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‘Manalive’ de Chesterton: la historia del soñador que dice cosas transcendentales

Manalive, de Chesterton: portada de la edición de 'Voz de Papel', Madrid, 2006

Manalive, de Chesterton: portada de la edición de ‘Voz de Papel’, Madrid, 2006

En este apacible verano leo en J.A. Sandoica (Alfa y Omega de 10/7/2014: ‘No es verano, eres tú’, referido a Emily Dickinson) lo que sigue “Emily recoge una experiencia que nos es común: el mar, la arena, la montaña, la libélula de agua, la resina que se destila, la nube que desaparece, todo es demasiado sorprendente como para sorprender”. Por su sabor esta cita me ha llevado a mis lecturas sobre la novelística chestertoniana y, más en concreto, a Manalive. Entre otros aspectos, en ella se aprecia un especial gusto por la naturaleza.

Una naturaleza que en Chesterton se convierte en un elemento literario constante. Naturaleza que es también un leitmotiv de la novela titulada Manalive (Voz de Papel, Madrid, 2006). Manalive es algo más que esto –desde la consideración estilística- pues muestra una serie de propios del estilo (en Chesterton también es algo más que lo que dijera Buffon: ‘L´estile c´est l´homme lui-même’). Me centro en tres rasgos definitorios de la escritura de G.K. Chesterton: la ‘naturaleza’ que supone el gozo de la existencia; el personaje ‘dislocado’ (cerca de nuestro ‘gracioso’ y no muy lejos del ‘grotesco’ cervantino) que aparentemente está fuera de lugar, pero que rebosa gracia y optimismo; y por fin, la temática elevada de índole filosófica y teológica o, mejor, vital.

Ya que la excusa de esta entrada es la lectura de Manalive, con textos de esta novela ejemplificamos las tres constantes referidas, presentes además en El Napoleón de Notting Hill, El hombre que fue jueves, El regreso de Don Quijote. Y comenzamos con nuestro héroe, de arranque va a vivir con su nombre que, como si fuera un hombre bíblico, queda en él personalizado: Innocent Smith.  Es un hombre ágil, abierto a las vidas –terrenal y eterna-, extasiado ante la naturaleza y gozoso ‘paladeador’ de la vida. Es un personaje ‘rare’, pero con la lógica del ‘antilugar común’ y enemigo del juicio a primera vista que es llevado por su alegría de vivir–por oposición a los pesimistas- a desear matar al Hombre Moderno. Leemos: Me propongo guardar esas balas para los pesimistas… píldoras para la gente pálida. Y de esta manera quiero recorrer el mundo como una maravillosa sorpresa, flotar tan ociosamente como las pelusas de los cardos, y llegar tan silencioso como el sol naciente; no ser más esperado que el trueno, no ser más recordado que la brisa moribunda […] Quiero que mis dos dones lleguen vírgenes y violentos: la muerte y la vida después de la muerte. Voy a apuntar mi pistola a la cabeza del Hombre Moderno. Pero no la usaré para matarlo, sólo para traerlo a la Vida (Manalive, 2ª parte, cap. I, El ojo de la muerte o la acusación de homicidio). Innocent es un hombre –si cabe- más extraño a las personas corrientes que, sin darse cuenta, pierden lo que al hombre le es más familiar. Chesterton, ante el dilema de resolver la muerte o cometer un delito, recurre a una paradoja, portadora de sentido alegórico, cercana a la redención: pero no lo usaré para matarlo, sólo para traerlo a la Vida.

El marco natural en que se desenvuelve la situación es un medio que podríamos calificar de edulcorado, como en el texto alusivo a Emily Dickinson y como leeremos en el texto siguiente, en el que se sirve nuestro autor del lugar, no como telón de fondo escenario, sino que –por medio de comparaciones- se siente mimetizado con las pelusas de los cardos, con el sol, con el inesperado trueno: No me diga que confunde el gozo de la existencia con la Voluntad de Vivir […] La cosa que yo vi brillar en sus ojos cuando colgaba de ese puente, era gozo de la vida, no la Voluntad de Vivir. Lo que usted sabía sentado en aquella maldita gárgola era que el mundo bien visto y pesado todo, es un sitio maravilloso y hermoso; lo sé porque yo también lo supe en el mismo instante. Vi ponerse rosadas las nubecitas grises, y vi el relojito dorado en el hueco entre las casas. Esas eran las cosas que usted por nada quería dejar, no la Vida, sea ella lo que fuere (Manalive, parte 2ª, cap.I).

Todo lo que antecede nos ha preparado para llegar a la ‘lógica de los Inocentes’: la lógica que trasciende lo natural, pues está socorrida por el Espíritu. Es una lógica que pretende mantener al hombre indiviso, íntegro, todo entero, sin diversificarse como el Hombre Moderno. Pues este separa su cuerpo de su alma, su quehacer material del espiritual, y su misión pública de la privada. El hombre uno debe vivir el presente con la vista en el presente, pero sin olvidar el futuro que nos mantiene jóvenes. Y así terminamos leyendo: [la muerte] no sólo tiene el fin de recordarnos una vida futura, sino de recordarnos también una vida presente. Con nuestros espíritus débiles, envejeceríamos en la eternidad, si la muerte no nos conservara jóvenes (Manalive, parte 2ª, cap. I).

Chesterton y el absurdo: variaciones

En el mundo en que vivimos, donde la verdad y la mentira copulan como en un perverso  incesto, nada es, consecuentemente, verdad ni mentira. O  peor, a la verdad se le llama mentira y se considera verdad lo que es mentira. Por lo cual, nos sentimos atrapados por ‘el padre de la mentira’.

Lewis Carroll, por Hubert von Herkomer. Wikipedia

Lewis Carroll, por Hubert von Herkomer. Wikipedia

Un mundo así confeccionado es un mundo caótico, en el que todo acaba ‘patas arriba’ —sans dessus dessous-; la lógica se convierte en una lógica mefistofélica e inicua y conduce a la razón a inaceptar otro tipo de lógica que va más allá de lo empíricamente comprobable. Ello supone que los conocedores de ese serpenteante camino, vaya hacia la cara oculta y abisal  de la verdad por una senda que parece que niega la recta lógica. Efectivamente, a veces, hay que negar esa razón  compartida, arbitraria, consensuada por el mundo, para poder acercarse a las fuentes luminosas de la verdad que, sin desdecir ni negar la razón humana, la superan y la gozan.

En estas estábamos, cuando recordé que Chesterton escribió que la manera de ser de la existencia es contradictoria. Por eso, me dije, es dual. Porque, en cierto modo, la existencia es dual: experimentamos porque siempre somos niños-adultos  que se reconstruyen en adultos-niños. Y en nuestra perspectiva están presentes infancia y sentimiento crepuscular. Así visto, esta experimentación del antes y del presente parece absurdo o es absurdo: ser y no ser niño por ser adulto; y no ser y ser adulto por ser niño.
Con mucho sentido común, GK Chesterton en su brillante artículo “Defensa del absurdo”, (Disponible en El Acusado (Espuela de plata, 2012) y en Correr tras el propio sombrero y otros ensayos (Acantilado, 2005), nos da una definición acertada y, además, poética: Especie de exuberante travesura alrededor de una verdad probada. Es una bella manera de designar ‘la huida’. O sea, el mundo puede ser absurdo cuando el hombre escapa. Fuga, que en  el medio descrito abyecto en que el hombre vive, es escapatoria de la culpa y también goce de la gracia, en un sucesivo ir y venir a la fe fuerte, habituada a levantarse en toda situación y circunstancia. Sí. Esa es la palabra: escapatoria. El absurdo es escapatoria: falta aparente de fijación. Y, entrados en el mundo del absurdo, hay un momento en que las cosas adquieren un significado global dentro de la razón de la sinrazón.
Esta concepción del absurdo de Chesterton nos indica una superación de una primera etapa. Cuando el autor se nos presenta ahora en su ‘segunda etapa’, sabemos que ha remontado una juventud en la que primaba lo carnavalesco del absurdo: los dioses barrigones de la Antigüedad, el apetito, lo inferior del realismo grotesco.

Portada de 'Alicia en el País de las maravillas'. Alianza Editorial.

Portada de ‘Alicia en el País de las maravillas’. Alianza Editorial.

A poco que indaguemos en su obra, observaremos como en su época de madurez perviven rasgos como el realismo, la parodia y… la barriga. Aunque, no cabe duda de que todo ello se ha transformado por una visión con el denominador común de la humildad, la caridad y el humor, que permiten que el realismo le lleve al conocimiento del misterio de la cotidianidad; que con la parodia, abandonando lo carnavalesco y rabelesiano, se adentre en los confines de la verdad; …y su barriga sea signo del ‘hombre corriente’, llamado a conocer la verdad del misterio.

Volviendo a los conceptos de absurdo y sinrazón y huida… giramos para hablar de otro concepto: la ficción.
El absurdo no es tanto el acto como el sujeto productor del acto. No es tanto el texto como su autor. Recurrimos de nuevo a autor de Ortodoxia, que nos demuestra que no es absurdo el libro Alicia en el país de las maravillas, sino su autor, Lewis Carroll. Escribe Chesterton: Lewis Carroll llevaba una vida en la que habría tronado contra cualquiera por pisar el césped, y otra en la que decía alegremente que el sol era verde y la luna azul; estaba dividido por naturaleza, con un pie en ambos mundos, en la postura perfecta para el absurdo moderno. Su País de las Maravillas es un país habitado por matemáticos locos. Sentimos que el conjunto es una escapatoria a un mundo de mascarada, intuimos que, si pudiéramos atravesar sus disfraces, tal vez descubriéramos que Humpty Dumpty y la liebre de Marzo eran profesores y doctores de teología disfrutando de unas vacaciones mentales (p.359 de la ed. de Acantilado). Y yo añadiría que ‘desdisfrazados’, dejarían de ser el otro polo de la dualidad, dejarían de ser ficción.
Nos preguntamos, pues: ¿la exuberante travesura es ficción literaria frente a la verdad? Si ello es así, derivamos dos consecuencias, que requerirán en el futuro, un más amplio desarrollo. Por un lado, lo absurdo, más o menos aparente, cuando es contaminado por la poesía (ficción de ficciones) nos sitúa ante ‘l´art pour l´art’ Un arte por el arte que no nos seduce ni conquista con su fingida neutralidad moral ni con su engreída estética;  en segundo lugar, la ficción reivindica su carácter de ‘verdad literaria’, al contagiarse de los matices morales que aportan los conceptos denotados. En definitiva, tanto la consideración de una ‘verdad literaria o ficcional’, como el carácter ebúrneo del ‘arte por el arte’ ha llevado a que algunos lectores, simplistamente, hayan reducido la ficción literaria a ‘mentira moral’, lo cual parcialmente puede ocurrir.

Leyeron a Chesterton y…

En los ásperos años 60 del siglo pasado, una pareja de novios, casi a diario, se dan cita en un bar. Granada eterna y sus bares. Bar pobre, escaso y no exento de romanticismo. Iluminado por una ‘cegatona’ luz de bombilla OSRAM: inversión, por metátesis, de un avergonzado apellido Ramos. Contra el frío serrano, se pelea un antiguo y singular chubesqui. La barra está servida por un cetrino mozo de los Montes Orientales. La concurrencia del local la forma un conjunto de paisanos de poca y de mucha  monta. Las bebidas se acompañan de parcas tapas. Tapas de ‘peleilla’.

Tablereo Parchis antiguo

La pareja charla y charla. Mientras, el tiempo corre a galope tendido. Los estudios y las salidas profesionales. Asuntos de interés que discurren en la abstracción del lenguaje con todo su vivo significado. Junto a ellos, los novios admiran, una tarde y otra más, la presencia de un bien avenido matrimonio que parece cimentar su concordia marital en interminables e infinitas partidas de parchís, jugadas sobre una no siempre vista y elegante mesa con tablero de formica.

Los enamorados y su raro carácter universitario contrastan con las personas que pululan por el local. Raros que hablan de cosas raras: periodo magdaleniense, capturas fluviales, hexámetro latino, cánones estéticos del siglo de Pericles, Appendix Probi de la monja Egeria, pensamiento de Bossuet, etc.

No obstante, es época de –en palabras de Simon-Garfunkel- ‘aguas turbulentas’. La confusión anima en nuestros estudiantes, conversaciones de itinerantes que los llevan de Pompeya a Nôtre Dame de Paris, de Ortega a Althuser, de Scaligero a Chomsky, de Papini a Camus… Por caminos tortuosos, plagados de obstáculos, que se unen al impulso propio de los jóvenes –potros que van sin freno-. Y se hacen imprescindibles ciertas cautelas, porque en ocasiones la búsqueda carece de meta. Así, porque la Providencia quiere, estos émulos de ‘Los novios’ manzonianos, encuentran los textos de un señor gordo y alto. Mejor, enorme… e inglés. Además, su nombre tiene sabor a cigarrillo: tabaco rubio de Virginia o, al menos de Inglaterra. Su nombre, Gilbert K. CHESTERTON. (Se cuenta la anécdota de alguien que llegó a un estanco pidiendo un paquete de cigarrillos “Chesterton”).

La obra de Chesterton se abre a los ojos enamorados de la enamorada pareja. Chesterton, poco a poco, como un roedor impenitente, va penetrando en las mentes y los corazones de sus nuevos lectores. Las charlas, conversaciones y discusiones en torno a un personaje, una situación, una paradoja, un  pensamiento o una forma de decir, suplen a otros temas de conversación. El vecino matrimonio sigue amándose en su sempiterno juego de parchís a dobles fichas.  A los jóvenes les interesa lo que se publica de GKC. Por aquel entonces y por lo general, se dan al mercado pocas y mal traducidas obras de Chesterton, con la excepción de algunas, como por ejemplo las del filólogo mejicano Alfonso Reyes.

Si hoy puede sorprender que se lea la obra de Chesterton, en aquella época, cuyo ambiente editorial no la favorecía precisamente, y era impensable llegar al punto de humor, amor y fe que asoma en cualquier esquina de sus páginas. Al leer a GKC, unos lectores lo acogen como un escritor cómico, otros como un elegante inglés acostumbrado a ser educado, refinado y diletante en lo tocante a literatura y arte e, incluso, con algún resabio del antiguo spleen romántico. Todas son, para nuestros jóvenes, interpretaciones erradas, equívocas. Desde sus primeros contactos con la obra de Chesterton, aprecian la fuerza y el  impulso ascendente de su mensaje. Captan como se produce en la pluma de Chesterton, la armónica reunión del mundo real, el campo del ensueño y la serena y pacífica lucha por la verdad. De modo que, tras cerrar las tapas de sus libros, nuestros lectores, embelesados, apoyan la cara en las manos y reflexionan en las palabras de salvación de su autor.

En aquellas fechas hubo editoriales que, a pesar de las malas traducciones, introdujeron en colecciones económicas la literatura que en el mundo se escribía: C. Gheorghiu, S. Hamsum, M. Van der Meer, P. Loti, G. Greene, T. Mann, W. Saroyan, R. Tagore, W. Faulkner… G. Bernanos… y Chesterton. Las ediciones de las obras de GKC se repetían en torno a varios títulos: El hombre que fue jueves, Ortodoxia, El hombre que sabía demasiado, Las paradojas de Mr. Pond y El candor del P. Brown. El resto de la obra de Chesterton era menos accesible. Se hacía difícil, por ejemplo, conseguir un libro de La taberna errante, El hombre eterno, etc.

La pareja de novios seguía en el bar, donde seguía jugando al parchís el matrimonio bien avenido, y me contaron que cuando había algún asunto arduo o de costosa inteligencia, acudían bien a Ortodoxia o a El hombre que fue jueves. Posteriormente, tuve la satisfacción de conocer que en estadísticas de librerías daban a El hombre que fue jueves fue una de las novelas más leídas y, además, por el público joven. Aquello me pareció una aventura equinoccial, pero hacia la felicidad y no hacia la barbarie y la locura, como la del pobre Lope de Aguirre.

En un lugar cercano a Mildyke…: El regreso de ‘Don Quijote’ une a Chesterton y a Cervantes

Chesterton critica en El regreso de don Quijote los defectos de su tiempo

Chesterton critica en El regreso de Don Quijote los defectos de su tiempo

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme… Cervantes, al par del Quijote, inician el camino que va a la decadencia, a la meta a la que arriban fracasados, abatidos, vencidos. ¿Vencidos? ¿Antes de emprender el viaje ya están derrotados? Cervantes ¿a dónde va por los andurriales, vericuetos y senderos del mundo y de la vida: Madrid, Sevilla, Nápoles, Lepanto, Argel? ¿Es Cervantes, además, un buscador de una nueva Ítaca humana y divina?  A mi entender en Quijote-Cervantes se produce un bautismo, entierro en vida en las aguas de la lealtad, el amor, la bondad y la sonrisa, para deshacer entuertos, para ayudar a la patria en “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, sinrazones que  enmendar, abusos que combatir y deudas que pagar. Al fin, es una narración que plasma una vida de iniciación con un punto de llegada: volver a la Edad Dorada. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Primera parte, cap. XI).

Nuestros personajes, histórico uno –Cervantes-, literario el otro –Quijote, no menos, real y verosímil-, hermoseados por las sanas propuestas del Renacimiento, buscan la nobleza en una época pasada y se empapan en la espléndida época greco-romana. En sus clasificaciones, esta época distinguía una Edad de oro en donde reinaba la felicidad, frente a la crueldad, egoísmo y violencia de la Edad de hierro.

Llegan a la meta que se propusieron al comienzo de su aventura. Pero antes consiguen entender que la ensoñación y el ideal se alcanzan en el día a día, en la cotidianidad; y de esta forma, Quijote y Cervantes, Cervantes y Quijote, emprenden la más fantástica de las aventuras, la aventura del ser, con la paciencia, sosiego y resignación de los caballeros cristianos. Por la tarde llega la hora de rendir cuentas. Mueren en paz. ¿Han sido vencidos? ¿Acaso no han compatibilizado las aventuras y ensueños con las potencias de sus almas y sus cuerpos? ¿Han sido extremadamente incongruentes? No quisiera dar la razón a Ramiro de Maeztu, cuando afirmaba la condición decadente del Quijote y, por tanto, la obligación de no ofrecerlo como ejemplo en la España postrada de su tiempo: tiempo herido del regreso de los tercios y de las quiebras de la Hacienda pública. Y sin tener una idea del grado o estrato de ejemplaridad de Quijote-Cervantes, creo que transcienden la ética al uso, la ética rutinaria; y salta más allá, hacia los luceros  del cielo nuevo y la tierra nueva. Sus vidas huelen a redención. Y, por todo ello, con el Quijote, con Cervantes, con los libros sagrados ocurre como con nuestro autor de cabecera, con nuestro Chesterton, que tras leerlos, sentimos una mejoría que hasta  nos embellece la mirada.

Pues bien, a estas alturas algunos se preguntarán ¿a qué viene este preludio? Viene a colación de un Quijote con nombre inglés. Nombre-mosaico, hecho de las teselas etopéyicas de varios personajes, que nos cuenta una historia bella, cercana pero no aburguesada, sino altruista, generosa, potente y animada por altas virtudes humanas. Y, ¿dónde ocurre?  En un lugar cercano a Mildyke…

En El regreso de Don Quijote, Chesterton se embarca en la peripecia de unos personajes –Murrel, Herne, Hendry e, incluso, Olive– que forman un solo personaje de múltiples y cambiantes facetas, caleidoscópico. Igual que los territorios cervantinos, aquí las geografías son reales y ciertas, como también el autor y los personajes actuantes, que juntos buscan el tiempo perdido y que quieren recobrarlo, reanimarlo, revivirlo. En lugares reales, las dos novelas contrastadas elaboran la ficción literaria. Mejor, fraguan la fantasía en lo conocido y vivido: no es necesario forzar la imaginación, para intuir el mundo de todos los días, como una existencia construida en el milagro, en la maravillosa voz de la amistad, en el esfuerzo por los demás, en la ayuda al próximo; en fin, en la suave armonía del espíritu que, por influjo de ciertos brujos aojadores de potencia disminuida, devenidos  de la Caída, tiende en ocasiones al disforme movimiento de la duda, del caos o de la separación del Centro. Nuestros autores y sus hijos literarios, convencidos de la victoria sobre el mal, sonríen en las ricas estancias del Más Allá.

Los mundos perseguidos por nuestros héroes son los mejores mundos. Se forjan en la virtud.  Están preñados de lealtad, de bondad y de equidad. O sea, de amor. Al igual que aseveraba Quijote en su discurso de la Edad Dorada, nuestros personajes que son un personaje: nuevo Quijote, delinean esos sus mundos perfectos, cincelados en el ensueño y en la realidad:

Miran hacia el pasado como un mundo bello. Habla Olive: Me refiero […] a que toda vuestra ciencia y pesada estupidez moderna no ha hecho otra cosa sino que todo sea más feo. […] Por eso  me gustan la pintura y la arquitectura góticas, te obligan a levantar los ojos. El gótico eleva las líneas, que señalan al cielo. La belleza construye una poesía ascendente.

Murrel –el más quijote de todos- es caracterizado, bajo el mote de Mono, como un hombre auténticamente democrático, o mejor, ecuánime: Y el Mono pasó a demostrar, desde aquel preciso momento, que tenía ese gusto por la clase baja del que hacen ostentación muchos aristócratas  que se pretenden ajenos a los prejuicios sociales, manifestándolo incongruentemente, cual suele decirse, en lo estrafalario de su atavío, cosa que a menudo le hacía parecer un mozo de cuadra. Y aunque parezca una boutade, Murrel –el más quijote de todos- con una falsa falta de gusto, se niega a hacer compartimentos diferenciados del hombre, y nos dice: En el fondo, creo que la vulgaridad  es cosa muy simpática. ¿Tú qué opinas? Más adelante con una frase quijotesca, entra en un calificativo moral más grueso, fuertemente enfatizado por el contraargumentativo ‘al contrario’, con vistas a que no queden dudas de la catadura moral de la gente de alta alcurnia: El trato con gente de baja estofa no convierte a nadie en un ladrón -replicó Murrel-. Al contrario, es el trato con gente de alta alcurnia lo que suele hacerlo.

Puede parecer extraño que una dama sea un aspecto de la confección de este personaje-mosaico, que es nuestro quijote chestertoniano; no obstante presenta rasgos propios de los andantes caballeros del Medievo glorioso. Así en su piedad acendrada, se nos dibuja a Olive,como dama alejada de la avaricia y dispuesta a la liberalidad: “¿ Sabes que en otro tiempo siempre se ponía con letras doradas el nombre de Dios? Pero, en nuestros días, me parece que  si se decidiera dorar una palabra no sería otra que la palabra oro”. Son posturas ético- religiosas acompasadas a un tiempo desaparecido.

La verdad hasta donde llegue y más allá. La verdad y la bondad son las grandes preseas del caballero andante. Son atributos por los que merece dar la vida. Un quijotizado bibliotecario, Herne, proclama como artículo de fe: A mí si me importa decir la verdad.  Nos recuerda al licenciado Vidriera y su empeño obsesivo de este medio-quijote, enajenado con decir lo que pensaba  que era  la verdad. Herne reúne en un todo compacto verdad y pasado: -Quiero decir que la vieja sociedad fue veraz y sincera, y quiero decir también que usted anda enredado en una maraña de mentiras, o por lo menos de falsedades -respondió Herne-. Eso no supone que la vieja sociedad llamara siempre a las cosas por su nombre real, entendámonos… Aunque entonces se hablaba de déspotas y vasallos, como ahora se habla de coerciones y desigualdad. Vea usted que, así y todo, se falsea ahora más que entonces el nombre cristiano de las cosas. Todo lo defienden aludiendo a los nuevos tiempos, a las cosas diferentes.

Ya cuando inicia su descenso el telón, los personajes se reconcilian con la realidad del prodigio y, tras un proceso de transmutación de personalidades, se ‘sanchifican’ o se ‘quijotizan’ Y surcan los caminos de la nueva aventura contagiados por sus contrarios: modernidad y tradición, aventura y vida sedentaria. Llegados al final de esta entrada, mi deseo es que –con Unamuno- marchemos en busca de todos los quijotes que en el mundo han sido.

Chesterton, sobre Quijotes

Las intenciones de los justos son equidad; los planes de los malos, son engaño. (Proverbios, 12,5)

El bibliotecario Herne –protagonista de El regreso de D. Quijote– sigue vestido de verde y de hombre medieval, aunque hace tiempo que la representación teatral se acabó. No es capricho su indumentaria y, por ello razona su postura: Herne está inmerso en la época medieval, absorto en su espíritu; Herne ha dejado su ‘carácter’ paleohitita, se ha transmutado en todo un caballero del Medievo, andante. Incluso tiene una dama de sus sueños de nombre épico: Rosamund, la hija de lord Seawood.

Abadía de Selby. Yorkshire, Inglaterra.

Abadía de Selby. Yorkshire, Inglaterra.

De esta forma, nuestro bibliotecario, instalado en un medio y un ambiente por él inimaginado, se da de bruces con un deporte poco al uso, selecto, arcaico, caballeresco: el tiro con arco. Los nobles, que merodean la antigua Abadía de Seawood, envían mensajes escritos, envueltos en sus flechas, que lanzan al azar, a voleo, a tontas y a locas.

La antigua Abadía brilla esplendente. La Abadía, actual residencia de lord Seawood, es espectadora de un suceso curioso –¿quizás  chusco?- y capital para el desenlace de la historia de estos nuevos quijotes. Estos hechos están recogidos en las páginas de la Historia del Lugar. Mi conocimiento de los mismos son de primera mano. Aparcado en la embellecida balaustrada de la Abadía, sentí pasar ágil, veloz, huidizo un dardo que rozando mi honrosa calva fue a alojarse en una viga del Cenador, a un palmo de la cabeza del Primer Ministro lord Eden, huésped de lord Seawood. Era una flecha envenenada que no una envenenada flecha. Cumplió su objetivo.

El dardo, ¿abre el conflicto? No, creo que inicia alguna solución. El mensaje nos habla de la necesidad de la creación de un nuevo orden de la nobleza, basada en la antigua caballería y la lealtad.

En una esquina del salón, Chesterton, sonríe al unísono del espíritu de Quijote, y menea la cabeza afirmativamente. Se muestra contento y, antes de dar una solución definitiva al conflicto creado, intenta inocular en el Primer Ministro la sensata locura de instituir el nuevo orden.

Lord Eden se afana en contar con los arqueros para establecer los Reyes de Armas para las distintas regiones, dependientes del soberano de Londres. Los jóvenes –que forman las Órdenes de Caballería- impartirán justicia de conformidad con las leyes medievales.

Se produce la quijotización del mundo: Había obligado a los demás a seguir vistiendo los trajes de la pantomima, y a representarla con fe incluso hasta el último de sus suspiros, de haber sido necesario. Colgándose el arco de Robin Hood y empuñando la lanza se había puesto al frente de todos ellos.

Herne es elegido Rey.

Chesterton: El lugar común como elemento de distorsión

Chesterton, nuevo Quijote, es un ‘desfacedor de entuertos’, aunque sean  lingüísticos y conduzcan a la estupidez. Son entuertos producidos por la mala intención semántica de los líderes de este mundo. Y, por ello, cuando a nuestro autor se le pone a tiro un lugar común, vestido de frase interesante al oído y el bolsillo del  individuo o clase que la utilizan, G.K.C. dispara. Destroza la frase insulsa, en pura semántica,  con la sonrisa en los labios, con razón, lentamente, casi con quietud vehemente. Es el momento en que nos sorprende, nos convence y nos deja la paz. En el capítulo XII del Esbozo de sensatez, titulado ‘La rueda del destino’, encontramos algunas frases que destacamos:
Ha llegado para quedarse.
No podemos vivir sin máquinas.
El fin comercial del trabajo de las máquinas.

Cadillac

Cadillac. Foto: Gdefon

Ha llegado para quedarse es frase estúpida muy usada por algunos o muchos progresistas ‘a la violeta’. En cuanto que el progresista, todos lo días, de forma reaccionaria, adquiere la última novedad o alcanza su inteligencia, se encuentra en ‘la cumbre de toda buena fortuna’. ¡Espíritu snob! Se hace de lo nuevo impensadamente, aunque por su perversidad, a veces, no tenga sentido el quedarse. A más de sustituir los gustos por otros, a veces también, cuando menos dudosos.

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Con juegos juegos de palabras no se juega con Chesterton. Porque acepta el envite y gana. Le sirve el análisis pragmático de la frase ‘La torre Eiffel ha llegado para quedarse’ para que G.K.C. ‘se  quede’ con el lector: con su estilo paródico desarma la maquinaria publicitaria de la frase, que tiene por objeto avalar lo novedoso, con desprecio de lo tradicional. Hagamos un inciso, para preguntarnos –a contrariis- y reflexionar sobre el aserto planteado por Marinetti (1876-1944, fundador del movimiento futurista): “Es más bello un cadillac que la Victoria de Samotracia”. Creo que no cabe discusión alguna con aquellos a los que los dos elementos de la comparación les gusta MÁS. Fin del inciso.

Es cierto que en el mundo en que vivimos, estamos -más que menos- supeditados a las máquinas. Pero llegar a afirmar que No podemos vivir sin las máquinas, como dicen los jóvenes y desde el punto de vista antropológico, es una ‘pasada’. A dicha frase, con Chesterton, podemos contraponer todas aquellas que pueden derivar de la obligación que tiene el hombre de ser feliz. Dice Chesterton: La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta y marchar a pie si le agrada más. Aún así, su sentido de la realidad -algo reñido con el concepto al uso de utopía- al afirmar que La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro, nos aconseja que no nos compliquemos la vida con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que las máquinas.

Y como no, la frase eufemística: El fin comercial del trabajo de las máquinas, para obviar hablar de los rendimientos y ganancias y plusvalías, etc. Rendimientos mensurables pecuniariamente y que no comparten ni reparten los propietarios de aquellas. Pues, en caso contrario se anularía esa diosecilla muy venerada por muchos propietarios: la concentración.

En fin, convenzámonos tras estas ‘logomaquias’ de que nuestro hablar sea sí,sí; no, no. Y en ese momento, se habrá evitado el regodeo insano del tabú, y nos habremos alejado de los melindres y el almibaramiento pueril del merodeo, del rodeo que no ataja la realidad o, lo que es peor, la verdad.

Chesterton: desenmascarando a los políticos

Me sirve el título  chestertoniano La máscara del socialismo, perteneciente al libro La utopía del capitalismo y otros ensayos (Palabra. Madrid. 2013) para recoger las opiniones de G.K. Chesterton sobre las prácticas de los políticos socialistas de su época. Y comprobar que son extensibles a buena parte de los actuales políticos de toda laya.
Chesterton da la sensación de que, sin quererlo, al describir la actividad de aquellos políticos dibujaba con claridad impresionista nuestros gobiernos y oposiciones. Valgan algunas muestras:

Viñeta procedente de La zona mileurista.com

Viñeta procedente de Zona mileurista.blogspot.com

Hay un cierto socialismo falso que los políticos modernos pueden ponerse de acuerdo en establecer. Si realmente logran establecerlo, la batalla por los pobres estará perdida.
(…)
El socialista (…) siempre describe el poder económico del plutócrata como consistente en la propiedad privada. Está claro que, en cierto sentido,  esto es cierto; aunque a menudo se le escapa el hecho de que la propiedad privada, como tal, no es lo mismo que propiedad limitada a unos pocos. Pero la verdad es que la situación se ha hecho más sutil.
(…)
El rico de hoy no sólo reina utilizando la propiedad privada; reina tratando la propiedad pública como si fuese privada.
(…)
Esta indefinición sin escrúpulos de dineros oficiales y no oficiales y la feliz costumbre de mezclar siempre el dinero de bolsillo con el dinero de la caja, sería posible mantener, en la práctica, a los ricos tan ricos como siempre, aunque hubiesen sufrido una confiscación en teoría.

Lo colectivo sólo tiene sentido, en esta cuestión, cuando procede  de la cooperación libre de los que tienen propiedad privada; de lo contrario, surge la rapiña de unos pocos  plutócratas o de unas élites que citan al pueblo en pasajes sombríos de historia colectivista y estatalista. Al fin son maneras de apropiarse de la propiedad, sin apellidos.
O sea que tanto unos como otros -gobiernos radicados en el individuo- o gobiernos centrados en el individuo-masa, patrimonializan el erario público, y lo convierten propiedad privada de las nomenclaturas.

Y encima cobran: Dicen que algunos de ellos se les paga como a cualquier profesional, sólo que a su paga se le llama «gastos». Pues eso.

A vueltas con el estilo de Chesterton

Entender, conocer, comprender. Aún más, amar. Esto es lo que  hace Chesterton con la palabra. Al leerlo, nos sentimos acompañados, comprendidos, estimados profundamente. Su lectura -además y sobre todo- tiene la cualidad feliz de elevarnos. De llevarnos más allá, desde el cuento o la anécdota a lo misterioso. Y, finalmente se nos muestra, más que un enamorado del saber, un amoroso seguidor del Creador. Por todo ello, G.K. Chesterton, disfrutando y sufriendo la belleza y, a la vez, la dureza, la impenetrabilidad e imperfección de la palabra, acomete el intento de decir, de decirse y de decirnos.

Moisés de Miguel Ángel. Domuspucelae.blogospot.com

Moisés de Miguel Ángel. Domuspucelae.blogospot.com

Es el intento humano de aprehender lo sublime. El autor es consciente de que renunciar al empeño, es cobardía, bajeza y acción ajena al buscador de la verdad. Chesterton al enfrentarse al objeto de sus textos, utiliza un registro común o estándar de lengua; si bien, pronto cae en la cuenta de la insuficiencia del mismo y en ese punto -a pesar de que el registro se encuentre adelgazado por la normativa de la composición clásica y culta- insufla a sus escritos toda suerte de figuras retóricas, más o menos cargadas de barroquismo (hiperbaton, quiasmo, anadiplosis, anáfora, paronomasia, etc.). No obstante, nuestro autor, en no pocas ocasiones, parece quedar agotado al contemplar la inexactitud de la palabra. Retomando el estilo y la pluma, Chesterton recala en aquellos desvíos formales que pretenden adentrarse en la cara oculta de la correspondencia verdad-palabra. Surge, en este momento, la lucidad de la ironía y de la paradoja. Con estos instrumentos, ¿alcanza GKC la exacta acomodación de la palabra a su referente? Pienso que no; aunque logra algo que sólo pertenece a las inteligencias altas: rompe el lugar común e insustancial, la dislocada frase hecha, el refrán zafio y, lo más notable, desalienta la estupidez.

Entonces, ¿queda nuestro autor satisfecho de la expresión literaria de sus textos? Por humildad, sí. Autocríticamente, creo que la desazón de saber que es mejorable, le lleva a entablar una lucha encarnizada contra la expresión, como fiel hijo de su tiempo. Sí, no es una lucha por la expresión (Fidelino de Figueredo), sino una lucha contra la expresión. La palabra es un material marmóreo al que hay que romper con el martillo y burilar y cincelar y lijar y pulir, para que al final el Moisés de San Pietro in Vinculis nos embelesemos con su grandiosidad y, al par, nos hable con aquella escultura inigualada que no es Moisés ni tampoco aquella pieza recogió del Sinaí las Tablas. Igual, la palabra. Aquí nos vienen a la memoria San Juan de la Cruz y Fr. Luis de León. Aquí la voz de Verlaine ante la angustia de significar, nos habla:

De la musique encore et toujours!
Que ton vers soit la chose envolée
Qu´en sent qui fuit d´une âme en allée
vers  d´autres cieux a d´autres amours.

Tras el esfuerzo me atrevo a pensar en un Chesterton orando con un verso similar al de nuestro Juan Ramón Jiménez:

Señor, dame el nombre exacto de las cosas

El dinero es para el hombre y no el hombre para el dinero

A finales del siglo XIX, con la aparición del liberalismo y del socialismo, del capitalismo salvaje y de los movimientos obreros, se puede dar por finalizada la sociedad tradicional. Al par, las nuevas libertades son un coladero para peligros «con nuevas formas de injusticias y de esclavitud» (Juan Pablo II, Centesimus annus).

Ante esta nueva concepción de la sociedad, en el Reino Unido, GK Chesterton es uno de los pensadores que reacciona contra la visión mercantilista del hombre en su relación con el capital y el trabajo. El trabajo y el capital entran en un profundo conflicto que da lugar a la «cuestión social». Y ello, porque el trabajo, desposeído de la dignidad humana el asalariado, se convierte en mercancía, que es comprada por el capital, no sólo para el desarrollo necesario personal y de la empresa, sino para ir, en otras muchas ocasiones, hacia un enloquecido consumismo que, cuando mejor, se invierte en bienes superfluos; o, en su forma más grosera, da cauce a las más viles y abyectas pasiones.

La experiencia ideológica de GKC, previa a su conversión a las «razones» del Espíritu, le hizo conocer de primera mano, la deriva totalitaria que suponía tanto el liberalismo como el socialismo. Proféticamente advertía cuáles serían las consecuencias que iban a engendrarse con esas actitudes. Unas consecuencias que aún están presentes en nuestros días, ¡y de qué manera! Esta sociedad degradada que ha dado paso a estatus nuevo que supone la desaparición de la sociedad tradicional, dio, también lugar a una sociedad de clases, porque la Revolución Industrial fraccionó la sociedad y dejó al proletariado en una situación de miseria y de explotación.

El planteamiento político, social y económico de Chesterton, llamado  distributismo, quiere dar racionalidad al yoísmo romántico más grosero, productor del materialismo individualista y colectivista. Conscientes de la influencia de la economía liberal individualista de la Revolución Francesa, de la Escuela fisiocrática, de los desarrollos teóricos de Smith, Ricardo, Bastiat y otros autores, Hillaire Belloc  junto con Chesterton, Artur Penty y el P. Vincent McNabb comunicaron que el trabajador puede ser propietario y, además, puede estar representado en su empresa, para mejorar sus condiciones de trabajo. Al compás de lo dimanado por la Rerun novarum (León XIII, 1891)el distributismo genera un marco teórico, algunas de cuyas bases -por su importancia- enunciamos:

1.- Propiedad privada familiar real. A fin de que en todo lo que pueda el individuo y la familia ser suficiente, no se inmiscuya ninguna instancia superior. Teniendo como objetivo una cierta autosuficiencia.

2.- Subsidiaridad. En dos sentidos: a) el individuo y la familia ha de ser socorrido, en lo que no sea suficiente, por instancias medias y superiores; b) con renuncia de la conciencia capitalista, no sólo se debe satisfacer a la propia familia, sino además contribuir a las necesidades de todas las familias de la comunidad.

Con Frederick D. Wilhemsem compartimos su sentir, manifestado en El problema de Occidente y los cristianos: «Sólo una política sana y prudente puede resolver este problema creando un ambiente propicio para la restauración de la propiedad en la sociedad».

Y una vez más nos dejamos llevar por este hombre tranquilo de acción que fue Chesterton.

A la reconquista de Notting Hill

Hijos cuarentones, y ya nostálgicos. A dos cuartos del despacho suena Depeche Mode. Su canción Enjoy the silence parece preludiar la irrupción en escena de algún héroe de antaño. La relectura de la novela termina. Cierro los ojos un instante. El imperio de Notting Hill ha sido derrotado.

He conocido este lugar de Londres. Más por las lecturas chestertonianas que por mis paseos por aquellos andurriales. Caminados sin prisa. Memorizada la narrativa del escritor londinense. Así, con estas premisas, que por tales, son previas, me he acercado a una de las joyas de la narrativa anglosajona: la fantástica novela fantástica El Napoleón de Notting Hill.

Como corresponde a nuestro escritor, inglés de pro, y a su tradición literaria, gran manipulador de la  ficción, o sea, del corazón de la narrativa, se apresta a partir de la más descabellada historia imposible, para dejarnos en las puertas de la realidad… y de la verdad.

En el texto que nos ocupa se crea un mundo fabuloso, incluso fantasmagórico y de luces apagadas; de situaciones límite capaces de arrimarnos a las orillas del paroxismo; de paraísos hollados por tarados hombres desalmados y violadores de la leyes de la naturaleza. Las fantasías dan paso a la realidad de la confrontación, en una mezcla, a veces, histriónica de tragedia y absurdo.

La historia que se nos cuenta, no es más que una broma tomada en serio por un adalid de la ilusión fanatizado: Notting Hill será si se independiza. Notting Hill debe conservar las tradiciones y los espacios patrios. Notting Hill debe mantener la amable vida del pasado. A lo largo de la historia, Notting Hill triunfará sobre sus enemigos, porque posee el arma de la fe. Notting Hill se constituye en Imperio y prospera. Pero, obra humana al fin, se pudre y es derrotada Notting Hill.

Finalizada la música del reciente pasado: Depeche Mode y su tropa. Cerradas las puertas de Notting Hill, ¿qué nos queda?. Me aventuro a estimar que este camaleónico novelista, de modo aparentemente confuso, entre escenarios de tramoya, más o menos trasnochada, con personajes al borde de un ataque surrealista, como sacados de la tertulia del Café Pombo, cruzando la verdad con la mentira o fantasía, nos inquieta con una serie de preguntas:

¿La realidad enloquece a los hombres?
¿Algunos o muchos hombres de negocios son unos fanáticos?
¿Es la libertad de expresión un bien innegociable?
¿Son pacíficos los hombres de negocios?
¿Es una superstición la democracia?
¿Es conveniente y necesario fomentar el patriotismo municipal?
¿Qué es la paz maligna?
¿La nueva religión de la Humanidad es el humor?

Entretanto el humor de Auberon Quim y el ardor de Adam Wayne se pierden en la lejana línea del horizonte. Marchan juntos hacia nuevos mundos, hacia un NUEVO MUNDO.