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Hombre y sociedad en ‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton.

El ensayo que hemos publicado este fin de semana expresa de una manera estupenda una doble realidad en las habilidades de GK:
-su comprensión de las relaciones existentes entre el hombre y la sociedad
-su justa combinación entre sociología y psicología.
Cuando planteo las relaciones entre el hombre y la sociedad quiero expresar que los hombres somos hijos de nuestro tiempo y estamos sometidos a sus vicisitudes. Esto es un lugar común, de lo que se trata –lógicamente- es ver cómo lo plantea Chesterton: Primero el problema de fondo:

Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa  (09).

Pero resulta que este tema ha perdido el interés de la gente: Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés (04). Chesterton proporciona dos explicaciones sociales a los comportamientos individuales:

La primera es que un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa (05). Es una explicación social, porque el pensamiento moderno es débil y poco profundo: todos pretenden –como el autor de ‘El gran problema resuelto’ (el libro que constituye el pretexto del ensayo), tener la solución de la vida, por lo que cada uno enmienda la plana al anterior: para los intelectuales es un juego entretenido -y muchos hasta viven de eso-, pero obviamente no llega a ninguna parte.

La segunda explicación tiene también lo que los sociólogos llamamos ‘carácter estructural’: No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora (09).

La vida individual en este ambiente –otra palabra muy querida a nuestro GK sociólogo- es obvia: los que compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, […] lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo (05).

Chesterton siempre tiene fe en el ser humano.

Chesterton: el origen cuestionado de todo progreso

Tras las reflexiones sobre Civilización y progreso, quizá vale la pena dedicar una entrada a recordar que Chesterton, en el capítulo 7º de Ortodoxia, reflexiona sobre su visión del progreso. Exponerlo todo nos haría extendernos demasiado, pero no puedo resistir traer algunos fragmentos que nos ayuden a conocer mejor su pensamiento. Es interesante fijarse en el lenguaje, porque aparentemente GK va a contradecir lo que afirma en el ensayo mencionado (el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple, 01). Exige además una cierta comprensión del lenguaje de la Biblia –hoy cosa cada vez más rara, especialmente entre la gente joven- y dice así:

Esta es la segunda condición que exigimos en el ideal del progreso. Primera, ha de ser fijo; segunda, ha de ser complejo. No podría satisfacer nuestra alma siendo una mera absorción de todas las cosas por una sola cosa, llámese amor, orgullo, paz o aventura. Ha de ser una composición de todos estos matices, según su mayor eficacia.
No se trata por ahora de saber si tal realización está reservada a los hombres. Pero si tal fórmula nos es necesaria, convengamos en que tiene que ser producto de una mente personal, porque sólo una mente lograría adecuar las proporciones de ese compuesto en que consiste la felicidad. Si la beatificación del mundo ha de ser un mero producto natural, entonces se resolverá en un proceso tan simple como la congelación o el incendio del mundo. Pero si es una obra de arte entonces presupone un artista.
Y al llegar aquí, oigo que la consabida voz dice nuevamente a mi oído: “Si hubieras querido atenderme, yo te hubiera dicho todo eso desde hace mucho tiempo. Si hay algún progreso posible, es el que yo concibo: el progreso hacia una ciudad de virtudes y dominaciones
[que son diversas clases de ángeles], donde la rectitud y la paz arrojan a los unos en brazos de los otros. Una fuerza impersonal sólo os llevaría a la desconsolada llanura o a la cima vertiginosa; pero sólo el Dios personal puede llevaros –si es que hay que llevaros a alguna parte- a la ciudad de justas medidas y trazas, donde cada uno contribuya, según la exacta eficacia de su matiz personal, a urdir el tornasolado manto de José” [Hay dos patriarcas llamados José en la Biblia: uno de los hijos de Jacob -que fue un alto gobernante en Egipto- y San José, esposo de María, la madre de Jesús].

El progreso –el de todos los habitantes de nuestra Tierra, no sólo el de los occidentales- ha de venir como consecuencia de un ideal común, que sea a su vez consecuencia de un reconocimiento de nuestra igual naturaleza: el viejo ideal revolucionario de la fraternidad sólo puede hacerse realidad –paradójicamente- aceptando la realidad de un Dios (pura simplicidad) que –estando por encima de todos- nos iguala a todos y nos prepara y propone un ideal de felicidad como el que describe Chesterton.
Sin embargo, hablar hoy de Dios en la vida pública –más que políticamente incorrecto- es un auténtico tabú: hemos preferido el ut si Deus non daretur –como si Dios no existiera-, considerando su aceptación ‘exclusivamente’ como una creencia privada.
Lo que vemos, sin embargo, es que ni la razón –convertida en débil y postmoderna-, ni el Estado –controlado por los políticos y sus partidos (mejor no hablar…)- ni el sistema mundial de Estados –en permanente equilibrio inestable, porque todos pretenden la hegemonía o la posición más ventajosa- tienen fuerza suficiente para garantizar ni un ideal ni una realidad acorde con la verdadera dignidad de todos los seres humanos. Es el resultado de la ‘fe moderna’ en el progreso, que con palabras de Chesterton, no es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte (05). Lo estamos comprobando, pero lo más probable es que aún tardemos siglos en reaccionar.

Análisis de ‘Civilización y progreso’, de Chesterton: interpretaciones de la historia

En el ensayo Civilización y progreso se advierte bien el pensamiento y el método de Chesterton. Para analizarlo, destacaré primero algunas palabras del texto, de esas que podrían convertirse en frases lapidarias o citas hologramáticas de Chesterton. Como siempre, entre paréntesis, el párrafo al que corresponden.

El progreso milenario, de Martin Elfman

La ilustración El progreso milenario, de Martin Elfman coincide con el diagnóstico de Chesterton

-El progreso, en el único sentido útil para la gente sensata, equivale sólo a un éxito humano, y es evidente que el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple (01).
-El verdadero genio técnico triunfa cuando logra hacerse innecesario. Sólo el charlatán trata de volverse indispensable (01).
-Dije que la civilización era la capacidad de volver a la normalidad. […] La civilización es aquello que puede ser tan simple como se quiera sin perder la civilización y que puede ser tan civilizado como le plazca sin perder la simplicidad (05).
-No alcanzamos a entender que incluso los atajos deberían llevarnos a la carretera principal (06).

En estas frases encontramos a un Chesterton que rechaza tanto las sofisterías del discurso socio-político –e incluso intelectual- como las complejidades de la sociedad moderna. Pero estas complejidades han sido interpretadas de dos maneras principales en la modernidad. Casi se diría que la historia humana bascula entre dos tipos de concepciones. La primera se asocia a esas épocas en las que parece que las cosas van solas, según una tendencia de progreso, como las épocas de desarrollo, crecimiento y prosperidad, y que algunos –como hace Spencer, influidos por la teoría de la evolución– aprovechan para ‘confirmar’ un progreso ineludible. Chesterton critica esta postura: No es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte (05).

Y la prueba es que estos períodos históricos alternan con otros en los que las cosas andan revueltas y se diría que impera la ley del más fuerte –sea capitalista o imperialista-como ocurrió durante el colonialismo, la primera Gran Guerra, la II Guerra Mundial, y probablemente también ahora, estos tiempos en los que el mundo se reordena tras la guerra fría y la caída del comunismo soviético.
Pero Chesterton se rebela contra ambas posturas. Como estamos viendo en Esbozo de sensatez, GK está convencido de que podemos acercarnos a un ideal, porque la verdadera civilización no es un desarrollo, es una decisión (05). Y esa decisión tiene que basarse en determinados criterios orientados al bien común, perspectiva hoy secundaria frente a la del bienestar individual: atomización individualista de sujetos que buscan su bien particular, pero que acaba por conducir a la dominación del fuerte.

El estilo ‘tramposo’ de Chesterton

Queremos aprender a pensar como Chesterton. Pero cuando nos enfrentamos a su método, nos damos cuenta que hay unas cuestiones relativas al fondo y otras a la forma. Yo considero que la clave de su pensamiento está en las primeras, pero las segundas, las que se refieren al estilo, forman parte de su idiosincrasia y son sin duda una parte grandísima de la gracia y disfrute de leerlo y, en mi opinión, inimitables. En mis entradas en el blog, procuro destacar las primeras, pero la familiaridad va haciendo que encuentre algunos detalles de su estilo, nuevas categorías para el género ‘chestertonadas’.

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios. Foto: Valedeoro.es

Hoy voy a hablar de un rasgo –que junto a ironías y paradojas- es muy típico suyo, una especie de trampa o lazo que nos tiende a veces. Como sabemos, uno de sus rasgos esenciales es su imaginación portentosa para poner ejemplos y ayudar a comprender lo que nos quiere transmitir. Chesterton tiene el don de relacionar cosas que nadie ve. Y aquí viene mi pequeño descubrimiento: a veces, después de establecer algunos paralelismos, nos dice que no quiere relacionarlos en absoluto… tomándonos literalmente el pelo. Da la casualidad que este recurso ha aparecido en los dos últimos textos que hemos publicado completos.

El primero aparecía en Civilización y progreso, donde critica el concepto de Spencer (1820-1903) -meramente formal- de que el progreso es ir de lo simple a lo complejo. Y uno de los ejemplos que pone para mostrar su error es precisamente ‘el pelo’:

El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística. Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados  (Cómo escribir relatos policíacos, 06-02).

Mi interpretación es la siguiente –y animo a cualquiera a rebatirla o discutirla. El pelo peinado es más sencillo de ver y de ‘entender’: es el progreso, una evidencia más contra la tesis de Spencer, de que lo complejo es el progreso. Pero como GK ha puesto el ejemplo estético, se le vienen a la cabeza el Partenón y la catedral de Ruán: aquí Chesterton casi cae en su propia trampa, porque para él, el mundo cristiano es un avance frente al pagano, y por tanto la catedral debería ser más sencilla, lo que no ocurre. Por eso, trata de salir como puede, haciendo referencia a la vida sencilla y rutinaria del hombre de ciudad (aunque confieso que no llego a captar la comparación con los malvados: sólo se me ocurre que sus enemigos -‘políticos y capitalistas’- viven también en la ciudad).

El segundo ejemplo procede del texto La Mujer. El contexto es la crítica a una propuesta ‘socialistoide’ de comedores comunales para ahorrar trabajo doméstico a las mujeres:

Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse. No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda (All things considered, 12-02).

Aquí la broma le sale perfecta. Y como siempre, GK la utiliza como el ‘cazador de mitos’ que es: no vale decir que algo está pasando, o que ‘hay una tendencia hacia’: hay que investigar, hay que pensar y justificar, conocer las razones de la modas, para saber si nos convienen o no. La comida rápida, la preparada o semi-preparada, comer fuera es el problema de fondo. ¿Cuál es la causa? ¿Nos conviene o no? ¿Somos capaces de pensar las razones de nuestro comportamiento, e incluso estar dispuestos a actuar alternativamente?

Como conclusión –quizá por una casi macabra casualidad- podríamos unir los dos textos: la vida en la ciudad es cada vez menos sencilla, y las prisas nos obligan a hábitos que ni nos gustan ni son saludables. ¿Es eso civilización? ¿Es eso progreso?

Chesterton: ‘La felicidad es un maestro duro’

Volvemos hoy a comentar algunos párrafos de Esbozo de sentatez (‘La rueda del destino‘, 12-05), con la peculiaridad de hallar a un Chesterton que habla de la felicidad, cuestión que raramente aborda de manera directa. El contexto general –como todo el libro- es la organización socio-económica de nuestra vida, y en particular, la reflexión sobre las máquinas:

La meta de la política humana es la felicidad humana. Para los que tienen ciertas creencias, está condicionada por la esperanza de una felicidad mayor, que aquélla no debe poner en peligro. Pero la felicidad, la alegría del corazón del hombre, es la prueba secular y la prueba real. […] No hay ley lógica ni natural ni ninguna otra que nos obligue a preferir otra cosa.

En esto estamos todos de acuerdo, pero en seguida Chesterton alza su voz contra la tendencia dominante: No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices.

La idea de fondo es que el maquinismo conlleva desarrollismo y éste, el afán por tener más, por llegar antes, más lejos y mejor. Chesterton nos advierte de que es un espejismo, y que estar sometidos al mundo industrial -como hemos recogido ya antes en varias entradas- puede ser una maldición, aunque sea una maldición maravillosa, práctica y productiva.

El aviso de Chesterton puede parecer exagerado, pero en 1980, los psicolingüístas Lakoff y Johnson, plantearon en Metaphors we live by, ‘metáforas por las que vivimos’ (edición española Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, 1986) que el lenguaje cotidiano está cargado de esos adverbios -antes, más mejor- que introducen tensiones en nuestra vida: un sentido de la competencia entre las personas y entre nosotros mismos que no sólo dificultan la comprensión de la realidad, sino que la encaminan en una determinada dirección. Si lo pensamos bien, igual que las máquinas, cada vez que recibimos un mensaje con un ‘sé feliz’ o ‘disfruta más de la vida’, en cierto modo aplica el mismo principio de la productividad a una faceta de nuestra vida, cuando la felicidad es en realidad una consecuencia del resto de nuestras actividades, y no un acto voluntario: no hay nadie más infeliz que el que continuamente cuestiona su felicidad. (Paradoja: la causa de esta reflexión sobre la felicidad es el deseo de que seamos más felices…)

La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no hay obligación de ir más deprisa. […] La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro. Nos dice que no nos compliquemos con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que la máquina.

Sin embargo, las categorías de nuestra sociedad se han vuelto cuantitativas, lo que significa que –desde arriba, tanto política como económicamente- todo se mide según las reglas del antes, más y mejor, expresadas en crecimiento económico, PIB y renta per cápita, haciendo fines de lo que sólo son medios. A Chesterton, nuevamente, no le importa ir contracorriente: Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los hacemos más pobres, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas -en el sentido de cambiarles simplemente la vida- sin incrementarles su gusto por ella (Esbozo de sensatez, 12-06).

Falacias de la libertad y de la calidad: análisis sociológico de ‘La mujer’, de Chesterton

El texto de GK que publicábamos ayer –La mujer, tomado de All things considered, cap. 12)- tiene cosas muy interesantes que vale la pena destacar para entenderlo bien. Parto de la aceptación de una idea de Chesterton, especialmente importante en su universo conceptual: el papel de la mujer en el mundo como núcleo del hogar familiar. Hoy día este rol está cuestionado –de hecho son millones las mujeres que destacan en los ámbitos profesionales- y nadie piensa que la mujer esté hecha exclusivamente para dedicarse a la casa. Por eso, una adecuada reflexión sobre el texto puede ayudar a comprenderlo mejor y –como es siempre nuestro objetivo- aprender a pensar con Chesterton.

Entiendo que el punto de partida de GK es la necesidad que tiene el ser humano del hogar. Esto ya ha aparecido varias veces, y es famoso su Nostalgia del hogar. Para que éste funcione, la pieza clave es la mujer.
Y ahora yo voy a exponer mi postura: muchos debates actuales insisten simplemente en la igualdad entre hombre y mujeres, pero en mi opinión, es precisa una distinción definitiva: hombres y mujeres son diferentes –física, biológica, piscológicamente diferentes (y los que somos padres lo vemos desde el principio)- pero socialmente desiguales: es ahí donde hay que dar la batalla, para que tengan igualdad de derechos y oportunidades. Lo que no impide que las mujeres tengan determinados instintos y cualidades que las hacen más aptas para ser el ‘alma de la casa’. Lo malo es cuando acaban por ser quienes la sacan adelante en todas las tareas y responsabilidades, con un varón que se sienta y se siente el rey de la casa y delega en ella otra todas las funciones.
Quiero hacer otra matización importante. Hemos visto que GK tuvo el don de vislumbrar determinadas realidades sociales: lo que en su época eran puntas de iceberg, hoy son realidades evidentes para todos, al menos en los países desarrollados. Por eso, para mí tiene cierto componente enigmático el que Chesterton –viendo las posibilidades de las mujeres- rechazase más o menos abiertamente la incorporación de la mujer al mundo del trabajo: más aún cuando durante y tras la primera guerra mundial, muchas mujeres ya lo hacían de manera permanente. Mi interpretación ‘sociológica’ es que en época de Chesterton, la clase media era muy exigua: entre las clases dominantes y las trabajadoras –GK habla de obreros y oficinistas, lo que se llamarían después trabajadores de cuello azul y de cuello blanco-, apenas existía una incipiente clase media profesional, que es la que ha crecido durante el siglo XX y que puede estar menguando en el XXI.
Y dicho esto, analicemos el texto de Chesterton. El ensayo hace frente a una objeción/propuesta que realiza a GK un desconocido para nosotros: ‘¿Acaso nuestras mujeres no se ahorrarían el insípido trabajo de cocinar y todas las preocupaciones que esto conlleva, dejándolas libres para la alta cultura?’ Ante semejante ‘provocación’, Chesterton saca su artillería para exponer todo lo que esa frase significa: con seguridad, todo lo que significaba entonces, pero en buena parte, también todo lo que significa ahora. Con argumentos sociológicos y argumentos psicológicos. Veámoslos, quizá un tanto entrecruzados, como en el propio texto:

El reino del trabajo es por esencia la falta de libertad: tener un jefe, un horario, unas directrices o unos objetivos que cumplir. Puede resultar satisfactorio porque se sale de casa, se relaciona uno con otras personas o porque se siente que se cumple una función social, pero decir que da libertad es una falacia.
GK lo expresa mejor aún cruzando un argumento psicológico, relativo a la liberación de las preocupaciones: podemos liberarnos de una preocupación concreta pero es imposible hacerlo con todo lo asociado al desempeño de un rol social, el que se quiera: periodista, madre, obrero o profesor: todos conllevan ‘preocupaciones’.
Es decir, una de las cuestiones de fondo es que estamos condicionados. La idea de que siempre estamos sometidos a condiciones y su adecuada comprensión y su aceptación es esencial en la filosofía vital de Chesterton, como aparece en Ortodoxia y otros libros suyos: lo más probable es que aún sigamos en el Edén; sólo son nuestros ojos los que han cambiado (El Acusado, 02-04).

-El argumento de las modas y las tendencias –relacionando ‘sin querer’ suicidios y comer en restaurantes- es toda una chestertonada y volveremos sobre él en otra entrada, pero la cuestión clave, lo que está en juego en todo el texto: la importancia de la propia libertad y capacidad de decisión. No se interesan en el curioso hecho psicológico de que hay algunas cosas que un hombre o una mujer, según sea el caso, deseen hacer por sí mismo o por sí misma. Él o ella deben hacerlo con inventiva, creativamente, artísticamente, individualmente; en una palabra, mal. Escoger tu esposa –por decir- es una de esas cosas. Escoger la cena de tu esposo, ¿es una de esas cosas? La visión de Chesterton suena ciertamente ‘casera’ –habría que enmarcarla en el conjunto de la propuesta, que hoy sería comer de catering o comidas preparadas-, pero insiste en el ámbito de libertad y creatividad que es el hogar. Además añade su toque peculiar y paradójico: aunque nos salga mal, aunque sea insuficiente: no es necesario que sea perfecto… que esto otro de los temas de nuestra vida de hoy: si no es de película, estaremos frustrados. Ésta es otra idea recurrente de GK: o se hace perfecto o se contrata a un profesional, para cocinar o para cantar.

Y eso entronca con la alta cultura, la de la clase alta, la que se ‘preocupa’ por los viajes y el bridge. Éstos sí que no tienen preocupaciones, por lo que las expresiones de su ‘cultura superior’ son de un gran decadentismo, por lo menos, a los ojos de Chesterton. A la vuelta de un siglo, quizá podemos considerarlas como una época de exploración social: las vanguardias artísticas –a las que ya nos hemos acostumbrado- y las literarias, cuyo estilo predomina hoy. Seguro que Chesterton salvaría algunas cosas de la quema, como el barbero y el cura de Don Quijote, pero desde luego, el nihilismo y pesimismo de la alta cultura actual -y particularmente la literatura-, ése sí fueron previstos por Chesterton.

Aún podrían salir más cuestiones, pero esto es bastante. Resumo en dos puntos: la falacia de la liberación de las condiciones y la falacia de la alta cultura: la mujer merece algo mejor, y desde luego, decidir por sí misma, aunque sea mal. Y en cualquier caso, como siempre para Chesterton, hay una salida en la calidad de la vida cotidiana. Dicho esto, animo a volver a leer el texto. Por lo demás, la conclusión del artículo ya estaba en el primer párrafo del mismo: la cuestión del mundo de hoy no es económica: la pregunta no es cuán barato podemos comprar algo, sino qué estamos comprando. Es barato tener un esclavo. Es aun más barato ser un esclavo (Párrafo 01).

Chesterton, el sociólogo más divertido

Volvemos hoy a dedicar la entrada a Esbozo de sensatez (1927), que se nos está quedando rezagada. Corresponde al capítulo 9º, La simple verdad, que es el primero de un bloque dedicado a la importancia del campo en la vida social. Como siempre, la aguda sensibilidad social de Chesterton nos hace sonreír mientras, al poner de relieve las falsas creencias de la gente, establece las lógicas sociales por las que se rigen determinados colectivos de la clase dirigente:

Entre las cosas que hemos oído mil veces está la afirmación de que los ingleses son un pueblo lento, un pueblo prudente, un pueblo conservador, y así sucesivamente. Cuando hemos oído una cosa tantas veces la aceptarnos en general como perogrullada, o vemos de pronto que es del todo falsa. La verdadera peculiaridad de Inglaterra es que es el único país de la tierra que no tiene una clase conservadora. Hay gran número, probablemente una mayoría de gente que se llama a sí misma conservadora.

Fotografía tomada de Lady Cosima

Fotografía tomada de Lady Cosima

La clase comerciante, que en un sentido especial es capitalista, es también por naturaleza lo más opuesto a la clase conservadora. Según ella misma proclama, usa continuamente métodos nuevos y busca nuevos mercados. A algunos de nosotros nos parece que hay algo sumamente anticuado en toda esa innovación. Pero eso es por causa del tipo de mente que está inventando, no porque no pretenda inventar.
Desde el financiero más grande que forma una compañía hasta el ínfimo comerciante que vende una máquina de coser, prevalece el mismo ideal. Siempre debe ser una nueva compañía, especialmente después de lo que generalmente le ha pasado a la antigua compañía. Y la máquina de coser siempre debe ser una nueva clase de máquina de coser, aunque sea de la clase de las que no cosen.
Mientras que esto es evidente en lo que se refiere al mero capitalista, es igualmente cierto con referencia al puro oligarca
: sea una aristocracia lo que fuere, nunca es conservadora. Por propia naturaleza se rige más por moda que por tradición. Los hombres que llevan una vida de ocio y de lujo siempre tienen ansia de cosas nuevas; podríamos decir con justicia que serían tontos si no la tuvieran. Y los aristócratas ingleses no son en modo alguno tontos. Pueden sostener orgullosamente que han desempeñado una parte importante en todas las etapas del progreso intelectual que nos ha llevado a nuestra ruina actual(Esbozo de sensatez, 09-03).

En suma, si la lógica de la innovación rige la clase capitalista, y la lógica de la moda rige la aristocracia ¿Dónde están los conservadores, si todos parecen empeñados en el progreso de Inglaterra? Por cierto, por ruina actual, Chesterton se refiere a la vida de la gente corriente de su tiempo, pero recordemos que desde el final de la Gran Guerra, la hegemonía mundial había cambiado de manos.

Chesterton anticipó la ‘dictadura del relativismo’

Aún quedan temas por exprimir en El error de la imparcialidad –además de lo que ya se ha visto estos días ( y )- particularmente el que se deriva de las consecuencias sociales de tener convicciones –especialmente, convicciones religiosas- espléndidamente expresado en el diálogo con el joven ateo, que tras pedir el cisne negro –es decir, el suceso altamente improbable- niega su derecho a la existencia. Para no tener que volver a la entrada, recojo algunos fragmentos fundamentales:

Recuerdo cuando discutí con un joven y honesto ateo que estaba bastante sorprendido por mi cuestionamiento de algunas suposiciones que eran santidades absolutas para él –tales como la proposición sin comprobar de la independencia de la materia y la muy improbable proposición de su poder para crear la mente- y al final recurrió a la siguiente pregunta, que realizó con un honorable celo de desafío e indignación: “Pues bien, ¿puede mencionar a cualquier gran intelectual, de ciencia o filosofía, que aceptara lo milagroso?” Respondí: “Con gusto: Descartes, el Dr. Johnson, Newton, Faraday, Newman, Gladstone, Pasteur, Browning, Brunetiere, tantos como gustes”. A lo que el admirable e idealista joven hizo esta asombrosa respuesta: “Oh, claro que tenían que aceptarlo: eran cristianos”. Primero me retó a encontrar un cisne negro y luego descartó todos mis cisnes por ser negros.

Y aquí viene el punto central del argumento de Chesterton: El hecho de que todos esos grandes intelectos hubieran llegado a la perspectiva cristiana era de un modo u otro una prueba de que no eran grandes intelectos o de que no habían llegado a esa perspectiva. El argumento quedó entonces de una forma encantadoramente conveniente: “Todos los hombres que cuentan han llegado a mi conclusión, pero si llegan a tu conclusión, no cuentan”. No parecía ocurrírsele a tales polemistas que si el cardenal Newman era realmente un hombre de intelecto, el hecho de se uniera a una religión dogmática probaba tanto como el hecho de que el profesor Huxley, otro hombre de intelecto, concluyera que no podría unirse a una religión dogmática.  Es decir, admito alegremente que ambos modos prueban muy poco.

La cuestión, por tanto, no es lo que la gente piense o deje de pensar, sino el modo en que se trata a los que piensan de manera diferente a la de uno. El problema más grave surge cuando este criterio se aplica a la política del Estado, especialmente hoy a través del llamado ‘laicismo’, y particularmente un cierto tipo de laicismo. Hace unos días encontraba en The Huffington Post, un artículo de Raúl Fernándeza Jódar, Un Estado laico es un Estado anticlerical con la siguiente afirmación:

«Un Estado laico no evita la confrontación con las instituciones religiosas, las cuales siempre van a pretender influir en el conjunto de la población. Un Estado laico es anticlerical desde el momento que se enfrenta a una institución religiosa para eliminar sus privilegios y lo será mientras no consiga separar por completo Estado e Iglesia. En conclusión, un Estado laico es anticlerical, mientras que un Estado aconfesional no lo es».

La situación descrita por GK se repite, esta vez llevada al terreno de la organización política: el laicismo considera que cualquier expresión de una creencia, o una convicción, es necesariamente inmiscuirse en la vida de los demás y de la sociedad, por lo que hay que restringir al máximo su expresión pública. Esta situación es la que Benedicto XVI –que siempre defendió una ‘laicidad positiva‘- denominó ‘dictadura del relativismo‘, y que Chesterton había descrito así, en el mismo texto que comentamos:

En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la misma suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a ninguna conclusión, y de algún modo es retirado de la lista de jueces justos el que ha llegado a una conclusión. Se asume que el escéptico no tiene prejuicios cuando tiene un prejuicio muy obvio a favor del escepticismo.

Por cierto, convendría recordar –algún día comentaremos un texto suyo de El hombre corriente– que Chesterton siempre fue partidario de la separación de Iglesia y Estado. Pero además, siempre vivió y se expresó con libertad en un Estado que aún en el siglo XXI sigue siendo confesionalmente anglicano y nadie duda que sea una plena democracia.

Chesterton, entre ‘Regreso a Howards End’ y la literatura actual

Regreso a Howards End es una película de James Ivory, galardonada con tres Óscars en 1992 y protagonizada por unos magníficos Anthony Hopkins y Emma Thompson. La película lleva a la gran pantalla la novela del mismo nombre de E.M. Forster (1879-1970). Las críticas la describen como formalmente excelente aunque con cierta falta de sentimiento. Al relacionar esta película con GK quiero destacar un par de cosas, que quizá también hubieran llamado la atención de Chesterton.

Regreso a Howards End

Regreso a Howards End

La primera es la magnífica descripción de la sociedad aristocrática de los primeros decenios del siglo XX –la Inglaterra eduardiana-, en la que Wilcox-Hopkins representa al capitalista despiadado, que sólo piensa en el beneficio personal, que hace circular rumores que afectan gravemente a otras personas, cuyas consecuencias le son indiferentes: como si cada uno fuera realmente el único responsable de su vida, lo que es fácil de decir cuando las cosas  van bien. Wilcox-Hopkins –no es mala persona, tan sólo vive según su ‘fe’ capitalista- piensa siempre en ganar y, como diría Chesterton, en acumular: empresas, dinero y posesiones, al tiempo que critica a Wells y Shaw, amigos y antiguos colegas socialistas de Chesterton. Por cierto, el propio GK fue despedido del Daily News, cuyo dueño era George Cadbury -efectivamente, el del chocolate, filántropo y capitalista- por arremeter contra este grupo social.

El otro detalle pertenece a la categoría de esos gazapos que se cuelan y acaban por echar a perder la siembra de sensatez que crece lentamente en la mayoría de las personas. En un momento determinado, Wilcox-Hopkins alaba la cultura de su esposa, que está leyendo un libro de ‘teosofía‘, la moda intelectual en aquella época y como tal moda, perfectamente olvidada hoy día.

Y he recordado un fragmento de Una defensa de las novelas baratas, de El acusado (Espuela de plata, p.57-58) en el que también aparece la doble moral de los ricos, esta vez aplicada a la literatura. Los ricos critican las novelas sencillas y sentimentales, de buenos y malos, y considerándolas inspiradoras de todos los delitos que cometen los pobres. Pero es la literatura moderna de los cultos y no la de los incultos la que es declarada y agresivamente criminal. Libros que recomiendan la disipación y el pesimismo, ante los cuales el recadero del espíritu elevado se estremecería, descansan sobre las mesas de todos nuestros salones. Si el más sucio de los propietarios de los más sucios puestos de libros de Whitechapel se atreviera a exponer en el suyo obras que, como éstas, verdaderamente recomendaran la poligamia o el suicidio, sus existencias serían de inmediato confiscadas por la policía. Ese tipo de libros son nuestro lujo particular.
Y con una hipocresía tan ridícula que casi carece de parangón en la historia, nosotros juzgamos a los jóvenes de los barrios bajos por su inmoralidad, al mismo tiempo que discutimos (con ambiguos catedráticos alemanes) si la moral posee la menor validez. Al mismo tiempo que maldecimos las novelas baratas por alentar el robo de la propiedad, promovemos la idea de que toda propiedad es un robo. Al mismo tiempo que las acusamos (bastante injustamente) de obscenidad e indecencia, leemos alegremente filosofías que exaltan la obscenidad y la indecencia. Al mismo tiempo que arremetemos contra ellas por animar a los jóvenes a destruir la vida, discutimos si la vida es digna de ser preservada
.

Por distinciones como ésta, al describir tan fantásticamente bien el contexto intelectual y literario de su época y la nuestra –y especialmente el doble espíritu de las clases dominantes- Chesterton merece un puesto de honor en la sociología: Ahora entendemos que cualquier culebrón –con sus defectos, pero también con sus virtudes- vale más que casi toda la prestigiosa y nihilista narrativa actual.

Chesterton y la deriva de la razón contemporánea

Tiene razón la entrada El valor de pensar por uno mismo –que comenta el ensayo El error de la imparcialidad-: y ése es el gran problema al que nos enfrentamos: cómo ser capaces de pensar por uno mismo? Desde luego, Chesterton fue capaz de hacerlo, tan libre como para llevar la contraria a todo su ambiente intelectual. Hoy, una y otra vez la gente moderna insiste en que no hay que dejarse llevar por dogmas –pues serían verdades ‘pensadas por otros’-; hay que pensar por uno mismo. Lo que en el mundo de hoy equivale a aceptar que nos machacan los medios de comunicación o la ideología con la que más nos identificamos. Hace unos días circulaba un ‘tuit’ que decía que para la vieja izquierda, la homosexualidad era una evidencia palmaria de la degradación de la burguesía, mientras que para la nueva izquierda es una cuestión de derechos fundamentales. Mi mala cabeza me impide recordar en qué lugar de Chesterton leí que el que no tiene verdades fijas –los terroríficos ‘dogmas’- tiene modas, que por fortuna ‘ayudan a pensar por uno mismo’.

Sin embargo, esta realidad no es sino una más de las situaciones contradictorias a las que nos ha conducido el mundo moderno. Los ilustrados –particularmente, Kant (1724-1804) estaban convencidos de que la Razón –así, con mayúscula- acabaría con muchas de las tradiciones y supersticiones –a veces vinculadas con la religión, es cierto- que se han acumulado en la historia de la humanidad.

Apolo Belvedere -Wikipedia

Apolo Belvedere -Wikipedia

Sin embargo, lo que la modernidad ha hecho es establecer un nuevo mecanismo para la ‘racionalidad’, según la cual cada sistema ha de avanzar sobre el anterior, destruyéndolo: el afán destructor está en todas partes, no sólo en cuestiones de pensamiento. Hablando del sistema de Tolstoi (1828-1910) –que quiso reformar el mundo basándolo en la simplicidad de vida-, Chesterton glosa esta derivación de la modernidad y las actitudes que genera (eso sí, sin poder evitar la ironía): Cada sistema busca ser aún más fundamental que el que lo había precedido; cada uno busca, en sentido literal, minar el anterior. En el arte, por ejemplo, la concepción clásica del hombre como el Apolo de Belvedere fue atacada primero por los realistas, quienes afirmaban que el hombre, como hecho de la historia natural, era una criatura de cabellos incoloros y rostro pecoso. Luego vinieron los impresionistas, quienes fueron aún más lejos y afirmaron que para sus ojos físicos –que eran los únicos seguros- el hombre era una criatura de cabellos color púrpura y rostro gris. Y siguieron los simbolistas, quienes dijeron que para sus almas –que eran lo único seguro- el hombre era una criatura de cabellos verdes y rostro azul.

Todos los grandes autores de nuestro tiempo representan de una forma u otra ese intento de restablecer la comunicación con lo elemental o, como a veces se ha expresado de un modo más falaz e inexacto, de un regreso a la naturaleza (Tipos diversos, Espuela de plata, 2011, p.72).

Ante semejante proceso destructivo, la sensatez de GK nos recuerda –en el mismo texto El error de la imparcialidad– ciertos criterios que olvidamos demasiado frecuentemente en esta sociedad mediáticamente dirigida: Si existe una clase de hombres a los que la historia ha comprobado especial y supinamente capaces de equivocarse en todas direcciones, es la clase de los hombres muy intelectuales. Prefiero siempre guiarme por la masa de la humanidad: por eso soy demócrata.

Me resulta fácil imaginar la dentera de más de un ‘intelectual’ al leer esto.