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La aportación de Santo Tomás de Aquino, según Chesterton: la bondad del orden natural

Llevamos unas semanas comentando el libro ‘Santo Tomás de Aquino‘ pero he encontrado un texto sintético tan excelente que no me resisto a reproducirlo. Se encuentra en la selección titulada “La cosa” (Espuela de Plata, 2010, pp.204-7; no confundir con el libro del mismo título), y fue publicado en el semanario casi bicentenario The Spectator el 27.02.1932, antes de recibir el encargo del libro sobre Santo Tomás, por parte de la editorial Hoddern & Stoughton, según la web de la American Chesterton Society, que lo publica en versión original. Como dice el propio Chesterton, la dificultad es seleccionar entre las muchas facetas de su mente, la que mejor sugiera su tamaño o escala. Y como es habitual, GK lo resuelve estupendamente:

Santo Tomás de Aquino era profundamente admirado por Chesterton. Imagen: Fluvium.org

Santo Tomás de Aquino era profundamente admirado por Chesterton. Imagen: Fluvium.org

Para entender su importancia, hay que compararlo con los dos o tres credos cósmicos alternativos: él es todo el intelecto cristiano hablando con el paganismo o el pesimismo. Discute, a través de los siglos, con Platón o con Buda, y él gana. Su mente era tan amplia, y de un equilibrio tan hermoso, que para sugerirla habría que hablar de un millón de cosas.
Tal vez la mejor simplificación sea ésta: Santo Tomás se enfrenta a otros credos del bien y del mal, sin negar para nada el mal, con la teoría de dos niveles del bien. El orden sobrenatural es el bien supremo, como para cualquier místico oriental, pero el orden natural es bueno, tan sólidamente bueno como para cualquier hombre corriente. Así es como “acaba con los maniqueos”.
La fe es más elevada que la razón, pero la razón es más elevada que todo lo demás, y tiene derechos supremos en su propio dominio. Ahí es donde anticipa y responde al grito anti-racional de Lutero y compañía. Como me dijo un poeta altamente pagano: “La Reforma tuvo lugar porque la gente no tenía cerebro para entender a Aquino”. La Iglesia es más inmortalmente importante que el Estado, pero el Estado tiene sus derechos, así y todo.
Esta dualidad cristiana siempre ha estado implícita, como en la distinción que hizo Cristo entre Dios y el César, o la distinción dogmática entre las naturalezas de Cristo. Pero a Santo Tomás corresponde la gloria de haber descubierto ese doble hilo como clave de mil cosas. Y así, creó el único credo en el que los santos pueden estar cuerdos. Se presenta ante el mundo moderno como el único credo en el que los poetas pueden estar cuerdos. Porque ahora no hay nadie que acabe con los maniqueos, y toda la cultura está infectada de la leve sensación impura de que la naturaleza, y todas las cosas que tenemos detrás y debajo, son malas.
Para el intelectual sólo hay exaltación en las alturas. Santo Tomás exaltó a Dios sin rebajar al Hombre; exaltó al Hombre sin rebajar la naturaleza. Así, hizo un cosmos de sentido común, ‘terra viventium’, tierra de los vivos. Su filosofía, como su teología, es la del sentido común.
No tortura el cerebro con desesperados intentos de explicar la existencia restándole importancia. Los primeros pasos de su mente son los primeros pasos de cualquier mente honesta, igual que las primeras virtudes de su fe podían ser las de cualquier campesino sincero.
Él, que combinó tantas cosas, también combinó la sutileza con la sencillez intelectual, y el sacerdote que asistió en su lecho de muerte a este titán de energía intelectual, cuyo cerebro había arrancado de raíz el mundo entero, y penetrado en cada estrella, y dividido cada paja del universo del pensamiento e incluso del escepticismo, dijo que al escuchar la confesión del moribundo, de repente le pareció estar escuchando la primera confesión de un niño de cinco años.

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San Francisco, Santo Domingo y la acción de los hombres en la sociedad, según Chesterton

Ya publicamos un fragmento del Santo Tomás de Aquino de Chesterton en el que GK nos muestra en qué se parecen y se diferencian los dos santos favoritos de Chesterton, Santo Tomás y San Francisco. Todo el primer capítulo de ese libro es una continua comparación entre ambos, incluyendo cómo los dos se nutren del cristianismo y no de fuentes paganas, cada uno según su estilo. Y al final, hay una glosa sobre los fundadores de las dos órdenes mendicantes más importantes, franciscanos y dominicos, que sirve a Chesterton para terminar de redondear la ambientación del espíritu religioso de la época.

Santo Domingo y San Francisco, representados juntos, por un autor desconocido. Imagen: Punto de vista ahora.

Santo Domingo y San Francisco, representados juntos, por un autor desconocido. Imagen: Punto de vista ahora.

Como venimos estudiando la comparación en GK, vamos a recoger algunos de estos fragmentos (seleccionados entre los párrafos 27 al 30 del cap.1), en los que quizá podemos descubrir algo nuevo en el método de GK: cómo la comparación es un recurso no sólo ilustrativo, sino también informativo, en el sentido más pleno de la expresión: podría hacerlo de cualquier otra manera, pero se diría que lo concreto –en este caso, las figuras de San Francisco (1182-1226) y de Santo Domingo de Guzmán (1170-1221)- le estimula hacia lo más genérico; en este caso, permitir que nos hagamos una idea de la categoría humana de estos personajes y del ambiente de una época, aludiendo siempre a lo más familiar para los lectores… ingleses en este caso y por tanto no católicos. Esta analogía, además, presenta una buena dosis de paradoja.

El efecto final es en algunos aspectos curioso, porque Santo Domingo –aún más que San Francisco- se caracterizó por esa independencia intelectual, y ese criterio estricto de virtud y veracidad, que las culturas protestantes suelen considerar como especialmente protestantes. De él se contó la anécdota –que ciertamente habría sido más contada entre nosotros si hubiera sido de un puritano- de que el papa señalaba su suntuoso palacio papal mientras decía: “Pedro ya no puede decir ‘No tengo plata ni oro’”, y el fraile español respondió: “No, ni tampoco puede decir ‘Levántate y anda’”.[1] (27)
Así que hay otra manera en que la historia popular de San Francisco puede ser una especie de puente entre el mundo moderno y el mundo medieval. Y se basa en ese mismo hecho ya mencionado de que San Francisco y Santo Domingo se alzan juntos en la historia por haber realizado la misma labor, y sin embargo en la tradición popular inglesa están separados de la manera más extraña y sorprendente. En su propia tierra son como ‘gemelos celestiales’ que irradian la misma luz desde el cielo, pareciendo a veces ser dos santos en una misma aureola,[2] así como otra orden retrató a la santa pobreza como dos caballeros sobre un mismo caballo.[3] (28)
La verdadera diferencia entre Francisco y Domingo –que no resta mérito a ninguno de los dos- es que Domingo sí se encontró abocado a una enorme campaña para la conversión de herejes, mientras que Francisco tuvo sólo la tarea más sutil de convertir a seres humanos. Es una vieja historia decir que, aunque necesitemos a alguien como Domingo para convertir a los paganos al cristianismo, necesitamos aún más a alguien como Francisco para convertir al cristianismo a los cristianos.
De todos modos no debemos perder de vista el problema especial de Santo Domingo, que fue tener que tratar con una entera población, reinos y ciudades y comarcas, que se habían extraviado de la fe y petrificado en nuevas religiones extrañas y anormales.[4] Que sólo con la palabra y la predicación fuera capaz de recuperar a masas de hombres así engañadas sigue siendo un enorme triunfo, merecedor de un trofeo colosal.
A San Francisco se le llama humano porque intentó convertir a los sarracenos y fracasó; a Santo Domingo se le llama fanático y ciego porque intentó convertir a los albigenses y lo consiguió.[5] (29)
El que se atreve a apelar directamente al pueblo se hace siempre una larga lista de enemigos, empezando por el pueblo. A medida que los pobres empiezan a entender que se pretende ayudarlos y no perjudicarlos, las clases pudientes de arriba empiezan a cerrar filas, resueltas a entorpecer y no ayudar. Los ricos, y hasta los doctos, a veces opinan no sin razón que eso hará cambiar al mundo, no sólo en su mundanidad o su sabiduría mundana, sino hasta cierto punto quizá en su sabiduría real. […] En suma, Santo Domingo y San Francisco desataron una revolución, tan popular y tan impopular como la Revolución francesa. (30)

[1] Alusión a la curación de un cojo por San Pedro (y las palabras del propio San Pedro) en Hechos 3, 6. [N. de MLB]
[2] La Iglesia católica ha unido de tal manera a Francisco y Domingo que en la Letanía de los santos, siempre se les nombra juntos.
[3] El sello de la Orden de los Templarios representaba a dos caballeros sobre un solo caballo. [N. de MLB]
[4] Se refiere a la predicación entre los cátaros o albigenses, una herejía de carácter dualista que despreciaba el cuerpo y lo material, muy extendida en el Languedoc francés durante el siglo XII.
[5] A San Francisco le atrajo especialmente la conversión de los musulmanes, llegando a predicar ante el sultán de Egipto en 1219. Su éxito fue muy escaso, pero se ganó la simpatía del sultán, que permitió a los franciscanos la presencia en los santos lugares, pues todo Oriente medio estaba ya definitivamente en manos del Islam.

Juan Manuel de Prada y la ‘expedición’ de Chesterton: prólogo a ‘El Hombre eterno’

Juan Manuel de Prada considera El Hombre Eterno la obra maestra de Chesterton. Foto: escritores.org

Juan Manuel de Prada considera El Hombre eterno la obra maestra de Chesterton. Foto: escritores.org

En última entrada sobre el optimismo, Chesterton concluía que para disfrutar verdaderamente de la realidad hace falta la humildad, el reconocimiento, y la conciencia que estar vivos es un don. Como no encontró ninguna ideología de su época que se la plantease en serio, acabó acercándose al Cristianismo, como veíamos en el fragmento final de la entrada: Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra (Autobiografía, 16-20).

Estas palabras nos sirven de puente para presentar el prólogo de Juan Manuel de Prada a El hombre eterno (Ed. Cristiandad, Madrid, 2008, pp.9-14). Como otros muchos fans de Chesterton, Prada no tiene reparo en hablar de él siempre que se tercia, en sus numerosos artículos de prensa. Por desgracia, muchos de ellos no están disponibles al gran público, por las políticas editoriales de los medios, aunque sería una suerte poder ofrecer –al menos una selección- en el Chestertonblog. Por lo pronto, disponemos de este extraordinario Prólogo completo, que hemos contextualizado con el fragmento anterior, en el que GK muestra por qué se acerca a la Iglesia:

“Esa curiosidad hacia lo que sus contemporáneos denigraban sumariamente, incapaces de taladrar la mugre de los prejuicios, acabaría convirtiéndose en un deslumbramiento. Los hombres de su tiempo coincidían en caracterizar la Iglesia como una suerte de cárcel del intelecto; Chesterton no tardaría en comprobar que, más bien al contrario, era un ameno prado donde la libertad del hombre podía retozar a su gusto con alborozo casi infantil. Así, lo que había empezado siendo una suerte de desplante o insumisión ante el pensamiento dominante de su época acabaría convirtiéndose en una jubilosa expedición en pos de la Verdad. Y la crónica de esa expedición, narrada en un puñado de libros que concilian la intención apologética con el esplendor verbal y los primores del ingenio y la paradoja, conforma uno de los edificios más imperecederos de la literatura del siglo XX” (p.9-10).

Glosamos el contenido del libro en una página del blog. Aquí basta recordar las dos tesis principales: el hombre no es un elemento más de la naturaleza, hay una fortísima ruptura con ella; el Cristianismo no es una religión más entre las creencias humanas, pues se basa en la Encarnación del propio Hijo de Dios, hecho hombre. Por eso, nos limitamos a señalar algunas consideraciones que Prada realiza sobre el libro, su aportación más importante.

Volvemos a Prada  donde lo dejamos hace un momento, con los escritos de GK acerca del Cristianismo: “Este libro que ahora acometes, querido lector, quizá sea el pináculo que remata tan hermoso edificio; pero es, al mismo tiempo, el basamento en que se funda su robusta piedra angular. En Chesterton, la gracia de la expresión nunca se alcanza en detrimento de la hondura del pensamiento: ambas forman una aleación que hace de su escritura un festín de la inteligencia y una exultante experiencia estética. En Chesterton descubrimos, en fin, que Belleza y Verdad constituyen una amalgama indisociable; y alcanzar esa íntima comunión, que es la exigencia máxima del artista, es también la exigencia máxima del católico” (p.10).

“El hombre es único y diferente del resto de animales porque es creador además de criatura. La inteligencia humana no existía; y de pronto comenzó a existir. Y, ligado a la irrupción de la inteligencia humana, Chesterton sitúa el reconocimiento del misterio: el hombre que se sabe singular respecto a las demás criaturas se sabe también depositario de un don divino, se sabe elegido por Dios. Con el tiempo, llegará a perder el sentido de esa singularidad, llegará a extraviar su innato sentido religioso, hasta que en la historia humana irrumpe Dios mismo: las manos que habían modelado el mundo se convierten en las manos desvalidas de un niño que asoma a la vida. De nuevo, el milagro acontece en una cueva; pero esta vez quien nos invoca desde el interior de esa cueva ya no es un mero hombre, ni siquiera un hombre excepcional. […] ¿Cómo explicar el desparpajo con el que se proclama repetidamente Hijo de Dios? Sólo un loco se atrevería a tanto. Pero Jesús, que a la vez que se proclama Hijo de Dios no procura tantas muestras de un juicio y discreción supremos, no puede tratarse de un loco. ¿No será, pues, que es algo más, mucho más, que un mero hombre? (p.12-13)

“Las delicadezas del pensamiento chestertoniario alcanzan en El hombre eterno su expresión más acendrada. Mientras avanzamos en su lectura descubrimos que la historia de la humanidad es en realidad una epopeya de salvación en la que Dios y el hombre caminan juntos de la mano sobre un jardín recién estrenado, como en el primer día de la Creación. El hombre eterno es, desde luego, una obra maestra de la literatura, pero también algo mucho más vertiginoso: es la gracia divina hecha escritura, transmutada en frases gozosas, de una belleza y un ardor intelectuales tales que quienes las leen tienen la sensación de haber sido bautizados de nuevo. Ojalá, querido lector, después de paladear cada razonamiento, cada fulguración de la inteligencia que alberga ese libro irrepetible […] puedas sentirte partícipe de la hermosa epopeya –eterna y siempre renovada- que Chesterton aquí nos narra con palabras imperecederas” (p.13-14).

Chesterton, el único optimista que critica a los optimistas

Cuando a lo largo de mi vida he sentido que las circunstancias me superaban, aprendí –junto a otros recursos que no son del caso- a descansar con un libro de Chesterton. Sin duda alguna, GK es un optimista, nadie puede negarlo. Pero es un optimista ‘sui generis’, hasta el punto que debe ser el único optimista que critica a los demás optimistas. Y en esto, como en tantas otras cosas, GK vuelve a ser un rebelde social políticamente incorrecto.

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadows.com

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadow.com.

En el texto que acabamos de publicar –Agradecimiento por el diente de león  (Cap. 16 de la Autobiografía, Acantilado, 2003, párrafos 15-21) está la mejor expresión de la relación entre optimistas y pesimistas, más resumida que en Ortodoxia: Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo (párr.15).

En este texto, Chesterton comienza sorprendentemente hablando de la confesión, y lo hace porque ese sacramento católico le obliga a un reconocimiento, como ya hemos comentado también. El reconocimiento de la propia debilidad refuerza una actitud de fondo (y las actitudes son esenciales para GK): Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad: el don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (párr.14). Y es que la teología ha pensado todos los temas: GK recuerda cuando leyó en un catecismo cristiano que Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación’ […] Tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación (p.16).

Aunque siempre conviven grandes optimistas con pesimistas radicales, en la juventud de Chesterton dominaban los pesimistas, y nos lo recuerda con el verso de Swinburne:
“Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño”.
Estos nihilistas son fáciles de reconocer hoy, sobre todo en la literatura y no tanto en el cine, aunque también los hay, y algunos tienen una obra excelente y mucho éxito, como Woody Allen.

Pero también hay multitud de variedad entre los optimistas, como expone GK con sentido del humor: Hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos.
En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”
[paráfrasis del Salmo 8, 5], decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?” Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación (17).
[…] Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista
(18).
[…] Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo.
El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra
(20).

Y así se acercó GK al cristianismo: no por necesidad de creer, sino por la de conservar el placer. De él hace una estupenda descripción, tan pasada de moda hoy como entonces, tan ‘secreta’ hoy como en los tiempos de Chesterton: Porque nadie más se especializa en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida. Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor (21).

Marshall McLuhan: Chesterton fue un maestro del argumento en las cuestiones más confusas de nuestra era

Imagen de la cuenta oficial de Marshall McLuhan en Twitter.

Imagen de la cuenta ‘Marshall McLuhan’ -sobre comunicación- en Twitter.

Va siendo hora de volver a colocar en el Chestertonblog algún tipo de prólogo o estudio. En esta ocasión, hemos escogido un fragmento de Marshall McLuhan (Alberta, Canadá, 1911-1980), el autor de expresiones famosas –porque son reales- como la ‘aldea global’ o ‘el medio es el mensaje’. McLuhan se convirtió al catolicismo influido por los escritos de Chesterton, y escribió varias cosas sobre él, y algunas están recogidas en la selección que D.J. Conlon realizó para la Universidad de Oxford (G.K. Chesterton. A Half Century of Views. Oxford, 1987). En concreto, hemos seleccionado –y traducido, gracias a nuestro sensacional  y siempre amable colaborador Carlos D. Villamayor- el capítulo Dónde entra Chesterton (pp.75-77). Nuestra idea inicial fue publicarlo entero (aquí el texto completo en castellano y en inglés), pero como resultaba demasiado extenso, hemos eliminado una parte, en la que McLuhan considera que la parte poética y artística no es la mejor de Chesterton (la historia juzgará sus méritos y sus influencias literarias). La aportación de Chesterton estaría en otro sitio:

“Hoy en día, el público de Chesterton sigue siendo en gran parte el público que leyó sus libros tal como fueron publicados. Y para estos lectores, representa inevitablemente una variedad de actitudes y costumbres literarias que han empezado a ‘pasar de moda’ en una manera que impide a muchos lectores más jóvenes acercarse a él. De manera que, por ejemplo –incluso en universidades católicas- los libros de Chesterton no están frecuentemente en las listas de lectura, ni muchos estudiantes actuales leen más que ocasionalmente las historias del Padre Brown.

“La relevancia contemporánea de Chesterton es –específicamente- que su intuición metafísica del ser estuvo siempre al servicio de la búsqueda de un orden moral y político en el caos actual. Fue un tomista por connaturalidad con el ser, no por estudio de Santo Tomás. Y a diferencia de los neo-tomistas, su infalible sentido de la relevancia de la analogía del ser dirigió su mirada intelectual no a los escolásticos, sino al corazón del caos de nuestro tiempo.

“La enseñanza católica de la filosofía y las artes tiende a ser catequética. Busca precisamente esa pseudo-certeza cartesiana que oficialmente deplora, y se separa a sí misma de la vida compleja de la filosofía y las artes. Esto es sólo para decir que las universidades católicas son justamente como las no-católicas: reflejos de un mundo mecanizado. Por otro lado están los descubrimientos críticos genuinos, hechos por T. S. Eliot y F. R. Leavis, sobre cómo entrenar, simultáneamente, percepciones estéticas y morales en actos de conciencia y juicio unidos: estos grandes descubrimientos son ignorados por educadores católicos. Más bien en los patrones racionalistas y dialécticos de Buchanan y Adler se imaginan que existe algún residuo tomista en que se puede confiar.

“Ahí es donde entra Chesterton. Su infalible sentido de relevancia y de la ubicación del corazón del caos contemporáneo lo llevó siempre a atacar el problema de la moral y la psicología. Él estuvo siempre en el orden práctico. Es importante, pues, que se haga una antología de Chesterton de acuerdo a lo indicado por el Sr. Kenner: no una antología que preserve el sabor victoriano de su periodismo a través de citación extensa, sino una de fragmentos que le permitan al lector sentir la poderosa intrusión de Chesterton a todo tipo de cuestión moral y psicológica confusa de nuestro tiempo. Puesto que parece que él nunca llegó a posición alguna mediante dialéctica o doctrina, sino que disfrutó de un tipo de connaturalidad con toda clase de sensatez.

[…]

“En pocas palabras, Chesterton no fue un poeta. La superstición de que lo fue está basada en las connotaciones vagamente edificantes de ‘lo poético’, prevalecientes hasta hace poco. Fue un moralista metafísico. Por tanto, él no tenía dificultad en imaginar qué tipo de presiones psicológicas ocurrirían en la mente de un egipcio del siglo cuarto, o un miembro de clan de las Highlands escocesas, o un californiano moderno; o en meterse en la cabeza de estos y en ver con sus ojos en la manera que hace al Padre Brown único entre los detectives. Pero no estaba ocupado en representar su propia época en términos de tan variada experiencia, como típicamente lo está el artista. El artista nos ofrece no un sistema, sino un mundo. Un mundo interior es explorado y desarrollado y entonces proyectado como un objeto. Pero ese nunca fue el método de Chesterton. Todas mis puertas mentales abren hacia fuera, a un mundo que yo no he hecho [en ‘El asombro y el poste de madera’ de Los países de colores], dijo en una formulación básica. Y esta distinción debe permanecer siempre entre el artista ocupado en construir un mundo y el metafísico ocupado en contemplar un mundo. También debe liberar las mentes de aquellos que, de un sentido de lealtad al poder filosófico de Chesterton, se han sentido obligados a defender su retórica y sus versos también.

“Es hora de abandonar al Chesterton literario y periodístico al destino crítico que le espere de parte de evaluadores futuros. Es hora también de verlo libre de la acumulación accidental de gestos literarios efímeros. Esto significa verlo como un maestro de la percepción analógica y del argumento, que nunca erró al enfocar –con un alto grado de sabiduría moral- las cuestiones más confusas de nuestra era”.

Chesterton y la psicología del filósofo

Descartes fue uno de los primeros filósofos en negar la validez de los planteamientos de los filósofos anteriores y aferrarse a 'su idea', el ejemplo perfecto de lo que Chesterton plantea en este texto. Wikipedia.

Descartes fue de los primeros en negar validez a los planteamientos de los filósofos anteriores y querer fundarlo todo desde ‘su idea’ (Pienso, luego existo): el ejemplo perfecto de lo que Chesterton plantea en este texto. Retrato de Frans Hals, 1648.

En la entrada Mi final es mi principio Chesterton hace un breve resumen de su filosofía: una decidida apuesta por el realismo. Llama mucho la atención la continuidad tan grande de este fragmento de la Autobiografía (Acantilado, 2003), con los capítulos iniciales de Ortodoxia, en la que habla de la locura de pensar que la propia visión del mundo es la única correcta. En este libro, GK criticaba que todas esas visiones del mundo o ideologías de fondo subjetivista estaban bien construidas, eran perfectas, redondas… y por tanto -como el círculo, eran limitadas, y que sólo una forma de ver el mundo –la que tiene su inicio paradójicamente en forma de cruz, podía expandirse hasta abarcarlo todo.
Lo más destacable de esta forma de ver las cosas es la capacidad de no fiarse de uno mismo. Es cierto que el mundo académico cita y considera hitos en la filosofía, habitualmente del tipo “Ya Fulano demostró que esto o aquello era así”, pero también: “que todo lo anterior era falso o insuficiente”, siendo la propia decisión del filósofo el criterio de validez, demasiadas veces inmersa en la moda o en el ‘espíritu de los tiempos’.
Contra esto se rebela Chesterton, contra este aspecto tan humano y psicológico de los filósofos, de los sabios, que la mayoría de ellos –tan entendidos- apenas son capaces de advertirlo por cuenta propia.
Selecciono los párrafos de GK del cap. 16 de la Autobiografía, en los que vemos a un Chesterton psicólogo de agudeza extraordinaria y una preocupación por la verdad, superior a la preocupación por la originalidad, la moda intelectual o la brillantez discursiva:

No sólo no negaré que casi todas las teologías o filosofías contienen una verdad, sino que lo afirmo rotundamente, y de eso es de lo que me quejo. Todas y cada una de las doctrinas o sectas que conozco se conforman con seguir una verdad, bien sea teológica, teosófica, ética o metafísica. Y cuanto más universales afirman ser, tanto más parece que lo único que hacen es simplemente coger algo y aplicarlo a todo. […]
Los otros profesores eran siempre hombres de una sola idea, aunque aquella única idea fuese la universalidad. Y eran especialmente estrechos cuando su única idea era la amplitud. Sólo he encontrado un credo que no se contenta con una sola verdad, sino únicamente con la Verdad, hecha de un millón de verdades y, sin embargo, una. […]
Si hubiera divagado como Bergson o Bernard Shaw y hubiera construido mi propia filosofía a partir de mi precioso fragmento de verdad, por el simple hecho de haberla descubierto yo sólito, pronto habría descubierto cómo esa verdad se distorsionaba y convertía en falsedad […]
Respecto al primero, el sentido exagerado de que aquella luz del día, el diente de león y toda aquella primera experiencia eran una suerte de visión increíble, se habría convertido en mi caso, sin el contrapeso de otras verdades, en algo realmente desequilibrado. Porque la idea de ver visiones estaba peligrosamente cercana a mi vieja pesadilla original, que me había conducido a moverme como en un sueño y, en determinado momento, a perder el sentido de la realidad y con él, gran parte de la responsabilidad […]
En una palabra, tenía el humilde propósito de no ser un maníaco, un monomaniaco; sobre todo, no ser un monomaniaco con una sola idea simplemente porque era la mía. La idea era bastante normal y bastante consistente con la fe; en realidad, era parte de ella. Pero sólo siendo parte de ella, podía haber permanecido normal.
Estoy convencido que esto sirve para casi todas las ideas de las que mis contemporáneos más capaces han extraído nuevas filosofías, muchas de ellas bastante normales al principio. Por tanto, he llegado a la conclusión de que existe una absoluta falacia contemporánea sobre la libertad de las ideas individuales: que tales flores crecen mejor e incluso más grandes en un jardín, y que en pleno campo se marchitan y mueren (Autobiografía, 16-24 y 25).

Concluyo con unas palabras de Marshall McLuhan (de la selección de Conlon, ‘Half Century of Vews’, Oxford, 1987, p.77) que pronto publicaremos completas en el blog, que resumen esta idea de GK, incluso añadiendo una cita suya que lo sintetiza: “Un mundo interior es explorado y desarrollado y entonces proyectado como un objeto. Pero ese nunca fue el método de Chesterton: Todas mis puertas mentales abren hacia fuera, a un mundo que yo no he hecho [en ‘El asombro y el poste de madera’ de Los países de colores], dijo en una formulación básica. Esta distinción debe permanecer siempre entre el artista ocupado en construir un mundo y el metafísico ocupado en contemplar un mundo. También debe liberar las mentes de aquellos que, de un sentido de lealtad al poder filosófico de Chesterton, se han sentido obligados a defender su retórica y sus versos”.

Chesterton: ‘Mi final es mi principio’

Con motivo aniversario del fallecimiento de Chesterton -el 14 de junio de 1936- decidimos publicar uno de sus últimos textos, en el que explica el sentido de su propia existencia: la segunda mitad del largo capítulo 16 de la Autobiografía (Acantilado, 2003): El Dios de la llave dorada. Como todavía era muy larga, y a su vez podía dividirse coherentemente en otras dos partes, publicamos el día 14 la que titulamos ‘Agradecimiento por el diente de león, y hoy lo que constituiría el último bloque del largo capítulo, a la que hemos denominado ‘Teología del diente de león y filosofía realista’, por su contenido, aunque la entrada está titulada con una frase del final. Como se ve, a GK le interesa hacer pensar y razonar hasta el último minuto, en su perpetuo debate con las carencias intelectuales del mundo moderno. Son los párrafos 21 a 30 del capítulo: tras debatir sobre la actitud vital con que hay que enfrentarse a la vida –que tiene un sentido cósmico para ser plena, pues requiere el misticismo y la teología-, Chesterton repasa brevísimamente todo su sistema filosófico –incluyendo una aguda crítica a la falsa tolerancia de hoy- y concluye de manera característica, son su magistral habilidad para devolvernos al punto de partida -las novelas de misterio- como había empezado el capítulo. Como siempre, si alguien desea leer toda la segunda parte completa (párr. 13-30), puede hacerlo en versión bilingüe.

El fragmento de GK de hoy   procede del cap.16 de su 'Autobiografía', llamado 'El Dios de la llave de oro'

El fragmento de GK de hoy procede del cap.16 de su ‘Autobiografía’, llamado ‘El Dios de la llave dorada’

16.3. Teología del diente de león y filosofía realista
16.3.1 El realismo frente al relativismo actual
He recurrido aquí a una metáfora tópica de un libro de versos afortunadamente olvidado,[1] únicamente porque es ligera y trivial, y los niños pueden dispersarla de un soplido –como si fuera un vilano de cardo- y porque es más apropiado para un lugar como éste, al que no se ajustaría el argumento formal. Pero, a no ser que alguien crea que el concepto no guarda relación con el razonamiento, sino que es sólo una fantasía sentimental sobre malas hierbas o flores silvestres, indicaré superficial y brevemente lo bien que esta imagen encaja en todos los aspectos del razonamiento.
En cuanto a lo primero, un eventual crítico dirá: “¡Vaya tontería que es todo esto! ¿Quiere usted decir que un poeta no puede dar gracias por la hierba y las flores silvestres sin ponerlo en relación con la teología, y no digamos ya que tenga que ser su teología?” A lo que yo respondo: “Sí, quiero decir que no puede hacerlo sin relacionarlo con la teología, a no ser que pueda hacerlo al margen del pensamiento. Si consigue ser agradecido y que no haya nadie a quien agradecer ni buenas intenciones por las que dar las gracias, entonces él simplemente se refugia en ser desconsiderado para evitar tener que ser desagradecido”. Pero, desde luego, el razonamiento va más allá de la gratitud consciente y puede aplicarse a cualquier clase de paz, seguridad o tranquilidad, incluso a la seguridad y la tranquilidad inconscientes.
En último término, incluso la adoración por la naturaleza de los paganos o el amor por la naturaleza de los panteístas dependen tanto de la intención implícita y la bondad objetiva de las cosas como la acción de gracias directa de los cristianos. En realidad, la Naturaleza es, en el mejor de los casos, otro nombre femenino que damos a la Providencia cuando no la tratamos muy en serio, un fragmento de mitología feminista. Hay una especie de cuento de hadas, más adecuado para contarlo al amor de la lumbre que en el altar, en el que lo que se llama Naturaleza puede ser una especie de hada madrina. Pero sólo puede haber hadas madrinas porque hay madrinas; y hay madrinas porque hay madre; y si hay madre, es porque existe un Padre.[2]

Lo que me ha molestado toda la vida sobre los escépticos es su extraordinaria lentitud para llegar a la conclusión, aunque sea sobre sus propias posturas. He escuchado cómo los criticaban o cómo los admiraban por su temeraria precipitación y su imprudente furia innovadora, pero yo siempre he encontrado difícil lograr que se movieran unas pulgadas y terminaran su razonamiento.
Cuando por primera vez se insinuó que tal vez el universo no obedeciera a un gran diseño, sino que tan sólo fuera una excrecencia ciega e indiferente, deberíamos habernos dado cuenta inmediatamente de que aquello impediría para siempre el que un poeta se instalase en los verdes campos como en su casa o buscara inspiración en el cielo azul. La hierba verde pasaría a ser como el verde herrumbre o el verde podredumbre, y dejaría de tener relación con ese algo auténtico con el que tradicionalmente se la ha asociado. De igual forma, el cielo azul nos evocaría lo mismo que una nariz amputada en un congelado universo muerto.
Los poetas, incluso los paganos, sólo pueden creer directamente en la Naturaleza si indirectamente creen en Dios. Si la segunda idea se desvaneciera de verdad, tarde o temprano la primera seguirá el mismo camino. Y aunque sólo sea por una especie de dolorido respeto por la lógica humana, desearía que fuera lo más temprano posible.
Desde luego, un hombre puede mostrar un interés casi animal ante ciertos accidentes de forma y color en una roca o un charco, igual que ante una bolsa para trapos o ante un guardapolvos, pero no puede mostrar eso a lo que se refieren los grandes poetas o los grandes paganos al hablar de los misterios de la Naturaleza o de la inspiración de los poderes elementales. Cuando ya no existe siquiera una vaga idea de los fines o las presencias, entonces el bosque multicolor es realmente una bolsa de trapos, y el espectáculo del polvo queda reducido al guardapolvo. Se puede ver cómo esta constatación invade como una lenta parálisis a todos los poetas modernos que no han reaccionado ante lo religioso. Su filosofía del diente de león no es la de que todas las malas hierbas son flores, sino más bien la de que todas las flores son malas hierbas. En realidad, llega a convertirse en una especie de pesadilla, como si la propia Naturaleza no fuera natural.
Tal vez esa sea la causa por la que muchos de ellos intentan desesperadamente escribir sobre las máquinas, cuyo diseño, de momento, nadie discute. Ningún Darwin ha sostenido todavía que los motores empezaran como esquirlas de metal y que en su mayoría fueran chatarra; o que sólo los coches que por casualidad desarrollaron un carburador sobrevivieron a la lucha por la vida en Piccadilly. Sea cual sea la razón, he leído poemas modernos que claramente intentan que la hierba parezca algo meramente áspero, pinchudo y repugnante como una barbilla sin afeitar.

Ése es el primer distintivo: que este misticismo humano común hacia el polvo, el diente de león, a la luz del día o a la vida diaria del hombre, depende absolutamente y siempre ha dependido de la teología, si es que ha tenido relación con el pensamiento. Y si a continuación me preguntan que por qué esta teología, respondería que porque es la única que no sólo ha pensado, sino que ha pensado en todo.
No sólo no negaré que casi todas las teologías o filosofías contienen una verdad, sino que lo afirmo rotundamente, y de eso es de lo que me quejo. Todas y cada una de las doctrinas o sectas que conozco se conforman con seguir una verdad, bien sea teológica, teosófica, ética o metafísica. Y  cuanto más universales afirman ser, tanto más parece que lo único que hacen es simplemente coger algo y aplicarlo a todo. Un científico y erudito hindú muy brillante me dijo: “Sólo existe una cosa: la unidad y la universalidad. Los puntos en los que las cosas discrepan no son importantes; lo único importante es aquello en lo que coinciden”. Y yo le respondí: “El acuerdo al que realmente queremos llegar es el acuerdo entre acuerdo y desacuerdo. Es el sentido de que las cosas difieren aunque sean una”. Mucho después, descubrí que lo que yo quería decir ya lo había formulado mucho mejor el escritor católico Coventry Patmore: “Dios no es infinito; es la síntesis entre lo infinito y el límite”.
En resumen, los otros profesores eran siempre hombres de una sola idea, aunque aquella única idea fuese la universalidad. Y eran especialmente estrechos cuando su única idea era la amplitud. Sólo he encontrado un credo que no se contenta con una sola verdad, sino únicamente con la Verdad, hecha de un millón de verdades y, sin embargo, una.
Incluso en esta ilustración sobre mis propias fantasías personales, lo que afirmo se demuestra doblemente. Si hubiera divagado como Bergson o Bernard Shaw y hubiera construido mi propia filosofía a partir de mi precioso fragmento de verdad, por el simple hecho de haberla descubierto yo sólito, pronto habría descubierto cómo esa verdad se distorsionaba y convertía en falsedad. Incluso en este caso, hay dos modos en los que podría haberse vuelto contra mí y haberme destrozado: uno habría sido alentando el engaño al que yo estaba más predispuesto; y el otro, excusando la falsedad que me parecía más inexcusable.
Respecto al primero, el sentido exagerado de que aquella luz del día, el diente de león y toda aquella primera experiencia eran una suerte de visión increíble, se habría convertido en mi caso, sin el contrapeso de otras verdades, en algo realmente desequilibrado. Porque la idea de ver visiones estaba peligrosamente cercana a mi vieja pesadilla original, que me había conducido a moverme como en un sueño y, en determinado momento, a perder el sentido de la realidad y con él, gran parte de la responsabilidad. Y en lo tocante a la responsabilidad, en un terreno más práctico y ético, podría haber provocado en mí una especie de quietismo político, al que yo me oponía en conciencia tanto como al cuaquerismo.
Porque, ¿qué habría podido decir yo si un tirano hubiera tergiversado esta idea de la conformidad trascendental y la hubiera convertido en una excusa para la tiranía? Supongamos que hubiera citado mis propios versos sobre la idoneidad de una existencia elemental y sobre la verde visión de la vida; supongamos que lo hubiera utilizado para demostrar que los pobres deben contentarse con cualquier cosa y que hubiera dicho como el viejo tirano: “Que coman hierba”.[3]

En una palabra, tenía el humilde propósito de no ser un maníaco, un monomaniaco, sobre todo, no ser un monomaniaco con una sola idea simplemente porque era la mía. La idea era bastante normal y bastante consistente con la fe; en realidad, era parte de ella. Pero sólo siendo parte de ella, podía haber permanecido normal.
Estoy convencido que esto sirve para casi todas las ideas de las que mis contemporáneos más capaces han extraído nuevas filosofías, muchas de ellas bastante normales al principio. Por tanto, he llegado a la conclusión de que existe una absoluta falacia contemporánea sobre la libertad de las ideas individuales: que tales flores crecen mejor e incluso más grandes en un jardín, y que en pleno campo se marchitan y mueren.

Y de nuevo soy muy consciente de que habrá alguien que haga esa pregunta natural y normalmente razonable: “¿De verdad quiere usted decir que a menos que un hombre acepte el particular credo que usted defiende, no puede poner objeciones a que se pida a la gente que coma hierba?” A esto, de momento, sólo contestaré: “Sí, eso quiero decir, pero no exactamente como usted lo formula”. Sólo añadiré, de pasada, que lo que realmente me subleva a mí y a todos de esa famosa burla del tirano es que transmite la insinuación de que se puede tratar a los hombres como bestias. Añadiré también que mi objeción no desaparecería por el hecho de que las bestias tuvieran suficiente hierba ni aunque los botánicos demostraran que la hierba es la dieta más nutritiva.

16.3.2 La vida, una historia de misterio
Me dirán que por qué ofrezco aquí este puñado de tópicos deshilvanados, tipos y metáforas, todo absolutamente inconexo. Pues porque ahora no estoy exponiendo un sistema religioso: estoy acabando una historia y redondeando lo que –al menos para mí- ha tenido mucho de aventura romántica y de novela de misterio. Es una narración totalmente personal que empezó en las primeras páginas de este libro, y tan sólo estoy respondiendo al final las preguntas que planteé al principio.
He dicho que tuve en la infancia, y en parte la he preservado, cierta debilidad romántica que ni el pecado ni el dolor han podido matar, porque a pesar de no haber tenido graves problemas, he tenido muchos. Un hombre no se hace viejo sin tener preocupaciones, aunque por lo menos yo me he hecho viejo sin aburrirme. La existencia es todavía para mí una cosa extraña y como a una extraña le doy la bienvenida.
Pues bien, para empezar, pongo ese principio de todos mis impulsos intelectuales ante la autoridad a la que finalmente he llegado, y descubro que estaba allí antes de que yo la pusiera. Me ratifico en mi constatación del milagro de estar vivo, no en ese oscuro sentido literario en el que los escépticos lo utilizan, sino en un sentido claro y dogmático que consiste en haber recibido la vida de lo único capaz de obrar milagros.

He dicho que esta tosca y primitiva religión de la gratitud no me salvaba de la ingratitud, del pecado que –para mí- tal vez sea el más horrible porque significa desagradecimiento. Pero también en esto he descubierto que me aguardaba una respuesta. Precisamente porque el mal estaba sobre todo en la imaginación, sólo podía ser penetrado por esa idea de la confesión, que significa el final de la simple soledad y el secreto.
Sólo he encontrado una religión que se atreviera a descender conmigo a mis propias profundidades. Sé, desde luego, que la práctica de la confesión, tras haber sido denigrada durante tres o cuatro siglos y durante gran parte de mi propia vida, se está recuperando con cierto retraso. Los científicos materialistas –siempre por detrás de su tiempo- reivindican todo lo que en ella se denigró como indecente e introspectivo. He oído que una nueva secta ha comenzado una vez más las prácticas de los primitivos monasterios, a tratar la confesión comunitariamente: a diferencia de los primitivos monjes del desierto, a los miembros de esta secta parece gustarles realizar el ritual vestidos con traje de noche.
En resumen, no quiero dar la impresión de que ignoro que distintos grupos en el mundo moderno se preparan para facilitarnos las gracias de la confesión. Ninguno de los grupos, hasta donde yo sé, manifiesta facilitar esa pequeña gracia de la absolución.

He dicho que mis morbideces eran tanto mentales como morales y que se hundían en la más pasmosa profundidad del escepticismo y solipsismo fundamentales. Y una vez más, volví a descubrir que la Iglesia se me había adelantado y había establecido sus inquebrantables bases;  que había afirmado la realidad de las cosas externas, de forma que incluso los locos pudieran oír su voz y que, mediante la revelación que tenía lugar en su mente, empezaran a creer lo que veían.

16.3.3 Conclusión: ‘Mi final es mi principio’
Para terminar, he dicho que he intentado -aunque imperfectamente- servir a la justicia y que he visto nuestra civilización industrial enraizada en la injusticia mucho antes de que se convirtiera en un comentario corriente como lo es hoy en día. Cualquiera que se moleste en mirar los ficheros de los grandes periódicos, incluso de los supuestamente radicales, y vea lo que dicen sobre las grandes huelgas y lo compare con lo que mis amigos y yo decíamos en las mismas fechas, puede fácilmente comprobar si lo que digo es una fanfarronada o una simple realidad.
Pero cualquiera que lea este libro (si alguien lo hace) verá que desde el principio mi instinto sobre la justicia, la libertad y la igualdad era de alguna forma distinto del habitual en mi época, distinto de todas aquellas tendencias dirigidas a la concentración y la generalización. Mi instinto me llevaba a defender la libertad de las naciones pequeñas y de las familias pobres, es decir, una defensa de los derechos del hombre que incluía los derechos de propiedad; sobre todo, la propiedad de los pobres. Realmente no entendí el significado de la palabra libertad, hasta que oí que la llamaban con el nuevo nombre de dignidad humana. Era un nombre nuevo para mí, aunque era parte de un credo con casi dos mil años de antigüedad.
En resumen, había deseado fervientemente que el hombre pudiera ser dueño de algo, aunque sólo fuera de su propio cuerpo. Al ritmo que avanza la concentración de bienes materiales, un hombre no poseerá nada, ni siquiera su propio cuerpo. Se ciernen ya en el horizonte vastas plagas de esterilización o higiene social, aplicadas a todos y que nadie impone. Por lo menos no voy a discutir aquí con las pintorescamente llamadas autoridades científicas del otro lado. He encontrado una autoridad que está de mi lado.

Esta historia, por tanto, sólo puede acabar como una historia de detectives, con respuestas a sus particulares preguntas y con una solución al problema planteado inicialmente. Miles de historias totalmente diferentes, con problemas totalmente distintos han acabado en el mismo punto y con los problemas resueltos.
Pero para mí, mi final es mi principio –como la frase de María Estuardo citada por Maurice Baring– y la aplastante convicción de que existe una llave que puede abrir todas las puertas me devuelve a la primera percepción del glorioso regalo de los sentidos y la sensacional experiencia de la sensación.
Surge de nuevo ante mí, nítida y clara como antaño, la figura de un hombre con una llave que cruza un puente, tal como lo vi cuando por primera vez miré el país de las hadas a través de la ventana del teatrillo de juguete de mi padre. Pero sé que aquel a quien llaman Pontifex -el constructor del puente- también se llama Claviger –el portador de la llave-, y que esas llaves le fueron entregadas para atar y desatar cuando era un pobre pescador de una lejana provincia, junto a un pequeño mar casi secreto.

[1]Se refiere a los versos de Swinburne –el poeta pesimista-, que citó en la parte anterior. Para verlos, pinchar en el enlace de la entrada.
[2] Aunque Olivia de Miguel, la traductora de la Autobiografía ha realizado una gran tarea, consideramos que este fragmento sólo puede comprenderse cabalmente si se confronta con el original inglés: Nature can be a sort of fairy godmother. But there can only be fairy godmothers because there are godmothers; and there can only be godmothers because there is God.
[3] La frase hace referencia a la respuesta de Andrew Myrick, un comerciante de Minnesota, ante la petición de alimentos que el jefe sioux Little Crow le hizo para poder así alimentar a su pueblo, que había sido confinado en una reserva junto al río. Pocos días después se encontró el cadáver de Myrick con la boca llena de hierba y el incidente dio pie a la revuelta de los indios de Minnesota de 1862 [N de OM].

Una clave de Chesterton: llegar a las últimas consecuencias, en el pensamiento y en la vida. El ejemplo de la confesión

Con motivo del 78 aniversario de la muerte de GK hemos publicado un texto –El sentido de mi existencia-, quizá uno de los últimos escritos de su vida, pues concluyó la Autobiografía –es un fragmento del último capítulo, n.16- pocos meses antes de morir.
Al releerlo, para comentar no he podido resistir la tentación de volver a colocar de nuevo algunos fragmentos de los párrafos 13 y 14. No quiero a hacer –como él mismo señala en uno de los subpárrafos suprimidos- una apología del Cristianismo, pues para eso hay otros lugares. Lo que me interesa destacar ahora es cómo GK comprende una determinada verdad y la lleva a sus últimas consecuencias (precisamente lo que en los párrafos siguientes criticará de pesimistas y optimistas: que no fundamentan bien sus argumentos, como él hace). Se puede estar de acuerdo o no, pero es innegable su capacidad por esforzarse en llegar hasta el fondo de lo que tiene entre manos: eso lo hizo rebelde en su tiempo, y lo hará rebelde también ante los conformistas de cualquier tipo, también de su propia religión, especialmente aquellos que ‘no se enteran’ en qué consiste ésta.

Confesonarios en la JMJ de Río de Janeiro, en 2013. Panorama móvil.

Confesonarios en la JMJ de Río de Janeiro, en 2013. Panorama móvil.

Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.
[…]
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (Autobiografía 16, 13-14).

Es frecuente el lenguaje hiperbólico en Chesterton, como este terrible que aparece en la introducción a El acusado: En algunas mesetas infinitas como enormes planicies que hubieran cobrado alturas vertiginosas, pendientes que parecen contradecir la idea de la existencia de algo semejante al nivel y nos hacen advertir que vivimos en un planeta con un techo inclinado, encontraremos, de vez en cuando, valles enteros cubiertos de rocas sueltas y cantos rodados tan enormes como montañas rotas. Todo podría ser una creación experimental destrozada. […] el escenario de la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta mucho más gigantesco que los profetas posteriores como esos peñascos en comparación con simples guijarros. Aquel profeta habría pronunciado unas palabras –unas palabras que resultarían ignominiosas y terribles-, y el mundo, aterrorizado, lo habría enterrado bajo un desierto de piedras (El acusado, 1-01).
Pero, ¿de qué otra manera se puede expresar el misterio inefable que significa comprender que –por medio de la confesión- uno vuelve a tener cinco minutos de edad, tener cinco años, perder el miedo a los errores cometidos y volver a ser un nuevo experimento del Creador, a cuya semejanza estamos hechos?

Chesterton: ‘El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

Hoy 14 de junio, se cumplen 78 años del fallecimiento de Chesterton. Tocaba publicar un texto de GK, y hemos pensado que el mejor que podríamos seleccionar es la segunda parte del cap.16 de su propia Autobiografía (Acantilado, 2003, traducción de Olivia de Miguel), en el que responde a las preguntas con las que se inicia el libro: si el primer capítulo se llama El hombre de la llave dorada, el último es El Dios de la llave dorada.
Como hemos publicado ya, GK veía la vida como un enigma de detectives, y de hecho, la primera parte está dedicada a las novelas de detectives, concretamente a su encuentro con el sacerdote John O’Connor, y cómo le serviría de inspiración para la creación del famoso Padre Brown. La resolución de su enigma está en la segunda parte y nos vamos a limitar a ella. Como sigue siendo aún bastante extensa y puede a su vez dividirse en dos con naturalidad, nos quedaremos hoy con la primera parte –párrafos 13-21, a los que nos hemos permitido el mismo titulo con que a entrada-; la parte final –párrafos 22-30, “teología del diente de león y filosofía realista”- aparecerá el fin de semana que viene.
Dado que es un texto muy largo, lo publicamos con los criterios que venimos aplicando en el Chestertonblog, para servir de guía al lector menos avisado: si es demasiado extenso, colocamos subtítulos; los inmensos párrafos de GK son a su vez subdivididos, pero se puede observar la estructura inicial porque hay un espacio añadido. Y en cuanto a la traducción –aunque es razonablemente buena-, se modifica cuando se considera que aún se puede entender mejor el sentido original de la expresión. Si alguien quiere –como siempre- confrontarla, aquí está la versión bilingüe completa (Cap. 16, párr.13-30).

Dandelion grande

Esta foto, en la que una niña ofrece una flor a GK, es conocida como ‘The Dandelion’, el ‘Diente de león’. www.gkc.org.uk

16.2 El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

16.2.1 La confesión y el poder comenzar de nuevo
Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.

No estoy defendiendo aquí doctrinas como la del sacramento de la penitencia, ni tampoco la doctrina igualmente asombrosa del amor de Dios al hombre. No estoy escribiendo un libro de controversia religiosa, de los que ya he escrito varios y probablemente, si amigos y parientes no me lo impiden violentamente, escriba algunos más. Aquí estoy ocupado en la malsana y degradante tarea de contar la historia de mi vida, y sólo tengo que exponer los efectos reales que estas doctrinas tuvieron en mis propios sentimientos y actos.
Dada la naturaleza de esta tarea, me interesa especialmente el hecho de que estas doctrinas parecen aglutinar toda mi vida desde el principio como ninguna otra doctrina podría hacerlo. Y sobre todo, solucionan simultáneamente mis dos problemas: el de mi felicidad infantil y el de mis cavilaciones juveniles. Han influido en una idea que –espero que no resulte pomposo decirlo- es la idea principal de mi vida; no diré que es la doctrina que he enseñado siempre, pero es la que siempre me hubiera gustado enseñar. Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido.
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don  tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo.

Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo. Empecé defendiendo los buzones de correos y los rojos ómnibus victorianos –aunque fueran feos- y he acabado por denunciar la publicidad moderna o las películas americanas –aunque sean bonitas.
Lo que intentaba decir entonces es lo mismo que intento decir ahora. Incluso la más profunda revolución religiosa sólo ha logrado confirmarme en el deseo de decirlo, porque, desde luego, jamás vi las dos caras de esta sencilla verdad formuladas juntas en ningún sitio hasta que abrí el ‘Penny Catechism’[1] y leí las siguientes palabras: “Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación”.

16.2.2 El asombroso diente de león

Diente de león. Sample text

Diente de león. Feepik.es

Empecé a buscar a tientas esa verdad en mi adolescencia, y lo hice por el lado equivocado, por el confín de la tierra más alejado de la esperanza puramente sobrenatural. Pero tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación.
Por tomar un fragmento que venga al caso, en mi primer libro de poemas juvenil, me preguntaba yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber logrado la recompensa de contemplar un diente de león. Ahora sería fácil datar la frase valiéndose de ciertos detalles -si el asunto mereciera la pena, aunque fuera para un comentarista- o averiguar cómo podía haberse formulado posteriormente de otra manera. No creo en la reencarnación, si es que creí en ella alguna vez, y desde que tengo jardín (porque no puedo decir desde que soy jardinero), me he dado cuenta mejor que antes de lo perjudiciales que son las malas hierbas.[2]
Pero en esencia, lo que dije del diente de león es exactamente lo que diría sobre el girasol, el sol o la gloria que, como dijo el poeta, es más brillante que el sol. El único modo de disfrutar hasta de una mala hierba es sentirse indigno incluso de una mala hierba. Pero hay dos maneras de quejarse de la mala hierba o de la flor. Una es la que estaba de moda en mi juventud y otra la que está de moda en mi madurez. No sólo ambas son erróneas, sino que lo son porque la misma cosa sigue siendo verdad. Los pesimistas de mi adolescencia, confrontados con el diente de león, decían con Swinburne:

Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño.

Y por eso los maldije, los pateé y monté un espectáculo tremendo: me convertí en el adalid del Diente de León y me coroné con un exuberante diente de león.
Pero hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos. En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”,[3] decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?”
Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación.

16.2.3 Humildad y agradecimiento, pesimismo y optimismo
Este es el principio que yo mantenía cuando a Mr. Max Beerbohm le parecía un optimista, y este es el principio que sigo manteniendo cuando a Mr. Gordon Selfridge, sin duda, debo parecerle un pesimista. El objetivo de la vida es la capacidad de apreciar: no tiene sentido no apreciar las cosas como tampoco tiene ningún sentido tener más cosas, si tienes menos capacidad de apreciarlas.
Originalmente dije que una farola de barrio, de color verde guisante, era mejor que la falta de luz o a la falta de vida, y que si era una farola solitaria, podíamos ver mejor su luz contra el fondo oscuro. Sin embargo, al decadente de mi época juvenil, le angustiaba tanto ese hecho que querría colgarse de la farola, apagar su luz y dejar que todo se sumiera en la oscuridad original. El millonario moderno se me acerca corriendo por la calle para decirme que es un optimista y que tiene dos millones y medio de farolas nuevas, todas pintadas, ya no de aquel verde guisante victoriano, sino de un futurista cromo amarillo y azul eléctrico, y que piensa plantarlas por todo el mundo en tales cantidades que nadie se dará cuenta de su existencia, especialmente, porque todas serán exactamente iguales.
Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista. Una farola puede ser significativa aunque sea fea, pero él no hace que la farola sea significativa, sino que la convierte en algo insignificante.

En resumen, me parece que poco importa si un hombre está descontento en nombre del pesimismo o del progreso, si su descontento paraliza su capacidad para apreciar lo que tiene. Lo realmente difícil para el hombre no es disfrutar de las farolas o los paisajes, ni disfrutar del diente de león o de las chuletas, sino disfrutar del placer. Mantener la capacidad de degustar realmente lo que le gusta: ése es el problema práctico que el filósofo tiene que resolver.
Y me parecía al principio, como me parece al final, que los pesimistas y los optimistas del mundo moderno han confundido y enturbiado este asunto, por haber dejado a un lado el antiguo concepto de humildad y agradecimiento por lo inmerecido. Este asunto es mucho más importante que mis opiniones, pero, de hecho, fue al seguir ese tenue hilo de fantasía sobre la gratitud –tan sutil como esos abuelos de diente de león que se soplan al hilo de la brisa como vilanos de cardo- como llegué finalmente a tener una opinión que es más que una opinión. Tal vez sea la única opinión que es realmente más que una opinión.

Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo. El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra.

Porque nadie más se especializa, en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida.
Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor.

Los hombres se coronan de flores y presumen de ellas; o duermen en un lecho de flores y las olvidan; o las nombran y numeran con objeto de cultivar una super-flor para la Exposición Internacional de Flores. Pero por otro lado, pisotean las flores como una estampida de búfalos; o las desarraigan como un pueril mimetismo de la crueldad de la naturaleza; o las arrancan con los dientes para demostrar que son iluminados pesimistas filosóficos. Sin embargo, respecto al problema original con el que empecé, el mayor aprecio imaginativo de la flor que fuera posible, ellos no hacen nada, salvo disparates; ignoran los hechos más elementales de la naturaleza humana, y al trabajar sin pies ni cabeza en todas las direcciones, todos sin excepción se equivocan en su trabajo.
Desde la época a la que me refiero, el mundo ha empeorado todavía más en este aspecto. Se ha enseñado a toda una generación a decir tonterías a voz en grito sobre su “derecho a la vida”, “derecho a la experiencia” y “derecho a la felicidad”. Los lúcidos pensadores que hablan de este modo, en general, acaban la enumeración de todos estos extraordinarios derechos diciendo que no existe el bien y el mal. En ese caso, es algo difícil especular de dónde puedan proceder esos derechos.
Pero yo al menos me inclinaba cada vez más hacia esa vieja filosofía que sostenía que sus verdaderos derechos tenían el mismo origen que el diente de león y que ellos jamás podrían valorar ninguno de los dos si no reconocían su fuente de procedencia. Y en ese sentido último, el hombre no creado, el hombre nonato, no tiene derecho siquiera a ver el diente de león, porque él no podría haber creado ni el diente de león ni la vista.

[1] Las raíces del ‘Catecismo de la doctrina cristiana’ se remontan al siglo XVI. Fue redactado por los disidentes anglocatólicos (English Catholic Recusants) exiliados en el norte de Francia. Cientos de generaciones de escolares ingleses lo han conocido como ‘Penny Catechism’ [Nota de Olivia de Miguel].
[2]Aunque la tradición de este conocido fragmento rodee de un cierto halo al diente de león, el propio GK nos recuerda que no deja de ser una mala hierba.
[3] Paráfrasis del Salmo 8, 5.

Chesterton retrata a dos ‘revolucionarios’: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís.

Cualquiera que pretenda analizar la habilidad de Chesterton para establecer comparaciones y paralelismos debe estudiar el primer capítulo de la obra dedicada a Santo Tomás de Aquino (1933), pues está enteramente dedicado a las comparaciones: entre San Francisco –sobre el que ya había escrito otro libro en 1923- y Sto. Tomás: primero en qué se parecen y luego en qué se diferencian. Luego, entre la Edad Media y la nuestra. Y para concluir, las semejanzas y diferencias entre los dos fundadores de las grandes órdenes mendicantes: San Francisco y el español  Sto. Domingo de Guzmán.
Vamos a quedarnos ahora tan sólo con el contraste que GK plantea ente los dos protagonistas de sus libros, San Francisco y Santo Tomás (Apdos 01-03 del capítulo -que se puede leer completo aquí). Es un fragmento que no resisto a copiar entero, lleno de ‘chestertonadas’, esas típicas figuras o imágenes brillantes tan originales, que sólo podrían salir de la bulliciosa mente de GK. Pero la simpatía, la capacidad de observación, la agudeza en la comprensión de los caracteres y el ambiente social, son realmente fascinantes:

Los son hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar -si es posible- el vívido retrato que que Chesterton hace de ellos.

Los hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar el vivo retrato que que Chesterton hace de ellos. Catedralesgoticas.es

Se puede hacer un esbozo de San Francisco; de Santo Tomás sólo se podría hacer un plano, como el plano de una ciudad laberíntica. Y sin embargo, en cierto sentido, encajaría en un libro mucho mayor o mucho más pequeño: lo que realmente sabemos de su vida se podría despachar bastante bien en pocas páginas, porque no desapareció, como San Francisco, bajo un chaparrón de anécdotas personales y leyendas populares; lo que sabemos –o podríamos saber, o en su día podríamos tener la suerte de descubrir- acerca de su obra, probablemente llenará todavía más bibliotecas en el futuro de las que ha llenado en el pasado.
Fue posible dibujar a San Francisco en silueta, pero con Santo Tomás todo depende de cómo se rellene la silueta. En cierto modo, hasta es medieval iluminar una miniatura del Poverello [de Asís], que hasta en el título lleva un diminutivo. Pero hacer un resumen o digesto, como los de la prensa, del Buey Mudo de Sicilia es algo que sobrepasa a todos los experimentos de digestión de un buey en una taza [divertida alusión al invento del caldo de carne concentrado].
Esperemos que sea posible hacer un bosquejo de biografía, ahora que cualquiera parece capaz de escribir un bosquejo de la historia o un bosquejo de cualquier cosa. Sólo que –en el caso presente- el bosquejo es todo un bosque.  El hábito capaz de contener al colosal fraile no está entre las tallas disponibles.

He dicho que estos retratos sólo pueden serlo en silueta. Pero el contraste es tan llamativo, que aun si realmente viéramos a las dos figuras humanas en silueta, asomando por la cresta del monte con sus hábitos fraileros, ese contraste nos parecería hasta cómico. Sería como ver, aun en la lejanía, las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza, o de Falstaff y maese Slender.
San Francisco era un hombrecito flaco y vivaracho; delgado como un hilo y vibrante como la cuerda de un arco; y en sus movimientos, como la flecha que el arco dispara. Toda su vida fue una serie de carreras y zambullidas: salir corriendo tras el mendigo, lanzarse desnudo al bosque, tirarse al barco desconocido, precipitarse a la tienda del sultán y ofrecerse a arrojarse al fuego. En apariencia debió ser como el fino esqueleto de una parda hoja otoñal bailando eternamente en el viento –aunque, en realidad, el viento era él-.

Santo Tomás era un hombre como un toro: grueso, lento y callado; muy tranquilo y magnánimo, pero no muy sociable; tímido, dejando aparte la humildad de la santidad; y abstraído, dejando aparte sus ocasionales y cuidadosamente ocultadas experiencias de trance o éxtasis.
San Francisco era tan fogoso y nervioso que los eclesiásticos que visitó sin avisar le tomaron por loco. Santo Tomás era tan imperturbable que los doctores de las escuelas a las que asistió regularmente le tomaron por zote. De hecho era ese tipo de estudiante no infrecuente que prefiere pasar por zote a permitir que otros zotes más activos o animados invadan sus sueños.
Este contraste externo se extiende a casi todos los aspectos de una y otra personalidad. La paradoja de San Francisco fue que, amando con pasión la poesía, tuviera cierta desconfianza hacia los libros. Fue el hecho sobresaliente de Santo Tomás que amó los libros y vivió de libros: vivió la vida del clérigo o estudiante de los Cuentos de Canterbury, y prefería poseer cien libros de Aristóteles y su filosofía a cuantas riquezas pudiera ofrecerle el mundo. Cuando le preguntaron qué era lo que más agradecía a Dios, respondió con sencillez: “Haber entendido todas las páginas que he leído”.
San Francisco era muy vívido en sus poemas y bastante inconcreto en sus documentos. Santo Tomás dedicó su vida entera a documentar sistemas enteros de letras paganas y cristianas. Y de vez en cuando escribió un himno, como quien se va de vacaciones.
Veían el mismo problema desde ángulos distintos: la sencillez y la sutileza. San Francisco pensaba que bastaría con abrir su corazón a los mahometanos para que se convencieran de no adorar a Mahoma. Santo Tomás se estrujó el cerebro con toda suerte de distinciones y deducciones sutilísimas sobre el Absoluto o el Accidente, únicamente para evitar que se entendiera mal a Aristóteles.
San Francisco era hijo de un comerciante, de un tratante de clase media, y aunque toda su vida fue una rebelión contra la vida mercantil de su padre, retuvo de todos modos algo de esa celeridad y adaptabilidad social que hacen que el mercado zumbe como una colmena. Con toda su afición a los verdes campos, no crecía la hierba bajo sus pies, como se suele decir. Era lo que los millonarios y los gánsteres americanos llaman un ‘alambre vivo’. Es característico de los modernos mecanicistas que, incluso cuando tratan de imaginar algo vivo, sólo se les ocurra una metáfora mecánica de algo muerto: se puede ser un gusano vivo, pero no un alambre vivo. San Francisco habría concedido de muy buen grado ser un gusano, pero un gusano bien vivo. El mayor de los enemigos del ideal de moverse para lucrarse, había renunciado ciertamente a lucrarse, pero nunca dejó de moverse.
Santo Tomás, por el contrario, provenía de un mundo en el que podría haber disfrutado del ocio, y siguió siendo uno de esos hombres cuyo trabajo tiene algo de la tranquilidad del ocio. Fue trabajador incansable, pero nadie le habría podido tomar por un trajinante. Había en él ese algo indefinible que distingue a los que trabajan no teniendo que trabajar, pues era por nacimiento caballero de alto linaje, y esa tranquilidad puede conservarse como hábito, aunque no tenga motivo. Pero en él sólo se expresaba en sus elementos más amables; por ejemplo, posiblemente había algo de ella en su cortesía y su paciencia naturales.
Cada santo es hombre antes de ser santo, y se puede ser santo siendo cualquier clase o especie de hombre; y la mayoría de nosotros elegirá entre estos diferentes tipos con arreglo a sus diferentes gustos. Confieso que, así como la gloria romántica de San Francisco no ha perdido nada de su atractivo para mí, en los últimos años he llegado a sentir casi el mismo afecto –o en algunos aspectos, incluso más- por este hombre que habitó inconscientemente un gran corazón y una gran cabeza como el que hereda una gran mansión y ejerce en ella una hospitalidad igualmente generosa, aunque un poco distraída. Hay momentos en que San Francisco -el hombre menos mundano que jamás hubo en el mundo- me resulta casi demasiado eficiente.

El capítulo, una vez que ha mostrado los distintos que son, continúa estableciendo las similitudes que les dieron ese carácter revolucionario o innovador, que brevemente resumo en dos: que ambos fueron enamorados de Jesucristo y –oh, sorpresa para el educado en los convencionalismos-, que libraron al mundo medieval del espiritualismo, creando las bases de nuestra moderna civilización.