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Chesterton: La familia necesita un hogar

En esta entrada quiero comentar la parte restante de La casa completa, y completar así lo que escribimos ayer sobre la naturaleza humana. ¿Por qué se llama así un artículo sobre la sexualidad humana? Volvemos a ver en acción al GK sociólogo, en su mejor capacidad de relacionar cosas: porque la propiedad del hogar –el núcleo de la vida para Chesterton, como sabemos- es garantía de la vida familiar. ¿Cómo llega a esta conclusión?

Chesterton considera que el sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta.

Verdaderamente son hermosas estas palabras, una auténtica definición de familia. Chesterton reconoce que son tiempos difíciles para la familia, porque hay quien prefiere otra opción, más ‘liberal’: es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas.

Chesterton nos ofrece aquí dos maravillosas chestertonadas, esas metáforas que sólo él es capaz de imaginar: lunas de miel sin boda, puertas sin casa detrás. Es el espíritu del tiempo, reconoce, y achaca al materialismo y al propio capitalismo la crisis de la familia, es decir, la crisis de quienes se sienten liberados del sexo para ser realmente dependientes de él, porque no son capaces de construir sobre él.

Además, a nosotros nos preocupa y mucho […] no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno.

En el Chestertonblog ha aparecido numerosas veces la idea de que el capitalismo es proletarismo y nos despoja de la propiedad. Desde luego, el primer capitalismo lo fue, hasta que en el siglo XX se corrigieron algunos errores y surgió una clase media de propietarios de sus hogares, pero ahora vuelve a verse el mismo –y quizá verdadero- rostro: el drama de los desahucios que se vive en España con motivo de la crisis es una expresión perfecta de lo que quiere transmitir Chesterton, y vemos cómo las dificultades económicas afectan a las relaciones familiares, tanto como puede hacerlo la propia sexualidad. Relaciones externas –económicas, con la sociedad-, relaciones internas –sexualidad y otras relaciones afectivas y de organización- construyen la familia, en contextos siempre difíciles: No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está […] Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces.

Peleemos para que todos tengan su hogar, y recuperemos la sensatez, dispuestos los primeros a superar las dificultades que entraña la vida familiar, repitiendo las hermosas palabras de GK: adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. Es mucho lo que está en juego, también en medio de las dificultades económicas.

Chesterton: si el hombre no tiene naturaleza, rechazamos los derechos humanos, justificamos la explotación.

El primer análisis de La casa completa pasa por una reflexión sobre la naturaleza humana. Recordemos que el artículo comenzaba polemizando con H.G. Wells. Volvamos sobre el párrafo inicial y consideremos –como GK nos ha enseñado a hacer- las consecuencias, que el mismo Chesterton comienza a esbozar:

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí.

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí. Fotografía: Kame island.com

Un reciente artículo suyo en el Sunday Express dedicado a negar que el hombre exista como un tipo fijo (o, todavía más, que exista en absoluto) tiene un aspecto particular que es especialmente antagonista de la visión que ofrecemos nosotros. Es obvio, por supuesto, que la noción entera del hombre como un mero tipo de transición, disolviéndose de una figura en otra como una nube, está en contra de nuestro plan de justicia social.
Todos los seres humanos desean una sociedad humana que pueda ser un hogar; un hogar que se acomode al ser humano como un sombrero se acomoda a su cabeza. Pero no se consigue nada entrevistando a cien sombrereros, y probándose mil sombreros, si la cabeza está siempre hinchándose y retorciéndose y haciéndose diferentes figuras, como el humo al salir de una chimenea. Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago. Y no hace falta decir que quienes desean no hacer caso de las necesidades de los seres humanos estarán más que contentos al oír hablar de esa mutabilidad de sus necesidades.
El hombre que quiere alimentar a su servidor con picado de forraje estará encantado al oír que el servidor puede estar ya convirtiéndose en una criatura tan vegetariana como una vaca. El hombre que quiere alimentar a su servidor con carroña se pondrá feliz al oír que ya se está de hecho haciendo tan omnívoro como un cuervo.

El debate se enmarca en el contexto de la filosofía del siglo XIX, cuando Marx niega que exista una naturaleza permanente del hombre, y Nietzsche proclama al superhombre que se hace a sí mismo, como expresión de su voluntad de poder, frente a la moral del esclavo. Ambos planteamientos se opondrían a la filosofía clásica, particularmente aristotélico-tomista, y es interesante por el punto al que nos ha traído hoy, como ya vio agudamente nuestro autor. Veamos algunas cuestiones:

1. Si el hombre no es constante –no existe una ‘esencia humana’-, el iusnaturalismo -o derecho natural- carece de base, no sólo como categoría jurídica, sino también deja sin fundamento toda la teoría de los derechos humanos, que vendrían a ser algo meramente pactado. Por eso, se podría discrepar de ellos todo lo que se quisiera, como de hecho sucede cuando se habla de ‘derechos humanos musulmanes’: en cuestión de derechos humanos no caben etiquetas, como es lógico.

2. Si el hombre no es constante, no podremos saber qué necesita –Chesterton recurre aquí a su querida figura: la primera necesidad del ser humano es el hogar- y por tanto, en cada momento podemos proponer una cosa distinta. O dicho de otra manera, nunca sabremos qué necesita, porque siempre está cambiando de naturaleza y de necesidades. Otra cosa es que el contexto social cambie y –sobre todo en una sociedad compleja- el mundo se llene de oportunidades y de situaciones a las que habrá que aprender a hacerle frente. La idea de la esencia humana es justamente la guía precisa para discriminar esas situaciones: las que nos conducen a algún lugar verdaderamente bueno, o las que pueden acabar por destruirnos. No me resisto a repetir la chestertonada: Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago.
3. Si el hombre no es constante, unos cambian antes que otros: son efectivamente los poderosos –quienes creen serlo, simplemente por ciertas ventajas que les ha proporcionado la naturaleza o la sociedad- considerarán que evolucionan hacia una raza superior, mientras que los demás han de conformarse con lo que tienen: el forraje de la vaca, o cualquier carroña, como el cuervo. Recientes películas de ciencia ficción -distopías como Elysium o Los juegos del hambre– plantean esta cuestión, que cierra el círculo y nos lleva otra vez al punto primero de los derechos humanos.

Chesterton en ‘El acusado’: burla de las convenciones e incorrección política

Portada de 'The Defendant', de Chesterton, en la edición de 1903

‘The Defendant’, de Chesterton

Para entender a Chesterton es fundamental leer su Introducción a El acusado -The Defendant, literalmente, el demandado- que  al publicarla en el blog hemos titulado ‘La increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad’, además de comentarla en dos ocasiones: y .

Hoy añadimos a nuestra sección de estudios en castellano sobre GK el ‘Prólogo’ de Manuel Moreno Alonso, profesor de la Universidad de Sevilla, con la que se abre la edición de El acusado que publicó Espuela de Plata en 2012. Tiene dos partes: la de carácter más general es más convencional, pero la primera -centrada en la obra que prologa- tiene mucho interés, al destacar el contexto de recepción del libro. La obra apareció en 1901, pero se reeditó en 1903, con un nuevo capítulo, En defensa de una nueva edición del propio GK, que suscitó -según Moreno Alonso- “las consabidas críticas lanzadas contra su autor por su absoluta inmoralidad, al desalentar el progreso y disfrazar escándalos mediante su ofensivo optimismo. Pese a lo cual, Chesterton desenmascaró como nadie la superstición de lo progresista con el despliegue de un ingenio que algunas veces ha sido comparado con el que poseyeron de forma implacable Voltaire o Diderot para denostar las creencias tradicionales. Pues, dotado como pocos para la burla, lo mismo se burló de profetas y superhombres que de artistas de vanguardia o de teólogos de progreso. Hasta el punto de que años después, él mismo comentaría que nunca lamentó  haberse posicionado contra la pedantería de los sistemas y contra la arrogancia de los técnicos”, p.14.

Moreno Alonso –que insiste en la defensa chestertoniana del hombre corriente frente al que se considera superior- nos prepara para lo que vamos a encontrar, por tanto: “un asunto este sobre el que, en el caso presente, será el propio lector actual a quien corresponda tener en su mano el veredicto, en defensa del presente libro, un libro que en su tiempo fue acusado de escandaloso e inmoral. Y no precisamente por un pasaje bien querido de su autor –que hoy, lo mismo que ayer podemos hacer nuestro-, según el cual pueden encontrarse diamantes en el cubo de la basura. A lo que es necesario agregar una segunda parte que el autor añadió, y que igualmente tiene, cuando menos, plena actualidad: El diamante es fácil de encontrar en el cubo de la basura. Lo difícil es encontrarlo en el salón”, p.10.

Chesterton: El cristianismo es como las novelas de detectives

Aún podemos sacar más punta al texto original de GK de la semana pasada, Descifrando el acertijo, que ya hemos comentado una vez, considerando las relaciones entre el hombre y la sociedad. Una tesis principal del texto es que nuestra vida es como un acertijo, como un caso de detectives, y que mientras la filosofía contemporánea fracasa en su intento de resolver el enigma, son las religiones las que pueden dar la clave (El hombre corriente, cap.11, apdo. 06):

Juicio final en San Apolinar de Rávena. Foto: Wikipedia

Mosaico del juicio final en San Apolinar de Rávena (S.VI). Foto: Wikipedia

Aquel olvidado libro puede considerarse como modelo de toda la nueva literatura teológica. Lo malo de ella no es que pretenda establecer la paradoja de Dios, sino que se propone establecer la paradoja de Dios como una perogrullada.

Quizá sea ésta una característica del pensamiento moderno, lineal, cartesiano… pero la cosa es mucho más compleja: Podemos o no podemos ser capaces de resolver el secreto divino; pero al menos no podemos permitir que se evapore; si alguna vez llegamos a conocerlo, será algo inconfundible, matará o curará. El judaísmo, con su oscura sublimidad, decía que si un hombre viese a Dios, moriría. El cristianismo conjetura que (por una fatalidad catastrófica) si ve a Dios vivirá para siempre.

Pero suceda una u otra cosa, será algo decisivo e indudable. Un hombre puede morir después de ver a Dios; pero por lo menos no se sentirá más o menos indispuesto, ni tendrá que beber alguna medicina y llamar al médico. Si alguno de nosotros alguna vez lee el acertijo, lo leerá en brutal negro y resplandeciente blanco, exactamente igual que lo leería en una novela barata de detectives. Y si alguna vez encuentra la solución, sabremos que la solución es la correcta

Y ahora es cuando expone la curiosa comparación que da título a esta entrada del Chestertonblog:

Sin duda en todas las religiones reales ha existido esta calidad drástica y oscura. La común novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; demuestra el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se exalta será humillado.

Chesterton traspasa en estos párrafos el acertijo del destino individual para situarse en el plano cósmico, en el juicio universal, profetizado por Jesús (Juan 5, 28-29). Los seres humanos constantemente emitimos juicios: consideramos perversas a algunas personas, héroes a otras, indiferentes y vulgares a la mayoría. Pero ándese con ojo aquél que se considera ‘bueno’, porque ese día… ese día la sorpresa será brutal.

Chesterton: El lugar común como elemento de distorsión

Chesterton, nuevo Quijote, es un ‘desfacedor de entuertos’, aunque sean  lingüísticos y conduzcan a la estupidez. Son entuertos producidos por la mala intención semántica de los líderes de este mundo. Y, por ello, cuando a nuestro autor se le pone a tiro un lugar común, vestido de frase interesante al oído y el bolsillo del  individuo o clase que la utilizan, G.K.C. dispara. Destroza la frase insulsa, en pura semántica,  con la sonrisa en los labios, con razón, lentamente, casi con quietud vehemente. Es el momento en que nos sorprende, nos convence y nos deja la paz. En el capítulo XII del Esbozo de sensatez, titulado ‘La rueda del destino’, encontramos algunas frases que destacamos:
Ha llegado para quedarse.
No podemos vivir sin máquinas.
El fin comercial del trabajo de las máquinas.

Cadillac

Cadillac. Foto: Gdefon

Ha llegado para quedarse es frase estúpida muy usada por algunos o muchos progresistas ‘a la violeta’. En cuanto que el progresista, todos lo días, de forma reaccionaria, adquiere la última novedad o alcanza su inteligencia, se encuentra en ‘la cumbre de toda buena fortuna’. ¡Espíritu snob! Se hace de lo nuevo impensadamente, aunque por su perversidad, a veces, no tenga sentido el quedarse. A más de sustituir los gustos por otros, a veces también, cuando menos dudosos.

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Con juegos juegos de palabras no se juega con Chesterton. Porque acepta el envite y gana. Le sirve el análisis pragmático de la frase ‘La torre Eiffel ha llegado para quedarse’ para que G.K.C. ‘se  quede’ con el lector: con su estilo paródico desarma la maquinaria publicitaria de la frase, que tiene por objeto avalar lo novedoso, con desprecio de lo tradicional. Hagamos un inciso, para preguntarnos –a contrariis- y reflexionar sobre el aserto planteado por Marinetti (1876-1944, fundador del movimiento futurista): “Es más bello un cadillac que la Victoria de Samotracia”. Creo que no cabe discusión alguna con aquellos a los que los dos elementos de la comparación les gusta MÁS. Fin del inciso.

Es cierto que en el mundo en que vivimos, estamos -más que menos- supeditados a las máquinas. Pero llegar a afirmar que No podemos vivir sin las máquinas, como dicen los jóvenes y desde el punto de vista antropológico, es una ‘pasada’. A dicha frase, con Chesterton, podemos contraponer todas aquellas que pueden derivar de la obligación que tiene el hombre de ser feliz. Dice Chesterton: La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta y marchar a pie si le agrada más. Aún así, su sentido de la realidad -algo reñido con el concepto al uso de utopía- al afirmar que La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro, nos aconseja que no nos compliquemos la vida con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que las máquinas.

Y como no, la frase eufemística: El fin comercial del trabajo de las máquinas, para obviar hablar de los rendimientos y ganancias y plusvalías, etc. Rendimientos mensurables pecuniariamente y que no comparten ni reparten los propietarios de aquellas. Pues, en caso contrario se anularía esa diosecilla muy venerada por muchos propietarios: la concentración.

En fin, convenzámonos tras estas ‘logomaquias’ de que nuestro hablar sea sí,sí; no, no. Y en ese momento, se habrá evitado el regodeo insano del tabú, y nos habremos alejado de los melindres y el almibaramiento pueril del merodeo, del rodeo que no ataja la realidad o, lo que es peor, la verdad.

Hombre y sociedad en ‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton.

El ensayo que hemos publicado este fin de semana expresa de una manera estupenda una doble realidad en las habilidades de GK:
-su comprensión de las relaciones existentes entre el hombre y la sociedad
-su justa combinación entre sociología y psicología.
Cuando planteo las relaciones entre el hombre y la sociedad quiero expresar que los hombres somos hijos de nuestro tiempo y estamos sometidos a sus vicisitudes. Esto es un lugar común, de lo que se trata –lógicamente- es ver cómo lo plantea Chesterton: Primero el problema de fondo:

Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa  (09).

Pero resulta que este tema ha perdido el interés de la gente: Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés (04). Chesterton proporciona dos explicaciones sociales a los comportamientos individuales:

La primera es que un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa (05). Es una explicación social, porque el pensamiento moderno es débil y poco profundo: todos pretenden –como el autor de ‘El gran problema resuelto’ (el libro que constituye el pretexto del ensayo), tener la solución de la vida, por lo que cada uno enmienda la plana al anterior: para los intelectuales es un juego entretenido -y muchos hasta viven de eso-, pero obviamente no llega a ninguna parte.

La segunda explicación tiene también lo que los sociólogos llamamos ‘carácter estructural’: No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora (09).

La vida individual en este ambiente –otra palabra muy querida a nuestro GK sociólogo- es obvia: los que compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, […] lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo (05).

Chesterton siempre tiene fe en el ser humano.

Chesterton: el origen cuestionado de todo progreso

Tras las reflexiones sobre Civilización y progreso, quizá vale la pena dedicar una entrada a recordar que Chesterton, en el capítulo 7º de Ortodoxia, reflexiona sobre su visión del progreso. Exponerlo todo nos haría extendernos demasiado, pero no puedo resistir traer algunos fragmentos que nos ayuden a conocer mejor su pensamiento. Es interesante fijarse en el lenguaje, porque aparentemente GK va a contradecir lo que afirma en el ensayo mencionado (el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple, 01). Exige además una cierta comprensión del lenguaje de la Biblia –hoy cosa cada vez más rara, especialmente entre la gente joven- y dice así:

Esta es la segunda condición que exigimos en el ideal del progreso. Primera, ha de ser fijo; segunda, ha de ser complejo. No podría satisfacer nuestra alma siendo una mera absorción de todas las cosas por una sola cosa, llámese amor, orgullo, paz o aventura. Ha de ser una composición de todos estos matices, según su mayor eficacia.
No se trata por ahora de saber si tal realización está reservada a los hombres. Pero si tal fórmula nos es necesaria, convengamos en que tiene que ser producto de una mente personal, porque sólo una mente lograría adecuar las proporciones de ese compuesto en que consiste la felicidad. Si la beatificación del mundo ha de ser un mero producto natural, entonces se resolverá en un proceso tan simple como la congelación o el incendio del mundo. Pero si es una obra de arte entonces presupone un artista.
Y al llegar aquí, oigo que la consabida voz dice nuevamente a mi oído: “Si hubieras querido atenderme, yo te hubiera dicho todo eso desde hace mucho tiempo. Si hay algún progreso posible, es el que yo concibo: el progreso hacia una ciudad de virtudes y dominaciones
[que son diversas clases de ángeles], donde la rectitud y la paz arrojan a los unos en brazos de los otros. Una fuerza impersonal sólo os llevaría a la desconsolada llanura o a la cima vertiginosa; pero sólo el Dios personal puede llevaros –si es que hay que llevaros a alguna parte- a la ciudad de justas medidas y trazas, donde cada uno contribuya, según la exacta eficacia de su matiz personal, a urdir el tornasolado manto de José” [Hay dos patriarcas llamados José en la Biblia: uno de los hijos de Jacob -que fue un alto gobernante en Egipto- y San José, esposo de María, la madre de Jesús].

El progreso –el de todos los habitantes de nuestra Tierra, no sólo el de los occidentales- ha de venir como consecuencia de un ideal común, que sea a su vez consecuencia de un reconocimiento de nuestra igual naturaleza: el viejo ideal revolucionario de la fraternidad sólo puede hacerse realidad –paradójicamente- aceptando la realidad de un Dios (pura simplicidad) que –estando por encima de todos- nos iguala a todos y nos prepara y propone un ideal de felicidad como el que describe Chesterton.
Sin embargo, hablar hoy de Dios en la vida pública –más que políticamente incorrecto- es un auténtico tabú: hemos preferido el ut si Deus non daretur –como si Dios no existiera-, considerando su aceptación ‘exclusivamente’ como una creencia privada.
Lo que vemos, sin embargo, es que ni la razón –convertida en débil y postmoderna-, ni el Estado –controlado por los políticos y sus partidos (mejor no hablar…)- ni el sistema mundial de Estados –en permanente equilibrio inestable, porque todos pretenden la hegemonía o la posición más ventajosa- tienen fuerza suficiente para garantizar ni un ideal ni una realidad acorde con la verdadera dignidad de todos los seres humanos. Es el resultado de la ‘fe moderna’ en el progreso, que con palabras de Chesterton, no es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte (05). Lo estamos comprobando, pero lo más probable es que aún tardemos siglos en reaccionar.

Análisis de ‘Civilización y progreso’, de Chesterton: interpretaciones de la historia

En el ensayo Civilización y progreso se advierte bien el pensamiento y el método de Chesterton. Para analizarlo, destacaré primero algunas palabras del texto, de esas que podrían convertirse en frases lapidarias o citas hologramáticas de Chesterton. Como siempre, entre paréntesis, el párrafo al que corresponden.

El progreso milenario, de Martin Elfman

La ilustración El progreso milenario, de Martin Elfman coincide con el diagnóstico de Chesterton

-El progreso, en el único sentido útil para la gente sensata, equivale sólo a un éxito humano, y es evidente que el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple (01).
-El verdadero genio técnico triunfa cuando logra hacerse innecesario. Sólo el charlatán trata de volverse indispensable (01).
-Dije que la civilización era la capacidad de volver a la normalidad. […] La civilización es aquello que puede ser tan simple como se quiera sin perder la civilización y que puede ser tan civilizado como le plazca sin perder la simplicidad (05).
-No alcanzamos a entender que incluso los atajos deberían llevarnos a la carretera principal (06).

En estas frases encontramos a un Chesterton que rechaza tanto las sofisterías del discurso socio-político –e incluso intelectual- como las complejidades de la sociedad moderna. Pero estas complejidades han sido interpretadas de dos maneras principales en la modernidad. Casi se diría que la historia humana bascula entre dos tipos de concepciones. La primera se asocia a esas épocas en las que parece que las cosas van solas, según una tendencia de progreso, como las épocas de desarrollo, crecimiento y prosperidad, y que algunos –como hace Spencer, influidos por la teoría de la evolución– aprovechan para ‘confirmar’ un progreso ineludible. Chesterton critica esta postura: No es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte (05).

Y la prueba es que estos períodos históricos alternan con otros en los que las cosas andan revueltas y se diría que impera la ley del más fuerte –sea capitalista o imperialista-como ocurrió durante el colonialismo, la primera Gran Guerra, la II Guerra Mundial, y probablemente también ahora, estos tiempos en los que el mundo se reordena tras la guerra fría y la caída del comunismo soviético.
Pero Chesterton se rebela contra ambas posturas. Como estamos viendo en Esbozo de sensatez, GK está convencido de que podemos acercarnos a un ideal, porque la verdadera civilización no es un desarrollo, es una decisión (05). Y esa decisión tiene que basarse en determinados criterios orientados al bien común, perspectiva hoy secundaria frente a la del bienestar individual: atomización individualista de sujetos que buscan su bien particular, pero que acaba por conducir a la dominación del fuerte.

El estilo ‘tramposo’ de Chesterton

Queremos aprender a pensar como Chesterton. Pero cuando nos enfrentamos a su método, nos damos cuenta que hay unas cuestiones relativas al fondo y otras a la forma. Yo considero que la clave de su pensamiento está en las primeras, pero las segundas, las que se refieren al estilo, forman parte de su idiosincrasia y son sin duda una parte grandísima de la gracia y disfrute de leerlo y, en mi opinión, inimitables. En mis entradas en el blog, procuro destacar las primeras, pero la familiaridad va haciendo que encuentre algunos detalles de su estilo, nuevas categorías para el género ‘chestertonadas’.

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios. Foto: Valedeoro.es

Hoy voy a hablar de un rasgo –que junto a ironías y paradojas- es muy típico suyo, una especie de trampa o lazo que nos tiende a veces. Como sabemos, uno de sus rasgos esenciales es su imaginación portentosa para poner ejemplos y ayudar a comprender lo que nos quiere transmitir. Chesterton tiene el don de relacionar cosas que nadie ve. Y aquí viene mi pequeño descubrimiento: a veces, después de establecer algunos paralelismos, nos dice que no quiere relacionarlos en absoluto… tomándonos literalmente el pelo. Da la casualidad que este recurso ha aparecido en los dos últimos textos que hemos publicado completos.

El primero aparecía en Civilización y progreso, donde critica el concepto de Spencer (1820-1903) -meramente formal- de que el progreso es ir de lo simple a lo complejo. Y uno de los ejemplos que pone para mostrar su error es precisamente ‘el pelo’:

El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística. Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados  (Cómo escribir relatos policíacos, 06-02).

Mi interpretación es la siguiente –y animo a cualquiera a rebatirla o discutirla. El pelo peinado es más sencillo de ver y de ‘entender’: es el progreso, una evidencia más contra la tesis de Spencer, de que lo complejo es el progreso. Pero como GK ha puesto el ejemplo estético, se le vienen a la cabeza el Partenón y la catedral de Ruán: aquí Chesterton casi cae en su propia trampa, porque para él, el mundo cristiano es un avance frente al pagano, y por tanto la catedral debería ser más sencilla, lo que no ocurre. Por eso, trata de salir como puede, haciendo referencia a la vida sencilla y rutinaria del hombre de ciudad (aunque confieso que no llego a captar la comparación con los malvados: sólo se me ocurre que sus enemigos -‘políticos y capitalistas’- viven también en la ciudad).

El segundo ejemplo procede del texto La Mujer. El contexto es la crítica a una propuesta ‘socialistoide’ de comedores comunales para ahorrar trabajo doméstico a las mujeres:

Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse. No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda (All things considered, 12-02).

Aquí la broma le sale perfecta. Y como siempre, GK la utiliza como el ‘cazador de mitos’ que es: no vale decir que algo está pasando, o que ‘hay una tendencia hacia’: hay que investigar, hay que pensar y justificar, conocer las razones de la modas, para saber si nos convienen o no. La comida rápida, la preparada o semi-preparada, comer fuera es el problema de fondo. ¿Cuál es la causa? ¿Nos conviene o no? ¿Somos capaces de pensar las razones de nuestro comportamiento, e incluso estar dispuestos a actuar alternativamente?

Como conclusión –quizá por una casi macabra casualidad- podríamos unir los dos textos: la vida en la ciudad es cada vez menos sencilla, y las prisas nos obligan a hábitos que ni nos gustan ni son saludables. ¿Es eso civilización? ¿Es eso progreso?

Chesterton: ‘La felicidad es un maestro duro’

Volvemos hoy a comentar algunos párrafos de Esbozo de sentatez (‘La rueda del destino‘, 12-05), con la peculiaridad de hallar a un Chesterton que habla de la felicidad, cuestión que raramente aborda de manera directa. El contexto general –como todo el libro- es la organización socio-económica de nuestra vida, y en particular, la reflexión sobre las máquinas:

La meta de la política humana es la felicidad humana. Para los que tienen ciertas creencias, está condicionada por la esperanza de una felicidad mayor, que aquélla no debe poner en peligro. Pero la felicidad, la alegría del corazón del hombre, es la prueba secular y la prueba real. […] No hay ley lógica ni natural ni ninguna otra que nos obligue a preferir otra cosa.

En esto estamos todos de acuerdo, pero en seguida Chesterton alza su voz contra la tendencia dominante: No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices.

La idea de fondo es que el maquinismo conlleva desarrollismo y éste, el afán por tener más, por llegar antes, más lejos y mejor. Chesterton nos advierte de que es un espejismo, y que estar sometidos al mundo industrial -como hemos recogido ya antes en varias entradas- puede ser una maldición, aunque sea una maldición maravillosa, práctica y productiva.

El aviso de Chesterton puede parecer exagerado, pero en 1980, los psicolingüístas Lakoff y Johnson, plantearon en Metaphors we live by, ‘metáforas por las que vivimos’ (edición española Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, 1986) que el lenguaje cotidiano está cargado de esos adverbios -antes, más mejor- que introducen tensiones en nuestra vida: un sentido de la competencia entre las personas y entre nosotros mismos que no sólo dificultan la comprensión de la realidad, sino que la encaminan en una determinada dirección. Si lo pensamos bien, igual que las máquinas, cada vez que recibimos un mensaje con un ‘sé feliz’ o ‘disfruta más de la vida’, en cierto modo aplica el mismo principio de la productividad a una faceta de nuestra vida, cuando la felicidad es en realidad una consecuencia del resto de nuestras actividades, y no un acto voluntario: no hay nadie más infeliz que el que continuamente cuestiona su felicidad. (Paradoja: la causa de esta reflexión sobre la felicidad es el deseo de que seamos más felices…)

La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no hay obligación de ir más deprisa. […] La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro. Nos dice que no nos compliquemos con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que la máquina.

Sin embargo, las categorías de nuestra sociedad se han vuelto cuantitativas, lo que significa que –desde arriba, tanto política como económicamente- todo se mide según las reglas del antes, más y mejor, expresadas en crecimiento económico, PIB y renta per cápita, haciendo fines de lo que sólo son medios. A Chesterton, nuevamente, no le importa ir contracorriente: Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los hacemos más pobres, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas -en el sentido de cambiarles simplemente la vida- sin incrementarles su gusto por ella (Esbozo de sensatez, 12-06).