Chesterton, el hombre corriente

Comienza Chesterton el libro de ensayos “El hombre corriente” con un alegato contra la progresía regresiva de todos los tiempos, desde el momento en que el hombre a sí mismo empezó a denominarse, con impostura manifiesta y maniquea, progresista.

  Chesterton nos cuenta en este primer ensayo, El hombre corriente, los desastres y aboliciones, llevadas a cabo por la progresía. La primera es de orden natural: “Hay que desproveer al individuo del sentido común”, a fin de que el hombre común esté en manos del primer improvisador atrabiliario, que dispongan en la sociedad convenida, los cultos latiniparlos, dueños de la sociedad liberal. De aquí surge un hombre que, poco a poco, se desarraiga  del suelo y del cielo, del paisaje y del paisanaje. Es el hombre excepcional. Es el nuevo modelo de hombre que hay que imitar. Nace el individuo contrario a lo que definen como “ser” del hombre progresista. Nace el gregarismo.

La familia, culmen creador del Creador, centro y hogar de la sociedad y fruto amadísimo del hombre común, es zarandeada, para conducirla a la “frustración malthusiana”. Y este segundo desastre desencadena como una cadena condenada al abismo, una serie de prohibiciones y catástrofes concernientes al padre, a l hijo y a la prole. A la familia. Pues, ya que en los tiempos primeros de la Ilustración se gesta lo que serán las posteriores políticas de estirilización, que tan nefandos frutos recogemos los hombres del siglo XXI. Y el ataque se extiende a los miembros de las clases indefensas, es decir, menos formadas. Van contra el hombre común. Al cual falsamente – tercera– se le da derecho a la libertad de prensa, para que sus enemigos monopolicen la información que les va a predicar su bajeza y su impotencia. Todo ello, además, en nombre de la libertad y la democracia. Los cultos floridos a la violeta, puritanos, calvinistas y laicos economistas secos – ¿de alma?-, se ocupan en la modernidad a sumergir en la peor de las pobrezas al hombre corriente: la pobreza espiritual y cultural. Ya que diseñan una familia rupturista, una opinión no contrastada y enemiga de los dogmas del sentido común. Hasta llegar en su afán dictatorial a lo más íntimo del hombre, a los tuétanos de sus almas, cuando ellos – estúpidos y ridículos avaros jugadores de Bolsa- les prohíben a los hombre sencillos del común jugar con dinero.

Quiero  para concluir este resumen, centrarme en una de las prohibiciones que afectan más al ánimo humanista. Se pretende vedar la canción popular. No hay poética de una sola comunidad humana, a lo largo y ancho de la historia, que no haya desarrollado una poesía oral, comunitaria, popular. Canciones hechas de experiencia, de labor, de quehacer, de tiempo, de bodas, de guerra y de amor. Canciones de ritmos perfectos que fundamentaron los posteriores ritmas más cultos y refinados. Canciones de voz, de voz viva, orales, capaces de insertar al oyente en la historia narrada. Canciones que andando el tiempo dieron lugar a variedades de formas métricas del villancico, del zéjel, del romance… Pues mal, este bagaje cultural, espiritual y humano, se va talando, a hurtadillas y a robos a mano armada, dejando un campo arrasado, salado, quemado, para dejar plantados en su lugar, de modo zafio y garrulo, vomitivos tochos de psicología – que no estudios del alma- y sociología.

PICKWICK   

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Lectores ilustres de Chesterton (1): Martin Gardner

Martin Gardner, author of Undiluted Hocus-Pocus: The Autobiography of Martin Gardner

Martin Gardner (1914-2010) (Fotografía por Adam Fish)

Recordamos a Martin Gardner, fallecido en mayo de 2010, sobre todo por los artículos de divulgación matemática que publicó regularmente en la revista Scientific American durante veinticinco años; después fueron recogidos en libros que en España publicó en su mayoría Alianza Editorial.

Y aunque no es poco, Gardner escribió mucho más: ensayos escépticos contra las pseudociencias (el más conocido probablemente sea La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso), manuales de ilusionismo (su inagotable Encyclopedia of Impromptu Magic será objeto próximamente de una reedición corregida y aumentada), filosofía (disciplina en la que, de hecho, se graduó), crítica literaria, etc.

Precisamente en este último campo de la crítica literaria dedicó especial atención a dos autores concretos, de cuyas obras preparó exquisitas ediciones anotadas: Lewis Carroll y G. K. Chesterton.

Annotated Thursday

La edición anotada por Gardner de «El hombre que era Jueves»

En su maravillosa autobiografía publicada póstumamente, Undiluted Hocus-Pocus (Princeton University Press, 2013), Martin Gardner escribe:

«Otros dos de mis héroes literarios son H. G. Wells y G. K. Chesterton. He dicho en otro sitio que si puedes entender por qué admiro a ambos hombres, uno un ateo devoto, el otro un católico devoto, puedes empezar a comprender mi modalidad de teísmo. Ambos tienen a mi juicio un lado positivo y otro negativo. Wells no concebía la posibilidad de que pudiera haber un Dios y vida después de la muerte, pero sentía un gran respeto por la ciencia y la conocía bien. Aprecio a Wells principalmente por sus visiones utópicas, la convicción de que la humanidad ya es capaz de crear un mundo libre de guerras e injusticias. Aprecio a Chesterton por su sentido del humor, su estilo literario, sus fantasías, sobre todo por su asombro y su gratitud constantes por nuestra existencia y la del universo» (pág. 184).

En un capítulo posterior, añade:

«Un escritor británico que tuvo una enorme influencia en mi pensamiento fue Gilbert Keith Chesterton. Aunque no me convenció su poderosa retórica en defensa de Roma, releo su Ortodoxia cada pocos años, y siempre con placer. Considero su El hombre que era Jueves una obra maestra de la fantasía filosófica. Mi aprecio por la ficción de Chesterton, especialmente los misterios del Padre Brown, queda patente en mi libro The Fantastic Fiction of Gilbert Chesterton. Por encima de todo, me encanta leer cualquier cosa escrita por él por su incesante emoción de maravilla y gratitud hacia Dios, no solo por cosas tan complejas como él mismo, su mujer y el universo, sino por «enormes minucias» (como él las llamó una vez) tales como la lluvia, la luz del sol, las flores, los árboles, los colores, las estrellas, incluso las piedras que «brillan a lo largo del camino / y son y no pueden ser», como lo expresa en su gran poema religioso A Second Childhood» (pág. 205).

No es casual que Los porqués de un escriba filósofo (Tusquets, 1989; edición original en inglés de 1983, revisada en 1999) , el libro donde exponía de forma sistemática y, como siempre, tan clara como amena, su posición sobre las grandes cuestiones de la existencia, se abra y se cierre con sendas citas de Chesterton. El último capítulo, titulado «La fe y el futuro: a modo de prólogo», concluye así:

«Al fin y al cabo, comparto con Chesterton, lo que él llamó la idea central de su vida, y, aunque lamente que se hiciera católico tanto como lamento que Wells se hiciera ateo, me siento más próximo a GK que a HG. A Chesterton le gustaban los colores, todos. En su ensayo, The Glory of Grey, insiste en que el gris es un color magnífico y su mayor grandeza estriba en que sobre un fondo gris todos los colores resultan inusitadamente bellos» (pág. 384).

La primera edición en castellano de "Los porqués de un escriba filósofo"

La primera edición en castellano de «Los porqués de un escriba filósofo»

P. D.: A propósito de uno de los grandes enigmas de la hermenéutica chestertoniana, la identidad de Domingo, Gardner escribe lo siguiente:

«Chesterton escribió su ‘pesadilla’ mucho antes de convertirse al catolicismo, y hay constancia de que negó que fuera una alegoría cristiana. Bien, está claro que al final del libro se convierte en tal. El libro ha dejado perplejos a muchos autores, y acaso el propio GK no fuera plenamente consciente de lo que intentaba decir (…). Yo lo veo así: Domingo es Dios, en el sentido de que toda la naturaleza forma parte de Dios. Y no lo es, en el sentido de que el Creador trasciende el universo. Es, como dice Garry Wills en Chesterton: Man and Mask (1961), «el Dios de Whitman». Sólo al final, cuando la cara de Domingo se expande hasta cubrir el cielo y todo se vuelve negro, podemos oír la voz del Creador y comprender que tras Domingo está el verdadero Sabbath, la paz de Dios, en la que el bien y el mal hallan su inescrutable reconciliación final» (pág. 430).

El tweed y otros detalles british

Me entusiasma cómo arrancan las historias del Padre Brown. Son como el primer plano de una película que promete. Con pocas y precisas palabras -y ese ritmo tan propio de la prosa inglesa, contenido y elegante-, Chesterton describe un personaje enigmático. Lea, por ejemplo, cómo empieza El paraíso de los ladrones:

El gran Muscari, el más original de los jóvenes poetas toscanos, entró rápidamente en su restaurante favorito, que daba al Mediterráneo y estaba cubierto por un toldo y cercado por pequeños naranjos y limoneros.

Sencillo, pero muy completo. Merece la pena leer despacito (primera redundancia: ¿es que podemos llamar lectura a unos frenéticos vagabundeos por el libro?). No hay detalle que perder. ¿Quién este Muscari que aquí comparece, poeta toscano y refinado? ¿Qué va a acontecer en ese bello paraje, frente al mar, a la sombra de un toldo y con el aroma entremezclado de árboles frutales? Uno lee ese principio y tiene que seguir leyendo.

Continúa después de la descripción del gran Muscari (que, más por respeto al lector interesado que por falta de ganas, aquí omitiré), y, a renglón seguido, se cita a la hermosa hija de un banquero de Yorkshire. Luego se insinúa apenas la presencia discreta de un par de curillas (uno de ellos, claro está, el Padre Brown), y es entonces cuando un personaje misterioso se dirige al poeta toscano. Es un tipo cuya «figura iba vestida con un tweed a cuadros; llevaba una corbata rosa, el cuello almidonado y unas enormes botas amarillas». Uno lee eso -¡y estamos sólo en el cuarto párrafo!- y sabe que hay que seguir leyendo. Un poeta, dos curas, un restaurante, la bella hija del banquero y ese tipo del tweed. Esto promete.

Aclaro que, desde luego, mi intención no es glosar aquí cada uno de los párrafos del relato citado. Eso sería, además de farragoso, inútil, y pura vanidad de lector. Lo que Chesterton escribió se explica por sí mismo. Ni sobra nada ni hay, a mi juicio, nada que añadirle.

Sólo pretendo destacar que, para gozo del lector moroso (segunda redundancia: ¿es que podemos llamar lectura a la mera voracidad por consumir el núcleo de la historia?), en estos relatos hay un sinfín de pequeñas cosas. Detalles muy british.

Así sucede, por ejemplo, en El paraíso de los ladrones. Los hechos discurren en Italia, como queda dicho; y esa ubicación es perfecta para que, por contraste, Chesterton haga aflorar detalles típicos de Inglaterra. Hay un personaje del que siempre se dice que lleva un traje de tweed (y recuérdese que estamos frente al Mediterráneo, a la sombre de un toldo, con calor, entre naranjos y limoneros). Hay un momento en el que, al estrellarse el carruaje en el que viajan, el poeta Muscari y la bella hija del banquero se tocan. Es algo fortuito, y se describe de una forma delicadamente inglesa (o, tanto monta, británicamente delicada): «Muscari le echó un brazo por encima a Ethel, que se agarró a él y soltó un grito. Momentos así eran los que daban sentido a la existencia del joven».

También hay momentos para la amable crítica hacia los compatriotas. Suenan a lo lejos unos caballos y un italiano se percata de ello. No así el británico, porque todo sucede «mucho antes de que la vibración alcanzara los menos experimentados oídos ingleses». Que los ingleses son duros de oído, vamos.

Los detalles son múltiples, y sin duda le toca al lector descubrirlos (y, tras el esfuerzo de la búsqueda, disfrutarlos). Todo es de una contención muy inglesa. No me resisto, pues -y así advertirá el lector que yo no soy contenido… ni inglés-, a transcribir de qué forma se justifica que un bandolero pretenda liberar sólo al Padre Brown y a Muscari (y no, por contra, al resto de los rehenes):

«Al reverendo Padre Brown y al famoso signor Muscari los liberaré mañana al amanecer y los escoltaré hasta los límites de mis dominios. Los curas y los poetas, si me perdonan la sencillez de mi lenguaje, nunca tienen dinero. Así que (puesto que es imposible sacarles nada) lo mejor es aprovechar la oportunidad de demostrar nuestra admiración por la literatura clásica y nuestra reverencia hacia la Santa Madre Iglesia».

No son sólo detalles, curiosidades, menudencias para un lector sibarita. Son las pequeñas cosas que dan vida y verosimilitud al relato, y que le confieren ese tono tan particular a las historietas de nuestro cura-sabueso, esa sonrisa brit con la que se leen.

Sucede en fin que, como ha escrito recientemente un experto en anglofilia (Ignacio Peyró, en su impagable Pompa y circunstancia), «al cabo, esa sonrisa de Chesterton no era sino la bienvenida a las cosas tan serias que tenía que decir».

Y sin la ayuda de Flambeau

Show must go on, me dije; y a continuación tomé aliento. Me parecía -y me parece- una buena idea seguir adelante con este blog. Así lo querría sin duda su fundador y principal artífice. Así que, libro en mano, volví a los relatos del Padre Brown, a esa prosa que ya me resulta tan familiar. Intenté leer, concretarme, seguir la historia que de nuevo presentaba tan discretamente a nuestro sabio curilla de Norfolk.

Pero no lo logré. Lo confieso. Me venían a la cabeza las discusiones epistolares que, meses antes, había tenido con Juan Carlos de Pablos sobre Chesterton, lo chestertoniano, la literatura, las ideas más o menos locas de este mundo apasionante que vivimos. Y, despistado, perdido ya el hilo de la madeja del Padre Brown (siempre es una madeja manejable, porque sus relatos no son un puzzle arbitrario de mil piezas), me vino a la cabeza una poesía sobre la grandeza de la vida corriente. A Juan Carlos, con quien apenas tuve ocasión de hablar de poesía (aunque sí tuve el honor de facilitarle la lectura de «El Rey David», del chileno Ibañez Langlois), le hubiera gustado. Y creo que me hubiera pedido una entrada, porque habría visto en ella un toque chestertoniano, propio de ese «cuadrúpedo del hogar» que GKC formó con su querida Frances.

El poema en cuestión se titula «Alquimia de las horas» y es de un joven poeta granadino (¡otra vez Granada!) que se llama Jesús Montiel (y que, no por casualidad, es un consumado experto en Chesterton). Dice así:

ALQUIMIA DE LAS HORAS

No hace falta escapar de la ciudad
y habitar con el viento las montañas.
No hay que aprender la lengua de los árboles
o construir una cabaña humilde
hundida en la quietud de un paisaje milenario.

La santidad se encuentra en este plato
que enjabono para que coman otros,
en este viejo libro que me gusta
y que abandono para poner la lavadora,
en el camino hacia el supermercado
para que tú descanses.

Consiste en aferrarse a lo fugaz,
trocar lo cotidiano
en amorosa permanencia,
predisponer los ojos al asombro
y aceptar la misión de ser la piedra
que origina las ondas en el charco.

¡Eso es! Ahí está Chesterton: en esa mirada tan predispuesta al asombro (¿por qué, si no, esas magníficas paradojas, esa genialidad de darle a toda la vuelta y mirarlo del revés?) y en esa tarea provocativa (acaso una vocación santa) de agitar las aguas y de evitarnos así el marasmo.

Así pues, que hoy me disculpe el Padre Brown. Esta vez, con su permiso, el misterio ha venido a desvelarlo una poesía. Y sin tener siquiera la ayuda de Flambeau.

Chesterton… incluso en la homilía de despedida de Juan Carlos

Para los que no habéis podido participar al funeral de nuestro querido amigo hemos pensado publicar la homilía dada en este momento. Esta decisión no se basa en una elección pietista, sino es una prueba de que su amor por Chesterton fue tan conocido, que incluso el sacerdote en su despedida final, delante de todos sus familiares y amigos allí reunidos, hizo varias referencias al autor brítanico y a Juan Carlos.

HOMILÍA:

La vida de los que en ti creemos, no termina, se transforma. Esto es lo que creía Juan Carlos: con esta paradoja chestertoniana podría decir que la muerte es vida, para los cristianos.

Conocí a Juan Carlos en el Club Montañero de Estudiantes de Granada, cuando él era alumno de los agustinos, y yo estudiante de Filosofía y Letras. Lo recuerdo de aquella época como un chico discreto y responsable. Su hija Irene me recuerda mucho a su padre en esa forma de ser. Otra cosa que noté, que quería mucho a su hermano, y a sus dos hermanas. Era muy padrazo, ya entonces. Luego lo traté como profesor de colegio Mulhacén, donde acudía en moto, cosa poco usual en esa época. Era un profesor muy creativo. Sus clases eran una delicia, según decían sus alumnos. Se veía que disfrutaba con todo lo que hacía, y transmitía esa alegría a su alrededor. Esto lo han heredado sus hijas Violeta y Cristina. Además de su afición a la lectura.

Con el paso del tiempo, ya profesor titular de sociología en la Universidad de Granada, con frecuencia me lo encontraba en charlas, y coloquios con todo tipo de personas. También entre los sacerdotes. No era raro que algún martes del mes, a la hora de comer, se reuniera con nosotros y en la tertulia nos diera su visión sobre alguna película, porque era muy aficionado al buen cine, y tenía una conversación culta y amena. Incluso un día nos enseñó varios anuncios de televisión, y nos los puso de ejemplo para que aprendiéramos a atraer la atención de los feligreses durante las homilías.

Ya se ve que aprovechaba el tiempo… Ya de por si era muy trabajador, como lo puede atestiguar, Juanita, su madre, porque ha salido a ella.

Pero este espíritu de laboriosidad fue creciendo con el tiempo, y dándole un sentido sobrenatural, porque Juan Carlos era miembro Supernumerario del Opus Dei. También le ayudaron los escritos de san Josemaría el amor a la libertad, y en concreto a educar en la libertad: ahí están sus cinco hijos que lo demuestran.

Además era un hombre de muchos amigos. Porque era muy cariñoso y dialogante, tenía amigos de todas las formas de pensar. Juan Carlos era -¡es!- muy abierto, disfrutaba organizando reuniones para hablar de lo divino y lo humano. Jesucristo estaba siempre presente, como lo estará ahora entre nosotros. Destacaría también que ha sido un hombre que ha vivido con coherencia en todos los ambientes, especialmente el profesional, manifestando su fe sin complejos, con valentía, pero con un gran respeto a las personas.

Tenía una pasión: hacer presente a Jesucristo en su profesión, con altura de miras, realizando su trabajo, escribiendo, publicando…

De Jesús se decía que «pasó haciendo el bien». Esto se tendría que afirmar de cualquier cristiano que vive su fe. Juan Carlos tomo de nuestro Señor este rasgo, porque en su vida ha sembrado mucho cariño: buscaba el lado positivo de las personas, las quería de verdad.

Ha querido mucho, y por eso ahora tenemos el deseo de manifestarle nuestro agradecimiento rezando por él, en esta celebración.

En la última etapa de su vida, ha sido ejemplar en su enfermedad, ofreciendo a Dios sus molestias. Desde luego ha rezado pidiendo su curación, especialmente, recurriendo a la intercesión del beato Álvaro del Portillo a quién tenía gran devoción, pero a su vez aceptando siempre la Voluntad de Dios. Por eso irradiaba paz. Mucha gente ha comentado, familiares, amigos, personal del hospital, que al pasar con él un rato salías fortalecido, con optimismo… Más que hacerle un favor a él visitándole para animarle, eran ellos los que salían animados…

Muchos pensamos y así lo hemos comentado, que el milagro que pedíamos para su curación, el Señor lo ha cambiado por hacer un milagro a través de Juan Carlos, por el ejemplo cristiano que nos ha dado.

Nunca pensé en que celebraría su funeral, me siento -salvando las distancias- como Ronald Knox cuando predicaba la oración fúnebre de Chesterton en Westminster. En aquella ocasión Ronald decía de su amigo Chesterton que «tenía ojos de artista para encontrar nuevos valores en las cosas más familiares… Pienso que su mejor cualidad era el don de iluminar lo ordinario y descubrir en todo lo trivial una cierta eternidad» Y terminaba diciendo: «Bienaventurados los que le conocieron y disfrutaron de su amistad, porque encontraron en él un ejemplo vivo de amor». También nosotros podríamos decir eso de Juan Carlos, en especial su mujer.

Desde luego ha puesto un listón muy alto para sus hijos. Pero José María y Jaime, no deben preocuparse, porque su padre seguirá ayudándoles. Porque –como Ana experimentará a partir de ahora– aunque no se note su presencia física, Juan Carlos ¡vive!

Antonio Balsera

Cementerio de San José de la Alhambra, 16 de febrero de 2015

Artículo del prof. Esteban Romero Frias, de la UGr. publicado en su blog, el 15 de Febrero de 2.015

Hasta la vista Juan Carlos Chesterton Blog

en Personal, UGR.

Ha fallecido el profesor Juan Carlos de Pablos Ramírez, profesor Titular del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Conocí a Juan Carlos en el viaje a Marruecos que organizó mi compañero de facultad Salvador Hernández en mayo de 2011. El mismo viaje en el que conocí a la que ahora es mi pareja, Marianela.

Si bien no tuvimos la oportunidad de conversar durante aquellos días, tiempo después, la pasión lectora, por un lado, nos hizo reencontrarnos en septiembre en un Club de Lectura de la Universidad coordinado por José Manuel Ruiz y, por otro, la pasión comunicadora en las redes, donde a través de GrinUGR supe de su gran pasión, G.K. Chesterton, autor en el que felizmente coincidíamos. Juan Carlos había iniciado en el verano de 2013 el que quizá fuera su último gran proyecto intelectual:Chestertonblog.

Chestertonblog (https://chestertonblog.com/)

En diciembre de 2013 organizamos en GrinUGR las Jornadas de Ciencias Sociales y Humanidades Digitales en la Universidad de Granada y conté con él para que participara y moderara una mesa redonda titulada “La docencia en un contexto de Ciencias Sociales y Humanidades Digitales”, junto con Domingo Sánchez-Mesa, Miguel Moreno, Fernando Trujillo y Antonio Rodríguez de las Heras.

Juan Carlos presenta Chesterton Blog en las Jornadas de Ciencias Sociales y Humanidades Digitales de la UGR (diciembre 2013)

Juan Carlos me respondió: “te agradezco que hayas pensado en mí para este tema, aunque no tengo mucha experiencia: empiezo a vislumbrar la cuestión, pero no tengo mucha experiencia real. Con esto del Chestertonblog estoy conociendo el mundillo y se me ocurren cosas para el curso, sobre todo para los de 5º. Y tengo unas ganas de hacer wikis que me muero…” (la negrita es mía). Me manifestaba también que estaba de baja desde antes del verano y que no acababa de recuperarse. No estaba en condiciones de impartir clases regularmente, pero intentaría acudir a este acto de forma puntual.

Semanas después me volvió a escribir para felicitarme por mi santo reiterándome su agradecimiento por la participación en las jornadas y lamentando no haber podido acudir al THATcamp posterior a las jornadas por haberse encontrado peor de salud: “y me hacia verdadera ilusión asistir“.

Juan Carlos de Pablo, en las Jornadas de Ciencias Sociales y Humanidades Digitales de la UGR (diciembre 2013), haciendo gala de la alegría chertertoniana del color rojo

Los últimos días que compartí con él fueron hace un año. Juan Carlos participó en la GrinWeek (2ª edición), una semana sobre culturas digitales de lo abierto para aprender en el siglo XXI que celebramos del 27 al 31 de enero de 2014. A raíz de aquellos días Juan Carlos escribió este artículo en GrinUGR: “Chesterton en la #GrinWeek 2014“, cuya lectura recomiendo.

GrinWeek (2ª ed.), una semana sobre culturas digitales de lo abierto para aprender en el siglo XXI

Juan Carlos para mí era principalmente Chesterton, su gran pasión intelectual a la que dirigió buena parte de sus esfuerzos desde el verano de 2013 en inició su baja por problemas de salud. En la primera entrada del blog, Juan Carlos justificaba el porqué del mismo:

Ha llegado el momento de lanzarse a la acción, y estos meses de relativa tranquilidad han sido el trampolín que me ha lanzado a decidirme.

Si esta entrada funciona bien, seguiré añadiendo otras entradas.

En apenas un año consiguió realizar un gran trabajo pese a las limitaciones que imponía la salud.

En este tiempo hemos publicado unos 25 ensayos de GK, muchos de ellos traducidos por primera vez al castellano, gracias a Carlos Villamayor, y siempre citando las fuentes y los traductores. Hemos revisado y corregido las traducciones de dos librosEsbozo de sensatez y Santo Tomás de Aquino -que pronto estará disponible en pdf y epub, y que puede considerarse una traducción original, una introducción enteramente nueva. Y estamos a medias con El hombre eterno, nuestro próximo proyecto amplio.
Además, hemos puesto a disposición del público interesado más de 30 estudios y prólogos sobre GK y sus obras, en nuestra intención de convertirnos en un lugar de encuentro sobre el ‘Gigante bueno de Beaconsfield’.
250 entradas y 35 páginas -con reflexiones sobre Chesterton, su obra y su mundo -que es el nuestro, según la tesis que hemos repetido tantas veces- dan peso a la labor, que no ha hecho más que comenzar. Quiero agradecer su labor de todo corazón a los autores y traductores -que construyen el blog con sus textos-, a los comentaristas -que le dan dinamismo-, a los seguidores del blog que se limitan a poner me gusta y a los que ni siquiera lo hacen, pero sé que lo visitan. Y también por qué no, al equipo de WordPress que hace posible el Chestertonblog.

Para quien conozca en algo la obra de G.K. Chesterton, hacerse una semblanza del carácter de Juan Carlos debería ser sencillo. Uno no deja de parecerse a con quien tanto fervor admira. Y su objeto de admiración era sin duda encomiable. Chesterton,afirmaba, “escribe con soltura, gracia y agudeza, y sobre todo, siempre manda la sanity, la cordura, y la alegría de vivir en todo lo que dice”.

Su concepción del ser humano a partir de la lectura de El hombre eterno explica el esfuerzo de sus últimos años de trabajo:

“Y sin embargo, no hay continuidad entre el resto del universo animal y los humanos, sino ruptura. Y por eso cada humano es un milagro. Y por ser humano es libre: cada uno puede decidir el tipo de relaciones que mantiene con los demás y con el mundo. Y las cosas por las que vale la pena luchar. Como difundir las ideas de GK.

Decía Chesterton de la familia: “El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.”

Estas son las últimas palabras de la última entrada que escribió en el blog el 13 de noviembre de 2014 a propósito de una reflexión sobre Cristianismo y Socialismo:

Chesterton ha dado en el clavo: para transformar la sociedad hay que hacerlo de acuerdo a la forma primordial del ser del hombre, basada en la posesión de un ideal personal, y ese esfuerzo es esencialmente alegre. Ojalá supiéramos educar a nuestros jóvenes de esta manera y mantenerlo el ideal en los mayores.

He querido titular esta entrada “Hasta la vista Juan Carlos Chesterton Blog” del mismo modo en que él bautizó a su proyecto. Chesterton estaba casado con Frances Blog y como conjeturaba cualquier hijo en nuestro país habría tenido como apellidosChesterton Blog.

“[…] los que queremos a Chesterton somos de alguna manera  hijos suyos, de los dos, puesto que Frances era una fuente de inspiración para GK. No en el sentido de musa, sino en el de formar parte del milagro de la vida cotidiana, ése que hacía a GK que se llenara de admiración y alegría a cada momento.”

Ya lo apuntaba de alguna manera Woody Allen en Desmontando a Harry, cada cual elige sus propios infierno y paraíso. A mí me gusta imaginar a de Pablos conversando con Chesterton tras tantos años de lecturas.

depablos chesterton

 

En uno de sus textos Juan Carlos cita este fragmento de Orson Welles en la película Fraude a propósito de la catedral de Chartres. Un monólogo que imagina que Chesterton habría firmado. Yo también creo que Juan Carlos también lo habría hecho.

A Juan Carlos se le quedo el tiempo corto. Había descubierto en la red un nuevo mundo para el crecimiento intelectual y así lo demostró con denuedo durante año y medio. Un profesor de los que necesitamos en nuestros tiempos, capaces de comunicar con profundidad y amenidad en los nuevos medios. Largo legado deja y mayor aún la inspiración y motivación para seguir perseverando.

Ya no podré leer a Chesterton sin hacerte un homenaje.

 

Juancarlos y el rostro de Chesterton

[A Juan Carlos de Pablos, in memoriam]

Conocí a Juan Carlos de Pablos el día 28 de abril de 2014. Había perpetrado yo un breve texto sobre el Padre Brown y, como un mensaje en una botella, lo había lanzado a la blogosfera. Pensé que nadie lo leería, o que, si alguien lo leía, no tendría la suficiente paciencia como para ponerme unas letras. Me equivocaba. Hay mucha gente buena esparcida por el mundo. Gente como Juancarlos (así firmaba siempre los correos electrónicos que me envió durante los nueve meses siguientes): paciente, muy sabia y muy generosa con su tiempo. Gente que se da a los demás. Gente como Juancarlos.

Ese mismo día me escribió proponiéndome incorporarme al Chestertonblog, esta criatura suya tan llena de vida, de sabiduría y de inocencia. Acepté de inmediato, pero con una condición: que él me fuera guiando por los pasadizos (o, mejor dicho, por las amplias avenidas) de la obra de nuestro querido GKC.

Y así hizo Juancarlos, con paciencia y mucha laboriosidad. Comenzó a enviarme textos sobre el Padre Brown: de Boyd, de Pearce, de Seco… Por su culpa (¡bendita culpa!) me hice urgentemente con el número que The Chesterton Review dedicó a los relatos del cura sabueso de Norfolk, y durante meses me crucé con Juancarlos muchos correos en los que discutíamos fraternalmente sobre aspectos nimios de las entradas del Chestertonblog (que si unas comillas aquí, que si mejor separar esta idea en dos párrafos; cosas así). Desde el primer momento me admiraron la cordialidad y el buen humor de Juancarlos.

Andando el tiempo, supimos algo más de nuestras vidas respectivas. Por e-mail hablamos de nuestras familias y de Chesterton, y nos hicimos amigos. Muy amigos. Como todo comenzó por correo, por correo solíamos echar nuestras parrafadas; hasta el día, allá por septiembre, en que hablamos por teléfono un buen rato. Entonces ya me contó más acerca de su enfermedad. Y entonces fue cuando mi admiración creció aún más, porque, en la adversidad, el buen humor de Juancarlos era proverbial. Un hombre verdaderamente chestertoniano.

Un día le propuse ilustrar mis entradas sobre el Padre Brown con algún dibujo. Le gustó la idea. También le dije que mi mujer estaba preparando un retrato sobre nuestro personaje. Esa idea le gustó aún más. En un correo me dijo: “Me gustaría ser el primero en conocer el rostro del Padre Brown”.

Hablé con Juancarlos por última vez la semana pasada. Fue una conversación breve, porque él ya hablaba con dificultad. Pero fue, como siempre, una conversación gozosa. Volví a sentir su aliento de profesor universitario, su buen humor de padre de familia y su esperanza de amigo de Dios. Juancarlos se despidió con gracia: “Adiós, dibujante”, me dijo. Sabíamos ambos que era nuestra última conversación.

Hace dos días, Alejandro Romero me avisó de que Juancarlos había fallecido. Lloré, recé e hice rezar a los demás. Di gracias a Dios por haberme regalado un amigo, y, al final del día, tuve claro que un hombre tan bueno se merece el Cielo para siempre, y conocer allí, en aquella reunión felicísima de hombres eternos, el rostro de su colega Chesterton.

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con cariño

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Una lección de periodismo de G.K.Chesterton

A mi amigo Juan Carlos de Pablos

El sábado se escapa con su lento caminar.   Junto a un rimero de cosas, en donde se mezclan textos de todas las clases, asoman algunos de pensadores ingleses. Antes de despedirme del día, hojeo notas, cuadernos y apuntes de mi ya casi olvidada profesión de enseñar. Deseaba,pero no pude concentrarme en uno de mis temas preferidos: el concepto de creación literaria. Así, paseando por el pasado inmediato, di con unas cuartillas amarillentas que trataban de Ética y Escritura y, más concretamente, de Ética y Periodismo.

«La verdad no sólo es necesaria, sino consustancial a la referencia de los hechos acaecidos». Mis alumnos, no obstante, rebatían este principio aplicado a la información, aduciendo que la narración no puede ser objetiva en tanto en cuanto participa un observador externo que, corrientemente, internaliza la exposición de los hechos. Sin importar que la información – en nuestro caso, la periodística- tenga más o menos un punto de verosimilitud. y no se advierte, en numerosas ocasiones, que no es lo mismo veraz y verosímil, dado que la conformación de la cereteza con la realidad y le ética no tiene en cuenta ningún interés, incluido el de la verosimilitud.

El aula es, además,el ámbito donde se plantea la dicotomía generalidad/ curiosidad o, lo que es lo mismo, que la información sea  conveniente para los intereses espureos del mayor número de receptores o, en otro sentido sólo sea información éticamente admisible.

En estas estaba enfrascado, cuando abrí unas páginas del texto chestertoniano «La esfera y la cruz». Leí:

«…se habían olvidado del periodismo. Se habían olvidado de que en el mundo moderno existe, quizás por primera vez en la historia, una clase de gente cuyo interés consiste no en que las cosas sucedan bien o mal, próspera o adversamente, en provecho de este partido o en provecho de aquel otro, sino que consiste simplemente en que ocurran cosas».

Más adelante, referido al periodismo, dice Chesterton: «…proviene de ser pintura formada enteramente de excepciones.» Es decir que un hombre muerda a un perro es más excepcional que su contrario. Los periodistas, sean o no democráticos, son profesionales de las rarezas y de las minorías, mordisqueadas por los canes, para hacer una sociedad elitizada (¿en el mal?), basándose en lo subjetivo, lo fantasiosos e, incluso, lo falaz. Porque como Chesterton afirma es más importante que acontezcan cosas, aunque sea una cosa, que la bondad o perversidad del suceso.

Y de este modo, en buena medida, se convierten en aves carroñeras. «…los periodistas habían barruntado la sangre, y apetecían más; cada detalle del asunto les preparaba para ulteriores arrebatos de indignidad moral» ¡Qué lanzada y no en moro muerto, les atiza a sus colegas, nuestro Chesterton con esa brillante lexía «ulteriores arrebatos de indignidad moral.»

Un pórtico para el Padre Brown (y 4)

La razón abierta: por qué leer hoy Los relatos del Padre Brown.

He aquí el drama del buen lector: hay mucho por leer y la vida es muy corta. Los libros parecen infinitos y la finitud de los años resulta indiscutible. Gran tragedia. Además, lejos de calmarnos la sed, la lectura de un buen libro acrecienta esa inquietud (¿diremos ansiedad?) de quien se afana en buscar entre las palabras. El interés por un autor se multiplica si la lectura ha sido provechosa. Dan ganas de leerlo todo… O de releerlo, porque tal vez -se pregunta el lector- la primera lectura haya sido precipitada, infecunda. No leeré en vano, se ordena el lector a sí mismo.

Entonces, ¿qué leer? ¿Por qué, por ejemplo, preferir Los Buddenbrook, de Thomas Mann, al ganador del último o penúltimo Premio Nadal? ¿Qué nos lleva a esa elección? ¿Tenemos mínimamente claros nuestros criterios? ¿O acaso nuestro criterio es, sin más, la falta de criterio (porque consideramos, con poca sesera, que toda lectura será siempre buena)? Son preguntas que, quizá sin darse cuenta, se hace siempre el lector, y que, casi siempre sin saberlo, acaba contestando por la vía de los hechos. Elegir un libro no es, por tanto, una cuestión de poca monta. Importa tanto como distinguir entre la miserable pérdida del tiempo (ese tremendo “matar el tiempo”) y el más extraordinario de sus aprovechamientos.

Verdad, belleza y bien; y también error, fealdad y mal. Es el misterio del alma humana, que excede los límites de la razón cientificista.

Verdad, belleza y bien; y también error, fealdad y mal. Es el misterio del alma humana, que excede los límites de la razón cientificista.

Uno opina, modestamente, que Los relatos del Padre Brown es uno de los libros que hoy hay que leer. ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, esas historias nos presentan una “razón abierta”, y, con ella, la posibilidad de librarnos de un pensamiento bizco. Me explicaré.

San Juan Pablo II se refirió a la razón y la fe como las dos alas del conocimiento, y, en la misma estela, Benedicto XVI insistió una y otra vez en el diálogo entre fe y razón (recuérdese, por ejemplo, su célebre discurso en la Universidad de Ratisbona). La fe necesita de la razón para no caer en el fundamentalismo, y, a su vez, la razón precisa de la fe para ampliar sus horizontes.

El Padre Brown pone en funcionamiento esa amplitud de horizontes, esa apertura del pensar. El modo en que este sacerdote-sabueso resuelve los casos no es, por tanto, el de la razón meramente instrumental. Gracias al ejercicio de su ministerio, el Padre Brown sabe que el hombre es un misterio, que es irreductible a la lógica. Hay algo de Pascal en todo esto: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y el Padre Brown cuenta con esas misteriosas razones.

La razón es, pues, muy amplia. La razón se abre. Dupin (el detective creado por Poe) y Holmes (el famoso detective de Conan Doyle) utilizan sólo la lógica deductiva, rastreando causas y efectos a partir de las evidencias materiales que hay en la escena del crimen. El Padre Brown va más allá (o, si se prefiere, más acá). Como han dicho con precisión Guadalupe Arbona y Luis Miguel Hernández, “sus tramas parten de la identificación con el corazón y la razón o sinrazón del criminal y con los motivos que llevan al asesino a cometer tal fechoría”.

Cobran aquí todo su sentido unas conocidas palabras de Chesterton: la imaginación no provoca la locura. Para ser exacto, lo que fomenta la locura es la razón. Se refiere Chesterton a esa razón que cree -bonita paradoja- que todo lo puede.

¿Significa esto, entonces, una defensa del fideísmo o de la credulidad? Si la lógica humana no lo es todo, ¿puede aún ser algo? ¿O se trata, más bien, de fiarlo todo a la irrupción de misteriosas fuerzas acerca de las cuales nada podemos afirmar?

Contesta, por la vía de los hechos, el propio Chesterton. En la biografía escrita por Maisie Ward se cuenta que Chesterton fue invitado a participar en el Detection Club y que fue el encargado de redactar unas normas para la ceremonia de iniciación de sus miembros (imagínese con qué facundia Chesterton se dedicó a esta labor). Pues bien, quien quisiera pertenecer a este selecto y original club tendría que responder, entre otras, a la siguiente pregunta:

¿Prometes que tus detectives resolverán los problemas criminales que se les presenten, usando el seso que te hayas complacido en otorgarles y no por medio de revelación divina, intuición femenina, artes mágicas, galimatías, coincidencias o juicio de Dios?

Vemos, en definitiva, que la razón no sólo tiene que existir, sino que tiene que estar viva y despierta. Tiene que estar tan atenta a los detalles como abierta al misterio.

En un artículo publicado en el G.K.´s Weekly del día 20 de octubre de 1928, Chesterton afirma que el hombre moderno ni siquiera puede mantener los ojos abiertos. Está demasiado fatigado con su trabajo y una larga sucesión de utopías sin éxito. Se ha dormido.

Lea, pues, las historias del Padre Brown. Verá cómo la razón abierta se torna en razón despierta. Y eso hoy -aquí y ahora- nos ayudará a sacudirnos la modorra.