni tampoco aquella pieza recogió del Sinaí las Tablas. Igual, la palabra. Aquí nos vienen a la memoria San Juan de la Cruz y Fr. Luis de León. Aquí la voz de Verlaine ante la angustia de significar, nos habla:

De la musique encore et toujours!
Que ton vers soit la chose envolée
Qu´en sent qui fuit d´une âme en allée
vers  d´autres cieux a d´autres amours.

Tras el esfuerzo me atrevo a pensar en un Chesterton orando con un verso similar al de nuestro Juan Ramón Jiménez:

Señor, dame el nombre exacto de las cosas

Perfiles de Chesterton

 GK Como me gustaria ser  GK Como soy

 Dos perfiles de GK -el real y el ideal-, por él mismo. Reproducidos en Los países de colores (Valdemar)

Tenemos la idea de ofrecer en el Chestertonblog un conjunto de perfiles de Chesterton. De momento, ha aparecido de manera más o menos elaborada el de periodista -tal como Chesterton se definió a sí mismo en numerosas ocasiones- y el de autor de aforismos. La idea sería construir una página permanente que presente esa panorámica y estén disponibles en cualquier momento a cualquier llegado al blog. 

Un perfil es una línea o conjunto de líneas que esbozan una idea: no es un retrato completo, pero permite una aproximación. Es un planteamiento similar al que propone el propio Chesterton en Esbozo de sensatez, a cuyo análisis introductorio remitimos. Cuando uno piensa en los perfiles de Chesterton, éstos se pueden dividir en claramente en dos clases bien diferenciadas.

1.- Aquellos perfiles cuya realidad no se puede negar, de la misma forma que –en el plano físico- nadie, ni siquiera él mismo –que se autocaricaturizó mil veces- podría negar que era un tipo grandote y más bien torpe de movimientos.
2.- Los perfiles que denomino ‘paradójicos’, que se refieren sobre todo a determinados perfiles académicos: filósofo, sociólogo, antropólogo, psicólogo o incluso profeta. Reunió rasgos que permitían incluirlo como tal, pero también otros muchos otros que impedían que esas señas de identidad se le ajustaran perfectamente. Si su cuerpo era grande y no cualquier prenda le sentaba bien –por eso acabó utilizando esa especie de capa española grande y generosa-, su mente era más grande todavía. Se entenderá mejor cuando describa los ejemplos que glosaremos poco a poco. 

Mi colega Ricardo Duque, profesor de Sociología en la Universidad de Sevilla, insiste siempre en que los universitarios vivimos bajo el ‘síndrome de Rumpelstinkin’ –el famoso enano saltarín-. Tiene toda la razón, porque necesitamos poner nombres a las cosas, distinguir y separar, clasificar y ordenar. Quizá no debería preocuparme tanto por este problema, y aceptar como dice Dale Ahlquist, uno de los mayores expertos: «Nunca se ha resaltado lo suficiente que Chesterton fue un pensador completo. Por esto supone tal reto para el mundo moderno. Hemos llegado a preferir el pensamiento incompleto y las cosas fragmentadas. De esa forma, no tenemos que pensar en nuestras contradicciones; por eso, no nos preocupa que nuestro trabajo contradiga nuestros ideales o que nuestras ideas políticas contradigan nuestra fe, porque mantenemos cada una de ellas en compartimentos estancos. Pero Chesterton fue verdaderamente consecuente» (GK Chesterton, El apóstol del sentido común. Voz de Papel, 2006, p.24).

Sin embargo, una cosa es considerar el pensamiento de Chesterton y otra no poder dejar de ver las múltiples facetas de su gigante figura. La tarea no es fácil, porque la realidad se resiste, es ambivalente. Nada mejor que unas palabras del propio GK en El hombre que fue jueves: a propósito he procurado que no fueran sobre él mismo, para mostrar cómo él veía a los demás: son los ‘perfiles’ de los habitantes de Saffron Park, donde comienza la novela: Aquel joven –los cabellos largos y castaños, la cara insolente- si no era un poeta, era ya un poema. Aquel anciano, aquel venerable charlatán de la barba blanca y enmarañada, del sombrero negro y desgarbado, no sería un filósofo ciertamente, pero era todo un asunto de filosofía. Aquel sujeto, científico –calva de cascarón de huevo, y el pescuezo muy flaco y largo-, claro es que no tenía derecho a los muchos humos que gastaba: no había logrado, por ejemplo, ningún descubrimiento biológico, pero ¿qué hallazgo biológico más singular que el de su interesante persona?» (El hombre que fue Jueves, Ed. El País, 2003, pp.9-10. Traducción de Alfonso Reyes).

Chesterton: la increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad

Hoy ofrecemos íntegramente la Introducción (1901) a El acusado (Espuela de Plata, 2012) en versión de Victoria León. Ayer la presentamos y los próximos días -como siempre- será analizada –primera y segunda parte-, con la particularidad de que nos permitirá configurar dos de los perfiles que hemos prometido para Chesterton, el de profeta y el de caballero defensor. Espero se me disculpe que -ante un título tan poco periodístico- me haya permitido avanzar un poco del contenido. 

En algunas mesetas infinitas como enormes planicies que hubieran cobrado alturas vertiginosas, pendientes que parecen contradecir la idea de la existencia de algo semejante al nivel y nos hacen advertir que vivimos en un planeta con un techo inclinado, encontraremos, de vez en cuando, valles enteros cubiertos de rocas sueltas y cantos rodados tan enormes como montañas rotas. Todo podría ser una creación experimental destrozada. Y a menudo es difícil creer que tales residuos cósmicos puedan haber sido reunidos más que por la mano del hombre.

La imaginación más templada y cockney ve el lugar como el escenario de alguna guerra de gigantes. Y para mí siempre se ha asociado a una idea recurrente e instintiva: el escenario de la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta mucho más gigantesco que los profetas posteriores como esos peñascos en comparación con simples guijarros. Aquel profeta habría pronunciado unas palabras –unas palabras que resultarían ignominiosas y terribles-, y el mundo, aterrorizado, lo habría enterrado bajo un desierto de piedras. El lugar sería el monumento de un antiguo terror.

Si continuáramos la fantasía, sin embargo, sería más difícil imaginar qué horrible anuncio o demencial representación del universo exigió aquella salvaje persecución, qué sensacional pensamiento secreto yace enterrado bajo esas piedras brutales. Pues en nuestro tiempo la blasfemia se ha desgastado. El pesimismo ahora es, evidentemente, como siempre fuera en esencia, más banal que la piedad. La irreverencia es ahora, más que afectada, meramente convencional. Maldecir a Dios es el Ejercicio 1 que figura en el manual de la poesía menor. E indudablemente no fueron esas pueriles solemnidades la causa de la lapidación de nuestro profeta imaginario en la mañana del mundo.

Si pesásemos el asunto en la impecable balanza de la imaginación, si tuviésemos en cuenta la verdadera pauta de la humanidad, nos parecería lo más probable que hubiera sido lapidado por decir que la hierba era verde y que los pájaros cantaban en primavera; pues desde el principio la misión de todos los profetas no ha sido tanto mostrarnos los cielos o los infiernos como, ante todo, mostrarnos la tierra.

La religión ha tenido que proporcionarnos el más extraño y de mayor alcance de todos los telescopios –el telescopio a través del cual podemos ver la estrella que habitamos-. Para la mente y los ojos del hombre común, este mundo se halla tan perdido como el Edén o la Atlántida sumergida.

Una extraña ley recorre la historia humana, y consiste en que los hombres siempre tienden a minusvalorar lo que les rodea, a minusvalorar su felicidad, a minusvalorarse a sí mismos. El gran pecado de la humanidad, el que la caída de Adán simboliza, es esta tendencia no a la soberbia, sino a una extraña y horrible humildad.

Este es el gran pecado, el pecado por el que el pez se olvida del mar, el buey se olvida del prado, el oficinista se olvida de la ciudad y cada hombre, al olvidar su propio entorno, en el sentido más completo y literal, se olvida a sí mismo. Este es el verdadero pecado de Adán, y se trata de un pecado espiritual. Es extraño que muchos hombres verdaderamente espirituales, como el general Gordon,  se hayan pasado las horas especulando sobre la exacta ubicación del Jardín del Edén, pues lo más probable es que aún sigamos en el Edén. Sólo son nuestros ojos los que han cambiado.

Suele hablarse del pesimista como de un hombre en rebelión. Pero no es así. En primer lugar, porque hace falta cierta alegría para permanecer en rebelión. Y, en segundo lugar, porque el pesimismo apela al lado más débil de cada uno, y el pesimista, por tanto, regenta un negocio tan ruidoso como el de un tabernero.

La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, el que por lo general vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como es el de convencer a los demás de lo buenos que son. Se ha demostrado más de un centenar de veces que, si verdaderamente queremos enfurecer incluso mortalmente a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios. Conviene recordar que Jesucristo no fue crucificado por nada que dijera sobre Dios, sino por el cargo de haber dicho que un hombre podía derribar y reconstruir el Templo en tres días.

Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley, han sido optimistas. Se han indignado no ante la maldad de la existencia, sino ante la lentitud de los hombres en comprender su bondad. El profeta que es lapidado no es un alborotador ni un pendenciero. Es simplemente un amante rechazado. Sufre un no correspondido amor por todas las cosas en general.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.

Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie, ni siquiera un lunático, podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno; pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo. Habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.

Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.

Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.

Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.

Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.

Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado cuando los mundanos desprecian el mundo; que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.