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Relato ‘Nostalgia del hogar’, de Chesterton

Lo prometido es deuda. A continuación, el relato de Chesterton ‘Nostalgia de casa’, presentado ayer, en versión de española de Marta Torres. Pero si alguien desea acceder a la versión bilingüe, puede hacerlo en ‘Homesick at home’.

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mis­mo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.
White Wynd había nacido y crecido, se había casa­do y convertido en padre de familia en la Granja Whi­te junto al río. El río la rodeaba por tres lados como si fuera un castillo: en el cuarto estaban las cuadras y más allá la huerta y más allá un huerto de frutales y más allá una tapia y más allá un camino y más allá un pinar y más allá un trigal y más allá laderas que se juntaban con el cielo, y más allá… pero no vamos a enumerar el mundo entero, por mucho que nos tiente. White Wynd no había conocido más hogar que éste. Para él sus muros eran el mundo y su techo el cielo.
Por eso fue tan extraño lo que hizo.
En los últimos años apenas cruzaba la puerta. Y a medida que aumentaba su desidia le aumentaba el de­sasosiego: estaba a disgusto consigo mismo y con los demás. Se sentía, en cierta extraña manera, hastiado de cada instante y ávido del siguiente.
Se le había endurecido y agriado el corazón para con la esposa y los hijos a los que veía a diario, aunque eran cinco de los rostros más bondadosos del mundo. Recordaba, en destellos, los días de sudor y de lucha por el pan en que, al llegar a casa al atardecer, la paja de la techumbre ardía de oro como si hubiese ángeles allí. Pero lo recordaba como se recuerda un sueño.
Ahora le parecía que podía ver otros hogares, pero no el suyo. Éste era meramente una casa. El prosaísmo había hecho presa en él: le había sellado los ojos y ta­pado los oídos.
Finalmente algo aconteció en su corazón: un vol­cán, un terremoto, un eclipse, un amanecer, un dilu­vio, un apocalipsis. Podríamos acumular palabras des­comunales, pero no nos acercaríamos nunca. Ochocientas veces había irrumpido la claridad del día en la cocina desnuda donde la pequeña familia se sentaba a desayunar al otro lado de la huerta. Y a la ochocientas una el padre se detuvo con la taza que es­taba pasando en la mano.
–Ese trigal verde que se ve por la ventana –dijo so­ñolientamente-, relumbra con el sol. No sé por qué… me recuerda un campo que hay más allá de mi hogar.
¿De tu hogar? —chilló su esposa—. Tu hogar es éste.
White Wynd se levantó, y pareció que llenaba la estancia. Alargó la mano y cogió un bastón. La alargó de nuevo y cogió un sombrero. De ambos objetos se levantaron nubes de polvo.
–Padre –exclamó un niño-, ¿adónde vas?
–A casa –replicó.
–¿Qué quieres decir? Ésta es tu casa. ¿A qué casa vas?
A la Granja White junto al río.
—Es ésta.
Los estaba mirando tranquilamente cuando su hija mayor le vio la cara.
¡Ah, se ha vuelto loco! –exclamó, y se cubrió la cara con las manos.
–Te pareces un poco a mi hija mayor –observó el padre con severidad-. Pero no tienes la mirada, no, no esa mirada que es una bienvenida después de una jor­nada de trabajo.
–Señora –continuó volviéndose hacia su atónita es­posa con ceremoniosa cortesía-, le agradezco su hos­pitalidad, pero me temo que he abusado de ella dema­siado tiempo. Y mi casa…
–¡Padre , padre, por favor, respóndeme! ¿No es ésta tu casa?
El anciano movió vagamente el bastón.
Las vigas están llenas de telarañas y las paredes es­tán manchadas de humedad. Las puertas me aprisio­nan, las vigas me aplastan. Hay mezquindades y dis­putas y resquemores ahí detrás de las rejas polvorientas en que he estado dormitando demasiado tiempo. Aunque el fuego brama y la puerta está abierta. Hay comida y ropa, agua y fuego y todas las artes y miste­rios del amor allá en el fin del mundo, en la casa donde nací. Hay descanso para los pies cansados en el suelo alfombrado, y para el corazón hambriento en los ros­tros puros.
–¿Dónde, dónde?
En la Granja White junto al río.
Y traspuso la puerta, y el sol le dio en la cara.
Y los demás moradores de la Granja White perma­necieron mirándose los unos a los otros.
White Wynd estaba detenido en el puente de tron­cos que cruzaba el río con el mundo a sus pies. Y una fuerte ráfaga de viento vino del otro límite del cielo (una tierra de oros pálidos y maravillosos) y lo alcanzó. Puede que algunos sepan lo que es para un hombre ese primer viento fuera de casa. A éste le pare­ció que Dios le había tirado del cabello hacia atrás y lo había besado en la frente.
Se había sentido hastiado de descansar, sin saber que el remedio entero estaba en el sol y el viento y en su propio cuerpo. Ahora casi creía que llevaba puestas las botas de siete leguas.
Iba a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada cadena de montañas. La buscó como buscamos todos el país de las hadas, en cada vuelta del camino. Únicamente en una dirección no la buscaba nunca, y era en la que, sólo mil yardas atrás, se levantaba la Granja White, con la techumbre de paja y las paredes encaladas brillando contra el azul ventoso de la mañana.
Observó las matas de diente de león y los grillos y se dio cuenta de que era gigantesco. Somos muy dados a considerarnos montañas. Lo mismo son todas las co­sas infinitamente grandes e infinitamente pequeñas. Se estiró como un crucificado en una inmensidad inabarcable.
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas.
¿Habéis salido alguna vez a pasear?
* * * * *
El relato del viaje de White Wynd podría ser una epopeya. Se lo tragaron por las grandes ciudades y fue olvidado: pero salió por el otro lado. Trabajó en las canteras y en los muelles país tras país. Como un alma transmigrante, vivió una sucesión de existencias: una partida de vagabundos, una cuadrilla de obreros, una dotación de marineros, un grupo de pescadores, lo consideraron el último acontecimiento de sus vidas, el hombre alto y delgado de ojos como dos estrellas, las estrellas de un antiguo designio.
Pero jamás se apartó de la línea que circunda el globo.
Un atardecer dorado de verano, sin embargo, se topó con lo más extraño de todos sus viajes. Subía pe­nosamente una loma oscura que lo ocultaba todo, como la misma cúpula de la tierra. De pronto lo invadió un extraño sentimiento. Se volvió a mirar hacia la vasta extensión de hierba para ver si había alguna linde, porque se sentía como el que acaba de cruzar la frontera del país de los elfos. Con un carillón de pasiones nuevas repicándole en la cabeza, asaltado por recuerdos confusos, llegó a lo alto de la colina.
El sol poniente irradiaba un resplandor universal. Entre el hombre y él, allá abajo en los campos, había lo que parecía a sus ojos anegados una nube blanca. No, era un palacio de mármol. No, era la Granja White junto al río.
Había llegado al fin del mundo. Cada lugar de la tierra es principio o fin, según el corazón del hombre. Ésa es la ventaja de vivir en un esferoide achatado por los polos.
Estaba atardeciendo. La loma herbosa en la que es­taba se volvió dorada. Tuvo la sensación de que se ha­llaba en medio de fuego en vez de hierba. Estaba tan quieto que los pájaros se posaron en su bastón.

Granja White 2
Toda la tierra y su esplendor parecían celebrar el regreso al hogar del lunático. Los pájaros que volaban hacia sus nidos lo conocían, la Naturaleza misma esta­ba en su secreto: era el hombre que había ido de un lu­gar al mismo lugar.
Pero se apoyaba con cansancio en su bastón. En­tonces alzó la voz una vez más:
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tener­los doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la espe­ranza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies.
Descendió por la ladera y se adentró en el pinar. A través de los árboles pudo ver la roja y dorada puesta de sol posándose en los blancos edificios de la granja y en las verdes ramas de los manzanos. Ahora era su ho­gar. Pero no pudo serlo hasta que se fue de él y hubo regresado. Ahora él era el Hijo Pródigo.
Salió del pinar y cruzó el camino. Saltó la tapia baja y se metió por entre los frutales, atravesó el huerto y pasó los establos. Y en el patio empedrado vio a su es­posa que sacaba agua.

Chesterton: presentación de ‘Nostalgia del hogar’

Ayer hablábamos de la fidelidad de Chesterton a sí mismo. En El hombre eterno (1925), hace referencia a un antiguo relato suyo. Había sido escrito en 1896, cuando GK tenía tan sólo 22 años, justo tras superar la fase más crítica de su vida, y comenzar a verlo todo de otra manera. De forma poética, Chesterton expresa su solución al problema de la vida del hombre, que será una idea central en toda su filosofía: la intuición –argumentada mil veces después- de que nuestra vida no es sino la búsqueda del hogar. Es la forma que GK da a la idea del viaje que sería la vida humana –ya en la Odisea aparece esta idea- o expresada en términos  más modernos, para encontrarse con uno mismo. En Ortodoxia explicaría por qué nunca terminamos de sentirnos bien: nuestro viaje -nuestra casa- no concluye en esta tierra.

El relato que nos ocupa –Homesick at home– fue publicado –que yo sepa- por primera vez en The coloured lands, de manera póstuma, en 1938, por Sheed & Ward. Existen tres versiones en español:

-Rialp, El amor o la fuerza del sino, 1993. Traducción de Álvaro de Silva.
-Valdemar, Fábulas y cuentos, 2000. Traducción de Marta Torres.
-Valdemar, Los países de colores, 2010. Traducción de Óscar Palmer.

Como no podía elegirlas todas, he escogido la de Marta Torres, aunque considero que el título más fiel a la idea de Chesterton es el de Óscar Palmer: Añoranza del hogar estando en casa, que va mucho más allá de las tres palabras originales. He modificado el título en la entrada, porque me parece que el más adecuado es Nostalgia del hogar.

¿Cómo ofrecerlo? De dos formas.
-La primera en edición bilingüe, como otros muchos textos de GK, enlazando  desde aquí a Nostalgia de casa.
-La segunda, completo en la entrada de mañana domingo, ocasión propicia para disponer de más tiempo, con el texto ya presentado. Para abrir boca dos fragmentos. Primero, el inicio:

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mismo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.

Granja White 1

Y luego, las consideraciones del protagonista a mitad de camino, que reflejan la forma de mirar de GK tras salir de su fase crítica, pero también la visión de la humanidad entera en el transcurso de los siglos, en ese estilo que hace grande a Chesterton:

–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas
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Mi cita preferida de Chesterton

El hombre que hace una promesa acuerda una cita consigo mismo en algún lugar o fecha lejanos. El peligro está en que no acuda a la cita. Y en los tiempos modernos este terror a uno mismo, a la debilidad y mutabilidad propias, ha crecido peligrosamente y es el verdadero fundamento de la objeción a cualquier tipo de promesa (Una defensa de las promesas precipitadas, El acusado, 04-03; edición Espuela de plata, p.64).

Ésta es una de mis frases favoritas de Chesterton. Me gusta porque habla de unidad de vida, de fidelidad a las propias convicciones, de integridad y… Chesterton fue siempre fiel a sí mismo, que es ser fiel a la verdad que en un momento comprendió, con su cabeza y su corazón. Dedicó el resto de su vida a promover esa verdad, abriendo los ojos a los demás, también sobre sus propia fragilidad e inconsistencia.

GK continúa el texto desarrollando su teoría: Quien hacía una promesa, por absurda que fuera, estaba dando expresión sana y natural a la grandeza de un gran momento. Prometía por ejemplo, encadenar dos montañas, tal vez como símbolo de una gran fe, un gran amor o una gran aspiración. Y por breve que fuera el momento de su determinación, aquel era, como todo gran momento, un momento de inmortalidad (40-05).

Hay una antropología auténtica y original en Chesterton, una comprensión del ser humano, su naturaleza y sus aspiraciones. Me viene a la cabeza abrir un apartado dedicado estudiarla con detalle, pero, ¿acaso no acuñó ya el concepto de sensatez como núcleo y síntesis de su visión del hombre?

Por otra parte, cualquiera suscribiría la fragilidad y variabilidad humanas, pero hablar del terror a uno mismo pone de manifiesto la visión agudísima que GK poseía: aquí, Chesterton se revela igualmente como profeta, y para mostrarlo recojo los dos últimos párrafos del artículo. Si me hubieran preguntado por la fecha de su redacción, hubiera señalado que es un texto reciente que describe la postmodernidad en que vivimos: ese quiero y no puedo, ese estoy y no estoy, esa búsqueda perenne de una satisfacción imposible, dadas las bases sobre las que se ha construido este mundo.

Como hemos dicho, es exactamente esta puer­ta trasera, esta sensación de contar con una retirada tras nosotros, esto es, para nuestra mente, el espíritu esterilizador del placer moderno. En todas partes ha­llamos el persistente y loco intento de obtener placer sin pagar un precio a cambio. Y así, en política, dicen los jingoístas [nacionalistas e imperialistas] modernos: ‘Disfrutemos los placeres del conquistador sin sufrir las penalidades del soldado: sentémonos en los sofás a ser una raza vigorosa’. Así, en religión y moral, dicen los místicos decadentes: ‘Disfrutemos la fragancia de la sagrada pureza sin sufrir las penalidades del autodominio; cantemos alternativamente un himno a Príapo y otro a la Virgen’. Así, en el amor, dice el amante partidario del amor libre: ‘Disfrutemos el esplendor de la entrega sin el peligro del compromiso; veamos si no es posible suicidarnos un ilimitado número de veces.

Pero, categóricamente, podemos decir que no funcionará. Hay momentos emocionantes, sin duda, para el espectador, para el mero aficionado y el esteta; pero hay una emoción que sólo conoce el soldado que lucha por su bandera, el asceta que ayuna por su iluminación, el enamorado que hace su propia elección definitiva. Y es esta autodisciplina transformadora lo que convierte la promesa en algo verdaderamente sensato. Debe haber satisfecho incluso la inmensa hambre del alma de un enamorado o de un poeta saber que a consecuencia de un instante de decisión la cadena colgará durante siglos de los Alpes entre las estrellas y las nieves silenciosas. Todo cuanto nos rodea ahora es la ciudad de los pecados menores, que abunda en puertas traseras y retiradas fáciles, pero, tarde o temprano, con certeza, la imponente llama surgirá del puerto para anunciar que el reinado de los cobardes ha llegado a su fin, y un hombre está quemando sus naves (04-09 y 10).

Sólo quienes sostienen su promesa conocen el verdadero valor de la vida.

La vuelta al mundo de Manu Leguineche

Ha fallecido el periodista español Manuel Leguineche (1941-2014) a los 72 años.

Manu Leguineche

Busco en algunos medios: «La obra de Manu es inmensa, en sus libros, que son fascinantes, y sus crónicas. Todo ello lo reflejó en El camino más corto, la aventura de la aventura, de salir de una España de estrechas miras a un mundo que palpitaba y se desbordaba. Contó todas las guerras. Recibió todos los premios. Llevó en su corazón el Hotel Continental de Saigón.  Fue el relato implacable del siglo XX» (Hechos de hoy).

El camino más corto (1978, descatalogado) relata la aventura extraordinaria de unos jóvenes que decidieron dar la vuelta al mundo al coche. El diario El País cita estas palabras suyas de 2007: “Me apasiona el mundo. Siempre tuve esa necesidad de fuga. Conocí a otras gentes, otros mundos, otras maneras de ser; por eso decía que el camino más corto para conocerse a uno mismo es dar la vuelta al mundo». Automáticamente vienen a nuestra mente esas palabras de Chesterton en El hombre eterno (01-01): Hay dos formas de llegar a casa. La primera de ellas consiste en permanecer allí. La segunda, en dar la vuelta al mundo hasta volver al punto de partida. No he encontrado ninguna referencia de Leguineche a Chesterton, pero el eco de nuestro maestro es más que evidente: volver a casa, conocerse a uno mismo: siempre la idea de viaje, tan vieja como la vida del ser humano, y tan familiar para nosotros en forma de novela desde la Odisea. La vida como aventura.

Radio Televisión Española, para quien para la que Leguineche trabajó muchos años, ha destacado tanto su empeño en la corresponsalía de guerra como su independencia, lo que me recuerda otras palabras de GK: Los peligros, recompensas, castigos y realizaciones de una aventura han de ser reales, o la aventura no sería más que una engañosa y desalentadora pesadilla. (Ortodoxia, conclusión del capítulo 7). Sigamos, pues, nuestro camino.

Chesterton a los ojos de otros periodistas

Para concluir el perfil de Chesterton como periodista (partes 1ª -su propia versión-  y 2ª -su curriculum-) reunimos unos cuantos testimonios que manifiestan cómo le vieron algunos de sus coetáneos. Vamos a comenzar con WR Titterton, que conoció a GK mucho antes de trabajar con él: de hecho, Chesterton le nombró director del GK’s Weekly y desempeñó este cargo durante varios años. Dice Titterton: «Gardiner era un buen director [del Daily News] […] porque lanzó a GKC a una serie de artículos dominicales que tuvieron el efecto de doblas las ventas del News en las ediciones en que aparecían, colaboración que duró muchos años. Es más esos artículos fueron el comienzo de una controversia, continuada por Chesterton en muchos periódicos, reseñas y libros hasta el día de su muerte, que ha tenido y tiene más efecto sobre el pensamiento e incluso sobre los hechos que ningún otro elemento periodístico sobre nuestro tiempo», (2011, p.37). Titterton -que se refiere a la tensión entre patriotismo e imperialismo- sigue así:

«Los progresistas estaban interesados en lo que veían, equivocadamente, como una campaña antibélica (era algo muy distinto: una campaña en contra de la guerra de los Boers), y durante algún tiempo intentaron reclamar a GKC como uno de los suyos. Pero él procedió a desorientarlos, luego a irritarlos y por último a cabrearlos, al defender al hombre de la calle contra el experto, al hombre de la calle y su derecho a sus propias costumbres, al hombre de la calle contras el Estado, y sobre todo al hombre de la calle y su derecho a gobernar a su propia familia y ser dueño de su propiedad. Era una doctrina extraña, viniendo de un demócrata. Peor aún, si es posible: predicaba el catolicismo, la guerra y la cerveza» (pp.37-38).

Pasemos ahora a Luis Ignacio Seco (p.165), que comienza citando a Maisie Ward: «‘No he conocido a nadie que trabajase tantas horas y con el espíritu en tal tensión como Chesterton’. Un periodista americano recogía con preocupación la misma idea en un artículo publicado en el Chicago Evening Post: ‘Es casi imposible abrir un periódico sin que contenga algo suyo –artículo, comentario crítico, poema o dibujo- y su nombre es ya más familiar que el de Bernard Shaw… Si continúa a ese tren de producción acabará por gastarse o romperse… Es una lástima que un hombre tan bueno se consuma tan temerariamente… Sus amigos y editores deberían ponerse de acuerdo para contenerle… No hacen a menudo hombres como Chesterton'».

Para concluir, lo haremos con una cita extraída de la biografía de Pearce (p.596), procedente del libro de David Matthew Catholicism in England 1535-1935 (Londres, 1938, pp.238-239) aunque el texto apenas menciona la cuestión religiosa: «Con Chesterton surge un pensador católico verdaderamente inglés, una personalidad completamente independiente, un escritor con un cierto toque dickensiano, un renacimiento genuino del idealismo y de los sentimientos ingleses, así como la gran pasión por la justicia que encuentra siempre en este país una audiencia abrumadora, comprensiva y pacífica. El torrente de felices ocurrencias y las paradojas revelan el profundo sentido del humor inglés; la honda comprensión del hombre de la calle le sirvió de ayuda en su búsqueda de la justicia».

El color y el blanco y negro: Graham Greene habla de Chesterton

Acabo de leer El poder y la gloria, famosa novela de 1940 del eterno candidato a premio nobel Graham Greene. Es sin duda una obra maestra, por la fuerza de su personaje principal –un sacerdote alcoholizado y errante, en el contexto de la persecución contra los cristianos en el México de 1930-, atormentado por su cobardía y atrapado entre el deseo de salvar la vida y la conciencia del valor de su ministerio de salvación entre la gente del pueblo.

Graham Greene

En Escritores conversos (Ed. Palabra, 2006, p.179), Joseph Pearce menciona que Greene guardó siempre «el recuerdo de haber corrido  tras Chesterton, con su gorra de colegial, para pedir un autógrafo al famoso escritor, que ‘avanzaba Shaftesbury Avenue abajo, como un galeón de Lepanto'». A pesar de las diferencias vitales y literarias existentes entre ambos, Greene conservó siempre el afecto hacia Chesterton: «En agudo contraste con la infantil inocencia de éste, el novelista tomó el sendero del hastío del mundo, a veces, rayano en la desesperación» (p.180). Pero siempre fue un punto de referencia para él: en una ocasión, Graham Greene dijo : «Tomemos como ejemplo a G.K Chesterton, que tan vistosamente describe la naturaleza. En sus páginas, un atardecer es prácticamente un cromo. […] Creo que yo veo el mundo en blanco y negro, con algún toque de color ocasional» (palabras recogidas por Marie-Françoise Allain, en The Other Man: Conversations with Graham Green, Londres, 1983, p.170; citado por Pearce, p.526). Esto no quita -desde luego- para que las obras de Greene sean poderosas, tal como hoy contemplamos esas fotografías en blanco y negro que les proporciona su fuerza y contraste inigualables.

Pero hubo aún más referencias, como recoge Pearce: «Detrás de esa atracción por Chesterton exista tal vez una razón psicológica más profunda, levemente esbozada en una entrevista publicada el 12 de marzo de 1978 en The Observer. En ella, Greene describe a Chesterton como ‘otro poeta infravalorado’ y lo compara con Eliot: ‘entre La balada del caballo blanco y La tierra baldía, si tuviera que renunciar a uno de ellos, no estoy seguro… bueno, ¡digamos que La balada la releo más a menudo!’. Es difícil imaginar una obra literaria que contraste más vivamente con los libros de Greene en el alegre e inocente bullicio de La balada del caballo blanco. Así que da la sensación de que Greene la releería periódicamente, como un antídoto o tónico reconstituyente capaz de ofrecerle una vía de escape a sus tenebrosas tierras baldías. Y aunque el hombre interior le impedía ver la realidad sino a través del cristal oscuro de su particular psicología, aquello le hacía capaz de ver la realidad con los ojos de alguien que descubría sus colores más vivos» (p.526).

Así vemos nosotros lo que Chesterton intuyó sobre la concentración capitalista

Supongo que antes o después acabaremos en el Chestertonblog haciendo referencia a noticias de actualidad, aunque me resisto a ir más allá de cuestiones generales. Estos días ha circulado por Internet una imagen impactante, que da la razón a Chesterton cuando señalaba en Esbozo de sensatez que era falso que el capitalismo fuera amigo de la propiedad privada, pues su esencia es la concentración en pocas manos. La imagen no parece de mucha calidad, pero si se pulsa sobre ella para ponerla a pantalla completa, se distinguen con nitidez los nombres principales y los logotipos del resto: centenares de marcas que la gente percibe como diferentes pertenecen en realidad a tan sólo 10 empresas:

Las-10-marcas-mas-poderosas

Y ésta es la definición de capitalismo que proporciona GK: Cuando digo capitalismo, por lo común quiero decir algo que puede formularse así: ‘Aquella organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo’ (Esbozo de sensatez, 01-04). A Chesterton le gustaba a veces llamarlo proletarismo. Y no deja de ser significativo que en el capítulo 8º del libro, en el párrafo 10, el propio Chesterton hiciera referencia a William Hesketh Lever (1851-1925, primer Vizconde de Leverhulme), magnate de la industria del jabón, mecenas y fundador de empresas que después se convertirían en la célebre Unilever, presente en este diagrama. Cuando se conocen las dimensiones estos imperios económicos, se entiende mejor lo que Chesterton quiere decir sobre el monopolio y que hemos recogido ya (Esbozo de sensatez, cap.8).

Chesterton periodista, 2: su ‘curriculum vitae’

Al comenzar el perfil de GK como periodista se ha dado una imagen irónica y superficial del mismo, y desde luego insuficiente. Si en la primera entrada, parecía que Chesterton bromeaba y no se identificaba con la profesión, Ahora vamos a profundizar un poco en la tarea de mostrar su inmensa labor como periodista.

Quizá la única aclaración necesaria –sincronización temporal- es que a principios del siglo XX periodista era quien trabajaba en una publicación periódica, en alguna de las distintas tareas. Algo parecido a lo que sucede con otra expresión que también utiliza mucho Chesterton, la de publicista -que estoy está ceñida al ámbito de la publicidad-, y entonces se refería a quien ofrece al público determinada información, de naturaleza diversa.

Chesterton comenzó publicando sus poemas en diversas publicaciones, como el Outlook y el Speaker -ya antes de comenzar el siglo XX- y que fue el primero en contratarlo como colaborador. Había dejado los estudios de dibujo en la Slade School y comenzaba a ganarse la vida realizando reseñas para diversas publicaciones, como también haría en el Bookman.

El Speaker lo lanzaría a la fama, al tomar partido en contra de la guerra de los boers. En 1901, sería contratado por un diario de mayor entidad, el Daily News, donde colaboraría hasta 1913. A mediados de la primera década de del siglo XX lo encontramos colaborando en el TP’s Weekly y en Open Review. También participa en la famosa controversia con Blatchford, director de The Clarion, en las páginas de ese periódico, por supuesto. En esos años comenzó igualmente a trabajar en el diario que editaba su hermano Cecil, The New Age, el periódico de la sociedad fabiana (antecedente del actual Partido Laborista inglés).

El director de The Illustrates London News, al comprender la valía de Chesterton -y a pesar de tener una línea de opinión muy diferente- lo contrató para un artículo semanal, dejándolo plena libertad para colaborar con quien quisiera, y con la única condición de no hablar de política ni de religión, temas que por supuesto aparecieron, gracias al peculiar estilo y agudeza de Chesterton. Estas colaboraciones no se interrumpieron nunca, salvo un breve período de enfermedad de GK, dando origen a varias colecciones de ensayos y a otros muchos que se han reunido en tres o cuatro tomos de los Collected Works que edita Ignatius Press (de los 34 existentes).

En busca de una mayor independencia y capacidad crítica, Cecil Chesterton fundó en 1911 con Hillaire Belloc The Eye Witness, que dirigió hasta su partida al frente francés durante la primera guerra mundial, en la que fallecería. Chesterton sintió la necesidad de continuar la labor reformadora de su hermano y acabó asumiendo la dirección del periódico hasta 1923, momento en que fue imposible sostenerlo. Pero para compensar su desaparición, y continuar influyendo en la sociedad, decidió en 1924 abrir una nueva publicación, el GK’s Weekly, cuya historia se detalla en otro lugar del Chestertonblog, y que no impidió colaboraciones en otros lugares.

Probablemente fueron otras muchas las colaboraciones que GK realizó para los medios de comunicación de su tiempo -además de las charlas en la BBC-. Éstos datos -sin referencias exhaustivas- proceden de las biografías de Pearce y Seco.

Como la entrada se está extendiendo mucho, dejamos para un último post los comentarios de algunos colaboradores. Pero -aunque GK ironizara sobre su trabajo como periodista- no se le puede negar que lo fue, y de primera categoría.

Chesterton: Muerte, lucha y esperanza

El fallecimiento de una persona querida y la enfermedad de otras personas próximas me han recordado unos fragmentos de La balada del Caballo Blanco (1911), tal como los leí seleccionados en el libro de W.R. Titterton -al que sigo en su selección-, compañero y primer biógrafo de Chesterton, en su libro GK Chesterton, mi amigo (Rialp, 2011, p.154-5). La traducción es de Enrique García-Máiquez y Aurora Rice.

Como buena parte de la poesía de GK, tiene un tono épico: es la epopeya de Alfredo, rey de los anglos que ha sido vencido por los daneses, que se prepara para una nueva batalla rodeado del desánimo de su pueblo. Este poema es una mezcla de elementos paganos y cristianos, y sólo recojo un fragmento, en esta fase de recuperación, justo cuando faltan las fuerzas, los recursos escasean y la victoria parece imposible. Se le aparece María, la Madre de Dios, y Alfredo le habla así:

Las puertas del Cielo son terribles,
peor que las puertas del infierno.
No intentaré decir sus esplendores encerrados:
son demasiado buenos.

Y llega la respuesta, una especie de explicación llamada sin promesa alguna que -sin embargo- tonifica el corazón valiente:

«Apenas encajadas, sin pestillos,
están las puertas del Paraíso.
La mente más pesada de pronto puede hallarme
en un recodo de cualquier camino.

No te diré nada que te conforte,
nada que estés ahora deseando,
sólo que el cielo aún será más oscuro
y los mares más altos».

Y a través de los vendavales
fue Alfred, y entre bosques escondidos,
transido por la dicha audaz de los gigantes:
la dicha sin motivo.

El cielo se oscureció, y el mar se elevó, y Alfredo, que había visto y oído a la Madre de Dios, fue a reunir hombres cristianos. Y si se encontraba con algún señor reacio, que le preguntaba qué le ofrecía Alfredo, el rey repetía las palabras de María:

Es la palabra de María,
la palabra que el mundo está esperando:
«Te doy un consuelo, uno:
será aún el cielo más oscuro
y los mares más altos».

Y entonces, lentamente,

…se levantó el señor de las tierras del mar
y, de un clavo con grandes telarañas,
volvió a coger su poderosa espada.

El poema continúa con las canciones de los guerreros, paganas y cristianas. Pero basta con la contemplación del mar embravecido, recordando quizá las imágenes de la película de Terrence Malik El árbol de la vida, que tiene el mismo tono.

A continuación, la versión original de los mismos versos:

The gates of heaven are fearful gates,
worse than the gates of hell.
Not I to break the splendours barred
or seek to know the things they guard
which is too good to tell.

‘The gates of heaven are lightly locked,
we do not guard our gain.
The heaviest mind may suddenly come

silently and suddenly upon me in a lane.
I tell you nought for your comfort,
yes, nought for your desire,
save that the sky grows darker yet
and the sea rises higher’.
And up across windy wastes and up
went Alfred over the shaws,
shaken by the joy of giants,
the joy without a cause.

And this is the word of Mary,
the word of the world’s desire:
‘No more of comfort shall ye get
save that the sky grows darker yet
and the sea rises higher.

…arose the sea-land lord,
and from a cobwebbed nail on high
unhooked his mighty sword.

Guía de lectura de ‘Esbozo de sensatez’, de Chesterton

Esbozo de sensatez (The Outline of Sanity, 1927) -dedicada a la crítica del capitalismo y a la propuesta de una sociedad alternativa- es una obra compleja, tanto por la naturaleza de la materia como por el modo en que se formó, reunión artículos del GK’s Weekly. En el Chestertonblog estamos publicando algunas de las ideas y propuestas de Chesterton -que pueden encontrarse haciendo click en la nube de tags (Esbozo de sensatez)-, pero ya podemos ofrecer aquí una guía para entender la compleja estructura del libro y hacerse una idea más cabal de su propuesta.

El objetivo de GK en Esbozo de sensatez no es sólo la crítica de la sociedad capitalista en sus distintas manifestaciones –monopolios, proletariado, plutocracia, grandes comercios, fábricas, desigualdad social, etc.-, sino la propuesta de una sociedad más justa, donde la propiedad de los medios de producción esté distribuida adecuadamente, para que cada uno pueda vivir sin depender de las organizaciones, sin una estructura de empleo por cuenta ajena o servil -palabra acuñada por su amigo Hillaire Belloc-. En esto consiste la sensatez de la que se habla en el título del libro.

En realidad,  fiel a su estilo, Chesterton no es desordenado -porque sabe lo que quiere y cómo conducirnos a su objetivo, sino más bien desorganizado: el resultado, sintéticamente, es que en su discurso, se entremezcla continuamente la crítica del sistema económico que tenemos, lo que se puede hacer para arreglarlo y la defensa del distributismo en un ambiente hostil al mismo.

No sólo tenemos un sistema económico de efectos perversos, sino que éste está reforzado por un conjunto de expertos economistas de los que se hacen eco los medios de comunicación –que también son empresas que necesitan ganar dinero. Esto ha creado un ambiente proclive a la riqueza y la acumulación, manifestado en el apoyo a las grandes empresas por parte del Estado y de la mayoría social. De hecho, es lo que ocurre hoy: puesto que las grandes empresas aportan mucho dinero a las cifras macroeconómicas, se consideran imprescindibles para el desarrollo de un país, sin considerar los efectos negativos de la concentración de propiedad y poder. De ahí que resulte –ya en tiempos de Chesterton- muy difícil imaginar un desarrollo social sin esas grandes estructuras que –con el apoyo del Estado y la difusión de las falacias de los economistas- parecen ser la única forma de sacar adelante la sociedad.

Chesterton arremete contra este sistema capitalista –y contra el socialismo, que supone igualmente la privación de la propiedad para la gente corriente- y los defensores del mismo, que además se han vuelto muy críticos con la propuesta distributista de Chesterton y sus compañeros. Así, es preciso luchar contra el sistema, contra sus propios críticos y contra la mentalidad extendida entre la gente.

También es consciente de que hay dos formas de actuar en contra de este sistema: la primera es desde el propio Estado, a través de la ley –cosa que parece ya difícil-. Pero la segunda -que la gente apoye la pequeña propiedad- sería viable si de verdad quisieran, puesto que el consumo es libre y voluntario. Chesterton propone medidas negativas –como detener la concentración de la propiedad- y medidas positivas –favorecer los autónomos y pequeños propietarios, para evitar la polarización en dos clases sociales-.

Pero la gente no parece verlo factible. Por eso, cuando GK propone medidas, repite que si se advirtiera que se pueden hacer cambios y combatir al capitalismo, la gente se animaría a seguir avanzando en el sistema. Aunque insiste continuamente, es evidente que en este tema la gente no le hizo mucho caso. Así, Chesterton critica de la gente que prefiera un sistema servil a un sistema de propietarios:

Cuando se tuviera una cantidad considerable de pequeños propietarios, de hombres con la psicología y la filosofía de la pequeña propiedad, entonces se podría empezar a hablarles de algo más parecido a un acuerdo general justo sobre sus propios planes; algo más parecido a una tierra adecuada para vivir los cristianosSe les puede hacer comprender -al contrario que a plutócratas y proletarios- por qué no debe existir la máquina si no es al servicio del hombre, por qué las cosas que nosotros mismos producimos son queridas como hijos nuestros, y por qué podemos pagar demasiado caro el lujo, con la pérdida de la libertad. (ES, 07-04).

Esta misma entrada ha sido colocada en el Chestertonblog como la página Crítica de GK al capitalismo.