El estilo ‘tramposo’ de Chesterton

Queremos aprender a pensar como Chesterton. Pero cuando nos enfrentamos a su método, nos damos cuenta que hay unas cuestiones relativas al fondo y otras a la forma. Yo considero que la clave de su pensamiento está en las primeras, pero las segundas, las que se refieren al estilo, forman parte de su idiosincrasia y son sin duda una parte grandísima de la gracia y disfrute de leerlo y, en mi opinión, inimitables. En mis entradas en el blog, procuro destacar las primeras, pero la familiaridad va haciendo que encuentre algunos detalles de su estilo, nuevas categorías para el género ‘chestertonadas’.

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios. Foto: Valedeoro.es

Hoy voy a hablar de un rasgo –que junto a ironías y paradojas- es muy típico suyo, una especie de trampa o lazo que nos tiende a veces. Como sabemos, uno de sus rasgos esenciales es su imaginación portentosa para poner ejemplos y ayudar a comprender lo que nos quiere transmitir. Chesterton tiene el don de relacionar cosas que nadie ve. Y aquí viene mi pequeño descubrimiento: a veces, después de establecer algunos paralelismos, nos dice que no quiere relacionarlos en absoluto… tomándonos literalmente el pelo. Da la casualidad que este recurso ha aparecido en los dos últimos textos que hemos publicado completos.

El primero aparecía en Civilización y progreso, donde critica el concepto de Spencer (1820-1903) -meramente formal- de que el progreso es ir de lo simple a lo complejo. Y uno de los ejemplos que pone para mostrar su error es precisamente ‘el pelo’:

El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística. Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados  (Cómo escribir relatos policíacos, 06-02).

Mi interpretación es la siguiente –y animo a cualquiera a rebatirla o discutirla. El pelo peinado es más sencillo de ver y de ‘entender’: es el progreso, una evidencia más contra la tesis de Spencer, de que lo complejo es el progreso. Pero como GK ha puesto el ejemplo estético, se le vienen a la cabeza el Partenón y la catedral de Ruán: aquí Chesterton casi cae en su propia trampa, porque para él, el mundo cristiano es un avance frente al pagano, y por tanto la catedral debería ser más sencilla, lo que no ocurre. Por eso, trata de salir como puede, haciendo referencia a la vida sencilla y rutinaria del hombre de ciudad (aunque confieso que no llego a captar la comparación con los malvados: sólo se me ocurre que sus enemigos -‘políticos y capitalistas’- viven también en la ciudad).

El segundo ejemplo procede del texto La Mujer. El contexto es la crítica a una propuesta ‘socialistoide’ de comedores comunales para ahorrar trabajo doméstico a las mujeres:

Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse. No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda (All things considered, 12-02).

Aquí la broma le sale perfecta. Y como siempre, GK la utiliza como el ‘cazador de mitos’ que es: no vale decir que algo está pasando, o que ‘hay una tendencia hacia’: hay que investigar, hay que pensar y justificar, conocer las razones de la modas, para saber si nos convienen o no. La comida rápida, la preparada o semi-preparada, comer fuera es el problema de fondo. ¿Cuál es la causa? ¿Nos conviene o no? ¿Somos capaces de pensar las razones de nuestro comportamiento, e incluso estar dispuestos a actuar alternativamente?

Como conclusión –quizá por una casi macabra casualidad- podríamos unir los dos textos: la vida en la ciudad es cada vez menos sencilla, y las prisas nos obligan a hábitos que ni nos gustan ni son saludables. ¿Es eso civilización? ¿Es eso progreso?

‘Civilización y progreso’, de Chesterton

Hoy ofrecemos un texto de Chesterton procedente de la recopilación Cómo escribir relatos policíacos, publicada por Acantilado (2011, Cap.6º, pp. 33-37). La traducción es de Miguel Temprano, experto traductor de GK. Originalmente, apareció en el Illustrated London News, el 30.11.1912. Es un texto muy interesante porque muestra tres características importantes de Chesterton:

Herbert Spencer (Wikipedia)

Herbert Spencer (Foto Wikipedia)

1. Como cuestión de fondo, la idea de que la vida está en nuestras manos, y hemos de saber qué dirección tiene y dónde queremos llegar -frente al abstracto progreso.
2. Presenta a un Chesterton polemista que discute con los intelectuales de su época, tratando de profundizar en el sentido de su discurso y por tanto, de lo que está en juego: es un buen ejemplo del método de Chesterton, que podríamos denominar circular.
3. Como cuestión de estilo, es quizá uno de los textos imaginativos y –por lo mismo- más barrocos de nuestro autor, y también de los más divertidos. Por eso, hemos optado por colocar unos ladillos antes de cada ‘apartado’ que, al facilitar la lectura, ayuden a situarse en cada momento y no perder el hilo.

1ª definición de civilización

Creo que fue Herbert Spencer quien definió el progreso como el avance de lo simple hacia lo complejo. Es una de las cuatro o cinco peores definiciones de la historia, tanto desde el punto de la verdad impersonal como en cuanto a su aplicación personal.

El progreso, en el único sentido útil para la gente sensata, equivale sólo a un éxito humano, y es evidente que el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple. Cuando un matemático se sienta a resolver un problema aspira a dejarlo menos complejo de como lo encontró. El colono que se esfuerza por convertir una jungla en una granja combate, hacha en mano, la complejidad de la jungla. Si recurrimos a jueces para aplicar la ley es porque se trata de disputas muy enrevesadas y es preciso simplificarlas. No digo que siempre se consiga, pero ésa es la idea. Llamamos al médico para eliminar algo que él mismo llama a menudo «una complicación». Por lo general, el médico verdaderamente competente ve ante él algo que no entiende y deja tras él algo que todo el mundo comprende: la salud.

Ejemplos de su tesis: de lo complejo a lo simple

El verdadero genio técnico triunfa cuando logra hacerse innecesario. Sólo el charlatán trata de volverse indispensable.

El peluquero, por alguna oscura razón, pretende a menudo ser un charlatán, y lo mismo hace el detective, sobre todo cuando se cuela en una novela. Pero, si dejamos a un lado la exuberante prosopopeya de ambas profesiones para fijarnos en su propósito original, es posible aplicar la misma idea. El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística.

Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados. En lo que se refiere a la pelambrera, es tan inflexible como el estoico. -Quizá haya quien diga que recuerda al gran estoico romano que dijo: ‘Habrá sido oportuna esta despedida’. 

Lo mismo ocurre con el gran detective, un tipo muy por debajo del dandi e infinitamente inferior a un artista como el peluquero. El atractivo del detective y de la curiosidad que despiertan las novelas detectivescas es que, aunque empiezan con algo tan apasionado y confuso como un crimen, todas se esfuerzan por terminar con algo tan obvio y desapasionado como la ley. Quienes, como yo mismo, hayan buscado buenos relatos detectivescos igual que un dipsómano busca la bebida, saben que ahí radica la auténtica diferencia entre el cuento legible e ilegible. Un mal relato de misterio se va haciendo más y más misterioso; uno bueno, es misterioso y cada vez lo va siendo menos. Una pisada, una flor extraña, un telegrama cifrado y un sombrero de copa aplastado nos intrigan no porque no tengan nada que ver, sino porque el autor tiene la obligación implícita de relacionarlos. Lo que nos intriga no es lo inexplicable, sino la explicación que todavía no hemos oído. Eso que llamamos arte o progreso: el avance de lo complejo hacia lo simple. 

La simplicidad es ambivalente

Por supuesto, la gente puede simplificar bien o mal. El ‘coaffeur’, con sus cepillos y sus tónicos, puede dejar el pelo liso y brillante para quien guste de llevarlo así, o, con los mismos cepillos y tónicos, causar una calvicie total, ciertamente una condición clara y desenmarañada para cualquiera. Es igual que cuando los detectives de la policía no consiguen imaginar un relato detectivesco creíble y terminan arrestando al primer desdichado que se cruza en su camino; sería injusto negar la simplicidad de dicha acción.

Esta segunda simplicidad, la simplicidad de la oscuridad, vuelve a ser una desdicha para Herbert Spencer, que era el sabio más calvo que jamás se ha visto, en todos los sentidos de la palabra. Si el progreso y la civilización son un avance nacido de la simplicidad, ciertamente él fue una reacción contra la barbarie. Los filósofos medievales a quienes tanto despreciaba pecaron a veces de excesivamente complicados. El ciertamente pecó por su excesiva crudeza.

Conozco a una señora, que combina la cultura heredada y el talento natural en un grado fuera de lo común, que, al hojear un libro de santo Tomás de Aquino, dio con un capítulo titulado ‘La simplicidad de Dios’ y pensó que sería un buen punto de partida. Poco después cerró el libro diciendo: «Caramba, si ésta es la simplicidad de Dios, quisiera saber en qué consiste su complejidad». Y es cierto que los medievales comprimían tanto sus pensamientos que apenas les quedaba sitio para explicar lo que significaban y menos aún para adornarlos. Eran mejores científicos que Huxley, pero no tan buenos periodistas. Ni tan buenos literatos.

2ª definición de civilización

Pero sigo inclinándome a recurrir a la pregunta que planteé la semana pasada, relativa a qué son en realidad el progreso y la civilización. Entonces sugerí una definición y, transcurrida una semana, sigue pareciéndome correcta. Dije que la civilización era la capacidad de volver a la normalidad. No es la capacidad de pasar de lo simple a lo complejo, aunque lo dijera Herbert Spencer. Ni tampoco la de pasar de lo complejo a lo simple, aunque lo haya dicho yo.

Es la capacidad de pasar a lo que se quiera cuando se quiera. La civilización es aquello que puede ser tan simple como se quiera sin perder la civilización y que puede ser tan civilizado como le plazca sin perder la simplicidad. No es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte.

La civilización no es un desarrollo. Es una decisión. Es la gente decidida la que se ha vuelto civilizada; es la gente indecisa, también conocida como escéptica, o los idealistas dubitativos los que han seguido siendo bárbaros.

¿Qué ocurre hoy?

Esa silenciosa anarquía que consume nuestra sociedad puede definirse así: una incapacidad de comprender que la excepción confirma la regla.

Que uno tenga vacaciones implica que trabaja; que un loco sea irresponsable implica que la gente es responsable; que uno llame al médico cuando está enfermo implica que no lo necesita cuando está sano; que se rebele contra la autoridad constituida implica que quiere constituir otra autoridad, y que vaya a la guerra implica que quiere firmar la paz. No es ni mucho menos necesario que la anarquía surja desde abajo, de la turba de los descontentos. Un gobierno puede ser anarquista, y una turba autoritaria. En nuestro caso, la anarquía es peor entre las clases dirigentes: su legislación se ha convertido en una especie de experimentalismo estúpido y confuso.

Estamos haciendo, como si fuesen meros tics nerviosos, cosas a las que nuestros padres recurrían sólo como remedios desesperados. Nuestros antepasados recurrían a las levas porque Napoleón estaba en Boulogne o Irlanda en armas contra ellos. Pero nosotros hemos caído en una especie de militarismo pacifista y mentecato: una idea nebulosa de que los patronos deben convertir a los empleados en reservistas, sin pararse a pensar si no los estarán convirtiendo en soldados.

No alcanzamos a entender que incluso los atajos deberían llevarnos a la carretera principal.

Chesterton: ‘La felicidad es un maestro duro’

Volvemos hoy a comentar algunos párrafos de Esbozo de sentatez (‘La rueda del destino‘, 12-05), con la peculiaridad de hallar a un Chesterton que habla de la felicidad, cuestión que raramente aborda de manera directa. El contexto general –como todo el libro- es la organización socio-económica de nuestra vida, y en particular, la reflexión sobre las máquinas:

La meta de la política humana es la felicidad humana. Para los que tienen ciertas creencias, está condicionada por la esperanza de una felicidad mayor, que aquélla no debe poner en peligro. Pero la felicidad, la alegría del corazón del hombre, es la prueba secular y la prueba real. […] No hay ley lógica ni natural ni ninguna otra que nos obligue a preferir otra cosa.

En esto estamos todos de acuerdo, pero en seguida Chesterton alza su voz contra la tendencia dominante: No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices.

La idea de fondo es que el maquinismo conlleva desarrollismo y éste, el afán por tener más, por llegar antes, más lejos y mejor. Chesterton nos advierte de que es un espejismo, y que estar sometidos al mundo industrial -como hemos recogido ya antes en varias entradas- puede ser una maldición, aunque sea una maldición maravillosa, práctica y productiva.

El aviso de Chesterton puede parecer exagerado, pero en 1980, los psicolingüístas Lakoff y Johnson, plantearon en Metaphors we live by, ‘metáforas por las que vivimos’ (edición española Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, 1986) que el lenguaje cotidiano está cargado de esos adverbios -antes, más mejor- que introducen tensiones en nuestra vida: un sentido de la competencia entre las personas y entre nosotros mismos que no sólo dificultan la comprensión de la realidad, sino que la encaminan en una determinada dirección. Si lo pensamos bien, igual que las máquinas, cada vez que recibimos un mensaje con un ‘sé feliz’ o ‘disfruta más de la vida’, en cierto modo aplica el mismo principio de la productividad a una faceta de nuestra vida, cuando la felicidad es en realidad una consecuencia del resto de nuestras actividades, y no un acto voluntario: no hay nadie más infeliz que el que continuamente cuestiona su felicidad. (Paradoja: la causa de esta reflexión sobre la felicidad es el deseo de que seamos más felices…)

La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no hay obligación de ir más deprisa. […] La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro. Nos dice que no nos compliquemos con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que la máquina.

Sin embargo, las categorías de nuestra sociedad se han vuelto cuantitativas, lo que significa que –desde arriba, tanto política como económicamente- todo se mide según las reglas del antes, más y mejor, expresadas en crecimiento económico, PIB y renta per cápita, haciendo fines de lo que sólo son medios. A Chesterton, nuevamente, no le importa ir contracorriente: Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los hacemos más pobres, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas -en el sentido de cambiarles simplemente la vida- sin incrementarles su gusto por ella (Esbozo de sensatez, 12-06).

Chesterton, D. Álvaro y los borricos

Hoy traemos un dibujo y una poesía de Chesterton sobre los burros. Primero la caricatura, que refleja cómo se veía Chesterton: su buen humor y su capacidad de reírse de sí mismo son un ejemplo para tantos que nos tomamos tanto en serio…

En 'Los países de colores', p.157

En ‘Los países de colores’, p.157

Pero antes de la poesía, una explicación de por qué hoy traemos estos materiales. Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de D. Álvaro del Portillo, un sacerdote español que fue colaborador de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, su fiel colaborador y su sucesor al frente de esa institución de la Iglesia. El Papa Francisco ha aprobado su Beatificación, que se celebrará en Madrid en el mes de septiembre de 2014. Yo tuve la suerte de estar varias veces con D. Álvaro y escucharle y aprender de él, lo que considero una suerte inestimable. Por eso quiero rendirle este pequeño homenaje, al descubrir algunos paralelismos entre estos hombres verdaderamente buenos.
A San Josemaría le gustaban los borricos, porque decía que eran dóciles, perseverantes y no eran engreídos. Se conserva una imagen en la que San Josemaría coloca las figuras de unos burritos en las manos de D. Álvaro, como figura de su confianza en él, puesto que los borriquillos representan a los miembros del Opus Dei: gente corriente, poca cosa, que quieren cumplir con su tarea, como el burro.

S Josemaria pone unos burros en las manos de D Alvaro
Y una vez que hemos aceptado que todos tenemos un poco de borrico, entra Chesterton en escena con su poesía, abriendo –como siempre- nuevas perspectivas. Los versos se encuentran en Lepanto y otros poemas (Renacimiento, 2003) y la traducción es de Enrique García-Máiquez.

EL BURRO
Cuando iban peces por el aire,
cuando el bosque andaba en su primer abril,
cuando era cuna la sangrienta luna,
seguramente entonces, yo nací.

Con cabeza de monstruo y con las alas
raras de mis orejas color gris,
soy la caricatura del diablo
andando a cuatro patas por ahí.

Vagabundo andrajoso de la tierra,
trabajando sin fin he de vivir,
sufriendo hambre y desprecio… Y siempre mudo
me guardo mi secreto para mí,

porque vosotros olvidáis mi hora
que fue inmortal, tremenda y dulce. Allí
alzaban todos a mi paso palmas
y aleluyas al Hijo de David.

THE DONKEY
When fishes flew and forest walked
And figs grew upon thorn,
Some moment when the moon was blood
Then surely I has born.

With monstrous head and sickening cry
And ears like errant wings,
The devil’s warning parody
On all four-footed things.

The tattered outlaw of the earth,
Of anciant crooked will;
Stave, scourge, deride me: I am dumb,
I keep my secret still.

Fools! For I also had my hour;
One far fierce hour and sheet:
There was a shout about my ears,
And palms before my feet.

Falacias de la libertad y de la calidad: análisis sociológico de ‘La mujer’, de Chesterton

El texto de GK que publicábamos ayer –La mujer, tomado de All things considered, cap. 12)- tiene cosas muy interesantes que vale la pena destacar para entenderlo bien. Parto de la aceptación de una idea de Chesterton, especialmente importante en su universo conceptual: el papel de la mujer en el mundo como núcleo del hogar familiar. Hoy día este rol está cuestionado –de hecho son millones las mujeres que destacan en los ámbitos profesionales- y nadie piensa que la mujer esté hecha exclusivamente para dedicarse a la casa. Por eso, una adecuada reflexión sobre el texto puede ayudar a comprenderlo mejor y –como es siempre nuestro objetivo- aprender a pensar con Chesterton.

Entiendo que el punto de partida de GK es la necesidad que tiene el ser humano del hogar. Esto ya ha aparecido varias veces, y es famoso su Nostalgia del hogar. Para que éste funcione, la pieza clave es la mujer.
Y ahora yo voy a exponer mi postura: muchos debates actuales insisten simplemente en la igualdad entre hombre y mujeres, pero en mi opinión, es precisa una distinción definitiva: hombres y mujeres son diferentes –física, biológica, piscológicamente diferentes (y los que somos padres lo vemos desde el principio)- pero socialmente desiguales: es ahí donde hay que dar la batalla, para que tengan igualdad de derechos y oportunidades. Lo que no impide que las mujeres tengan determinados instintos y cualidades que las hacen más aptas para ser el ‘alma de la casa’. Lo malo es cuando acaban por ser quienes la sacan adelante en todas las tareas y responsabilidades, con un varón que se sienta y se siente el rey de la casa y delega en ella otra todas las funciones.
Quiero hacer otra matización importante. Hemos visto que GK tuvo el don de vislumbrar determinadas realidades sociales: lo que en su época eran puntas de iceberg, hoy son realidades evidentes para todos, al menos en los países desarrollados. Por eso, para mí tiene cierto componente enigmático el que Chesterton –viendo las posibilidades de las mujeres- rechazase más o menos abiertamente la incorporación de la mujer al mundo del trabajo: más aún cuando durante y tras la primera guerra mundial, muchas mujeres ya lo hacían de manera permanente. Mi interpretación ‘sociológica’ es que en época de Chesterton, la clase media era muy exigua: entre las clases dominantes y las trabajadoras –GK habla de obreros y oficinistas, lo que se llamarían después trabajadores de cuello azul y de cuello blanco-, apenas existía una incipiente clase media profesional, que es la que ha crecido durante el siglo XX y que puede estar menguando en el XXI.
Y dicho esto, analicemos el texto de Chesterton. El ensayo hace frente a una objeción/propuesta que realiza a GK un desconocido para nosotros: ‘¿Acaso nuestras mujeres no se ahorrarían el insípido trabajo de cocinar y todas las preocupaciones que esto conlleva, dejándolas libres para la alta cultura?’ Ante semejante ‘provocación’, Chesterton saca su artillería para exponer todo lo que esa frase significa: con seguridad, todo lo que significaba entonces, pero en buena parte, también todo lo que significa ahora. Con argumentos sociológicos y argumentos psicológicos. Veámoslos, quizá un tanto entrecruzados, como en el propio texto:

El reino del trabajo es por esencia la falta de libertad: tener un jefe, un horario, unas directrices o unos objetivos que cumplir. Puede resultar satisfactorio porque se sale de casa, se relaciona uno con otras personas o porque se siente que se cumple una función social, pero decir que da libertad es una falacia.
GK lo expresa mejor aún cruzando un argumento psicológico, relativo a la liberación de las preocupaciones: podemos liberarnos de una preocupación concreta pero es imposible hacerlo con todo lo asociado al desempeño de un rol social, el que se quiera: periodista, madre, obrero o profesor: todos conllevan ‘preocupaciones’.
Es decir, una de las cuestiones de fondo es que estamos condicionados. La idea de que siempre estamos sometidos a condiciones y su adecuada comprensión y su aceptación es esencial en la filosofía vital de Chesterton, como aparece en Ortodoxia y otros libros suyos: lo más probable es que aún sigamos en el Edén; sólo son nuestros ojos los que han cambiado (El Acusado, 02-04).

-El argumento de las modas y las tendencias –relacionando ‘sin querer’ suicidios y comer en restaurantes- es toda una chestertonada y volveremos sobre él en otra entrada, pero la cuestión clave, lo que está en juego en todo el texto: la importancia de la propia libertad y capacidad de decisión. No se interesan en el curioso hecho psicológico de que hay algunas cosas que un hombre o una mujer, según sea el caso, deseen hacer por sí mismo o por sí misma. Él o ella deben hacerlo con inventiva, creativamente, artísticamente, individualmente; en una palabra, mal. Escoger tu esposa –por decir- es una de esas cosas. Escoger la cena de tu esposo, ¿es una de esas cosas? La visión de Chesterton suena ciertamente ‘casera’ –habría que enmarcarla en el conjunto de la propuesta, que hoy sería comer de catering o comidas preparadas-, pero insiste en el ámbito de libertad y creatividad que es el hogar. Además añade su toque peculiar y paradójico: aunque nos salga mal, aunque sea insuficiente: no es necesario que sea perfecto… que esto otro de los temas de nuestra vida de hoy: si no es de película, estaremos frustrados. Ésta es otra idea recurrente de GK: o se hace perfecto o se contrata a un profesional, para cocinar o para cantar.

Y eso entronca con la alta cultura, la de la clase alta, la que se ‘preocupa’ por los viajes y el bridge. Éstos sí que no tienen preocupaciones, por lo que las expresiones de su ‘cultura superior’ son de un gran decadentismo, por lo menos, a los ojos de Chesterton. A la vuelta de un siglo, quizá podemos considerarlas como una época de exploración social: las vanguardias artísticas –a las que ya nos hemos acostumbrado- y las literarias, cuyo estilo predomina hoy. Seguro que Chesterton salvaría algunas cosas de la quema, como el barbero y el cura de Don Quijote, pero desde luego, el nihilismo y pesimismo de la alta cultura actual -y particularmente la literatura-, ése sí fueron previstos por Chesterton.

Aún podrían salir más cuestiones, pero esto es bastante. Resumo en dos puntos: la falacia de la liberación de las condiciones y la falacia de la alta cultura: la mujer merece algo mejor, y desde luego, decidir por sí misma, aunque sea mal. Y en cualquier caso, como siempre para Chesterton, hay una salida en la calidad de la vida cotidiana. Dicho esto, animo a volver a leer el texto. Por lo demás, la conclusión del artículo ya estaba en el primer párrafo del mismo: la cuestión del mundo de hoy no es económica: la pregunta no es cuán barato podemos comprar algo, sino qué estamos comprando. Es barato tener un esclavo. Es aun más barato ser un esclavo (Párrafo 01).

Chesterton y ‘La mujer’: ‘Dejad que sea todavía más creadora’

El día 8 de marzo se celebra el día internacional de la mujer. En All Things considered (1908, cap.12), Chesterton incluyó un ensayo titulado precisamente así, La mujer, que publicamos en el Chestertonblog por primera vez en castellano, en la traducción de Carlos D. Villamayor Ledesma. Como siempre, puedes acceder a la versión bilingüe del mismo, y también a los comentarios en la entrada de análisis.
El texto es muy del estilo de Chesterton: a partir de una carta que recibe, GK nos hará reflexionar sobre las modas, las preocupaciones y los intereses, la libertad y las obligaciones, la creatividad, la ‘alta cultura’ y, lógicamente, el papel de la mujer en todo esto. Siempre en su tono irónico, Chesterton nos hará detenernos a considerar detalles existentes en cuestiones que damos por supuestas, como por ejemplo, la cruda realidad del varón trabajador y las diferencias de clase social.

Un corresponsal me ha escrito una carta inteligente e interesante acerca de algunas alusiones mías al asunto de las cocinas comunales. Defiende lúcidamente las cocinas comunales desde la perspectiva del colectivista calculador pero –como tantos de su escuela- aparentemente no puede comprender que exista otro criterio sobre el asunto, con el cual su cálculo no tiene nada que ver. Sabe que sería más barato si algunos de nosotros comieran al mismo tiempo para usar la misma mesa. Así sería. También sería más barato si algunos de nosotros durmieran a diferentes horas para usar el mismo par de pantalones.
Pero la pregunta no es cuán barato podemos comprar algo, sino qué estamos comprando. Es barato tener un esclavo. Es aun más barato ser un esclavo.

Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse.
No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda.
Para hombres valientes, la cuestión no es si cierta cosa está en aumento, la cuestión es si nosotros estamos aumentándola. Yo como en restaurantes muy a menudo porque la naturaleza de mi oficio lo hace conveniente, pero si pensara que al comer en restaurantes estoy trabajando para la creación de comidas comunales, nunca entraría a un restaurante otra vez; llevaría pan y queso en mi bolsillo o comería chocolate de la máquina expendedora. Porque el elemento personal en algunas cosas es sagrado. El otro día escuché al Sr. Will Crooks expresarlo perfectamente: ‘Lo más sagrado es poder cerrar la propia puerta’.

El Roto. El País, 16.02.2014

El Roto. El País, 16.02.2014

Mi corresponsal dice: ‘¿Acaso nuestras mujeres no se ahorrarían el insípido trabajo de cocinar y todas las preocupaciones que esto conlleva, dejándolas libres para la alta cultura?’ Lo primero que se me ocurre decir respecto a esto es muy simple y es –me imagino- parte de toda nuestra experiencia. Si mi corresponsal puede encontrar cualquier manera de evitar que las mujeres se preocupen, será en verdad un hombre extraordinario.
Pienso que el asunto es mucho más profundo. Ante todo, mi corresponsal pasa por alto una distinción elemental en nuestra naturaleza humana. En teoría, supongo que a todos les gustaría librarse de preocupaciones. Pero a nadie en el mundo querría siempre librarse de ocupaciones preocupantes. Me gustaría mucho –hasta donde mis sentimientos llegan en este momento- librarme de la molestia de escribir este artículo. Pero de ahí no se deduce que me gustaría ser libre de la molestia de ser periodista.
De que estemos preocupados por algo no se deduce que no estamos interesados en ello. La verdad es lo contrario. Si no nos interesa, ¿por qué nos debería preocupar?
Las mujeres se preocupan por las tareas domésticas: a las que más les interesa es a las que más les preocupa. Las mujeres se preocupan aun más por sus esposos e hijos. Supongo que si estranguláramos a los hijos y sacrificáramos a los esposos las mujeres quedarían libres para dedicarse a la alta cultura. Es decir, quedarían libres para empezar a preocuparse por eso, pues se preocuparían por la alta cultura tanto como se preocupan por todo lo demás.

Creo que esta manera de hablar sobre las mujeres y su alta cultura es casi enteramente un desarrollo de aquellas clases que –a diferencia de la clase periodística a la que pertenezco- siempre tienen una cantidad aceptable de dinero. Algo raro noto particularmente. Aquellos que escriben de esta manera parecen olvidar por completo la existencia de las clases trabajadoras y asalariadas. Dicen –como mi corresponsal- que la mujer ordinaria es siempre una esclava del trabajo. Y -¡en nombre de los Nueve Dioses!- ¿qué es el hombre ordinario? Parece que estas personas piensan que el hombre ordinario es un ministro del gobierno. Siempre hablan del hombre que avanza en el ejercicio del poder, que se hace un camino propio, que estampa su individualidad en el mundo, que manda y es obedecido. Esto puede ser verdad sobre cierta clase. Los duques tal vez no son esclavos del trabajo, y entonces tampoco lo son las duquesas. Las damas y caballeros de la ‘Smart Set’ [una revista norteamericana] están bastante libres para la alta cultura, que consiste principalmente en viajar en automóvil y jugar al bridge. Pero el hombre ordinario, que simboliza y constituye los millones que constituyen nuestra civilización, no está más libre para la alta cultura que su esposa.

En efecto, él no es tan libre. De los dos sexos la mujer está en una posición más poderosa: la mujer media está a la cabeza de algo en lo que puede hacer lo que quiere, mientras que el hombre promedio tiene que obedecer órdenes y nada más. Él tiene que poner un aburrido ladrillo encima de otro aburrido ladrillo y nada más, él tiene que sumarle una aburrida cantidad a otra aburrida cantidad y nada más.
Puede que el mundo de la mujer sea pequeño, pero ella puede modificarlo. La mujer puede decirle algunas cosas realistas al comerciante con el que trata. Al empleado que hace esto a su jefe generalmente le dan la patada o –por evitar el vulgarismo- se encuentra libre para la alta cultura.
Sobre todo, como dije en un artículo previo, la mujer realiza un trabajo que es en alguna pequeña medida creativo e individual. Ella puede arreglar las flores o los muebles como se le antoje. Me temo que el albañil no puede colocar los ladrillos como se le antoje sin un desastre para él mismo y para otros. Si la mujer pone un parche a la alfombra, puede elegir el color. Pero me temo que el oficinista que debe enviar un paquete no elige los sellos por el color: si prefiere el tierno púrpura del sello de seis peniques al grosero rojo del de un penique.
Puede que una mujer no siempre cocine artísticamente, pero podría hacerlo. Puede introducir una modificación personal e imperceptible a la composición de una sopa. Al empleado no se le fomenta el introducir una modificación personal e imperceptible a los números en las cuentas.

El problema es que la cuestión real que planteo no se debate. Se discute como un problema de dinero, pero no como un problema sobre la gente. No son las propuestas de estos reformadores las que siento que son falsas, sino su temperamento y sus argumentos. No estoy tan seguro de que las cocinas comunales estén tan mal, como yo estoy de que los que están mal son los defensores de las cocinas comunales.
Por otro lado, claro que hay una gran diferencia entre las cocinas comunales de las que hablé y la comida comunal –’monstrum horrendum’, informe- que la mente oscura y salvaje de mi corresponsal evoca diabólicamente. Pero en ambos el problema es que sus defensores no las defienden humanamente como instituciones humanas. No se interesan en el curioso hecho psicológico de que hay algunas cosas que un hombre o una mujer, según sea el caso, deseen hacer por sí mismo o por sí misma. Él o ella deben hacerlo con inventiva, creativamente, artísticamente, individualmente; en una palabra, mal. Escoger tu esposa –por decir- es una de esas cosas. Escoger la cena de tu esposo, ¿es una de esas cosas? Esa es toda la cuestión: esto nunca se pregunta.

Y luego, la alta cultura. Conozco esa cultura. No liberaría a ningún hombre para ella si pudiera evitarlo. Su efecto en los hombres ricos que son libres para entretenerse en ella es tan horrible que es peor que cualquiera de las otras distracciones del millonario; peor que apostar, incluso peor que la filantropía.
La alta cultura significa pensar que el poeta más pequeño de Bélgica es más grande que el poeta más grande de Inglaterra. Significa perder toda simpatía democrática. Significa no poder hablar con un obrero sobre deportes o cerveza, o sobre la Biblia, o sobre el Derby, o sobre patriotismo, o sobre nada de lo que él, el obrero, quiera hablar. Significa tomar la literatura en serio, algo que los amateurs hacen. Significa disculpar la indecencia sólo cuando es indecencia melancólica. Los discípulos de la alta cultura llaman pala a la pala, pero sólo cuando es la pala del sepulturero. La alta cultura es triste, barata, insolente, cruel, deshonesta y sin alivio. En fin, es ‘superior’. Esa abominable palabra, también aplicada al juego, la describe admirablemente.

No. Si estuvieran liberando a las mujeres para otra cosa, yo estaría más dispuesto. Si me pueden asegurar, en privado y con seriedad, que están liberando a las mujeres para que bailen en las montañas como las ninfas o para que adoren alguna monstruosa diosa, tomaré nota de su solicitud. Si están bastante seguros de que las damas en Brixton, en el momento en que renuncien a la cocina, golpearán grandes gongs y soplarán cuernos para Mumbo-Jumbo [una divinidad africana], entonces estaré de acuerdo en que la ocupación por lo menos es humana y más o menos entretenida. Las mujeres han sido liberadas para ser bacantes, han sido liberadas para ser vírgenes mártires, han sido liberadas para ser brujas. No les pidan hundirse en algo tan bajo como la alta cultura.

Tengo mis pequeñas nociones propias sobre la posible emancipación de la mujer, pero supongo que no me tomarían muy en serio si las planteara. Favorecería cualquier cosa que incrementara la presente enorme autoridad de las mujeres y su acción creadora en sus propios hogares.
La mujer media, como he dicho, es una autócrata; el hombre medio es un vasallo. Estoy a favor de cualquier idea de cualquiera que haga más autocrática a la mujer media. Lejos de desear que la mujer consiga sus comidas fuera, me gustaría que cocinara más descabelladamente y siguiendo más su voluntad de lo que lo hace ahora. Lejos de que consiga siempre las mismas comidas en el mismo lugar, déjenla inventar, si quiere, un nuevo plato cada día de su vida. Dejad que la mujer sea todavía más creadora, no menos.
Hacemos bien al hablar sobre ‘la mujer’, sólo los canallas hablan sobre las mujeres. Sin embargo todos los hombres hablan sobre los hombres, y esa es toda la diferencia. Los hombres representan el elemento deliberativo y democrático de la vida. La mujer representa el autoritario.

Chesterton, el sociólogo más divertido

Volvemos hoy a dedicar la entrada a Esbozo de sensatez (1927), que se nos está quedando rezagada. Corresponde al capítulo 9º, La simple verdad, que es el primero de un bloque dedicado a la importancia del campo en la vida social. Como siempre, la aguda sensibilidad social de Chesterton nos hace sonreír mientras, al poner de relieve las falsas creencias de la gente, establece las lógicas sociales por las que se rigen determinados colectivos de la clase dirigente:

Entre las cosas que hemos oído mil veces está la afirmación de que los ingleses son un pueblo lento, un pueblo prudente, un pueblo conservador, y así sucesivamente. Cuando hemos oído una cosa tantas veces la aceptarnos en general como perogrullada, o vemos de pronto que es del todo falsa. La verdadera peculiaridad de Inglaterra es que es el único país de la tierra que no tiene una clase conservadora. Hay gran número, probablemente una mayoría de gente que se llama a sí misma conservadora.

Fotografía tomada de Lady Cosima

Fotografía tomada de Lady Cosima

La clase comerciante, que en un sentido especial es capitalista, es también por naturaleza lo más opuesto a la clase conservadora. Según ella misma proclama, usa continuamente métodos nuevos y busca nuevos mercados. A algunos de nosotros nos parece que hay algo sumamente anticuado en toda esa innovación. Pero eso es por causa del tipo de mente que está inventando, no porque no pretenda inventar.
Desde el financiero más grande que forma una compañía hasta el ínfimo comerciante que vende una máquina de coser, prevalece el mismo ideal. Siempre debe ser una nueva compañía, especialmente después de lo que generalmente le ha pasado a la antigua compañía. Y la máquina de coser siempre debe ser una nueva clase de máquina de coser, aunque sea de la clase de las que no cosen.
Mientras que esto es evidente en lo que se refiere al mero capitalista, es igualmente cierto con referencia al puro oligarca
: sea una aristocracia lo que fuere, nunca es conservadora. Por propia naturaleza se rige más por moda que por tradición. Los hombres que llevan una vida de ocio y de lujo siempre tienen ansia de cosas nuevas; podríamos decir con justicia que serían tontos si no la tuvieran. Y los aristócratas ingleses no son en modo alguno tontos. Pueden sostener orgullosamente que han desempeñado una parte importante en todas las etapas del progreso intelectual que nos ha llevado a nuestra ruina actual(Esbozo de sensatez, 09-03).

En suma, si la lógica de la innovación rige la clase capitalista, y la lógica de la moda rige la aristocracia ¿Dónde están los conservadores, si todos parecen empeñados en el progreso de Inglaterra? Por cierto, por ruina actual, Chesterton se refiere a la vida de la gente corriente de su tiempo, pero recordemos que desde el final de la Gran Guerra, la hegemonía mundial había cambiado de manos.

Chesterton anticipó la ‘dictadura del relativismo’

Aún quedan temas por exprimir en El error de la imparcialidad –además de lo que ya se ha visto estos días ( y )- particularmente el que se deriva de las consecuencias sociales de tener convicciones –especialmente, convicciones religiosas- espléndidamente expresado en el diálogo con el joven ateo, que tras pedir el cisne negro –es decir, el suceso altamente improbable- niega su derecho a la existencia. Para no tener que volver a la entrada, recojo algunos fragmentos fundamentales:

Recuerdo cuando discutí con un joven y honesto ateo que estaba bastante sorprendido por mi cuestionamiento de algunas suposiciones que eran santidades absolutas para él –tales como la proposición sin comprobar de la independencia de la materia y la muy improbable proposición de su poder para crear la mente- y al final recurrió a la siguiente pregunta, que realizó con un honorable celo de desafío e indignación: “Pues bien, ¿puede mencionar a cualquier gran intelectual, de ciencia o filosofía, que aceptara lo milagroso?” Respondí: “Con gusto: Descartes, el Dr. Johnson, Newton, Faraday, Newman, Gladstone, Pasteur, Browning, Brunetiere, tantos como gustes”. A lo que el admirable e idealista joven hizo esta asombrosa respuesta: “Oh, claro que tenían que aceptarlo: eran cristianos”. Primero me retó a encontrar un cisne negro y luego descartó todos mis cisnes por ser negros.

Y aquí viene el punto central del argumento de Chesterton: El hecho de que todos esos grandes intelectos hubieran llegado a la perspectiva cristiana era de un modo u otro una prueba de que no eran grandes intelectos o de que no habían llegado a esa perspectiva. El argumento quedó entonces de una forma encantadoramente conveniente: “Todos los hombres que cuentan han llegado a mi conclusión, pero si llegan a tu conclusión, no cuentan”. No parecía ocurrírsele a tales polemistas que si el cardenal Newman era realmente un hombre de intelecto, el hecho de se uniera a una religión dogmática probaba tanto como el hecho de que el profesor Huxley, otro hombre de intelecto, concluyera que no podría unirse a una religión dogmática.  Es decir, admito alegremente que ambos modos prueban muy poco.

La cuestión, por tanto, no es lo que la gente piense o deje de pensar, sino el modo en que se trata a los que piensan de manera diferente a la de uno. El problema más grave surge cuando este criterio se aplica a la política del Estado, especialmente hoy a través del llamado ‘laicismo’, y particularmente un cierto tipo de laicismo. Hace unos días encontraba en The Huffington Post, un artículo de Raúl Fernándeza Jódar, Un Estado laico es un Estado anticlerical con la siguiente afirmación:

«Un Estado laico no evita la confrontación con las instituciones religiosas, las cuales siempre van a pretender influir en el conjunto de la población. Un Estado laico es anticlerical desde el momento que se enfrenta a una institución religiosa para eliminar sus privilegios y lo será mientras no consiga separar por completo Estado e Iglesia. En conclusión, un Estado laico es anticlerical, mientras que un Estado aconfesional no lo es».

La situación descrita por GK se repite, esta vez llevada al terreno de la organización política: el laicismo considera que cualquier expresión de una creencia, o una convicción, es necesariamente inmiscuirse en la vida de los demás y de la sociedad, por lo que hay que restringir al máximo su expresión pública. Esta situación es la que Benedicto XVI –que siempre defendió una ‘laicidad positiva‘- denominó ‘dictadura del relativismo‘, y que Chesterton había descrito así, en el mismo texto que comentamos:

En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la misma suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a ninguna conclusión, y de algún modo es retirado de la lista de jueces justos el que ha llegado a una conclusión. Se asume que el escéptico no tiene prejuicios cuando tiene un prejuicio muy obvio a favor del escepticismo.

Por cierto, convendría recordar –algún día comentaremos un texto suyo de El hombre corriente– que Chesterton siempre fue partidario de la separación de Iglesia y Estado. Pero además, siempre vivió y se expresó con libertad en un Estado que aún en el siglo XXI sigue siendo confesionalmente anglicano y nadie duda que sea una plena democracia.

La magnífica introducción a ‘Ortodoxia’ de Chesterton, de Tomás Baviera

Tomás Baviera es un ingeniero valenciano seducido por la inteligencia de Chesterton. Nos ha enviado varios trabajos sobre GK, que verán la luz en la correspondiente sección de artículos. Pero el escrito que elaboró con ocasión del centenario del libro –publicado en la revista Nuestro Tiempo en 2008 (n.647, pp.46-57)- es de tal calidad que vamos a abrir la página de Ortodoxia nada más que para alojarlo y hacerlo asequible a todos.
Nuestra intención es comenzar en verano a ofrecer nuestra propia versión -anotada y bilingüe- del libro, tal como estamos haciendo con Esbozo de sensatez y El hombre eterno, capítulo a capítulo. Probablemente, más de un lector del blog haya echado de menos la página de Ortodoxia. De esta manera, establecemos un compromiso con los seguidores del blog y realizamos un avance de la misma. Mientras tanto, los que no tengan paciencia, pueden acudir a la reciente edición en la editorial Acantilado (2013), a cargo de Miguel Temprano, gran traductor de GK.

Portada Ortodoxia Acantilado

Como es sabido, Ortodoxia no es un resumen de la fe cristiana, sino el itinerario que siguió Chesterton para acercarse a ella: habla de los lunáticos y los cuentos de hadas, de las ranas y los gigantes, de los optimistas y pesimistas, de complejas cerraduras y llaves capaces de abrirlas, de los que ‘creen en ellos mismos’ y los que prefieren que el mundo llegue a ellos desde fuera y los ponga en su lugar… eso sí, un lugar maravilloso, como es todo el universo de Chesterton –y el nuestro, cuando nos dejamos querer por la realidad.
El artículo recoge con detalle la trayectoria de Chesterton y da las claves para la comprensión del libro. Nuestra tarea ahora se limita a presentarlo, ofreciendo los dos primeros párrafos del texto de Baviera:

«»Un joven que quiera seguir siendo un perfecto ateo no puede ser demasiado exigente con su lectura. Hay trampas por todas partes». Así recuerda C.S. Lewis su encuentro con los libros de Chesterton durante una convalecencia en la Primera Guerra Mundial. En aquel momento, Lewis era un ateo cabal en edad universitaria. Sin embargo, su lectura inició la aproximación hacia la fe de alguien que llegaría a ser uno de los grandes apologistas del cristianismo en el siglo XX.
¿Qué encontró Lewis en esos libros? Chesterton tenía la habilidad de ayudar a ver las cosas de un modo nuevo. Y eso lo supo hacer admirablemente con la fe cristiana. Para ello, tuvo que abrir nuevos caminos intelectuales que le condujeron a una visión más profunda y más alegre de la realidad. Joseph Pearce señala la novedad de sus libros: «El cristianismo de Chesterton era contagioso y, gracias a sus penetrantes paradojas y a su quijotesco entusiasmo, muchos comenzaron a descubrir el atractivo de la ortodoxia».»

Sin embargo, es prácticamente obligatorio ofrecer algunas palabras de Chesterton, y como dice Lewis, lo vamos a hacer con una de esas ‘trampas’, que se recogen en el libro (y el artículo): «Fueron los ataques intelectuales a la fe los que le facilitaron la pista adecuada: quienes me volvieron a la teología ortodoxa fueron Huxley, Herbert Spencer y Bradlaugh, que suscitaron en mí las primeras dudas sobre la duda«. Genial Chesterton.

Chesterton: desenmascarando a los políticos

Me sirve el título  chestertoniano La máscara del socialismo, perteneciente al libro La utopía del capitalismo y otros ensayos (Palabra. Madrid. 2013) para recoger las opiniones de G.K. Chesterton sobre las prácticas de los políticos socialistas de su época. Y comprobar que son extensibles a buena parte de los actuales políticos de toda laya.
Chesterton da la sensación de que, sin quererlo, al describir la actividad de aquellos políticos dibujaba con claridad impresionista nuestros gobiernos y oposiciones. Valgan algunas muestras:

Viñeta procedente de La zona mileurista.com

Viñeta procedente de Zona mileurista.blogspot.com

Hay un cierto socialismo falso que los políticos modernos pueden ponerse de acuerdo en establecer. Si realmente logran establecerlo, la batalla por los pobres estará perdida.
(…)
El socialista (…) siempre describe el poder económico del plutócrata como consistente en la propiedad privada. Está claro que, en cierto sentido,  esto es cierto; aunque a menudo se le escapa el hecho de que la propiedad privada, como tal, no es lo mismo que propiedad limitada a unos pocos. Pero la verdad es que la situación se ha hecho más sutil.
(…)
El rico de hoy no sólo reina utilizando la propiedad privada; reina tratando la propiedad pública como si fuese privada.
(…)
Esta indefinición sin escrúpulos de dineros oficiales y no oficiales y la feliz costumbre de mezclar siempre el dinero de bolsillo con el dinero de la caja, sería posible mantener, en la práctica, a los ricos tan ricos como siempre, aunque hubiesen sufrido una confiscación en teoría.

Lo colectivo sólo tiene sentido, en esta cuestión, cuando procede  de la cooperación libre de los que tienen propiedad privada; de lo contrario, surge la rapiña de unos pocos  plutócratas o de unas élites que citan al pueblo en pasajes sombríos de historia colectivista y estatalista. Al fin son maneras de apropiarse de la propiedad, sin apellidos.
O sea que tanto unos como otros -gobiernos radicados en el individuo- o gobiernos centrados en el individuo-masa, patrimonializan el erario público, y lo convierten propiedad privada de las nomenclaturas.

Y encima cobran: Dicen que algunos de ellos se les paga como a cualquier profesional, sólo que a su paga se le llama «gastos». Pues eso.