Archivo de la categoría: Colegas

Bernard Shaw habla de Chesterton

Shaw, Belloc -que actuó como moderador- y GK en 1923, antes de comenzar el debate '¿Estamos de acuerdo?'

Shaw, Belloc -que actuó como moderador- y Chesterton en 1923, antes de comenzar el debate ‘¿Estamos de acuerdo?’ Deathbycivilisation.blogspot.com

El otro día, con motivo de la presentación del libro Pensar con Chesterton, ofrecíamos un fragmento del debate de 1923 entre Chesterton y Bernard Shaw, en el que, con tono humorístico, Chesterton rebatía parcialmente la idea de propiedad de Shaw. Ese debate está caracterizado por un rasgo, que también marcó la vida de Shaw con respecto a GK: el convencimiento de que en el fondo los dos defendían lo mismo. Se admiraban mutuamente y de manera verdaderamente sincera, pero como es evidente, tal grado de coincidencia no era verdadero. Ya que ‘hemos abierto el debate’ ofrecemos hoy el inicio del mismo, a cargo de Shaw, que constituye una especie un retrato mutuo, en el que –como era de esperar- destacará los paralelismos, amén de alguna discrepancia. Obsérvese la actitud de fondo tan diferente, ante la vida y la escritura del genial escritor irlandés, que dos años después recibiría el premio Nobel:

“Mr. Belloc, damas, caballeros, he de decir que nuestro tema de esta tarde ‘¿Estamos de acuerdo?’, ha sido idea de Mr. Chesterton. Algunos de ustedes podrán preguntarse con razón de qué vamos a discutir si, en efecto, estamos de acuerdo. Pero sospecho que no les importará mucho sobre qué discutamos siempre que logremos entretenerles conversando a nuestro estilo característico.

“La razón de todo esto, aunque quizá no la conozcan –me corresponde a mí decirlo-, es que Mr. Chesterton y yo somos dos locos. En lugar de ejercer alguna profesión honrada y respetable y comportarnos como cualquier ciudadano corriente, ambos vamos por el mundo poseídos por un extraño don de lenguas –que, en mi caso, está prácticamente reducido al inglés- y exponiendo toda clase de opiniones extraordinarias sin ningún motivo en particular.

“Mr. Chesterton se dedica a decir e imprimir las mentiras más extravagantes. Toma incidentes ordinarios de la vida humana –lugares comunes de la vida de la clase media- y les confiere perfiles monstruosos, extraños y gigantescos. Llena los jardines suburbanos de asesinatos imposibles, y no sólo inventa esos asesinatos, sino que también consigue descubrir al asesino que jamás los cometió. En cuanto a mí, suelo hacer muy a menudo el mismo tipo de cosas. Divulgo mentiras en forma de obras teatrales; pero en tanto que Mr. Chesterton toma los hechos que ustedes creen ordinarios y los vuelve gigantescos y colosales para revelar su esencial carácter milagroso, yo me inclino más bien a tomar estas cosas en su más absoluta normalidad e introducir en ellas una serie de ideas extravagantes, que escandalizan al aficionado al teatro ordinario y lo hacen salir preguntándose si lleva toda su vida en sus cabales o yo sigo aún en los míos.

“Alguien va a ver una de mis obras y se sienta junto a su mujer. Se dice en la escena alguna cosa aparentemente ordinaria, y entonces ella se vuelve al marido y le pregunta: “¡Aja! ¿Qué me dices tú de eso?”. Dos minutos después, se dice otra cosa aparentemente ordinaria, y entonces es el hombre el que se vuelve a su mujer y le pregunta: “¡Aja! ¿Qué me dices tú de eso?” ¿Acaso no es curioso que podamos ir por ahí haciendo estas cosas y que no sólo se nos permita hacerlas, sino que, además, se nos admire en gran parte por ellas? Por mi parte, podría decir que, en los últimos años, casi he llegado a ser venerado por dedicarme a esta clase de cosas.

“Obviamente, estamos locos; y por locos seríamos venerados en Oriente. “Escuchemos atentamente a estos hombres, pero no olvidemos que son locos”, dice la sabiduría oriental. En este país, sin embargo, decimos: “Escuchemos a estos tipos tan divertidos. Están perfectamente cuerdos; lo que, obviamente, no es nuestro caso”.

[En ese momento entra gente en la sala y el discurso se interrumpe; seguimos el hilo principal]

“Estaba refiriéndome a la distinta y curiosa consideración que reciben los locos en Oriente y en este país. Pero esto me llevaba a la conclusión de que importan muy poco sus diferencias. Todos muestran anomalías de toda índole debidas a sus circunstancias personales, a su formación, a sus conocimientos e ignorancias. Pero si los escuchamos atentamente y descubrimos que, en determinados asuntos, están de acuerdo, entonces tenemos alguna fundada razón para suponer que ahí aparece el espíritu de la época para ofrecernos un mensaje inspirado. Apartemos todas sus contradicciones y concentremos nuestra atención en aquello en lo que los locos se muestran de acuerdo; entonces estaremos escuchando la voz de la revelación.

“Así, pues, harán bien esta noche en escucharnos atentamente, pues es muy probable que lo que nos impele a estos discursos no sea algo personal e individual, sino alguna conclusión a la que la humanidad toda se va aproximando por medio de la razón o de la inspiración. El mero hecho de que Mr. Chesterton y yo estemos de acuerdo en cualquier asunto en absoluto debe ser impedimento para que lo discutamos apasionadamente, pues creo que aquellos que me refutan muy a menudo sostienen las mismas ideas que yo trato de expresar. No sé si ello se debe a que las libertades que me tomo les molestan o a que las palabras que utilizo o mis giros mentales no son de su agrado; pero lo cierto es que son ellos quienes con más frecuencia me rebaten”. (¿Estamos de acuerdo?, Ediciones Renacimiento, pp.25-31).

Anuncios

Agradecimientos, premios y reconocimientos al Chestertonblog

Desde hace algunos meses hemos recibido algunas nominaciones a distintos premios del mundo de los blogs: por lo menos me acuerdo de Aquileana, Phrontisterion y Desluzia (puede que haya alguno más, espero me disculpe si no lo menciono). Aunque creo que los he agradecido personalmente, al final he decidido realizar una entrada para agradecerlo públicamente y a nuestra mi vez transmitir este reconocimiento. Si no lo he hecho antes es porque -además de estar muy centrados en Chesterton- no tengo tiempo suficiente ni sigo tantos blogs como para llegar a todos. También he visto que hay varias reglas, que tomo de uno de los premios, el último recibido.

Versatile blogger

Reglas del Versatil Blog Award:
1. Mostrar el concurso en el blog
2. Anunciar el concurso con una entrada y agradecer al blogger que te nominó
3. Nominar a 15 blogs
4. Poner un enlace a los blogs nominados y comunicárselo con un comentario
5. Comentar 3 cosas sobre ti.

Considero que las tres cosas que voy a comentar de mí corresponden al blog entero, en el que participamos varios autores. Así que he buscado esos rasgos comunes, que parten de la afición por Chesterton, y no temo equivocarme al señalarlas como rasgos colectivos compartidos:

1.- Nos gusta leer -a Chesterton es más que evidente-, escribir, dialogar, pensar, acerca de un mundo que está más vivo que nunca: aun que no todo sea bueno, habrá que ver lo que sale de estos tiempos: las crisis siempre son oportunidades.
2.- Nos gusta reunirnos para tomar unas cervezas o unos vinos -es conocida la famosa frase de GK: Dios nos ha dado el borgoña para que se lo agradezcamos bebiéndolo con moderación– porque pensamos que el sentido de la vida es social y no individual.
3.- Hemos aprendido de GK que la fuente de nuestro optimismo no es lo contrario del pesimismo, sino que -por usar la terminología del propio Chesterton- el Espíritu es el dueño y creador de la materia, con la que se divierte jugando. Ése Espíritu nos ha hecho libres y por tanto nos anima a implicarnos en los problemas de nuestro tiempo, también en camaradería con los que no piensan como nosotros, tal y como siempre hizo el propio Chesterton y narra sin igual en la fantástica novela El hombre que fue jueves.

Al hacer la lista he descubierto que sí sigo más de 15 blogs, por lo que al final ha habido que dejar a varios fuera: como en los concursos de belleza, todos son estupendos, pero las plazas son limitadas. Lo que voy a hacer es señalar genéricamente por qué considero que merecen el premio (algunos lo hacen por varias cosas a la vez). Y, lógicamente, no voy a nominar a los que ya recibieron los premios y me los pasaron a mí. Los blogs nominados son:

Por su capacidad de transmitir fuerza, energía, alegría y fe en sus mensajes, que hacen pensar:

http://pensarporlibre.blogspot.com.es/
http://yerbasdeinfanteria.wordpress.com/
http://jesuscotta.blogspot.com.es/: Las noches de mis días
http://alvarcam.wordpress.com/: Nómadas
http://padreteo.wordpress.com/

Por su rigor profesional en su ámbito específico:

http://padres-profesores-alumnos.blogspot.com.es/
http://alfonsomendiz.blogspot.com.es/: Publicidad con valores
http://inavukic.com/: Croatia, the war and the future
http://jackmoreno.wordpress.com/

Por su creatividad, estilo u originalidad

http://libeasler.wordpress.com/
http://7paresdekatiuskas.wordpress.com/
http://palomamzs.wordpress.com/: El blog de una empleada doméstica
http://casapomelo.wordpress.com/
http://sperezm.wordpress.com/: Bloc de notas
http://elsantoral.wordpress.com/: Magnificum santorum

Presentación de ‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera

Hace unos días reseñábamos en el Chestertonblog Pensar con Chesterton, la excelente obra de nuestro colaborador Tomás Baviera. Ahora tenemos el placer de anunciar su presentación pública en el Colegio Mayor Albalat de Valencia el martes 10 de junio:

Presentacion Baviera en Albalat

La dirección de Albalat es Primado Reig, 167, telf. 963 607 512, y por si acaso, el email: albalat@albalat.net. Desde aquí, animamos a todos los lectores que puedan acercarse a participar en la que sin duda será una magnífica velada chestertoniana.

A GK le encantaban los debates públicos, que eran considerados entonces auténticos entretenimientos -además de ocasiones de aprender- entre otras cosas porque cine y televisión aún no habían comenzado su andadura. Dar conferencias o debatir -habitualmente en salones o teatros- suponía además una forma extra de lograr unos ingresos para los intelectuales de la época que -como suele ser habitual (y probablemente deba ser así)- no suelen ser los mejor pagados. Es famoso su debate con G. Bernard Shaw, ¿Estamos de acuerdo? (1923, publicado en el 28), sobre la propiedad privada, del que pronto hablaremos en el Chestertonblog. Como muestra, daremos un botón. Habla GK, en respuesta a Shaw:

De toda la confusión de desconcertantes falacias que Mr. Shaw acaba de ofrecernos, prefiero empezar por la más simple. Cuando Mr. Shaw se abstiene de golpearme en la cabeza con su paraguas, el verdadero motivo -aparte de su auténtica bondad, que lo lleva a respetar a la más humilde de las criaturas de Dios- no es que no posea la propiedad de su paraguas, sino que no posee la propiedad de mi cabeza. Y dado que yo aún me hallo en posesión de este órgano imperfecto, procederé a la refutación de alguna otra de sus falacias (¿Estamos de acuerdo? Ed. Renacimiento, pp.65-66).

Aunque GK no esté físicamente presente el martes en la presentación del libro sobre sus obras, disfrutará con la refutación de algunas de las falacias del pensamiento moderno, mientras se estimula a la rebeldía frente al acomodamiento vital e intelectual de nuestro tiempo.

El alegre estilo de Chesterton, según Alberto Manguel

Alberto Manguel. Web personal.

Alberto Manguel. Web personal.

“Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete y, como ha señalado Christopher Morley, “sus juegos de palabras a menudo conducían a un auténtico juego de pensamientos”. Hay algo rico y detallado, colorido y ruidoso en su escritura. La supuesta sobriedad británica no encajaba con él, ni en el vestir —su capa amplia y flotante, su sombrero raído con forma de molde de budín y sus gnómicos quevedos le daban aspecto de personaje de pantomima—, ni en sus palabras —se ocupaba de retorcer y darle vueltas a las frases hasta que se extendían como una viña en flor, bifurcándose en varias direcciones con tropical entusiasmo, y florecían en varias ideas al mismo tiempo—. Escribía y leía con la pasión que pone un glotón en comer y beber, aunque probablemente con mayor deleite, y no parece haber conocido jamás los sufrimientos del escribidor inclinado sobre la página en blanco de Mallarmé, ni la angustia del erudito rodeado de tornos polvorientos” (p.11).

Con estas palabras comienza el Prólogo con el que Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) abre la que es probablemente la mejor selección de artículos de Chesterton en español: Correr tras el propio sombrero y otros ensayos (Acantilado, 2005; traducción de Miguel Temprano). Datado en París el 21.04.1996, este texto constituye otra excelente presentación de nuestro autor, un breve e intenso ensayo en el que Manguel nos cuenta brevemente la vida de GK, sus opiniones, su forma de ser y de vivir, desde su hacer cotidiano a sus relaciones con sus grandes amigos, vivos o muertos, sobre los que escribió centenares de páginas. Como había que seleccionar, he optado por dos párrafos que expresan extraordinariamente bien el estilo de Chesterton:

“En la antigua disputa entre forma y contenido, o entre sentido y sonido, Chesterton se mantuvo a medio camino. Tan sólo siguió en parte a Lewis Carroll, que había advertido: “ocúpate del sentido y los sonidos se ocuparán de sí mismos”. Chesterton creía que, si se escogía bien, el sentido podía aprovechar los efectos del sonido y elevarse ilimitado desde el entrechocar de los címbalos retóricos del oxímoron y la paradoja, de la hipérbole y la metonimia. Chesterton tendía a estar más de acuerdo con Pope, quien en cierta ocasión comparó a los seguidores del mero sonido con esa gente que acude a la iglesia “no por la doctrina, sino por la música” (An Essay on Criticism, 1771). Chesterton amaba la música de las palabras, pero era consciente de su limitada capacidad para significar algo; fuese cual fuese la doctrina que anunciasen debía ser incompleta por necesidad, simples relámpagos fortuitos más que destellos de verdad. En su estudio sobre el pintor Watts escribió: Es evidente que toda religión y toda filosofía necesitan basarse en la presunción de la autoridad o exactitud de algo. Pero podemos preguntarnos si no es más sensato y satisfactorio fundar nuestra fe en la infalibilidad del Papa, o en la infalibilidad del Libro del Mormón, que en este sorprendente dogma moderno de la infalibilidad del lenguaje humano. Cada vez que alguien le dice a otro: “Dinos sencillamente lo que piensas”, está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje; es decir, está dando por sentado que hay un esquema perfecto de expresión verbal para todos los estados de ánimo e intenciones de las personas. Cada vez que alguien le dice a otro: “Prueba eso que dices; defiende tu fe”, está dando por sentado que el hombre tiene una palabra para cada realidad de la tierra, o del cielo, o del infierno. Sabe que el alma tiene matices más desconcertantes e indescriptibles que los colores de un bosque en otoño; sabe que en el mundo hay crímenes que nunca han sido condenados y virtudes que nunca han sido bautizadas. Pero aun así cree seriamente que todas y cada una de esas cosas, en todos sus tonos y semitonos, en todas sus mezclas y uniones, pueden representarse exactamente con un arbitrario sistema de gritos y gruñidos. Cree que un simple y civilizado corredor de bolsa puede extraer de su interior sonidos que denoten todos los misterios de la memoria y todas las agonías del deseo. Paradójicamente, con palabras como éstas, escritas contra el poder de las palabras, Chesterton aumenta la confianza del lector en ese mismo poder que cuestiona” (pp.16-17).

Chesterton y el enigma de ‘Herejes’: el problema del bien y la verdad

Portada de 'Herejes', de Chesterton, publicado por Acantilado

‘Herejes’, de Chesterton, en la edición de Acantilado

Chesterton publicó Herejes (Acantilado, 2007) en el año 1905. Por sus páginas desfilan casi todos los escritores de referencia de esos años, como George Bernard Shaw, H.G. Wells o Henrik Ibsen.

El libro llamó mucho la atención cuando salió a las librerías. Además del título, en Herejes había otro aspecto todavía más provocativo: su autor, un periodista algo belicoso y de estilo un tanto coloquial, hacía una crítica a los intelectuales consagrados, para decir que, simplemente, estaban equivocados. Y este autor ¡sólo tenía 31 años!

¿En qué consistía el error herético de la intelectualidad de finales del siglo XIX? Chesterton lo expresa de diversas formas. En una primera aproximación, detecta que no se toleran las generalizaciones. Estos autores no acaban de transmitir una visión general que pueda dar razón de la realidad. Cada uno asume un enfoque particular, que lógicamente entra en conflicto con el propuesto por otro. A lo sumo, todos parecen estar de acuerdo en la idea expresada por Shaw y recogida por Chesterton en Herejes: La regla de oro es que no hay regla de oro (p.10).

Para hacernos cargo mejor del ambiente intelectual, conviene tener presente que el XIX fue el siglo de los inventos. Los avances científicos precedentes fueron aplicados para el uso social. En relativamente poco tiempo la forma de vida de la gente corriente cambió notablemente a mejor gracias –entre otras cosas- a la iluminación de las ciudades, las líneas de ferrocarril y las comunicaciones telegráficas. El salto cualitativo contribuyó a consolidar una admiración general por la ciencia y una esperanza en el progreso técnico (ver por ejemplo, J. L. Comellas, El último cambio de siglo, Ariel, 2000).

Alimentado por el rigor y la precisión proporcionados por el método científico, el clima intelectual moderno tendía inevitablemente a la especialización. Chesterton ya advierte de la consecuencia de este modo pensar: todo es importante, a excepción de todo (p.10): se sabe mucho de casi cualquier cosa en particular mientras que apenas se indaga por alcanzar una visión de conjunto con un mínimo de rigor intelectual.

Aquí es donde Chesterton pone el dedo en la llaga. En Herejes señala lo que echa en falta en las reflexiones y propuestas de sus contemporáneos: cada una de las frases y los ideales modernos más populares es una evasión para esquivar el problema de qué es lo bueno (p.24).

Este fue el enigma que hizo salir a Chesterton en busca de una luz que no terminaba de encontrar en las explicaciones que le proporcionaron sus coetáneos: de alguna forma, sus escritos siempre vuelven a la cuestión de lo bueno. Quizá el texto en el que mejor lo expresó fue al final del primer capítulo del ensayo Lo que está mal en el mundo (1910), publicado dos años después de Ortodoxia: He llamado a este libro Lo que está mal en el mundo y el resultado del título puede entenderse fácil y claramente. Lo que está mal es que no nos preguntamos qué está bien (Acantilado, Lo que está mal en el mundo, 2008, p. 17).

En cambio, Chesterton advierte que lo que ocupa en buena medida la mente moderna era ya por aquel entonces la idea de romper límites, de eliminar fronteras y de deshacerse de dogmas. Al fin y al cabo, se trata de una consecuencia lógica de asumir que no hay regla de oro.

Un eco portentoso de este planteamiento resonó en la sociedad occidental en la década de 1960. Probablemente la mejor síntesis fue el lema ‘Prohibido prohibir’, proclamado en mayo del 68 por los universitarios de París. La generación posterior a la Segunda Guerra Mundial mostraba síntomas de una fuerte alergia al principio de autoridad, que no ha hecho más que agravarse con el paso del tiempo.

Si Chesterton había detectado la gravedad de estos síntomas en la cultura de su época, su diagnóstico no fue menos certero. El problema de fondo tenía mucho que ver con la verdad y con cómo alcanzarla. En Herejes escribió: La mente humana es una máquina para llegar a conclusiones; si no puede llegar a conclusiones está herrumbrada (p.215). Para Chesterton, el ejercicio intelectual que no se oxida es aquel que desemboca en afirmaciones cuya validez se apoya en la lógica, independientemente de las preferencias del sujeto.

Quizá sea éste uno de los errores más trágicos del mundo moderno: haber perdido la confianza en poder componer un mapa intelectual que sirva para guiar el curso de la propia existencia. Como todo mapa, deberá señalar los riesgos y las oportunidades, los peligros y los sitios de interés. Al interpretarlo correctamente se puede descubrir el camino más acertado y desechar aquellos que no valgan la pena. Para componer ese mapa hace falta criterio que dé capacidad de juzgar y advertir lo que es valioso por sí mismo, es decir, se requiere de una regla de oro que ayude a buscar una respuesta auténtica a la pregunta por lo bueno.

‘Chesterton o el atletismo visual’, de Juan Lamillar

Juan Lamillar, autor del prólogo de 'Enormes minucias', de Chesterton

Juan Lamillar, autor del prólogo de ‘Enormes minucias’, de Chesterton. Foto: El correo de Andalucía

Juan Lamillar es un poeta y escritor español nacido en Sevilla en 1957. Es autor del prólogo a la edición de Enormes minucias que realizó Espuela de Plata en 2011, el texto que ofrecemos esta semana a nuestros lectores: GK Chesterton o el atletismo visual. Es un texto breve -en mi opinión demasiado ‘pegado’ al contenido del libro-, algunos de cuyos 39 artículos comenta o anticipa. La parte más personal es la primera, de la que bien vale la pena reproducir algunos párrafos:

“Uno de los principios de Chesterton es que el mundo podría no existir y el hecho de que exista ya es maravilloso. Un buen comienzo, pues, para instalarse en esa jovial maravilla inabarcable: la perplejidad que produce la vida emana de haber en ella demasiadas cosas interesantes como para que podamos interesarnos debidamente en ninguna de ellas, nos dirá en uno de los artículos (El secreto del tren) de este volumen.
Ese continuo asombro no suponía conformismo alguno y no le impidió mantener y argumentar unas firmes posturas. Combatió incesantemente los que él consideraba errores modernos, el racionalismo y el cientifismo, con buenas dosis de sus personales antídotos: la fe y el sentido común.
En muchas de sus campañas y reivindicaciones Chesterton aparece como un solitario frente a la mayoría. Singular y heterodoxo en su defensa de la ortodoxia, nunca se permitía tomarse a broma sus creencias. En una época en que se interesó por el ocultismo y el espiritismo, él era el único de los asistentes a las sesiones que creía en el demonio” (pp.9-10).

Como se ve, Lamillar capta bien el sentir de GK. Y lo expresa mejor aún cuando justifica el título que le ha dado a su texto introductorio:

“En el artículo que da título al volumen (Enormes minucias), un hada transforma a dos niños: a uno, lo convierte en gigante; a otro, en pigmeo. El gigante (y aquí hay una alusión a los exóticos escritos de Kipling) puede atravesar océanos y cruzar continentes. El pigmeo, sin embargo, puede ver lo extraordinario en lo ordinario. Así, en estas cuatro decenas de artículos, como en los centenares que le seguirían, Chesterton nos invita, nos exige más bien, a ejercitar la vista hasta descubrir lo asombroso escondido en lo cotidiano. Nos invita a convertirnos en ‘atletas visuales’. Deberíamos, pues, tras estas lecciones, intentar escribir ensayos sobre un gato callejero o una nube de color” (p.14).

La propuesta final de Lamillar que se la apliquen poetas y escritores. La mayoría nos conformamos con disfrutar leyendo a Chesterton, pues con él sabemos que en el mundo nunca escasearán los milagros, sólo el asombro (Enormes minucias, p.23).

Chesterton retrata a dos ‘revolucionarios’: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís.

Cualquiera que pretenda analizar la habilidad de Chesterton para establecer comparaciones y paralelismos debe estudiar el primer capítulo de la obra dedicada a Santo Tomás de Aquino (1933), pues está enteramente dedicado a las comparaciones: entre San Francisco –sobre el que ya había escrito otro libro en 1923- y Sto. Tomás: primero en qué se parecen y luego en qué se diferencian. Luego, entre la Edad Media y la nuestra. Y para concluir, las semejanzas y diferencias entre los dos fundadores de las grandes órdenes mendicantes: San Francisco y el español  Sto. Domingo de Guzmán.
Vamos a quedarnos ahora tan sólo con el contraste que GK plantea ente los dos protagonistas de sus libros, San Francisco y Santo Tomás (Apdos 01-03 del capítulo -que se puede leer completo aquí). Es un fragmento que no resisto a copiar entero, lleno de ‘chestertonadas’, esas típicas figuras o imágenes brillantes tan originales, que sólo podrían salir de la bulliciosa mente de GK. Pero la simpatía, la capacidad de observación, la agudeza en la comprensión de los caracteres y el ambiente social, son realmente fascinantes:

Los son hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar -si es posible- el vívido retrato que que Chesterton hace de ellos.

Los hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar el vivo retrato que que Chesterton hace de ellos. Catedralesgoticas.es

Se puede hacer un esbozo de San Francisco; de Santo Tomás sólo se podría hacer un plano, como el plano de una ciudad laberíntica. Y sin embargo, en cierto sentido, encajaría en un libro mucho mayor o mucho más pequeño: lo que realmente sabemos de su vida se podría despachar bastante bien en pocas páginas, porque no desapareció, como San Francisco, bajo un chaparrón de anécdotas personales y leyendas populares; lo que sabemos –o podríamos saber, o en su día podríamos tener la suerte de descubrir- acerca de su obra, probablemente llenará todavía más bibliotecas en el futuro de las que ha llenado en el pasado.
Fue posible dibujar a San Francisco en silueta, pero con Santo Tomás todo depende de cómo se rellene la silueta. En cierto modo, hasta es medieval iluminar una miniatura del Poverello [de Asís], que hasta en el título lleva un diminutivo. Pero hacer un resumen o digesto, como los de la prensa, del Buey Mudo de Sicilia es algo que sobrepasa a todos los experimentos de digestión de un buey en una taza [divertida alusión al invento del caldo de carne concentrado].
Esperemos que sea posible hacer un bosquejo de biografía, ahora que cualquiera parece capaz de escribir un bosquejo de la historia o un bosquejo de cualquier cosa. Sólo que –en el caso presente- el bosquejo es todo un bosque.  El hábito capaz de contener al colosal fraile no está entre las tallas disponibles.

He dicho que estos retratos sólo pueden serlo en silueta. Pero el contraste es tan llamativo, que aun si realmente viéramos a las dos figuras humanas en silueta, asomando por la cresta del monte con sus hábitos fraileros, ese contraste nos parecería hasta cómico. Sería como ver, aun en la lejanía, las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza, o de Falstaff y maese Slender.
San Francisco era un hombrecito flaco y vivaracho; delgado como un hilo y vibrante como la cuerda de un arco; y en sus movimientos, como la flecha que el arco dispara. Toda su vida fue una serie de carreras y zambullidas: salir corriendo tras el mendigo, lanzarse desnudo al bosque, tirarse al barco desconocido, precipitarse a la tienda del sultán y ofrecerse a arrojarse al fuego. En apariencia debió ser como el fino esqueleto de una parda hoja otoñal bailando eternamente en el viento –aunque, en realidad, el viento era él-.

Santo Tomás era un hombre como un toro: grueso, lento y callado; muy tranquilo y magnánimo, pero no muy sociable; tímido, dejando aparte la humildad de la santidad; y abstraído, dejando aparte sus ocasionales y cuidadosamente ocultadas experiencias de trance o éxtasis.
San Francisco era tan fogoso y nervioso que los eclesiásticos que visitó sin avisar le tomaron por loco. Santo Tomás era tan imperturbable que los doctores de las escuelas a las que asistió regularmente le tomaron por zote. De hecho era ese tipo de estudiante no infrecuente que prefiere pasar por zote a permitir que otros zotes más activos o animados invadan sus sueños.
Este contraste externo se extiende a casi todos los aspectos de una y otra personalidad. La paradoja de San Francisco fue que, amando con pasión la poesía, tuviera cierta desconfianza hacia los libros. Fue el hecho sobresaliente de Santo Tomás que amó los libros y vivió de libros: vivió la vida del clérigo o estudiante de los Cuentos de Canterbury, y prefería poseer cien libros de Aristóteles y su filosofía a cuantas riquezas pudiera ofrecerle el mundo. Cuando le preguntaron qué era lo que más agradecía a Dios, respondió con sencillez: “Haber entendido todas las páginas que he leído”.
San Francisco era muy vívido en sus poemas y bastante inconcreto en sus documentos. Santo Tomás dedicó su vida entera a documentar sistemas enteros de letras paganas y cristianas. Y de vez en cuando escribió un himno, como quien se va de vacaciones.
Veían el mismo problema desde ángulos distintos: la sencillez y la sutileza. San Francisco pensaba que bastaría con abrir su corazón a los mahometanos para que se convencieran de no adorar a Mahoma. Santo Tomás se estrujó el cerebro con toda suerte de distinciones y deducciones sutilísimas sobre el Absoluto o el Accidente, únicamente para evitar que se entendiera mal a Aristóteles.
San Francisco era hijo de un comerciante, de un tratante de clase media, y aunque toda su vida fue una rebelión contra la vida mercantil de su padre, retuvo de todos modos algo de esa celeridad y adaptabilidad social que hacen que el mercado zumbe como una colmena. Con toda su afición a los verdes campos, no crecía la hierba bajo sus pies, como se suele decir. Era lo que los millonarios y los gánsteres americanos llaman un ‘alambre vivo’. Es característico de los modernos mecanicistas que, incluso cuando tratan de imaginar algo vivo, sólo se les ocurra una metáfora mecánica de algo muerto: se puede ser un gusano vivo, pero no un alambre vivo. San Francisco habría concedido de muy buen grado ser un gusano, pero un gusano bien vivo. El mayor de los enemigos del ideal de moverse para lucrarse, había renunciado ciertamente a lucrarse, pero nunca dejó de moverse.
Santo Tomás, por el contrario, provenía de un mundo en el que podría haber disfrutado del ocio, y siguió siendo uno de esos hombres cuyo trabajo tiene algo de la tranquilidad del ocio. Fue trabajador incansable, pero nadie le habría podido tomar por un trajinante. Había en él ese algo indefinible que distingue a los que trabajan no teniendo que trabajar, pues era por nacimiento caballero de alto linaje, y esa tranquilidad puede conservarse como hábito, aunque no tenga motivo. Pero en él sólo se expresaba en sus elementos más amables; por ejemplo, posiblemente había algo de ella en su cortesía y su paciencia naturales.
Cada santo es hombre antes de ser santo, y se puede ser santo siendo cualquier clase o especie de hombre; y la mayoría de nosotros elegirá entre estos diferentes tipos con arreglo a sus diferentes gustos. Confieso que, así como la gloria romántica de San Francisco no ha perdido nada de su atractivo para mí, en los últimos años he llegado a sentir casi el mismo afecto –o en algunos aspectos, incluso más- por este hombre que habitó inconscientemente un gran corazón y una gran cabeza como el que hereda una gran mansión y ejerce en ella una hospitalidad igualmente generosa, aunque un poco distraída. Hay momentos en que San Francisco -el hombre menos mundano que jamás hubo en el mundo- me resulta casi demasiado eficiente.

El capítulo, una vez que ha mostrado los distintos que son, continúa estableciendo las similitudes que les dieron ese carácter revolucionario o innovador, que brevemente resumo en dos: que ambos fueron enamorados de Jesucristo y –oh, sorpresa para el educado en los convencionalismos-, que libraron al mundo medieval del espiritualismo, creando las bases de nuestra moderna civilización.

140 cumpleaños de Chesterton, un hombre necesario

Iglesia de St. George, en Kensington, donde Chesterton fue bautizado

Iglesia de St. George, en Kensington, donde Chesterton fue bautizado. Fotografía de Martin James. Flickr.com

Mañana, 29 de mayo, se cumplen 140 años del nacimiento en Londres de Gilbert Keith Chesterton, el autor al que está dedicado este blog. He sido invitado, a través de Twitter, a la 4ª ruta o ‘peregrinación’ anual que se viene haciendo en verano, visitando algunos lugares emblemáticos de su vida: se empieza en el templo anglicano de St. George en Kensington, donde GK fue bautizado, y se concluye en Beaconsfield, junto a su tumba. Es una buena caminata, 27 millas. No podré asistir este año -y no por falta de ganas- pero desde aquí animamos a todos a realizar esa experiencia, el día 30 de julio: incluso daríamos la oportunidad de contarla en el Chestertonblog.

Los organizadores de este evento lo denominan ‘pilgrimage’, literalmente peregrinación. Yo no sé si Chesterton es santo o no en el sentido que le da la Iglesia católica: el tiempo y los expertos lo dirán. Estoy convencido que GK fue un hombre extraordinario, de fe y de virtudes, y de un intelecto prodigioso, no simplemente un periodista más, no un escritor al uso más. Mi propia experiencia pasa por salir de un bache intelectual y anímico gracias a sus obras, al sano optimismo que destilan, que hace que los problemas adquieran su verdadera dimensión, y sepamos que el bien triunfa, no porque ‘tenga que ser así’ -como ‘creen’ sin base algunos modernos progresistas- sino porque el Espíritu, que nos ha creado, cuida de nosotros.

Decía que no sé si GK es santo o no, pero sí sé que fue algo más que ‘buena gente’, expresión usual que apenas distingue al héroe del que simplemente no es mala persona. GK fue un personaje extraordinario, porque luchó toda su vida (utilizando la conocida expresión de Bertold Brech) por difundir su ideal, arriesgando la salud y la hacienda, yendo contra corriente en empresas culturales que le sobrepasaban, pero comprendía que eran necesarias.

Hoy podría buscar citas de muchos autores, pero me voy a quedar con una del propio GK, y que conste que probablemente no le gustaría verla aplicada a él mismo. Si algo sabemos los chestertonianos es que afirmaba de otros determinadas cualidades que los lectores reconocemos como características de él mismo, empezando por la genial y paternal figura de Domingo (en El hombre que fue Jueves). El texto en cuestión se encuentra en Santo Tomás de Aquino:

El santo es medicina porque es antídoto. Por eso el santo es mártir con frecuencia: equivocadamente se le considera veneno porque es antídoto. Generalmente se le encuentra devolviendo la salud al mundo por el procedimiento de exagerar lo que el mundo desprecia, que no es siempre el mismo elemento en todas las épocas. Cada generación busca a su santo por instinto, que no es lo que la gente quiere, sino lo que la gente necesita.
Sin duda consiste en esto el significado muy mal interpretado de aquellas palabras dichas a los primeros santos: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt, 5, 13) que movieron al ex Káiser a declarar con toda solemnidad que sus carnosos alemanes eran la sal de la tierra. Con eso, tan sólo decía que eran lo más carnoso de la tierra, y por lo tanto lo mejor.
Pero si la sal sazona y conserva la carne, no es porque se parezca a la carne, sino porque no se le parece en nada. Cristo no dijo a sus apóstoles que ellos fueran sólo personas excelentes, o las únicas personas excelentes, sino que fueran personas excepcionales, personas permanentemente incongruentes e incompatibles. Este pasaje sobre la sal de la tierra es verdaderamente tan fuerte y mordiente y picante como el sabor de la sal. Por ser personas excepcionales, no deben perder su calidad excepcional. “Si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará?” es una pregunta mucho más aguda que todas las lamentaciones por el precio de la mejor carne (cap.1-05).

Se puede ser creyente o no, pero cualquiera en su sano juicio entiende que personas así son necesarias, porque realizan una importante función social. Y GK, con toda su simpatía, distingue en el texto dos cualidades distintas:
-ser personas excepcionales: somos muchos -y de todas las tendencias- los que estamos convencidos de que GK verdaderamente lo fue.
exagerar lo que el mundo desprecia […] que no es lo que la gente quiere, sino lo que la gente necesita: aplicado a GK, voy a señalar dos rasgos que hoy hacen mucha falta. En primer lugar, la sensatez o sentido común, es decir, el equilibrio entre lo emocional, lo material –su capacidad de disfrute está ampliamente acreditada- y lo racional –pocos razonan tan sensatamente-. En segundo lugar, quiero destacar que su búsqueda de la verdad y defensa de su ideal va siempre acompañada por el respeto al contrincante, irónico pero sin cinismo, consecuencia de su caridad, su buen humor y una alegría que tenía sus raíces más profundas en el conocimiento de su pequeñez (menuda paradoja) y el agradecimiento por el don común de la vida.

El sándwich del Padre Brown

Algunas manifestaciones de impotencia resultan tiernas, sobre todo si están expresadas con belleza. Lo descubrí al leer a d´Ors, que acaba uno de sus poemas con ese melancólico

“y todo para nada: para acabar sabiendo
lo que siempre he sabido: que los versos más míos
los han escrito siempre otros poetas”.

Eso le pasa al poeta, que vuela persiguiendo palabras, y nos pasa también a los lectores que recorremos a pie la prosa. Ya hay mucho y bueno que ha sido dicho. ¿Queda, pues, algo que añadir? Intuyo que sí, pero a veces esa intuición se diluye… y desaparece.

"Dudo que ninguna verdad pueda contarse si no es en una parábola"

“Dudo que ninguna verdad pueda contarse si no es en una parábola”

Lo anterior viene a cuento de un artículo sobre nuestro querido Padre Brown. En 2011, con motivo del primer centenario de la aparición de los relatos del genial cura de Norfolk, Ian Boyd dio una conferencia que luego publicó The Chesterton Review en español bajo el título ‘Las parábolas del Padre Brown’.

Boyd explica que estos relatos de Chesterton tienen “poco contenido religioso obvio” -no como sucede en otras obras de GKC, como, por ejemplo, Ortodoxia o El hombre eterno, que son trabajos evidentemente ‘religiosos’-; que estos relatos son “historias terrenales con significado celestial”, y que, en fin, existe en ellos un significado más profundo que hace de esa historias algo más que un cuento policial. Ese significado más profundo es el “sentido religioso”. Boyd lo explica así:

“El fin de los cuentos policiales siempre ha sido ser una distracción de las preocupaciones de la vida cotidiana. En lo que a este objetivo respecta, las historias de Chesterton fracasan. Como dijo Ronald Knox, el lector tiene motivos para quejarse de que Chesterton introduce de contrabando en sus historias las mismas preocupaciones que el lector está tratando de olvidar. En palabras de Knox, en estas historias hay—por así decirlo— ‘demasiado relleno en el sándwich'” (p.70).

Estoy de acuerdo con Boyd, y lo he comprobado al leer El martillo de Dios, uno de los relatos que conforman El candor del Padre Brown.

La presentación de dos de los protagonistas del relato (los hermanos Bohun) no tiene desperdicio. Uno de ellos (Wilfred) es un reverendo piadoso. El otro (Norman) es un coronel festivo, ni mucho menos devoto y que confiesa que siempre coge el sombrero y la mujer que tiene más cerca. El primero gusta de la soledad y de la oración secreta (a menudo lo encontraban arrodillado no ante el altar, sino en lugares más peculiares, en las criptas, en la galería o incluso en el campanario); el segundo, prefiere las copas en ‘El jabalí azul’ y una desmedida persecución del placer.

La tranquilidad del pueblecito se ve alterada por un asesinato. Sólo puedo (o, más bien, debo) decir eso. Poco importa ahora, de todos modos, quién muere, de quién se sospecha (no hay verdadero cuento policial sin un puñado de personajes razonablemente sospechosos) y, en fin, quién y por qué perpetró el crimen. El “demasiado relleno en el sándwich” viene por otro lado. El Padre Brown vuelve a sorprender por su objetivo y por su método.

El Padre Brown no soluciona los casos para, sin más, presentar al culpable ante la Policía. Eso está bien para Sherlock Holmes, por ejemplo, o para otros sabuesos de su estilo. El Padre Brown no es así; él quiere más. El Padre Brown quiere la conversión del delincuente (¡que se lo pregunten a su amigo Flambeau!). Al Padre Brown no le sirve la desaparición del criminal confeso. Quiere que el criminal confeso reviva, que se rehaga. Por eso evita, por ejemplo, el suicidio del asesino. Él no es un hombre de acción, pero, llegado el caso, interviene con prontitud. Así pasa en El martillo de Dios:

[X, el culpable] pasó una pierna por encima del parapeto, y al instante el Padre Brown le sujetó por el cuello del abrigo.
-Por esa puerta no -le advirtió amablemente-, esa puerta conduce al Infierno.

No se puede hacer mejor el bien, y hacerlo, además, con una elegancia más inglesa (le advirtió “amablemente”). Nada es brusco en el Padre Brown.

Ese objetivo no se consigue de cualquier modo. El fin alumbra el método. El Padre Brown no utiliza sofisticados instrumentos, cachivaches originalísimos o máquinas de última generación. La verdadera nueva tecnología es el uso de la razón y el conocimiento del alma humana (pasiones, inquietudes, zozobras varias). Horas de confesionario y de oración. Horas de silencio que superan la tiranía de cualquier medio técnico. En El martillo de Dios, el culpable no sale de su asombro y se desespera:

-¿Cómo sabe usted todo eso? -gritó-. ¿Acaso es usted un demonio?
-Soy un hombre -respondió gravemente el Padre Brown-, y por tanto tengo todos los demonios en mi corazón.

Una página después, el desesperado asesino se entrega a la Policía. El relato no dice más, porque no hace falta. La confesión del asesino propicia un arranque de arrepentimiento y presumimos un principio de conversión.

No es extraño, pues, que cada una de las apariciones de este párroco discreto vayan mucho más allá del mero entretenimiento. El mal no tiene por qué persistir. Todos podemos cambiar; siempre estamos a tiempo. No hay maldad sin remedio. El propio Padre Brown reconoce que tiene todos los demonios en su corazón.

En relatos así, Chesterton introduce de contrabando las cuestiones que en verdad importan y que constituyen el relleno de nuestras vidas. Estas historias tienen, por tanto, mucha miga. El sándwich del Padre Brown no se come de un solo bocado.

‘Paradojas de vida’ de Chesterton: el valor es ‘desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino’

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en 'Textos sobre G.K.Chesterton', Univ. Ramón Llull, 2005.

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en Pau Romeva: ‘Textos sobre G.K.Chesterton’, Univ. Ramón Llull, 2005.

Pasan los días sin profundizar sobre ese excelente texto de GK en el que nuestro autor planteaba que existen paradojas de vida y paradojas de muerte. Recordemos uno de sus magníficos párrafos, con su chestertonada llena de imaginación:

Hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas. Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas
 (párrafo 05).

Sobre esto escribió Pau Romeva (1892-1968), un intelectual catalán traductor de sus obras a su lengua, y autor del estudio introductorio de las obras completas que Plaza & Janés comenzó a editar a partir de 1968 (Tomo I). En él –en sintonía con la visión del propio GK- se afirma:

“La paradoja es una constante tentación para Chesterton. Muchos miran la paradoja con disgusto, como un juego poco serio. Pero la paradoja no es siempre un puro malabarismo intelectual; muchas veces, lejos de ser un juego para deslumbrar, es un chispazo para iluminar; es el resultado de una visión aguda de las cosas ordinarias que la hace parecer extrañas. La paradoja existe en la realidad misma de muchas cosas. Y a menudo, las paradojas de Chesterton tienen este carácter: no son suyas, sino de la realidad: y la verdad de ésta se insinúa en nuestro espíritu mientras la pluma del escritor parece complacerse en el absurdo y la contradicción. […] Después de leer a Chesterton, no podemos verlo todo como antes. Ideas y prejuicios que hemos estado repitiendo como cosa de cajón nos aparecen como necesitados de enmienda y ampliación. Nuestra visión anterior de cosas, hecho y fenómenos familiares nos parece pobre e incompleta. El mundo, como un paisaje que acaba de lanzar la lluvia, nos ofrece colores y detalles que no habíamos observado nunca (Romeva, Textos sobre G.K. Chesterton, reunidos por Silvia Coll-Vinent, Universidad Ramón Llull, 2005, pp.118-9).

El propio Pau Romeva seleccionó para ilustrar esto un fragmento de GK, en un artículo suyo, “Les paradoxes de Chesterton”, publicado originalmente en El Matí (24.06.1936) como necrológica de nuestro autor, fallecido 10 días antes (pp.97-99 de la selección citada). Pertenece a Ortodoxia (Cap.06), y es desde luego, un magnífico ejemplo de paradoja de vida:

El paganismo declaró que la virtud consistía en un equilibrio; el cristianismo, que consistía en un conflicto: en el choque de dos pasiones opuestas en apariencia. En realidad, tal contradicción no existe, pero ambos extremos son de tal naturaleza, que no se les puede captar simultáneamente.
Volvamos por un momento a nuestra parábola del mártir y el suicida, y analicemos su respectiva bravura. No hay cualidad que –como ésta- haya hecho divagar y enredarse tanto a los simples racionalistas: el valor es casi una contradicción en los términos, puesto que significa un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición de morir. ‘El que pierda su alma, la salvará’ [Mateo, 16,26] no es una fantasía mística para los santos y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses: se le debiera imprimir en las guías alpinas y en las cartillas militares.
Esta paradoja es todo el principio del valor, aun del valor demasiado terreno o brutal. Un hombre aislado en el mar podrá salvar su vida, si sabe arriesgarla al naufragio, y sólo puede escapar de la muerte penetrando constantemente más y más en ella. Un soldado interceptado por el enemigo necesita –para poder abrirse paso- combinar un intenso anhelo de vivir con un extraordinario desdén a la muerte: no le bastará agarrarse a la vida, porque que en tal caso morirá cobardemente; tampoco le bastará resolverse a morir, porque morirá como suicida. Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia hacia ella: ha de desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino.
No creo que ningún filósofo haya expuesto con bastante lucidez este enigma, ni tampoco creo haberlo conseguido yo. Pero el cristianismo ha hecho más: ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas del suicida y del héroe, destacando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería, el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.