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Más punta a ‘Ciencia y religión’, del rebelde Chesterton

El texto que publicábamos entero el otro día era tan rico que un primer análisis ya ocupaba el espacio de una entrada. Nos queda la parte más interesante, en mi opinión, en la que GK critica el limitado alcance que la ciencia puede llegar a tener en el conjunto de creencias de una persona, por lo que enuncia un principio general: Un hombre puede ser cristiano hasta el fin del mundo por la simple razón que un hombre podría haber sido ateo desde el principio del mundo.

Han existido ateos –de manera reducida, ciertamente- en todas las sociedades, mayoritariamente religiosas. Lo que a GK le llama profundamente la atención es que mucha gente de hoy se dedique a proclamar la no-existencia de Dios basándose precisamente en el conocimiento científico, que está ligado a la materia.

Para empezar, Chesterton se reconoce claramente materialista, si por tal se entiende que vivimos en la materia, que somos materia: El materialismo de las cosas está claramente en ellas, no se requiere nada de ciencia para encontrarlo. La ciencia investiga para conocer mejor los procesos, pero Chesterton se asombra de la capacidad de algunos ‘científicos’ para traspasar su ámbito propio: Un hombre que ha vivido y amado muere y los gusanos lo devoran. Eso es materialismo, si gustan. Eso es ateísmo, si gustan. Si la humanidad ha tenido fe a pesar de eso, puede creer a pesar de cualquier cosa. Pero por qué los hombres pierden aun más la esperanza al conocer los nombres de los gusanos que los devoran o los nombres de las partes que se comen… es difícil descubrirlo para una mente reflexiva.

Y plantea algunas preguntas, con su fina ironía y buen humor habitual: ¿Qué quieren decir las personas cuando dicen que la ciencia ha alterado su perspectiva del pecado? ¿Qué tipo de punto de vista del pecado podían haber tenido antes de que la ciencia lo alterara? ¿Acaso pensaban que era algo para comer? Cuando la gente dice que la ciencia ha sacudido su fe en la inmortalidad, ¿qué quieren decir? ¿Pensaban que la inmortalidad era un gas? Por supuesto que la verdad es que la ciencia no ha introducido principio nuevo alguno al asunto.

Chesterton es consciente del cambio de planteamiento vital de muchas personas y que ese cambio se achaca a la ciencia, pero sabe que en realidad está en otro lugar. Hay que buscar por otros derroteros, menos relacionados con las ‘demostraciones científicas’ y más con los ‘postulados’ del mundo moderno, que henchidos de optimismo, conducen al más triste pesimismo, como él experimentó personalmente. Los argumentos se desarrollan en Ortodoxia, Herejes, El hombre eterno... Con un poco de tiempo, iremos montándolos en el Chestertonblog.

Hoy sí terminamos con unas palabras de GK y su agudo sentido crítico: para la persona que conserva la sensatez –el sentido común- las cosas están claras y la ciencia no crea ningún problema, la cosa es más bien al revés. Y ojo a estas palabras, porque con ellas el rebelde Chesterton abandera a quienes no queremos reducirnos a un montón de polvo: Mi objeción principal a estos revolucionarios semi-científicos es que no son revolucionarios en absoluto. Son el partido de la obviedad. No sacuden a la religión: parece que la religión los sacude a ellos. Sólo pueden responder la gran paradoja repitiendo una perogrullada.

Así piensa y escribe Chesterton: aprende su método

Desde el principio del Chestertonblog ha existido una etiqueta llamada Método de GK, porque si uno quiere aprender a pensar cómo él, tiene que fijarse en cómo lo hacía, más allá de llamar a Chesterton ‘maestro de la paradoja’, pues realmente llega mucho más lejos que las frases brillantes. Los primeros párrafos del cap.12 de Esbozo de sensatez‘La rueda del destino’– constituyen un ejemplo perfecto: de su forma de ver lo que no ve nadie en la forma de hablar y en sus consecuencias; de argumentar y poner ejemplos; de relacionar los hechos actuales con el pasado; y de volver a insistir en que lo importante son los fines, porque las personas podemos decidir y actuar de muchas formas. Éste es el resumen. Si quieres, deja de leer aquí.

¿La rueda del destino gira sin parar? Freepic.es

La rueda del destino, ¿gira sin parar en la misma dirección? Freepic.es

Pero si quieres disfrutar… continúa leyendo. El capítulo se denomina La rueda del destino, y sale sobre todo al paso de aquellos intelectuales y poderosos que no veían otro camino que el capitalismo tal como se estaba configurando en su tiempo… es decir, lo que tenemos hoy, más o menos. Chesterton discute en este capítulo la primacía de la máquina sobre el ser humano –las máquinas nos hacen muy eficientes, pero polarizan el comportamiento de los hombres y los hacen de dos clases: los más listos las diseñan y hacen funcionar, mientras que otros son meros operarios que hacen lo que la máquina no puede… hasta que se encuentra la forma de sustituirlos. Aunque es largo, el fragmento es tan bueno (párrafos 01-04), que no voy a interrumpir al maestro para resaltar los detalles, así que lo dejo tal cual, aunque separo en subpárrafos para facilitar la lectura –como siempre- y subrayo lo que considero las claves:

El mal que nos esforzamos en destruir se esconde por los rincones, especialmente en forma de frases equívocas en cuyo engaño pueden caer fácilmente hasta las personas inteligentes. Una frase que podemos oír a cualquiera en cualquier momento es aquella de que tal institución moderna ‘ha llegado para quedarse’. Estas metáforas a medias son las que llevan a convertirnos a todos en imbéciles. ¿Cuál es el significado preciso de la afirmación de que la máquina de vapor o el aparato de radiocomunicación han llegado para quedarse? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la torre Eiffel ha llegado para quedarse?
Para empezar, es evidente que no queremos decir lo que decimos cuando usamos las palabras con naturalidad, como en la expresión ‘el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Esa última oración puede pronunciarse en tono alegre, o de resignación, o hasta de desesperación, pero no de desesperación en el sentido de que el tío Humphrey sea en realidad un monumento que nunca podrá ser movido de su sitio. El tío Humphrey llegó, y es probable que se vaya dentro de un tiempo; incluso es posible (por doloroso que pueda ser imaginar tales relaciones domésticas) que el último recurso sea hacer que se vaya.
El hecho de que la metáfora se quiebre, aparte de la realidad que se supone que representa, muestra con cuánta vaguedad se usan estas palabras engañosas. Pero cuando decirnos ‘la torre Eiffel ha llegado para quedarse’ somos todavía más inexactos. Porque, para empezar, la torre Eiffel no ha llegado en absoluto. En ningún momento se vio a la torre Eiffel caminando a grandes zancadas, con sus largas patas de hierro, en dirección a París a través de las llanuras de Francia, como aquel gigante de la célebre pesadilla de Rabelais que cayó sobre París para llevarse las campanas de Notre Dame. La silueta del tío Humphrey que se ve venir por el camino posiblemente produzca tanto terror como cualquier torre andante o cualquier descomunal gigante, y probablemente la pregunta que asaltará a todos será si vendrá a quedarse. Pero haya llegado o no para quedarse, lo cierto es que ha llegado. Ha hecho un acto de voluntad, ha empujado o precipitado su cuerpo en determinada dirección, ha agitado sus propias piernas y hasta es posible (porque todos conocemos al tío Humphrey) que haya insistido en llevar él mismo su maleta, para demostrar a esos perros jóvenes y haraganes que todavía puede hacerlo a los setenta y tres años.
Supongamos que lo que realmente hubiera sucedido fuera algo así: algo como un cuento terrorífico de Hawthorne o Poe. Supongamos que nosotros mismos hubiéramos fabricado al tío Humphrey; que lo hubiéramos construido, pedazo a pedazo, como un muñeco mecánico. Supongamos que en determinado momento hubiéramos sentido tan ardiente necesidad de un tío en nuestra vida hogareña que lo hubiésemos fabricado con materiales domésticos. Tomando, por ejemplo, un nabo de la huerta para representar su cabeza calva y venerable, haciendo que un tonel sugiriese las líneas de su cuerpo; rellenando unos pantalones y atándole un par de zapatos, hubiéramos creado un tío completo y convincente, del que podría enorgullecerse cualquier familia. En tales condiciones sería bastante gracioso decir, en el mero sentido social y como una especie de fino embuste: ‘El tío Humphrey ha llegado para quedarse’.
Pero si luego halláramos que el pariente simulado se convertía en una molestia, o que sus materiales se necesitaban para otros fines, seguramente sería muy extraordinario que se nos prohibiera volver a hacerlo pedazos, y que todo esfuerzo dirigido a tal cosa chocara con una respuesta firme: ‘No, no; el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Seguramente nos sentiríamos tentados de responder que el tío Humphrey jamás había venido. Supongamos que se necesitaran todos los nabos para el sostenimiento del hogar campesino. Supongamos que se necesitaran los toneles, esperemos que para llenarlos de cerveza. Supongamos que los varones de la familia se negaran a seguir prestando los pantalones a un pariente completamente imaginario. Es seguro que entonces veríamos el juego del fino embuste que nos llevó a hablar como si el tío Humphrey hubiera ‘llegado’, es decir hubiera llegado con alguna intención, hubiera permanecido con algún propósito y todo lo demás. Esa cosa que hicimos no llegó, y desde luego que no llegó para algo: ni para quedarse ni para irse.
No hay duda de que ahora la mayoría de la gente, incluso en la lógica ciudad de París, diría que la torre Eiffel ha llegado para quedarse. Y sin duda la mayoría de la gente de esa misma ciudad hace algo más de cien años hubiera dicho que la Bastilla había llegado para quedarse. Pero no quedó; abandonó las inmediaciones de forma totalmente repentina. Dicho llanamente, la Bastilla era cosa hecha por el hombre y por lo tanto el hombre podía deshacerla. La torre Eiffel es algo que ha hecho el hombre y que el hombre puede deshacer; aunque quizá podamos considerar probable que transcurra cierto tiempo antes de que el hombre tenga el buen gusto o la cordura de deshacerla.
Pero esta sola frasecita sobre la cosa que ‘llega’ es de suyo suficiente para mostrar algo profundamente erróneo en el funcionamiento de las inteligencias humanas con respecto a este asunto. Es evidente que el hombre debería estar diciendo: ‘He hecho una pila eléctrica. ¿La despedazaré o haré otra?’. En vez de eso, parece estar hechizado por una suerte de magia y se queda contemplando la cosa como si fuera un dragón de siete cabezas; y sólo puede decir: ‘La pila ha llegado. ¿Vendrá a quedarse?’.
Antes de iniciar un discurso sobre el problema práctico de la maquinaria es menester dejar de pensar como máquinas. Es necesario empezar por el principio y considerar el final. Ahora bien, no queremos destruir necesariamente toda especie de maquinaria, pero sí queremos destruir determinada especie de mentalidad. Y es precisamente esa especie de mentalidad que empieza por decirnos que nadie puede destruir la máquina. Aquellos que empiezan diciendo que no podemos abolir la máquina, que debemos usarla, rehúsan usar la inteligencia.

Spoiler:

Sólo repaso los puntos principales:
1.- Los errores se camuflan en el lenguaje: hay que desarrollar una especial sensibilidad para captar los errores del mundo moderno, porque están en el ambiente.
2.- Las ‘medias metáforas’ –frases equívocas– nos hacen pensar erróneamente, sin llegar a darnos cuenta de lo que está en juego… hasta que se naturaliza: La naturalización de nuestras creaciones nos fascina y es un lugar común en la sociología: Marx –entre otros ejemplos- habló del fetichismo de la mercancía; Max Weber se refirió a la jaula de hierro en la que nosotros mismos nos habíamos encarcelado. Pero es difícil percibir esto para la mayoría…
3.- Los ejemplos de la vida cotidiana –el tío Humphrey- o de la historia –la torre Eiffel, la Bastilla- son de lo más característico de su estilo. A mí, personalmente, unas veces me hacen reír y otras me dejan agotado… Pero ojo: son un elemento esencial en su método: la comparación: a veces culta -Poe o Hawthorne- o popular -¡ay el tío Humphrey!- pero siempre es consciente de que debe mostrar otros referentes para hacernos pensar.
4. Es necesario empezar por el principio y considerar el final: Chesterton insiste en esto una y otra vez: atiende al conjunto, no te quedes a medias en los argumentos o en los actos: llega hasta el final.
5. Y la conclusión en este caso –que la gente parece olvidar- es que falta reflexión sobre el sentido de las máquinas: capitalistas, políticos e intelectuales carecen de verdadero sentido común, porque no son capaces de llegar hasta el final: lo que ya hemos descrito.
6. El gigante contra el que afirma luchar es mucho peor que un gigante de carne y hueso, porque es un problema de mentalidad generalizada, de aceptación de lo que hay. Más o menos interesadamente, nadie parece advertir lo que hay tras el lenguaje y en el ambiente: porque lo que es creación humana, puede modificarse, si nos conviene. A quién conviene pensar y cambiar es otro problema: a eso dedica el resto del libro.

¿Este es el método del maestro de la paradoja? Pues yo la veo ahí: es otro ejemplo del pensar a medias, y con etiquetas.

Destripando ‘Ciencia y religión’ de Chesterton

Como siempre, comentamos los textos de GK que publicamos -ayer fue Ciencia y religión– para sacarle algo más del jugo posible. No hace falta decir Chesterton es un gran partidario de la ciencia, pero no podía sufrir la mala ciencia, porque implica un mal razonamiento, una mala lógica, de la que el libro que critica parece estar plagado.

Para empezar, no sé si a alguien más le habrá llamado la atención eso de que la ciencia es como una simple suma: o es infalible o es falsa. Por supuesto, no está hablando de matemáticas, las únicas ciencias exactas. Lo que yo entiendo –y puedo muy bien estar equivocado- es que la ciencia no es un conocimiento teórico, sin más, sino que acaba siendo práctico, al aplicarlo. De hecho, buena parte del debate teórico de la postmodernidad está basado en la posibilidad o no de justificar la ciencia: hemos oído hablar del teorema de incompletitud de Gödel y de los sistemas autorreferenciales y otros territorios pantanosos para mí, de los que sólo sé decir que al final el conocimiento científico está siempre entre paréntesis, es decir, aceptado mientras no se demuestre que es falso. Lo asombroso de esto es que el propio Chesterton se plantea estas cuestiones en el capítulo 3º o 4º de Ortodoxia, cuestiones que tienen que ver con el falsacionismo de Popper y… bueno, ya me voy otra vez. Al final, la ciencia aceptada es la que funciona en forma de técnica, y punto. Ojalá alguien pueda arrojar más luz y más claridad sobre este asunto. Aquí me paro.

Otro punto a destacar se refiere a la religión de la que cada uno habla: quizá alguna religión bestial y oscura en la que fueron criados y de la que yo ni siquiera he escuchado, o deben estar hablando de alguna radiante y cegadora visión de Dios que han encontrado, de la que no he oído. Porque resulta que la experiencia de cada uno con la religión es tan variada, y lo que entendemos por ella tan diverso, que alguna vez he estado de acuerdo con la postura de personas antirreligiosas cuando me han explicado cómo entienden o cómo han vivido ellos la religión. Hoy se lleva criticar al cristianismo –que no al Islam- sin tener la más mínima idea del mismo, ni de los gigantes que lo han construido, como si fueran inventos novelísticos. El problema se hace más agudo por tanto, porque la gente cree que sabe de lo que habla.

Los autores del libro que GK critica parecen estar obsesionados con la culpa: existe una visión antropológica que insiste en que el cristianismo gira en torno a la culpa. Otras teorías –de Rousseau a Freud, pasando por Nietzsche- serían más ‘amigables’ con el ser humano. Son los que viven del dogma de ‘una elevación incesante en la escala del ser’ para el hombre. Pero no hace falta recordar los desastres del siglo XX para demostrar la existencia del mal en el corazón humano: todos tenemos la experiencia de la maldad en nuestro interior… o somos medio idiotas.

Antifragil portada

Otro tema interesante del texto –que será recurrente en el desarrollo de la primera parte de El hombre eterno, es el de la ‘ausencia de pruebas como prueba de ausencia’: Porque la ciencia no ha encontrado algo que obviamente no podía encontrar, entonces algo completamente diferente –el sentido psicológico del mal- es falso. Uno de mis escritores favoritos, Nassim Nicholas Taleb –famoso por El cisne negro-, insiste en esto en su último libro, Antifrágil. No he encontrado referencias a Chesterton en Taleb, pero estoy seguro de que se llevarían bien, porque ambos son muy críticos e irónicos con la casta intelectual dominante y el conocimiento que generan, en lugar de la sabiduría popular.

Más cosas, para otro día.

¿Escribió Chesterton sobre el aborto? Un argumento original

Realmente, no lo sé. No he leído todo lo que GK escribió, y si en algún momento leí algo al respecto, no lo recuerdo. Pero me parece que la actualidad del tema en España bien merece una reflexión chestertoniana. No sería coherente, sabiendo que Chesterton siempre se involucró en las cuestiones de su tiempo.

Desde luego, la cuestión del aborto no era un tema de actualidad en la época de Chesterton. Así que me he dirigido a un libro –que aún no hemos podido tratar en el Chestertonblog- que GK dedicó a una cuestión muy próxima y que tuvo su momento candente en los años 20 del siglo XX:  La eugenesia y otras desgracias, publicada por Espuela de Plata en 2012, de la que ofrecemos la recensión de Bienvenidos a la fiesta. Como sabemos, la eugenesia es un conjunto teorías y de prácticas orientadas a la mejora de la especie humana, que desecha a los individuos de menor ‘calidad’, despreciando su dignidad. Difundida a finales del siglo XIX y justificada científicamente por la teoría de la evolución, Estados Unidos y Suecia tuvieron leyes avanzadas que por fortuna fueron pronto abolidas. La intervención de Chesterton y sus colegas hicieron que las leyes británicas fueran las más moderadas del entorno.

Pues bien, en ese libro he encontrado una reflexión  que además nos ayuda a comprender mejor el problema: El que no ama a su esposa a quien ve, ¿cómo podrá amar al hijo a quien no ha visto? (p.115). Y entonces he acudido al Instituto Nacional de Estadística español y he encontrado unos datos suficientemente expresivos de la realidad actual que -más allá de la permisividad de las leyes- se mueve a razón de 100.000 rupturas anuales desde hace mucho tiempo:

Grafico evolucion divorcio en España 2002-2011

Como otras veces, la agudeza sociológica de Chesterton -su capacidad de establecer relaciones entre cuestiones que no son directamente evidentes para la mayoría- da en el clavo de lleno, ayudando a comprender el fenómeno actual.

La divertida crítica de Chesterton a tecnócratas y urbanistas

Limehouse en la actualidad

Limehouse en la actualidad

Seguimos trabajando en el Club Chesterton de Granada la obra Esbozo de sensatez, sobre la propuesta distributista. La propiedad repartida –los medios de producción distribuidos- implicaría que más gente viviría en el campo, aspecto al que Chesterton dedica varios capítulos del libro, lo que implica mostrar cierto contraste con las ciudades. Su crítica incluye un fuerte ataque a los planificadores urbanos que deciden que la gente –que llegaba entonces en masa desde el campo- debía instalarse en alojamientos verticales con características prediseñadas. Leer el fragmento de la crítica a lo que entonces se hizo en Limehouse –hoy un barrio del East End de Londres- es un disfrute, por la grandísima ironía que GK despliega en el texto. Pero es además un ataque a los planificadores tecnocráticos, que no supieron valorar que la gente necesitaba elementos que mantuvieran vínculos con el campo del que provenían… y, según GK, al que podrían volver si se dieran las condiciones adecuadas:

La disputa sobre los arrabales de Limehouse  era el modelo de guía del problema… si es que podemos llamar modelo de guía a algo que no guía y sobre lo cual sólo un loco modelaría algo.
Los habitantes de los barrios bajos dicen verdadera y decididamente que prefieren sus casuchas a los bloques de apartamentos que se les proporcionan como alternativa de las casuchas. Y las prefieren, se afirma, porque las casas viejas tenían al fondo corrales donde podían dedicarse «a sus hobbies de pájaros y a la cría de gallinas». Cuando se les ofrecieron otras oportunidades, sobre un plan de asignación, tuvieron la espantosa depravación de decir que les gustaba tener cercas alrededor de sus corrales privados. Tan terrible y abrumador es el torrente rojo del comunismo cuando entra en ebullición en los cerebros de las clases trabajadoras.
Desde luego, es concebible que sea necesario, durante alguna convulsión violenta, que las casas de la gente se apilen una sobre otra en forma de torres de apartamentos. Y así también podría ser necesario que los hombres treparan sobre los hombros de otros hombres durante un diluvio o para salir de una grieta abierta por un terremoto. Y lógicamente es concebible, y hasta matemáticamente exacto, que disminuiríamos las muchedumbres de las calles de Londres si pudiéramos acomodar a los hombres verticalmente, en vez de horizontalmente. Si solamente hubiera algún medio por el cual un hombre pudiera caminar con otro hombre de pie encima de él, y otro sobre éste y así sucesivamente, se ahorrarían muchos empujones. Los hombres se colocan de este modo en las pruebas de acrobacia, y es claro que tales acrobacias podrían hacerse obligatorias en todas las escuelas.
Es una imagen que me agrada mucho… como imagen. Espero ver (en mi afición al arte por el arte) semejante torre viviente moviéndose majestuosamente a lo largo de la avenida del Strand. Me agrada pensar en un tiempo de verdadera organización social, cuando todos los empleados de los señores Boodle & Bunkham  ya no aparezcan en la forma desordenada y dispersa en que lo hacen actualmente, cada uno desde su pequeña villa suburbana. Ni siquiera marcharían, como en la etapa inmediata e intermedia del Estado Servil, en una columna de filas bien formadas, desde el dormitorio de una parte de Londres hasta el emporio de la otra. No. Ante mí surge una visión más noble que llega hasta las alturas del mismo cielo: una pagoda tambaleante de empleados, cada uno en equilibrio sobre otro, se mueve a lo largo de la calle, haciendo tal vez demostraciones acrobáticas en el aire a medida que avanza, para mostrar la perfecta disciplina de su maquinaria social. Todo eso sería muy impresionante; y, entre otras cosas, realmente economizaría espacio.
Pero si uno de los hombres cercanos a la punta de esa torre movediza dijera que esperaba poder volver a visitar la tierra algún día, simpatizaría con su sentido del destierro. Si dijera que para el hombre lo natural es caminar sobre la tierra, yo estaría de acuerdo con su escuela filosófica. Si dijera que es muy difícil cuidar pollos en esa postura acrobática y a esa altura, yo pensaría que su dificultad es una dificultad verdadera. En principio podría responderse que el amor a los pájaros sería más adecuado a la percha tan etérea, pero en la práctica esos pájaros serían pájaros muy caprichosos. Por último, si ese hombre dijera que cuidar gallinas ponedoras es una tarea social digna y estimable más estimable y digna que servir a los señores Boodle & Bunkham con la más perfecta disciplina y organización, yo estaría de acuerdo con ese sentimiento por encima de todo lo demás. (Esbozo de sensatez, 10-06 y 07).

Como se ve, el contraste entre los empleados comerciales e industriales frente a los elementos de la vida campesina es constante y veremos algún otro ejemplo. Pero además, hay una cosa que es muy característica de Chesterton: su grandísima consideración del hombre corriente, como ya hemos dicho algunas veces, hasta el punto de considerar sus puntos de vista como una auténtica escuela filosófica, en contraste con la pretensión habitual de los intelectuales y más todavía, en este caso particular, los tecnócratas del Estado moderno, a los que define como esa multitud de personas despreciables por importunar a los pobres con fingida ciencia y tiranía mezquina (ES 10-12).

‘Mooreeffoc’: Una lección de Dickens a Chesterton

En el artículo de Ramón Mayrata que comentábamos el otro día aparecía brevemente explicada la expresión mooreeffoc¸que era utilizada por Dickens «para designar la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto». Una de las cosas más bonitas de los estudios intelectuales es encontrar las fuentes de los genios y sabios, que no lo son menos por no haber descubierto esas ideas brillantes: al contrario, se engrandecen al darse cuenta de su naturaleza y sacarles todo el partido posible, como hizo GK en este caso con la expresión de Dickens.

Mooreeffoc

No obstante, una expresión tan curiosa merecía un poco más de interés por nuestra parte, y hemos encontrado -en el antiguo blog de la American Chesterton Society, hoy de un estilo diferente- un excelente post a cargo de Nancy Brown que lo explica, y es una delicia leerlo entero. Dejo pues a los lectores con el original y reproduzco a continuación el fragmento de Charles Dickens (Pretextos, 2002, p.39-40), en el que el propio GK interpreta la expresión:

Todo el secreto de ese realismo fantasmagórico, gracias al cual pudo Dickens dotar de vida cualquier rincón sombrío o anodino de Londres está aquí: En las descripciones de Dickens hay detalles –una ventana, una verja, el ojo de la cerradura de una puerta- que cobran una vida demoníaca. Las cosas parecen más reales de lo que realmente son. De cierto que tal grado de realismo no existe en la realidad; es el realismo insostenible de un sueño. Un realismo así sólo se logra cuando uno entra por entre las cosas llevando consigo sus propios sueños; jamás cuando se va hacia ella, bien abiertos los ojos, para observarlas mejor. El propio Dickens nos da un ejemplo insuperable de cómo, en momentos de distracción, esa suprarrealidad minuciosa iba formándose en él. Entre los cafés a que a veces se acogía en aquellos días de desolación, menciona uno en St Martin’s Lane «del que sólo recuerdo que estaba cerca de la Iglesia, y que tenía en la puerta pintado, sobre un cristal en óvalo, COFFEE ROOM dirigido hacia la calle. Cada vez que me encuentro ahora en algún café de muy diferente clase, pero donde haya una inscripción en el cristal, y la leo desde dentro, del revés, MOOREEFFOC (como a menudo hacía entonces, en la desmayada ausencia de mis ensoñaciones), siento que me da un vuelco el corazón». Esas sílabas locas MOOREEFFOC, puede servir de lema de un realismo efectivo; son la piedra angular donde se asienta su primer principio, e principio según el cual lo más fantástico de todo es, a menudo, el hecho más preciso. Y Dickens aplicó ese realismo mágico, como de danza de duendes, por doquier. Su obra vive con la vida de los objetos inanimados. La fecha de encima de la puerta se pone a bailar sobre Mr Grewgious; el llamador hace muecas a Mr. Scrooge; desde el fresco del techo, el romano señala a Mr. Tulkinhorn; y a Tom Smart le mira de reojo el viejo sillón. Todo estos hechos son ‘mooreeffócicos’; si uno los ves, es porque no los mira.

¡Uf! Es una lección difícil ver las cosas con ojos ‘mooreeffócicos’, como Chesterton aprendió a hacer. Es mucho más fácil aplicar el ‘antiguo-lema-moderno’ Carpe diem, que agota en sí mismo el instante, en vez de remitir a una verdad más profunda.

Descifrando el ‘Gallo que no canta’: utilidad del método comparativo de Chesterton

Comienza nuestro texto de GK de ayer con una comparación entre las representaciones artísticas de la Edad Media y las de la Grecia clásica: Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos. […] Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto. (Párrafo 01).

Escultura del Partenón

Escultura del Partenón

Sin embargo, los artistas medievales disfrutaban de su arte popular, que llevaba a la gente un mensaje de proximidad y familiaridad: Un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en pie­dra. A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la facha­da de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una col­mena colosal (Párrafo 01).

Hasta aquí no hago más que seguir a Chesterton. Pero lo que me interesa es estudiar la razón del juego de contrastar a unos y otros. ¿Qué tiene de particular? se me preguntará: es la forma que tiene Chesterton de construir el artículo, ¿no? Claro que necesita construir el artículo, pero su interés es el conocimiento del mundo moderno, y para eso compara ambas civilizaciones… que en realidad son tres. A GK no le interesa saber por qué Apolo apoya la mano en la pierna o el currante medieval se inclina para caber en el diminuto espacio del capitel de piedra. A Chesterton le interesa nuestra propia civilización, y busca referencias para mostrar lo que hemos perdido al intentar parecernos más al mundo de los dioses griegos que al de los humildes y alegres trabajadores medievales.

No he logrado encontrar un ensayo en el GK plantea que hoy sólo se baila de manera profesional o semiprofesional, y que la gente no lo hace en público porque ha desarrollado un sentimiento de vergüenza, justificado como que sólo los artistas deben hacer ciertas cosas, para hacerlas bien. Nos vemos a nosotros mismos tan cerca de los personajes griegos casi divinos que hemos perdido la sencillez, quizá revestida de relevancia social. Como dice GK, no se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. […] hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres (Párrafo 09).

La conclusión de Chesterton ya la sabemos: al oír gente cantando en una iglesia considera que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado, según una antigua tradición, pues los refugiados en el templo eran inviolables. Es curioso que el discurso ilustrado acerca de la emancipación y la libertad siga vigente, dándole la razón a GK. Lo que me resulta llamativo es que los referentes somos nosotros mismos. ¿Quién nos persigue? Chesterton no enuncia la paradoja, pero está ahí presente: nuestros propios ideales de plenitud y autodesarrollo  nos encierran en horizonte limitado y nos aíslan de los demás.

¿Etapas en los escritos de Chesterton?

Al incrementar nuestra colección de prólogos y escritos en castellano, hemos advertido que la edición del estupendo El hombre corriente carece de prólogo, pero tiene una contraportada de Abelardo Linares -el hombre del millón de librosautor de la excelente versión- que puede hacer sus veces porque suscita cuestiones especialmente relevantes con respecto a Chesterton. Es un texto breve pero de los más intensos que haya sobre nuestro autor, y la recojo a continuación:

Abelardo Linares

Abelardo Linares

«Suele escribirse que el Chesterton más divertido y discutidor fue el juvenil y primero, el de antes de su conversión al catolicismo. Equivocadamente. Chesterton fue Chesterton desde el principio, pero también hasta final. Así lo demuestra El hombre corriente (1936), el último de sus libros, o al menos el último del que corrigió pruebas, y que apareció unos pocos días después de su muerte. Y también uno de los más combativos y retadores, e incluso puede que el más quijotesco entre los suyos, por su afán en arremeter contra los molinos de la modernidad; de la modernidad entendida como un molino de viento. Chesterton defiende o ataca en estas páginas al hombre corriente, el nudismo, la vulgaridad, los grandes tontos, nuestra idea del progreso o de la educación, el patriotismo… y nos dice cosas como que existen dos tipos de vándalos: los antiguos, que destruían edificios; y los modernos, que los construyen.
Existen multitud de malentendidos literarios respecto a Chesterton pero (a diferencia de lo que pasa con los escritores de moda) todos en contra de Chesterton. Muchos no leerán nunca a Chesterton porque piensan (es un decir) que fue un escritor de derechas, un amable conformista. Algunos lo seguimos leyendo porque sentimos que tras la máscara de su humorismo se ocultaba un rebelde y que muchas de sus rebeldías siguen aún vivas».

Tiene pues, dos ideas principales:
1. Que GK es un rebelde y un quijote, que se merece un montón de comentarios.
2. El mito de que el Chesterton más divertido es el de la primera época, antes de su conversión, que el mismo prologuista deja claro que es erróneo.

Yo mismo sostengo –y trataré de mostrar en las páginas –perdón, en las entradas- de este blog, que más que hablar de dos etapas, habría que hablar de tres. Pero ahora me centraré en un posible origen de esa división en dos partes.

No sé si hay reputados autores que sostengan este criterio. Puede deberse en parte a lo escrito por Ada Jones en Los Chestertons (Renacimiento, 2006, pp.104-105). Desde luego, Ada no sólo es una excelente escritora, sino que tiene el don de hacer que parezca verosímil todo lo que cuenta y como lo cuenta. Puesto que es un documento existente, voy a recogerlo a continuación, pero precisa una interpretación: hay que leer el texto de Aidan MacKey en Chesterton de pie (Ver reseña en el Chestertonblog) para entender el arrogante carácter de Ada, que se sentía poseedora de la única verdad verdadera:

«Siempre he sostenido que lo más vital en la obra de Gilbert fue escrito en la época anterior a su ida a Beaconsfield. [Gilbert y Frances se trasladaron de Londres a Beaconsfield, Buckinghamshire, en otoño de 1908] Vivirá, creo yo, como un poeta más que como un filósofo, y su fama futura se cimentará en aquellas soberbias fantasías The Napoleon of Notting Hill, The Man who was Thursday y The Ball and the Cross. Lepanto debe seguramente subsistir, con algunos de sus poemas líricos, como The Donkey, con su inmortal sentido de la visión y de la atracción, juntamente con parte de The White Horse. Pero estas obras datan de sus días de Fleet Street, donde The White Horse fue primeramente concebido; recuerdo la tarde en que nos expuso a Cecil y a mí la idea.
Compárese luego la osadía, la agudeza, el indestructible sabor de The Defendant y de otros volúmenes de sus primeros ensayos, con la monotonía de The Thing, donde siempre me parece que está arguyendo consigo mismo. Las paradojas que como vivaces conejillos solían antes saltar de su pluma mágica, brotaban ahora cansadas, casi automáticas, tan parecidas unas a otras que se hacían pesadas. Sólo alguna que otra vez, desde que se mudó al ‘dormitorio’, volvió a encontrar su antiguo ‘élan’, como en Magic y en su Life of R.L. Stevenson, ocasiones en que parece poseído por el regocijo de colegial que ha descubierto una nueva puerta por donde escaparse de su encierro.
Gilbert siguió siendo siempre un adolescente, pero su inquieta imaginación no estuvo nunca embotada hasta que la barrera de Beaconsfield le separó de sus semejantes en mentalidad y de sus amigos. Después que se cerró la puerta, durante años se quedó recluido en sí mismo. Esto hizo más difícil el excitar sus facultades para la lucha».

El tercer párrafo muestra lo contradictorio del texto de Ada Jones, pues si algo caracteriza a Chesterton, fue el haber sido un luchador hasta los últimos días de su vida, como vemos en su constante implicación social y especialmente al hacerse cargo de las empresas periodísticas de su difunto hermano Cecil, que le supuso un grandísimo esfuerzo. En mi opinión, es cierto que cambia un poco el estilo y los temas, como mostraré, pero sólo en cierta manera superficial. Y sobre todo, GK nunca dejó de ser el rebelde que nos dice Abelardo Linares. Si no fuera así, no tendría sentido el Chestertonblog.

Chesterton y la magia, y 3: la elección final es cosa de cada uno

Prometí concluir los comentarios al artículo de Ramón Mayrata sobre Chesterton y la magia, porque tras hacernos recorrer las distintas actitudes que existen ante la realidad, nos ayuda a entender por qué Chesterton tomó la suya. Es la base de su perspectiva del asombro, pero no es menos importante que tiene repercusiones en la totalidad de la vida. Lo veíamos ayer y -razonablemente-, Mayrata nos propone el dilema a cada uno de los lectores:
Charles Dickens, inspirador de Chesterton

Charles Dickens, inspirador de Chesterton

«Tolkien (12) descubrió que Chesterton utilizaba el término  «mooreeffoc«, a partir de Dickens (13) para designar  la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto. Chesterton evoca el estupor que le suscitaba de niño la contemplación de un manzano como un manzano, capaz de hacer aparecer sólidas manzanas suspendidas de sus ramas.  La curiosidad universal y el interés por el sentido de las cosas son las actitudes básicas con las que percibe el universo. Alguna vez dijo que una cosa es asombrarse ante un dragón o un grifo, animales inexistentes. Pero otra,  y de muy superior condición, es el maravillarse ante un rinoceronte o una jirafa, animales que existen, aunque tienen todo el aspecto de pertenecer a la fantasíaConfieso que esta frase, leída en El libro del Tabú de Alan Watts (1915-1973), cuando era un adolescente, fue la llave que me condujo hasta Chesterton y la que mejor respondía a la pregunta que se formulaba Watts al inicio de su obra: ¿Qué debe saber una persona joven para estar bien informada sobre la vida?

«¿Porqué –proseguía Watts- entre tantos mundos posibles, esta colosal y aparentemente innecesaria multitud de galaxias en un continuum espacio-tiempo, inexplicablemente curvo, estas miríadas de tubos de distintos tipos, todos jugando locamente a ser individuos, estas innumerables formas de existencia, desde la elegante arquitectura del copo de nieve o de las algas diatomeas hasta el fantástico esplendor del pavo real o del ave del paraíso?» (14)

Sólo existen tres posibilidades: O todo es absurdo o todo tiene sentido o nosotros mismos otorgamos sentido a lo que no lo tiene. Elija el lector. Este dilema  convierte en emocionante nuestra existencia. Porque tenemos  la posibilidad de fracasar, de  optar por un sendero equivocado».

Chesterton y la magia, 2: la cuestión del conocimiento

El artículo de Ramón Mayrata que recogimos ayer en el que estudia ‘Magia’ -una de las pocas obras teatrales de Chesterton- es tan rico que daría para varias entradas. Hoy quiero tomarlo como pretexto para plantear una de las cuestiones claves del pensamiento de Chesterton, que se convierte en la llave de la sensatez de la vida: hasta qué punto una amplitud mental nos permite una vida sana o, en sentido contrario, la actitud materialista reduce nuestro horizonte. No es sino una nueva versión de la famosa frase de Ortodoxia (Cap.2): Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo menos la razón. Y sin embargo, el procedimiento de GK en esta ocasión será el contrario al habitual en él. Dejemos que sea el propio Mayrata quien nos lo explique:

Portada de 'Magia'

Portada de ‘Magia’

«Las ideas de Chesterton siempre tienen aspecto punzante, aunque a veces sean reediciones de doctrinas y creencias antiguas y desechadas. Pero tienen la virtud de clavarse como flechas en el cerebro y obligan a pensar las cosas de nuevo, desde el principio. El suyo es un teatro en el las ideas se encarnan en los personajes. Cada uno de los siete personajes de Magia personifica una actitud ante la vida y mantiene opiniones propias, enfrentadas a las de los demás, sobre la ciencia, la religión, la modernidad, la política, el periodismo, la magia y la prestidigitación. Temas que preocupaban a Chesterton».

Mayrata nos relata a continuación el desarrollo de la obra: será el escéptico Morris quien se dedique una y otra vez a desmontar todos y cada uno de los trucos del mago protagonista… hasta que llega un momento en el que no puede explicar determinado fenómeno:

«La realidad es que no existe explicación. El mago no ha ejecutado ningún truco. Sólo ha deseado con todas sus fuerzas que la luz cambie de color y así ha sucedido. Chesterton hace justo lo contrario que en las novelas de la saga del Padre Brown. En ellas presenta un misterio, plantea toda clase de explicaciones de carácter mágico o demoníaco y luego las desbarata, sustituyéndolas por soluciones relacionadas con la vida cotidiana, que nada tienen que ver con el otro mundo.
Con la arbitrariedad maravillosa y desenvuelta que le caracteriza Chesterton reemprende el camino opuesto al que hizo Reginald Scott (1538-1599) unos siglos antes. Scott frecuentó a los magos de su época para que le contaran cómo hacía sus trucos. Y lo escribió en un libro (13) con la intención de demostrar que utilizaban procedimientos naturales y así acabar de una vez por todas con la acusación de brujería que les llevaba a la hoguera.
Chesterton introduce en una sesión de prestidigitación de principio del siglo XX una causa sobrenatural. Evidentemente aquí está el truco. Chesterton hace prodigiosa prestidigitación con las palabras y con las ideas. Pero lo que resulta interesante es el efecto: la reacción de Morris. ¿Su locura es un exceso? Sin duda. Es una caricatura y no es probable que ningún racionalista alcance ese extremo. Pero su locura sirve a  Chesterton para denunciar lo que considera una actitud absurda por parte del hombre moderno incapaz de convivir con aquello que no puede comprender.
El hombre corriente –escribe Chesterton- disfruta de salud porque acepta el misterio. Le preocupa lo verdadero y no sólo lo lógico. Y cuando se enfrenta con dos verdades y con la contradicción se queda con las dos verdades y la contradicción. Sabe que el mundo tiene sus leyes y eso es la ciencia, pero sabe que esas leyes se pueden alterar y, entonces, se produce el milagro.»

Con las ideas de Chesterton podríamos detenernos, pero para hacer justicia a Mayrata, mañana concluiremos con su interpretación.