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En un lugar cercano a Mildyke…: El regreso de ‘Don Quijote’ une a Chesterton y a Cervantes

Chesterton critica en El regreso de don Quijote los defectos de su tiempo

Chesterton critica en El regreso de Don Quijote los defectos de su tiempo

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme… Cervantes, al par del Quijote, inician el camino que va a la decadencia, a la meta a la que arriban fracasados, abatidos, vencidos. ¿Vencidos? ¿Antes de emprender el viaje ya están derrotados? Cervantes ¿a dónde va por los andurriales, vericuetos y senderos del mundo y de la vida: Madrid, Sevilla, Nápoles, Lepanto, Argel? ¿Es Cervantes, además, un buscador de una nueva Ítaca humana y divina?  A mi entender en Quijote-Cervantes se produce un bautismo, entierro en vida en las aguas de la lealtad, el amor, la bondad y la sonrisa, para deshacer entuertos, para ayudar a la patria en “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, sinrazones que  enmendar, abusos que combatir y deudas que pagar. Al fin, es una narración que plasma una vida de iniciación con un punto de llegada: volver a la Edad Dorada. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Primera parte, cap. XI).

Nuestros personajes, histórico uno –Cervantes-, literario el otro –Quijote, no menos, real y verosímil-, hermoseados por las sanas propuestas del Renacimiento, buscan la nobleza en una época pasada y se empapan en la espléndida época greco-romana. En sus clasificaciones, esta época distinguía una Edad de oro en donde reinaba la felicidad, frente a la crueldad, egoísmo y violencia de la Edad de hierro.

Llegan a la meta que se propusieron al comienzo de su aventura. Pero antes consiguen entender que la ensoñación y el ideal se alcanzan en el día a día, en la cotidianidad; y de esta forma, Quijote y Cervantes, Cervantes y Quijote, emprenden la más fantástica de las aventuras, la aventura del ser, con la paciencia, sosiego y resignación de los caballeros cristianos. Por la tarde llega la hora de rendir cuentas. Mueren en paz. ¿Han sido vencidos? ¿Acaso no han compatibilizado las aventuras y ensueños con las potencias de sus almas y sus cuerpos? ¿Han sido extremadamente incongruentes? No quisiera dar la razón a Ramiro de Maeztu, cuando afirmaba la condición decadente del Quijote y, por tanto, la obligación de no ofrecerlo como ejemplo en la España postrada de su tiempo: tiempo herido del regreso de los tercios y de las quiebras de la Hacienda pública. Y sin tener una idea del grado o estrato de ejemplaridad de Quijote-Cervantes, creo que transcienden la ética al uso, la ética rutinaria; y salta más allá, hacia los luceros  del cielo nuevo y la tierra nueva. Sus vidas huelen a redención. Y, por todo ello, con el Quijote, con Cervantes, con los libros sagrados ocurre como con nuestro autor de cabecera, con nuestro Chesterton, que tras leerlos, sentimos una mejoría que hasta  nos embellece la mirada.

Pues bien, a estas alturas algunos se preguntarán ¿a qué viene este preludio? Viene a colación de un Quijote con nombre inglés. Nombre-mosaico, hecho de las teselas etopéyicas de varios personajes, que nos cuenta una historia bella, cercana pero no aburguesada, sino altruista, generosa, potente y animada por altas virtudes humanas. Y, ¿dónde ocurre?  En un lugar cercano a Mildyke…

En El regreso de Don Quijote, Chesterton se embarca en la peripecia de unos personajes –Murrel, Herne, Hendry e, incluso, Olive– que forman un solo personaje de múltiples y cambiantes facetas, caleidoscópico. Igual que los territorios cervantinos, aquí las geografías son reales y ciertas, como también el autor y los personajes actuantes, que juntos buscan el tiempo perdido y que quieren recobrarlo, reanimarlo, revivirlo. En lugares reales, las dos novelas contrastadas elaboran la ficción literaria. Mejor, fraguan la fantasía en lo conocido y vivido: no es necesario forzar la imaginación, para intuir el mundo de todos los días, como una existencia construida en el milagro, en la maravillosa voz de la amistad, en el esfuerzo por los demás, en la ayuda al próximo; en fin, en la suave armonía del espíritu que, por influjo de ciertos brujos aojadores de potencia disminuida, devenidos  de la Caída, tiende en ocasiones al disforme movimiento de la duda, del caos o de la separación del Centro. Nuestros autores y sus hijos literarios, convencidos de la victoria sobre el mal, sonríen en las ricas estancias del Más Allá.

Los mundos perseguidos por nuestros héroes son los mejores mundos. Se forjan en la virtud.  Están preñados de lealtad, de bondad y de equidad. O sea, de amor. Al igual que aseveraba Quijote en su discurso de la Edad Dorada, nuestros personajes que son un personaje: nuevo Quijote, delinean esos sus mundos perfectos, cincelados en el ensueño y en la realidad:

Miran hacia el pasado como un mundo bello. Habla Olive: Me refiero […] a que toda vuestra ciencia y pesada estupidez moderna no ha hecho otra cosa sino que todo sea más feo. […] Por eso  me gustan la pintura y la arquitectura góticas, te obligan a levantar los ojos. El gótico eleva las líneas, que señalan al cielo. La belleza construye una poesía ascendente.

Murrel –el más quijote de todos- es caracterizado, bajo el mote de Mono, como un hombre auténticamente democrático, o mejor, ecuánime: Y el Mono pasó a demostrar, desde aquel preciso momento, que tenía ese gusto por la clase baja del que hacen ostentación muchos aristócratas  que se pretenden ajenos a los prejuicios sociales, manifestándolo incongruentemente, cual suele decirse, en lo estrafalario de su atavío, cosa que a menudo le hacía parecer un mozo de cuadra. Y aunque parezca una boutade, Murrel –el más quijote de todos- con una falsa falta de gusto, se niega a hacer compartimentos diferenciados del hombre, y nos dice: En el fondo, creo que la vulgaridad  es cosa muy simpática. ¿Tú qué opinas? Más adelante con una frase quijotesca, entra en un calificativo moral más grueso, fuertemente enfatizado por el contraargumentativo ‘al contrario’, con vistas a que no queden dudas de la catadura moral de la gente de alta alcurnia: El trato con gente de baja estofa no convierte a nadie en un ladrón -replicó Murrel-. Al contrario, es el trato con gente de alta alcurnia lo que suele hacerlo.

Puede parecer extraño que una dama sea un aspecto de la confección de este personaje-mosaico, que es nuestro quijote chestertoniano; no obstante presenta rasgos propios de los andantes caballeros del Medievo glorioso. Así en su piedad acendrada, se nos dibuja a Olive,como dama alejada de la avaricia y dispuesta a la liberalidad: “¿ Sabes que en otro tiempo siempre se ponía con letras doradas el nombre de Dios? Pero, en nuestros días, me parece que  si se decidiera dorar una palabra no sería otra que la palabra oro”. Son posturas ético- religiosas acompasadas a un tiempo desaparecido.

La verdad hasta donde llegue y más allá. La verdad y la bondad son las grandes preseas del caballero andante. Son atributos por los que merece dar la vida. Un quijotizado bibliotecario, Herne, proclama como artículo de fe: A mí si me importa decir la verdad.  Nos recuerda al licenciado Vidriera y su empeño obsesivo de este medio-quijote, enajenado con decir lo que pensaba  que era  la verdad. Herne reúne en un todo compacto verdad y pasado: -Quiero decir que la vieja sociedad fue veraz y sincera, y quiero decir también que usted anda enredado en una maraña de mentiras, o por lo menos de falsedades -respondió Herne-. Eso no supone que la vieja sociedad llamara siempre a las cosas por su nombre real, entendámonos… Aunque entonces se hablaba de déspotas y vasallos, como ahora se habla de coerciones y desigualdad. Vea usted que, así y todo, se falsea ahora más que entonces el nombre cristiano de las cosas. Todo lo defienden aludiendo a los nuevos tiempos, a las cosas diferentes.

Ya cuando inicia su descenso el telón, los personajes se reconcilian con la realidad del prodigio y, tras un proceso de transmutación de personalidades, se ‘sanchifican’ o se ‘quijotizan’ Y surcan los caminos de la nueva aventura contagiados por sus contrarios: modernidad y tradición, aventura y vida sedentaria. Llegados al final de esta entrada, mi deseo es que –con Unamuno- marchemos en busca de todos los quijotes que en el mundo han sido.

Alba Rico: Chesterton, un ‘monstruo’ que ríe

Santiago Alba Rico. Foto: La jiribilla

Santiago Alba Rico. Foto: La Jiribilla

Recogemos hoy la segunda entrada al texto de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003) que la semana pasada colgamos en la página de estudios en español. Como señalamos, Alba Rico se distancia en la visión cristiana de Chesterton, pero si en la entrada anterior admira su lucidez ante la modernidad, los fragmentos que hoy publicamos son un mini ensayo sobre la risa de Chesterton. Vale la pena leerlo: no es chistoso, sino profundo y divertido, porque está escrito al estilo del Maestro.

«Un hombre que amaba, al mismo tiempo, los cuentos y las paradojas y que era ‘inglés’ no podía dejar de sentirse atraído por el cristianismo y más aún por su versión católica: una religión de vírgenes que paren, de monoteísmos trinos y de dioses que se encarnan para morir en la cruz (y cuya sangre hay que beberse y cuya carne hay que comerse en una espe­cie de taberna sin derecho de admisión). El cristianismo de Chesterton es tan sensato que uno sospecha de él, pero no de la sensatez. Leyendo Ortodoxia a uno le vienen ganas de creer como leyendo Gargantua a uno le vienen ganas de crecer. Chesterton concibe el cristianismo como la prolongación natural que vendría a completar el paganismo y, en este sentido, la modernidad no señalaría sino una trágica ruptura con los dos. Es así: frente a dos verdades contradictorias (el mundo y Dios) los grie­gos habrían tomado sólo la primera; el cristianismo habría cogido las dos verdades y la contradicción juntas; la modernidad, por su parte, tan racional ella, para evitar incurrir en contradicción, se habría deshe­cho de ambas. […] Los griegos vivieron en un mundo alegre y en un universo triste; los orientales en un universo alegre, pero en un mun­do triste; los cristianos viven en un mundo alegre y en un universo alegre. Los modernos, por su parte, son tristes en todas partes.

La tradición es la democracia de los muertos. Como todos los reac­cionarios que le precedieron (De Maistre, De Bonald o Burke), Chester­ton vuelve la cabeza hacia la religión y hacia el pasado. Pero esta visión suya de la tradición, que choca con la superstición progresista de la modernidad, protesta no menos contra la gazmoñería nostálgica de los que defienden mal el Antiguo Régimen. Al contrario que el modelo de De Maistre o De Bonald —o el solemne y pomposo de Chateaubriand—, la propuesta de Chesterton no está regida por el orden, la jerarquía y el san­to temor religioso que baja púdicamente los ojos ante los placeres y los señores ‘naturales’. Como los islamistas de hoy, que tanto le hubiesen horrorizado, Chesterton sólo reconoce ‘majestad’ a Dios (y a veces no tanta como para no imaginárselo como a un niño que todas las mañanas pide al sol: hazlo de nuevo, sin cansarse jamás del ‘truco’ de la aurora). El cristianismo de Chesterton es jocundo, goliárdico, rabelesiano, saltarín, risueño, un poco palurdo y bastante irreverente; el pasado que anticipa, como la cosa al mismo tiempo más vieja y más nueva del mundo, es el de un curioso universo en el que sólo la familia lleva ya siglos haciendo realidad todos los sueños anarquistas, las tabernas aseguran una especie de comunismo inalcanzable para los gobiernos y la más pe­queña comunidad de vecinos es más grande, más libre, más alegre, más democrática y hasta más lujosa que todas las falsas anchuras del cosmopolitismo.

Bueno, quizás Chesterton no tenía razón. Quizás el cristianismo es tan sombrío y cinchador como lo he vivido yo. Quizás el pasado fue siempre igual de malo que el presente. Quizás Chesterton era sencillamente un monstruo. Era sin duda un monstruo: una de esas bestias mitológicas, mitad camionero mitad filósofo, que sólo existen ‘de hecho’. Porque hace falta ser un monstruo para reírse a mandíbula batiente y con los dos pul­mones abiertos de par en par como lo hizo él. Uno se ríe de las cosas que ‘importan’, es decir, de las que no podemos comprender, de las que des­bordan y revelan nuestra pequeñez: la tormenta, el sexo, la multitud, la música, o cualquier otra forma de milagro. Pero nos reímos también de los que no comprenden, de aquello o aquellos que desbordamos y que revelan públicamente por eso nuestra grandeza. En este sentido la risa es una afirmación de superioridad y hasta de legitimidad por contraste, tal y como la ‘blandura’ de una naranja ‘legitima’ de algún modo la dure­za de un cuchillo. Mediante la risa nos manifestamos vencidos por lo que es más grande que nosotros; pero mediante la risa vencemos a los que son más pequeños o menos fuertes. Las víctimas están particularmente expuestas por su ‘seriedad’; además de matarlas, podemos burlarnos de ellas y quizás lo que las hace vulnerables, lo que nos autoriza —o tien­ta— a matarlas es precisamente que son ‘risibles’. Por eso el cristianismo siempre sospechó de la risa como cosa del demonio. Puede que sufrir una injusticia, como quería Sócrates, sea mejor que cometerla, pero es siempre mucho menos ‘divertido’. Resignados o no. todos estamos de acuerdo en que el poder, la inteligencia y el pecado son más alegres: la risa pertenece al mundo de Voltaire, del Marqués de Sade o de Nerón. Pero esto es precisamente lo que Chesterton no aceptaba. Chesterton es el pri­mero, el único, que demuestra que lo contrario también es posible. ¿Puede alguien reírse de los poderosos por su poder, de los pecadores por sus pecados, de los rebeldes por su desprecio de los mansuetos? ¿Puede al­guien, por ejemplo, reírse de Nietzsche y su faústica transvaloración de todos los valores? Sólo él. […]

Todas las paradojas de la obra de Chesterton se funden y se levantan en esa, de carácter literario, inscrita en la biología misma de su estilo; a partir de ese estilo, el autor de Ortodoxia construyó —y no sólo ima­ginó— un mundo inédito, invertido, en el que las vírgenes se ríen de los libertinos, los padres de familia, de los solteros, los sedentarios, de los viajeros y en el que, en definitiva, la virtud se ríe del vicio, la debilidad se ríe de la fuerza y la subordinación se ríe a carcajadas del poder. Y éste es el criterio último de autoridad en el que reposa la irrefutabilidad de los argumentos de Chesterton: pues si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad, puede reírse del poder, la virtud y la debilidad ‘tienen razón’. Si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad puede reírse del poder, entonces la virtud y la debilidad son humana (y no sólo moralmente) ‘su­periores’.

Al igual que otros reaccionarios (De Maistre o Schmitt) Chesterton entendió muy bien la modernidad capitalista y nos proporcionó argu­mentos contra ella. Pero, al contrario que todos los otros reaccionarios, Chesterton nos hace reír. Una amiga muy inteligente me decía hace poco que Chesterton corrige a los ateos obligándoles a introducir en sus vidas el milagro y corrige a los místicos obligándoles a tener en cuenta el paga­nismo. ¿Fue un reaccionario? Si es bueno leer a los reaccionarios contra las aporías de la Ilustración, es bueno leer a Chesterton contra las melan­colías de todos los fanáticos».

Chesterton: ensayo ‘El restablecimiento de la filosofía. ¿Por qué?’

Chesterton: ¿Es capaz cada uno de conocer el fundamento de su propia forma de pensar?

Chesterton: ¿Es capaz cada uno de reconocer el fundamento de su propia forma de pensar?

El texto de GK de esta semana corresponde a El hombre corriente (Espuela de Plata, Sevilla, 2013) y está estupendamente traducido por Abelardo Linares, con alguna matización por nuestra parte. Es un texto inteligentísimo, y es una llama a conocer el origen del pensamiento de cada uno, especialmente de aquellos que se consideran librepensadores. Ojalá todos fuéramos capaces de expresar nuestras propias convicciones -fueran las que fueren- con la capacidad de Chesterton:

La mejor razón para un resurgir de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas horribles. Será práctico; será progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras.
Así, derribado por un golpe tras otro de ciega estupidez y fortuito destino, andará dando tumbos hasta una muerte miserable, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que catalogué antes.
Todo eso no es más que un simple sustituto de los pensamientos. En algunos casos son los apéndices y los últimos extremos de los pensamientos de otro.
Eso significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo dispondrá de los restos usados de la filosofía de algún otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de ahí su felicidad.
Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: o una filosofía completa y consciente, o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo desacreditada. Esos pedacitos son las frases, que ya cité: eficiencia, evolución y todo lo demás.
La idea de ser ‘práctico’, así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sostenerse en pie del todo. Es imposible ser práctico sin un ‘pragma’. ¿Y qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre práctico que encontremos y le preguntáramos al pobre por su ‘pragma’? Hacer el trabajo que tenemos más cerca es una tontería evidente; aunque esto se haya repetido en muchos álbumes. En nueve casos de cada diez significaría realizar el trabajo para el cual estamos menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al guarda en la cabeza.
‘Hechos, no palabras’ es en sí mismo un ejemplo excelente de ‘Palabras, no pensamientos’. Es un hecho arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un recluso a la horca. Pero la verdad es que existen palabras absolutamente fútiles, y esta especie de filosofía periodística mezclada con ciencia popular está formada casi enteramente por ellas.

Algunos temen que la filosofía los aburra o los aturda, porque creen que no sólo es una retahíla de palabras largas, sino una maraña de ideas complicadas.
A esas personas se les escapa el aspecto más importante de la moderna situación. Esos son exactamente los males que todavía perduran, principalmente por falta de una filosofía.
Los políticos y los periódicos siempre están usando palabras largas. No es un completo consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales se han complicado más allá de toda esperanza.
Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los modernos no pueden. En nuestros días las cosas más prácticas, como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos contentamos con tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas.
El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique.
Sé que estas palabras serán recibidas con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es momento para tonterías y paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que venga y aclare el problema.
Y sin duda aparecerá un hombre práctico, uno de la interminable sucesión de hombres prácticos; y sin duda vendrá y sacará unos cuantos millones para él mismo y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los demás hombres prácticos.
La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona un tanto burda e inconsciente siempre añade algo a la confusión; porque él mismo tiene dos o tres diferentes motivos en el mismo momento y no distingue entre ellos.
Ya enredados en su mente, sin esperanza, un hombre tiene: 1º. un intenso y humano deseo de enriquecerse; 2º, un deseo un tanto pedantesco y superficial de progresar y marchar de acuerdo con el mundo; 3º, un profundo disgusto porque lo crean demasiado viejo para estar a la altura de la gente joven; 4º, un cierto patriotismo o espíritu público, vago pero genuino; 5º, un concepto falso de un error cometido por H. G. Wells, en la forma de un libro sobre la evolución.
Cuando un hombre tiene todo esto en la cabeza y ni siquiera trata de clasificarlo, mediante consenso y aclamación unánime es llamado un hombre práctico.
Pero no se puede esperar que el hombre práctico enmiende la impracticable confusión, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas.
Por algún motivo extraño, se acostumbra a decir que este tipo de hombre práctico ‘conoce sus propias ideas’. Pero naturalmente, eso es lo primero que no conoce. En unos pocos casos afortunados, tal vez sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un chiquillo de dos años; pero ni aun entonces sabrá para qué lo quiere. Y es el cómo y el por qué lo que se debe considerar cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición ha llegado a verse en un embrollo.
Lo que necesitamos, como lo comprendieron bien los antiguos, no es un político que sea también hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo.

Pido disculpas por la palabra ‘rey’, que no es estrictamente necesaria al sentido, pero sugiero que precisamente sería una de las funciones del filósofo detenerse en tales palabras y determinar su importancia o su falta de importancia.
La República Romana y todos sus ciudadanos tuvieron hasta el final horror a la palabra ‘rey’. En consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra ‘emperador’.
Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra ‘rey’, que por tanto reapareció con el especial matiz de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Cerdo y otros monarcas similares, hechos de materiales similares.
La labor del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar el distingo. Pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra ‘rey’ que le disgusta a él o a otros.
Si lo que le disgusta es que un hombre use la piel moteada de un animal llamado armiño, o que un clérigo le coloque a un hombre un aro de metal en la cabeza, decidirá de un modo. Si lo que le disgusta es que un hombre tenga vastos e irresponsables poderes sobre otros hombres, puede decidir de otro modo. Si lo que le disgusta es que la piel o tales poderes pasen de padre a hijo, deberá averiguar si esto ocurre actualmente en el mundo del comercio.
Pero, de todos modos, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no sólo por el modo como suena una sílaba o como lucen tres letras que comienzan con una ‘R’.

La filosofía es sólo pensamiento que ha sido pensado. A menudo es muy aburrida.
Pero el hombre no tiene alternativa, entre sufrir la influencia de pensamientos que han sido pensados y no sufrir la influencia de pensamientos que no han sido pensados. Esto es lo que comúnmente llamamos cultura y civilización hoy en día.
El hombre siempre sufre la influencia de alguna clase de pensamientos, los propios o los de algún otro; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados a partir de desacreditadas leyendas o de rumores no verificados; pero siempre algo con la sombra de un sistema de valores y una razón para su preferencia.
El hombre siempre examina todo por medio de algo. La cuestión aquí es saber si alguien examinó alguna vez el examen.

Tomaré un ejemplo entre los mil que existen. ¿Cuál es la actitud de un hombre común cuando se le cuenta un suceso extraordinario: un milagro? Me refiero a eso que vagamente se llama sobrenatural, pero que tendría que llamarse más exactamente preternatural. Pues la palabra sobrenatural se aplica sólo a lo que es más alto que el hombre y una buena cantidad de milagros modernos tienen la apariencia de venir de lo que es considerablemente más bajo.
De cualquier modo, ¿qué dicen los hombres modernos cuando aparentemente se los confronta con algo que (por usar la trillada frase), no puede explicarse naturalmente?
Pues bien, la mayoría de los modernos, de inmediato se pone a decir tonterías. Cuando algo así se menciona corrientemente, en novelas, diarios o revistas, el primer comentario es siempre algo parecido a: “¡Pero, mi querido amigo, estamos en el siglo XX!”.
Merece la pena tener ciertos conocimientos de filosofía, aunque sea sólo para evitar hacer el tonto de un modo tan horrible. A fin de cuentas tiene menos sentido que decir: “¡Pero, mi querido amigo, estamos a martes por la tarde!”. Si los milagros no pueden ocurrir, no pueden ocurrir ni en el siglo XX ni en el XXI. Si pueden ocurrir, nadie sería capaz de probar que existe una época en que no puedan ocurrir.
Lo mejor que puede decirse del escéptico es que no puede decir lo que quiere expresar, y sea lo que sea lo que quiere expresar, no puede expresar lo que dice. Si sólo quiere decir que se puede creer en los milagros en el siglo XII, pero no se puede creer en ellos en el siglo XX, entonces se equivoca nuevamente, tanto en la teoría como en la práctica.

Se equivoca en la teoría porque el reconocimiento inteligente de las posibilidades no depende de una fecha sino de una filosofía. Un ateo podría no creer en el siglo I y un místico podría seguir creyendo en el siglo XX.
Y se equivoca en la práctica, porque todo muestra que habrá muchos milagros y mucho misticismo en el siglo XXI; y sin duda alguna su cantidad va en aumento en el siglo XX.

Pero sólo he tomado esa primera agudeza superficial porque hay un significado en el simple hecho de que viene primero; y su misma superficialidad revela algo de lo subconsciente. Son agudezas casi automáticas; y las palabras automáticas tienen cierta importancia en psicología.
No seamos demasiado severos con el digno caballero que informa a su querido compadre que estamos en el siglo XX. En las misteriosas profundidades de su ser, hasta ese enorme asno en realidad quiere decir algo.
El quid de la cuestión es que no puede explicar lo que quiere decir; y esa es la razón para una mejor educación filosófica.
Lo que quiere decir es esto, poco más o menos: “Hay una teoría que explica este misterioso universo, por la cual, en realidad, se inclinó cada vez más gente durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX; y hasta ese punto al menos, la teoría creció con los inventos y los descubrimientos de la ciencia, a los que debemos nuestra actual organización –o desorganización- social. Esa teoría sostiene que causa y efecto han obrado desde el principio en una ininterrumpida secuencia como un destino inalterable; y que no hay voluntad tras ese destino; de modo que debe obrar por sí misma en ausencia de esa voluntad, como una máquina debe funcionar en ausencia del hombre. En el siglo XIX hubo más personas que sostuvieron esa particular teoría del universo. Yo, personalmente, la sostengo, y por lo tanto es evidente que no puedo creer en milagros”.
Todo eso tiene mucho sentido; pero también lo tiene la afirmación contraria: “Yo no sostengo esa teoría; y por lo tanto es evidente que puedo creer en los milagros”.

La ventaja de un hábito filosófico elemental es que le permite a un hombre comprender, por ejemplo, una afirmación como esta: “Si puede o no haber excepciones a un proceso, depende de la naturaleza de ese proceso”.
La desventaja de no tener ese hábito es que un hombre se impacientará ante esa perogrullada tan sencilla; y lo llamará jerigonza filosófica. Pero seguirá hablando y dirá: “No podemos tener esas cosas en el siglo XX”. Y eso es verdadera jerigonza.
Sin embargo seguramente se le podría explicar la primera aseveración en términos bastante sencillos. Si un hombre ve que un río corre cuesta abajo día tras día y año tras año, está muy justificado en calcular, hasta podríamos decir en asegurar, que seguirá así hasta que desaparezca.
Pero no está justificado para decir que no puede correr cuesta arriba hasta que sepa realmente por qué corre cuesta abajo. Decir que lo hace por gravitación responde a la cuestión física y no a la filosófica. Sólo repite que hay una repetición; no toca la cuestión más profunda de si esa repetición puede ser alterada por cualquier cosa fuera de ella. Y eso depende de si hay algo fuera de ella.
Por ejemplo, supongamos que un hombre ha visto al río en sueños. Puede haberlo visto en un centenar de sueños, siempre repitiéndose y siempre corriendo cuesta abajo. Pero eso no impediría que el sueño centésimo fuera distinto y el río trepara la montaña; porque el sueño es un sueño y hay algo fuera de él.
La simple repetición no prueba la realidad o lo inevitable de algo. Debemos reconocer la naturaleza del objeto y la causa de la repetición.
Si la naturaleza del objeto es una Creación y la causa un Creador, en otros términos, si la repetición misma es sólo la repetición de algo determinado por la voluntad de una persona, entonces no es imposible para esa misma persona determinar algo distinto.
Si un hombre es un tonto por creer en un Creador, entonces es un tonto por creer en un milagro; pero no de otra manera. De otra manera es simplemente un filósofo que es consecuente con su filosofía.

Un hombre moderno tiene absoluta libertad para elegir una u otra filosofía.
Pero lo que realmente le ocurre al hombre moderno es que no conoce siquiera su propia filosofía, sino sólo su propia fraseología. Sólo puede responder al próximo mensaje espiritual de un espiritista o a la próxima cifra confirmada por los médicos de Lourdes, repitiendo lo que generalmente no son más que frases; o, en el mejor de los casos, prejuicios.

De ese modo, cuando un hombre tan brillante como H.G. Wells dice que tales ideas sobrenaturales se han convertido en algo imposible ‘para personas inteligentes’, él –en ese momento- no habla como una persona inteligente.
En otros términos, no habla como un filósofo; porque ni siquiera dice lo que quiere expresar. Lo que quiere decir no es que sea ‘imposible para las personas inteligentes’, sino ‘imposible para los monistas’ o ‘imposible para los deterministas inteligentes’.
No es una negación de inteligencia sostener un concepto coherente y lógico en un mundo tan misterioso. No es una negación de inteligencia creer que toda experiencia es un sueño. No es signo de falta de inteligencia creer que es una ilusión, como creen ciertos budistas; y mucho menos creer que es un producto de una voluntad creadora, tal como creen los cristianos.
Siempre nos dicen que los hombres ya no deberían estar divididos de un modo tan abrupto por sus distintas religiones. Como paso inmediato en el progreso, es mucho más urgente que estén divididos más clara y abruptamente por distintas filosofías.

El texto también está en su versión bilingüe, y explicado en dos entradas del Chestertonblog: la dedicada a las consecuencias sociales de la falta de filosofía y a rebatir los errores del materialismo.

Chesterton y la verdadera aventura: promover un ideal social

Hoy volvemos a Esbozo de sensatez, el libro que estamos estudiando en el Club Chesterton de Granada, con un párrafo verdaderamente extraordinario. Los que seguimos habitualmente a Chesterton sabemos tiene debilidad por la crítica a los ‘progresistas’ y a los ‘hombres prácticos’ (ya desde Herejes y Ortodoxia…). Hoy recogemos el último apartado del capítulo 17 de Esbozo de sensatez, que nos hace pasar un rato extraordinario, divirtiendo mientras nos hace pensar con su clarividencia del mundo actual. El contexto es la difusión del distributismo –una sociedad de propietarios- inspirándose en los pioneros de Canadá, que supieron fundar sólidas comunidades campesinas. Parecerán extemporáneas las expresiones relativas a fundar imperios, pero todos sabemos que GK no era en absoluto imperialista: se trata de referirse al ideal de establecerse y extender el propio ideal. Sin embargo, la modernidad ha modificado difuminado los ideales, a favor del cambio continuo y la vivencia de emociones. Dejemos que lo explique el propio Chesterton:

Alonso Morales, Venezuela. Pintura moderna al óleo

Autor: Alonzo Morales, Venezuela. Pintura al óleo moderna

El problema práctico es la meta. El concepto de pionero ha decaído, como el concepto de progresista, y por la misma razón. La gente podía seguir hablando de progreso mientras no estuviera pensando puramente en el progreso. Los progresistas poseían en realidad alguna noción del fin del progreso. Hasta el pionero más práctico tenía una idea vaga e indefinida de lo que quería.
Los progresistas confiaban en la tendencia de su época, porque creían, o al menos habían creído en un cuerpo de doctrinas democráticas que suponían un proceso de establecimiento. Y los pioneros o fundadores de imperios estaban llenos de esperanza y de valor porque, para hacerles justicia, la mayoría de ellos creían –al menos en forma confusa- que la bandera que llevaban simbolizaba la ley y la libertad y una civilización más perfecta.
Por tanto, buscaban algo y no buscaban puramente por buscar. Pensaban subconscientemente en el final del viaje y no en un viaje sin fin. No sólo se estaban abriendo paso a través de una selva, sino que estaban construyendo ciudades. Conocían más o menos el estilo arquitectónico de sus futuras construcciones, y creían sinceramente que era el mejor estilo del mundo.
El espíritu de aventura ha fracasado porque se ha dejado en manos de los aventureros. La aventura por la aventura se convirtió en algo como el arte por el arte. Los que habían perdido todo sentido de fin, perdieron todo sentido del arte y aun de lo accidental.
Ha llegado el momento de volver a vivificar, a afirmar el objeto del progreso político o la aventura colonial en todos los campos, pero especialmente en el nuestro. Incluso si pintamos la meta del peregrinaje como una especie de paraíso campesino, esto será mucho más práctico que emprender un peregrinaje sin meta. Pero es todavía más práctico insistir en que no queremos insistir sólo en lo que se llaman cualidades del pionero, que no queremos presentar solamente las virtudes que logran una aventura. Queremos que los hombres piensen no sólo en el lugar que tendrían interés en hallar, sino en el lugar en donde les agradaría quedarse.
Aquellos que quieren sólo hacer revivir las esperanzas sociales del siglo XIX no deben ofrecer una esperanza sin fin, sino la esperanza de un fin. Aquellos que deseen continuar la construcción de la antigua idea colonial deben dejar de decirnos que la Iglesia del Imperio se apoya enteramente en una piedra que rueda. Porque es un pecado contra la razón decir a los hombres que es mejor viajar llenos de esperanza que llegar; cuando llegan a creerlo, nunca más vuelven a viajar con esperanza (Esbozo de sensatez, 17-15).

Chesterton: un burro triunfa… siendo un burro

el-numero-1-antena-3Publicábamos hace unos días La falacia del éxito, un texto de GK en el que critica el afán por triunfar, lo que le proporciona la ocasión de ofrecernos alguna de sus chestertonadas:

Para empezar, no hay tal cosa como el éxito. O, si lo quieres poner así, no hay nada que no tenga éxito. Que algo tiene éxito sólo quiere decir que algo es: un millonario es exitoso siendo un millonario y un burro es exitoso siendo un burro. Cualquier hombre vivo ha tenido éxito viviendo, cualquier hombre muerto puede haber tenido éxito cometiendo suicidio. Pero, pasando de la mala lógica y la mala filosofía de la frase, podemos tomarla, como lo hacen estos escritores, en el sentido ordinario de éxito en obtener dinero o posición social (01).

Considero este párrafo especialmente importante, porque efectivamente, nuestro mundo vive obsesionado con el éxito individual. Es posible que el éxito haya ampliado su campo de lo crematístico -corrupción y ‘pelotazos’ son indicadores de que sigue siendo importante- a ser el mejor en el terreno profesional de cada uno, las aficiones, el deporte o cualquier otro ámbito de la actividad humana en el que podamos pensar y en el que participemos, y al menos en el entorno o contexto de las personas con las que habitualmente nos relacionamos: familia, amigos, conocidos, etc.

Es perfectamente obvio que en cualquier ocupación decente, tal como colocar ladrillos o escribir libros, hay sólo dos modos, en cualquier sentido especial, de tener éxito. Uno es haciendo un muy buen trabajo, el otro es haciendo trampa y ambos son demasiado simples como para requerir cualquier explicación literaria. Si vas por el salto de altura, entonces salta más alto que nadie o consigue fingir que lo has hecho (01) […] Más allá de las reglas del juego, todo es cuestión de talento o deshonestidad (02).

Ese deseo de triunfar que nos pide la sociedad de nuestro tiempo, ese pedirnos más, puede resultar paradójico: podemos ser conscientes de nuestras limitaciones y dado que no queremos hacer trampas, podemos establecer entonces un criterio subjetivo para el éxito, que ya no sería un aplauso de los demás, simplemente conseguir determinadas metas personales, llegar a hacer algo que nos hayamos propuesto o, simplemente, ‘ser nosotros mismos’, y recibir… nuestro propio aplauso, nuestra propia satisfacción.

Burro de seguirlasendaCreo que hay que distinguir un deseo sano de hacer algo de provecho y una obsesión insana por triunfar, objetiva o subjetivamente. Por fortuna, la expresión -equivalente a un insulto- ‘ser un fracasado’ no ha llegado a extenderse en España de la forma que podemos ver en algunas películas norteamericanas, pero existe realmente ese miedo al fracaso. Además esa obsesión puede ser tan insana, que nos lleve a engañarnos a nosotros mismos y se nos olvide que lo importante es vivir honestamente, pendientes de nuestras obligaciones y de las personas que nos rodean. Dicho con palabras del propio Chesterton –y nadie se dará por ofendido, viniendo del maestro-, un burro es exitoso siendo un burro.

Chesterton da otra vez en el clavo: naturaleza genuina frente a exceso institucional.

Continuamos recogiendo algunas críticas (, , ) del bibliotecario Herne -reconvertido en rey medieval- al mundo de hoy, que muestra la perspectiva sociológica de Chesterton (El regreso de Don Quijote, 1927). Al enterarse del intento de encerrar en un manicomio a un técnico y artista sabio que ha desarrollado una teoría sobre la ceguera de sus contemporáneos para ver el color del mundo, Herne vuelve a proporcionarnos otro retrato de nuestro mundo, esta vez centrado en el excesivo peso de las instituciones en la vida social, que no sólo es compatible con una sociedad de individuos, sino que es su contrapeso necesario: al deshacerse los lazos sociales básicos, tan sólo quedan el individuo y el Estado, y éste ha de tomar sobre sí las necesidades que la persona sola no puede hacer frente. El resultado lo estamos viviendo, en lo positivo y lo negativo: un complejísimo ‘sistema’ o maquinaria social que nos proporciona grandes posibilidades, pero que abarca casi todos los aspectos de la vida y nos somete a él sin apenas darnos cuenta. En condiciones de normalidad, todo parece ir bien; pero en cuanto algo sale del estándar, puede ser considerado patológico y el Estado interviene con sus controles. Si uno se fija bien, aquí están recogidas cuarenta años antes, las críticas de Mayo del 68 a la sociedad establecida. Los que hayan visto Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin, también reconocerán la crítica a la maquinaria y a los ‘internamientos institucionales’:

'Tiempos modernos' de Chaplin (1936): Capitalismo y Estado se hacen cargo del individuo

‘Tiempos modernos’ de Chaplin (1936): Capitalismo y Estado se hacen cargo del individuo. Todocolección.net

¿Cuándo se vio que todo un ejército se movilizase para arrancar a una hija de su padre, es este caso un viejo mendigo? Ya podían los reyes atravesar las aldeas a caballo arrojando monedas o maldiciones, pero jamás se entretuvieron en desmembrar laboriosamente, trozo a trozo, a una pequeña familia, traspasando con la más lenta de las agonías el pobre corazón humano que se alimenta de cariño. Incluso reyes hubo que sirvieron a mendigos, y eso que se trataba de mendigos leprosos. Y otros malvados que ensartaron a los mendigos en su lanza y los cocearon con su caballo, per a los que recordaron con terror en la hora de su muerte dejándoles en dote una buena suma para misas y obras de caridad. No, en la Edad media no se encadenaba al anciano sólo por ser ciego, como se ha hecho hoy con este anciano por su teoría de la ceguera cromática. ¡Esa es la telaraña de miseria y de angustia que hemos tejido sobre el común de los humanos!, porque -¡el cielo nos valga!- somos demasiado humanos, demasiados liberales y demasiados filantrópicos para soportar el humano gobierno de un rey.

¿Nos acusaréis entonces de soñar con el regreso a lo naturalmente genuino? ¿Nos acusaréis si tenemos la fantasía que el ser humano dejaría de construir esas máquinas con sólo que nosotros renunciásemos a tratarlo como a una máquina? ¿Qué otra cosa intenta decirnos Braintree [el revolucionario] sino que somos sentimentales y que lo ignoramos todo sobre la ciencia, la sociología, la economía, o eso que difícilmente podría ser juzgado de ciencia lógica y objetiva, una ciencia que arranca al anciano de aquellos a los que ama como si fuese un leproso? Permítasenos decir a John Braintree que no ignoramos esa ciencia. Digámosle que sabemos ya demasiado de esa ciencia. Digámosle a la cara que tenemos demasiada ciencia, demasiada ilustración, demasiada educación, demasiado orden social, demasiado de esa trampa humana que se llama burocracia y de ese rayo de muerte que es la experiencia. (El regreso de Don Quijote, Cátedra, 2010, p.388).

Chesterton: valor y honor contemplados desde otra época

El protagonista de El regreso de Don Quijote, el bibliotecario Herne, que ha asumido el papel de un rey medieval, sigue juzgando en la entrada de hoy ( y ) nuestra conducta y palabras. Es la forma elegida por Chesterton para ayudar a comprendernos:

La figura de Ricardo Corazón de León es el ejemplo constante de El regreso de Don Quijote, de Chesterton

La figura de Ricardo Corazón de León es el ejemplo constante de El regreso de Don Quijote, de Chesterton. Foto: Wikipedia.

Nuestro espíritu es el de esa edad en que la presa del soberano, el jabalí o el corzo, podía volverse rugiendo hacia él y despedazar al cazador. Es decir, un mundo en el que se respetaba a los enemigos incluso cuando se trataba meramente de bestias salvajes. Conozco a John Braintree y sé que es el hombre más valiente de este mundo. ¿Cómo seremos capaces de defender el propio ideal si despreciamos al que lucha por el suyo? Ande, vaya y mátelo si puede, pero si lo que sucede es lo contrario, que es él quien finalmente le da muerte, quiero decirle que quedaría usted más honrado en la muerte que con esas palabras que acaban de ganarle el deshonor.
Fue un instante de estupor e ilusión perfectas. Herne había hablado de modo espontáneo, según lo sentía, y sin embargo, el efecto había sido el de una reencarnación. Exactamente como lo habría hecho el propio Rey Ricardo Corazón de León si hubiera tenido que censurar a un cortesano que hubiese osado motejar de cobarde a Saladino[1].

Spoiler:
Como otras veces, si alguien prefiere quedarse con su interpretación, que no siga leyendo. Pero en el Chestertonblog damos la nuestra al menos en un par de aspectos:

Primero, el reconocimiento del contrario y de su ideal es el reconocimiento del valor del propio ideal: cuando uno tiene un ideal verdadero lo primero que hace es ver el mérito, el honor y el valor del contrario… porque sabe lo que vale lo suyo. Dado que en nuestra época la violencia ocupa un lugar secundario, las luchas se han convertido en lucha política o en lucha dialéctica, en guerra de frases, en las que todo parece valer, con tal de desacreditar al otro y a sus argumentos, y alzarse con el triunfo. De hecho, apenas hay debate hoy, y en las cuestiones disputadas se funciona más con slóganes que con ideas. Como muestra un botón: nulo debate sobre la propuesta de reforma de ley del aborto en España. Tan sólo un eslogan se ha alzado, el de quienes consideran que es un recorte de derechos de la mujer. No más discusión: sin datos, sin problemas latentes, ni propuestas de soluciones por parte de políticos de un lado y de otro: el apasionante debate entre los bienes y los derechos aplastado por las imágenes de  las chicas de Femen, y sin contraargumentos ni más apoyos del propio partido que pretende la reforma, ni si quiera debate interno dentro del mismo. Sólo si gusta o no gusta, y lo que más poder consiga, eso se impondrá.
En segundo lugar, la pérdida de la valentía del líder, que ya no se expone en primera persona, como los reyes medievales o los antiguos, que estaban al frente de su ejército: Ricardo y Saladino, Alejandro y Darío. En ausencia de violencia, los que mandan se parapetan con contratos blindados. La lucha por la igualdad es una batalla que hay que pelear continuamente, en nuevos terrenos o de nuevas formas, porque si no, sucede lo que está pasando una vez más: los más débiles vuelven a cargar con el peso de la crisis económica. Sólo un dato: según numerosas fuentes, el consumo de bienes de lujo es el único sector de la economía que ha crecido durante estos años.

Mañana, un nuevo ejemplo.

[1]Saladino y Ricardo Corazón de León son los protagonistas de la Tercera Cruzada: Ricardo no consigue conquistar Jerusalén, defendida por el primero.

‘La falacia del éxito’, de Chesterton

El sueño del éxito ha conquistado nuestras mentes

El deseo de triunfar ha conquistado nuestras mentes. Becodospoetas.com.br

La lectura de GK que proponemos esta semana está incluida en All things considered (Methuen, 1908, Cap.3). Como otras veces, hemos contado con la estupenda traducción de Carlos D. Villamayor, de modo que es la primera vez que este texto se vierte al castellano. Probablemente sea de los textos más claros de GK, y más adecuados para nuestra época de afanes de triunfos, o quizá -ante la crisis- de fracasos. La versión bilingüe también está disponible. Los personajes citados por Chesterton están enlazados con Wikipedia para que uno pueda hacerse una idea de la clase de personas que eran propuestas como modelo, quizá bastante similares a algunas de hoy día.

Ha aparecido en nuestra época una peculiar clase de libros y artículos que sincera y solemnemente pienso pueden ser llamados los más tontos entre los hombres. Son mucho más salvajes que los romances de caballería más salvajes y mucho más aburridos que el tratado religioso más aburrido. Es más, los romances de caballería al menos eran sobre caballerosidad y los tratados religiosos sobre religión.
Pero estas cosas son sobre nada, son sobre eso que es llamado Éxito. En cada estante y en cada revista puedes encontrar escritos que le dicen a la gente cómo tener éxito. Son libros que le muestran a la gente cómo tener éxito en todo; están escritos por hombres que no pueden ni tener éxito escribiendo libros.
Claro que, para empezar, no hay tal cosa como el éxito. O, si lo quieres poner así, no hay nada que no tenga éxito. Que algo tiene éxito sólo quiere decir que algo es: un millonario es exitoso siendo un millonario y un burro es exitoso siendo un burro. Cualquier hombre vivo ha tenido éxito viviendo, cualquier hombre muerto puede haber tenido éxito cometiendo suicidio. Pero, pasando de la mala lógica y la mala filosofía de la frase, podemos tomarla, como lo hacen estos escritores, en el sentido ordinario de éxito en obtener dinero o posición social.
Estos escritores aseguran decirle al hombre ordinario cómo puede tener éxito en su oficio o especulación: cómo, si es un constructor, puede tener éxito como constructor; cómo, si es corredor de bolsa, puede tener éxito como corredor de bolsa. Aseguran mostrarle cómo, si tiene una tienda de abarrotes, se puede volver dueño de un yate deportivo; cómo, si es un periodista de quinta, se puede volver uno de primera; y cómo, si es un judío alemán, se puede volver anglosajón. Es una propuesta concreta y de negocios y realmente pienso que la gente que compra estos libros –si es que hay gente que los compra- tiene el derecho moral, si no legal, de pedir que le devuelvan su dinero. Nadie se atrevería a publicar un libro sobre electricidad que literalmente no dijera nada sobre electricidad, así como nadie publicaría un artículo de botánica que muestre que el autor no sabe qué parte de la planta crece bajo tierra. Sin embargo nuestro mundo moderno está lleno de libros sobre éxito y sobre gente exitosa que literalmente no contiene ninguna clase de idea y escasamente alguna clase de sentido.

Es perfectamente obvio que en cualquier ocupación decente, tal como colocar ladrillos o escribir libros, hay sólo dos modos, en cualquier sentido especial, de tener éxito. Uno es haciendo un muy buen trabajo, el otro es haciendo trampa y ambos son demasiado simples como para requerir cualquier explicación literaria. Si vas por el salto de altura, entonces salta más alto que nadie o consigue fingir que lo has hecho. Si quieres tener éxito en el whist, entonces sé un buen jugador de whist o juega con cartas marcadas.
Puedes querer un libro sobre saltar, puedes querer un libro sobre whist; puedes querer un libro sobre hacer trampa en el whist. Pero no puedes querer un libro sobre el éxito. Especialmente no puedes querer un libro sobre éxito como los cientos que puedes encontrar en el mercado. Puedes querer saltar o jugar cartas pero no quieres leer declaraciones vagas en el sentido de que saltar es saltar o que los juegos son ganados por ganadores. Si estos escritores, por ejemplo, dijeran cualquier cosa sobre tener éxito al saltar sería algo como esto: “El saltador debe tener un objetivo delante. Debe definitivamente desear saltar más alto que los otros hombres en la misma competencia. No debe dejar que débiles sentimientos de piedad lo prevengan de ‘hacerlo lo mejor que pueda’. Debe recordar que una competición de salto es claramente competitiva y que, como Darwin ha gloriosamente comprobado, LOS MÁS DÉBILES PIERDEN”. Eso es lo que el libro diría y sería muy útil, sin duda, si se leyera con voz grave y tensa a un joven a punto de hacer el salto de altura.
O supongamos que en el curso de sus divagaciones intelectuales el filósofo del éxito tocara nuestro otro ejemplo, jugar cartas, entonces su consejo vigorizante sería: “Al jugar cartas es muy necesario evitar el error, comúnmente hecho por humanistas sensibles, de permitirle a tu oponente que gane la partida. Hay que ‘ir a ganar’. Los días de idealismo y superstición han acabado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, ahora ha sido definitivamente probado que –en un juego donde dos juegan- SI UNO NO GANA, EL OTRO LO HARÁ’. Es muy emocionante, claro, pero confieso que si yo estuviera jugando a las cartas, preferiría tener algún decente librito que me dijera las reglas del juego.
Más allá de las reglas del juego, todo es cuestión de talento o deshonestidad, y yo me comprometeré a proporcionar lo uno o lo otro; cuál de los dos, no me toca a mí decirlo.

Ojeando una revista popular encontré un ejemplo raro y divertido. Hay un artículo titulado ‘El instinto que hace rica a la gente’. Está ilustrado con un formidable retrato de Lord Rothschild. Hay muchos métodos definitivos, honestos y deshonestos, que hacen rica a la gente, pero el único ‘instinto’ que conozco es el instinto que el cristianismo teológico describe como el ‘pecado de avaricia’. Esto, sin embargo, queda fuera del tema que tratamos.
Quisiera citar los siguientes exquisitos párrafos como una pieza del típico consejo para tener éxito. Es tan práctica que deja muy poca duda de cuál debe ser nuestro siguiente paso:

“El nombre de Vanderbilt es sinónimo con la riqueza ganada por la empresa moderna. ‘Cornelius’, el fundador de la familia, fue el primero de los grandes magnates americanos del comercio. Empezó como el hijo de un pobre granjero, terminó veinte veces millonario.
“Tenía el instinto para hacer dinero. Aprovechaba sus oportunidades, las oportunidades que le fueron dadas por la aplicación de la máquina de vapor en el tráfico marítimo y por el nacimiento de la máquina de ferrocarril en los adinerados pero poco desarrollados Estados Unidos de América y consecuentemente amasó una fortuna inmensa.
“Es obvio, claro, que no todos podemos seguir los pasos de este gran monarca del ferrocarril. Las oportunidades precisas que le tocaron a él no nos tocan a nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero, aunque sea así, de todas formas, en nuestra propia esfera y nuestras propias circunstancias, ‘podemos’ seguir sus métodos generales; podemos aprovechar nuestras oportunidades y darnos una buena oportunidad de conseguir riquezas”.

En tales expresiones extrañas vemos claramente lo que está al fondo de todos estos artículos y libros. No son meros negocios, ni siquiera mero cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El escritor de este pasaje realmente no tenía la más remota idea de cómo ganó Vanderbilt su dinero, ni de cómo nadie más gana el suyo.
Ciertamente, concluye sus comentarios proponiendo algún plan pero no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente deseaba postrarse ante el misterio de un millonario, pues cuando en verdad adoramos cualquier cosa, amamos no sólo su claridad sino su obscuridad. Nos deleitamos en su misma invisibilidad. Así, por ejemplo, cuando un hombre está enamorado de una mujer siente un gusto especial por el hecho de que una mujer es irracional. Así, nuevamente, el poeta piadoso, al celebrar a su creador, siente un gusto especial en decir que Dios trabaja de manera misteriosa.
Ahora bien, el escritor del pasaje que acabo de citar no parece tener nada que ver con un dios y –juzgando su extrema impracticabilidad- no creo que alguna vez haya estado realmente enamorado de una mujer. Pero a lo que sí adora –a Vanderbilt- lo trata exactamente de esta forma mística. Realmente se deleita en el hecho de que su deidad Vanderbilt mantiene algo secreto. Y esto llena su alma de un tipo de éxtasis de astucia, un éxtasis de superchería, de manera que pretende decirle a la multitud aquel terrible secreto que él mismo no conoce.

Hablando del instinto que hace rica a la gente, el mismo escritor comenta:
“En otros tiempos su existencia era bien entendida. Los griegos lo englobaron en la historia de Midas, del ‘Toque de Oro’. He aquí un hombre que transformaba en oro todo lo que tocaban sus manos. Su vida un progreso entre riquezas. Hacía un metal precioso de todo lo que se interponía en su camino. ‘Una leyenda tonta’, dicen los sabihondos de la época victoriana. ‘Una verdad’, decimos los de hoy. Todos conocemos personas así. Siempre estamos encontrando o leyendo de personas que vuelven oro todo lo que tocan. El éxito sigue sus mismos pasos. El camino de su vida lleva infaliblemente hacia arriba. No pueden fallar”.

Sin embargo, desafortunadamente, Midas podía fallar y lo hizo. Su camino no lo llevo infaliblemente hacia arriba. Se murió de hambre porque siempre que tocaba pan o un sándwich de jamón lo convertía en oro. Esta es toda la cuestión de la historia, aunque el autor lo disimula delicadamente, escribiendo un retrato tan próximo de Lord Rothschild.
Los viejos cuentos de la humanidad son, ciertamente, indescriptiblemente sabios, mas no los debemos expurgar en el interés del señor Vanderbilt. No debemos poner al Rey Midas como un ejemplo de éxito, fue un fracaso de un tipo inusualmente doloroso. Además, tenía orejas de burro y, además –como la mayoría de personas prominentes y acaudaladas- se esforzaba en ocultarlo. Era su peluquero –si recuerdo bien- quien tenía que tratar de manera confidencial esta peculiaridad. Y su peluquero –en lugar de comportarse como un emprendedor de la escuela del éxito-a-toda-costa y tratar de chantajear al Rey Midas- fue y le susurró esta espléndida pieza de escándalo social a los pusilánimes, quienes lo disfrutaron enormemente. Se dice que ellos también lo susurraron a donde lo llevara el viento.
Miro reverentemente al retrato de Lord Rotchschild, leo reverentemente sobre las hazañas del señor Vanderbilt. Sé que no puedo volver todo lo que toco en oro pero también sé que nunca lo he intentado, teniendo una preferencia por otras sustancias, como la hierba y el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han tenido éxito en algo, que efectivamente han superado a alguien; sé que son reyes en una manera en que ningún hombre antes de ellos ha sido rey, que crean mercados y cruzan continentes. Sin embargo siempre me parece que hay algún hecho doméstico que esconden y a veces me parece escuchar en el viento las risas y los susurros de los pusilánimes.

Por lo menos esperemos vivir para ver estos libros absurdos sobre el éxito tratados con la burla y descuido que se merecen. No le enseñan a la gente a ser exitosa, le enseñan a ser pedante.  Difunden un tipo de poesía maligna sobre lo frívolo, lo mundano. Los puritanos siempre denuncian libros que incitan a la lujuria, ¿qué diremos de libros que incitan a las más viles pasiones de la avaricia y el orgullo?
Hace cien años teníamos el ideal del ‘Aprendiz Trabajador’: se le decía a los niños que mediante ahorro y trabajo serían Alcaldes. Esto era erróneo, pero era varonil y tenía un mínimo de verdad moral.
En nuestra sociedad, la templanza no ayudará a un hombre pobre a enriquecerse pero puede ayudarle a respetarse. Un buen trabajo no lo hará rico, pero lo puede hacer un buen trabajador. El Aprendiz Trabajador ascendió a través de unas pocas virtudes, por lo demás estrechas… pero virtudes. ¿Pero qué diremos del evangelio predicado al ‘Nuevo Aprendiz Trabajador’, el aprendiz que no asciende por sus virtudes, sino abiertamente por sus vicios?

Chesterton: si el hombre no tiene naturaleza, rechazamos los derechos humanos, justificamos la explotación.

El primer análisis de La casa completa pasa por una reflexión sobre la naturaleza humana. Recordemos que el artículo comenzaba polemizando con H.G. Wells. Volvamos sobre el párrafo inicial y consideremos –como GK nos ha enseñado a hacer- las consecuencias, que el mismo Chesterton comienza a esbozar:

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí.

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí. Fotografía: Kame island.com

Un reciente artículo suyo en el Sunday Express dedicado a negar que el hombre exista como un tipo fijo (o, todavía más, que exista en absoluto) tiene un aspecto particular que es especialmente antagonista de la visión que ofrecemos nosotros. Es obvio, por supuesto, que la noción entera del hombre como un mero tipo de transición, disolviéndose de una figura en otra como una nube, está en contra de nuestro plan de justicia social.
Todos los seres humanos desean una sociedad humana que pueda ser un hogar; un hogar que se acomode al ser humano como un sombrero se acomoda a su cabeza. Pero no se consigue nada entrevistando a cien sombrereros, y probándose mil sombreros, si la cabeza está siempre hinchándose y retorciéndose y haciéndose diferentes figuras, como el humo al salir de una chimenea. Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago. Y no hace falta decir que quienes desean no hacer caso de las necesidades de los seres humanos estarán más que contentos al oír hablar de esa mutabilidad de sus necesidades.
El hombre que quiere alimentar a su servidor con picado de forraje estará encantado al oír que el servidor puede estar ya convirtiéndose en una criatura tan vegetariana como una vaca. El hombre que quiere alimentar a su servidor con carroña se pondrá feliz al oír que ya se está de hecho haciendo tan omnívoro como un cuervo.

El debate se enmarca en el contexto de la filosofía del siglo XIX, cuando Marx niega que exista una naturaleza permanente del hombre, y Nietzsche proclama al superhombre que se hace a sí mismo, como expresión de su voluntad de poder, frente a la moral del esclavo. Ambos planteamientos se opondrían a la filosofía clásica, particularmente aristotélico-tomista, y es interesante por el punto al que nos ha traído hoy, como ya vio agudamente nuestro autor. Veamos algunas cuestiones:

1. Si el hombre no es constante –no existe una ‘esencia humana’-, el iusnaturalismo -o derecho natural- carece de base, no sólo como categoría jurídica, sino también deja sin fundamento toda la teoría de los derechos humanos, que vendrían a ser algo meramente pactado. Por eso, se podría discrepar de ellos todo lo que se quisiera, como de hecho sucede cuando se habla de ‘derechos humanos musulmanes’: en cuestión de derechos humanos no caben etiquetas, como es lógico.

2. Si el hombre no es constante, no podremos saber qué necesita –Chesterton recurre aquí a su querida figura: la primera necesidad del ser humano es el hogar- y por tanto, en cada momento podemos proponer una cosa distinta. O dicho de otra manera, nunca sabremos qué necesita, porque siempre está cambiando de naturaleza y de necesidades. Otra cosa es que el contexto social cambie y –sobre todo en una sociedad compleja- el mundo se llene de oportunidades y de situaciones a las que habrá que aprender a hacerle frente. La idea de la esencia humana es justamente la guía precisa para discriminar esas situaciones: las que nos conducen a algún lugar verdaderamente bueno, o las que pueden acabar por destruirnos. No me resisto a repetir la chestertonada: Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago.
3. Si el hombre no es constante, unos cambian antes que otros: son efectivamente los poderosos –quienes creen serlo, simplemente por ciertas ventajas que les ha proporcionado la naturaleza o la sociedad- considerarán que evolucionan hacia una raza superior, mientras que los demás han de conformarse con lo que tienen: el forraje de la vaca, o cualquier carroña, como el cuervo. Recientes películas de ciencia ficción -distopías como Elysium o Los juegos del hambre– plantean esta cuestión, que cierra el círculo y nos lleva otra vez al punto primero de los derechos humanos.

Chesterton: así somos vistos desde otro tiempo: eufemismo y veracidad

Ayer nos quedamos hablando del cambio continuo como elemento constitutivo de nuestra sociedad. Hoy seguimos con la crítica de Herne -en El regreso de Don Quijote-, exactamente en el mismo punto del diálogo sobre la Edad Media en que lo dejamos. Habla Braintree, el sindicalista amante del progreso, de un progreso justo, no tanto del gusto capitalista:

-Pues yo sí le entiendo -contestó violento Braintree- y le digo que está en un grave error. Mr. Herne, ¿de verdad se cree todo ese misticismo? ¿cómo puede decir que la vieja sociedad era más juiciosa?
-Esa vieja sociedad era al menos veraz. Ustedes, en cambio, viven atrapados en una maraña de mentiras -respondió Herne. Y no puedo negar que fuese una sociedad imperfecta o decir que no estuviese marcada por el dolor. Pero llamaba a la imperfección y al esfuerzo por su propio nombre. Usted mismo acaba de decirlo: esa sociedad la componían déspotas y vasallos. Cierto. Pero no faltan hoy las injusticias o la coacción, y nadie se atreve a hablar de eso en cristiano. Podemos defender cualquier cosa, a condición de que la llamemos por otro nombre (El regreso de Don Quijote, Cátedra, p.340).
Y a continuación, comenzando por el rey –tenemos un rey, pero que quede claro que no tiene derecho alguno a ser rey-, Chesterton comienza a repasar las instituciones de su tiempo y a lo que se dedican: lo contrario de lo que predican.
Lo primero que se nos viene a la cabeza es George Orwell y la transformación del lenguaje en la sociedad del Gran Hermano. Pero ya que ayer dimos un tono académico a la entrada, hoy vamos a centrarnos en el vocabulario de los políticos de hoy, empezando por los eufemismos ‘interrupción voluntaria del embarazo’ y ‘salud reproductiva’, que no están incluidos en esta lista, porque son políticamente incorrectos:

Eufemismos políticos:

Eufemismos de carácter económico y político. Curioseadores.blogspot.com.es