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Antropología de Chesterton, y 6: Dignidad, voluntad y fe en el hombre corriente

Concluimos hoy el último de los seis puntos de Por qué soy católico, que constituyen una visión de la antropología de Chesterton. Hoy vamos con la 6ª frase. Las anteriores pueden verse aquí (pasión por la verdad, la igualdad humana, la liberación de ser hijo del tiempo, la firmeza en la posesión de la verdad, el reconocimiento a todos los seres humanos):

6. Es el único gran intento de cambiar el mundo desde dentro, a través de las voluntades y no de las leyes.

El mundo moderno aumenta su confianza en la técnica a medida que los gobernantes disminuyen la suya en el hombre corriente, según Chesterton. Imagen: cinestav.mx.

El mundo moderno aumenta su confianza en la técnica a medida que los gobernantes dejan de creer en el hombre corriente, según Chesterton. Imagen: cinestav.mx.

Somos muchos los que estamos convencidos de que la mayoría de las personas que gobiernan el mundo occidental han dejado de comprender este aspecto de la realidad humana. Repasemos un poco de historia: la Ilustración propuso la razón –concretada en la ciencia y la técnica- para lograr el objetivo de tener el mundo que deseamos, al aplicar esas herramientas de manera sistemática. Los logros científico-técnicos son apabullantes, desde la capacidad para curar (medicina) a la de matar (bombas atómicas, gases, minas y otras). Aplicados a lo social, los logros son menos espectaculares: los países comunistas son el gran intento fallido de ingeniería social, pero con menor intensidad se aplican mecanismos parecidos –ya hemos mencionado el ‘soft power’ alguna vez- para ciertos aspectos similares en las sociedades occidentales y las de su área de influencia, así como todos los demás gobiernos: para eso vivimos en un mundo que se llama moderno y se apoya sobre esos principios de razón y técnica, en grados diversos.

Pues bien, se diría que Occidente –que ya es de hecho una sociedad postcristiana, aunque los cristianos sean una minoría mayoritaria- sólo confía en la técnica para resolver sus problemas: el primero de ellos, es la ley: todo se hace a golpe de ley… y está bien que sea así, porque la arbitrariedad no es permisible. Pero cuando se trata de violencia de género, de terrorismo, de nacionalismo, o de corrupción, la ley no llega al corazón de los hombres. La misma fe se tiene en la educación, otro mecanismo técnico donde determinados inputs deberían conseguir determinados outputs en las personas. Sin embargo, las cosas no parecen mejorar mucho, al menos a corto plazo: las soluciones técnicas –ya lo dijo Benedicto XVI en aquel famoso discurso tan criticado por plantear que el preservativo sólo es una solución técnica y por tanto insuficiente para el problema del sida- aplicadas a cuestiones sociales no llegan al problema de fondo, porque no alcanzan al corazón ni la voluntad del hombre.

¿Qué dice Chesterton de todo esto? Encontramos su opinión en la última parte de Esbozo de sensatez, esa recopilación de artículos de 1927 sobre la situación económica de su tiempo –que cobra especial actualidad en los días de nuestra crisis de 2008 en adelante-. La solución que Chesterton y sus compañeros del GK´s Weekly proponen es la pequeña propiedad, la posibilidad de instalarse en tierras vírgenes o repartir la tierra existente y –dotados de un nuevo espíritu- empezar de nuevo alejados de la oligarquía capitalista y del estado plutocrático. Hoy el diagnóstico suena realista, pero poca gente cree de verdad en la solución propuesta. Más allá de que sea o no viable, estos textos muestran un Chesterton que advierte que la sociedad moderna ha dejado de confiar en el ser humano –para hacerlo completamente en la técnica-, porque ha perdido el espíritu religioso –y no necesariamente el espíritu cristiano, sino de cualquier religión. Por eso el marxismo –con su fuerte componente de fe religiosa- fue capaz de expandirse durante el siglo XX y lo mismo sucede durante el siglo XXI con el Islam.

Es decir, cualquier objetivo que se proponga a los seres humanos, para hacer que dejen de buscar sus pequeños objetivos personales e implicarlos en un gran cambio social –aunque sea gradual, más que revolucionario- debe tener al menos cierta relación con el fin último del universo y especialmente con la naturaleza del hombre (Esbozo de sensatez, 18-15), debe afectar al fondo del corazón humano y tocar su voluntad.

Tengo que elegir entre insistir en el contenido positivo de la fe religiosa o en el negativo del mundo de hoy, que justifica las políticas sociales actuales, de carácter tecnológico. Y escojo esta opción, con otro fragmento de Esbozo de sensatez (18-16), de una clarividencia y actualidad prodigiosas:

Lo que hay detrás del bolchevismo y muchas otras cosas modernas es una duda nueva. No es meramente la duda acerca de Dios, sino más bien una duda acerca del hombre. La moral antigua, la religión cristiana, la Iglesia católica se apartaron de toda esta nueva mentalidad porque creían realmente en los derechos de los hombres. Esto es, creían que los hombres corrientes estaban investidos de poderes y privilegios y de una forma de autoridad.

Así, el hombre corriente tenía derecho a disponer, dentro de lo razonable, de los otros animales: es una objeción al vegetarianismo y a otras muchas cosas. El hombre corriente tenía derecho a juzgar sobre su propia salud, y sobre los riesgos que correría con las cosas ordinarias de su contorno: es una objeción al prohibicionismo y a otras muchas cosas. El hombre corriente tenía derecho a opinar sobre la salud de sus hijos, y en general a criarlos como mejor pudiera: es la objeción a muchas interpretaciones de la moderna educación por el Estado.

Ahora bien, en todas estas cosas primordiales en las que la antigua religión mostraba su confianza en el hombre, la nueva filosofía muestra su desconfianza. Insiste ésta en que debe ser una especie rara de hombre para tener algún derecho en esas cuestiones. Y cuando pertenece a esa especie rara, lo que tiene es más derecho a gobernar sobre los otros que sobre sí mismo.

Este escepticismo profundo con respecto al hombre corriente es el punto donde coinciden los elementos más contradictorios del pensamiento moderno. Por eso el señor Bernard Shaw quiere producir un nuevo animal que viva más tiempo y llegue a ser más sabio que el hombre. Por eso el señor Sidney Webb quiere reunir a los hombres en rebaños, como a las ovejas o cualquier otro animal mucho más tonto que el hombre. Estos autores no se rebelan contra lo que consideran una tiranía anormal, sino contra lo que consideran una tiranía normal, esto es, contra la tiranía de los seres normales. No se alzan contra el rey, se alzan contra el ciudadano.

El viejo revolucionario, cuando se encontraba en los tejados –como el revolucionario del ‘El dinamitero’ de Stevenson– y contemplaba la ciudad, solía decirse: “Miren cómo disfrutan en sus palacios príncipes y nobles, miren cómo los capitanes y sus cohortes pasan a caballo por las calles y pisotean a las gentes”. Las cavilaciones del nuevo revolucionario no son ésas. Éste dice: “Miren a todos esos hombres estúpidos que habitan en casas vulgares y barrios ordinarios. Piensen en lo mal que educan a sus hijos, piensen en lo mal que tratan al perro y en cómo hieren los sentimientos del loro”.

En resumen, estos sabios –acertada o equivocadamente- no confían en que el hombre corriente pueda gobernar su casa, y ciertamente no quieren que gobierne el Estado. En realidad, no quieren concederle ningún poder político. Están dispuestos a otorgarle el voto porque hace tiempo que descubrieron que ese voto no le otorga ningún poder. No están dispuestos a darle una casa, ni una mujer, ni un hijo, ni un perro, ni una vaca, ni un pedazo de tierra, porque esas cosas sí le otorgan poder realmente.

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Antropología de Chesterton, 5: Incluir a todos los hombres, también a los ‘respetables’

Seguimos comentando los seis puntos de Por qué soy católico, que constituyen una visión de la antropología de Chesterton. Hoy vamos con la 5ª frase. Las anteriores pueden verse aquí (pasión por la verdad, la igualdad humana, la liberación de ser hijo del tiempo, la firmeza en la posesión de la verdad):

5. Es el único cristianismo que verdaderamente incluye a todo tipo de hombre, incluso al hombre respetable.

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En el texto de hoy, Chesterton lanza cuchillos a los árboles, a imitación de los personajes de Stevenson. Imagen libre de 123rf.com

A la mayoría de las personas nos gusta pensar que estamos en lo correcto –al menos en lo más importante-, que nuestros criterios son los sanos y por tanto –aun a pesar de nuestras limitaciones y defectos- constituimos una base sobre la que la sociedad puede constituirse y funcionar. Y puede que eso sea realmente así, pero el resultado es la tendencia considerarnos ‘bienpensantes’, es decir, ciudadanos respetables, cumplidores y responsables. Como se dice hoy, ‘buena gente’.

Chesterton ironizaba continuamente sobre esa gente ‘respetable’, especialmente sobre la que goza del reconocimiento social en base a riqueza, sabiduría, posición social o inteligencia: nadie –salvo el hombre corriente- quedaba libre de sus simpáticas ironías. Eran realmente ironías para hacernos pensar, porque de hecho tenía amigos entre todos los grupos sociales. En uno de sus más sensatos ensayos –Dos policías y una moraleja, en Enormes minucias, n.27, que esperamos publicar pronto en el CB- comienza con la historia de dos policías que intentan detenerlo mientras se entretiene lanzando un cuchillo a los árboles del bosque, esa técnica tan útil con la que se asesinan unos a otros en la novelas de Stevenson. Los policías interrogan a Chesterton, que lógicamente explica sus argumentos y se defiende, con escaso éxito… hasta que dice a los policías que se halla alojado en casa del magnate local. Y en ese momento la cosa cambia: Me dejaron marchar porque demostré que estaba invitado en casa de una familia conocida. La conclusión está penosamente clara: o bien no es una prueba de delito lanzar un cuchillo en un bosque solitario o por el contrario es una prueba de inocencia conocer a un hombre rico.

Chesterton reflexiona aplicando sus argumentos al mundo inglés –que era lo que mejor conocía y lógicamente más le interesaba, pero en seguida nos daremos cuenta de que pueden aplicarse a cualquier país- y critica el hábito de respetar a los caballeros. El esnobismo tiene, como la bebida, una especie de noble poesía. Y también una cualidad peculiar y diabólica que está muy extendida entre la gente amable que nos abre su corazón y sus casas. Ése es el gran vicio inglés y deberíamos temerlo más que a la viruela. Si un hombre desea oír lo peor y más malvado de Inglaterra resumido de manera informal, no lo encontrará en ningún obsceno juramento o discusión entre maleantes. […] El poder de la riqueza en su forma más vil aumenta en el mundo moderno. Un pueblo muy bueno y justo, sin esta tentación, tal vez podría no necesitar crear normas y sistemas para protegerse contra el poder de nuestros grandes financieros. Porque un pueblo muy justo les habría fusilado hace mucho tiempo, por mera buena fe.

Este ensayo está incluido en la selección Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), publicada por Acantilado, 2005, traducción de Miguel Temprano, pp.624-628, de donde se han tomado los fragmentos. El último bloque de artículos –al que pertenece éste- se llama ‘El culto a los ricos’, y ofrece un elenco de textos semejantes, donde avaros, filántropos, funcionarios, políticos y otros seres respetables por el estilo son ironizados de igual manera.

Y ahora viene la paradoja: la gente respeta a estas personas por lo que tienen, no por lo que son; Chesterton se ríe justificadamente de lo que son y de lo que tienen. Pero por fin, en la frase de hoy, encontramos a un Chesterton que se admira del Dios de los católicos que –a diferencia de los protestantes, tan preocupados la decencia y las apariencias- es capaz de entrar en el fondo del corazón de todos los hombres -también de los ‘respetables’- y concederles –si lo merecen- un puesto en el Reino de los cielos. Eso sí que es asombroso.

Antropología de Chesterton, 4: firmeza en la posesión de la verdad

Seguimos comentando los seis puntos de Por qué soy católico, que constituyen una visión de la antropología de Chesterton. Hoy vamos con el 4º, pero pueden verse los anteriores (pasión por la verdad, la igualdad humana, la liberación de ser hijo del tiempo):

4. [El cristianismo] es lo único que habla como si fuese verdad, como si fuese un mensajero auténtico que se niega a interferir con un mensaje auténtico.

Cualquier cristiano formado que lea esto lo entenderá perfectamente: el cristianismo se entiende a sí mismo como depositario de una verdad revelada –a lo largo de los siglos, a través del pueblo de Israel, particularmente a través del Antiguo Testamento- que llega a su plenitud con la llegada de Jesucristo –Dios que se hace verdadero hombre e inaugura la Nueva Alianza o Nuevo Testamento- para completar esa revelación divina, el mensaje de salvación y plenitud que tiene que durar hasta el final de los tiempos. Los cristianos saben igualmente que la Biblia necesita interpretación, pues forma parte de una tradición del pueblo hebreo asumida por los primeros cristianos-, ya que de la lectura literal surgen algunas incongruencias con el sentido común, como puede ser la edad de la tierra, que choca con las evidencias científicas.

La ciencia nunca ha sido un problema para la Iglesia católica, pues sabe que Dios ha creado el mundo y no puede haber incongruencias entre la fe y la verdadera ciencia. Chesterton lo explica así en el libro sobre Santo Tomás, que quería permitir que se pudiera acceder a la única verdad por dos caminos precisamente porque estaba seguro de que sólo existe una verdad. Por ser la fe la única verdad, nada podía descubrirse en la naturaleza que en última instancia contradijese a la fe. Por ser la fe la única verdad, nada realmente deducido de la fe podría en última instancia contradecir a los hechos. Era sin duda una confianza curiosamente osada en la realidad de su religión, y aunque algunos aún persistan en disputarla, ha sido justificado (3-29).

Con los siglos, las verdades que componen el núcleo de la fe se han reunido en un conjunto de dogmas, que abarcan algo más allá del Credo –aunque se derivan de él- afectando frecuentemente a cuestiones de antropología y de vida cotidiana, muchas de ellas contestadas no sólo por los herejes de otros tiempos, sino por numerosas personas –intelectuales o no- en el mundo moderno. La Iglesia defiende esas verdades como recibidas de Dios, como cuando define de fe la Asunción de Santa María, la existencia del alma, pero también cuando rechaza la investigación con embriones humanos y cuando se niega a aceptar el divorcio o la ordenación sacerdotal de mujeres. Sobre todos estos temas, la Iglesia dice siempre lo mismo: o bien ha estado claro desde el principio, o bien son verdades desarrolladas con posterioridad, pero implícitas en el patrimonio recibido: la Iglesia no se siente con poder para cambiar estos criterios de pensamiento y actuación.

Chesterton conocía y aceptaba todo esto con naturalidad, pero –mientras trabajamos a fondo el libro sobre Santo Tomás de Aquino– creo que Chesterton nos puede ayudar a llegar algo más lejos, particularmente para aceptar la realidad del mundo material como algo que forma parte de ese patrimonio o realidad recibida de Dios y que hay que conservar.

Aquí hay tres cuestiones implicadas:

  • La idea de un mensaje considerado verdadero.
  • La idea de un depósito, es decir, algo que hay que guardar, que implica algún tipo de medidas para que no se desvirtúe, principalmente a través de la constitución de algún tipo de autoridad.
  • La idea de ser no sólo depositario, sino también mensajero, es decir, difusor de ese mensaje.

Hemos hecho referencia en el Chestertonblog, en numerosas ocasiones, a la juventud de Chesterton, a esa inquietud suya por conocer el origen de su propia existencia, a ese deseo de rebelarse ante el pesimismo dominante y el solipsismo de convencerse de que su estrecha verdad era la verdad verdadera, tal y como veía en las ideas de las personas de su tiempo, un relativismo que persiste hoy, incluso entre cristianos con relativa formación. Pero Chesterton era ambicioso y no pararía hasta descubrir la verdad, esa verdad que pasa por la humildad, por reconocer que somos creados y que todo lo que nos rodea no es sino un inmenso regalo, aunque conlleve algunas condiciones, impuestas por el Artista creador de tanta maravilla –véase Ortodoxia-.

En su evolución, Chesterton reconoce que los criterios que él ha establecido para vivir una vida verdaderamente humana coinciden con los que desde hacía casi 2000 años venía enseñando la Iglesia católica y –aunque hasta los 48 años no abrazó formalmente esta fe- continuó desarrollando algunas de sus propias ideas, coincidentes con las de algunos personajes católicos, particularmente San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, sobre los que escribió un libro para cada uno. De ambos libros se desprende hasta qué punto Chesterton comprendió valor del mundo material, una categoría que no es fácil expresar en pocas palabras. Vamos a dejar que sea el propio Chesterton quien nos explique bien qué significa que el mundo material en el que vivimos forma también parte del mensaje que Dios ha entregado al hombre:

El Cuerpo había dejado de ser lo que era cuando Platón y Porfirio y los viejos místicos lo dieron por muerto: había colgado de un patíbulo, se había alzado de un sepulcro. Ya no era posible que el alma despreciara a los sentidos, que habían sido órganos de algo que era más que hombre. Platón podría despreciar la carne, pero Dios no la había despreciado (4-27).

Nadie entenderá la filosofía tomista –ni de hecho la filosofía católica- sin percatarse de que su elemento primario y fundamental es absolutamente la alabanza de la vida, la alabanza del ser, la alabanza de Dios como Creador del mundo (4-11).

He colocado estas citas porque no han aparecido aún en el Chestertonblog. No es posible glosar la crítica que Chesterton hace a la filosofía moderna, materialista sólo de apariencia, pero realmente idealista, por sus raíces en el subjetivismo.

En cuanto a la idea de la autoridad, en el mismo libro de Santo Tomás hallamos una glosa, en el espléndido sentido de explicar para qué sirve verdaderamente la autoridad, frente a la extendida idea de oscuras camarillas que reprimen a los seres humanos. La idea de considerar negativamente la naturaleza está siempre presente, en todas las culturas, asociada a un ascetismo que no tiene por qué ser necesariamente positivo. Aunque la palabra tenga origen religioso, hoy encontramos ese ascetismo por todas partes a nuestro alrededor –en las dietas, en el deporte y el cultivo del cuerpo, en la adicción al trabajo-, una especie de neopuritanismo vacío de connotaciones religiosas, o mejor, lleno de consideraciones pseudo-religiosas… no impuestas por autoridad alguna. Hubo una época en la que llegó a tales extremos –durante la Edad Media, con los albigenses- que el cuerpo se consideró una cosa absolutamente pecaminosa, particularmente las relaciones sexuales, hasta las legítimas entre esposos –hasta el punto de no casarse para mantenerse puros. La Iglesia salió en defensa del dogma de la dignidad del cuerpo y de la materia, para acabar con aquella herejía, pues un cabal conocimiento de la humanidad le dirá a cualquiera que la religión es una cosa muy terrible, que es verdaderamente un fuego devorador, y que tan frecuente es que sea necesaria la autoridad para ponerle freno como para imponerla. El ascetismo –la ‘guerra a los apetitos’- es también un apetito. Nunca se podrá eliminar de entre las ambiciones extrañas del hombre, pero se puede sujetar a un control razonable, y se practica en proporción mucho más sensata bajo la autoridad católica que bajo la anarquía pagana o puritana (4-10).

Por fin, en lo que a la difusión del mensaje de un mundo corriente pero extraordinario, basta recordar los famosos fragmentos de El acusado sobre el paraíso: lo más probable es que aún sigamos en el Edén; sólo son nuestros ojos los que han cambiado (1-4).

O aquellas sobre el misticismo, de hace unas cuantas entradas: El místico, para el que cada estrella es como un cohete repentino, cada flor un terremoto del polvo, es el hombre de mente clara. El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común (The Daily News, 30.08.1901).

Un año del Chestertonblog, el blog sobre G.K. Chesterton en español

Autorretrato del joven Chesterton. Aunque seguro que no lo pensó así al dibujarlo, GK nos señala una dirección, el camino de la sensatez y el sentido común. Imagen en 'Los países de colores'. Valdemar.

Autorretrato del joven Chesterton. Aunque seguro que no lo pensó así al dibujarlo, GK nos señala una dirección, el camino de la sensatez y el sentido común. Imagen en ‘Los países de colores’, Valdemar.

No pensé hacer entrada, pero no lo puedo resistir: un año es un año, y lo ocurrido en él merece unas líneas de agradecimiento, sobre todo por dos cosas principales:

En un genérico primer lugar, la cantidad de gente que hemos conocido en el blog y a través del blog. Primero fue ir descubriendo una comunidad de blogueros con los que empiezas a estrechar ciertos vínculos. Es algo curioso, porque apenas sabes nada de sus vidas -más allá de lo que ellos cuentan- pero de pronto un día te das cuenta de que echas de menos ver qué ha escrito Fulanito o Menganita. Esto ya es algo sorprendente, y supongo que es lo más parecido a las redes sociales, a las que soy un tanto reacio, y en las que entré para la difusión del CB. No puedo citarlos a todos, porque son muchos y corres el riesgo de dejar a alguien fuera.
Junto a éstos, están aquellos con los que he estrechado lazos directos a causa de Chesterton: los que han empezado a colaborar con el CB, con sus traducciones o entradas, y que nunca imaginé que pudiera pensar, aunque desde el principio decidimos que el CB estaría abierto a colaboraciones externas, más allá del pequeño grupo de autores granadinos que empezamos con esta divertida tarea. Como dijo uno de estos nuevos y estupendos amigos, creo que acabaremos subtitulándolo el ‘Blog del Club Chesterton Transatlántico’, por unir -de momento- a gente de dos continentes.
Realmente puede hablarse de amistad, y espero que el tiempo la consolide. Y eso sin contar el sentimiento de hermandad que se desarrolla con los autores de otros blogs y webs que se dedican a lo mismo. Como profesor universitario, tengo que decir que eso no ocurre con quienes estudian lo mismo que tú en la ‘Academia’. Se parece más bien a un club de ‘frikies’ de cualquier otra cosa, y le da la razón a Chesterton cuando rebate la ‘superioridad’ de los intelectuales. Aunque realmente hay que ser muy friki para escribir tanto como lo hacemos nosotros sobre el mismo tema… -por fortuna, inagotable.

En un segundo lugar, es un disfrute leer y pensar sobre nuestro querido amigo Gilbert, maestro, sabio, genio, artista… Siempre alegre y positivo: hasta cuando trata los temas más serios, deja caer unas gotas de humor quitando hierro al asunto. Convencido, a buen seguro, de que esta vida es como una novela, en la que el Autor tiene previsto el argumento y el desarrollo de las escenas principales. Lo que ocurre -como se dice en El hombre que fue jueves, en la famosa persecución de Domingo- es que sólo vemos la cara posterior de la realidad.
En este tiempo hemos publicado unos 25 ensayos de GK, muchos de ellos traducidos por primera vez al castellano, gracias a Carlos Villamayor, y siempre citando las fuentes y los traductores. Hemos revisado y corregido las traducciones de dos libros –Esbozo de sensatez y Santo Tomás de Aquino- que pronto estará disponible en pdf y epub, y que puede considerarse una traducción original, una introducción enteramente nueva. Y estamos a medias con El hombre eterno, nuestro próximo proyecto amplio.
Además, hemos puesto a disposición del público interesado más de 30 estudios y prólogos sobre GK y sus obras, en nuestra intención de convertirnos en un lugar de encuentro sobre el ‘Gigante bueno de Beaconsfield’.
250 entradas y 35 páginas -con reflexiones sobre Chesterton, su obra y su mundo -que es el nuestro, según la tesis que hemos repetido tantas veces- dan peso a la labor, que no ha hecho más que comenzar. Quiero agradecer su labor de todo corazón a los autores y traductores -que construyen el blog con sus textos-, a los comentaristas -que le dan dinamismo-, a los seguidores del blog que se limitan a poner me gusta y a los que ni siquiera lo hacen, pero sé que lo visitan. Y también por qué no, al equipo de WordPress que hace posible el Chestertonblog.

Al hacer balance de este primer año, uno se siente tentado de llenarse de orgullo por tantas cosas buenas que posee. Pero no, lo que hay que es ser conscientes de esas palabras del maestro, en su Autobiografía (16.15): aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. Y concluimos con una plegaria, del propio Chesterton, en su Cuaderno de notas juvenil, que recoge Maisie Ward:

Dame algún tiempo;
si abres tantas puertas
y me haces tantos dones, Señor,
no lo tendré para apreciarlos todos.

Algunos errores difundidos sobre Chesterton (Reseña de R. Jordana en la GER)

Chesterton nunca temió ir contracorriente, defendiendo sus ideas por encima de los convencionalismos sociales

Chesterton nunca temió ir contracorriente, defendiendo sus ideas por encima de los convencionalismos sociales

He releído la voz G.K. Chesterton en la Gran Enciclopedia Rialp (Madrid, 1971) –cuyo breve texto ofrecemos íntegro- realizada por Ricardo Jordana (que debió ser un académico vinculado a la literatura inglesa, pues es coeditor con Robertson de un diccionario inglés-español) y no he podido por menos que sentirme desilusionado, no tanto por el despego con el que se refiere a Chesterton –que quizá puede ser una apreciación personal mía- como por la relativa desinformación que ofrece. Tras señalar lo prolífico, crítico, paradójico y brillante de su obra, muestra un conocimiento muy superficial de sus escritos, cuando afirma que “defiende el convencionalismo de manera muy poco convencional”: esto recuerda demasiado a repetición de alguna crítica anterior, más que a una familiaridad de primera mano con su obra.

La reseña contiene varias inexactitudes en fechas –que han sido corregidas-, pero como tono general, se diría que trata de ser ‘imparcial’, por lo que reúne virtudes y defectos. Aquí cabría recordarle el famoso texto del propio Chesterton sobre El error de la imparcialidad: lo malo no es que recoja defectos, sino que procedan de lo que otros han escrito sobre él, sin contrastarlos. Por eso, lo que vamos a hacer, para desmontar algunos de esos equívocos, es recoger el principal párrafo del texto e intercalar las correspondientes aclaraciones, para lo que separaremos sus frases. Al fin y al cabo, la labor resultará positiva.

-“Chesterton es autor de buenos ensayos y buenos versos, aun cuando estos últimos arrastran casi siempre un lastre expositivo y doctrinal, y en los primeros predomina el genio periodístico que busca el efecto del momento”. La cuestión del lastre doctrinal se dice siempre de Chesterton (y si no se es cristiano, se advierte mucho más). Uno querría encontrar frases brillantes siempre, pero –dado que a GK lo que interesa es la verdad– no le importa cargar con la etiqueta, argumentando una y otra vez sobre los mismos temas. De ahí que la cuestión del ‘efecto del momento’ resulte ridícula: Chesterton pasa de pensar sobre la versátil naturaleza del terreno en ‘Un trozo de tiza’ a la cuestión del sometimiento a la aristocracia en ‘Dos policías y una moraleja’, que pronto publicaremos en el Chestertonblog.

-“Dominó el humor y la ‘salida’ inesperada y chocante, y cultivó el arte de presentar lo usual con una luz insólita, dando nueva vitalidad a la sabiduría popular, si bien su técnica se fue amanerando con el paso de los años”. Es cierto: Chesterton enseña a ver la vida de otra manera –lo que él llamaba misticismo o sentido común, el asombro agradecido por las cosas buenas que nos rodean-. Sin duda, no es siempre posible la originalidad, de ahí el cierto amaneramiento –si quiere llamarse así. Pero a GK no le preocupa tanto su estilo o la originalidad como el contenido de lo que quiere transmitir. Algunas de sus mejores obras están escritas los últimos años de su vida, como Santo Tomás de Aquino o la Autobiografía.

-“Optimista por temperamento, se burlaba de las cavilaciones que amargaban la vida de tantos de sus contemporáneos”: GK se burlaba de los optimistas y de los pesimistas. Pero su ironía –siempre presente- es una crítica real al pesimismo profundo que late en la cultura moderna, incluso bajo la apariencia de optimismo de tantos escritores, pues no está realmente bien fundamentado, con lo que acaba en eterno retorno.

-“Para él los métodos de la filosofía y de la ciencia son arbitrarios, presentan un aspecto parcial y desligado de la realidad, y preocupan tan sólo a quienes les confieren categoría de forma exclusiva del conocimiento”: en absoluto. Chesterton valora el rigor metodológico de manera extraordinaria, precisamente porque él mismo era el primero en ponerlo en práctica. Lo que dice mil veces es que caemos en la tentación de considerar el último descubrimiento –o la última moda intelectual- como definitivos, como la panacea, sin darnos cuenta de que la ciencia avanza dejando atrás las teorías anteriores y verdades consolidadas: como ejemplo, el átomo y la inmensa serie de partículas subatómicas que le han seguido, recogido en Santo Tomás de Aquino (Cap. 6). Pero el planteamiento del mecanismo falsacionista de la ciencia ya está en el tercer capítulo de Ortodoxia.

-“Por el contrario la sabiduría segura se halla en los valores de la tradición que superan el subjetivismo puritano”. La tradición es la democracia de los muertos, dice GK en Ortodoxia, que sólo significa que tenían sus razones para hacer las cosas, no que haya que seguirlos porque lo hicieron ellos, contra el afán obsesivo por lo nuevo. Critica el tradicionalismo –habitualmente vinculado a conservadores e inmovilistas aristócratas que se benefician del statu quo- como la necesidad de moverse continuamente, a través de las ironías sobre ‘el hombre práctico’, que sólo en la acción encuentra su plenitud.

-“La ligazón de esa experiencia es la religión, posibilitada por la autoridad. La sumisión del individuo a dicha autoridad fundamental constituye la verdadera libertad”. Cualquiera que haya leído a Chesterton habrá visto que la única autoridad que Chesterton acepta es la de la razón. Si acepta la religión es porque –aceptando la autoridad de los sentidos -de las cosas materiales- comprendió la necesidad de un ser creador de tanta maravilla, que hizo un mundo razonable, aunque tuviera algunos condicionamientos (que es lo que la gente de hoy encuentra difícil aceptar). En ningún momento plantea la sumisión y –en obras como Santo Tomás de Aquino (Cap.4)- recuerda que la autoridad religiosa se ejerce en beneficio de las personas, para librarlas de otras personas o incluso de los propios errores. Aunque hoy parece rechazarse toda autoridad, ésta se ejerce a través de la economía y los medios de comunicación, lo que los expertos llaman el ‘poder blando’ (por ejemplo, Joseph Nye: Soft power: the means to success in world politics. Public Affairs, 2004). Así que la autoridad religiosa es vista por algunos como un contrapoder que les conviene minimizar, frecuentemente ridiculizándola o señalándola como algo anticuado).

-“En el aspecto histórico-social, según Chesterton, la máxima armonía se alcanza durante la Edad Media, cuando los gremios ofrecían un margen al sentimiento individualista, en el marco corporativo sólidamente establecido sobre bases espirituales”. Esto es cierto: lo que no se dice es que desde entonces, los poderosos se las arreglaron para incrementar su poder: en política, logrando Estados centralizados y fuertes de pertenencia obligatoria –El Estado servil, según Belloc-, y en economía, a través del capitalismo, generando una plutocracia que –si bien se legitima por su demostrada capacidad de crear riqueza- no es menos cierto que se basa en el salario en vez de la pequeña propiedad, lo que deja a la gente corriente a merced de las empresas, cada vez más grandes, y –como estamos viviendo desde 2008- de los vaivenes cíclicos de los mercados, generados a veces por los intereses inconfesables de las mismas empresas. Para hacerse una idea de la opinión social, política y económica de Chesterton, hay que leer Esbozo de sensatez.

En cualquier caso, mantenemos en el blog el texto de Jordana, pues –a pesar de su escasa aportación- forma parte del conjunto de escritos sobre Chesterton en lengua castellana.

Antropología de Chesterton, 3: Liberarse de la degradante esclavitud de ser hijo del propio tiempo

Habíamos comenzado a comentar las características de la antropología de Chesterton según el texto Por qué soy católico (Pasión por la verdad y La falsa superioridad de los intelectuales), y que por diversas razones hemos tenido que interrumpir. Recordemos que en ese fragmento, GK proporciona seis razones por las que considera el valor del cristianismo, que son de tipo meramente humano, pero le resultan plenamente convincentes. Hoy vemos la siguiente:

Los protagonistas de 'Las invasiones bárbaras' (Denys Arcand) repasan su trayectoria intelectual, dando implícitamente la razón a Chesterton.

Los protagonistas de ‘Las invasiones bárbaras’ (Denys Arcand, 2003) repasan su trayectoria intelectual, dando implícitamente la razón a Chesterton.

3. Es lo único que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser hijo de su tiempo.

Hay mucha gente que considera a Chesterton un escritor conservador, en parte por ser cristiano, y en parte, por pensar –como dice Ricardo Jordana (Gran Enciclopedia Rialp, voz Chesterton)- que “defiende el convencionalismo”, aunque sea “de manera muy poco convencional”. En realidad, como afirma Abelardo Linares (contraportada de El hombre corriente, Espuela de Plata, 2013), Chesterton es un rebelde, y precisamente un rebelde contra las convenciones: no las convenciones sociales –que facilitan la convivencia- sino las convenciones ideológicas modernas –que diluyen el sentido común-.

No es que GK quiera ser rebelde por serlo –aunque como dice al principio de Herejes– a los 18 años él también quería ser hereje, como todos los demás, porque era lo que se llevaba. Eso suponía buscar su propio camino, aunque pronto se hizo consciente de la terrible incongruencia que había en ese planteamiento: un hereje es una persona que afirma tener la verdad frente a la verdad establecida. Si todos quieren ser herejes por el mero hecho de serlo –es decir, por ser diferentes al resto-, la verdad ha pasado a un segundo plano, se ha vuelto indiferente y a las personas les da lo mismo estar en la verdad que en el error, poniendo por delante una cuestión secundaria. Se había perdido así el ‘sentido común’ que coloca lo importante en su lugar.

Chesterton es un intelectual de primera –aunque no sea un filósofo convencional-, que se plantea lo que la mayoría no es capaz de hacer –sean de la ideología que sean-, y que tiene sobre todo una gran preocupación por la coherencia, es decir, por llegar a las últimas consecuencias de lo que se cree o lo que se hace.

Cuando se planteó ser hereje, advirtió el relativismo generalizado de su tiempo –que es también el nuestro- y sustituyó el deseo de la herejía por la búsqueda de la verdad, probablemente por su humildad –una virtud nada de moda- y su capacidad de asombrarse ante el mundo, que le crearon un sentido del agradecimiento fuera de lo común (Ver este fragmento de la Autobiografía). Esto le condujo al cristianismo, tal y como expone en Ortodoxia –que no podemos glosar aquí- lo que le sirvió para comprender que paradójicamente se había convertido en el único hereje verdadero entre su grupo de colegas periodistas e intelectuales de corte progresista (Chesterton fue realmente librepensador y socialista antes de acercarse al cristianismo). Era realmente el único que estaba convencido de las verdades (o dogmas como a él le gustaba decir) en las que había depositado su confianza, y por tanto la única voz discordante dispuesta a afirmar su verdad por encima de todo.

La genialidad de Chesterton nos muestra la locura que supone estar siempre a la última, la estúpida necesidad que tenemos los seres humanos de sentirnos en la cresta de la ola, fomentada por las actitudes intelectuales de nuestro tiempo. En algún lugar afirma que lo que antes se llamaban herejías, ahora se llaman modas; si lo pensamos, es cierto en su sentido más profundo –más allá de las modas superficiales de ropa u otros hábitos de vida cotidiana, lógicamente. Es decir, están destinadas a pasar. Hay una excelente película canadiense –Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, Oscar en 2003 a la mejor película de habla no inglesa- en la que los protagonistas –veteranos profesores universitarios- recuerdan irónicamente todas las corrientes intelectuales que siguieron como si fueran la definitiva.

Las palabras de Chesterton –la degradante esclavitud de ser hijo del tiempo– suenan fuertes a nuestros débiles oídos. Chesterton no teme llamar a las cosas por su nombre, primero porque desde su roca firme, no tiene miedo a los envites de los colegas o las modas intelectuales, y segundo, porque se atreve a rastrear en el pasado y encontrar en qué consisten esas corrientes intelectuales: de hecho, concluimos con este texto del Santo Tomás de Aquino, a propósito de la permanencia cuasi oculta de los mismos errores a lo largo de la historia humana:

Quizá la historia no registre ninguna revolución de verdad. Lo que siempre ha habido han sido contrarrevoluciones. Los hombres siempre han estado rebelándose contra los últimos rebeldes, o incluso arrepintiéndose de la última rebelión.
Se podría ver esto en las más intrascendentes modas contemporáneas, si la mentalidad de moda no hubiera adquirido la costumbre de ver al último rebelde como rebelde frente a todas las épocas a la vez. La chica moderna de cóctel y labios pintados es tan rebelde frente a la sufragista de 1880, con su cuello duro y su abstinencia estricta, como ésta era rebelde frente a la dama victoriana de los valses lánguidos y el álbum lleno de citas de Byron; o como esta última, a su vez, era rebelde frente a una madre puritana para quien el vals era una orgía desenfrenada y Byron, el bolchevique de su tiempo. Sigamos incluso la ascendencia de la madre puritana en la historia, y representa una rebelión frente a la laxitud de la Iglesia anglicana de los Cavaliers[1], que al principio fue rebelde frente a la civilización católica, que había sido rebelde frente a la civilización pagana.
Sólo un lunático defendería que esas cosas sean un progreso, porque obviamente van primero en una dirección y luego en la otra. Sea lo que fuere correcto, una cosa sin duda está equivocada: la costumbre moderna de contemplarlas sólo desde el lado moderno. Pero eso es ver sólo el final del cuento: se rebelan contra no saben qué, porque surgió no saben cuándo. Atentos sólo al final, desconocen su comienzo, y por lo tanto su mismo ser. La diferencia entre los casos menores y el mayor está en que éste es realmente un cataclismo humano tan enorme que los hombres parten de él como si estuvieran en un mundo nuevo, y esa misma novedad les permite ir muy lejos, en general demasiado lejos (Santo Tomas, 03-11).

No es de extrañar así que Chesterton prefiriese la philosophia perennis de Santo Tomás, que inspira sentido común y contacto con la realidad.

[1] Los partidarios de Carlos I en las guerras civiles de 1642-1648 [N. de MLB].

Chesterton: el ‘misticismo’ es el mismo sentido común

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Hace unos días reseñábamos varios blogs que proponen citas originales de Chesterton concierta periodicidad. En The hebdomadal Chesterton ha aparecido una especialmente interesante, porque –aunque la sustancia ya la conocemos por ser habitual de Chesterton- la novedad consiste en que por fin GK nos dice qué es para él el misticismo. Expresión frecuente en sus escritos, al fin podemos –en un texto de 1901 (The Daily News, 30 Agosto)- estar seguros de lo que entendía por tal, e interpretar sus escritos en función de esto.

La Real Academia de la Lengua Española dice que misticismo es el ‘estado de la persona que vive en la contemplación de Dios o dedicada a las cosas espirituales’. Sin embargo, Chesterton empezó a utilizar esta palabra mucho antes de su conversión al cristianismo, mientras construía propio sistema filosófico –que Mariano Fazio califica del ‘asombro agradecido’, y que GK glosa en Ortodoxia. Si –prescindiendo de Dios en la definición-, nos centramos en el hecho de la contemplación de un objeto exterior y sus efectos en la persona mística, entonces todo cuadra. Éste es el texto de GK:

El misticismo en su más noble sentido –el misticismo tal como aparece en San Juan, y Platón, y Paracelso, y Sir Thomas Browne- no es algo excepcionalmente oscuro y secreto, sino excepcionalmente luminoso y abierto. En realidad, es demasiado claro para la comprensión de la mayoría de nosotros, y demasiado obvio para verlo.
Tal expresión –como la expresión de que ‘Dios es amor’- nos sobrecoge como un paisaje inconmensurable en un día claro, como la luz del insoportable sol de verano. Podemos considerarlo una palabra oscura; pero continuamente tenemos el conocimiento interior de que somos nosotros los que estamos a oscuras…

Vale la pena destacar cómo incluso en la vida diaria está constantemente presente la impresión de la racionalidad esencial de la mística.
Podemos abordar a un hombre en la calle, parado frente a la farola, y decirle en broma: “¿Cómo se hizo este extraño objeto de primavera? ¿Cómo puede este gran Cíclope con ojo de fuego iluminar en esta noche no engendrada?” Se puede inferir en general –aunque depende del temperamento de la persona- que no iba a considerar a nuestros comentarios como particularmente convincentes y prácticos.
Y sin embargo, nuestra sorpresa por el poste de luz sería del todo racional y su hábito de tomar las farolas por hecho no sería más que una superstición. El poder que hace que los hombres acepten los fenómenos materiales de este universo, sus ciudades, civilizaciones y sistemas solares, no es más que un prejuicio vulgar, como el perjuicio que les hizo aceptar las peleas de gallos o la Inquisición.
El místico, para el que cada estrella es como un cohete repentino, cada flor un terremoto del polvo, es el hombre de mente clara.

El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común.

Este planteamiento vital y luminoso nos recuerda al efecto Mooreffoc –ver las cosas al revés-, que Chesterton aprendió de Dickens, y que también vimos en su momento. Sin embargo, GK añade aquí –a la alegría y a no dar las cosas por hecho- una importante novedad, cuando lo asocia al sentido común. Y el tiempo ha venido a darle la razón, pues si hoy circulan miles de mensajes por la red recordándonos la necesidad de vivir al día, de disfrutar del momento, de abrirnos a los demás y el mundo, es porque hemos perdido verdaderamente el misticismo, la mente clara y el sentido común.

Noticia del G.K. Chesterton Institute for Faith and Culture, Setton Hall University

Seguimos comunicando a nuestros lectores -que quizá tengan algo más de tiempo en esta época veraniega- de la existencia de blogs y webs relacionados con Chesterton.

The Chesterton Review, editada por el The G.K. Chesterton Institute for Faith and Culture. Portada del último número.

The Chesterton Review, editada por el G.K. Chesterton Institute for Faith and Culture. Portada del último número.

El G.K. Chesterton Institute for Faith & Culture pertenece a la Seton Hall University, una universidad católica de más de 150 años de solera (New Jersey, EEUU), que edita The Chesterton Review varias veces al año. La revista fue fundada en 1974 por Ian Boyd -uno de los mayores expertos en la vida y obra de Chesterton, del que pronto reseñaremos algún trabajo- y aún la sigue dirigiendo: su finalidad es promover el interés en todos los aspectos de Chesterton y su círculo de otros escritores contemporáneos. Hay algunos números en español y ha sido comentada en la página ‘Algunos estudios en Español‘. Está anunciado el lanzamiento del primer volumen de 2014, cuya portada reproducimos aquí, además de su contenido, para animar a hacerse con él. Además de una introducción de Ian Boyd y algunos textos de Chesterton y su amigo Maurice Baring, contiene los siguiente artículos:

-Julia Stapleton, “Two Lost Chesterton Pieces,”
-Dermot Quinn, “Chesterton and Family Life,”
-Stratford Caldecott, “St. Gilbert?”
-Julie Carlson, “In Whose Image? G. K. Chesterton and C. S. Lewis’s Response to
the Eugenics Movement”
-Noah Brink, “Of Caves, Rationalism and Redemption”
-Marco Hernandez, “Hanwell and the Locus spatiosus,”
La revista concluye con algunas reseñas de libros y películas.

El ‘Chesterton Institute’ acaba de cumplir en 2014 los 40 años de antigüedad, y desarrolla su actividad sobre todo a través de Facebook. Desde aquí les felicitamos y les deseamos una fructífera siempre intelectual.

Antropología de Chesterton, 2: la falsa superioridad de los intelectuales

 

El día 30 de julio -aniversario de la incorporación de Chesterton a la Iglesia católica- comenzamos a glosar un párrafo de ‘Por qué soy católico’, texto que comienza con seis argumentos, que responden a una cierta visión del ser humano. Hoy vemos el segundo:

2. Es lo único en que el superior no puede ser superior, en el sentido de altanero.

Finis gloriae mundi, de Valdés Leal, representando el final de todas las jerarquías humanas

‘Finis gloriae mundi’, de Valdés Leal, representando el final de todas las jerarquías humanas.

Las jerarquías son un elemento esencial de la vida social, y todos ocupamos diversos puestos, unas veces más arriba y otras más abajo. Sin embargo, el catolicismo considera a todos los seres humanos iguales ante Dios. Esta consideración me trae a la cabeza los famosos cuadros de Valdés Leal (1622-1690) en el Hospital de la Caridad de Sevilla, en el que hombres caracterizados como reyes, papas y obispos son presentados en proceso de descomposición, para recordarnos a todos la futilidad de las categorías humanas. Sin embargo, en la vida social, las cosas son a veces distintas. Pero Chesterton, como buen sociólogo, advertía que más allá de las personas, lo estructural genera determinadas actitudes y tipos sociales.

Chesterton escribe siempre de modo amigable, es decir, sin acritud. Pero también fue muy crítico con quienes detentaban el poder, especialmente político y económico, que es claramente visible. Se advierte muy bien en distintos capítulos de Esbozo de sensatez, en los que critica abiertamente a políticos y capitalistas, con nombres y apellidos. Sin embargo, también es crítico con un tipo peculiar de personaje, que ha creado la modernidad: el intelectual.

Durante siglos, tras la decadencia del imperio romano, el conocimiento se refugió en los monasterios y de ahí la Iglesia lo recuperó para las universidades, que son una creación netamente medieval. Será a partir del Renacimiento cuando la mayoría de los intelectuales ya no tengan una vinculación directa con el ámbito religioso. La Modernidad, a través de la invención y expansión de los medios de comunicación en el siglo XVIII creará la figura del intelectual, ese personaje culto que trata directamente de influir en la sociedad pero que –dada la pluralidad de los medios- necesita granjearse el reconocimiento social y el aplauso del público, lo que genera determinadas servidumbres, como la necesidad de gustar y coincidir con determinados valores dominantes de cada momento.

De hecho, Chesterton no reúne estas condiciones: empezó su carrera criticando el imperialismo británico, cuando Cecil Rhodes era aclamado por extender las colonias por Sudáfrica. Jamás quiso agradar –más allá de lo que es hacer pensar y escribir bien- y su movimiento distributista le costó mucho esfuerzo y sacrificio, con tal de influir en la sociedad de manera alternativa a las grandes corrientes ‘aceptadas’ socialmente, capitalismo y socialismo. No le importó ser diferente cuando empezó a escribir sobre el cristianismo, y siempre defendió sus creencias sin importarle lo que pensarían los demás.

Como en el club Chesterton estamos leyendo el libro de Sto. Tomás de Aquino, voy a poner un ejemplo de ese libro, concretamente del último capítulo, citando a un precedente del modo de actuar de muchos modernos intelectuales. Se refiere a Martín Lutero -tan distinto del Aquinate-, al que Chesterton reconoce su gran papel en la inauguración de la Modernidad, añadiendo irónicamente un interesante matiz:

Lutero inauguró la actitud moderna de apoyarse en cosas no meramente intelectuales. No es cuestión de alabanza ni de censura; poco importa que digamos que fue una personalidad fuerte o que fue un poquito matón. Cuando –al citar un texto de la Escritura- insertó una palabra que no está en la Escritura, como respuesta a todos los objetantes se contentó con vociferar: “¡Decidles que lo dice el doctor Martín Lutero!”. Eso es lo que ahora llamamos personalidad. Un poco más tarde se llamó psicología. Después se llamó publicidad o arte de vender (Sto. Tomás de Aquino, 08-18).

Así pues, las actitudes vitales son esenciales para Chesterton. Vivía en un mundo de intelectuales y le encantaba debatir con ellos, por escrito o de palabra, lo que no le impedía ser crítico.[1] Pero de quienes se hizo realmente amigo fue de aquellos que no exhibían el aire de superioridad de Lutero: una cosa era debatir en el plano de las ideas y otra otorgar la amistad verdadera, como la que disfrutó de contendientes tan distintos a él como H.G. Wells o G.B. Shaw. Al final, sobre las estructuras, siempre se alzan las  personas.

[1] Otro ejemplo que podríamos poner de la actitud de los intelectuales es la tendencia a aferrarse a ‘su verdad’, es decir, el trozo de verdad que ellos han descubierto, que con ser cierto, hace que el conjunto de ideas que se derivan se alejen del conjunto de la verdad.

Causas el fracaso del primer ‘Catholic Land Movement’

Tras haber trabajado -aunque no hemos podido presentar de manera unificada- una versión propia de Esbozo de sensatez -‘The outline of sanity’- , en la que Chesterton critica por igual a capitalismo y socialismo, uno está especialmente sensible con todo lo que tiene que ver con el distributismo, el sistema de Chesterton, Belloc y sus compañeros de la Liga distributista pretendían. El movimiento se puso en marcha, pero la Segunda Guerra mundial, como una tormenta que estropea la planta recién nacida, vino a acabar con el proyecto.
Hoy, cuando la crisis económica de 2008 pone de manifiesto la profunda desigualdad del capitalismo y todos los sinsentidos asociados a la mera acumulación o el consumo, mucha gente vuelve a mirar al campo.
La entrada que sigue a continuación cuenta las dificultades del movimiento distributista en Inglaterra, los malentendidos e incluso la difamación y la desunión. Sin embargo, puede servir como experiencia, y alentar a comenzar de nuevo, o al menos a repensar de manera alternativa nuestra existencia. Muy recomendable.

El sosiego acantilado

“A pesar de un programa económico bien pensado, el respaldo moral de las jerarquías católicas de Inglaterra, Gales y Escocia y el apoyo intelectual de una multitud de escritores y activistas, el Catholic Land Movement -y todo el proyecto distributista- fracasaron con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Las razones de este fracaso son múltiples.

En primer lugar, el Movimiento terminó repentinamente por problemas financieros. Aunque las jerarquías católicas apoyaban la iniciativa alegremente en el plano moral, no estaban preparadas para respaldarla en su aspecto práctico. Fue un penoso malentendido de la auténtica situación de la sociedad de aquel momento. Ocurrió que cuando los primeros mineros desempleados habían sido suficientemente adiestrados para empezar a trabajar en granjas, no había tierra disponible en la que asentarlos. Una petición muy modesta fue hecha por el CLM a los obispos: hagan el favor de permitir que se forme un grupo al año…

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